«Te escribo porque este año quiero probar una cosa diferente en el blog. Te quiero preguntar cuál ha sido tu tebeo favorito del año, y si es posible, que acompañes el título de una mínima explicación, algo entre una frase y un parrafillo, pero vamos, a tu aire, que no hay restricciones. El tebeo puede ser un fanzine fotocopiado o una novela gráfica encuadernada en cuero, un webcómic, un único chiste de prensa o una serie mensual con catorce episodios, es decir, puede ser lo que quieras, no hay limitaciones de formato ni extensión, y puede estar publicado en cualquier parte del mundo y en cualquier idioma. Lo único que te pido es que compruebes por favor que realmente se ha publicado en 2013, que la memoria nos suele jugar malas pasadas y acabamos recordando como de este año cosas que en realidad son del anterior o incluso más antiguas».
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martes, 24 de diciembre de 2013
viernes, 13 de diciembre de 2013
SILVIO JOSÉ, DESTRONADO: UNA NOVELA GRÁFICA PICARESCA
Hace un par de días hablaba de Los surcos del azar, de Paco Roca, y de No os indignéis tanto, de Manel Fontdevila, como dos cómics españoles recientes que retrataban desde dos diferentes perspectivas el momento actual en el que se encuentra España. De ambos se pueden extraer algunas conclusiones sobre lo que nos ha llevado a donde estamos (la mierda absoluta, por si alguien aún no se ha dado cuenta). Pero hay un tercer tebeo que he leído recientemente y que acaba de completar esa trilogía de España, dando una pincelada más a nuestro autorretrato esperpéntico. Es el Silvio José, emperador (Astiberri) de Paco Alcázar el que pone la pieza final del mosaico.
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martes, 10 de diciembre de 2013
¡VIVA ESPAÑA! (CON PERDÓN)
Durante estas últimas semanas han aparecido algunos cómics que me han impresionado mucho. Hay un par de ellos que me parece que alcanzan la categoría de verdadero acontecimiento en la historia de nuestro medio, y siendo como son extraordinariamente diferentes, no he podido evitar leerlos sino como dos capítulos de la misma historia: Los surcos del azar de Paco Roca y No os indignéis tanto, de Manel Fontdevila (ambos publicados por Astiberri, que es a su vez la editora de Beowulf, sirva esto como disclaimer).
Tienen algunas características comunes: por un lado, son dos libros de dos de los verdaderos maestros de la historieta española contemporánea que han ido madurando poco a poco durante estos últimos años, asimilando tendencias y novedades y perfilando cada vez más su discurso, su retórica y su dominio de las nuevas herramientas de las que disponemos los historietistas en la actualidad; por otro, y esto tal vez sea lo más importante, son libros necesarios, es decir, libros que nacen de una obligación íntima del autor, de un sentido de la responsabilidad hacia la sociedad en la que viven y del deseo de dar respuesta al momento histórico por el que estamos pasando. Cada uno lo hace desde una perspectiva muy diferente y aplicando recursos muy diversos, pero creo que finalmente confluyen en su intención última.
Tienen algunas características comunes: por un lado, son dos libros de dos de los verdaderos maestros de la historieta española contemporánea que han ido madurando poco a poco durante estos últimos años, asimilando tendencias y novedades y perfilando cada vez más su discurso, su retórica y su dominio de las nuevas herramientas de las que disponemos los historietistas en la actualidad; por otro, y esto tal vez sea lo más importante, son libros necesarios, es decir, libros que nacen de una obligación íntima del autor, de un sentido de la responsabilidad hacia la sociedad en la que viven y del deseo de dar respuesta al momento histórico por el que estamos pasando. Cada uno lo hace desde una perspectiva muy diferente y aplicando recursos muy diversos, pero creo que finalmente confluyen en su intención última.
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miércoles, 30 de octubre de 2013
NADA PERDURA
Dos años y medio después de la entrega anterior, por fin llega el Palookaville #21 (Drawn & Quarterly, 2013), de Seth. De nuevo en forma de libro, si cabe aún más exquisito de presentación, y de nuevo con contenidos diversos. Y releyendo lo que escribí sobre el número 20, casi podría recuperarlo punto por punto. Seth carga con una losa muy pesada desde hace tiempo, que es Clyde Fans, y yo estoy deseando que se desembarace de ella. Este número incluye las 30 páginas de la cuarta entrega, que se leen como un compromiso pesado con el que el autor cumple por puro pundonor. Aunque quién sabe, tal vez una futura edición integral me haga releerlo de otra manera.
