Mostrando entradas con la etiqueta Marvel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Marvel. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de julio de 2018

SPIDERMAN: ¡EL CAPÍTULO FINAL!



Spiderman: ¡El capítulo final!
Stan Lee y Steve Ditko,
1965-66

“Spiderman y yo”.

Éste es uno de los títulos posibles que contemplo para mis memorias, que escribiré algún día lejano cuando me retire a un balneario en las montañas.

Es muy normal identificarse con un personaje de ficción, pero lo mío con Spiderman es ridículo.

De pequeño, cada cierto tiempo probaba a trepar por las paredes, por si acaso me había picado una araña radiactiva y no me había dado cuenta. De mayor, me encontré traduciendo sus aventuras para las ediciones españolas. Tenía poco más de veinte años y estaba escribiendo las palabras que salían de la boca de Peter Parker. Veinticinco años después, sigo haciéndolo. Miles de páginas han pasado por mis manos, y me sigue pareciendo asombroso. Si me hubieran dicho de niño que de adulto me ganaría la vida poniendo en español los diálogos del lanzarredes, de la alegría me habría subido literalmente por las paredes.

Mi primer cómic publicado, El vecino, que hice junto a Pepo Pérez en 2004, se titula así en homenaje al amistoso vecino arácnido. Realmente, no puedo imaginar mi vida sin la presencia de Spiderman. Es mi santo patrón.

Por supuesto, no me puedo atribuir la exclusividad. Está claro que no he sido el único niño del mundo encaprichado con el misterioso Hombre Araña. ¿Qué tiene exactamente Spiderman para ser tan popular en todo el mundo durante tanto tiempo? A toro pasado es fácil buscar explicaciones para el éxito, y todo parece obvio, pero cuando pienso en los orígenes del personaje, me sigue pareciendo sorprendente. Los cimientos del Universo Marvel los puso Jack Kirby con Los Cuatro Fantásticos, Los Vengadores y los X-Men, pero, paradójicamente, el mayor éxito de la editorial comandada por Stan Lee sería un personaje con el que Kirby no tuvo nada que ver. ¿Quién podría imaginar eso? Aún más, el dibujante que cocreó a Spiderman jamás tendría otro éxito comparable en toda su carrera, ni dentro ni fuera de Marvel. Su otra gran serie, Doctor Extraño, siempre sería secundaria, y a lo largo de su extensa trayectoria nunca ha dejado de ser un autor de culto. Eso, sin embargo, no me sorprende. Ditko tiene un estilo antipático, de personajes repelentes y gestualidad extravagante, un estilo que sé de primera mano que no sólo no atrae al nuevo lector, sino que incluso puede parecer repulsivo. Hay que acostumbrarse a él.

Y con todo y con eso, ahí está: ¡Spiderman!

jueves, 14 de noviembre de 2013

¡YO TAMBIÉN PUEDO SER SOCIALMENTE ACEPTABLE!



El otro día, revisando mi colección de tebeos de Thor para la entrada que escribí sobre Thor: The Dark World, me tropecé con este anuncio (Thor #125, 1966). Una pequeña maravilla que ya incluye en tres viñetas toda la desmitifación, autoparodia y deconstrucción que han sido el gran argumento del cómic de superhéroes de los últimos 25 años como mínimo.

lunes, 11 de noviembre de 2013

NOSOTROS LOS ASGARDIANOS


El fin de semana pasado estuve viendo Thor: The Dark World (2013, Alan Taylor) y muy bien todo, muy divertida, me lo pasé en grande. Mejor que la primera (que todos modos a mí ya me gustaba, y me gusta más cada vez que la vuelvo a ver), más grandiosa y espectacular y a la vez más cómica. En la saga de Thor han sabido entender que para que un superhéroe funcione hoy en día tiene que contener su propia parodia, y en The Dark World ofrecen varias escenas de verdadero humor superheroico basado en el contraste entre lo épico del personaje (un dios del trueno, nada menos) y el entorno prosaico del mundo moderno. Un tipo de humor con el que estoy muy familiarizado como coautor de El Vecino. Es cierto que los fabricantes de franquicias superheroicas tienen que plantearse muy seriamente abandonar los finales con gran nave espacial/columna de fuego arrasando la ciudad, que ya está muy repetido (Los Vengadores, Man of Steel...) y que el final apocalíptico, al tener en este caso ambientación británica, me hizo pensar que lo que estaba viendo era un episodio de Doctor Who con un presupuesto demencial. Si hasta había un Doctor de por medio. Pero claro, puede que ahí esté parte del secreto de las pelis que está produciendo Marvel: en que son como grandes episodios de Doctor Who protagonizados por coloridos superhéroes. En todo caso, Thor: The Dark World supone una vuelta al tono adecuado después de la salida de madre que fue Iron Man 3, lo cual me hace pensar que gran parte del desvío de esa peli probablemente se debiera al excesivo peso que ha cobrado la estrella de Robert Downey Jr.

En Hooded Utilitarian hacen un comentario de Thor: The Dark World con el que simpatizo bastante, y que además hace una metalectura del conflicto argumental de la película que me parece diabólicamente inspirada, interpretando la batalla central como una lucha entre la soleada Marvel de Joss Whedon y la tétrica DC de Christopher Nolan.

En todo caso, yo lo que pretendía hacer aquí no era escribir una crítica de cine, sino simplemente reflexionar brevemente sobre un elemento que me llamó la atención, y que ha sido tal vez uno de los aspectos más polémicos entre los fans de la adaptación fílmica del Thor de los tebeos. Me refiero al casting de Idris Elba como Heimdall.

Vaya por delante que cuando decía más arriba que me parece que The Dark World supone una vuelta al tono adecuado no estoy haciendo ninguna valoración moral. Simplemente creo que el tono adecuado es el de mantener una escrupulosa y sólida fidelidad a los tebeos originales en los que se inspiran estas películas. Pero no porque sí, no porque yo sea lector de estos tebeos desde siempre y quiera verlos trasladados tal cual a la pantalla. Es que la experiencia me está demostrando que realmente cuanto más se apoyan en la fuente original, más interesantes y originales les salen las películas. En la industria del cine es muy típico que quieran comprarte el concepto para luego reelaborarlo desde cero como algo completamente distinto que funcione en el cine. Podría contar historias sobre las propuestas que nos han hecho a Pepo Pérez y a mí para adaptar El Vecino a la pantalla que lo dejan bien a las claras, pero en todo caso creo que es evidente que esto es lo que ha pasado históricamente con los superhéroes hasta tiempos muy recientes. En el caso de las películas de los estudios Marvel, sin embargo, y muy concretamente en las de Thor, hay una voluntad de reconstruir el concepto siguiendo fielmente la forma en que se ha desplegado en los tebeos.

Por ser más concretos: el Asgard del cine es glorioso, y es exactamente el Asgard que Jack Kirby dibujó siempre en los tebeos. Un Asgard hortera, chillón y brillante, una especie de Las Vegas cósmico sumido en un caos de magia tecnológica y tecnología mágica, donde se mezclan las espadas y los cañones de plasma, los caballos y los drakkars voladores. Donde nada tiene lógica ni sentido, y todo está unido únicamente por la fuerza de la mano del Padre de Todos Kirby. Su Asgard era un parque temático vikingo levantado por unos extraterrestres que hubieran observado la Tierra con un telescopio, y ésa es la sensación que transmite el Asgard de las películas, un universo Disney donde se han colapsado La Guerra de las Galaxias y El Señor de los Anillos.


Un drakkar volador en Journey Into Mystery #120, 
dibujado por Jack Kirby. En la película también salen, 
pero no he encontrado ninguna foto 
para ponerla aquí como comparación, 
tendréis que ir a verlo al cine, sorry.

De la segunda película a ésta hay algunos actores que han corrido mejor suerte que otros. Idris Elba (The Wire, Luther, Prometheus, Pacific Rim, Mandela), que allí tenía un papelito como Heimdall, el guardián de Bifrost, ha pasado de Secreto Mejor Guardado a Next Big Thing, lo que ha hecho que en esta segunda película tenga aún más papel. Con Idris Elba saltó la polémica ya en la primera película: ¿un asgardiano negro? ¿un dios nórdico afrobritánico? ¿Qué clase de decisión absurda era ésa y qué traición a la tradición de los cómics era ésa? ¿Hasta qué punto la dictadura de lo políticamente correcto podía llegar a intoxicar una obra de ficción?



Arriba, el Heimdall de Kirby. Debajo, el Heimdall de Elba.

