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miércoles, 3 de julio de 2013

SUPERJUDÍOS



El domingo visité la exposición ZAP! POW! BAM! The Superhero: The Golden Age of Comic Books, 1938-1950 en el Museo Judío de Maryland. La muestra era de dimensiones modestas, pero muy rica en materiales interesantes. Centrada básicamente en la primera oleada de los superhéroes que surgieron en la estela de Superman durante los años cuarenta, tenía un buen montón de originales, tanto de páginas interiores como de portadas, muchas veces contrastados con ejemplares impresos de esos mismos tebeos. Además, se podía disfrutar de curiosidades como fotostatos coloreados a mano o muestras de guiones de Bill Finger mismo. Todo ello convenientemente adornado con merchandising de la época y accesorios creados a propósito para dar a la sala un cierto ambiente superheroico: desde un cofre con kryptonita hasta una cabina de teléfonos donde cambiarse como el Hombre de Acero (incluso tenían una caja al lado con un surtido de capas, antifaces y camisetas con emblemas para ejercitar el arte de la transformación de identidad). En fin, una pequeña delicia para el aficionado al género.



Original de la portada de Detective Comics #69 (1942),
de Jerry Robinson.


Portada de Superman #14 (1942), de Fred Ray.


Un dibujo dedicado por Jerry Siegel y Joe Shuster a Jerry Robinson.


Página de un guión de Bill Finger.


Un Canario Negro de Carmine Infantino.


Puñetazos para Hitler, de parte de Mort Meskin.


Reconstrucción de un kiosco tradicional. Los tebeos expuestos
no eran de la Golden Age, por supuesto, aunque había alguna
joyita moderna, como el Omega The Unknown #1 
de Gerber y Mooney.


La advertencia que preside el cofre donde se guarda la kryptonita
es absurda. Si es kryptonita auténtica -y todo parece indiciar que
lo era-, sólo puede hacer daño a una persona en la Tierra, y esa
persona ya sabe andarse con cuidado en sus inmediaciones.


La cabina de Superman, convenientemente identificada con una
viñeta que sirve de manual de instrucciones para el Hombre de Acero.


Merchandising de los años 40.


Más merchandising de los años 40.


«Este libro contiene dos discos irrompibles».
Qué manera tan absurda de tentar a los niños.


Jack Kirby recordando a su viejo colega Adolf.

Mi visita coincidió, por cierto, con una Batalla Artística basada en los superhéroes de la Golden Age. En un gran lienzo ante el público, diferentes artistas disfrazados dibujaban con límite de tiempo el tema propuesto por una ruleta (a las dos primeras les tocó «Superman» y «Batman», no sé hasta qué punto no estaba trucado aquello), y el público decidía el ganador a base de rugidos que eran medidos científicamente por el decibeliómetro del árbitro. Todo esto aderezado con los comentarios verbeneros de los presentadores. La idea aquí, en fin, es que las exposiciones no se queden nunca tan sólo en las paredes.



Imagino que la mayoría de los lectores de Mandorla no necesitan explicaciones de qué pinta una exposición sobre superhéroes de la Edad de Oro del cómic en un Museo Judío. La relación entre los judíos y el origen de los superhéroes se ha explorado (y explotado) abundantemente en multitud de libros, ensayos y también historietas. No en vano algunos de los principales historietistas del momento eran judíos, empezando por los creadores de Superman (Jerry Siegel y Joe Shuster), siguiendo por los de Batman (Bill Finger y Bob Kane) y continuando por los del Capitán América (Joe Simon y Jack Kirby), por no hablar de nombres como Will Eisner o Stan Lee. Sin embargo, como da la casualidad de que justo en estos momentos estoy leyendo The Myth of the Superhero (Johns Hopkins University Press, 2013), de Marco Arnaudo, y precisamente acabo de terminar un epígrafe dedicado a esta cuestión, no me resisto a traducir un par de párrafos que den un poco de materia para la reflexión a quien esté interesado por el asunto.



Después de relacionar a Superman con la figura de Sansón y con el mito del Golem, Arnaudo añade:

«Además, igual que los kryptonianos se enfrentan a la amenaza de la extinción a través de la destrucción de su planeta al principio de la mitología de Superman, los judíos deben enfrentarse a la orden del faraón de ahogar a todos los niños varones en el libro del Éxodo. Y de la misma manera que la madre de Moisés le salva poniéndole en una cesta y confiándolo a las aguas del Nilo, también los padres de Kal-El salvan a su hijo metiéndolo en un cohete que se dirige al planeta Tierra. En resumen, los orígenes kryptonianos de Superman tienen ecos de la historia de Moisés de una forma tan precisa que parece muy improbable que, conscientemente o no, el trasfondo judío de los autores no tuviera un mínimo de influencia».

Arnaudo continúa con Superman:

«El mismo nombre de Superman, Kal-El, incluye el sufijo "El", que significa "Dios" en hebreo (una abreviatura de Elohim) y aparece en los nombres de figuras bíblicas como Daniel, Samuel y los ángeles Gabriel y Miguel. Y el arcángel Miguel, el gran guerrero que se opone a Satanás en la tradición judía, parece a su vez un precursor apropiado del salvador enviado desde Krypton para combatir el mal en la Tierra. El simbolismo y el trasfondo de Superman, por tanto, reavivaron la antigua tradición judía en un momento concreto, a finales de los años 30, en que la persecución de los judíos en Europa podría haber inspirado fácilmente el deseo de un nuevo ángel de la guarda».

También está interesante lo que observa sobre el Capitán América:

«Como ha señalado Weinstein, los símbolos y el disfraz del Capitán América (creado en 1941 por Simon y Kirby, ambos judíos) tienen un significado doble que los relaciona por igual con la cultura americana (explícitamente) y con la cultura judía (implícitamente). El arma del Capitán América, a partir del segundo número, es un escudo redondo con una estrella de cinco puntas en el centro, que claramente se refiere a la bandera americana y a la idea de la defensa y la protección. Al mismo tiempo, también recuerda al símbolo de la cultura y la religión judía, la Estrella de David, o para ser más precisos, el "Escudo de David", caracterizado por la estrella (aunque sea de seis puntas). De forma similar, Weinstein observa que la "A" de la máscara del Capitán América se puede ver no sólo como la inicial de "América", sino también como una referencia al aleph, la primera letra de la palabra escrita en la frente de un golem para activarlo. Esta conexión resulta aún más interesante dado que es precisamente cuando el Capitán América se pone su máscara -por tanto cuando se pone la A/aleph sobre la frente- cuando deja de ser un mero civil y se "activa" como superhéroe y defensor de la comunidad».

Por redondear un poco el tema, me parece necesario señalar que el propio Arnaudo no lleva los paralelismos a conclusiones excesivas:

«Dicho esto, ¿sería legítimo afirmar que Superman es judío o que el personaje de Superman representa a una figura judía en un sentido general y absoluto? Sí y no, diría yo. Superman, como cualquier superhéroe con éxito, muestra una fuerte combinación de iconicidad y flexibilidad, debido a dos cosas: (1) fuertes signos visuales y narrativos, tales como máscaras, símbolos, disfraces, herramientas y habilidades especiales, factores todos que permiten las variaciones al mismo tiempo que se mantiene una identidad reconocible sólidamente conectada con las encarnaciones previas del personaje; y (2) la serialidad, que a lo largo de meses o años permite una variación paulatina pero grande en el personaje. Su historia está siendo constantemente escrita y reescrita por muchos autores diferentes, cada uno de los cuales podría haber representado al personaje según diferentes interpretaciones religiosas o culturales»

Así pues: superhéroes y judíos.



jueves, 1 de marzo de 2012

JACK KIRBY: AMANTE


Todo el mundo sabe que si Jack Kirby es un mito del cómic norteamericano es gracias a las series y personajes que creó junto a Stan Lee para Marvel durante los años 60. Esos son los tebeos que tantos hemos vivido y amado tan intensamente en nuestra infancia y, finalmente, a lo largo de toda nuestra vida. Pero con el paso de los años el interés por Kirby ha sido creciente y los kirbyófilos, agotados los campos de la Marvel de tanto pasarlos y repasarlos una y otra vez, han ido extendiendo su mirada hacia otros aspectos de una intensísima carrera que abarcó cinco décadas, sólo una de las cuales estuvo dedicada a la legendaria Marvel Age. En este proceso de redescubrimiento de Kirby, el último eslabón que quedaba por completar era el del cómic romántico, un género improbable para alguien a quien recordábamos dibujando a la Cosa, el Capitán América o los Inhumanos. Y sin embargo, es un género unido de forma muy estrecha a su nombre, ya que es un género que inventó prácticamente él solo junto a Joe Simon, su compañero creativo y comercial durante la primera parte de su carrera. Los cómics románticos de Jack Kirby han sido durante décadas un inmenso contorno vacío en el mapa de la historia de este coloso de las viñetas, una incógnita que se conocía pero no se resolvía satisfactoriamente, a pesar de su descomunal tamaño. Y digo esto porque los cómics románticos representaron tal vez el momento de mayor éxito de Kirby en toda su vida, y a ellos consagró por tanto buena parte de su tiempo y sus esfuerzos desde finales de los 40 hasta finales de los 50. Como género, el  romántico fue uno de los más importantes en el cómic norteamericano de mediados del siglo XX, alcanzando una difusión que sobrepasaba las siete cifras mensuales. Para Simon y Kirby fue un éxito especialmente gratificante, ya que su acuerdo con el editor Crestwood Publications (con el que publicaban bajo el sello Prize) les concedía el 50% de los beneficios. Sin embargo, tanto los cómics románticos en general como los de Simon y Kirby en concreto apenas han sido reeditados hasta la actualidad, y los ejemplares de comic books originales también son muy escasos y difíciles de conseguir. La razón probablemente esté en que el mercado del cómic a partir de los años 60 fue claramente ocupado por un público masculino que desarrolló unos hábitos coleccionistas muy fuertes en aquellos materiales que le interesaban, que eran básicamente los de superhéroes, mientras que todo el resto de géneros eran abandonados a su suerte al no generar coleccionismo. Los cómics románticos, de hecho, prácticamente habían desaparecido en los años 70, momento en el que se confirmó de manera definitiva que el mercado del comic book americano era un mercado de un solo género (en este caso habría que decir que en los dos sentidos que tiene la palabra).