Mientras llega ese momento, cada nueva página que Seth entrega fuera de Clyde Fans me descubre nuevas capas en un autor que a veces tengo la sensación de que vive una lucha interna. Tuve la ocasión de ver a Seth en persona en la última SPX, y allí me pareció un poco atrapado por su propio personaje. Ojo, no quiero decir que no se encuentre cómodo con su traje, sombrero y corbata, que es evidente que ya son para él como su propia piel. Pero sí me pareció que como autor ha desarrollado un perfil algo rígido que ahora le esclaviza, y dado que Seth se mueve con la velocidad de los glaciares, cambiar de rumbo le cuesta un mundo. Lo está intentando en Clyde Fans, pero sin duda donde ha encontrado su mejor vía de escape ha sido en sus cuadernos de bocetos, de los que debe de llenar una cantidad inimaginable. Es de ellos de donde en mi opinión proceden sus mejores obras: Wimbledon Green y, sobre todo, La G. N. B. doble C, y creo que también es evidente la huella de esos cuadernos en George Sprott. En el anterior Palookaville también nos encontramos con otra joya extraída de ese origen, la estremecedora «Calgary Festival». Y en este último ejemplar Seth de nuevo se supera con dos extracciones de sus apuntes privados.
La primera es original por su proceso, ya que se trata de varias tiras tomadas de su «Rubber Stamp Diary». ¿En qué consiste ese «diario del sello de goma»? Según explica el propio Seth, ante las dificultades prácticas que plantea desarrollar un diario dibujado al mismo tiempo que se produce una obra historietística continuada, tuvo la ocurrencia de producir una serie de sellos de goma con diversas imágenes genéricas (Seth paseando, Seth dibujando, una casa, el cielo, etc.) que le sirvieran de atajo a la hora de plasmar en viñetas esas estampas cotidianas que quería recoger. Como Seth explica, el sello más utilizado es el que marca tan sólo un marco de viñeta, dentro del cual dibuja precipitadamente algo a lo que no pueden dar respuesta los diversos sellos preparados. Así, las historietas resultantes son una mezcla de estampados y dibujos nuevos, y transmiten todas el aire de espontaneidad y sinceridad que se puede esperar de algo improvisado en apenas unos minutos.
La segunda pieza es más convencional en su factura. «Nothing Lasts» se presenta como extraída del sketchbook number 10, y es la primera entrega de un largo relato autobiográfico que se retrotrae a la infancia y la vida familiar, escolar e imaginativa del autor. En la entrada anterior decía que Pope ha necesitado de cierta madurez para encontrarse con lo que de verdad quería decir. Tengo la sensación de que a Seth le está pasando algo parecido. «Nothing Lasts» conmueve por la veracidad y sencillez de cada recuerdo recobrado, y lo hace de una manera a la que el Seth de los años 90 no habría podido ni acercarse. El título resulta irónico. Puede que nada perdure en la vida, pero si algo perdura de la obra de Seth, ahora mismo diría que «Nothing Lasts» es lo que más papeletas tiene para conseguirlo.
jueves, 24 de octubre de 2013
LOS CHICOS SON GUERREROS
Hace unas semanas se montó cierto alboroto por unos comentarios de Paul Pope en los que venía a decir que había propuesto a DC una serie de Kamandi planteada como un clásico tebeo de aventuras para público juvenil, y se había encontrado con que un editor le respondía que ellos no hacían tebeos para chavales, sino para gente mayor de 45 años. El proyecto, evidentemente, quedó abortado.
Ahora acaba de aparecer el primer volumen de Battling Boy (First Second, 2013, guión y dibujo de Pope, color de Hilary Sycamore) y por fin podemos ver cuáles eran las intenciones de Pope. En parte, casi diría que Battling Boy es la crisis de los 40 de Pope. Porque algunos de los veteranos todavía tenemos en la cabeza la idea de Pope como joven promesa rompedora, pero lo cierto es que ya es un señor (como los que tenemos esa idea en la cabeza). Y conste que no digo lo de la crisis de los 40 con intención peyorativa. Las crisis de los 40 pueden ser muy productivas si no te limitas a comprar un deportivo y a volver a asistir a conciertos de rock. Te pueden dar un equilibrio y una perspectiva que tal vez antes te faltaban, un poco ansioso por la necesidad de demostrar las cosas. Y es eso lo que veo en Battling Boy: un Paul Pope que por fin ha llegado a la obra que llevaba toda su vida buscando pero que no acababa de encontrar del todo.