Todo el mundo sabe que los asgardianos son dioses nórdicos escandinavos y rubios, completamente arios, ¿no?

Bueno, salvo Hogún el Hosco, claro.



Arriba, el Hogun de Kirby;
debajo, el Hogun de Tadanobu Asano.

Cuando leía los tebeos de Thor, siempre tuve la impresión de que Hogun era un mongol o un huno, aunque también era asgardiano. Supongo que eso es lo que pensamos todos, y por eso han elegido a un asiático para el papel.

De modo que para Lee y Kirby también podía haber asgardianos de otras razas.

Pero, ¿qué son exactamente los asgardianos? Odín dice expresamente en The Dark World que no son dioses, y si lo dice el Padre de Todos tiene que ser verdad. Son entonces una nación de superhombres cósmicos. Los habitantes de uno de los nueve reinos que componen la realidad. En las dos primeras películas de Thor, como en los tebeos de la Marvel, les hemos visto relacionarse con los habitantes de otros de esos reinos o naciones que componen la realidad. Principalmente con los habitantes de Midgard, la Tierra, pero también con los de Jotunheim (los Gigantes de Hielo) y con los de Svartalfheim (los Elfos Oscuros). La relación de los asgardianos con los terrestres ha sido de cooperación y hasta de paternalismo. Son nuestros protectores, y nosotros les ayudamos dentro de nuestras posibilidades. Con los Gigantes de Hielo y con los Elfos Oscuros las relaciones han sido más conflictivas. Más tendentes a la guerra abierta y el genocidio, por así decirlo.

Por lo que hemos podido ver, hay una diferencia bastante evidente entre los habitantes de Asgard y los habitantes de Jotunheim o Svartalfheim. En Asgard hay blancos, negros y asiáticos. En Jotunheim, todos los Gigantes del Hielo son iguales, como hechos en serie. Es un reino monorracial, cuyos habitantes parecen unidos en una especie de anónimo colectivo. Lo mismo puede decirse de los Elfos Oscuros de Svartalfheim. De todas las naciones de los Nueve Reinos, sólo los asgardianos son plurales.

Bueno, los asgardianos y los midgardianos.

Nosotros.

Creo que resulta bastante claro que los asgardianos somos «nosotros, los americanos», con nuestras complejidades internas y nuestra diversidad, enfrentados a un mundo de bloques monolíticos y sin fisuras que están dispuestos a abocarnos a la oscuridad. Un mundo de enemigos que funcionan como un gran colectivo formado por miembros intercambiables para enfrentarnos al cual sólo contamos con la ayuda de los aliados que comparten nuestro sistema y con los que somos compatibles (incluso románticamente): los humanos. Quizás la alegoría subyacente de la alianza transatlántica occidental quede incluso reforzada en este caso por la ambientación británica de esta segunda entrega.

Visto así, ¿es realmente el casting de Idris Elba como Heimdall una traición al original, o más bien el descubrimiento de una nueva capa con la que explotar aún más el potencial intrínseco del original? Yo apuesto por lo segundo. Y diría que ser fiel no consiste en mimetizar las características más evidentes de la fuente que adaptamos, sino en entender el verdadero funcionamiento de sus mecanismos secretos. Y os aseguro que a esto le he dado muchas vueltas mientras trabajaba en la adaptación de Beowulf con David Rubín.

¿Alguien duda de que este Asgard multirracial de Hollywood es realmente el que visualizaban Stan Lee y Jack Kirby? Aún diría más, el que visualizaba especialmente Jack Kirby, sin la influencia de Lee. Para resolver las dudas no hace falta más que echar un vistazo a la continuación natural del Thor de Marvel que Kirby practicó en DC con los New Gods, y descubrir a la fascinante figura del Black Racer:



Los dioses son de todos los colores.

MÁS EN MANDORLA:

La terapia del martillo: sobre la primera película de Thor.

Y sobre otras películas de Marvel:

Revenge of the nerds: Iron Man 2.
«Yo soy Tony Stark»: Iron Man 3.
Tan cerca de América, tan lejos de Kirby: Captain America: The First Avenger.
Primeras lecciones: X-Men: First Class.

No es de Marvel, pero lo añado como extra para quien necesite más:

miércoles, 3 de julio de 2013

SUPERJUDÍOS



El domingo visité la exposición ZAP! POW! BAM! The Superhero: The Golden Age of Comic Books, 1938-1950 en el Museo Judío de Maryland. La muestra era de dimensiones modestas, pero muy rica en materiales interesantes. Centrada básicamente en la primera oleada de los superhéroes que surgieron en la estela de Superman durante los años cuarenta, tenía un buen montón de originales, tanto de páginas interiores como de portadas, muchas veces contrastados con ejemplares impresos de esos mismos tebeos. Además, se podía disfrutar de curiosidades como fotostatos coloreados a mano o muestras de guiones de Bill Finger mismo. Todo ello convenientemente adornado con merchandising de la época y accesorios creados a propósito para dar a la sala un cierto ambiente superheroico: desde un cofre con kryptonita hasta una cabina de teléfonos donde cambiarse como el Hombre de Acero (incluso tenían una caja al lado con un surtido de capas, antifaces y camisetas con emblemas para ejercitar el arte de la transformación de identidad). En fin, una pequeña delicia para el aficionado al género.



Original de la portada de Detective Comics #69 (1942),
de Jerry Robinson.


Portada de Superman #14 (1942), de Fred Ray.


Un dibujo dedicado por Jerry Siegel y Joe Shuster a Jerry Robinson.


Página de un guión de Bill Finger.


Un Canario Negro de Carmine Infantino.


Puñetazos para Hitler, de parte de Mort Meskin.


Reconstrucción de un kiosco tradicional. Los tebeos expuestos
no eran de la Golden Age, por supuesto, aunque había alguna
joyita moderna, como el Omega The Unknown #1 
de Gerber y Mooney.


La advertencia que preside el cofre donde se guarda la kryptonita
es absurda. Si es kryptonita auténtica -y todo parece indiciar que
lo era-, sólo puede hacer daño a una persona en la Tierra, y esa
persona ya sabe andarse con cuidado en sus inmediaciones.


La cabina de Superman, convenientemente identificada con una
viñeta que sirve de manual de instrucciones para el Hombre de Acero.


Merchandising de los años 40.


Más merchandising de los años 40.


«Este libro contiene dos discos irrompibles».
Qué manera tan absurda de tentar a los niños.


Jack Kirby recordando a su viejo colega Adolf.

Mi visita coincidió, por cierto, con una Batalla Artística basada en los superhéroes de la Golden Age. En un gran lienzo ante el público, diferentes artistas disfrazados dibujaban con límite de tiempo el tema propuesto por una ruleta (a las dos primeras les tocó «Superman» y «Batman», no sé hasta qué punto no estaba trucado aquello), y el público decidía el ganador a base de rugidos que eran medidos científicamente por el decibeliómetro del árbitro. Todo esto aderezado con los comentarios verbeneros de los presentadores. La idea aquí, en fin, es que las exposiciones no se queden nunca tan sólo en las paredes.



Imagino que la mayoría de los lectores de Mandorla no necesitan explicaciones de qué pinta una exposición sobre superhéroes de la Edad de Oro del cómic en un Museo Judío. La relación entre los judíos y el origen de los superhéroes se ha explorado (y explotado) abundantemente en multitud de libros, ensayos y también historietas. No en vano algunos de los principales historietistas del momento eran judíos, empezando por los creadores de Superman (Jerry Siegel y Joe Shuster), siguiendo por los de Batman (Bill Finger y Bob Kane) y continuando por los del Capitán América (Joe Simon y Jack Kirby), por no hablar de nombres como Will Eisner o Stan Lee. Sin embargo, como da la casualidad de que justo en estos momentos estoy leyendo The Myth of the Superhero (Johns Hopkins University Press, 2013), de Marco Arnaudo, y precisamente acabo de terminar un epígrafe dedicado a esta cuestión, no me resisto a traducir un par de párrafos que den un poco de materia para la reflexión a quien esté interesado por el asunto.



