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miércoles, 3 de julio de 2013

SUPERJUDÍOS



El domingo visité la exposición ZAP! POW! BAM! The Superhero: The Golden Age of Comic Books, 1938-1950 en el Museo Judío de Maryland. La muestra era de dimensiones modestas, pero muy rica en materiales interesantes. Centrada básicamente en la primera oleada de los superhéroes que surgieron en la estela de Superman durante los años cuarenta, tenía un buen montón de originales, tanto de páginas interiores como de portadas, muchas veces contrastados con ejemplares impresos de esos mismos tebeos. Además, se podía disfrutar de curiosidades como fotostatos coloreados a mano o muestras de guiones de Bill Finger mismo. Todo ello convenientemente adornado con merchandising de la época y accesorios creados a propósito para dar a la sala un cierto ambiente superheroico: desde un cofre con kryptonita hasta una cabina de teléfonos donde cambiarse como el Hombre de Acero (incluso tenían una caja al lado con un surtido de capas, antifaces y camisetas con emblemas para ejercitar el arte de la transformación de identidad). En fin, una pequeña delicia para el aficionado al género.



Original de la portada de Detective Comics #69 (1942),
de Jerry Robinson.


Portada de Superman #14 (1942), de Fred Ray.


Un dibujo dedicado por Jerry Siegel y Joe Shuster a Jerry Robinson.


Página de un guión de Bill Finger.


Un Canario Negro de Carmine Infantino.


Puñetazos para Hitler, de parte de Mort Meskin.


Reconstrucción de un kiosco tradicional. Los tebeos expuestos
no eran de la Golden Age, por supuesto, aunque había alguna
joyita moderna, como el Omega The Unknown #1 
de Gerber y Mooney.


La advertencia que preside el cofre donde se guarda la kryptonita
es absurda. Si es kryptonita auténtica -y todo parece indiciar que
lo era-, sólo puede hacer daño a una persona en la Tierra, y esa
persona ya sabe andarse con cuidado en sus inmediaciones.


La cabina de Superman, convenientemente identificada con una
viñeta que sirve de manual de instrucciones para el Hombre de Acero.


Merchandising de los años 40.


Más merchandising de los años 40.


«Este libro contiene dos discos irrompibles».
Qué manera tan absurda de tentar a los niños.


Jack Kirby recordando a su viejo colega Adolf.

Mi visita coincidió, por cierto, con una Batalla Artística basada en los superhéroes de la Golden Age. En un gran lienzo ante el público, diferentes artistas disfrazados dibujaban con límite de tiempo el tema propuesto por una ruleta (a las dos primeras les tocó «Superman» y «Batman», no sé hasta qué punto no estaba trucado aquello), y el público decidía el ganador a base de rugidos que eran medidos científicamente por el decibeliómetro del árbitro. Todo esto aderezado con los comentarios verbeneros de los presentadores. La idea aquí, en fin, es que las exposiciones no se queden nunca tan sólo en las paredes.



Imagino que la mayoría de los lectores de Mandorla no necesitan explicaciones de qué pinta una exposición sobre superhéroes de la Edad de Oro del cómic en un Museo Judío. La relación entre los judíos y el origen de los superhéroes se ha explorado (y explotado) abundantemente en multitud de libros, ensayos y también historietas. No en vano algunos de los principales historietistas del momento eran judíos, empezando por los creadores de Superman (Jerry Siegel y Joe Shuster), siguiendo por los de Batman (Bill Finger y Bob Kane) y continuando por los del Capitán América (Joe Simon y Jack Kirby), por no hablar de nombres como Will Eisner o Stan Lee. Sin embargo, como da la casualidad de que justo en estos momentos estoy leyendo The Myth of the Superhero (Johns Hopkins University Press, 2013), de Marco Arnaudo, y precisamente acabo de terminar un epígrafe dedicado a esta cuestión, no me resisto a traducir un par de párrafos que den un poco de materia para la reflexión a quien esté interesado por el asunto.



Después de relacionar a Superman con la figura de Sansón y con el mito del Golem, Arnaudo añade:

«Además, igual que los kryptonianos se enfrentan a la amenaza de la extinción a través de la destrucción de su planeta al principio de la mitología de Superman, los judíos deben enfrentarse a la orden del faraón de ahogar a todos los niños varones en el libro del Éxodo. Y de la misma manera que la madre de Moisés le salva poniéndole en una cesta y confiándolo a las aguas del Nilo, también los padres de Kal-El salvan a su hijo metiéndolo en un cohete que se dirige al planeta Tierra. En resumen, los orígenes kryptonianos de Superman tienen ecos de la historia de Moisés de una forma tan precisa que parece muy improbable que, conscientemente o no, el trasfondo judío de los autores no tuviera un mínimo de influencia».

Arnaudo continúa con Superman:

«El mismo nombre de Superman, Kal-El, incluye el sufijo "El", que significa "Dios" en hebreo (una abreviatura de Elohim) y aparece en los nombres de figuras bíblicas como Daniel, Samuel y los ángeles Gabriel y Miguel. Y el arcángel Miguel, el gran guerrero que se opone a Satanás en la tradición judía, parece a su vez un precursor apropiado del salvador enviado desde Krypton para combatir el mal en la Tierra. El simbolismo y el trasfondo de Superman, por tanto, reavivaron la antigua tradición judía en un momento concreto, a finales de los años 30, en que la persecución de los judíos en Europa podría haber inspirado fácilmente el deseo de un nuevo ángel de la guarda».