Por tanto, es una noticia espléndida que haya aparecido un libro recopilatorio de las historietas románticas de Joe Simon y Jack Kirby. Young Romance. The Best of Simon & Kirby's Romance Comics (Fantagraphics, 2012) es, además de significativo por su contenido, memorable por su calidad de producción. Michel Gagné, el encargado de la edición, ha restaurado las páginas limpiando manchas e impurezas depositadas en ellas por el paso de los años, pero ha intentado respetar en lo posible el tono de los comic books originales, hasta el punto de mantener ciertas salidas de registro en el color (aunque no en la misma medida que en los tebeos de la época, en los que las imprentas llegaban a desviarse muchísimo del contorno de línea). El libro está impreso en un papel de color ligeramente ahuesado que contribuye a darle cierta pátina y evitar ese molesto efecto de flamante que tiene, por ejemplo, el Jack Kirby Omnibus volumen 1 del que hablaba ayer. Esto no son los comic books originales, es obvio, pero de alguna forma los editores han conseguido recrear mediante el objeto una experiencia intimista que parece muy apropiada para el material incluido. Las historietas se complementan con textos históricos y críticos y otros materiales documentales que redondean una presentación impecable.

En cuanto al material en sí, abarca desde Young Romance #2 (1947, y el segundo cómic de este género, tras, obviamente, Young Romance #1, del que no se incluye aquí ninguna muestra) hasta Young Romance #99 (1959), con algunas incursiones en Western Love, Real West Romance y Young Love. En total son 21 historias, siete de ellas pertenecientes a la era post-Code, cuya inclusión considero otro de los grandes aciertos de la edición, al menos para aquellos que estén interesados en el valor histórico de este volumen.

Mi interés por el género romántico en el comic book americano ha sido creciente en los últimos tiempos, y de hecho le dedico unas líneas en La novela gráfica. El interés no es sólo por los cómics en sí, sino por lo que representan, que es un fenómeno casi insólito en la historia del comic book moderno: los románticos y los criminales son los primeros tebeos dedicaos a representar el mundo contemporáneo tal cual, sin fantasía. Es en los primeros en los que se introduce un cierto realismo, a la vez que se añade un componente confesional que, aunque fuera una simple fórmula retórica, aludía a la necesidad de establecer ese contacto con la realidad, a la que también hacían referencia las portadas fotográficas a las que con frecuencia recurrieron ambos géneros. Aunque parezcan antagónicos, el noir y el romance forman una pareja que en un momento concreto estuvo a punto de llevar la historia de la industria del cómic americano hacia un destino muy distinto del que finalmente siguió. No me cabe duda de que, de no haberse frustrado por una serie de circunstancias, hoy en día tal vez no tendríamos a Spiderman ni Iron Man, pero el escenario de la industria del cómic americano probablemente se parecería más a lo que es el del cómic japonés, involucrando a toda la sociedad en una diversidad de cómics de muy amplio registro y alcance, asentados socialmente como lectura general para todos los públicos desde hace décadas.

Pero eso es sólo una especulación, así que no merece la pena detenerse en ella. Ya que hablamos de la realidad, lo mejor es acudir a la realidad de los cómics y ver qué nos muestran. Para Jack Kirby, dibujar estas historietas desprovistas de acción y de grandiosos escenarios debió de ser todo un ejercicio de estilo donde aprendió muchísimo de dibujar realmente, de afrontar problemas aparentemente simples en la narración y la ambientación que no podían resolverse con el impacto seguro de su característica potencia gráfica. He hablado de la relación entre romance y crimen, y el propio Kirby la vivió durante estos años, en que simultanea los cómics de un género con los del otro. Gran parte del material incluido en Young Romance es contemporáneo del que vimos en The Simon and Kirby Library: Crime. Y se nota: la textura y el ritmo son los mismos, aunque yo diría que la calidad general de estas historietas es más consistente que la de las criminales. Por supuesto, que Kirby no pueda explayarse en escenas de acción (salvo en alguna historieta concreta, como «Her Tragic Love», donde el género criminal y el romántico se funden) no significa que no encuentre en algún momento concreto la excusa para desahogar su pasión por lo mitológico y su amor por el Príncipe Valiente de Hal Foster:


Sin embargo, ésta es una página extraordinaria dentro de la recopilación. Por lo general, Kirby se muestra muy apegado a escenarios, personajes y situaciones plausibles. Y eso, en gran medida, es lo que hace aún más interesante para mí estas páginas. Al igual que la pantalla convierte en estrellas a las personas normales fotografiadas por la cámara, los sucesos cotidianos dibujados por el trazo mítico de Kirby pasan de banales a fantásticos. Y el mensaje es entonces aún más enigmático y poderoso: nuestras propias vidas, nuestros propios sinsabores y sentimientos, son la materia de la fantasía. No necesitamos ser príncipes vikingos ni justicieros enmascarados para ser protagonistas de nuestro relato. Éste es el mensaje que, lamentablemente, el cómic industrial americano no llegaría a desarrollar.

Hablo, por supuesto, de un mensaje implícito, de un mensaje que nos transmite una misteriosa cualidad escondida en el trazo mismo, en el dibujo. Si hablamos del mensaje explícito, expreso, tenemos que hablar de otras cosas. El camino del que hablo, ese camino que no llegó a tomarse ni a recorrerse, apenas está aquí esbozado en sus primeros pasos, y este volumen es también testimonio de las limitaciones históricas del cómic norteamericano (a la que no escapan, por cierto, otras tradiciones occidentales contemporáneas). Tomemos el ejemplo de «Fraulein Sweetheart», una historieta de 1948 protagonizada por un soldado norteamericano residente en la Alemania de posguerra que se enamora de una antigua nazi que quiere renunciar a su pasado, pero que se ve implicada en las actividades de un grupo de terroristas nazis resistentes que hablan y se comportan con una retórica propia de Hydra.


¿Era éste el lugar de lo que llamamos cultura de masas en aquel momento? En parte sí, pero no de toda. De 1948 también es Alemania, año cero, la película de Rossellini sobre los vagabundeos de un niño en el Berlín arrasado que se sitúa en las antípodas de este planteamiento estereotipado y sensacionalista. ¿Tiene sentido comparar una cosa con la otra? Tal vez tan sólo para recordar que, cuando los fans febriles nos insisten en que el cómic siempre fue una cosa seria, tenemos que tener en cuenta que su atractivo masivo durante las décadas centrales del siglo estuvo restringido a un público y una función social muy limitadas, y que en absoluto se le permitió salirse de las fronteras del subproducto infantil formulaico. Cuando lo intentó, como fue en el caso de estos cómics románticos y también de los criminales, las instituciones reaccionaron para devolverlo a un nivel de puerilidad aceptable. Y el cómic industrial puso el cuello en el tajo con docilidad, aunque ahora desde algunos ámbitos se quiera reescribir la historia para convertirlo en «subversivo», en un esfuerzo entre cómico y patético.

Hay dos mensajes morales que se repiten constantemente en estas historietas. Uno nos llega hasta nuestros días por su universalidad psicológica: tenemos que dejar el pasado atrás, tenemos que renovarnos y seguir viviendo para el futuro. No son pocas las tramas que giran sobre la necesidad de renunciar a un amor del pasado con el que nos habíamos comprometido siendo más jóvenes para poder alcanzar el verdadero amor maduro en la actualidad. El otro mensaje es mucho más coyuntural: cada cual en su sitio. Por eso tal vez no haya personajes negros ni homosexuales en estos tebeos, ni siquiera antes de la implantación del Comics Code.

Antes comenté que uno de los grandes aciertos del volumen es el de incluir una muestra de historietas post-Code. Son mucho menos interesantes argumentalmente, y también están notablemente peor dibujadas por Kirby, casi con precipitación o desgana, como si su corazón ya no estuviera en aquel trabajo. Así, nos revelan hasta qué punto el Código cercenó no sólo a los cómics de horror y de crimen, que parecían sus objetivos más evidentes, sino incluso a un género en apariencia tan domesticado como el romántico, que a partir de cierto punto no pudo dejar caer ni la sombra del divorcio, la infidelidad o la posibilidad de que los padres y la autoridad salieran retratados de forma desfavorable. Las historietas se vuelven blandas, pierden el fuelle y se disipa la intensidad y la pasión que había animado a las publicadas con anterioridad a la implantación del Código. Tal vez Kirby tuviera que aumentar su producción para hacer frente a la bajada general de ventas y de ingresos de la segunda mitad de los cincuenta, y eso explique la degradación de su dibujo. Al fin y al cabo, el material incluido en este volumen, en los otros dos que he comentado esta semana, y en el de Crime que comenté hace un par de meses es contemporáneo en gran medida.

Aún en su mejor momento, Simon y Kirby tienen dificultades para encajar este nuevo tipo de relato con los viejos modos, y recurren en exceso a la muleta literaria. Uno de los problemas de la brevedad de las historietas (que llegan a las 14 páginas en su máxima extensión) es que obliga a apoyarse demasiado en el texto para ampliar la caracterización o el desarrollo argumental. En una de las viñetas de «The Town and Toni Benson!», se lee el siguiente texto de apoyo:

«Una luz brillante centelleó momentáneamente en las sombras cavernosas de los ojos de mi abuela cuando su mirada reposó sobre Stan... Él entendió que le llamaba y se acercó silenciosamente... Sentí su presencia a mi lado, tensa y a la espera, sin miedo a lo que pudiera salir de aquellos labios exangües...»