Después de relacionar a Superman con la figura de Sansón y con el mito del Golem, Arnaudo añade:

«Además, igual que los kryptonianos se enfrentan a la amenaza de la extinción a través de la destrucción de su planeta al principio de la mitología de Superman, los judíos deben enfrentarse a la orden del faraón de ahogar a todos los niños varones en el libro del Éxodo. Y de la misma manera que la madre de Moisés le salva poniéndole en una cesta y confiándolo a las aguas del Nilo, también los padres de Kal-El salvan a su hijo metiéndolo en un cohete que se dirige al planeta Tierra. En resumen, los orígenes kryptonianos de Superman tienen ecos de la historia de Moisés de una forma tan precisa que parece muy improbable que, conscientemente o no, el trasfondo judío de los autores no tuviera un mínimo de influencia».

Arnaudo continúa con Superman:

«El mismo nombre de Superman, Kal-El, incluye el sufijo "El", que significa "Dios" en hebreo (una abreviatura de Elohim) y aparece en los nombres de figuras bíblicas como Daniel, Samuel y los ángeles Gabriel y Miguel. Y el arcángel Miguel, el gran guerrero que se opone a Satanás en la tradición judía, parece a su vez un precursor apropiado del salvador enviado desde Krypton para combatir el mal en la Tierra. El simbolismo y el trasfondo de Superman, por tanto, reavivaron la antigua tradición judía en un momento concreto, a finales de los años 30, en que la persecución de los judíos en Europa podría haber inspirado fácilmente el deseo de un nuevo ángel de la guarda».

También está interesante lo que observa sobre el Capitán América:

«Como ha señalado Weinstein, los símbolos y el disfraz del Capitán América (creado en 1941 por Simon y Kirby, ambos judíos) tienen un significado doble que los relaciona por igual con la cultura americana (explícitamente) y con la cultura judía (implícitamente). El arma del Capitán América, a partir del segundo número, es un escudo redondo con una estrella de cinco puntas en el centro, que claramente se refiere a la bandera americana y a la idea de la defensa y la protección. Al mismo tiempo, también recuerda al símbolo de la cultura y la religión judía, la Estrella de David, o para ser más precisos, el "Escudo de David", caracterizado por la estrella (aunque sea de seis puntas). De forma similar, Weinstein observa que la "A" de la máscara del Capitán América se puede ver no sólo como la inicial de "América", sino también como una referencia al aleph, la primera letra de la palabra escrita en la frente de un golem para activarlo. Esta conexión resulta aún más interesante dado que es precisamente cuando el Capitán América se pone su máscara -por tanto cuando se pone la A/aleph sobre la frente- cuando deja de ser un mero civil y se "activa" como superhéroe y defensor de la comunidad».

Por redondear un poco el tema, me parece necesario señalar que el propio Arnaudo no lleva los paralelismos a conclusiones excesivas:

«Dicho esto, ¿sería legítimo afirmar que Superman es judío o que el personaje de Superman representa a una figura judía en un sentido general y absoluto? Sí y no, diría yo. Superman, como cualquier superhéroe con éxito, muestra una fuerte combinación de iconicidad y flexibilidad, debido a dos cosas: (1) fuertes signos visuales y narrativos, tales como máscaras, símbolos, disfraces, herramientas y habilidades especiales, factores todos que permiten las variaciones al mismo tiempo que se mantiene una identidad reconocible sólidamente conectada con las encarnaciones previas del personaje; y (2) la serialidad, que a lo largo de meses o años permite una variación paulatina pero grande en el personaje. Su historia está siendo constantemente escrita y reescrita por muchos autores diferentes, cada uno de los cuales podría haber representado al personaje según diferentes interpretaciones religiosas o culturales»

Así pues: superhéroes y judíos.



viernes, 3 de mayo de 2013

IRON MAN 3: «YO SOY TONY STARK»



Hace cinco años, Iron Man cambió completamente la historia de los superhéroes en el cine. Tradicionalmente, Hollywood había hecho películas con superhéroes, pero no de superhéroes. Era como si nunca hubieran podido entender cuál era el secreto misterioso que ocultaban esas viñetas coloridas y cómo trasladarlo a la pantalla, de manera que se conformaban con tomar a personajes estrafalarios con sus llamativos trajes e insertarlos en escenarios y tramas tópicas del cine espectáculo, con la esperanza de que de alguna forma mágica algo acabara trasladándose. Las dos primeras películas de X-Men y las dos primeras de Spiderman ya avisaron de que las cosas se podían hacer de otra manera, de que tal vez había esperanza en el cine para ese género que parecía tan inseparable del medio en el que había nacido. Aquél era el buen camino. Pero lo que supuso Iron Man era algo que nadie nos esperábamos, y probablemente menos que nadie los lectores de superhéroes de toda la vida. La sensación que tuvimos todos es que los Marvel Studios que estaban detrás de aquella película eran la Marvel Comics genuina. Aquello no era una aproximación más o menos tolerable, aquello era el producto auténtico. Las dos horas de festival superheroico culminaban en una frase que para el Universo Marvel cinematográfico se convertiría en el equivalente de «Face it, tiger, you just hit the jackpot»: «I am Iron Man».

Aquel «Yo soy Iron Man» era la apoteosis porque significaba una inversión total de los términos en los que Hollywood había tratado hasta entonces la figura del superhéroe. Lo que Tony Stark estaba diciendo en aquella frase era que él no era realmente Tony Stark, que él era Iron Man. Que en realidad era un superhéroe. Y que se sentía orgulloso de serlo, tanto como para decírselo a todo el mundo.

Ni era un vengador atormentado, ni un monstruo que tenía que descubrir su humanidad, ni un marginado que luchaba por integrarse, ni ningún otro de los estereotipos de manual de autoayuda que protagonizan diez de cada diez superproducciones de Hollywood. Era un superhéroe.

Otra cosa.

Y de aquel cambio de paradigma llegó toda la corriente que culminaba el año pasado en Los Vengadores, la Capilla Sixtina del cine de superhéroes. Las películas serían mejores o peores, pero todas eran inconfundiblemente películas de superhéroes, y no otra cosa.

Y ahora me encuentro escribiendo estas líneas porque acabo de ver Iron Man 3, y lo que he visto es cómo Tony Stark dilapidaba la herencia de Iron Man.

Si Iron Man 3 es buena o mala, mejor o peor que la anterior o que cualquier otra película de Marvel, no es el tema que me ocupa. Lo único que quiero decir es que Iron Man 3 ya no es una película de superhéroes. Es una gran superproducción de acción, intercambiable con muchas otras que se estrenan cada año. Después de los trailers de Fast & Furious 6 y White House Down, de hecho, ya no parece algo diferente.

Comprendo que Robert Downey Jr. se ha convertido de la noche a la mañana, y ya cuarentón, en uno de los actores más poderosos de la industria. No a todo el mundo le pagan 50 millones de dólares por hacer una película. Y parece bastante evidente que el estrellato de Robert Downey Jr. está en directa relación con el eclipse de Iron Man en esta película. Y sí, todos adoramos a ese simpático genio cabroncete, y soy el primero que defenderá que su elección para el papel fue de una clarividencia prodigiosa. Pero no creo que sea bueno que Downey Jr. se coma la franquicia. Al fin y al cabo, llegó al papel de Tony Stark ya mayorcito y con una larga carrera a sus espaldas en la que nunca había tenido un éxito ni remotamente comparable. Robert Downey Jr. no era Tom Cruise, nunca había demostrado ser capaz de soportar un blockbuster de semejante envergadura. Hasta que se puso la armadura. Tal vez ésta tuviera algo que ver, entonces.

Nadie lo diría, viendo Iron Man 3, donde el propio Iron Man parece un secundario arrinconado, como si hubieran vuelto los tiempos en que la idea de un superhéroe en imagen real era una idea tan ridícula que había que intentar disimularlo o transformarlo en alguna otra cosa aceptable. En Iron Man 3 no saben muy bien en qué transformar esa película protagonizada por un exsuperhéroe y que ya no es de superhéroes, así que van probando con diferentes tópicos de Hollywood, y una cucharada tras otra nos van sirviendo la papilla recalentada que lleva años caducada. Así, a ratos Iron Man 3 es una peli con niño (¿qué héroe de acción no ha hecho una peli con niño?), a ratos es una buddy movie con los colegas multirraciales intercambiando ocurrencias mientras disparan a los malos, y a ratos es una peli de espías desesperados pero ingeniosos, una especie de sucedáneo cutre de Misión: Imposible - Protocolo fantasma o de Skyfall, pero que acaba pareciendo más bien una versión hipervitaminada de MacGyver. No es que tenga nada en contra de Protocolo fantasma ni de Skyfall (eh, la segunda es la bomba), pero repito de qué estoy intentando hablar aquí: no son películas de superhéroes.

