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lunes, 4 de abril de 2016

CÓMICS SENSACIONALES: SUPERMAN


Superman.
Ed Hamilton, Otto Binder, Wayne Boring, Al Plastino, Curt Swan y otros,
1958-1970

Mort Weisinger, el editor de Superman, estaba leyendo las páginas del guión que le había entregado Jerry Siegel, quien había creado al personaje años antes junto a Joe Shuster. Una vez hubo acabado, Weisinger se levantó con el manuscrito todavía en la mano.

-Tengo que ir al servicio, ¿te importa que utilice tu guión para limpiarme el culo?

La anécdota la cuenta el historiador Gerard Jones, pero no es la única que ilustra el carácter de ogro de Weisinger, ampliamente documentado en numerosas fuentes. Jim Shooter, que acabaría dirigiendo Marvel Comics años después, se inició como guionista cuando apenas era un adolescente, precisamente bajo la tutela de Weisinger, a quien recordaría al cabo del tiempo como “más malo que una serpiente, y eso cuando era agradable”. Recordando el método de trabajo impuesto por su editor, contaría que le llamaba habitualmente a casa para hablar de las historias. “Las llamadas consistían básicamente en él gritándome: ‘¡Puto imbécil! ¡Aprende ortografía! ¿Qué cojones tiene ese personaje en la mano? ¿Se supone que es una pistola? ¡Parece una zanahoria! ¡Estos bocetos tiene que ser claros, retrasado!” Que Shooter fuera al colegio por entonces no era algo que provocase piedad en su jefe: “Mort me llamó una vez a la escuela. Mandaron a alguien del despacho del director para que me pusiera al teléfono. Tenía una pregunta sobre el diseño de una portada...”

miércoles, 3 de julio de 2013

SUPERJUDÍOS



El domingo visité la exposición ZAP! POW! BAM! The Superhero: The Golden Age of Comic Books, 1938-1950 en el Museo Judío de Maryland. La muestra era de dimensiones modestas, pero muy rica en materiales interesantes. Centrada básicamente en la primera oleada de los superhéroes que surgieron en la estela de Superman durante los años cuarenta, tenía un buen montón de originales, tanto de páginas interiores como de portadas, muchas veces contrastados con ejemplares impresos de esos mismos tebeos. Además, se podía disfrutar de curiosidades como fotostatos coloreados a mano o muestras de guiones de Bill Finger mismo. Todo ello convenientemente adornado con merchandising de la época y accesorios creados a propósito para dar a la sala un cierto ambiente superheroico: desde un cofre con kryptonita hasta una cabina de teléfonos donde cambiarse como el Hombre de Acero (incluso tenían una caja al lado con un surtido de capas, antifaces y camisetas con emblemas para ejercitar el arte de la transformación de identidad). En fin, una pequeña delicia para el aficionado al género.



Original de la portada de Detective Comics #69 (1942),
de Jerry Robinson.


Portada de Superman #14 (1942), de Fred Ray.


Un dibujo dedicado por Jerry Siegel y Joe Shuster a Jerry Robinson.


Página de un guión de Bill Finger.


Un Canario Negro de Carmine Infantino.


Puñetazos para Hitler, de parte de Mort Meskin.


Reconstrucción de un kiosco tradicional. Los tebeos expuestos
no eran de la Golden Age, por supuesto, aunque había alguna
joyita moderna, como el Omega The Unknown #1 
de Gerber y Mooney.


La advertencia que preside el cofre donde se guarda la kryptonita
es absurda. Si es kryptonita auténtica -y todo parece indiciar que
lo era-, sólo puede hacer daño a una persona en la Tierra, y esa
persona ya sabe andarse con cuidado en sus inmediaciones.


La cabina de Superman, convenientemente identificada con una
viñeta que sirve de manual de instrucciones para el Hombre de Acero.


Merchandising de los años 40.


Más merchandising de los años 40.


«Este libro contiene dos discos irrompibles».
Qué manera tan absurda de tentar a los niños.


Jack Kirby recordando a su viejo colega Adolf.

Mi visita coincidió, por cierto, con una Batalla Artística basada en los superhéroes de la Golden Age. En un gran lienzo ante el público, diferentes artistas disfrazados dibujaban con límite de tiempo el tema propuesto por una ruleta (a las dos primeras les tocó «Superman» y «Batman», no sé hasta qué punto no estaba trucado aquello), y el público decidía el ganador a base de rugidos que eran medidos científicamente por el decibeliómetro del árbitro. Todo esto aderezado con los comentarios verbeneros de los presentadores. La idea aquí, en fin, es que las exposiciones no se queden nunca tan sólo en las paredes.



Imagino que la mayoría de los lectores de Mandorla no necesitan explicaciones de qué pinta una exposición sobre superhéroes de la Edad de Oro del cómic en un Museo Judío. La relación entre los judíos y el origen de los superhéroes se ha explorado (y explotado) abundantemente en multitud de libros, ensayos y también historietas. No en vano algunos de los principales historietistas del momento eran judíos, empezando por los creadores de Superman (Jerry Siegel y Joe Shuster), siguiendo por los de Batman (Bill Finger y Bob Kane) y continuando por los del Capitán América (Joe Simon y Jack Kirby), por no hablar de nombres como Will Eisner o Stan Lee. Sin embargo, como da la casualidad de que justo en estos momentos estoy leyendo The Myth of the Superhero (Johns Hopkins University Press, 2013), de Marco Arnaudo, y precisamente acabo de terminar un epígrafe dedicado a esta cuestión, no me resisto a traducir un par de párrafos que den un poco de materia para la reflexión a quien esté interesado por el asunto.



Después de relacionar a Superman con la figura de Sansón y con el mito del Golem, Arnaudo añade:

«Además, igual que los kryptonianos se enfrentan a la amenaza de la extinción a través de la destrucción de su planeta al principio de la mitología de Superman, los judíos deben enfrentarse a la orden del faraón de ahogar a todos los niños varones en el libro del Éxodo. Y de la misma manera que la madre de Moisés le salva poniéndole en una cesta y confiándolo a las aguas del Nilo, también los padres de Kal-El salvan a su hijo metiéndolo en un cohete que se dirige al planeta Tierra. En resumen, los orígenes kryptonianos de Superman tienen ecos de la historia de Moisés de una forma tan precisa que parece muy improbable que, conscientemente o no, el trasfondo judío de los autores no tuviera un mínimo de influencia».

Arnaudo continúa con Superman:

«El mismo nombre de Superman, Kal-El, incluye el sufijo "El", que significa "Dios" en hebreo (una abreviatura de Elohim) y aparece en los nombres de figuras bíblicas como Daniel, Samuel y los ángeles Gabriel y Miguel. Y el arcángel Miguel, el gran guerrero que se opone a Satanás en la tradición judía, parece a su vez un precursor apropiado del salvador enviado desde Krypton para combatir el mal en la Tierra. El simbolismo y el trasfondo de Superman, por tanto, reavivaron la antigua tradición judía en un momento concreto, a finales de los años 30, en que la persecución de los judíos en Europa podría haber inspirado fácilmente el deseo de un nuevo ángel de la guarda».

También está interesante lo que observa sobre el Capitán América:

«Como ha señalado Weinstein, los símbolos y el disfraz del Capitán América (creado en 1941 por Simon y Kirby, ambos judíos) tienen un significado doble que los relaciona por igual con la cultura americana (explícitamente) y con la cultura judía (implícitamente). El arma del Capitán América, a partir del segundo número, es un escudo redondo con una estrella de cinco puntas en el centro, que claramente se refiere a la bandera americana y a la idea de la defensa y la protección. Al mismo tiempo, también recuerda al símbolo de la cultura y la religión judía, la Estrella de David, o para ser más precisos, el "Escudo de David", caracterizado por la estrella (aunque sea de seis puntas). De forma similar, Weinstein observa que la "A" de la máscara del Capitán América se puede ver no sólo como la inicial de "América", sino también como una referencia al aleph, la primera letra de la palabra escrita en la frente de un golem para activarlo. Esta conexión resulta aún más interesante dado que es precisamente cuando el Capitán América se pone su máscara -por tanto cuando se pone la A/aleph sobre la frente- cuando deja de ser un mero civil y se "activa" como superhéroe y defensor de la comunidad».