También está interesante lo que observa sobre el Capitán América:

«Como ha señalado Weinstein, los símbolos y el disfraz del Capitán América (creado en 1941 por Simon y Kirby, ambos judíos) tienen un significado doble que los relaciona por igual con la cultura americana (explícitamente) y con la cultura judía (implícitamente). El arma del Capitán América, a partir del segundo número, es un escudo redondo con una estrella de cinco puntas en el centro, que claramente se refiere a la bandera americana y a la idea de la defensa y la protección. Al mismo tiempo, también recuerda al símbolo de la cultura y la religión judía, la Estrella de David, o para ser más precisos, el "Escudo de David", caracterizado por la estrella (aunque sea de seis puntas). De forma similar, Weinstein observa que la "A" de la máscara del Capitán América se puede ver no sólo como la inicial de "América", sino también como una referencia al aleph, la primera letra de la palabra escrita en la frente de un golem para activarlo. Esta conexión resulta aún más interesante dado que es precisamente cuando el Capitán América se pone su máscara -por tanto cuando se pone la A/aleph sobre la frente- cuando deja de ser un mero civil y se "activa" como superhéroe y defensor de la comunidad».

Por redondear un poco el tema, me parece necesario señalar que el propio Arnaudo no lleva los paralelismos a conclusiones excesivas:

«Dicho esto, ¿sería legítimo afirmar que Superman es judío o que el personaje de Superman representa a una figura judía en un sentido general y absoluto? Sí y no, diría yo. Superman, como cualquier superhéroe con éxito, muestra una fuerte combinación de iconicidad y flexibilidad, debido a dos cosas: (1) fuertes signos visuales y narrativos, tales como máscaras, símbolos, disfraces, herramientas y habilidades especiales, factores todos que permiten las variaciones al mismo tiempo que se mantiene una identidad reconocible sólidamente conectada con las encarnaciones previas del personaje; y (2) la serialidad, que a lo largo de meses o años permite una variación paulatina pero grande en el personaje. Su historia está siendo constantemente escrita y reescrita por muchos autores diferentes, cada uno de los cuales podría haber representado al personaje según diferentes interpretaciones religiosas o culturales»

Así pues: superhéroes y judíos.



viernes, 30 de noviembre de 2012

EL CAPITÁN AMÉRICA CONTRA RICHARD NIXON


Una de las cosas que siempre me han fascinado de los viejos cómics industriales -y en realidad, de toda la producción comercial de genéro tradicional, sea en el medio que sea- era cómo en ocasiones llegaban a los límites impuestos por convenciones inquebrantables y cómo ese encuentro con el límite acababa dando forma a la propia obra. O dicho de otra forma, cómo se vadeaban los obstáculos infranqueables. O cómo se dice lo que no se puede decir, o cómo se muestra lo que no se puede mostrar.

Porque a veces, el límite obliga a buscar una solución retórica de una sutileza mucho más efectiva que cualquier discurso frontalmente libre.

Véase la singular página de arriba.

Situémonos: Captain America #175 (julio de 1974), en colaboración con el dibujante Sal Buscema y el entintador Vinnie Colletta, el guionista Steve Englehart pone fin a una larga saga del Capitán América que se ha extendido durante varios episodios. En ella, el Capitán se enfrenta a una organización llamada El Imperio Secreto, que busca controlar el destino de Estados Unidos y que está dirigida por un líder misterioso y encapuchado, el Número Uno. En este episodio, el Capi y sus aliados por fin desmantelan a la maquiavélica sociedad en el propio jardín de la Casa Blanca. Pero cuando todo parecía acabado, en la última página, Número Uno se levanta y huye hasta el interior de la sede del poder ejecutivo. El Capitán América le persigue, por fin le desenmascara y... ¡oh! Es... ¿quién es? O sea: ¿quién cojones es? Porque el Capitán América parece conocerle perfectamente, pero no dice nunca su nombre, y nosotros tampoco podemos ver su cara, ya que la cabeza permanece siempre fuera de cuadro. No puede ser el Cráneo Rojo, por ejemplo, archienemigo oficial del Capi, porque entonces éste lo mencionaría, y además no hay motivo para no mostrar su colorada calavera en un cómic donde ya ha salido cien veces anteriormente. Entonces, ¿quién puede ser que lo conoce el Capi y nosotros también, y que sin embargo no se puede mencionar dentro del tebeo?

Esa omisión dentro del papel es una palanca que sólo puede apoyarse fuera del papel, y tender un puente hacia nuestra realidad. Esa omisión es, obviamente, una alusión a algo que no está a ese lado de la viñeta, sino al nuestro, porque sólo nosotros podemos completar el dibujo que Sal Buscema no puede dibujar.

Obviamente, Número Uno es Richard Nixon, el presidente de Estados Unidos, que en aquellos momentos vivía las horas más oscuras del escándalo Watergate. Por si hiciera falta algún detalle más para situarlo, los autores ubican su desenmascaramiento en su escenario ceremonial, el Despacho Oval. Steve Englehart, uno de los guionistas verdaderamente grandes que ha tenido Marvel en su historia, era un objetor de conciencia crítico con su gobierno, y durante los 70 llevó al Capitán América a una odisea de reflexión política que culminaba en este episodio donde se escenifica el desencanto de toda una generación. Antes de que se publicara Captain America #175, en Marvel le preguntaron si Número Uno era Nixon. Él dijo que por supuesto que no. Cuando se publicó el cómic y la prensa le preguntó, él dijo públicamente que por supuesto que sí.