A ratos, Iron Man 3 intenta ser también una comedia romántica, pero lo hace con torpeza extrema que también se le puede achacar a la falta de respeto con la que trata sus raíces. Si hubieran sido fieles a la Maya Hansen de los cómics, habrían introducido en la dinámica entre Pepper Potts y Tony Stark a una mujer atractiva, que en el pasado tuvo un rollo con Tony antes que Pepper, que es un genio y que quiere hacer que el mundo sea mejor. Una verdadera heroína que habría añadido mucho drama al personaje de Pepper, quien de pronto se habría encontrado con un desafío diferente que el de hacer de mamá del hombre-niño Stark. En lugar de eso, Maya se revela «sorprendentemente» como una villana. ¿Por qué? Porque es un tópico de Hollywood, el truco más desgastado del manual, algo que parece que cae casi por su propio peso en los guiones que finalmente son aprobados, como si no hubiera otra manera de escribir. ¡Por supuesto que tiene que haber un traidor! ¡Y el traidor es la chica nueva, claro! Pero, ¿sirve este giro del personaje para algo más que para rellenar la plantilla del guión estándar de Hollywood? ¿Qué aporta esta Maya Hansen malvada que compense la pérdida de todo lo que nos ofrecía una Maya Hansen buena como la de los cómics? No aporta absolutamente nada. De hecho, si eliminásemos el personaje de Maya Hansen de la película, todo lo que sucede sucedería igual, y todos los sentimientos de los personajes seguirían siendo exactamente los mismos. Maya Hansen es la creadora de Extremis, sí, y eso es lo que sabemos con la primera escena, un flashback a 1999. Pero tanto daría que lo hubiera creado cualquier científico anónimo, eso no afecta a la historia. La siguiente vez que la vemos, está presente durante el ataque del Mandarín a la casa de Tony Stark, pero no interviene en el mismo de ninguna manera. Si ella no hubiera estado allí, toda la escena se habría desarrollado exactamente igual. Luego, también está presente cuando Pepper Potts es secuestrada, pero no la secuestran por intervención de ella. Si Maya Hansen no hubiera estado allí, toda la escena se habría desarrollado exactamente igual. Por último, cuando Tony Stark ha sido capturado, Maya, arrepentida al fin, exige a Aldrich Killian que lo libere, éste reacciona matándola y todo sigue igual, con Tony Stark todavía prisionero, sin ayuda y sin ningún cambio visible en su situación como consecuencia del sacrificio de Maya. Si Maya Hansen no hubiera estado allí, toda la escena se habría desarrollado exactamente igual. Sinceramente, creo que podrían haber hecho algo mejor con el personaje, algo como lo que hay en los cómics. Pero eso ya es inconcebible, porque esta película ya no es una película de superhéroes, sino una película de Hollywood y tiene que ser como son las películas de Hollywood. A ser posible, como un compuesto amorfo de media docena de ellas.

Insisto, me limito a hablar de una sola cuestión. No digo con esto que no haya disfrutado a ratos de la película. Si yo veo a un tío vestido de superhéroes repartiendo hostias en pantalla y las explosiones suenan muy fuerte, se me pone la carne de gallina, no puedo evitarlo, es como una reacción química. Y hay ideas intrigantes en Iron Man 3, sin duda la que más el tratamiento que recibe el Mandarín. Es sorprendente encontrarse con que el villano de la función, que se ha presentado como un estereotipado terrorista asiático, acabe siendo un invento del propio entramado industrial-militar norteamericano. Pero tal vez esto sea más bien un indicador de los tiempos que corren, y cómo el pensamiento crítico se ha devaluado ya a argumento de relleno para pelis familiares. El sistema lo absorbe y lo neutraliza todo. Y por otra parte, tampoco se puede negar que más allá del giro que se propone para el supervillano, el tratamiento exageradamente paródico que se le da a Ben Kingsley a partir del momento de su revelación escora de forma excesiva la película hacia la comedieta barata de centro comercial. Lo cual, de nuevo, no digo ni que esté bien ni que esté mal (doy fe de que el público se reía a carcajadas con los chistes, y hasta aplaudió cuando el ejército de armaduras acude al rescate en la batalla final), pero no es lo que pasaría en una película de superhéroes.

Total, que cuando Iron Man 3 acaba y nos deja resonando la última frase: «I am Iron Man», comprendemos que lo que ha hecho Tony Stark ha sido desandar todo el camino recorrido en Iron Man y volver al punto de partida. Y por eso la misma frase que cerraba la primera tiene el significado completamente opuesto en la tercera. Lo que está diciendo Tony Stark ahora, después de soportar todas las ordalías que ha soportado sin su armadura, después de extraer su corazón mecánico del pecho, es que el verdadero Iron Man es él, Tony Stark. Iron Man es el hombre, y no la armadura.

Y así, vuelve al redil de los personajes que protagonizan todos los blockbusters de Hollywood: los que viven su aventura como una terapia de autoayuda. Se ha curado de su ansiedad. Se ha curado de su superheroísmo. Robert Downey Jr. vuelve a ser lo que siempre quiso ser y nunca pudo: una superestrella de Hollywood. Tom Cruise. Una figura larger than life. Larger than Iron Man, al menos.

MÁS: Iron Man 2 en Mandorla.

jueves, 18 de abril de 2013

ALGO PARA LEER

Un breve boletín para recordar algunos cómics de los que hemos hablado en Mandorla que ahora se encuentran en las librerías españolas. No quiero dejar de recomendar tres novelas gráficas excepcionales:

Grandes preguntas (Fulgencio Pimentel/Sinsentido), de Anders Nilsen: LOS PÁJAROS.
Virus tropical (Random House Mondadori), de Powerpaola: EL VIRUS DE LA VIDA.
La Hermandad de Historietistas del Gran Norte (Sinsentido), de Seth: UN CAPRICHO.

Además, os recuerdo que ya está a la venta Marvel Comics: La historia jamás contada (Panini), de Sean Howe: LA HISTORIA DE MARVEL.

Y aunque no he escrito nada al respecto en Mandorla, quiero llamar la atención sobre un cómic que he traducido y que hace años que forma parte de mis favoritos: BACO (Astiberri), de Eddie Campbell.

CUESTIONES DE RAZA EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (I)


¿Cómo reconocemos que algo es nuevo? Cuando no sabemos reconocerlo, de hecho. Cuando no sabemos qué es, cómo es, ni para qué sirve. En resumidas cuentas: cuando no sabemos si lo que tenemos entre manos es un superhéroe o un supervillano.

El otro día, leyendo el X-Men #21 (1966) del que he hablado antes, me encontré con este anuncio de otras «obras maestras Marvel». Mavel Tales #3, Amazing Spider-Man #38 (por cierto, el último número de Steve Ditko) y Fantastic Four #52, que es el único que tiene la portada tapada. En ese número de Los Cuatro Fantásticos se presentaría el que sería el primer superhéroe negro mainstream del cómic americano, la Pantera Negra. Esta peculiar publicidad que oculta lo que quiere vender parece que indica los temores que en la redacción de Marvel debió de haber hasta el último momento para dar un paso que en su día era polémico. Sean Howe habla de ello en Marvel Comics: La historia jamás contada.

Lo más chocante es que se anunciara a T'Challa como el villano del mes. Claro que la Pantera Negra siempre ha sido dada a confusiones.

CUESTIONES DE GÉNERO EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (I)


Una de las viejas reglas del subgénero del cómic de superhéroes que son los cómics de supergrupo decía: «Que salgan todos en todas las viñetas de la página y que todos digan algo en cada viñeta». Era la regla nº 6, en concreto, y resultaba agotadora, pero los viejos profesionales del ramo intentaban cumplir con ella siempre que podían. Véase el ejemplo en esta página de X-Men #21 (1966), de Roy Thomas, Jay Gavin (Werner Roth) y Dick Ayers. Y no nos olvidemos del rotulista Artie Simek, que también trabajó lo suyo...

Pero la regla se aplica con ciertos matices. Si queremos saber quiénes llevan la voz cantante en el grupo de jóvenes mutantes, encontraremos que Cíclope y la Bestia tienen 6 bocadillos de diálogo cada uno; el Hombre de Hielo y el Ángel, 4; la Chica Maravillosa, 2.