Battling Boy encauza todas las corrientes que siempre han animado a Pope en un solo y productivo caudal. Está el manga, está Jack Kirby y está el barniz arty. Todo junto en un vehículo que aunque está perfectamente calculado no ha perdido la chispa de lo sincero, y servido en un formato pensado para nuestros tiempos: un librito a color de 200 páginas, asequible (apenas 16$) pero atractivo. Digamos que un tankobon a la americana programado para multiplicarse en amazon y Barnes & Noble, no para quiméricos kioscos.
La idea de recuperar las viejas fórmulas del tebeo de género comercial y juvenil y actualizarlas para los usos y el público de nuestros días no es nueva. Algo de eso ya había en la línea ABC de Alan Moore, por ejemplo. Y en cierta manera es un viejo sueño de todos los que nos criamos dentro de la cultura de series y personajes del cómic de los 70 y que nos convertimos en autores en un mundo donde eso ya pertenecía al pasado. A la pregunta de si hay alguna forma de recuperar esa edad dorada perdida, algunos responden con la mera reiteración de modelos, fórmulas y formatos de otros tiempos. La respuesta de Pope, sin embargo, es la de trasladar valores que él entiende esenciales del cómic de aventuras a un conjunto estético y comercial moderno. Quedarse con la intención y variar lo demás.
Creo que Pope ha hecho admirablemente lo que tenía que hacer: Battling Boy es una lectura estupenda que va creciendo con cada página. Aunque el primer volumen está subdividido en episodios que podrían haberse desintegrado en comic books de 24 páginas, creo que el formato de 200 páginas influye de forma decisiva en la experiencia de la lectura. Hace que te sumerjas mucho más en el mundo de Arcopolis y sus personajes, y finalmente contribuye en gran medida a que el tebeo te absorba.
Me queda la duda de si será too little, too late. Una obra necesita un mercado donde insertarse, y no sé si el mercado de la novela gráfica young adult americano está ahora mismo para soportar esfuerzos serializados como Battling Boy, salvo si son megaéxitos como Scott Pilgrim. Por otra parte, el hecho de que yo haya disfrutado mucho con su lectura me dice poco de cómo pueda afectar a un chaval de doce años, que supongo que es el target de este tebeo.
En todo caso, la voluntad de hacer un esfuerzo autoral con sentido comercial parece decidida por parte tanto del autor como de la editorial, y ya se ha anunciado una secuela de Battling Boy protagonizada por uno de los personajes más interesantes de este primer volumen: The Rise of Aurora West. Un cómic que, atención, está dibujando David Rubín. Lo más alucinante es que David ha estado dibujando Beowulf y Aurora West al mismo tiempo. No me preguntéis cómo lo hace.
Por lo que me cuentan, Battling Boy ya tiene editor en España, así que no tardaréis en poder disfrutar de este manga kyrbiano. Le deseo toda la suerte del mundo.
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viernes, 14 de junio de 2013
EL ARTE SECUENCIAL NO ES ARTE
Se me ha pasado volando, ¿eh? Un mesecito en España que ha sido como un suspiro. Vuelves a la familia, a los amigos y a los tebeos, que son tu vida, y te faltan las horas para todo. De hecho, se me quedaron muchas cosas que hacer por el camino. Pero eso está bien, es como el cliffhanger que te dejas para que haya otro episodio, otro retorno necesario.
Bueno, menos poesía barata. A lo que iba: en dos brochazos gordos, diré la vibración que me ha dejado el mundillo que he tratado durante estas semanas ha sido de bulliciosa y exaltada desesperación. Lo digo como algo bueno, ¿eh? Ilusión suicida.
Cosas que he notado: todo el mundo está acojonado con la crisis. Muy acojonado. La crisis afecta a todos, no sólo a las editoriales, tiendas y distribuidoras de cómic, por supuesto. Es una realidad inevitable, de manera que la cuestión es cómo responde cada uno a esa crisis, cómo está de preparado y qué estrategias va a seguir para sobrevivir. Mucha gente se va a quedar por el camino, eso está claro, porque se están quedando en todos los sectores. De hecho, casi sorprende que el derrumbe del cómic no haya sido mayor de momento. Pero los próximos meses parece que pueden ser decisivos para pintar el escenario del futuro. Las cosas están entre mal y muy mal en el país, y ahora mismo todos se preguntan quién va a aguantar y quién no. Esto es como una película de crimen en la que los convidados saben que la luz se va a apagar y que cuando se encienda otra vez habrá uno apuñalado. Y todo el mundo cruza los dedos para que no le toque a él.