Por redondear un poco el tema, me parece necesario señalar que el propio Arnaudo no lleva los paralelismos a conclusiones excesivas:

«Dicho esto, ¿sería legítimo afirmar que Superman es judío o que el personaje de Superman representa a una figura judía en un sentido general y absoluto? Sí y no, diría yo. Superman, como cualquier superhéroe con éxito, muestra una fuerte combinación de iconicidad y flexibilidad, debido a dos cosas: (1) fuertes signos visuales y narrativos, tales como máscaras, símbolos, disfraces, herramientas y habilidades especiales, factores todos que permiten las variaciones al mismo tiempo que se mantiene una identidad reconocible sólidamente conectada con las encarnaciones previas del personaje; y (2) la serialidad, que a lo largo de meses o años permite una variación paulatina pero grande en el personaje. Su historia está siendo constantemente escrita y reescrita por muchos autores diferentes, cada uno de los cuales podría haber representado al personaje según diferentes interpretaciones religiosas o culturales»

Así pues: superhéroes y judíos.



sábado, 20 de abril de 2013

EL CUENTO DE HADAS DE SUPERMAN


El 16 de junio de 1959, George Reeves se quitaba la vida. El actor había sido la imagen de Superman durante toda la década de los cincuenta, desde que se estrenara la serie televisiva del Hombre de Acero en 1952. Sin embargo, el Superman que él representaba –un fortachón simpático que zurraba a ladrones y estafadores- había muerto un año antes en los tebeos. Con fecha de portada de junio de 1958, en Action Comics 241, Superman había entrado en la “Edad de Plata”. Primero fue la Fortaleza de la Soledad, después vendría la mitología kriptoniana –con la ciudad embotellada de Kandor a la cabeza-, la kriptonita roja y sus extravagantes transformaciones, los enemigos estrafalarios como los recuperados Mr. Mxyzptlk y Bizarro, la ampliación de la superfamilia con Supergirl y Superboy, la proliferación fantástica de la Legión de Superhéroes… Y, por supuesto, los legendarios imaginary tales y untold tales que tanto fascinaron a Umberto Eco.

El timonel que guió al Hombre del Mañana con mano firme en la transición de lo que con Siegel y Shuster había sido una “fantasía social moderna” a un “cuento de hadas moderno”, en palabras de Bradford M. Wright, fue el editor Mort Weisinger. Gerard Jones cuenta que “una vez, después de leer unas páginas de una historia de Siegel, Weisinger se levantó con el manuscrito en la mano. ‘Tengo que ir al servicio’, le dijo a Jerry. ‘¿Te importa que utilice tu guión para limpiarme el culo?’” Pero si Weisinger era un ogro con los autores, Superman, que había sido uno de los objetivos del doctor Wertham en su cruzada contra el cómic, tenía que ser el más limpio de los héroes. Probablemente esa fuese una de las razones que impulsaron a Weisinger a alejar a Superman de la realidad, a proyectarle a un universo autocontenido de superhazañas imposibles, donde hacerlo más higiénico y neutro. Pero la fantasía del mundo perfecto de Weisinger resultó tan imposible como la propia felicidad del atormentado editor. Las “historias imaginarias” con frecuencia relataban sucesos tremebundos: matrimonios imposibles que acababan en desastre, sueños truncados, catástrofes cósmicas. El dramatismo de estas historias era tan intenso que las hacía emocionalmente más reales que las historias verdaderas. El mundo perfecto soñaba sueños autodestructivos. Las historias imaginarias que se cuentan los personajes imaginarios son fantasías de una inocencia terrible.

Artículo publicado originalmente en Del tebeo al manga. Una historia de los cómics 5 (2009, Panini), la colección dirigida por Antoni Guiral.

QUEREMOS TANTO A SUPERMAN

Esta semana el mundo se ha unido en fraternal celebración del 75 aniversario de Superman, ese ideal de la justicia, la bondad y el culturismo que ha sido capaz de llenar de buenos deseos incluso internet. Si algo ha quedado claro es que todos queremos tanto a Superman, ¿verdad?

Bueno, justo ayer dio la casualidad de que me leí un par de historias de Superman. No fue por celebrar nada, fue porque me apetecía. Tenía por leer un tebeo que me había comprado hace poco (en el mismo saldo que el de Superman contra Linterna Verde borracho), y yo no puedo estar mucho tiempo sin leer una historia de Superman de la Silver Age, cuando el editor Mort Weisinger lo comandaba con mano de hierro. A veces creo que si desapareciesen todos los tebeos de la historia y sólo quedasen los Supermanes desde 1958 hasta 1969, bastaría para satisfacer todas mis necesidades como lector hasta el fin de mis días.

Bueno, a lo que iba: Superman #180 (1965). No me defraudó.

La primera historia se titulaba «Clark Kent's Great Superman Hunt!», y aunque no aparece acreditada en el cómic, en GCD le atribuyen el guión a Leo Dorfman (con dudas) y el dibujo a Al Plastino. La cosa se pone en marcha cuando Clark Kent tiene una idea genial para aumentar la difusión del Daily Planet: emprender una campaña pública para desenmascarar a Superman (simbólicamente, claro, porque Superman no lleva máscara) y revelar su identidad secreta al público. A estas alturas del partido, los lectores de Superman y Action Comics ya habían visto dos millones de historias basadas en la revelación de la identidad secreta de Superman, de manera que el propio Jimmy Olsen expresa los reparos de cualquier seguidor avezado de la serie tan pronto como el propio Clark propone la idea: «¡No me jodas otra vez con esa mierda, Clark!»


Pero donde hay patrón no manda marinero, y a Perry White, editor del periódico, la idea le parece genial. ¿Por qué no putear al tío que te ha salvado la vida personalmente cincuenta veces, sin contar las que te la ha salvado como parte de Metrópolis, del mundo entero o incluso de la galaxia, con tal de ganar unos milloncejos más? Pura mentalidad de mercado libre, se siente. Perry White da el visto bueno a la idea de Clark, y éste pone en marcha lo que, de hecho, es un pionero reality show televisivo, donde el público le seguirá en directo en su investigación, y además participará activamente.

Clark inicia su campaña pública para destruir el secreto de Superman pidiendo la colaboración de los espectadores. En la imagen que sigue a estas líneas vemos cómo en la primera viñeta reclama que quien quiera que haya visto a Superman en alguna de sus patrullas envíe detalles sobre la misma. A continuación, dos viñetas nos muestran cómo el mundo del hampa se congratula de la ocurrencia de Clark: reos que quieren vengarse y reyes del crimen que contemplan satisfechos desde su lujosa guarida el desarrollo de los acontecimientos. En la cuarta viñeta vemos el resultado de la colaboración ciudadana: montones y montones de cartas de personas decentes que quieren colaborar en el desenmascaramiento de su ángel de la guarda:


Por supuesto, hay una explicación para todo esto. El mafioso que fuma tan satisfecho mientras ve la tele ha secuestrado a Lois Lane, y utilizándola como rehén ha exigido a Clark Kent que le revele la identidad de Superman, ya que está seguro de que él la conoce. A Clark se le ha ocurrido toda esta historia de la «Cacería de Superman» como un complicado plan (en aquellos tiempos no había plan que no fuera complicadísimo, como si todos los concibiera el profesor Franz de Copenhague) con el que rescatar a Lois y cazar a sus captores. Cómo funciona el plan exactamente no lo descubriremos hasta el final, por supuesto.

De manera que sí, por supuesto que toda la cacería de Clark es mentira, no va a denunciarse públicamente a sí mismo para enriquecer más a Perry White y los propietarios del Planet. Tan tonto no es. De acuerdo. Pero lo que sí es verdad es la reacción emocional del público al programa y la alegría con la que se lanzan a atacar el punto débil de su invulnerable campeón.

El que intenta destrozarle es el mismo público que adora a Superman, por cierto. Le adora tanto que le obliga a firmar autógrafos, como si fuera Elvis. En 1965 ya tenemos al superhéroe como famoso, anticipándose a las reinvenciones posmodernas de Mark Millar, Peter Milligan o el America's Got Superpowers de Jonathan Ross y Bryan Hitch:


De nuevo, al final descubriremos que los autógrafos de Superman forman parte de su estratagema para vencer a su enemigo, pero, insisto, la adoración del público (que por lo que se ve en la viñeta superior no está formado precisamente por jovencitas histéricas) es real.