Y luego todavía hay otro bocadillo de diálogo... ¡chúpate ésa, Jacobs! Ésta es otra de las camisas de fuerza con las que ha tenido que vivir el cómic industrial durante décadas, y aunque Simon y Kirby hacen verdaderas filigranas con el espacio que tienen a su disposición, se agradece que puedan puntuar ocasionalmente el discurso con alguna viñeta muda, que acaba estallando como una pausa sonora en medio de la sobrecargada narración. Son tan potentes y tan icónicas estas viñetas sin palabras que no es de extrañar que Lichtenstein encontrase buena parte de su inspiración en el género romántico.


En todo caso, incluso en su versión más edulcorada y sensiblera, estas historias hablaban del mundo real en el que vivían sus lectores (lectoras), que si no eran adultos (adultas), indudablemente estaban en vías de serlo, y tocaban fibras que no tocaban las excéntricas historietas infantiles de ciencia-ficción al estilo de las que hemos visto en The Jack Kirby Omnibus. Yo, personalmente, confieso que no puedo elegir entre unas y otras. Para mí, la lectura de «Old Enough to Marry» y de «I Tracked The Nuclear Creature» está en el mismo rango, y disfruto igualmente de todas ellas, porque el toque Kirby me intoxica y las coloca en una dimensión especial, más allá del Bien y del Mal, más allá de la Fuente, una zona que podríamos decir incluso que está más allá de la Zona Negativa y que prefiero llamar la Zona Positiva.

EXTRA: A quien quiera ampliar la lectura, le recomiendo la reseña que escribió Eddie Campbell en The Comics Journal. Campbell hace toda una serie de observaciones de connoisseur sobre la autoría de las historietas (es obvio que no todas están dibujadas por Kirby, al menos por completo), cuestión que yo no he tocado en este post. Campbell también dedicó hace poco una apasionante serie de quince posts al cómic romántico en su propio blog, bajo el título It's just comics.

miércoles, 29 de febrero de 2012

JACK KIRBY: SOÑADOR

Los apasionados por Kirby vivimos buenos tiempos para entregarnos a nuestra afición. Nunca se había reeditado tanto material y con tanto mimo como en nuestros días, lo cual, todo hay que decirlo, no es mérito exclusivo de Kirby, sino del proceso de revalorización general que está viviendo la historia del cómic a resultas de su creciente reconocimiento cultural y artístico. Sí, eso que muchos dicen que no sirve para nada, el prestigio, está ayudando mucho a que podamos resucitar la historia olvidada de los tebeos. Es gracias a eso que podemos acceder por primera vez desde que se publicaron a muchas de las historias que Kirby fue sembrando a lo largo de su fecunda carrera (se calcula que con una producción de entre 21.000 y 25.000 páginas). Titan está embarcada en su Simon and Kirby Library, de la que ya hemos comentado los volúmenes dedicados al crimen y los superhéroes, y DC lleva tiempo recopilando las principales series que hizo Jack Kirby para ellos en volúmenes monográficos: Fourth World, Kamandi, Demon, Boy Commandos, Challengers of the Unknown...  Pero la voracidad restauradora ha superado ya la fase antológica y meramente comercial para pasar a un estadio completista y marginal, lo que ha llevado a la publicación de un libro muy curioso: The Jack Kirby Omnibus volumen 1 (DC, 2011). Son trescientas páginas donde se ha reunido, básicamente, todo el material de Kirby producido para DC entre 1946 y 1959 que quedaba suelto después de haber recopilado sus series y personajes principales en volúmenes monográficos. Es decir, un material muy heterogéneo que se produce a lo largo de más de una década y en el que apenas hay una continuidad. Eso es a simple vista, porque en realidad el volumen no es tan disperso como parece. Se abre con tres historias de 1946-47 publicadas en Real Fact Comics (las tres en colaboración con Joe Simon). Cabe señalar como notable que dentro de una cabecera que se titula Comics de Hechos Reales se publicaran historietas como la que encabeza este post («Las carreteras espaciales del mañana») y también otra dedicada a los robots inteligentes. Pero así era la realidad en los cómics por aquel entonces. Después de esas tres primeras historietas, el libro da un salto hasta 1957, y el resto del material incluido abarca desde ese año hasta 1959. En su mayoría son historietas cortas sin protagonista fijo, con temática de aventuras y ciencia-ficción, que en su día se publicaron en House of Secrets, House of Mystery, Tales of the Unexpected y My Greatest Adventure. En medio de todo esto se insertan once historietas protagonizadas por Flecha Verde y publicadas originalmente en Adventure Comics y World's Finest Comics en 1958, la única concesión a un personaje recurrente y al género superheroico que hay en todo el volumen.

Según cuenta Mark Evanier en su introducción, minuciosa en el detalle, como siempre, muchas de las historias del período 1957-59 están escritas y entintadas (a su pesar) por el propio Kirby, lo cual también sería un elemento de interés a la hora de entender lo que muy pronto se convertiría en el «método Marvel» de trabajo. Es posible que sólo Kirby tuviera esa capacidad creativa incontenible que le permitía escribir dibujando, incluso bajo el férreo sistema compartimentado y controlado por los editores de DC. Es decir, que el «método Marvel» que tan conveniente le resultó a Stan Lee, probablemente fuera tan sólo una extensión de la manera de trabajar natural de Jack Kirby. Pero sobre esta cuestión me gustaría volver en un post futuro, si encuentro un rato para plantearlo decentemente.

El material incluido en este libro derrocha el capital con el que los cómics consiguieron hacerse un hueco en la cultura contemporánea: la pura imaginación. En cada historieta de 6 páginas se levanta un mundo nuevo, se presentan unos personajes nuevos y se desarrolla un argumento nuevo hasta su final redondo y perfecto. Éstas eran las historietas que hacían soñar a los niños. Por lo general, el planteamiento es desconcertante («He muerto mil veces», «El ladrón de pensamientos», «Yo condené al mundo», «El gemelo artificial», etc., etc.) y sirve de gancho que te obliga a leer ávidamente la breve historia. Por lo general, también, la trama suele resolverse por la vía fácil, con un recurso rápido a la intervención extraterrestre que, de todos modos, siempre resulta plausible y agradecido a los ojos infantiles. Es un modelo de historia que se reproduciría de forma más o menos inalterable en los tebeos de misterio y monstruos de Atlas, la fase pre-Marvel de la editorial de Stan Lee. De hecho, algunos de los argumentos, personajes y planteamientos serían reaprovechados en su futuro superheroico por el propio Kirby. Quizás el caso más notable sea el de «El martillo mágico» (Tales of the Unexpected #16, 1957), donde el dios nórdico Thor empuña un arma que es literalmente idéntica al famoso Mjolnir del Dios del Trueno marveliano.


En estas historias ya hay personajes con poderes, pero no son superhéroes, sino monstruos y freaks. La mezcla de estos monstruos extravagantes dotados de facultades sobrehumanas con los apolíneos justicieros enmascarados al estilo de Fighting American, de los que hablé en el post anterior, resultaría en la nueva raza de superhéroes de Marvel que nacería un par de años después. Ojo, no digo que estos fueran los únicos ingredientes ni que el proceso fuera tan mecánicamente simple, sino que tanto en estas historias, como en las del volumen The Simon and Kirby Library: Superheroes, se pueden apreciar los elementos separados que no tardarían en combinarse.

A pesar de la inocencia de estas viñetas de hace más de cinco décadas, el misterio me sigue enganchando y, como una droga, dispara mi imaginación cada vez que empiezo a leerlas, y confieso sin rubor que el volumen se me ha hecho extraordinariamente entretenido, incluso a mis años. Por supuesto, contribuye en gran medida el dibujo de Kirby, que siempre añade una gravedad suplementaria a cualquier descabellada majadería que esté sucediendo ante nuestros ojos. El uso de algunos recursos gráficos típicos del cómic de consumo de toda la vida es aquí muy amplio, y entre ellos uno de mis favoritos es la aplicación de colores no locales. En algunas historietas llega al extremo, como en «Who Is Mr. Ahstar?» (Tales of the Unexpected #17, 1957), donde de las 33 viñetas que componen el relato, sólo 6 utilizan colores locales, mientras que las otras 27 optan por aplicar masas monocromas a discreción. Véase un ejemplo absolutamente maravilloso:


Aprovecho para comentar brevemente el tipo de restauración que ha utilizado aquí DC. Aunque aparentemente respetuoso con las gamas de color originales, el efecto que se ha buscado en general con el libro es el de presentarlo flamante y reluciente, como si fuera nuevo, con la línea vibrante y completa y los colores deslumbrantes e impecablemente en su registro. Para mi gusto, está demasiado actualizado, y creo que hay opciones mejores, como la que comentaremos mañana.