Claro que tal vez este aparente desequilibrio tenga una explicación narrativa un par de páginas antes:


En la viñeta 4, que es la primera en la que se ve al grupo en conjunto, la Chica Maravillosa casi ha desaparecido, reducida a un discreto segundo plano y apisonada por la parlanchanería de la Bestia. De los seis personajes de esa viñeta, no sólo ella es la única mujer, sino que es la única que no dice ni pío. En la viñeta 5, el guionista hace que Cíclope repare en la actitud de su compañera: «Jean... ¡estás muy silenciosa! ¿Te pasa ALGO, chata?» Es entonces cuando la futura genocida cósmica por fin abre los labios: «¡Pues claro que no!» Y a continuación se añade un bocadillo de pensamiento: «Nunca me hace caso... ¡a menos que me pase algo!»

Lo interesante no es cómo se revela al joven lector del cómic que el mecanismo psicológico de funcionamiento interno de las incomprensibles chicas es básicamente pasivo-agresivo. Lo interesante es que la Chica Maravillosa es el único miembro de la Patrulla-X que piensa.

Da que pensar.

martes, 19 de marzo de 2013

LA HISTORIA DE MARVEL

Supercómic no va a ser el único libro sobre cómic en el que he participado que se publique en las próximas fechas. Para este mismo mes de marzo, Panini anuncia Marvel Comics: La historia jamás contada, de Sean Howe, un libro que he tenido el gusto de traducir, y que no debería pasar por alto ninguna persona interesada en la historia de este medio.

Debo decir que cuando me propusieron traducir Marvel Comics: The Untold Story, me sorprendió. Panini es la editora en España de Marvel, y por lo tanto, si bien parece normal que sienta interés por divulgar la historia del sello norteamericano, uno también esperaría que se inclinase por difundir una versión canónica y oficial del mismo, una historia acorde al viejo discurso institucional de la alegre Casa de las Ideas donde Stan Lee daba origen a una mitología moderna ayudado por sus talentosos y felices colaboradores, con Jack Kirby y Steve Ditko a la cabeza. Algo informado, sí, pero con un claro sesgo pro-empresa. Así que digo que me sorprendió que Panini quisiera publicar esta Historia jamás contada porque el libro de Sean Howe es todo menos eso. Es una historia realista, veraz y desacomplejada, que cuenta las cosas desde múltiples puntos de vista -el de la empresa, sí, pero también el de los muchos colaboradores que entraron y salieron de ella a lo largo de las décadas, no siempre en los mejores términos-, y es una historia donde personajes clave como Stan Lee quedan retratados con la cantidad de complicados matices que se podría esperar de lo que solemos llamar una figura polémica. En resumidas cuentas, la historia jamás contada que se relata aquí no siempre es bonita. Diría que en ocasiones es incluso deprimente. Pero es reveladora, y creo que es muy valiente por parte de Panini haber decidido publicarla.

Este libro no está escrito para el público aficionado, sino para el público general. Yo lo he visto en las mesas de novedades de Barnes & Noble entre la biografía de Lincoln y No Easy Day, y Howe ha trabajado para medios mainstream como Entertainment Weekly. Es decir, que no está planteado ni escrito para Marvel zombis. Yo, por otra parte, ya tenía un conocimiento bastante amplio y asentado de la historia de Marvel antes de abordar esta lectura. Vamos, que estoy más cerca del Marvel zombi que del curioso casual. Y, sin embargo, la he disfrutado muchísimo. No sólo por la cantidad de información nueva que aún así me ha aportado (especialmente de la última etapa de Marvel, la relacionada con los grandes negocios financieros de los 20 últimos años), sino sobre todo por cómo se relacionan las distintas fuentes y datos en un relato donde el entramado entre creatividad, autoría, economía y empresa es inseparable. Creo que ésa es la única manera de hacer historia cultural en cualquier caso, pero aún más en el de una entidad como Marvel que, como editorial, no se limita a ser la intermediaria entre los autores y el público, sino que es de hecho la generadora del producto desde el primer instante, la fuente y referencia cultural de la que mana la producción del historietista contratado y a la vez el vendedor final del mismo. En Marvel -y podemos tomar a Marvel como ejemplo del modelo tradicional de cómic industrial- lo creativo y lo económico no son dos pasos separados de la producción: son un solo proceso. Por eso Howe hace bien en explicarnos no sólo las idas y venidas de guionistas y dibujantes, sino también los cambios en la dirección y propiedad de la editorial, que poco a poco ha ido siendo engullida por conglomerados mediáticos cada vez más descomunales.

Como relato novelesco, Marvel Comics: La historia jamás contada es apasionante. Quien haya leído Moteros tranquilos, toros salvajes, el libro donde Peter Biskind hacía la crónica de Hollywood durante los 70, reconocerá el mismo esquema de sucesión generacional. Los Jack Kirby y Steve Ditko serían los equivalentes a John Ford y Howard Hawks, los viejos maestros profesionales que a finales de los 60 ven cómo su modelo va siendo sustituido por un influjo de psicodelia y realismo sucio revolucionario. En parte podríamos decir que los Steve Gerber, Steve Englehart y Jim Starlin que llegan entonces serían los Hal Ashby, Jack Nicholson y Francis Ford Coppola del cómic de la era del Vietnam, y que fueron posteriormente barridos por la eficacia comercial de Jim Shooter, Chris Claremont, John Byrne y los megacrossovers de los 80 como aquel cine fue barrido por Steven Spielberg, George Lucas, Robert Zemeckis y las franquicias fílmicas. Pero esta Historia jamás contada va mucho más allá, porque empieza en los años 40, y permitirá a muchos descubrir a figuras tan pintorescas como Martin Goodman, el fundador de la editorial, y a dibujantes como Carl Burgos y Bill Everett, que pusieron los cimientos de su futuro con Namor y la Antorcha Humana (la Edad de Oro de Timely sigue siendo una de las cuentas pendientes más grandes que tiene el lector español), y alcanza hasta nuestros días y los últimos procesos de sinergias que estamos viviendo alrededor del concepto «propiedad intelectual».

Según leo, la edición española añade un capítulo extra al texto original, donde Alejandro Martínez Viturtia y Julián M. Clemente (los dos máximos responsables de la edición de Marvel en España ahora mismo) revisan la historia de la editorial norteamericana en nuestro país.

El libro de Howe no incluía originalmente ninguna ilustración. Para compensar esa carencia, el autor tiene un blog dedicado exclusivamente a imágenes de la historia de Marvel. Es una verdadera maravilla, un tesoro de fotografías y dibujos raros, insólitos, sorprendentes y muy significativos, donde perder horas sin fin:

Marvel Comics: The Untold Story


lunes, 10 de diciembre de 2012

EL BESO

Retomo brevemente un tema que toqué hace unos días, en la entrada «El Capitán América contra Richard Nixon». ¿Qué es lo que representamos cuando no representamos algo? En aquella entrada planteaba que aquel cómic de 1974 se había beneficiado de la imposibilidad de mostrar al villano de la historia, Richard Nixon, y que su alusión elíptica enriquecía el resultado final. También decía que probablemente el guionista, Steve Englehart, habría preferido mostrar al propio Presidente de los Estados Unidos si hubiera tenido la posibilidad, pero los límites de las convenciones le forzaron a una solución retórica brillante.

Continuamente nos repetimos (y oímos decir) que ya no hay límites y que hoy vale todo, pero por supuesto que no es cierto, y sigue habiendo cosas que sólo se pueden representar no representándolas. La semana pasada se ha dado un ejemplo en Amazing Spider-Man, y ha provocado como consecuencia una discusión interesante con el telón de fondo de cómo funcionan los recursos narrativos en el cómic.