Tan real como la sed de sangre que impulsa a la masa a hacer todo lo posible por acabar con el secreto de Superman. Cuando Clark pide otra ayudita en su cacería, en esta ocasión a los dentistas de Metrópolis con el fin de encontrar a algún hombre que no haya pasado nunca por sus consultas, ya que como todos sabemos Superman no sabe de endodoncias, estos se apresuran a indagar en sus archivos privados con el fin de facilitar la denuncia del héroe:


De esta última viñeta hay algo que me llama la atención, y es cómo el propio Clark (y él tiene que saber de lo que habla) incluye a Superman en el rango de «hombres por encima de 30 años de edad». Al mismo tiempo que Marvel se impulsaba a lomos del nuevo arquetipo de héroe juvenil que representaba Spiderman, DC insistía en ser un mundo de hombres maduros y trajeados. Un mundo de señores.

Un mundo de señores donde había por encima de todos un señor, Mort Weisinger, tal vez uno de los más legendarios editores que haya conocido el comic book americano. De Weisinger, sobre cuya personalidad circulan muchas y notables anécdotas (para la más famosa os remito a mi próximo post), se dice que sufría una especie de complejo megalomaníaco que le hacía odiar a Superman, el personaje a quien había hecho alcanzar un éxito tal que había engullido su vida entera. Durante los últimos años se ha hecho muy común psicoanalizar esta etapa de Superman para encontrar bajo su lustroso hieratismo la marea de los turbulentos sentimientos destructivos reprimidos por el agónico Weisinger, un personaje capaz de contratar a un negro para que le escribiera una novela con la que triunfar como escritor mientras él editaba las aventuras del ídolo de los niños. Fracasó, por supuesto.

Si seguimos esta corriente y asumimos «Clark Kent's Great Superman Hunt!» como parte de esa guerra encubierta entre el creador y la criatura, tenemos que aceptar que el final es de un cinismo sublime: una vez que Superman ha conseguido su propósito de liberar a Lois y capturar al malvado bandido que la había aprisionado, revela ante las cámaras que todo era una artimaña para la que había contado con la complicidad del periodista del Planet:


Superman, embustero como un político al uso, pide disculpas por su engaño en la misma frase en la que vuelve a mentir, y de paso reclama con la falsa modestia más hipócrita del mundo que el mérito no se le atribuya a él, sino a otro. ¿A quién? ¡A Clark Kent! Es decir: a él mismo. Para rematarlo, Jimmy Olsen, su amigo, ejerce de spin doctor que solventa los últimos flecos: «¡Tranquilo, Superman! Sé que los fans televisivos se han divertido mucho ayudándoos a pillar con las manos en la masa a un capo mafioso!» O lo que es lo mismo: «Sois unos cabrones sanguinarios y traicioneros, todos vosotros, pero como finalmente os hemos manipulado para conseguir nuestros fines, y nosotros hemos conseguido lo que queríamos y vosotros os lo habéis pasado teta, todos contentos. Volved la semana que viene, que habrá más mierda de la que os gusta».

Quizás el genio de Weisinger estuviera precisamente en esconder tanto aborrecimiento por la raza humana bajo un dibujo tan meloso y relamido. Quizás por eso queremos tanto a Superman.

MALAS CHICAS. La segunda historia de este Superman #180, que es precisamente la historia a la que se dedica la portada, es como mínimo tan interesante como la primera. No me voy a extender demasiado sobre ella, pero no me resisto a hacer un par de apuntes. De nuevo no está acreditada, aunque se atribuye a Leo Dorfman y Curt Swan con George Klein.

Si la pérdida de la identidad secreta era una de las máximas amenazas para Superman en esta etapa, la otra probablemente fuera la pérdida de la soltería. En este caso, varios encuentros aparentemente casuales con muchachas sospechosas de poseer superpoderes acaban llevando a Superman a Florena, una isla perdida en el Pacífico Sur.

Una vez en Florena, Superman se encuentra con un país poblado de bellas muchachas donde la afortunada Orella ha sido elegida por el azar para convertirse en su esposa (en realidad ha hecho trampa en el sorteo, engañando a sus compatriotas).

Orella obsequia a Superman con un par de figuritas de Lladró tan pronto como éste aterriza en Florena:


Orella explica a Superman que le han atraído a la isla para que pueda casarse con ella, y en cuanto lo oye éste sale volando. Literalmente. Pero como mujer prevenida vale por dos (hombres), Superman no puede escapar de Florena debido a una barrera de radiación de kryptonita que las muchachas acaban de activar. La cuestión es que Orella y sus amigas proceden del planeta Matrion, donde las mujeres guerreras se apareaban con los mejores entre los hombres a los que derrotaban.


En Matrion, los hombres eran desterrados a una luna, pero al cabo de muchas generaciones las mujeres superiores acaban debilitándose como raza, y finalmente las más débiles también son expulsadas del planeta, como si fueran hombres. Estas desterradas inútiles llegaron a la Tierra y montaron su isla femenina con una mezcla de estética tiki y teconología futurista. Después de muchos años, ahora pensaban que Superman podía poner la semilla -literalmente- con la que refundaran su raza de supermujeres, para así poder volver triunfantes a Matrion y reencontrarse con las demás amazonas. Aquella panda de arpías que las exilió y a la que todavía añoran.

Por supuesto, como todo el mundo sabe, las culturas avanzadas del espacio exterior siempre tienen rigurosos rituales de apareamiento que seguir, y en este caso implican que Orella demuestre a su futuro marido quién lleva los pantalones en casa (aunque en este caso lo cierto es que ninguno de los dos lleva pantalones, literalmente).


Prueba tras prueba, la bella zarandea al bestia de acero, para sorpresa de éste. Por supuesto, finalmente se descubre que Orella lo había conseguido todo mediante un truco: las figuritas que había entregado a su futuro esposo estaban transmitiéndole directamente las fuerzas del kryptoniano gracias a un receptor oculto en la pulsera de ella. Todo lo súper que había en la mujer procedía del hombre. Revelada la artimaña, Superman queda libre para seguir feliz en su soltería.

Cuesta no leer esta historia como un cautionary tale misógino: «Cuidado con aceptar regalos de las mujeres, sólo sirven para quitarnos las fuerzas y aislarnos del mundo en una aburrida vida familiar desprovista de aventuras y sometida a los caprichos de la parienta».

Por si algo faltaba para rematar el mensaje, queda un cabo suelto. Al fin y al cabo, en esta historia se había postulado un mundo de supermujeres que vivían libres, sometiendo a los hombres, en algún lugar remoto del cosmos. En la última viñeta, casi atropelladamente, una mirada de soslayo de Superman resuelve el problema: esa fantasía femenina hace años que pasó a la historia. Sus mares ya están secos. El universo respira tranquilo con un profundo supersuspiro supermasculino.


jueves, 18 de abril de 2013

SUPERMAN CONTRA LINTERNA VERDE BORRACHO


OK, vamos con una de túnel del tiempo, recuerdos de la infancia y demás mierda nostálgica. Pero con un toque moderno, marca de la casa.

Todos sabéis lo mítico que es «aquel primer tebeo que leíste» de niño, el que te arruinó la vida. Es tan mítico que, para ser sinceros, pocas veces recordaremos de verdad cuál fue. En mi caso, al menos, hay tres o cuatro candidatos que me bailan en la cabeza como mi posible primer tebeo. Al menos que yo recuerde, claro. Pero de todos esos candidatos, sólo hay uno que no sabía cuál era. Un tebeo que había leído en mi viejo colegio de Atocha, del que todo lo que recordaba era que Superman peleaba con Linterna Verde. La cuestión era que Linterna Verde estaba perdido y solo, en una ciudad abandonada y en ruinas, vestido de civil, borracho, y con barba de vagabundo, y allí que iba Superman y se peleaba con él. Recordaba sobre todo la escena de la batalla, en largos planos generales muy peculiares, y poco más.

Nunca más volví a ver ese episodio.

Desde que Google existe, he hecho todo tipo de búsquedas: «Superman contra Linterna Verde borracho», «Linterna Verde mendigo», etc., etc. Nada, cero.

Hasta me he revisado galerías de portadas de Superman y Action Comics esperando encontrar en alguna de ellas una pista de que aquélla era la historia que yo había leído.

«Superman contra Linterna Verde borracho» era mi Moby Dick.