Englehart y Buscema contaron en esta página lo que no se podía contar, y lo contaron con absoluta precisión y de manera inequívoca. ¿Habría sido mejor que hubieran podido dibujar al propio Nixon debajo de la máscara del Número Uno, y que el Nixon de nuestro mundo se hubiera enfrentado cara a cara con el Capitán América del otro lado de la viñeta? Lo dudo. Lo inefable no se puede explicar de forma directa. Sólo podemos aludir a ello de forma oblicua, y esperar que el receptor lo sepa entender. A Englehart y Buscema no les estaba permitido mostrar el rostro de Nixon debajo de la capucha del Número Uno, y no dudo de que, si le hubiera estado permitido, Englehart habría elegido mostrarlo. Pero en ese caso, la historia habría acabado en un macabro desahogo instantáneo, una sátira iconoclasta brutal y, al mismo tiempo, coyuntural. Al no poder hacerlo, la historia se traslada a un plano intemporal, y casi 50 años después, un hipotético lector que ni siquiera hubiera oído hablar jamás de Nixon ni del Watergate, entenderá que Número Uno es, en todo caso, el Presidente de los Estados Unidos, y que a lo que está asistiendo el Capitán América es al suicidio de los ideales que él mismo representa. La farsa se transforma en drama, pierde el rostro y se hace inmortal.

En agosto de 1974, Richard Nixon abandonaba el cargo de presidente de Estados Unidos, dimitiendo con un discurso televisado a toda la nación. En Captain America #175 (fecha de portada de julio de 1974, aunque probablemente se publicara en abril o mayo), Nixon abandonaba el cargo pegándose un tiro en la cabeza. En el mundo de los superhéroes, al contrario que en el real, no hay paciencia con los políticos corruptos.

EXTRA: Otro ejemplo de elipsis elocuente en un cómic Marvel de los 70, esta vez en Goliat Negro y para sortear un contenido sexual: ELIPSIS

viernes, 12 de agosto de 2011

EL SUEÑO AMERICANO



Pero, al final, ¿qué representa exactamente el Capitán América? Una vez más, debemos mirar a la intertextualidad para buscar los significados ocultos. Arriba: portada de Tales of Suspense #63 (1965), donde se cuenta el origen del Capitán América. A continuación, se reproduce el interior de esa misma portada. Es decir, lo primero que veía el lector de ese tebeo cuando pasaba la portada.
Debajo, otro ejemplo más tardío, ya de 1972. Portada de Captain America #155 e interior de portada. Como dijo aquél: 'Nuff Said!


[Corolario: al hablar de Nobrow subrayaba la importancia del aspecto material de estos modernos tebeos de vanguardia. Pero la realidad es que los tebeos siempre han sido objetos, incluso cuando eran simples comic books. Manejar las reediciones actuales en tomos lujosos y aptos para cualquier salón de clase media no es lo mismo que manejar los comic books originales, con sus páginas de correo, con sus grapas, con sus anuncios].

jueves, 11 de agosto de 2011

TAN CERCA DE AMÉRICA, TAN LEJOS DE KIRBY




Capitán América: el primer Vengador (2011, Joe Johnston), protagonizada por Chris Evans, demuestra que una película de superhéroes no tiene por qué ser una gran película para ser buena. Como película, a Capitán América le falla la estructura grandiosamente, pero como película de superhéroes, es simplemente grandiosa. Lo que importa es el personaje, y en Capitán América está el Capitán América en plenitud, tal vez más pleno que nunca. Tampoco los tebeos de superhéroes se han hecho famosos por sus buenas historias, sino por sus espectaculares personajes. Sirvan como ejemplo las aventuras originales del Capitán América. En la primera aparición del Cráneo Rojo (Captain America Comics #1, 1941), el Capitán América salta por la ventana para buscar al villano en la noche, sin ninguna pista ni preparación previa. En el último segundo, da la orden a Bucky de quedarse en casa. «Mejor pensado... ¡será mejor que me ocupe de esto yo solo! ¡Espera aquí, Bucky!» Pero el impaciente joven no es capaz de quedarse esperando, por supuesto. Cuatro viñetas después lo vemos asomado a una claraboya, acompañado de un texto de apoyo: «Mientras los espías asesinos [se refiere a la banda de Cráneo Rojo, por supuesto] hacen planes... ¡Bucky descubre accidentalmente su base!» Lamentablemente, el impetuoso muchacho es capturado por el villano y sus secuaces, aunque por fortuna, página y media después es liberado por el propio Capitán América, que irrumpe en la base enemiga (tras llamar a la puerta, eso sí) y empieza a repartir cera a base de bien. Para esta segunda invasión del cubil de Cráneo Rojo el guionista considera que ya es completamente innecesario dar ninguna explicación. ¿Y qué? ¡Vendió millones!