La página en cuestión:


Un poco de contexto: Amazing Spider-Man #699, segunda parte de una saga de tres episodios que concluye en el número 700, el cual a su vez dará cierre a la anciana colección del amistoso vecino arácnido. En la primera viñeta vemos el cuerpo del Doctor Octopus, antiguo enemigo de Spiderman que está viviendo sus últimas horas, con la salud muy deteriorada. Pero la mente de su interior no es la de Otto Octavius, sino la de Peter Parker. El diabólico Doctor ha conseguido intercambiar su personalidad con la de su archienemigo, y ahora ocupa el cuerpo del trepamuros, mientras que éste ha quedado atrapado en su moribunda figura. Buscando desesperadamente una salida a su situación, Spiderman (dentro del cuerpo de Octopus) accede a los recuerdos del villano, todavía almacenados en su cerebro físico. Las viñetas 2-5 muestran flashes de esos recuerdos, una especie de rápido recorrido por la historia de Octopus mediante fogonazos visuales vistos desde su punto de vista subjetivo. En la viñeta 2, vemos al padre de Otto, en la 3, la explosión que causó la fusión de los brazos mecánicos con el científico y por tanto el origen del supervillano, en la 4, a Spiderman golpeándole en su eterna batalla, y en la 5, y aquí viene el premio, a la tía May de Peter Parker vestida de novia y poniendo morritos a Octopus/Spiderman/nosotros los lectores. El incidente hace referencia a una vieja situación de los cómics de Spiderman de los años 70 en la que Octavius y May mantuvieron un romance, y estuvieron a punto de casarse. En esta página, la tía May le dice a Octopus que no sea tan sosainas y que «nadie va a saber que hemos hecho esto antes de la boda. Será nuestro secretito». En la viñeta 6 y última de la página, volvemos a la realidad de la viñeta 1, y vemos el exterior de la celda donde está encerrado Octopus/Spidey, de la cual sale el grito horrorizado de Peter Parker, obligado a revivir en el recuerdo de su enemigo una escena protagonizada por su tía que preferiría no haber conocido nunca, y mucho menos de primera mano. En la página siguiente, el monólogo interno de Parker continúa y remata la escena: «Eso no ha pasado nunca».

La cuestión, por supuesto, es: ¿Qué ha pasado?

Lo que yo interpreté al leer la escena creo que es lo que ha interpretado todo el mundo. En Bleeding Cool lo expresaban con mucha claridad: Cuando Peter Parker practicó el sexo con la tía May. La cuestión es que el tema saltó al foro de la página web del historietista John Byrne, antiguo dibujante de Spiderman, y provocó una respuesta por parte de Dan Slott, actual guionista de Spiderman y autor de la página que hemos comentado. Toda la discusión está resumida en este post de Bleeding Cool: Fanboy Rampage, John Byrne vs. Dan Slott. Slott planteaba que en la página en ningún momento se ve que la anciana May y Octopus/Peter Parker practiquen el sexo, y que todo queda a la imaginación del lector, de manera que si te imaginas que ha pasado algo más grave que un simple beso (como, según él, se imaginaría un niño de diez años), eso está únicamente en la mente del lector. Slott plantea por tanto que, gracias a la «magia de la elipsis» somos nosotros quienes proyectamos lo que queremos y que la morbosidad de la escena llega hasta donde llegue nuestra propia morbosidad individual.

El argumento es realmente cínico, pero lo que a nosotros nos interesa aquí son las reglas de funcionamiento de los mecanismos narrativos. Unas reglas a las que, una vez que el autor se somete, ya no puede sustraerse. Aunque creamos que el autor es Dios y puede hacer lo que quiera con su obra, desde el momento en que está decidiendo cómo va a ser su obra, está limitando las posibilidades de lo que puede hacer con ella. O sea, desde el momento en que uno recurre a esta elipsis, ¿es razonable decir que lo que pasa queda a la imaginación del lector y yo no he dicho que hayan hecho algo más que darse un beso?

Byrne sabe que no es así, y lo explica con la mayor claridad: Si sólo es un beso... ¿por qué no mostrarlo?

Decir que la tía May y Octopus no follan (y Peter Parker lo vive en primera persona, en el recuerdo) en esa elipsis sería como decir que en la escena final de la saga del Imperio Secreto el Número Uno no es Richard Nixon, sino que lo dejamos a la imaginación. Podría ser Cráneo Rojo, por ejemplo.

Sí, claro. Y la tía May podría ser virgen.

CARAS OCULTAS

Curiosamente, Amazing Spider-Man es una colección con una tradición de imágenes escamoteadas que se remonta a Steve Ditko y sus orígenes. Hay dos casos muy notables que me vienen a la memoria. El primero, el Duende Verde:


Desde su primera aparición (Amazing #14, 1964), de la que reproduzco unas viñetas sobre estas líneas, el archienemigo de Spiderman se mostró como alguien que tenía una doble personalidad, pero cuya identidad secreta quedaba siempre oculta a los lectores, utilizando cualquier artificio que fuera necesario, como se puede ver en la ilustración.

El segundo caso fue Mary Jane Watson, la hija de la vecina de la tía May, Anna Watson, y futura esposa de Peter Parker:


Durante una serie de episodios, Anna y May se empeñan en que sus respectivos sobrinos se conozcan, pero Peter nunca tiene tiempo (ni interés) para que se celebre la demorada reunión, que se convierte en un gag recurrente. Las dos viñetas que he reproducido pertenecen a Amazing #25 (1965) que es donde por vez primera se ve físicamente a Mary Jane, aunque una flor estratégicamente situada nos priva de descubrir su rostro.

Steve Ditko mantendría estas dos subtramas de los personajes sin rostro -el Duende Verde y Mary Jane Watson- a lo largo de toda su estancia en Amazing Spider-Man, que abandonaría sin llegar a resolverlas. Nada más marcharse, Stan Lee no perdió tiempo en solucionarlas, y con la ayuda del nuevo dibujante John Romita les dio conclusión de inmediato. En primer lugar, descubrimos que el Duende Verde era en realidad Norman Osborn, el padre de Harry, el amigo de Peter Parker. E inmediatamente después, Mary Jane y Peter por fin se encontraban, y este descubría que la sobrina de su vecina a quien había estado evitando como si fuera la peste, era en realidad una preciosidad llena de vida y alegría.

Toda la subtrama de Mary Jane estaba montada como un larguísimo chiste: ¡el desgraciado de Peter se había pasado meses esquivando a un bombón! ¡Tonto! Lo curioso es que por aquel entonces la falta de comunicación entre Ditko y Lee era tan completa que éste no sabía por dónde iba a llevar aquél la serie, y dialogaba prácticamente a ciegas. De otra manera no se explica que en el mencionado Amazing #25 reviente con sus diálogos el chiste cuyo desenlace no va a contar hasta la última viñeta del #42. ¿Qué sentido tiene que en una viñeta nos oculten la apariencia de Mary Jane, si en la siguiente Betty dice que parece una estrella de cine?

El caso de la identidad del Duende Verde fue algo más complicado, y habitualmente se esgrime como uno de los motivos de discusión entre Lee y Ditko que acabaron motivando la salida de éste de la serie. Según parece, Ditko quería que el Duende Verde fuera alguien desconocido, anónimo, mientras que Lee estaba empeñado en que fuese algún personaje secundario ya presente en la serie y que fuera conocido por los lectores. Dejando de lado la discusión filosófica entre dos planteamientos completamente antagónicos que revelan estas posturas (Amazing Spider-Man como tratado moral vs. Amazing Spider-Man como culebrón), volvemos de nuevo a la ley de la narración: si el Duende Verde era alguien anónimo, ¿por qué no mostrar su rostro? Cada vez que Ditko estaba utilizando un artificio tan forzado como una portezuela interpuesta ante su cara, estaba diciéndoles a sus lectores que no podían ver su cara. ¿Se supone que los lectores no tienen que sacar de eso otra conclusión salvo que cada uno puede proyectar lo que quiera? No, la única conclusión que pueden sacar los lectores es que no pueden ver su cara porque si lo hacen, lo reconocerán, como reconocerían a Richard Nixon los lectores de Capitán América.

Cada regla es una cláusula del contrato narrativo que suscriben los lectores con el autor. Y el autor que se salta las cláusulas, acaba perdiendo la confianza de los lectores. Moraleja: Que se besen.

ENTRADAS RELACIONADAS:
El Capitán América contra Richard Nixon
Elipsis

viernes, 30 de noviembre de 2012

EL CAPITÁN AMÉRICA CONTRA RICHARD NIXON


Una de las cosas que siempre me han fascinado de los viejos cómics industriales -y en realidad, de toda la producción comercial de genéro tradicional, sea en el medio que sea- era cómo en ocasiones llegaban a los límites impuestos por convenciones inquebrantables y cómo ese encuentro con el límite acababa dando forma a la propia obra. O dicho de otra forma, cómo se vadeaban los obstáculos infranqueables. O cómo se dice lo que no se puede decir, o cómo se muestra lo que no se puede mostrar.

Porque a veces, el límite obliga a buscar una solución retórica de una sutileza mucho más efectiva que cualquier discurso frontalmente libre.

Véase la singular página de arriba.