Hace unas semanas me dejé caer por uno de los saldos que menudean por las tiendas de cómics de la zona de Baltimore y puse en marcha la aspiradora. Entre las cosas que se quedaron en la bolsa estaba el Superman #261 (1973) de Cary Bates y Curt Swan-Murphy Anderson, que compré única y exclusivamente porque la portada me pareció espectacular y hacía juego con la portada de otro Superman donde el Hombre de Acero era humillado por el sexo débil, y con Superman siempre es divertido hacer series temáticas.


No tenía mayores expectativas con el tebeo, pero cuando llegué a casa y lo abrí... oh, sí, astuto lector, ya lo has adivinado: ¡de pronto reconocí aquellas viñetas grabadas a fuego en mi cerebro cuando éste todavía tenía cierta plasticidad! ¡Superman #261 era «Superman contra Linterna Verde borracho»!


Oficialmente, sin embargo, el episodio se titula «Slave of Star Sapphire!», y yo lo había leído en su edición de Novaro, cuya portada encabeza este post.

Releerlo fue toda una experiencia.

Porque, ¿sabéis qué? Superman no se pelea con ningún Linterna Verde borracho.
Linterna Verde ni siquiera está borracho.
Bueno, es que Linterna Verde ni siquiera sale en el episodio.

La cuestión es que Carol Ferris es en secreto Star Sapphire, una supervillana cósmica enemiga de Linterna Verde. Tan en secreto lo es que ni ella misma lo sabe. Es como una doble personalidad maligna que ocasionalmente la domina. Viaja a Metrópolis por asuntos de negocios, y mientras su vuelo está a punto de aterrizar, Superman se enfrenta a Max Fenton, un criminal conocido que, entre chato y chato (éste es el que bebe), amenaza con provocar un desastre con un chaleco forrado de explosivos. El caso es que Carol se ve dominada por su personalidad de Star Sapphire mientras Superman intenta detener a Fenton sin que éste explote. Desde el avión, Carol-Sapphire lo ve todo con unos prismáticos, pero lo que ella ve no es la realidad. En la página que he reproducido más arriba, la parte de la izquierda muestra lo que está sucediendo, es decir, el enfrentamiento Superman-Fenton, mientras que la parte de la derecha muestra lo que está viendo en su cabecita loca Carol Ferris-Star Saphire: Superman está atacando a su amado Linterna Verde. (He dicho que Star Sapphire es enemiga de Linterna Verde; sí, y de hecho lo odia porque lo ama y él la ha rechazado).

Terminado el suceso, Star Sapphire cree que Superman ha matado a Linterna Verde, y jura venganza contra el defensor de Metrópolis. Lo que sigue es el enfrentamiento entre ambos, que concluye con un complicado juego de personalidades entre Ferris, Lois Lane y Star Sapphire que ahora no viene a cuento.

De este reencuentro con la infancia saqué un par de cosas, y no me refiero sólo a la vieja y repetida lección de que revisar el pasado es desmitificarlo.

La primera es la fascinación por la página que he reproducido, la del duelo doble entre Superman y Fenton con la superposición de la fantasía linternaverdesca de Carol Ferris. Es una página verdaderamente extraordinaria, con una sucesión de planos repetidos aéreos, casi axonométricos. Es muy raro que en los cómics de superhéroes se repita tanto el mismo plano de forma seguida, sobre todo en aquella época, y es muy raro que se utilice una perspectiva como ésa, que parece propia de Chris Ware, aunque en este caso esté justificada por el punto de vista elevado de Carol Ferris.

Es todo tan raro que no me extraña que se me quedara grabado de crío: lo excepcional es lo memorable. Probablemente la primera vez que se me pasó por la cabeza la idea de que un superhéroe pudiera combatir vestido de civil y que pudiera ser un borracho que no se afeita y lleva el pelo sucio me la sugirió este tebeo hacia 1975, años antes de que existieran cosas como los Ultimates.

[Por supuesto, si se me quedó grabado como algo excepcional, eso significa necesariamente que no pudo ser mi primer tebeo de superhéroes; tenía que haberme formado ya una idea de qué era lo normal para que esto me impresionara tanto].

Pero la segunda lección que saco de esta lectura es algo que hace tiempo que voy teniendo cada vez más claro. Mientras que el aficionado actual a los superhéroes, que suele ser un señor madurito que lleva toda su vida leyendo tebeos (es decir, alguien como yo) no hace más que quejarse amargamente de que los superhéroes de hoy ya no son como los de antes, que antes sí que tenían buenas historias, que la continuidad lo ha destrozado todo y que lo que hay que hacer es volver a los fundamentos y a la narración clara y limpia para recuperar las esencias, yo cada vez estoy más convencido de que las buenas historias importan entre poco y nada. Digámoslo así: probablemente este Superman me proporcionara una de las experiencias lectoras que más he disfrutado en mi vida, y sin embargo está claro que no me enteré de nada. Ni sabía qué estaba pasando, ni quiénes eran los personajes, ni nada de nada. Probablemente era la primera vez en mi vida que veía a Linterna Verde, y mucho menos iba a entender que Star Sapphire estaba haciendo un crossover desde otra colección, y para remate, el desenlace implica a dos mujeres (Lois y Carol) disfrazadas del mismo personaje. La escena que he recuperado aquí muestra dos acciones en paralelo, una de las cuales es real y la otra lo parece, pero en realidad es la representación de los delirios de una mujer poseída por una personalidad cósmica maligna. ¿De verdad alguien espera que un niño de siete años procese esto correctamente?

No, amigos, creo que puedo decir que si tanto disfruté esta aventura de Superman no fue porque fuera una buena historia, sino porque los dibujos eran potentes y los colores rotundos, y porque los personajes eran absolutamente fascinantes. Los personajes eran, de hecho, lo nunca visto.

¡Si hasta salía Linterna Verde borracho!

[ANOTACIÓN AL MARGEN: Sólo hay que ver la portada para darse cuenta de que a partir de este tebeo se podría haber hecho perfectamente el capítulo IV de «Cuestiones de género en el cómic de superhéroes». No descarto que reaparezca en el futuro].

CUESTIONES DE GÉNERO EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (II)


Hace un par de semanas me compré el volumen 10 de Superman Chronicles  y el volumen 3 de Wonder Woman Chronicles, dos colecciones dedicadas a recopilar todas las aventuras de sus personajes titulares en orden cronológico desde el principio de los tiempos.

Como siempre hace uno cuando llega con material nuevo a casa, me acomodo en el sofá y me pongo a hojearlos. Las dos primeras portadas del tomo de Superman me llaman poderosamente la atención:



Intuyo que aquí hay un tema, un subtexto que no acaba de expresarse de forma manifiesta pero que sin embargo resulta inquietantemente ineludible. Perturbado, dejo el tomo de Superman y empiezo a hojear el de Wonder Woman. Y ésta es la primera portada que me encuentro:


Y pienso que no puede ser casualidad.

miércoles, 15 de febrero de 2012

SUPERAUTÉNTICO


Anuncio publicado en Beowulf Dragon Slayer #5 (DC, 1975-76).

lunes, 2 de enero de 2012

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 24: LOS TRES SUPERMOSQUETEROS


(PARTE DEL CAPÍTULO LAS MEJORES HISTORIAS DE BATMAN)

LOS TRES SUPERMOSQUETEROS

Dick Sprang (entintado por Stan Kaye)

World’s Finest Comics 82 (1956)