El caso es que, como película, Capitán América tiene una apariencia episódica que le resta fuerza individualmente, pero que encaja con la perfecta traslación del Universo Marvel a la pantalla que está conduciéndonos poco a poco hacia el estreno de Los Vengadores (y que, superado ese umbral, tal vez acabe llevándonos a Marvel Team-Up y quién sabe qué otras alucinaciones adolescentes). Es decir, a estas alturas los Marvel Studios saben perfectamente que están creando un universo, y no una colección de «buenas historias». Así, falta drama en Capitán América; falta drama, por ejemplo, en el final de Cráneo Rojo. Pero todos sospechamos que en realidad el drama sólo se ha diferido: lo retomaremos en Los Vengadores. Vemos Capitán América como una mera precuela, esta vez sí, estrenada antes de su continuación. O sea: es intertextual, requisito indispensable de la continuidad de los universos superheroicos. Por eso hoy decimos: por fin Hollywood lo ha pillado, los superhéroes eran así.

Lo episódico también remite a la que parece otra de las fuentes de esta película, los seriales de aventuras de los años 30 y 40 (de los cuales el propio Capi llegó a protagonizar uno). En todo momento, Capitán América: El primer Vengador es puro pulp desvergonzado, como debe ser, cargado de humor pero sin caer en la parodia obvia. A veces diríamos que es una versión sobria del Batman de Adam West. Esta película sabe que hay que ser atrevido, que llegados a cierto horizonte, uno no se puede andar con contemplaciones, y que eso significa que si cuesta justificar que una figura como el Capitán América combata a los ejércitos nazis, cuesta menos justificar que combata a una secta hipernazi de supervillanos ultratecnológicos. Un loco puede ser un objeto de risa, pero dos locos instauran un nuevo orden mundial, y la locura de Capitán América es tan absoluta y sensata que nos invita a participar de ella. Lo hacemos con gusto. Al fin y al cabo, llevamos años (los viejos lectores de superhéroes) participando de esa grandiosa locura que inventó Jack Kirby. El Capitán América es creación original de Jack Kirby y Joe Simon, pero fue Jack Kirby quien desarrolló con los años, especialmente durante los 60, un estilo de hacer tebeos superheroicos muy particular, donde los ejércitos de matones enmascarados que circulaban sobre megamotos armados con cañones de protones formaban parte del paisaje cotidiano, en el Nueva York moderno o en el Teatro de Operaciones Europeo de la 2ª Guerra Mundial. Y ése es exactamente el mundo que vemos en Capitán América: El primer Vengador, el mundo de Jack Kirby, la lógica dinámica de Jack Kirby. Cuando vemos al Capitán América, solo, montado en su moto, asaltar una fortaleza de Cráneo Rojo defendida por centenares de agentes de Hydra, y cuando le vemos pasar a través de ellos como un torbellino derribando bolos, estamos viendo a Kirby en imagen real, estamos compartiendo el universo de un verdadero visionario del arte contemporáneo.

El nombre de Jack Kirby no aparece debidamente acreditado como cocreador del personaje principal de la película, pero su trabajo está en todas partes. Si lo que Jack Kirby enseñó en sus tebeos es verdad, algún día su nombre perdurará y será conocido como perdura y es conocido su trabajo.

Lo que nos enseñó Jack Kirby, por supuesto, está perfectamente representado en la película, y por eso funciona ésta. Y no me refiero ahora al espectáculo de acción arrolladora, sino al espíritu del protagonista. Spiderman ha popularizado el lema «todo gran poder conlleva una gran responsabilidad», que es uno de los cimientos del Universo Marvel, pero el Capitán América lo complementa con otro mensaje, un mensaje intensamente americano: «No te rindas nunca». Steve Rogers es el hombre que no se rinde, el hombre que puede ser vencido, pero que nunca es derrotado, el ejemplo viviente de levantarse después de la caída. Y también, creo, es la representación idealizada que el propio Kirby hizo de sí mismo. Es común pensar que la Cosa es un trasunto de Kirby en Los Cuatro Fantásticos, pero probablemente el personaje que más directamente le ha representado en sus tebeos de superhéroes fuera el Terrible Turpin de The New Gods. En el número 8 (abril 1972) de esta serie, «The Death Wish of Terrible Turpin», Turpin, un policía chapado a la antigua, intenta detener los desmanes del dios Kalibak en la ciudad. Turpin, rechoncho fumador de puros como el propio Kirby, recibe un castigo insoportable, pero ni una sola vez flaquea en su convencimiento de «arrestar» al «super "Muk-Muk"». Y sigue adelante hasta que, literalmente, ya no puede más. Pero no importa, su esfuerzo ha dado tiempo a que Orion y Lightray lleguen a escena y controlen al brutal Kalibak. Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, sí, pero es nuestro espíritu de lucha, nuestra voluntad, el que nos da todo nuestro poder, nos dice Kirby. Es un poco el reverso norteamericano y popular del Triunfo de la voluntad. Y tal vez en su mentalidad de chico de barrio Kirby fuera incapaz de identificarse con una criatura apolínea y simbólica como el Capitán América, pero sin duda éste representaba para él ese espíritu de combate que le acompañó en el frente en Europa y en el frente del tablero de dibujo durante tantos años de servicio a las viñetas.