Respecto a la serie de Flecha Verde, el propio Evanier indica que fue un motivo de conflicto para Kirby en DC. El dibujante quería ocuparse de Superman o Batman, los personajes estrella de la editorial, pero los editores consideraban que su estilo era demasiado excéntrico para adaptarse a las moderadas líneas estéticas que se imponían desde redacción. El estilo de la casa era suave y amable, y Kirby era dramático y brusco, demasiado expresivo. Flecha Verde fue un premio de consolación, pero incluso ahí los editores impidieron que Kirby desarrollara toda la energía creativa que llevaba dentro. Flecha Verde y Speedy eran unos Batman y Robin de segunda fila (con su propio Flechamóvil, Flechacueva, etc., a imitación del Batmóvil y la Batcueva) y Kirby quiso dotarlos de otra entidad embarcándolos en aventuras más fantásticas, hasta el punto de llegar a arriesgarse a probar una historia en dos partes. Según escribe Evanier: «Por aquel entonces, DC casi nunca hacía historias que continuaran durante más de un solo número, y hubo varios en redacción que se sintieron molestos porque se hiciera esto. Cuando apareció, algunos lectores se quejaron porque no podían encontrar la otra parte, y no hacer historias continuadas se convirtió en política oficial». Lo cierto es que a lo largo de estas páginas, Flecha Verde y Speedy no consiguen despegarse de su sello de copias baratas de Batman y Robin, y su segmento es el menos interesante del volumen, a pesar de que por momentos exhiba en toda su grandeza los poderes narrativos del mejor Kirby. Obsérvese la concisión que se aplicaba entonces a la narración. En «The Menace of the Mechanical Octopus» (World's Finest Comics #97, 1958), Flecha Verde y Speedy están prisioneros en una celda submarina al final de la penúltima página. En la última (media) página, sólo cuatro viñetas les bastan para liberarse, derrotar al enemigo y añadir un corolario a la historia.


Tomaré ejemplo del maestro y lo dejaré aquí con una única advertencia: en Mandorla sí hacemos series continuadas y mañana volvemos con la tercera entrega consecutiva de Kirby. Porque aquí somos muy del Rey.

martes, 28 de febrero de 2012

JACK KIRBY: LUCHADOR


Durante las pasadas Navidades vi que se había publicado en España un tomo recopilatorio de Fighting American (Kraken, 2011) que parecía basarse en la recopilación publicada en inglés por Titan. La misma Titan también había publicado todo Fighting American como parte del volumen antológico The Simon and Kirby Library: Superheroes (2010), que había aparecido anteriormente a The Simon and Kirby Library: Crime, del cual ya hablamos en Mandorla hace unas semanas. Esa edición española de Fighting American me sirve para recuperar este tomo en inglés de Superheroes sobre el que merece la pena dejar algunas notas.

Superheroes tiene características formales muy parecidas a Crime, pero, aunque el autor material de la restauración es el mismo en los dos casos, Harry Mendryk, se nota que ha aprendido mucho con la experiencia, y Crime resulta bastante más agradable que este Superheroes, en el que la recuperación del material original es demasiado limpia para mi gusto, lo que altera en exceso la potencia bruta de los dibujos. El libro no incluye ningún material publicado por Marvel y DC, las dos grandes editoriales históricas de superhéroes, y está realizado enteramente por el tándem que Jack Kirby formó con Joe Simon. Eso quiere decir que esto no es una antología al estilo de «los mejores superhéroes de Joe Simon y Jack Kirby», sino más bien «los superhéroes de Joe Simon y Jack Kirby fuera de las grandes editoriales».  Aquí se encuentran aventuras de un buen puñado de personajes que se remontan a los albores de la Edad de Oro del comic book americano (Black Owl es de 1940, anterior incluso a Captain America) y que llegan hasta el umbral de la Era Marvel (Adventures of the Fly es de 1959). Como es bien sabido, durante las décadas de los 40 y 50, Simon y Kirby formaron uno de los equipos creativos y comerciales de más éxito y más prolífico del cómic americano, y lo hicieron practicando numerosos géneros, de los cuales el de superhéroes -a pesar de triunfos arrolladores como el del mencionado Capitán América- sólo fue uno más.

Para mí, cualquier tebeo de Kirby tiene el máximo interés, sólo porque es de Kirby. Y luego, claro, tiene un interés específico relacionado con el material concreto. En este caso, el interés añadido es ver al dibujante que cambió el curso del cómic a través de los superhéroes que hizo para Marvel en los 60, abordando los superhéroes antes de ese momento histórico. ¿Se puede ver en las páginas que hizo junto a Simon un antecedente de las que haría luego junto a Stan Lee? ¿Hay una progresión directa entre Fighting American y Los Cuatro Fantásticos? ¿Es realmente The Fly el padre no reconocido de Spiderman?


La verdad es que el superhéroe que plantean Simon y Kirby en este volumen es muy distinto del superhéroe que nos mostrarán Lee y Kirby en la era Marvel. Es un superhéroe mucho más unidimensional, sin desarrollo de la personalidad, basado estrictamente en la acción, ajeno en gran medida a la sofisticada parafernalia de los superpoderes icónicos y, sobre todo, un superhéroe tratado con muy buen humor. La mayoría de las historias oscilan entre lo ligero y lo directamente satírico.

Dejando de lado The Black Owl, todavía muy primerizo y tosco, como tantos de sus contemporáneos de la primera oleada de superhéroes, Stuntman (1946) ya es una obra de cierta madurez, tanto gráfica como argumental. Sus autores no son unos novatos inseguros, sino que son los autores que ya han triunfado con Capitán América, con Sandman, con los Boy Commandos, con la Newsboy Legion. El estilo de Kirby se aprecia tanto en el dibujo como en la narración hiperdinámica, exuberante, intensamente juvenil.


Stuntman tiene dos identidades secretas: Fred Drake, que es acróbata y especialista cinematográfico, y es el verdadero Stuntman, y Don Daring, el actor a quien Fred suele doblar en las escenas peligrosas, y que también es detective aficionado. La serie está tejida con mimbres de comedia clásica de Hollywood, llena de enredos y confusiones, y se basa en la caricatura y el espectáculo visual. Uno de los episodios está ambientado en un manicomio, y es obvio que Simon y Kirby lo consideran el lugar adecuado para un enmascarado. Parece que los propios autores supieran que un personaje como Stuntman sólo es aceptable si se toma como una chaladura.

El siguiente en esta noble estirpe de sosias del Capitán América es Vagabond Prince (1947) que, al ir acompañado de su sidekick juvenil, Chief Justice, remeda de forma más fiel el esquema clásico del caballero con escudero que se había implantado en la primera generación de superhéroes. [El propio Capitán América tenía a Bucky, Batman a Robin, la Antorcha Humana a Toro, Sandman a Sandy, etc.]. El Príncipe Vagabundo es un personaje aún más estrafalario que Stuntman. Vestido de soldado de gala, habla en verso, para horror de su ayudante, que se burla de su pomposidad. Pero lo más extraordinario tal vez sea que se trata de un superhéroe social que toma como misión la lucha contra los desfavorecidos económicamente.


En 1947 los superhéroes ya no pueden seguir luchando contra el Eje, todavía no han encontrado al Enemigo Rojo y la idea del supervillano no es aún lo bastante común. No existe el tejido de ficción que hace plausible una experiencia como el Universo Marvel, y Vagabond Prince intenta encontrar una razón de ser plantando los pies firmemente en el suelo de la desolación urbana. Es una serie curiosa y que se prestaría a alguna revisión irónica moderna. Vagabond Prince es un personaje muy de nuestros días.

Pero a finales de los cuarenta es un experimento fallido, porque el siguiente personaje que aparece en esta recopilación se proyecta al extremo completamente opuesto: la fantasía más infantil y deslumbrante. Captain 3-D (1953) es simplemente una excusa para aprovechar la moda por el cine en tres dimensiones, llevando la experiencia de las gafas bicolores a las páginas de los cómics. La historia roza el cuento de hadas, aunque ya asoma en ella uno de los temas favoritos de Kirby, el de la guerra secreta entre razas de ángeles y demonios que se disputan el destino de la humanidad. En todo caso, es sólo un artificio para desplegar una escenografía tridimensional que, al ser reconvertida a un trazo 2-D en este volumen, produce efectos gráficos extraños. Hay una monumentalidad vacía en viñetas como ésta, diseñadas de forma muy obvia para salirse de la página:


El plato fuerte del libro es, desde luego, Fighting American, que ocupa la mayor parte del volumen y que en su día se publicó entre 1954 y 1956, ahora ya bajo el influjo pleno de la fiebre anticomunista del maccarthismo. En esos mismos años, Marvel también intentó recuperar a sus superhéroes de la Guerra como fervientes cazadores de rojos, en uno de los gestos de desesperación más claros de una industria que se había visto cercenada en plenitud por la autocastración del Comics Code Authority.

Fighting American es, en principio, un Capitán América sin escudo que sustituye a los nazis por los comunistas, pero que no tarda en derivar hacia la sátira, cada vez más desmadrada. En su identidad secreta, Fighting American es Johnny Flagg, locutor de radio patriótico y martillo de espías del Telón de Acero. Johnny es un veterano de guerra tullido muy influyente entre el público, que le reconoce una estatura moral superior. Los discursos de Johnny los escribe su hermano, el enclenque e intelectual Nelson. Cuando Johnny muere, asesinado por los comunistas, el ejército hace partícipe a Nelson de un experimento secreto con el cual traspasa el cerebro de Nelson (cuyo cuerpo muere en el proceso) al cuerpo revitalizado de Johnny. Los dos hermanos, el cerebro y el cuerpo, se subsumen pues en uno solo. O dicho de otra forma, desde el principio Fighting American es un fraude, ya que Nelson se hará pasar por Johnny. La parodia va implícita, y la estampa se completa con el sidekick estereotípico, Speedboy.

La serie mejora a medida que se va tomando todo más a guasa. Es evidente que la mezcla de desenfreno y acción encaja muy bien con el carácter de Simon y Kirby. En «The League of Handsome Devils» aprovechan un juego de palabras (guapo diablo, un piropo habitual en inglés) para presentar a una banda de criminales que consiguen ventaja en sus golpes gracias a lo guapetones que son. Pero ah, una vez más se trata de una farsa, ya que los bandidos son profundamente feos y utilizan máscaras para aparentar lo contrario de lo que son. La resolución de la historia es genial en su aplicación del principio de la justicia poética con tintes sarcásticos.