Seleccionado para el volumen antológico Las mejores historias de Team-Up jamás contadas, este relato ejemplifica el sentido y la forma de hacer las cosas durante toda una era de los superhéroes. World’s Finest Comics era la colección donde, mes tras mes, Batman y Robin se aliaban con Superman para enfrentarse al mal... y ya se pueden imaginar el tipo de extraordinarias amenazas que había que buscarles a los héroes más destacados de DC en una época en la que el Hombre de Acero era Dios, pero en infalible, y el Señor de la Noche un ultraeficiente maestro de múltiples disciplinas. El artista supremo de este estilo es Dick Sprang, que tenía afición por los mosqueteros y espadachines, los cuales reaparecen constantemente en sus aventuras, aunque quizás en ninguna tan esplendorosamente como en ésta. “Había un guionista llamado Ed Hamilton -recuerda Sprang- que escribió algunas historias de viajes al pasado que disfruté mucho haciéndolas. Me gusta la historia de los Tres Mosqueteros que aparece en Batman 32 -aún conservo el arte original- y me gusta el reprise que hicimos en World’s Finest 82 muchos años después, Los Tres Super Mosqueteros. Me gusta porque era histórica, y yo soy un fanático de la historia. También me gusta la arquitectura, y me encantaba ilustrar escenarios extranjeros, como Roma, Grecia, Egipto, Francia, la antigua Inglaterra.” El doctor Carter Nichols, de Gotham, se propone descubrir el misterio del hombre de la máscara de acero, prisionero en la Francia del siglo XVII. Clark Kent, presente en la rueda de prensa en la que lo anuncia, piensa: “Hum... ¡Nichols ha enviado a Batman y Robin al pasado frecuentemente! Quizás...” Dicho y hecho, Superman se desliza en la Mansión Wayne a través de la chimenea, como un Papá Noel kryptoniano, y anuncia a sus amigos la intención de acompañarles en la excursión al pasado. Por algún extraño cable suelto del argumento, Nichols utiliza su rayo del tiempo para hacer retroceder a través de los siglos a Bruce Wayne, Dick Grayson y Clark Kent, en lugar de sus alteregos. No es que esto tenga mucho sentido, porque lo primero que hacen los héroes al llegar a 1696 es ponerse la ropa de faena. Pero estos detalles incoherentes en poco afectan a la explosión de vitalidad y energía que llena cada una de las 12 páginas. Ataviados con indumentaria de mosqueteros sobre sus mallas de superhéroes, los tres justicieros del siglo XX se convierten en aliados de D’Artagnan, para pavor de las fuerzas de Bourdet, “el canciller malvado del rey”, como lo describe el legendario espadachín. En el transcurso de los acontecimientos, Superman asalta la Bastilla, Batman se disfraza de Luis XIV y da órdenes por los pasillos de Versalles y los superhombres hacen, en resumidas cuentas, aquello para lo que han nacido los superhombres: modificar la historia, alterar el curso de la humanidad, divertir a la chiquillada. Todo ello sin derramar una gota de sudor, sin perder la alegría y sin olvidar que en la última página siempre tiene que quedar un misterio por resolver (¿quién es el hombre de la máscara de acero?). Una visión pletórica, exuberante y alegre de lo que significa ser un superhéroe, un hombre que está por encima de los demás y que se divierte realizando su trabajo.

lunes, 10 de octubre de 2011

EL FIN

El caso es que me he comprado los 52 números uno del reboot DC, sí. No vamos a entrar ahora en los motivos, es preferible intentar hacer este post lo más breve posible. Y lo más importante: además de comprarlos (comprarlos todos en papel), me los he leído. Del primero al último, de la primera a la última página, sin saltarme ninguna.

Se suponía que el concepto de reboot (reinicio) implicaba empezar de nuevo, dejar atrás todo el polvo y el lastre de la continuidad arrastrada de décadas y décadas y ofrecer una oportunidad a lectores nuevos de introducirse por vez primera en el universo fantástico de DC. ¿Y qué es lo primero que se encuentra uno cuando abre el primer tebeo de este reboot, Justice League? ¿Con qué se presenta en público este reinicio? Con un texto de apoyo que dice «Hace cinco años». ¿Hace cinco años? ¿Hace cinco años qué? ¿La historia de Justice League que voy a leer ahora pasó hace cinco años? ¿Cinco años antes de qué, del día de hoy, de septiembre de 2011? Porque en ningún momento en todo el número se vuelve al presente. Entonces, ¿cuál es el sentido de decirnos que esta historia tiene lugar hace un lustro? Desde luego, no hay diferencias de ambientación significativas con las historias situadas en el presente, así que eso no debe ser. La única explicación posible (y sólo al alcance de un lector veterano, un perro viejo, no un supuesto lector recién llegado): se nos está informado de que en la nueva continuidad esta historia de la Justice League está ambientada cinco años antes que otras historias que podríamos leer si compráramos otros tebeos de DC. Eso sí, si lo único que queremos leer es Justice League, el apunte de «Hace cinco años» es completamente irrelevante. Sólo sirve para confundir.

Para confundir a un lector, claro.

Y para aclarar a los aficionados cómo tienen que ubicar la nueva continuidad.

O sea: el concepto del reinicio empieza por organizar otra vez la continuidad colectiva. Eso es «empezar de nuevo» y hacerse accesible a nuevos lectores, según los mandamases de DC.

De lo que viene después de ese texto de «Hace cinco años», poco puedo decir. El dibujo es prácticamente indescifrable. Batman está perseguido por la policía («hace cinco años» Batman ya existe y es conocido), se encuentra con Linterna Verde y luego se van los dos a buscar a Superman. Y justo cuando lo encuentran, se acaban las primeras 24 páginas de Justice League. Me llama la atención la renovación de los uniformes. Son los de siempre: los mismos diseños, los mismos colores, los mismos patrones. Pero ahora todos parecen armaduras, revestimientos tecnológicos, como si se hubiera metido a los personajes de carne y hueso dentro de cuerpos de figuritas de acción articuladas.


Justice League #1, Geoff Johns, Jim Lee y Scott Williams

Resulta que la página que más me gusta de todo el número es ésta:


Publicidad de Converse en Justice League #1

Un anuncio de unas zapatillas Converse de Batman que creo que condensa mejor que todo el Justice League el sentido de la historia de un personaje casi inmortal, que ha sido capaz de ser el mismo siendo muchos a lo largo del tiempo. Me encanta el Batman de la viñeta superior derecha, en concreto.

Hay otra colección de la Liga de la Justicia (en realidad, dos más, pero de la tercera hablaremos luego): Justice League International. Esta colección parece la prueba viviente de que lo que plantea DC en su oferta de relanzamiento son tebeos completamente prefabricados, diseñados para cubrir «huecos» que sólo existen en la mente de personas metidas desde hace décadas en una industria que tenía todos sus clichés definidos ya en 1972. ¿A quién, si no, le interesaría leer las aventuras de un grupo integrado por Booster Gold, Hielo, Fuego, Vixen, Rocket Red, August General Iron, Guy Gardner y Godiva? ¿Quién podría pensar que eso es buena idea?

Para formar parte de la Liga de la Justicia Internacional, también se propone a Batman. Es decir, en Justice League el lector (nuevo, ejem) se encuentra con Batman perseguido por la policía, y a continuación, en Justice League International, el representante de la ONU que coordina el grupo propone a Batman como miembro del equipo aprobado por el Consejo de Seguridad. ¿Cómo es posible? Porque, no lo olvidemos, Justice League pasa «cinco años antes» que Justice League International. Supongo. Empiezo a necesitar un manual para leer estos tebeos, y sólo estamos en el primer mes.

Batman, de hecho, protagoniza aproximadamente siete series y sale en otra media docena. Ni se sabe en cuántas, vaya. Y en cada una de sus apariciones nos encontramos con un Batman distinto. El personaje parece tan erosionado por el uso que ha perdido sus rasgos. Todo parece encajarle, y nada parece afectarle ya. En Batman se pone de manifiesto hasta qué punto está desgastado, y hasta qué punto los responsables de sus tebeos han dejado de creer en él y en todo su mundo. La historia empieza con una fuga masiva en Arkham Asylum. El lector (nuevo, ejem) se encuentra de buenas a primeras con que un montón de supervillanos archienemigos de Batman se enfrentan directamente al héroe. Todos juntos, nada más empezar. ¿Esto es el reinicio? ¿Quiénes son todos esos villanos? ¿De dónde vienen? ¿Qué historia, personalidad y entidad tienen y cómo van a resultar amenazadores individualmente para Batman después de que los haya dominado a todos colectivamente en apenas un par de páginas? Cada uno de esos archivillanos fue creado en algún momento de los setenta años anteriores de existencia del Hombre Murciélago, y cada uno de ellos fue concebido por un equipo creativo que pensó que sería una némesis adecuada para el héroe. Cada uno de ellos tuvo su origen y su tragedia, protagonizó sus andanzas, hizo sufrir a Batman y fue final y dolorosamente derrotado, dejando una marca singular en la memoria colectiva de los seguidores del personaje que le permitió pasar a formar parte de ese selecto grupo conocido como la «galería de villanos». En este Batman #1 donde supuestamente se presentan a un nuevo lector, se presentan como forraje indistinto, una mera masa de enmascarados deformes, sin nombre ni singularidades, que sirven para ser machacados a golpes rápidamente y así iniciar el tebeo con cuatro páginas de acción facilona. ¿Por qué pasa esto? Porque es un tópico, y resulta que los señores que relanzan Batman desde su número 1 no tienen otra ocurrencia que ofrecernos tópicos recalentados como gancho. Ideas usadas, ideas recicladas. Ideas que no son ideas.