New Gods #8 (1972), Jack Kirby (tintas de Mike Royer)

En Capitán América: El primer Vengador, está todo esto, y hay más cosas, como la representación de América como «la tierra de las oportunidades». Peter Parker pasa de alfeñique a superhombre por un azar, por un capricho del destino. Sin embargo, el pusilánime Steve Rogers se convierte en el supersoldado porque lo desea fervientemente. Es decir, no desea convertirse en soldado, ojo, sino que desea ayudar a sus congéneres y detener la carnicería, y si tu voluntad es fuerte, América te ofrece la oportunidad, nos dice esta película. Y te lo crees porque, si bien el guión no es bueno, sin embargo la película sí está bien escrita. Y en ningún momento está tan bien escrita como en el origen.

Hay que decir que el origen siempre ha sido lo mejor del Capitán América. De hecho, ha sido casi lo único que tenía el Capitán América. Después de una andadura gloriosa durante los años 40 (y menos gloriosa y mucho más breve en los 50), el Capitán América se insertó en el Universo Marvel en 1964 (The Avengers #4). A partir de ese momento, su origen -tal y como se había contado durante la Edad de Oro- se volvió a contar con mucha frecuencia, pero el personaje vagó de aventura en aventura sin llegar a formar nunca un verdadero mundo propio y un elenco de secundarios convincente. Parecía incapaz de superar el círculo nutriente de S.H.I.E.L.D. (Nick Furia, Sharon Carter) y los Vengadores, que le había acogido a su llegada, y hasta los años 70 el Capitán América era un individuo a la deriva, un hombre sin vida. Con un origen lejano, pero sin un presente, y con un futuro dudoso. Era un símbolo tan perfecto que resultaba imposible rellenarlo de humanidad.

Ese origen queda definido en las primeras páginas de Captain America Comics #1 (1941), donde se despacha de forma sumaria y casi anónima. Estados Unidos es víctima de las maquinaciones de los saboteadores quintacolumnistas que intentan debilitar a la nación ante su inminente entrada en combate en el conflicto mundial. J. Arthur Grover, director del FBI, tiene un plan para luchar contra los espías. El plan no se nos explica, sino que acompañamos a un grupo de autoridades hasta el escenario donde se desarrollará: una tienda de antigüedades, aparentemente inofensiva, donde una anciana armada les recibe con enigmáticas palabras: «Han descubierto la fórmula... ¡Los están esperando!» Entonces descubrimos que la tienda es sólo una fachada, y un científico de bata blanca nos conduce a un laboratorio «sorprendentemente moderno». Nada es lo que parece, y la anciana dueña de la tienda se quita una máscara de goma para descubrirse bajo ella como una bella agente, X-13. Por fin, en la última tira de la página 4, da comienzo el experimento y vemos por vez primera a Steve Rogers, todavía sin nombre, un mero «débil joven» que, descamisado, se somete a la inyección que le aplica un científico con bigote. En la página siguiente, y a lo largo de cinco viñetas, el «débil joven», rodeado de un halo, se transforma en un mocetón musculoso, y el orgulloso científico anuncia: «¡Te llamaremos Capitán América, hijo! Porque, como tú, América obtendrá las fuerzas para proteger nuestras costas!» La última viñeta de esa misma página anuncia la tragedia continua que será la vida futura del Capitán América: un espía nazi echa mano a su arma. En la página siguiente, al grito de «¡Muerte a los perros de la democracia!», acaba con la vida del profesor («Reinstein», como descubrimos en ese momento en labios del propio Capitán América). El primer acto del recién nacido supersoldado es detener a sopapos al agente enemigo, en una de las primeras grandes escenas de acción de las tantas que nos dejaría Jack Kirby a lo largo de las cuatro décadas siguientes. Acabada la escena del «origen» con la muerte por electrocución accidental del espía (al fin y al cabo, una manera de ahorrar costes al estado), en la viñeta siguiente vemos ya al Capitán América enmascarado y corriendo sobre un mar de titulares. Es la mínima transición a una escena cotidiana en un campamento militar, donde encontramos a Steve Rogers, identificado por vez primera en la viñeta 7 de la página 7 (de 8) de la historia. Allí, Rogers, que apoyado en un bastón y fumando aristocráticamente en pipa parece una extraña mezcla entre un recluta y Bruce Wayne, conversa con el joven Bucky Barnes, un adolescente mascota del regimiento. Bucky, lógicamente, está emocionado por la aparición del «misterioso» Capitán América, así que no es de extrañar que su sorpresa sea mayúscula cuando en la última (media) página, la 8, irrumpe en la tienda de campaña para descubrir a Rogers desenmascarado y con el uniforme del superhéroe. Una situación incómoda que el Capitán América resuelve con esa chispa de inspiración espontánea que sólo los justicieros enmascarados tienen: «A partir de ahora, ambos debemos compartir este secreto... ¡Eso significa que eres mi compañero, Bucky!» La última viñeta ya muestra al Gran Héroe Americano corriendo hacia el peligro en compañía de un niño con antifaz, expresamente para luchar «contra los elementos perversos que quieren derrocar al gobierno de Estados Unidos», pero tal vez con la esperanza secreta por parte del superhéroe de que alguno de esos elementos malignos acabe con el riesgo para su seguridad personal que supone el conocimiento de su identidad secreta por parte de un adolescente.


Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby

Este origen fue recuperado casi paso por paso en Tales of Suspense #63 (1965), de Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Frank Ray). En planteamiento y desarrollo la historia es idéntica, hasta el punto de calcar algunas viñetas, como la de la anciana que se quita la máscara para revelarse como una joven, una manera simbólica de anticipar la forma en que Steve Rogers se desprenderá de su debilidad para revelar su fuerza interior. En esta ocasión, Steve Rogers es identificado en la primera viñeta en la que aparece, en la página 3, aunque el científico responsable del suero supersoldado cambia de nombre y ahora se llama Erskine. Sin importar su nuevo nombre, es igualmente víctima del atentado nazi, y el Capitán América vuelve a detener al espía enemigo en su primera acción, para a continuación pasar a convertirse en el símbolo enmascarado de la lucha contra los saboteadores. La historia nos lleva de nuevo al campamento, donde conocemos al soldado Rogers y a la mascota Barnes, y una vez más Bucky descubre que su amigo es también su ídolo superheroico. Esta vez, quizás considerando que en el origen de 1941 era demasiado descabellado que el Capitán propusiera a Bucky ser su compañero, es el niño el que pide al soldado formar sociedad, a lo que Rogers contesta inmediatamente: «Parece que no tengo alternativa». La coda de la historia es una pequeña escena de acción en la que el Capi y Bucky detienen a una banda de espías que intentaban abordar las costas americanas.



Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby


Tales of Suspense #63 (1965), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Frank Ray)

Poco después, en Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Syd Shores) volvían a contarnos el origen del héroe abanderado (y Bucky) en una versión más espectacular y meticulosa, pero esencialmente idéntica a las anteriores. Por no alargar más la cosa, allí están todos los elementos: el alfeñique Rogers (presentado por primera vez antes del experimento), la tienda de antigüedades, la anciana que en realidad es una bella agente secreta, el científico que morirá llevándose el secreto de la fórmula (ahora vuelve a ser el Profesor Reinstein), el espía infiltrado. Se añade el elemento de los Vita-Rayos que complementan el efecto del suero supersoldado. La transición entre el experimento y la vida militar de Rogers sigue siendo una viñeta del Capitán sobre un fondo de titulares de prensa. De nuevo Bucky le descubre y de nuevo el Capitán se conforma con aceptarle como socio con un mero: «Parece que no tengo alternativa».

Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Syd Shores)

El origen era tan perfecto y estaba tan fijado que, cuando en 2007 Ed Brubaker, Steve Epting y Frank D'Armata lo resumen (porque ya no tiene sentido volver a contarlo) en Captain America (volumen 5) #25, no tocan nada (salvo dejarse fuera la parte de Bucky). La película es lo bastante inteligente como para saber recoger esos elementos icónicos, desde el alfeñique hasta la tienda de antigüedades, y simplemente ajustarlos para un mejor efecto apretando los tornillos donde debe. Así, el acento en el (anteriormente implícito) origen alemán del científico inventor del suero supersoldado hace que la dimensión nacional del héroe se vuelva mucho más simbólica: la América del Capitán América no es sólo la de los americanos, es también la de los hombres de buena voluntad, la de los demócratas de todo el mundo; al Capitán América no le mueve el odio hacia el enemigo, le mueve el amor hacia sus semejantes. Por otra parte, la cápsula metálica, el capullo de hierro donde el gusano Rogers se transforma en la mariposa supersoldado, subraya el sentido de Monstruo de Frankenstein bien hecho que siempre tuvo el original. Digamos que el origen cinematográfico anima incluso las lecturas más perversas del personaje: el Capitán América como hijo del complejo industrial-militar (allí está Howard Stark, trabajando codo a codo con el ejército). De pronto, nos damos cuenta de que Ultimates ya estaba en Captain America Comics #1 (1941), y así se cierra el círculo, porque esta película (y todo el Universo Marvel cinematográfico) es hija de Ultimates.

En el origen está también, sin duda, la que es la escena más jubilosa de toda la película, y tal vez de todas las películas de Marvel. Cuando el espía mata al profesor Erskine y escapa con una muestra del suero supersoldado por las calles de Nueva York, el recién renacido Rogers le persigue, ejercitando por vez primera sus nuevos supermúsculos. Y en esa carrera desesperada por las calles de una ciudad decorada de época, descubrimos todo el sentido de la maravilla y el asombro de ver al primer superhombre saliendo al mundo. El primero de muchos que sabemos que llegarán. De nuevo, la intertextualidad, el Universo compartido, hace que lo que estamos viendo sea mucho más grande de lo que realmente parece.

Pero Capitán América: El primer Vengador, hace algo más que explotar lo que ya estaba. En realidad, lo mejora. El sueño de cualquier niño lector de cómics de 1941 (y de cualquier friki durante las décadas siguientes) podría ser inyectarse un suero y convertirse mágicamente en un superhombre (de nuevo, la lectura perversa: América te acepta por lo que eres, siempre que seas capaz de convertirte en el perfecto espécimen físico representado por el rubio capitán del equipo de fútbol), pero había algo que nunca nos habían explicado. Sabíamos cómo se convertía Steve Rogers en supersoldado, pero no sabíamos cómo se convertía el supersoldado en el Capitán América, el Centinela de la Libertad. Capitán América se molesta en explicarlo, y por fin hace que entendamos la lógica detrás de realizar un experimento supersecreto para producir a un superhombre y convertirlo después en un mamarracho disfrazado de colorines y armado con un escudo. La dimensión propagandística del Capitán descubierta por el cine lo convierte inmediatamente en realidad. En metarrealidad, casi podríamos decir, o en una realidad absurda, pero de ésas tenemos muchas en este mundo que habitamos.