En «City of Ghouls», los comunistas montan un campo de esclavos en una ciudad norteamericana abandonada que había sido fundada en tiempos pretéritos por una secta de adoradores del demonio. En la batalla final, un fenomenal pifostio que en cierta medida anticipa a algunas de las imágenes más famosas que crearía años más tarde Jim Steranko para Capitán América (véase la ilustración que encabeza este post), Fighting American y Speedboy ya no se enfrentan sólo al mal, sino al remal. Los juegos de palabras y las peripecias disparatadas son la norma, pero de pronto Simon y Kirby son capaces de sorprendernos con «Homecoming Year 3000», un extraño sueño futurista en el que por un momento destella la espiritualidad cósmica que veinte años después Kirby buscará en su personalísima recreación de 2001: Una odisea del espacio. Hay en estas viñetas una paz y una serenidad impropias de un tebeo de porrazos y carcajadas como es Fighting American:


La cumbre de la serie tal vez sea el desopilante enfrentamiento entre Fighting American y su contrapartida soviética, el superhéroe del estado Súper-Khakalovitch. En realidad, Khaka es un montón de estiércol ambulante que desprende un tufo irresistible como consecuencia de la ingeniería genética: generaciones y generaciones de antepasados del superhéroe comunista han evitado acercarse a una pastilla de jabón, cimentando así su fulminante hedor personal. Casi tenemos aquí al Superduperman de Harvey Kurtzman y Wally Wood (Mad #4, 1953) y a toda la caterva de antisuperhéroes paródicos y socarrones que en la estela de Watchmen nos traerían los guionistas británicos, desde Pat Mills hasta Garth Ennis.


La última historia (inédita en su día) corona la cumbre de la autoparodia. El villano es The Mad Inker (el Entintador Loco), un profesional del cómic que pierde el juicio cuando los editores le reclaman que sea «fiel al guión». Fighting American, como los buenos soldados, había ido hasta donde le había exigido el deber, y había llegado incluso un paso más allá.

Los personajes que cierran el tomo representan un retorno a planteamientos más ortodoxos e infantilizantes, lo que no quiere decir que estén exentos de interés. The Double Life of Private Strong (1959) es una actualización de Fighting American (o lo que es lo mismo, de Capitán América) despojado de farsa y dirigido a chavales, pero de forma casi inadvertida adquiere ciertos ecos ominosos que casi recuerdan al espectral Omega que harán Steve Gerber y Jim Mooney en los setenta. La comparación parece descabellada, pero el argumento lo propicia: hay algo profunda e inevitablemente enigmático y triste en el personaje, y aún más, ese algo parece que escapara a la voluntad de los autores. Quizás se estén tendiendo ya las líneas que enredarán al héroe con el monstruo en el cercano Universo Marvel. En cuanto a The Adventures of the Fly (1959), se ha insistido mucho en su condición de antecedente directo de Spiderman, pero más allá de algunas semejanzas superficiales (véase en la imagen que traigo de muestra a uno de sus enemigos, llamado ni más ni menos que The Spider), en realidad es más bien una versión del Capitán Marvel de los años 40.


Leyendo este volumen -especialmente este volumen, donde Kirby es omnipresente- salta a la vista que el concepto de superhéroe previo a Marvel era muy distinto del concepto de superhéroe que se forjará en Marvel. Y eso daría lugar a que nos planteásemos una serie de cuestiones muy interesantes sobre el origen de Marvel, si es que fuéramos a hablar de Marvel. Pero esta semana de lo que vamos a hablar es preferentemente de Jack Kirby. Mañana, más.

martes, 6 de diciembre de 2011

LOS CRÍMENES DE KIRBY


Vuelvo sobre un tema del que ya hemos hablado en Mandorla hace algunas semanas: los tebeos de crimen de la década perdida del cómic americano. Escribí entonces algunas entradas sobre Crime Does Not Pay, la cabecera dirigida por Charles Biro y Bob Wood para Lev Gleason que lideró (prácticamente inventó) ese sector del mercado. A finales de la década de los 40, el género de crimen era uno de los más importantes, y es normal por tanto que atrajera a los profesionales más destacados del mismo, entre ellos al equipo empresarial-creativo formado por Joe Simon y Jack Kirby. Ahora tenemos ocasión de revisar convenientemente esa etapa de la carrera del Rey gracias al tomazo (más de 300 páginas) que acaba de editar Titan Books dentro de su «Simon and Kirby Library», en la que ya habían aparecido The Best of Simon and Kirby y Simon and Kirby: Superheroes.

Simon and Kirby: Crime cuenta con una introducción de Max Allan Collins (francamente, se echa en falta algún texto histórico con un poco más de enjundia) y las páginas reproducidas han sido restauradas con un exquisito gusto por Harry Mendryk, cuyo blog Simon and Kirby, alojado en el Jack Kirby Museum, es de seguimiento obligado para todos los fanses de estos autores. Según cuenta el propio Mendryk, este volumen reúne aproximadamente la mitad de todas las historietas de crímenes que produjeron Simon y Kirby, de manera que si las ventas tienen éxito y Titan Books se anima a sacar otro volumen, podríamos acabar recuperando toda su producción en este género. La inmensa mayoría de las 34 historias incluidas en este tomo se publicó durante los años 1947 y 1948 (hay una de 1949 y una curiosa coda con una página de 1954 y una historieta breve de 1955). El material procede de las cabeceras Clue Comics y Real Clue Crime Stories (Hillman), y de Headline Comics y Justice Traps the Guilty (Prize) y es de una variedad abrumadora.

Como casi todos los géneros de la época, el de crimen estaba fuertemente estandarizado, pero al mismo tiempo tenía una flexibilidad extraordinaria dentro de sus límites, lo que le permitía ofrecer una gran diversidad de tonos, estilos, temáticas y personajes. Es decir, no todas las historias son interminables repeticiones del esquema de biografía de gángster. Hay lugar para mucho más. Por ejemplo, para historias de ambientación histórica, como una crónica de las hazañas de Guy Fawkes que resulta pintoresca, como mínimo, por la comparación entre la interpretación vitalista de Kirby y la versión sintética producida por Alan Moore y David Lloyd años después en V de Vendetta. Además, es curioso ver cómo un personaje que hoy ha servido de improvisada imagen del héroe anónimo de las protestas de los indignados internacionales es despachado sumariamente por Simon y Kirby como un criminal cualquiera.


También hay que decir que Kirby tira hacia lo superheroico por instinto natural, y estas historias criminales parecen muchas veces a punto de romper en epopeyas sobrehumanas. Se aprecia ya en la viñeta que he reproducido sobre estas líneas, donde Fawkes parece un aspirante a ingresar en los Vengadores circa 1964, pero es que en cuanto Kirby se descuida, le salen personajes uniformados de azul con capas rojas al viento cuya filiación parece indiscutible:


De hecho, en este volumen aparece un personaje que es casi un verdadero superhéroe: Gunmaster, una especie de Spirit que se distingue por su extraordinaria habilidad con las armas de fuego. El nombre real de Gunmaster es ni más ni menos que Dumas Poe, tiene una némesis femenina a lo Sand Saref, y sirve a un culto de monjes tibetanos que le han encomendado la misión de ayudar a la policía metropolitana. Sus casos son, sino directamente fantásticos, sí al menos bastante descabellados, y de cualquier manera están bastante alejados del realismo turbio que proclamaba Crime Does Not Pay como su razón de ser. En general, en estas historias de Simon y Kirby todo es más juvenil, más exagerado, más caricaturesco, y hay más acción.

Eso no quiere decir que no haya sitio en sus páginas para historias reales, y muchas veces el acercamiento de Simon y Kirby a la tierra se produce a través del acercamiento a otro género que en ese momento también estaban practicando con gran éxito: el del romance. Simon y Kirby se apuntaron al crimen, pero no inauguraron esa moda que, como ya hemos comentado, debe más al Crime Does Not Pay de Biro-Wood-Gleason. Pero sí inventaron el género de romance con Young Romance en 1947. Quien tenga interés por este despreciado (hasta ahora) género del comic book americano haría bien en pasarse por el blog de Eddie Campbell y leerse las once entradas que le ha dedicado en las últimas fechas. Por mi parte, debo decir que en La novela gráfica planteé que tanto el género de romance como el de crimen empezaron a abrir una brecha en el cómic comercial americano que podría haber cambiado el curso de la historia del medio, si hubiera prosperado. A finales de los 40 y principios de los 50 se dirigían a un público más adulto, con historias supuestamente reales, escritas muchas veces en tono confesional y con ambientación contemporánea exenta de elementos fantásticos o de ciencia-ficción. Características todas que los sitúan en directa oposición con lo que ha sido la inmensa mayoría de la producción del comic book americano desde su origen en 1933 hasta nuestros días, y que explican que haya decidido bautizar la década perdida a ese momento histórico. Pero no es cuestión de irse ahora por digresiones teóricas, a lo que iba era a mencionar que algunas de las más exquisitas historias de este volumen son precisamente historias de crimen con tono romántico o historias románticas con tono criminal, como ustedes prefieran. Un hallazgo que, creo, no se encuentra en las páginas de Crime Does Not Pay, y que es testimonio de la personalidad del dúo Simon-Kirby.