Algunos hacen más que cruzar los dedos, por cierto. Por eso, porque cantando se ahuyenta el miedo o porque la orquesta tiene que seguir tocando mientras el barco se hunde, el caso es que entre el colectivo creativo he descubierto un entusiasmo, un buen humor y una camaradería que, si la memoria no me falla -y tengo edad para que empiece a hacerlo- no recordaba desde... nunca. En realidad, creo que es el auge de las redes sociales el que durante este último par de años ha fomentado la creación de una comunidad del cómic español en la que se sienten integrados autores de lugares muy diversos pero con intereses parecidos, y que en los centros de atracción de las grandes capitales se concreta en jolgorios multitudinarios. Luis Bustos me contaba que eso había pasado en Barcelona, y por lo que pude comprobar de primera mano, está pasando en Madrid. Cada viernes que estuve allí hubo un acto relacionado con el cómic, y muchas veces incluso dos. Y después de cada evento, muchos autores y editores reunidos tomando cañas y yéndose a cenar y de copas. Empieza a haber una cohesión, o eso parece.
Bueno, menos poesía barata. A lo que iba: en dos brochazos gordos, diré la vibración que me ha dejado el mundillo que he tratado durante estas semanas ha sido de bulliciosa y exaltada desesperación. Lo digo como algo bueno, ¿eh? Ilusión suicida.
Cosas que he notado: todo el mundo está acojonado con la crisis. Muy acojonado. La crisis afecta a todos, no sólo a las editoriales, tiendas y distribuidoras de cómic, por supuesto. Es una realidad inevitable, de manera que la cuestión es cómo responde cada uno a esa crisis, cómo está de preparado y qué estrategias va a seguir para sobrevivir. Mucha gente se va a quedar por el camino, eso está claro, porque se están quedando en todos los sectores. De hecho, casi sorprende que el derrumbe del cómic no haya sido mayor de momento. Pero los próximos meses parece que pueden ser decisivos para pintar el escenario del futuro. Las cosas están entre mal y muy mal en el país, y ahora mismo todos se preguntan quién va a aguantar y quién no. Esto es como una película de crimen en la que los convidados saben que la luz se va a apagar y que cuando se encienda otra vez habrá uno apuñalado. Y todo el mundo cruza los dedos para que no le toque a él.
Algunos hacen más que cruzar los dedos, por cierto. Por eso, porque cantando se ahuyenta el miedo o porque la orquesta tiene que seguir tocando mientras el barco se hunde, el caso es que entre el colectivo creativo he descubierto un entusiasmo, un buen humor y una camaradería que, si la memoria no me falla -y tengo edad para que empiece a hacerlo- no recordaba desde... nunca. En realidad, creo que es el auge de las redes sociales el que durante este último par de años ha fomentado la creación de una comunidad del cómic español en la que se sienten integrados autores de lugares muy diversos pero con intereses parecidos, y que en los centros de atracción de las grandes capitales se concreta en jolgorios multitudinarios. Luis Bustos me contaba que eso había pasado en Barcelona, y por lo que pude comprobar de primera mano, está pasando en Madrid. Cada viernes que estuve allí hubo un acto relacionado con el cómic, y muchas veces incluso dos. Y después de cada evento, muchos autores y editores reunidos tomando cañas y yéndose a cenar y de copas. Empieza a haber una cohesión, o eso parece.
Javier Olivares, Pep Brocal y Alberto García Marcos
en la presentación de «Alter y Walter»
en La Central de Callao, el 17 de mayo
El primer acto fue especialmente entrañable para mí, quizás por eso del reencuentro. Se presentó Alter y Walter, un exuberante tebeo que Entrecomics Comics le ha publicado a Pep Brocal, y sucedió en La Central de Callao. Era también la primera vez que yo visitaba la nueva tienda de La Central en Madrid, porque la habían inaugurado mientras yo estaba en Estados Unidos. La librería en general es un paraíso para los hipsters como yo, pero la sección de cómic es sencillamente espectacular, y creo que buena parte del mérito es de Mireia Pérez, la dibujanta de La muchacha salvaje, que lleva el departamento con el mismo ojo que si estuviera eligiendo cómics para su propia lectura. O sea: mogollón de fanzines, importaciones raras y títulos de vanguardia ocupando el primer plano. Es una sección muy en sintonía con la que lleva Toni Mascaró en La Central del Raval, y creo que a Madrid le hacía mucha falta algo así.