Situémonos: Captain America #175 (julio de 1974), en colaboración con el dibujante Sal Buscema y el entintador Vinnie Colletta, el guionista Steve Englehart pone fin a una larga saga del Capitán América que se ha extendido durante varios episodios. En ella, el Capitán se enfrenta a una organización llamada El Imperio Secreto, que busca controlar el destino de Estados Unidos y que está dirigida por un líder misterioso y encapuchado, el Número Uno. En este episodio, el Capi y sus aliados por fin desmantelan a la maquiavélica sociedad en el propio jardín de la Casa Blanca. Pero cuando todo parecía acabado, en la última página, Número Uno se levanta y huye hasta el interior de la sede del poder ejecutivo. El Capitán América le persigue, por fin le desenmascara y... ¡oh! Es... ¿quién es? O sea: ¿quién cojones es? Porque el Capitán América parece conocerle perfectamente, pero no dice nunca su nombre, y nosotros tampoco podemos ver su cara, ya que la cabeza permanece siempre fuera de cuadro. No puede ser el Cráneo Rojo, por ejemplo, archienemigo oficial del Capi, porque entonces éste lo mencionaría, y además no hay motivo para no mostrar su colorada calavera en un cómic donde ya ha salido cien veces anteriormente. Entonces, ¿quién puede ser que lo conoce el Capi y nosotros también, y que sin embargo no se puede mencionar dentro del tebeo?

Esa omisión dentro del papel es una palanca que sólo puede apoyarse fuera del papel, y tender un puente hacia nuestra realidad. Esa omisión es, obviamente, una alusión a algo que no está a ese lado de la viñeta, sino al nuestro, porque sólo nosotros podemos completar el dibujo que Sal Buscema no puede dibujar.

Obviamente, Número Uno es Richard Nixon, el presidente de Estados Unidos, que en aquellos momentos vivía las horas más oscuras del escándalo Watergate. Por si hiciera falta algún detalle más para situarlo, los autores ubican su desenmascaramiento en su escenario ceremonial, el Despacho Oval. Steve Englehart, uno de los guionistas verdaderamente grandes que ha tenido Marvel en su historia, era un objetor de conciencia crítico con su gobierno, y durante los 70 llevó al Capitán América a una odisea de reflexión política que culminaba en este episodio donde se escenifica el desencanto de toda una generación. Antes de que se publicara Captain America #175, en Marvel le preguntaron si Número Uno era Nixon. Él dijo que por supuesto que no. Cuando se publicó el cómic y la prensa le preguntó, él dijo públicamente que por supuesto que sí.

Englehart y Buscema contaron en esta página lo que no se podía contar, y lo contaron con absoluta precisión y de manera inequívoca. ¿Habría sido mejor que hubieran podido dibujar al propio Nixon debajo de la máscara del Número Uno, y que el Nixon de nuestro mundo se hubiera enfrentado cara a cara con el Capitán América del otro lado de la viñeta? Lo dudo. Lo inefable no se puede explicar de forma directa. Sólo podemos aludir a ello de forma oblicua, y esperar que el receptor lo sepa entender. A Englehart y Buscema no les estaba permitido mostrar el rostro de Nixon debajo de la capucha del Número Uno, y no dudo de que, si le hubiera estado permitido, Englehart habría elegido mostrarlo. Pero en ese caso, la historia habría acabado en un macabro desahogo instantáneo, una sátira iconoclasta brutal y, al mismo tiempo, coyuntural. Al no poder hacerlo, la historia se traslada a un plano intemporal, y casi 50 años después, un hipotético lector que ni siquiera hubiera oído hablar jamás de Nixon ni del Watergate, entenderá que Número Uno es, en todo caso, el Presidente de los Estados Unidos, y que a lo que está asistiendo el Capitán América es al suicidio de los ideales que él mismo representa. La farsa se transforma en drama, pierde el rostro y se hace inmortal.

En agosto de 1974, Richard Nixon abandonaba el cargo de presidente de Estados Unidos, dimitiendo con un discurso televisado a toda la nación. En Captain America #175 (fecha de portada de julio de 1974, aunque probablemente se publicara en abril o mayo), Nixon abandonaba el cargo pegándose un tiro en la cabeza. En el mundo de los superhéroes, al contrario que en el real, no hay paciencia con los políticos corruptos.

EXTRA: Otro ejemplo de elipsis elocuente en un cómic Marvel de los 70, esta vez en Goliat Negro y para sortear un contenido sexual: ELIPSIS

jueves, 29 de noviembre de 2012

LA ARAÑA, LA MOSCA, Y LA BOLLERÍA INDUSTRIAL


Como secuela del post anterior, hoy traigo aquí otra magnífica historieta inédita en España del Spiderman de Ross Andru. Lo cierto es que Spiderman estuvo muy ocupado a mediados de los 70, y con él, su dibujante Ross Andru. En ocasiones con proyectos especiales de tanta envergadura como Superman vs. Spider-Man, en otros casos con ocurrencias más sórdidas, como el Amazing Spider-Man vs. The Prodigy del que acabamos de hablar, y con cierta frecuencia con anuncios de Twinkies, que eran una especie de bollycaos. Las historietas publicitarias de Twinkies fueron habituales durante años en todos los títulos Marvel, protagonizadas por muchos de sus héroes y normalmente dibujadas por sus dibujantes habituales. Urge ya una reedición de todo este material, acompañada del conveniente aparato crítico.

[«The Spider-Man and the Fly!» publicado en Avengers Annual #6, 1976]

martes, 27 de noviembre de 2012

SEXO, MENTIRAS Y TELAS DE ARAÑA


La vida del coleccionista de Spiderman es inagotable, y el sendero por el que sigue a su amistoso vecino arácnido oculta recovecos inesperados. Hace poco, por ejemplo, conseguí un ejemplar de The Amazing Spider-Man vs. The Prodigy!, un tebeo del trepamuros que me atrevería a decir que es único en su ya dilatada carrera.

Como podéis ver en la foto, es más pequeño que un comic book mensual típico de Spiderman, y contiene sólo 16 páginas de tripas (15 de ellas dedicadas a la historieta). Lo publicó Marvel en 1976, y fue una colaboración con la Planned Parenthood Federation of America Inc., es decir, con una organización dedicada a promover la planificación familiar y la información sobre el sexo.

SPIDERMAN Y SEXO, sí. ¡Esto no se publicó en España en su día, que yo recuerde!

El tebeo es peculiar precisamente porque el equipo artístico es el habitual de la época: el infatigable Ross Andru acompañado de su inseparable Mike Esposito, con colores de Jan Cohen y rotulación de Joe Rosen. Los créditos y la página inicial parecen casi idénticos a los de un tebeo de Spiderman normal.


La novedad más notable está en el nombre de la guionista, Ann Robinson, procedente de Planned Parenthood. Desconozco en qué medida Mrs. Robinson es responsable del resultado artístico final, pero debo decir que este tebeo contiene uno de los más majestuosos ejemplos de texto redundante que he visto en mi vida. Ya sabéis esa vieja regla: no describas lo que ya cuentan las imágenes, ¿no? Bueno, muchas veces hemos visto autores que no se dan cuentan de que están cayendo en ese error. Pero pocas veces hemos visto que lo hagan conscientemente. ¿Cómo, si no, interpretar un texto de apoyo que dice «como podéis ver» antes de describir la viñeta?


Hay que decir que los autores de este cómic transmiten la impresión de pensar que sus lectores necesitan toda la ayuda posible para llegar a desentrañar en sus sutiles matices la compleja narración que se despliega ante ellos. Así, por ejemplo, encontramos un recurso que no es habitual en un cómic Marvel típico. Uno de los personajes, tras exponer un montón de información referente al todavía  oculto supervillano de la historia, incluye en el final de su bocadillo de diálogo, entre paréntesis, la siguiente llamada: «(Ver nota en la página 4, editor)»


La nota de la página 4, como podéis ver, que diría el guionista redundante, es un prolijo cartucho de texto donde se explica que el malévolo Prodigy adquirió el poder de someter las voluntades ajenas con su voz al atravesar la ionosfera terrestre en su camino desde su planeta de origen, Intellectia. La información no sólo es completamente irrelevante para el desarrollo de la trama, sino que me resulta casi candoroso que necesiten dar tan descabellada explicación a las habilidades del villano. Si ya hemos aceptado la descabellada premisa de que es extraterrestre, ¿necesitábamos además explicar que sus poderes son producto de un accidente casual? O sea: ¿pensaba la guionista que nos tragaríamos que es un alienígena, pero no que pueda tener una supervoz?

La cuestión es que la guionista parece pensar que sus lectores son lo suficientemente mayores como para practicar el sexo, pero lo bastante idiotas como no ser capaz de entender su (tosca, digámoslo ya sin reparos) historia sin todo tipo de explicaciones añadidas. Tal vez por eso el cómic le pareciera el medio adecuado para comunicarse con ellos.