Poco después, vemos al héroe en su identidad secreta, vistiéndose de gala. Junto a él, tres jóvenes también con trajes negros, versiones variantes del protagonista: Dick Grayson, Damian Wayne, Tim Drake... Todos ellos han sido Robin (y alguno incluso Batman) en diversos momentos del pasado. Un momento... ¿de qué pasado? ¿Esto no era un nuevo inicio? Entonces, ¿quién es toda esa gente? ¿Por qué hay tanta historia previa en una colección nueva? ¿Por qué tenemos que absorber tanta información? ¿Por qué la historia apenas puede avanzar, debido a la cantidad de espacio que hay que dedicar a explicar los antecedentes? Después, Bruce Wayne y sus clones se sumergen en otro tópico: Wayne presenta (a lo Tony Stark) un proyecto multimillonario ante la alta sociedad. Algo que hemos visto hacer tantas veces ya a Wayne que no entendemos ni por qué lo hace. Lo hace porque lo hace. Lee tebeos de Batman y verás que eso es lo que hace Bruce Wayne, una vez tras otra. ¿Qué explicación más quieres?

¿No me crees? Vamos con Batman The Dark Knight #1, que empieza con Batman saltando por los tejados e, inmediatamente, convirtiéndose en Bruce Wayne, el cual, ataviado con otro traje de gala, hace un anuncio público oficial en una fiesta de la alta sociedad. Exactamente igual que lo que acabamos de leer en Batman #1. El contenido del anuncio no es exactamente igual, pero eso da lo mismo, lo único que importa es el tópico de la fiesta donde Wayne anuncia algo. De hecho, tenemos que revisar las dos colecciones para asegurarnos de que no es un error. Aún más, mientras Wayne está en su fiesta... ¡en Arkham Asylum se produce un motín y todos sus archienemigos intentan fugarse! Pero... ¿esta fuga masiva de supervillanos en Arkham Asylum es anterior o posterior a la de Batman #1? ¿Es simultánea? ¿Es la misma?


Batman #1, Scott Snyder, Greg Capullo y Jonathan Glapion


Batman The Dark Knight #1, Paul Jenkins, David Finch y Richard Friend

Da igual, porque por supuesto, Batman se presenta en Arkham y zumba a todos con la misma suficiencia con la que lo había hecho en la otra colección. Ésa es la cosa, que da igual. Da igual todo.

Detective Comics, otra de las colecciones protagonizadas por Batman, empieza (de nuevo) con Batman saltando por los tejados. Mientras que en Batman el protagonista colaboraba con la policía, aquí es perseguido por la misma, aunque en este caso no hay ninguna indicación de que los hechos se produzcan «hace cinco años», con lo cual estamos confusos. ¿Es el mismo Batman de Batman? ¿Es el mismo de The Dark Knight Returns (1986) de Frank Miller? Porque lo imita patéticamente en estilo y color. El caso es que el Batman de Detective Comics se enfrenta a un nuevo y desconocido villano llamado el Joker (en Batman, Batman sofocaba el motín de Arkham con la ayuda de Dick Grayson disfrazado de Joker, por lo tanto ahí ni era nuevo ni desconocido). Al mismo tiempo, en Batgirl #1, Barbara Gordon recuerda cómo el Joker invadió su casa y le disparó en la espalda «hace tres años», en la famosa escena que todos (los viejos fans) recordamos de Batman The Killing Joke (1988), de Alan Moore y Brian Bolland. Una buena ensalada para abrir boca y atraer a los nuevos lectores que quieran descubrir a estos personajes. El mensaje para un supuesto novato podría ser: «¿Creías que venías a divertiros? Estáis muy equivocados, ¡a los tebeos de superhéroes se viene a sufrir!»

Nightwing empieza como Detective Comics, con el protagonista saltando por los tejados, tal vez para subrayar que es un seudobatman. ¿Tan excitante es saltar por los tejados, que todos los héroes se nos presentan haciéndolo? Lo era (en los tebeos) a la altura de 1963, cuando lo hacía Spiderman y era algo singular. Pero cuando todos los tebeos empiezan así, la emoción mengua. El gol es la salsa del fútbol, sí. Ahora bien, imaginemos un partido de fútbol que acabara empate a 20. ¿Sería el mejor partido de la historia? ¿O por el contrario los abrazos y celebraciones irían decayendo a medida que fuera engordando el marcador? ¿Acaso en los partidos de baloncesto los jugadores se abrazan y corren histéricos por el campo para celebrar cada canasta como si fueran goles? Bueno, pues algo parecido pasa con todos estos saltares por los tejados. Cuanto más saltan, menos intensidad tienen. Tópicos.

Hablando de tópicos. Sin salir de Nightwing #1, un par de navajeros intentan atracar a Dick Grayson cuando se baja del autobús en la estación de Gotham. No sé qué me sorprende más, si que Dick Grayson, tiarrón musculoso con gafas de sol, sea el tipo con más pinta de víctima propiciatoria a ojos de un atracador callejero, o que en el Universo DC todavía haya ladrones anónimos que se prestan a ser apaleados por los héroes en los callejones oscuros.

El esquema de Nightwing es idéntico al de Batgirl: escena de acción-presentación; recapitulación de la historia pasada (en el caso de Nightwing, se nos informa de que ha ocupado el lugar de Batman durante los seis últimos meses... lo cual es un buen currículum para alguien que supuestamente está empezando desde el número 1) y hay un enfrentamiento final con una nueva némesis misteriosa que tiene un interés personal en el personaje, y que deja la escena en un cliffhanger que se resolverá (?) el mes que viene. Exactamente lo mismo en ambos casos (y en muchos más). Y hablando de los finales: 34 de los 52 números 1 acaban en una viñeta página impactante. Tópicos amontonándose sobre tópicos.

A pesar de la proliferación de Batman y de la exaltación de Justice League como carta de presentación de este reboot, el corazón del mismo (si es que tiene corazón) se encuentra en Superman. Superman #1 es una dolorosa experiencia en la que sería mejor no profundizar. Un envejecido y enfermo George Pérez demuestra que ya ni puede ni quiere, y demuestra algo más: el sistema industrial americano devora a sus autores, y cuando están en horas bajas el único favor que puede hacerles es echarles el hueso de un número 1 de Superman a ver si los royalties le ayudan a pagarse las facturas del médico. Después de toda la vida dándolo todo, ahora le queda dar las gracias por una limosna. Que no es tal limosna, porque se la tiene que trabajar cuando es obvio que no está en condiciones de hacerlo.

Pero no, el título del Hombre de Acero que supuestamente marca el tono no es Superman, sino Action Comics, con Grant Morrison al guión y Rags Morales en el dibujo. Realmente, es el único título de los 52 que parece haberse planteado como un reinicio serio. Morrison toma sus indicaciones del Action Comics #1 original, de 1938, y reinventa a Superman como una criatura violenta y furiosa, un héroe socialista que defiende a los desposeídos frente a las depredaciones de los ricos, lo cual ahora está más de actualidad que nunca, por supuesto. La historia empieza in media res, como la original de Siegel y Shuster, y esa inspiración, ese sello de acción, parece haber sido directriz para todo el reboot, aunque sólo Morrison lo haya sabido interpretar correctamente. Correctamente, pero poco más. Morrison no puede arrastrar el tebeo más allá de donde lo lleva el dibujante, y Rags Morales no da para altos vuelos. Le falta grandeza y talento para hacer algo memorable. Esta doble página de impacto que abre la historia es una de las más torpes que he visto en mucho tiempo:


Action Comics #1, Grant Morrison, Rags Morales y Rick Bryant

Action Comics se puede leer, efectivamente, como si fuera una serie nueva. Morrison sabe entrelazar la vieja mitología con un nuevo planteamiento. Pero es una isla. Nadie más parece haber tenido la capacidad de hacerlo, o tal vez ni siquiera lo hayan intentado. El ejemplo más paradigmático es Green Lantern, una de las colecciones estrellas actuales, que está escrita por el guionista fundamental de DC en estos momentos, el responsable del Justice League que pone en funcionamiento todo el reboot: Geoff Johns. En Green Lantern -que ataco con ganas, desde la infancia ha sido uno de mis personajes favoritos- me encuentro de entrada con que Sinestro está siendo juzgado por crímenes cometidos en el pasado, y a continuación con que Hal Jordan lamenta la pérdida de su anillo y sus poderes en circunstancias para mí desconocidas. Y así se va todo el número, en el deambular de personajes todavía afectados por sucesos anteriores. Y miro la portada y confirmo que no, no me equivoco, tengo en las manos el Green Lantern #1, y no el #127. Hay ahora toda una franquicia dedicada a Linterna Verde, pero no parece mucho más coherente que la de Batman: en New Guardians, abrimos con los Guardianes del Universo arrasados, los mismos Guardianes que estaban juzgando a Sinestro en Green Lantern #1. Al menos Red Lantern #1 empieza con un gato cósmico rabioso portador de un anillo lanzándose a doble página sobre el lector. Pero la humorada es involuntaria, me temo. Estamos en la página 2 y ya me han perdido.