Aparte, el acto escenificó un poco esa hermandad de la que hablábamos, y en la que también están ejerciendo de aglutinadores las microeditoriales con ideas como la propia Entrecomics Comics o la excepcional ¡Caramba! de Manuel Bartual y Alba Diethelm. Cuando uno ve a esta gente junta no tiene la sensación de que sean competidores, sino compañeros de viaje, y que son muy conscientes de que lo que beneficia a uno beneficia al otro, y al final a todos.
Julio Soria, Paco Alcázar, Lorenzo Pascual y Han Solo
en la presentación de «Huracán de sensatez»
en Generación-X el 24 de mayo
La semana siguiente hubo todavía más mogollón, porque el viernes coincidió la presentación de Huracán de sensatez de Paco Alcázar, publicado por Diábolo, con la de Panorama y Supercómic. Afortunadamente, la de Paco fue un poco antes y todos pudimos más o menos repartirnos entre una cosa y otra, pero ése fue el día en que me di cuenta de que el nivel de intensidad de la actividad festivo-cartunista en Madrid era mucho más elevado del que recordaba en los buenos viejos tiempos de... 2012.
Óscar Palmer, el Capitán Mandorla y Miguel Ángel Martín
en la presentación de «Panorama» y «Supercómic»
en la Fnac Callao el 24 de mayo
A la semana siguiente fue la presentación del espectacular Pulir, de Nacho García, que ha publicado Fulgencio Pimentel, en el Madklyn. Y por fin, para mi último fin de semana en Madrid, el calendario estaba repletito. El viernes, Canódromo Abandonado presentaba Esto se ha hecho mil veces, el alucinante libro de Xabi Tolosa que ha publicado ¡Caramba!, en El Molar, y el sábado se celebraba la fiesta Los 400 golpes de Astiberri en el Picnic. El plato fuerte fue la presentación de los dos primeros libros de la colección Leyendas Urbanas de Astiberri, dos joyitas de David Sánchez y José Domingo.
Alberto García Marcos lee un poema en la presentación de «Pulir»,
de Nacho García (que está detrás, siento la lamentable foto)
en el Madklyn, el 31 de mayo.
Xabi Tolosa (derecha) hace entrega de una página original a Dani,
lector que la había ganado en subasta por internet,
en El Molar, el 7 de junio.
Gerardo Vilches presenta «Videojuegos» de David Sánchez
y «Conspiraciones» de José Domingo
en el Picnic el 8 de junio.
Si os habéis fijado en la secuencia, habréis observado que CADA ACTO FUE EN UN SITIO DISTINTO. Librerías generalistas, librerías especializadas y garitos nocturnos diversos. O sea, que no es que el Grupito Madrileño tenga una cueva que le sirva de refugio, sino que se expande por toda la geografía castiza e invade espacios que anteriormente eran ajenos al cómic. A mí eso me parece fenomenal, y me parece más fenomenal aún que se rompa con la práctica de convertir las presentaciones en una rutinaria sesión de preguntas-respuestas al autor donde se empieza preguntándole qué tebeos leía de pequeño y se acaba indagando sobre sus futuros proyectos con una escala obligatoria en cuál-es-tu-opinión-sobre-la-polémica-novela-gráfica. Así, en la presentación de Alter y Walter, Javier Olivares hizo un original psicoanálisis gráfico a Brocal; en la de Pulir, Alberto García Marcos se destapó con la lectura de un descacharrante poema escrito en un rollo de papel higiénico; Canódromo Abandonado proyectó vídeos y propuso karaokes para presentar el libro de Xabi Tolosa, y en la fiesta de los 400 Golpes Gerardo Vilches sometió a David Sánchez y José Domingo a un exhaustivo test sobre leyendas urbanas que tuvo tal vez su momento álgido con un David muy serio explicando que los surcos concéntricos en el campo son reales y no un invento mientras sobre su cabeza se proyectaba una imagen de Hello Kitty grabada sobre el terreno. En resumidas cuentas, que fueron actos divertidos y abiertos, actos que cualquiera que pasara por allí podía disfrutar sin mayor preparación previa.