Igualmente, la película dialoga constantemente con el personaje de Bucky, sin duda una de las ideas más difíciles de justificar. La idea del sidekick juvenil, tan popular en los 40, siempre ha sido una de las más problemáticas de los superhéroes originales. Pero si costaba tragar que Batman acogiera a Robin, más difícil de explicar resultaba que el Ejército de Estados Unidos mandase al frente a su supersoldado el del escudo acompañado de un niño de 15 años desarmado y tocado con un antifaz. En la película, Bucky es un soldado más, el amigo de Rogers antes de que éste se convierta en superhombre, y astutamente se invierten los papeles del héroe y el sidekick. Steve Rogers aprende de Bucky cómo los fuertes defienden a los débiles. El personaje está tratado someramente, pero con una delicadeza extraordinaria, que hace que incluso nos deje una sombra de Winter Soldier -la última encarnación que ha recibido en los modernos tebeos Marvel- cuando hace de francotirador sobre un fondo nevado y salva la vida al Capitán América. No es el único detalle que remite a los tebeos de los últimos años. El acento que se pone la valentía de Jacques Dernier, el miembro francés de los Howling Commandos, casi parece una respuesta a la celebérrima escena de la «A» del Capitán América en los Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch.

Pero en Capitán América: El primer Vengador, el origen no está completo hasta la última escena. El suero transforma al débil Rogers en el poderoso supersoldado, y el oportunismo político transforma al supersoldado en el Capitán América. Pero el Capitán América no se transformará en el verdadero símbolo americano hasta que no viva la experiencia americana definitiva: la experiencia del emigrante. ¿Y cómo se puede hacer que un personaje sea un producto profundamente nacional que contenga en sí la experiencia de la emigración? El mismo Superman, a pesar de haberse criado en Kansas, será siempre un alienígena. El Capitán América no puede permitirse eso. El Capitán América es irrenunciablemente americano, de Brooklyn de pura cepa. Pero cuando despierta en el siglo XXI, setenta años después de haberse dormido, y camina aturdido por un Times Square abrumador, el Capitán América es un emigrante temporal, un intruso en su propio mundo, un visitante en su propia tierra. Ahora, él, que está dentro, sabe lo que es llegar de fuera. Es un emigrante que viene de un país muy alejado en el tiempo, y que tendrá que encontrar su oportunidad en la nueva América, si es que sigue siendo la misma América, la América intemporal que él representa. En ese momento, el origen está completo, el Capitán América se ha forjado en dos capullos: el primero era de metal y fuego, el segundo de hielo y frío.

Capitán América: El primer Vengador representa al Capitán América de Jack Kirby en todo su esplendor, sí. El personaje es un símbolo de América, también, pero, ¿qué es América en los tebeos de superhéroes? Superman, el modelo para todos, luchaba por «La Verdad, la Justicia y el American Way of Life». Pero, ¿qué representa exactamente el American Way? Richard Reynolds (Super Heroes: A Modern Mythology, 1992) escribía: «A veces el último término se ha interpretado en un sentido nacionalista muy estrecho; los superhéroes han sido en ocasiones defensores acríticos de la política exterior de Estados Unidos. Pero con mucha mayor frecuencia, el tercer término ha representado los ideales recogidos en la constitución de EE.UU. Los superhéroes han sido mejores americanos -en el sentido en el que los padres fundadores habrían entendido el término- que la mayoría de los líderes políticos modernos americanos». Y de alguna manera, supongo que así es como podemos leer (y hemos leído) al Capitán América en Europa: como una manifestación suprema de los (criticados, erosionados, desprestigiados) valores de la Ilustración, unidos a un espíritu de lucha indomable que hace que, después del apocalipsis absoluto que fue la 2ª Guerra Mundial, los superhéroes representen la luz que nunca se apaga, la fe que nunca se pierde. Para Cioran, no se podía escribir poesía después de Auschwitz. Quizás por eso Kirby la dibujó con colores extremadamente chillones e inocentes, con trazos gruesos y rotundos, como un exorcismo íntimo que se pudiese celebrar en una eterna ceremonia colectiva infantil.

Y esa poesía que dibujó Kirby está en cada fotograma de Capitán América.

No está su nombre, pero está su obra.

viernes, 20 de agosto de 2010

¿PARA QUÉ SIRVE EL COLOR?

Pues, por ejemplo, para convertir a una azafata completamente desnuda salvo por las cananas y las cartucheras que parece salida de alguna película imaginaria de Tarantino o Robert Rodríguez (véase imagen superior) en una modesta y genérica agente enmascarada cubierta del cuello a la punta de los pies con un mono de cuerpo entero (véase imagen inferior).


Al final va a ser verdad que los tebeos en blanco y negro estimulaban más la imaginación.