Sería muy agotador revisar los 52 títulos uno por uno, sobre todo cuando tan poco distinto se puede decir de cada uno de ellos. Legion Lost es uno de los tebeos más incomprensibles que he leído en mi vida. Sin contexto, sin personajes, sin argumento discernible, es casi dadaísta sin querer. Green Arrow es increíblemente mediocre, como una miniserie de relleno de los 80-90. La pobreza de la ambientación es llamativa. ¿De verdad que es aceptable esta especie de seta de juguete como aparato comunicador en una serie ambientada supuestamente en el mundo de la tecnología punta?:

Green Arrow #1, J. T. Krul, Dan Jurgens y George Pérez

Las colecciones que más me atraían a priori eran las excéntricas. Los personajes desconocidos o poco populares son los que tienen más posibilidades de sorprenderte con conceptos nuevos, y además siempre he tenido un gusto personal por lo extravagante. Así que acepto que en los grandes personajes recurran a los tópicos y deposito mis esperanzas en Mister Terrific, Static Shock, Firestorm o Captain Atom. Me equivoco, son todas horribles, aún peores que las de los personajes más conocidos, como si las hubieran hecho por rellenar la parrilla, apresuradamente y en el último momento. Contienen exactamente los mismos tópicos de las «grandes», pero con un nivel de talento todavía más pedestre si cabe. ¿Cómo se puede titular «Back to Basics» -regreso a las esencias- el número 1 de Deathstroke? ¿A qué «esencias» anuncia que «vuelve» una colección nueva? Antiguamente, las series raras eran un campo de experimentación que producía fenómenos de culto: Capitán Marvel, Pantera Negra, Inhumanos, Puño de Hierro, Relámpago Negro, Sociedad Secreta de Supervillanos, eran colecciones complementarias que en los 70 encontraron su propia personalidad precisamente porque podían permitirse lo insólito, al ser secundarias. Hoy en día, parece que está prohibido salirse del tópico.

Dentro de lo malo, hay tebeos todavía peores: DC Universe Presents: Deadman es un escándalo, una deriva de diálogos pesados y seudomísticos que no llega a ningún lado; Captain Atom es una revisión amorfa y agilipollada del Dr. Manhattan, 25 años después del original; StormWatch es un insufrible pastiche degradado de lo que fue una de las últimas grandes series del género, The Authority... Pero por intentar ser un poco positivo, voy a mencionar algunas que parece que quieren, aunque no sé si pueden: Superboy  y Supergirl huelen algo más a nuevas que la mayoría de sus compañeras. Son dos personajes maleables, con un historial irregular, y por tanto más libres para empezar de nuevo. En ninguna de las dos series pasa gran cosa, pero al menos uno tiene la sensación de estar leyendo números 1 de verdad. Aquaman es refrescantemente irónica, aunque eso tampoco dice mucho del reboot. En realidad es más un comentario sobre la historia de Aquaman que una historia de Aquaman. ¿Qué lector nuevo puede comprender que Aquaman vaya a una cafetería y un cliente le pregunte cómo es no ser el superhéroe favorito de nadie? Geoff Johns, de nuevo, el arquitecto de la DC actual, considera que la mejor manera de renovar a los viejos superhéroes es plantear expresamente discusiones de tienda de cómics del viernes por la tarde. Wonder Woman quizás podría ser algo. También tiene cierta frescura, también en parte porque Wonder Woman es un personaje que siempre se está reiniciando, y eso le da más ductilidad. Pero aquí el problema es el formato estándar de 24 páginas. Como digo, podría ser algo, pero el número 1 no da casi nada. Sólo un fan querría seguir leyendo.

La única serie que tal vez siga durante algunos meses es O.M.A.C, que recupera una vieja y extraña serie de Kirby de los 70. Todas las series de este reboot parecen involuntariamente viejas: recuerdan a los 80 y los 90. O.M.A.C, al menos, juega la carta retro deliberadamente. Aquí está el Keith Giffen mimético de Kirby de los 70 -el de Los Defensores, por ejemplo-, pero filtrado por la tecnología moderna, como si hubieran encontrado unos lápices perdidos de Kirby y los hubieran rematado digitalmente. La serie tiene pinta de ser bastante autónoma y de momento se muestra muy sencilla y directa, y además está protagonizada por un tío bruto y grande que grita mucho, lo cual es algo que siempre me produce gran empatía.


O.M.A.C #1, Dan Didio, Keith Giffen y Scott Koblish

Hoy en día todos adoramos a Kirby, pero hubo un momento en los 70 -un momento muy largo, diría yo- en que a Kirby se le consideraba acabado y ridículo, agua pasada. Es precisamente el momento en que produjo obras como O.M.A.C, que hoy reivindicamos con fervor, pero que entonces fueron denostadas. Es (tristemente) significativo que una imitación pálida de aquel Kirby marginal sea hoy lo único que me resulta legible entre 52 títulos nuevos que lanza DC.

Casi se me olvida: dentro del gran desastre, destaca con brillo propio Hawk & Dove. El tebeo es malo hasta decir basta, pero lo es con una pureza irresistible. Sí, es un tebeo de superhéroes malísimo, pero lo es a conciencia, sin coartadas, sin sentirse culpable ni pedir perdón. Al fin y al cabo, estamos hablando de un tebeo donde Halcón y Paloma se enfrentan a Cóndor y Cisne. En su absurda e infantil incompetencia tiene al menos un grado de ridículo vitalismo que me resulta familiar. Auténtico. Lo que por otra parte demuestra que lo auténtico no siempre tiene que ver con la calidad.


Hawk & Dove #1, Sterling Gates y Rob Liefeld

Pero como digo, en su gloriosa torpeza, Hawk & Dove al menos sabe lo que quiere ser. Eso no se puede decir de lo peor del lote de este reboot, que es todo el «sector macabro»: Animal Man, Swamp Thing, Justice League Dark, Frankenstein Agent of S.H.A.D.E., etc. Las otras colecciones al menos son malos tebeos de superhéroes, pero esta especie de Vértigo aguado, ¿qué coño es? Tebeos pretenciosos y aburridísimos, hechos de gestos y tics, que no son capaces de trazar un territorio propio, que no tienen nada que contar en su débil intención de hacer un crossover entre los superhéroes y los géneros sobrenaturales. I, Vampire es morralla para cuarentones que quieran sentirse en contacto con sus hijas adolescentes fans de Crepúsculo. Es el tebeo que esos señores de edad mediana creen que les servirá de puente para comunicarse con su incomprensible descendencia, y que tal vez les permita acabar de estrechar lazos viendo juntos True Blood. Justice League Dark es un previsible y cansino desfile de personajes de derribo (Madame Xanadú, por Dios) que se agrupan artificialmente para crear una réplica mística de la Liga de la Justicia. Todo está hecho mecánicamente, sin alma. La última página de Justice League Dark y la última de I, Vampire son idénticas. No es casualidad: si en los superhéroes se maneja el tópico de la acción, en el sector macabro se maneja el tópico de la visión apocalíptica.