Un dúo, por cierto, cuyo mecanismo de funcionamiento interno es más opaco aún que el de las míticas colaboraciones de Jack Kirby con Stan Lee en la Marvel de los 60. Parece claro que Jack Kirby era el dibujante de la pareja, y todas estas historietas tienen el sello característico de su estilo. Pero, ¿qué hacía Joe Simon? Muchos estudiosos han convenido en que la función principal de Simon era la de llevar el peso empresarial del equipo. Era el que buscaba contactos, hablaba con los editores y llevaba los negocios del estudio de producción que formaban ambos. Probablemente también participaría creativamente en sus historietas, pero es difícil cuantificar en qué medida. ¿Colaboraba en alguna tarea gráfica, en los guiones, en los diálogos? Como digo, es una materia de discusión, y quizás lo que más palpablemente se reconoce en estas páginas es, por supuesto, la huella de un Jack Kirby de 30 años que estaba en uno de los mejores momentos de su carrera. Que nadie lo dude.

Hace poco un amigo (de gusto exquisito, por otra parte) me comentaba que, con toda la admiración que sentía hacia Kirby, con todo el respeto que le infundía como creador, no acababa de ver que fuera un buen dibujante. Yo le dije que tal vez estuviera demasiado influido por su labor en los primeros años de Marvel, en los que, a pesar de lo increíble que pueda parecer por la repercusión histórica que han tenido esos tebeos de superhéroes, no se encuentra el mejor Jack Kirby, al menos como dibujante. Es más, el Kirby de los primeros años de Marvel es un Kirby algo tosco y descuidado, un Kirby que tal vez iba a toda mecha, intentando subir su volumen de producción de páginas para compensar el descenso de sus tarifas, y que después de algunos reveses profesionales quizás hubiera perdido algo de la motivación precisa para intentar dar el máximo de calidad en cada página. De hecho, ese bajón ya se aprecia en las dos muestras de 1954 y 1955 que aparecen en este mismo volumen, muy inferiores al material de 1947-48.

El Kirby de este volumen está completamente pletórico (y probablemente esa impresión se vea reforzada por la potentísima restauración de Mendryk), es muy expresivo, es muy dinámico, tiene capacidad para deformar su dibujo y llegar a extremos que le hacen irreconocible, y muestra una facilidad para la narración absolutamente abrumadora.

Un ejemplo de un dibujo de Kirby que no parece de él, un dibujo desdibujado que nos transmite toda la angustia del personaje:


Una muestra de su capacidad para producir viñetas icónicas con la potencia del mejor diseño publicitario:


Una pequeña lección de dominio del espacio y el movimiento:


De hecho, una de las cosas que más me fascina de este volumen son esas viñetas compuestas a base de planos monocromos superpuestos, como si el mundo por donde se mueven los personajes de Kirby fuera un rompecabezas laminado. La abstracción geométrica del Kirby de Marvel de 1968 y el resto de su carrera ya está en estas viñetas de 1948:


El entintado probablemente sea del propio Kirby, que nunca pudo rematar sus lápices desde que empezó a trabajar para Marvel, y es un acabado completamente distinto del que le dieron sus entintadores más famosos, desde Joe Sinnott a Mike Royer. En ocasiones abocetado, brusco y mucho más fluido y menos robusto de lo que se suele asociar con Kirby, a mí me recuerda en ocasiones al Harvey Kurtzman de las historias de ciencia-ficción y guerra de la EC. No es tan esquemático, y tiene un dibujo mucho más explosivo, pero comparte esa misma sensación de dibujo orgánico y tanto frágil que en gran medida choca con los estándares del comic book de la época. De hecho, mi viñeta favorita de todo el libro no se parece a casi ninguna otra que se pueda encontrar en el Kirby de Marvel:


Reproduzco a continuación una secuencia de dos páginas de la historieta «Queen of the Speedball Mob», una de mis favoritas y una de ésas en las que decía que se mezcla el romance con el crimen:


Las dos páginas están dedicadas íntegramente a una conversación, nada más. Esto parece insólito, si tenemos en cuenta que, en principio, se trata de historietas de acción y aventura que disponen de muy pocas páginas (13 en este caso) para contar todo lo que tienen que contar y ofrecer todas las emociones que su juvenil público exige. Es más, la conversación viene de la página anterior y continúa en la siguiente, de modo que es todavía más larga de lo que aquí muestro. Pero lo más sorprendente es que cuando revisé la historieta fue cuando me di cuenta de que Simon y Kirby habían dedicado todo ese espacio a un simple conversación. El diálogo está llevado con tanta fluidez y variedad en el apartado gráfico que lo leí como si estuviera leyendo una escena de acción: cada viñeta te impulsa a la siguiente. Hay algo muy peculiar también en estas páginas. Si nos fijamos, en las 12 viñetas que contemplamos al observar la doble página abierta, sólo hay una (la viñeta 5 de la página izquierda) que tenga un fondo monocromo. En todas las demás el fondo está minuciosamente dibujado, aunque sea sólo para mostrarnos un ventanal (viñeta 5 de la página derecha, que por cierto funciona como réplica de la anteriormente mencionada, incluso en el patrón de color). Esto va contra la norma y el sentido común de la mayoría de los dibujantes, que prefieren indicar la ambientación con los mínimos elementos posibles en una o dos viñetas y dedicar el resto a los rostros y personajes, escamoteando los fondos. Podría pensarse que la razón para esta agotadora exhaustividad es que Kirby tiene que mostrar lo que el mecánico está explicando a su nueva patrona, pero aún así, podría haber hecho trampas sin dificultad. Y aún más, en este libro hay muchas otras historietas donde página tras página, viñeta tras viñeta, Kirby dibuja extenuantemente todos los fondos. Creo que es un testimonio de su entrega al trabajo, de su fe en su calidad en un momento de plenitud y ascenso, en el que creía que estaban llegando tiempos mejores y que esos tiempos mejores coincidían con su mejor momento personal. Cierto que en ocasiones tanto detalle deriva en viñetas un tanto abigarradas, pero generalmente los planos quedan muy bien separados por los colores, que tienen esa maravillosa capacidad para aplicar masas aberrantes cuando es necesario, un recurso que tanto distinguía a los tebeos de antaño, y que se ha perdido con el hiperrealismo del moderno coloreado infográfico en el comic book comercial.

Está claro que Jack Kirby disfrutaba dibujando estas historia de crímenes. Yo he disfrutado muchísimo leyéndolas en 2011, más de sesenta años después de que se publicaran por vez primera. Siguen siendo muy divertidas, muy espectaculares, gloriosamente excesivas. Querría que eso quedara claro: este volumen nos trae un rescate necesario de un material histórico, sí, pero también nos trae horas de diversión. Casi tanta como la que disfrutaron sus autores haciéndolo en su día, y como prueba ahí está esta portada protagonizada por el propio Jack:


Jack Kirby volvió a los crímenes siempre que le fue posible. A principios de los 70, por ejemplo, intentó lanzar un par de revistas en blanco y negro para adultos en DC, y una de ellas, In The Day of the Mob, era precisamente un retorno nostálgico a estos días, que tal vez para él fuera también un retorno nostálgico a su propia adolescencia, la de un nativo de Nueva York que fue muchacho durante los años de la Ley Seca. Pero si voy a cerrar este post con una portada, prefiero hacerlo con otra, una que es casi como la pesadilla pop de un Andy Warhol de barrio, llena de grasa, furia y humo de habano. Una de las mejores portadas que dibujó Jack Kirby en toda su vida, y ya es decir:


jueves, 11 de agosto de 2011

TAN CERCA DE AMÉRICA, TAN LEJOS DE KIRBY




Capitán América: el primer Vengador (2011, Joe Johnston), protagonizada por Chris Evans, demuestra que una película de superhéroes no tiene por qué ser una gran película para ser buena. Como película, a Capitán América le falla la estructura grandiosamente, pero como película de superhéroes, es simplemente grandiosa. Lo que importa es el personaje, y en Capitán América está el Capitán América en plenitud, tal vez más pleno que nunca. Tampoco los tebeos de superhéroes se han hecho famosos por sus buenas historias, sino por sus espectaculares personajes. Sirvan como ejemplo las aventuras originales del Capitán América. En la primera aparición del Cráneo Rojo (Captain America Comics #1, 1941), el Capitán América salta por la ventana para buscar al villano en la noche, sin ninguna pista ni preparación previa. En el último segundo, da la orden a Bucky de quedarse en casa. «Mejor pensado... ¡será mejor que me ocupe de esto yo solo! ¡Espera aquí, Bucky!» Pero el impaciente joven no es capaz de quedarse esperando, por supuesto. Cuatro viñetas después lo vemos asomado a una claraboya, acompañado de un texto de apoyo: «Mientras los espías asesinos [se refiere a la banda de Cráneo Rojo, por supuesto] hacen planes... ¡Bucky descubre accidentalmente su base!» Lamentablemente, el impetuoso muchacho es capturado por el villano y sus secuaces, aunque por fortuna, página y media después es liberado por el propio Capitán América, que irrumpe en la base enemiga (tras llamar a la puerta, eso sí) y empieza a repartir cera a base de bien. Para esta segunda invasión del cubil de Cráneo Rojo el guionista considera que ya es completamente innecesario dar ninguna explicación. ¿Y qué? ¡Vendió millones!

El caso es que, como película, Capitán América tiene una apariencia episódica que le resta fuerza individualmente, pero que encaja con la perfecta traslación del Universo Marvel a la pantalla que está conduciéndonos poco a poco hacia el estreno de Los Vengadores (y que, superado ese umbral, tal vez acabe llevándonos a Marvel Team-Up y quién sabe qué otras alucinaciones adolescentes). Es decir, a estas alturas los Marvel Studios saben perfectamente que están creando un universo, y no una colección de «buenas historias». Así, falta drama en Capitán América; falta drama, por ejemplo, en el final de Cráneo Rojo. Pero todos sospechamos que en realidad el drama sólo se ha diferido: lo retomaremos en Los Vengadores. Vemos Capitán América como una mera precuela, esta vez sí, estrenada antes de su continuación. O sea: es intertextual, requisito indispensable de la continuidad de los universos superheroicos. Por eso hoy decimos: por fin Hollywood lo ha pillado, los superhéroes eran así.