[El ejemplo está tomado de Captain America 192, y me he tropezado con él en el Essential Captain America volumen 5. El año era 1976 y el dibujante era el ENORME Frank Robbins].

viernes, 28 de mayo de 2010

JAVIER OLIVARES Y JIM STERANKO, JUNTOS EN CAPITÁN AMÉRICA

Es un dato poco conocido de la historia Marvel, pero Javier Olivares y Jim Steranko colaboraron en un número de Capitán América. El dato es tan poco conocido que probablemente el mismo Jim Steranko lo ignore, pero por fin ha llegado el momento de hacerlo público.
Javier coloreó la historia de Steranko para Capitán América 4 (Vértice), cuando todavía no era conocido en el mundo del cómic profesional. Hoy ha recordado el curioso suceso cuando estaba recogiendo cajas en el estudio que ahora desaloja. Ha señalado una estantería con ejemplares de tebeos de Vértice y me ha dicho: «Si los quieres, para ti». Y es entonces cuando he descubierto esta pequeña obra de arte de la que reproduzco algunas muestras:
Viendo los ejemplos, es evidente que Javier sabía de qué color era Hulk (perdón, la Masa), que no aparece en la portada del tebeo, pero no había visto nunca coloreado a Bucky (Rick Jones, en este episodio) y tuvo que improvisar según le dictó su gusto estético, ya revolucionario por entonces.
A los que os habéis criado con tebeos de Forum os parecerá muy primitivo que los viejos leyéramos tebeos de superhéroes en blanco y negro, pero quizás no todos sepáis que también teníamos superhéroes a color. Aunque, por supuesto, eso no significaba que nos ofrecieran una imagen más fidedigna de los auténticos tonos de los superpersonajes americanos. Queda claro en otro par de ejemplos sacados también de la colección de Javier, a punto de ser embalada. Primero, con este tebeo de Los 4 Fantásticos por el cual estaría dispuesto a matar a mi amigo, si hubiera terminado ya de dibujar el proyecto que nos traemos entre manos:
Obsérvese el pintoresco colorido del austero Doctor Muerte (y éste no está pintado con ceras):
Editorial Valenciana, que durante una época publicó cómics de DC, también tenía por costumbre colorear en casa los tebeos yanquis. Fantástico este Batman de capa verde procedente de otro de los hitos del Archivo Olivares. Debo decir que a mí, de chaval, me volvían loco los extravagantes colores del Batman de Valenciana:

Este pequeño arranque de nostalgia enlaza bastante bien con un reciente post de Pepo en Es Muy de Cómic, en cuyos comentarios además se observaba que la portada de Spiderman de Vértice reproducida allí había sido repasada con bolígrafo, al menos en su figura principal. Yo era de los que hacía eso. Y lo de los colores también.

martes, 11 de mayo de 2010

EL ESLABÓN PERDIDO

Hojeando el volumen 8 de Superman Chronicles me llama la atención una historieta en la que aparece un hombre primitivo que, tras haber dormido congelado en un bloque de hielo durante siglos, despierta en nuestros días causando todo tipo de problemas y el inevitable enfrentamiento con el Hombre de Acero (en Action Comics 44, enero de 1942; Jerry Siegel y Leo Nowak).

Me hace gracia porque recientemente me he estado repasando algunos Incredible Hulk antiguos, y en uno de ellos precisamente el señor verde y furioso se enfrentaba con un cavernícola que resucitaba en nuestros días. En este caso, y dado que estamos en los años 60, el primitivo en cuestión era radiactivo, como no podía ser menos (Incredible Hulk 105, julio de 1968; Bill Everett, Roy Thomas, Marie Severin y George Tuska).


Por supuesto que el hombre (o animal) prehistórico que despierta en nuestros días y siembra el caos es un tópico muy repetido. ¿Cuántas veces vimos algo parecido en los tebeos de nuestra infancia? Demasiadas, tal vez. Pero entonces, revisando precisamente el Captain America 112 (abril de 1969; Stan Lee, Jack Kirby y George Tuska) del que hablaba en la entrada anterior, me doy cuenta de que cuando alguien vuelve directamente desde el pasado, saltándose el tiempo, no hace falta que sea una criatura bestial para convertirse en un monstruo. Ser anacrónico es en sí ser monstruoso:


Y de pronto, eso me hace sentir que estoy trabajando en una larga y noble tradición de los tebeos, intentando traerla a nuestros días. Como debe ser.
Porque siempre tenemos que ser absolutamente modernos.

UN ESPACIO PARA LA PUBLICIDAD

Y ya que estoy, añado que comprar comic books originales es un ejercicio muy sano, aun cuando ya tengas todo su contenido cinco o seis veces en distintos tomos recopilatorios en blanco y negro o a color, publicados con diverso grado de lujo, en inglés o en español, o incluso en archivos digitales. Como ya hemos comentado muchas veces en este blog, no hay nada como tener en las manos el objeto original en el que se publicó un tebeo, y en este caso eso no es sólo útil para conocer el origen de los superhéroes, sino también para conocer las fuentes de una parte de la novela gráfica o el cómic de vanguardia contemporáneo. Uno se mira un tebeo de Marvel de 1969 y, por un lado, está viendo la historia viva de los superhéroes, pero por otra, está viendo el modelo de los anuncios falsos de Acme Novelty Library, por ejemplo. A veces cuesta saber qué es más interesante para nuestros ojos de hoy en día. Todas las publicidades que reproduzco a continuación están sacadas de un único tebeo, el Captain America 112 (abril de 1969). Atentos, porque el demonio está en los detalles.
(Por cierto, que, como me suele pasar, siempre me llevo algún tebeo repetido, y esta vez le tocó precisamente a éste... Te lo guardo, Pepo...)