I, Vampire, Joshua Hale Fialkov y Andrea Sorrentino


Justice League Dark #1, Peter Milligan y Mikel Janin

Swamp Thing es tediosa, una conversación tras otra (una de ellas, de cuatro páginas, con Superman) intentando reorganizar verbalmente la(s) historia(s) del personaje. Pero Animal Man es directamente odiosa. Jeff Lemire, que siempre ha sido un manta, intenta cubrir la cuota indie colando referencias a The Believer y juntando escenas supuestamente cotidianas con pasajes oníricos de pacotilla. Y yo me pregunto: en este reboot, ¿por qué Animal Man tiene que ser un personaje seudo-vértigo? Al fin y al cabo, Animal Man tenía una historia como superhéroe convencional antes de que Grant Morrison lo reinventara en los 80. Si de verdad queréis reiniciar algo, ¿por qué no sois más originales y recuperáis a Animal Man como superhéroe tradicional, y buscáis a otro personaje de vuestro inmenso fondo olvidado para hacer el papel de superhéroe sobrenatural? ¿Por qué no nos dais un solo gramo de algo nuevo?

También hay series de «otros géneros», pero esto ya es de chiste. All Star Western y Men of War pretenden (supongo) abrir un hueco para vías no superheroicas. Para la diversidad, vaya. Pero son 2 entre 52, y aún más, en realidad son series de superhéroes, o seudosuperhéroes, con todos los tics del género, formales y dramáticos. En Men of War (protagonizada por el Sargento Rock) incluso salen superhéroes. Es decir, son series hechas para interesar a lectores de superhéroes, pero que no tienen superhéroes, con lo cual no van a interesar a los lectores de superhéroes. Y menos a los que no lo son, si es que alguno se tropieza con un producto de estos. Luego, dirán que han fracasado y les servirá para justificar que sigan concentrándose en seguir sacando más morralla superheroica a tope. Mientras puedan.

Este reboot da para decir mucho más de lo que puedo decir en este breve post, pero hay un tema que no quiero dejar de mencionar, aunque ha sido de los más comentados en internet. Es, por supuesto, el tema del género y el tratamiento de la mujer. Los casos más llamativos han sido los de Catwoman (también arranca saltando por los tejados, pero en su caso, en sujetador y medio desnuda), Voodoo (una heroína que dedica todo su primer número a hacer strip-tease) y Starfire en Red Hood and the Outlaws. Son casos tan evidentes de sexismo machista y anticuado que se comentan por sí mismos con sólo ver una imagen:


Red Hood and the Outlaws #1, Scott Lobdell y Kenneth Rocafort

Por eso he preferido tomar otro ejemplo más discreto pero que considero más insidioso de cómo se entiende dentro de DC el papel de la mujer en su universo de ficción. Es una página de Batman The Dark Knight #1. A simple vista, para el ojo fatigado del aficionado veterano, no hay nada de excepcional en ella:


Batman The Dark Knight #1, Paul Jenkins, David Finch y Richard Friend

Lo hemos visto ya mil veces. Bruce Wayne, el multimillonario playboy, vestido con pajarita en una fiesta, habla con algunos invitados (como explicaba antes, de hecho lo hemos visto dos veces este mes, en dos colecciones distintas). Nada de particular, otro tópico. Otro tópico, sí, que incluye a un séquito de jovencitas que revolotean alrededor de Wayne sin decir nada, acariciándole, contoneándose, y comportándose en general como animalillos domésticos mientras los hombres hablan en serio sin prestarles ninguna atención. Si uno mira de verdad la primera viñeta, es absolutamente ridícula. El concepto de mujer florero pasa a cobrar un nuevo sentido en los adornos vivientes que lleva colgados Bruce Wayne. Quizás sean estos tópicos invisibles que asumimos los fans de toda la vida los que mejor expresan hasta qué punto estos tebeos se han perdido, están completamente aislados de la sociedad en la que viven y resultan irrelevante para ella. Sólo atienden a las necesidades de un grupo minúsculo de adultos-adolescentes que han (hemos) desarrollado su propia y esotérica cultura, donde la fantasías sexuales ni siquiera tienen que manifestarse, porque forman parte del decorado de fondo. Es evidente que entre el nuevo público que DC podría querer captar para su reinicio no se encuentran las mujeres.

Finalmente, ¿por qué esta uniformidad en la miseria, por qué estos tópicos repetidos continuamente en los 52 títulos, por qué esta mierda? Se puede echar la culpa al férreo control editorial que gestiona a los personajes exactamente como licencias, y que obliga a repetir esquemas seguros porque cualquier verdadera revolución podría romperlo todo y cualquiera sabe lo que saldría de ahí. Ellos no quieren cambiar nada, sólo quieren seguir exprimiendo a sus propiedades. Flogging a dead horse. Y sí, el editor es siempre un villano propicio y en este caso difícilmente exculpable. Pero el control editorial ha existido siempre en el comic book americano comercial. Después de tragarme estos 52 mojones como 52 soles rojos, creo que el problema no es sólo ése. Creo que en estos 52 truños hay, además, una impresionante exhibición de falta de talento por parte de los autores. Ahora mismo, en Estados Unidos, hay muchísimos historietistas mejores que los que ha contratado DC. Y eso no pasaba antes.

Explicar esto daría para mucho, pero ya saben nuestros lectores que en Mandorla no somos amigos de extendernos, así que pondré sólo un ejemplo. Batwing es uno de los peores tebeos que he leído en mi vida. No sólo en cuanto a la vulgaridad de los personajes y del argumento, a lo tópico que es todo, sino en cuanto a su ejecución formal. Protagonizado por un sosias negro de Batman, en sus viñetas no aparece ningún elemento de ambientación hasta ¡la página 6!, en la que aparece un autobús (sólo en una viñeta). Todo lo demás en esas 6 primeras páginas son fondos monocromos con figuras, siluetas o (preferiblemente) primeros planos. En la página 7, y gracias a un texto de apoyo, nos enteramos de que la historia está ambientada en el Congo, cosa que hasta ese momento ni siquiera sospechábamos. Como ambientación añadida, tenemos un jeep y la silueta de unas briznas de hierba. En las páginas 8 y 9 también aparecen siluetas de briznas de hierba, y en la página 10 el dibujante se estira y coloca en una esquina la silueta de unas copas de árboles.


Batwing #1, Judd Winick y Ben Oliver

Por fin, en la página 11 (es decir, en la mitad de la historia), aparece el primer decorado de todo el número, que no sabemos muy bien qué es (parecen unas chabolas, tal vez) y que no podremos confirmar en ningún momento porque no volveremos a verlo en las 11 páginas restantes, ni tampoco ningún otro edificio. Todo sucede en un mundo traslúcido, digital. Pero no, es el Congo. Dicen.


Batwing #1, Judd Winick y Ben Oliver

La impresión es que hay gente haciendo cómics sin talento alguno, sin chispa, sin imaginación y sin estímulos. Y también parece que hay gente a la que ya se la ha pasado el arroz, y otros que simplemente trabajan sin ganas, pensando en otras cosas. A los gerifaltes de DC el talento se les va al cine o a sus propias creaciones, y parece que los que se quedan están deseando que llegue el momento de marcharse. Morrison es el tuerto en el país de los ciegos, porque con una mano atada a la espalda sigue siendo mejor que todos los demás inútiles. Se lo han puesto muy fácil.

Con las cuestiones de género, algunas voces han dicho que ya basta, que después de años tolerando los defectos congénitos que arrastran los comic books de superhéroes, esta nueva vuelta de tuerca a los tópicos más rancios en pleno siglo XXI es demasiado, como un toque de corneta para despertarnos del estupor del fan y quitarnos de encima para siempre un viejo vicio. Sospecho que mucha gente va a reaccionar así ante este reinicio, cerrando el grifo que llevaba demasiado tiempo goteando y concentrando sus intereses y su dinero en otros entretenimientos, aunque sean simplemente tebeos de superhéroes antiguos. Creo que éste era el momento de hacer tebeos de superhéroes osados, nuevos, fascinantes, tebeos de superhéroes que tuvieran una oportunidad de conquistar aunque sólo fuera a una de esas personas que no los leía pero que ya sabe lo que es un superhéroe gracias a Hollywood, y está dispuesto a aceptarlo. En su lugar, DC ha preferido entregarnos este montón de refritos de los mismos tópicos vergonzosos de toda la vida, un catálogo de estampitas herméticas para los últimos y fatigados fieles de un culto que ya sólo es liturgia sin alma.

Sospecho que estos 52 números 1 que me he comprado y leído serán recordados como tebeos históricos. En el futuro, cuando se escriban las crónicas de cómo acabó este negocio, se los señalará como un hito. Alguien preguntará: «¿Y el fin? ¿Cuándo llegó el fin?» Y alguien responderá: «¿El fin? Déjame que te hable del reboot DC».