Lo episódico también remite a la que parece otra de las fuentes de esta película, los seriales de aventuras de los años 30 y 40 (de los cuales el propio Capi llegó a protagonizar uno). En todo momento, Capitán América: El primer Vengador es puro pulp desvergonzado, como debe ser, cargado de humor pero sin caer en la parodia obvia. A veces diríamos que es una versión sobria del Batman de Adam West. Esta película sabe que hay que ser atrevido, que llegados a cierto horizonte, uno no se puede andar con contemplaciones, y que eso significa que si cuesta justificar que una figura como el Capitán América combata a los ejércitos nazis, cuesta menos justificar que combata a una secta hipernazi de supervillanos ultratecnológicos. Un loco puede ser un objeto de risa, pero dos locos instauran un nuevo orden mundial, y la locura de Capitán América es tan absoluta y sensata que nos invita a participar de ella. Lo hacemos con gusto. Al fin y al cabo, llevamos años (los viejos lectores de superhéroes) participando de esa grandiosa locura que inventó Jack Kirby. El Capitán América es creación original de Jack Kirby y Joe Simon, pero fue Jack Kirby quien desarrolló con los años, especialmente durante los 60, un estilo de hacer tebeos superheroicos muy particular, donde los ejércitos de matones enmascarados que circulaban sobre megamotos armados con cañones de protones formaban parte del paisaje cotidiano, en el Nueva York moderno o en el Teatro de Operaciones Europeo de la 2ª Guerra Mundial. Y ése es exactamente el mundo que vemos en Capitán América: El primer Vengador, el mundo de Jack Kirby, la lógica dinámica de Jack Kirby. Cuando vemos al Capitán América, solo, montado en su moto, asaltar una fortaleza de Cráneo Rojo defendida por centenares de agentes de Hydra, y cuando le vemos pasar a través de ellos como un torbellino derribando bolos, estamos viendo a Kirby en imagen real, estamos compartiendo el universo de un verdadero visionario del arte contemporáneo.

El nombre de Jack Kirby no aparece debidamente acreditado como cocreador del personaje principal de la película, pero su trabajo está en todas partes. Si lo que Jack Kirby enseñó en sus tebeos es verdad, algún día su nombre perdurará y será conocido como perdura y es conocido su trabajo.

Lo que nos enseñó Jack Kirby, por supuesto, está perfectamente representado en la película, y por eso funciona ésta. Y no me refiero ahora al espectáculo de acción arrolladora, sino al espíritu del protagonista. Spiderman ha popularizado el lema «todo gran poder conlleva una gran responsabilidad», que es uno de los cimientos del Universo Marvel, pero el Capitán América lo complementa con otro mensaje, un mensaje intensamente americano: «No te rindas nunca». Steve Rogers es el hombre que no se rinde, el hombre que puede ser vencido, pero que nunca es derrotado, el ejemplo viviente de levantarse después de la caída. Y también, creo, es la representación idealizada que el propio Kirby hizo de sí mismo. Es común pensar que la Cosa es un trasunto de Kirby en Los Cuatro Fantásticos, pero probablemente el personaje que más directamente le ha representado en sus tebeos de superhéroes fuera el Terrible Turpin de The New Gods. En el número 8 (abril 1972) de esta serie, «The Death Wish of Terrible Turpin», Turpin, un policía chapado a la antigua, intenta detener los desmanes del dios Kalibak en la ciudad. Turpin, rechoncho fumador de puros como el propio Kirby, recibe un castigo insoportable, pero ni una sola vez flaquea en su convencimiento de «arrestar» al «super "Muk-Muk"». Y sigue adelante hasta que, literalmente, ya no puede más. Pero no importa, su esfuerzo ha dado tiempo a que Orion y Lightray lleguen a escena y controlen al brutal Kalibak. Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, sí, pero es nuestro espíritu de lucha, nuestra voluntad, el que nos da todo nuestro poder, nos dice Kirby. Es un poco el reverso norteamericano y popular del Triunfo de la voluntad. Y tal vez en su mentalidad de chico de barrio Kirby fuera incapaz de identificarse con una criatura apolínea y simbólica como el Capitán América, pero sin duda éste representaba para él ese espíritu de combate que le acompañó en el frente en Europa y en el frente del tablero de dibujo durante tantos años de servicio a las viñetas.

New Gods #8 (1972), Jack Kirby (tintas de Mike Royer)

En Capitán América: El primer Vengador, está todo esto, y hay más cosas, como la representación de América como «la tierra de las oportunidades». Peter Parker pasa de alfeñique a superhombre por un azar, por un capricho del destino. Sin embargo, el pusilánime Steve Rogers se convierte en el supersoldado porque lo desea fervientemente. Es decir, no desea convertirse en soldado, ojo, sino que desea ayudar a sus congéneres y detener la carnicería, y si tu voluntad es fuerte, América te ofrece la oportunidad, nos dice esta película. Y te lo crees porque, si bien el guión no es bueno, sin embargo la película sí está bien escrita. Y en ningún momento está tan bien escrita como en el origen.

Hay que decir que el origen siempre ha sido lo mejor del Capitán América. De hecho, ha sido casi lo único que tenía el Capitán América. Después de una andadura gloriosa durante los años 40 (y menos gloriosa y mucho más breve en los 50), el Capitán América se insertó en el Universo Marvel en 1964 (The Avengers #4). A partir de ese momento, su origen -tal y como se había contado durante la Edad de Oro- se volvió a contar con mucha frecuencia, pero el personaje vagó de aventura en aventura sin llegar a formar nunca un verdadero mundo propio y un elenco de secundarios convincente. Parecía incapaz de superar el círculo nutriente de S.H.I.E.L.D. (Nick Furia, Sharon Carter) y los Vengadores, que le había acogido a su llegada, y hasta los años 70 el Capitán América era un individuo a la deriva, un hombre sin vida. Con un origen lejano, pero sin un presente, y con un futuro dudoso. Era un símbolo tan perfecto que resultaba imposible rellenarlo de humanidad.

Ese origen queda definido en las primeras páginas de Captain America Comics #1 (1941), donde se despacha de forma sumaria y casi anónima. Estados Unidos es víctima de las maquinaciones de los saboteadores quintacolumnistas que intentan debilitar a la nación ante su inminente entrada en combate en el conflicto mundial. J. Arthur Grover, director del FBI, tiene un plan para luchar contra los espías. El plan no se nos explica, sino que acompañamos a un grupo de autoridades hasta el escenario donde se desarrollará: una tienda de antigüedades, aparentemente inofensiva, donde una anciana armada les recibe con enigmáticas palabras: «Han descubierto la fórmula... ¡Los están esperando!» Entonces descubrimos que la tienda es sólo una fachada, y un científico de bata blanca nos conduce a un laboratorio «sorprendentemente moderno». Nada es lo que parece, y la anciana dueña de la tienda se quita una máscara de goma para descubrirse bajo ella como una bella agente, X-13. Por fin, en la última tira de la página 4, da comienzo el experimento y vemos por vez primera a Steve Rogers, todavía sin nombre, un mero «débil joven» que, descamisado, se somete a la inyección que le aplica un científico con bigote. En la página siguiente, y a lo largo de cinco viñetas, el «débil joven», rodeado de un halo, se transforma en un mocetón musculoso, y el orgulloso científico anuncia: «¡Te llamaremos Capitán América, hijo! Porque, como tú, América obtendrá las fuerzas para proteger nuestras costas!» La última viñeta de esa misma página anuncia la tragedia continua que será la vida futura del Capitán América: un espía nazi echa mano a su arma. En la página siguiente, al grito de «¡Muerte a los perros de la democracia!», acaba con la vida del profesor («Reinstein», como descubrimos en ese momento en labios del propio Capitán América). El primer acto del recién nacido supersoldado es detener a sopapos al agente enemigo, en una de las primeras grandes escenas de acción de las tantas que nos dejaría Jack Kirby a lo largo de las cuatro décadas siguientes. Acabada la escena del «origen» con la muerte por electrocución accidental del espía (al fin y al cabo, una manera de ahorrar costes al estado), en la viñeta siguiente vemos ya al Capitán América enmascarado y corriendo sobre un mar de titulares. Es la mínima transición a una escena cotidiana en un campamento militar, donde encontramos a Steve Rogers, identificado por vez primera en la viñeta 7 de la página 7 (de 8) de la historia. Allí, Rogers, que apoyado en un bastón y fumando aristocráticamente en pipa parece una extraña mezcla entre un recluta y Bruce Wayne, conversa con el joven Bucky Barnes, un adolescente mascota del regimiento. Bucky, lógicamente, está emocionado por la aparición del «misterioso» Capitán América, así que no es de extrañar que su sorpresa sea mayúscula cuando en la última (media) página, la 8, irrumpe en la tienda de campaña para descubrir a Rogers desenmascarado y con el uniforme del superhéroe. Una situación incómoda que el Capitán América resuelve con esa chispa de inspiración espontánea que sólo los justicieros enmascarados tienen: «A partir de ahora, ambos debemos compartir este secreto... ¡Eso significa que eres mi compañero, Bucky!» La última viñeta ya muestra al Gran Héroe Americano corriendo hacia el peligro en compañía de un niño con antifaz, expresamente para luchar «contra los elementos perversos que quieren derrocar al gobierno de Estados Unidos», pero tal vez con la esperanza secreta por parte del superhéroe de que alguno de esos elementos malignos acabe con el riesgo para su seguridad personal que supone el conocimiento de su identidad secreta por parte de un adolescente.


Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby

Este origen fue recuperado casi paso por paso en Tales of Suspense #63 (1965), de Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Frank Ray). En planteamiento y desarrollo la historia es idéntica, hasta el punto de calcar algunas viñetas, como la de la anciana que se quita la máscara para revelarse como una joven, una manera simbólica de anticipar la forma en que Steve Rogers se desprenderá de su debilidad para revelar su fuerza interior. En esta ocasión, Steve Rogers es identificado en la primera viñeta en la que aparece, en la página 3, aunque el científico responsable del suero supersoldado cambia de nombre y ahora se llama Erskine. Sin importar su nuevo nombre, es igualmente víctima del atentado nazi, y el Capitán América vuelve a detener al espía enemigo en su primera acción, para a continuación pasar a convertirse en el símbolo enmascarado de la lucha contra los saboteadores. La historia nos lleva de nuevo al campamento, donde conocemos al soldado Rogers y a la mascota Barnes, y una vez más Bucky descubre que su amigo es también su ídolo superheroico. Esta vez, quizás considerando que en el origen de 1941 era demasiado descabellado que el Capitán propusiera a Bucky ser su compañero, es el niño el que pide al soldado formar sociedad, a lo que Rogers contesta inmediatamente: «Parece que no tengo alternativa». La coda de la historia es una pequeña escena de acción en la que el Capi y Bucky detienen a una banda de espías que intentaban abordar las costas americanas.



Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby


Tales of Suspense #63 (1965), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Frank Ray)

Poco después, en Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Syd Shores) volvían a contarnos el origen del héroe abanderado (y Bucky) en una versión más espectacular y meticulosa, pero esencialmente idéntica a las anteriores. Por no alargar más la cosa, allí están todos los elementos: el alfeñique Rogers (presentado por primera vez antes del experimento), la tienda de antigüedades, la anciana que en realidad es una bella agente secreta, el científico que morirá llevándose el secreto de la fórmula (ahora vuelve a ser el Profesor Reinstein), el espía infiltrado. Se añade el elemento de los Vita-Rayos que complementan el efecto del suero supersoldado. La transición entre el experimento y la vida militar de Rogers sigue siendo una viñeta del Capitán sobre un fondo de titulares de prensa. De nuevo Bucky le descubre y de nuevo el Capitán se conforma con aceptarle como socio con un mero: «Parece que no tengo alternativa».

Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Syd Shores)

El origen era tan perfecto y estaba tan fijado que, cuando en 2007 Ed Brubaker, Steve Epting y Frank D'Armata lo resumen (porque ya no tiene sentido volver a contarlo) en Captain America (volumen 5) #25, no tocan nada (salvo dejarse fuera la parte de Bucky). La película es lo bastante inteligente como para saber recoger esos elementos icónicos, desde el alfeñique hasta la tienda de antigüedades, y simplemente ajustarlos para un mejor efecto apretando los tornillos donde debe. Así, el acento en el (anteriormente implícito) origen alemán del científico inventor del suero supersoldado hace que la dimensión nacional del héroe se vuelva mucho más simbólica: la América del Capitán América no es sólo la de los americanos, es también la de los hombres de buena voluntad, la de los demócratas de todo el mundo; al Capitán América no le mueve el odio hacia el enemigo, le mueve el amor hacia sus semejantes. Por otra parte, la cápsula metálica, el capullo de hierro donde el gusano Rogers se transforma en la mariposa supersoldado, subraya el sentido de Monstruo de Frankenstein bien hecho que siempre tuvo el original. Digamos que el origen cinematográfico anima incluso las lecturas más perversas del personaje: el Capitán América como hijo del complejo industrial-militar (allí está Howard Stark, trabajando codo a codo con el ejército). De pronto, nos damos cuenta de que Ultimates ya estaba en Captain America Comics #1 (1941), y así se cierra el círculo, porque esta película (y todo el Universo Marvel cinematográfico) es hija de Ultimates.

En el origen está también, sin duda, la que es la escena más jubilosa de toda la película, y tal vez de todas las películas de Marvel. Cuando el espía mata al profesor Erskine y escapa con una muestra del suero supersoldado por las calles de Nueva York, el recién renacido Rogers le persigue, ejercitando por vez primera sus nuevos supermúsculos. Y en esa carrera desesperada por las calles de una ciudad decorada de época, descubrimos todo el sentido de la maravilla y el asombro de ver al primer superhombre saliendo al mundo. El primero de muchos que sabemos que llegarán. De nuevo, la intertextualidad, el Universo compartido, hace que lo que estamos viendo sea mucho más grande de lo que realmente parece.

Pero Capitán América: El primer Vengador, hace algo más que explotar lo que ya estaba. En realidad, lo mejora. El sueño de cualquier niño lector de cómics de 1941 (y de cualquier friki durante las décadas siguientes) podría ser inyectarse un suero y convertirse mágicamente en un superhombre (de nuevo, la lectura perversa: América te acepta por lo que eres, siempre que seas capaz de convertirte en el perfecto espécimen físico representado por el rubio capitán del equipo de fútbol), pero había algo que nunca nos habían explicado. Sabíamos cómo se convertía Steve Rogers en supersoldado, pero no sabíamos cómo se convertía el supersoldado en el Capitán América, el Centinela de la Libertad. Capitán América se molesta en explicarlo, y por fin hace que entendamos la lógica detrás de realizar un experimento supersecreto para producir a un superhombre y convertirlo después en un mamarracho disfrazado de colorines y armado con un escudo. La dimensión propagandística del Capitán descubierta por el cine lo convierte inmediatamente en realidad. En metarrealidad, casi podríamos decir, o en una realidad absurda, pero de ésas tenemos muchas en este mundo que habitamos.

Igualmente, la película dialoga constantemente con el personaje de Bucky, sin duda una de las ideas más difíciles de justificar. La idea del sidekick juvenil, tan popular en los 40, siempre ha sido una de las más problemáticas de los superhéroes originales. Pero si costaba tragar que Batman acogiera a Robin, más difícil de explicar resultaba que el Ejército de Estados Unidos mandase al frente a su supersoldado el del escudo acompañado de un niño de 15 años desarmado y tocado con un antifaz. En la película, Bucky es un soldado más, el amigo de Rogers antes de que éste se convierta en superhombre, y astutamente se invierten los papeles del héroe y el sidekick. Steve Rogers aprende de Bucky cómo los fuertes defienden a los débiles. El personaje está tratado someramente, pero con una delicadeza extraordinaria, que hace que incluso nos deje una sombra de Winter Soldier -la última encarnación que ha recibido en los modernos tebeos Marvel- cuando hace de francotirador sobre un fondo nevado y salva la vida al Capitán América. No es el único detalle que remite a los tebeos de los últimos años. El acento que se pone la valentía de Jacques Dernier, el miembro francés de los Howling Commandos, casi parece una respuesta a la celebérrima escena de la «A» del Capitán América en los Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch.

Pero en Capitán América: El primer Vengador, el origen no está completo hasta la última escena. El suero transforma al débil Rogers en el poderoso supersoldado, y el oportunismo político transforma al supersoldado en el Capitán América. Pero el Capitán América no se transformará en el verdadero símbolo americano hasta que no viva la experiencia americana definitiva: la experiencia del emigrante. ¿Y cómo se puede hacer que un personaje sea un producto profundamente nacional que contenga en sí la experiencia de la emigración? El mismo Superman, a pesar de haberse criado en Kansas, será siempre un alienígena. El Capitán América no puede permitirse eso. El Capitán América es irrenunciablemente americano, de Brooklyn de pura cepa. Pero cuando despierta en el siglo XXI, setenta años después de haberse dormido, y camina aturdido por un Times Square abrumador, el Capitán América es un emigrante temporal, un intruso en su propio mundo, un visitante en su propia tierra. Ahora, él, que está dentro, sabe lo que es llegar de fuera. Es un emigrante que viene de un país muy alejado en el tiempo, y que tendrá que encontrar su oportunidad en la nueva América, si es que sigue siendo la misma América, la América intemporal que él representa. En ese momento, el origen está completo, el Capitán América se ha forjado en dos capullos: el primero era de metal y fuego, el segundo de hielo y frío.

Capitán América: El primer Vengador representa al Capitán América de Jack Kirby en todo su esplendor, sí. El personaje es un símbolo de América, también, pero, ¿qué es América en los tebeos de superhéroes? Superman, el modelo para todos, luchaba por «La Verdad, la Justicia y el American Way of Life». Pero, ¿qué representa exactamente el American Way? Richard Reynolds (Super Heroes: A Modern Mythology, 1992) escribía: «A veces el último término se ha interpretado en un sentido nacionalista muy estrecho; los superhéroes han sido en ocasiones defensores acríticos de la política exterior de Estados Unidos. Pero con mucha mayor frecuencia, el tercer término ha representado los ideales recogidos en la constitución de EE.UU. Los superhéroes han sido mejores americanos -en el sentido en el que los padres fundadores habrían entendido el término- que la mayoría de los líderes políticos modernos americanos». Y de alguna manera, supongo que así es como podemos leer (y hemos leído) al Capitán América en Europa: como una manifestación suprema de los (criticados, erosionados, desprestigiados) valores de la Ilustración, unidos a un espíritu de lucha indomable que hace que, después del apocalipsis absoluto que fue la 2ª Guerra Mundial, los superhéroes representen la luz que nunca se apaga, la fe que nunca se pierde. Para Cioran, no se podía escribir poesía después de Auschwitz. Quizás por eso Kirby la dibujó con colores extremadamente chillones e inocentes, con trazos gruesos y rotundos, como un exorcismo íntimo que se pudiese celebrar en una eterna ceremonia colectiva infantil.

Y esa poesía que dibujó Kirby está en cada fotograma de Capitán América.

No está su nombre, pero está su obra.