El argumento de esta emocionante aventura, sin embargo, no escapa completamente a nuestra comprensión. Una misteriosa organización recoge a un montón de adolescentes en el centro de Manhattan y los traslada en helicóptero a una mansión en las afueras. Allí, el extraterrestre Prodigy, convenientemente oculto bajo una máscara que le hace parecer normal, y aprovechando su voz seductora, intentará convertir a esos chicos en, como dice el propio Spiderman -que los ha seguido, colgado del helicóptero- «baby machines», máquinas reproductoras que arruinarán su vida cargando con montones de críos. Prodigy desinforma a los muchachos sobre los riesgos del sexo, con la esperanza de que produzcan abundantes cantidades de esclavos que utilizar como mano de obra en su Intellectia natal. Aún más, su plan culminará cuando realice una alocución televisiva dirigida a todos los jóvenes norteamericanos. El plan, que sin duda de haber fructificado habría dado lugar a una continuación que sólo habría podido publicarse sin la autorización de la Comics Code Authority, fracasa gracias a la oportuna -y también ocurrente, todo hay que decirlo- intervención de Spiderman.

Es interesante observar cuáles son los rasgos que definen a The Prodigy, el pérfido villano que busca la ruina de la nación a través de la corrupción sexual de sus jóvenes. Es un extraterrestre, va vestido con un llamativo traje verde y unos espectaculares zapatos de plataforma, procede de un planeta llamado Intellectia y planea amplificar su maldad a través de la televisión. En resumidas cuentas, el villano es extranjero (no es uno de los nuestros), es extravagante, heterodoxo y posiblemente afeminado, posee un exceso de intelecto que, como debemos recordar, es algo perverso e insano, y utiliza la televisión lavacerebros como arma para diseminar el mal y la lascivia.

A pesar de lo listo que es, su plan me resulta peculiar, como mínimo. Resulta que se lleva a ese puñado de mozos y mozas a su castillo privado y allí los sienta en pupitres y empieza a adoctrinarlos, proporcionándoles información falsa sobre el sexo con la esperanza de que así pueda convencerlos para que lo practiquen incontroladamente. Es decir: tiene que convencer con sus poderes sobrenaturales a un puñado de adolescentes para que se entreguen al sexo, como si a los adolescentes no les dominasen sus hormonas de forma natural y no tuvieran que hacer enormes esfuerzos para evitar quitarse las ropas y entregarse de inmediato al más desenfrenado babymaking.


También me resulta chocante que en un panfleto que proclama estar dedicado a suministrar información veraz sobre el sexo a los jóvenes, no se puedan pronunciar palabras como condón. ¿O a qué se refiere este muchacho cuando dice que en las tiendas puedes comprar «cosas que impiden que se produzca el embarazo... o que pilles una enfermedad venérea»? ¿Qué cosas, por Dios?, imagino que se pregunta un posible lector ingenuo de este tebeo que busca en él la prometida información veraz.

Pero no seamos tan ingenuos como ese lector imaginario. Tal persona no pudo existir nunca. ¿A quién se piensan que están «educando» los autores de este Amazing Spider-Man vs. The Prodigy? ¿A supuestos adolescentes que entre polvo y polvo se leen un tebeo de Spiderman donde un extraterrestre intenta engañarles sobre los riesgos del embarazo juvenil? ¿En qué momento la realidad tebeíl empezó a divergir tanto de la realidad real?

El cómic aprovecha la página sobrante y los interiores de portada y contraportada para ofrecer algunos otros textos informativos. Resulta curioso ver una lista de facts dedicados al sexo bajo un logotipo de Spiderman, pero siempre se puede aprender algo leyendo estas cosas. Por ejemplo: «Sobre la homosexualidad. La apariencia de una persona o la forma en que se comporta no son indicativos de su homosexualidad. Tener un amigo íntimo, o sentirse atraído por una persona del mismo sexo no significa que seas homosexual, o que vayas a serlo nunca».

Nunca es tarde para aprender, true believers! Yo, por mi parte, agradezco a la Planned Parenthood Federation esta iniciativa, que me permite añadir una joyita de opaco fulgor a mi colección arácnida. Un ejemplar vintage de uno de mis dibujantes favoritos de Spiderman, y además una historia inédita en España. ¿Para cuándo su reedición como novela gráfica?

lunes, 5 de noviembre de 2012

LO NEGRO ES BLANCO

Estos días que ando enfrascado en Marvel Comics. The Untold Story (Harper Collins, 2012), de Sean Howe, me voy encontrando con toda clase de detalles curiosos sobre la historia de la editorial cuyos cómics traduzco. Hace poco leía, por ejemplo, que cuando Stan Lee y Jack Kirby presentaron al soldado negro Gabe Jones como miembro de los Comandos Aulladores del Sargento Furia, en la imprenta lo colorearon como si fuera blanco, provocando así la protesta de los autores. Estamos hablando de 1963, que cada uno considere si le parece que fue hace mucho o hace muy poco. Pero el episodio me ha traído a la cabeza un recuerdo de la infancia relacionado con uno de mis héroes favoritos de la niñez, y el icono supremo del superheroísmo negro: Pantera Negra, por supuesto.

El episodio tiene lugar más tarde, en 1976 y 1977, fechas en las que Vértice publica en España la espléndida saga «La furia de la Pantera», dentro de la colección Super Héroes, volumen 2. En aquella época, Vértice publicaba el interior de sus cómics en blanco y negro, de manera que la única referencia de color que teníamos los lectores estaba en las portadas, que no eran las originales, sino versiones redibujadas específicamente para la editorial española, con frecuencia a partir de las portadas originales de Marvel. Véanse dos ejemplos comparativos entre la portada original americana y la portada de Vértice.





La diferencia de color es significativa, ¿verdad? ¡En la edición española, Pantera Negra lleva las botas y los guantes grises, y no azules oscuros, como en el original! Ah, bueno, sí, y además, la piel que revela su desgarrado uniforme es blanca, eso también. No sólo T'Challa, el orgulloso soberano del país africano de Wakanda, se ha vuelto milagrosamente blanco, sino que incluso su enemigo, el feroz Killmonger, también se ha aclarado. En su caso, incluso cubre su cuerpo con un mono de color que parece diseñado para sembrar más confusión sobre su raza.

Desde luego, si de sembrar confusión se trataba, el éxito de estas portadas sobre mi ignorante psique infantil fue absoluto. El Pantera Negra africano que aparecía en el interior de los tebeos parecía negro, pero desde luego el color de su piel no estaba representado en las viñetas, y la única pista que me daba la portada me decía que era del mismo tono que la mía. Tampoco es que los niños españoles de los setenta tuviéramos mucha experiencia con la pluralidad étnica: en aquella época, España era indisolublemente monorracial. También, por lo que oía yo entonces, era un país donde «no se conocía el racismo». Otros defectos tendríamos, pero ése no. Ahora que vivo en una ciudad con más de un 60% de población afroamericana, recuerdo aquellas portadas de Vértice y me río. Que me acuerde de todo esto cuando Estados Unidos está a punto de reelegir a un presidente negro sólo puede ser casualidad, también.

NOTA 1: Recomiendo encarecidamente a quien esté interesado en los superhéroes negros la lectura del ensayo Black Superpower, de Daniel Ausente, que forma parte de la Black Pulp Box publicada en 2012 por Aristas Martínez.
NOTA 2: Revisando la colección Super Héroes, V2, de Vértice, para este post, alucino con cómo seguíamos las series por entonces. «La furia de la Pantera», por ejemplo, aparece por vez primera en el nº 34 (1975), luego salta al 39, y finalmente acaba ¡en el 78 y 79 (1977)! Entre medias, montones de episodios de Marvel Team-Up, Marvel Two-In-One, Motorista Fantasma, Champions, Skull y Super-Villain Team-Up. ¡Cada número, una sorpresa!
NOTA 3: Los cambios de color de la piel de T'Challa y Killmonger no son las únicas desviaciones del patrón cromático original de Marvel que practicó Vértice en sus portadas. Algún día tengo que escribir sobre esas variantes, que llevaban a personajes como el Doctor Muerte del verde y gris al rojo, azul y dorado, por ejemplo.
ATRIBUCIONES: Las imágenes de las portadas de Marvel está sacadas de la GCD, las de las portadas de Vértice, de universomarvel.