Supongo que a lo que voy es a que me gusta ver al cómic integrado en la sociedad, formando parte del paisaje común. Y al respecto, creo que una buena señal que percibí fue el interés de los medios de información generalistas por Panorama y Supercómic. El primero salió a la venta el 24 de mayo, justo cuando yo estaba en Madrid, mientras que el segundo había salido apenas unas semanas antes y todavía estaba reciente. La última vez que había publicado algo fue en 2010, con La novela gráfica, y si bien aquel libro atrajo mucha atención por parte de la prensa, lo de estos dos ha sido mucho más exagerado. No sé la cantidad de entrevistas que me han hecho, tanto para radio como para medios escritos, y como decía antes, la mayoría fueron para medios no especializados. Pero no es sólo un aumento en la cantidad lo que he apreciado, sino también en la calidad. Aunque sigue habiendo gente despistada, esta vez me he encontrado con un buen número de periodistas que no sólo están perfectamente informados sobre el cómic actual, sino que incluso son lectores habituales. Periodistas profesionales que saben de cómic. Impresionante. Creo que lo voy a escribir otra vez para ver si me lo acabo de creer: Periodistas profesionales que saben de cómic. Está pasando, ¿eh?
Lorenzo Pascual, editor de Diábolo, y el Mandorlanaut,
en la Feria del Libro el 8 de junio.
Otro acto de la sociedad general (o al menos de la cultura general) en el que la participación del cómic también se va naturalizando es la Feria del Libro, ese campamento de casetas llenas de papel que ocupa el Retiro durante tres semanas y que también coincidió con mi estancia. Allí tuve una animada conversación con Lorenzo Pascual, el editor de Diábolo, que es uno de los que lucha contra la crisis probando fórmulas nuevas, como editar directamente sus tebeos de autores españoles en Francia, Italia, Alemania y Estados Unidos (yo he visto los libros que han sacado de Juan Berrio y Mauro Entrialgo en las tiendas de Baltimore). Pero Lorenzo es, además, uno de los personajes del mundillo más especiales para mí, porque lo conozco desde que ambos teníamos seis años, probablemente. Ambos íbamos al mismo colegio, y nos convertimos el uno para el otro en «el amigo de los tebeos». Para colmo, veraneábamos en dos localidades vecinas de Levante, de manera que durante las vacaciones podíamos recorrer juntos los kioscos estivales en busca de los valiosos y raros comic books americanos que por aquel entonces se distribuían en las zonas donde se concentraban los turistas extranjeros. (Que sepas que todavía no te he perdonado que te llevaras delante de mis narices el último ejemplar de Uncanny X-Men #137, Lorenzo). Compartimos nuestra afición por los cómics durante toda la infancia y la adolescencia, y luego la vida nos separó hasta que, años después, durante una de mis primeras sesiones de firmas como autor en el Salón del Cómic de Barcelona, Lorenzo se presentó ante mí para informarme de que ahora él era editor. A veces me parece mentira que los dos niños que leían tebeos de Vértice en el colegio acabaran a la vuelta de los años dedicados a hacer tebeos, cada uno por su cuenta. Ya sólo falta que los dos nos hagamos millonarios y entonces creeré definitivamente en las hadas. Bueno, bastaría con que me pasara sólo a mí, ejem.
Si alguien ha llegado hasta aquí, ahora tengo una consulta pública que hacer. Me he dado cuenta de que empiezo a acumular una cierta cantidad de fotos de gente del cómic, y me gustaría compartirlas de una forma que fuese práctica y accesible para quien tenga interés por ellas. Mi pregunta es: ¿cuál sería la mejor plataforma para hacerlo? ¿Flickr, Tumblr, Wordpress... Fotolog? Algún amigo ya me ha dado su opinión, pero si alguien quiere expresar la suya a través de los comentarios, se lo agradeceré enormemente.
Por último: los tebeos.
Lo que importa al fin y al cabo, ¿no?
Resulta que en apenas cuatro semanas he intentado ponerme al día con lo mejor que se ha publicado en España durante nueve meses. O sea, zumo muy concentrado, exprimido de las mejores naranjas nacionales y de importación. ¿Y sabéis qué? Que es abrumadora la cantidad de tebeos acojonantes que se han publicado en España entre agosto de 2012 y junio de 2013, y es acojonante la calidad con la que se han editado. Y si no os habéis dado cuenta, es que sois tontos o no os gustan los tebeos.
A veces pienso que estas cuatro semanas han sido una carrera desesperada por ponerme al día en los huecos que me dejaban los compromisos sociales. Y hay demasiado que leer como para hacerlo en tan poco tiempo. Ésa es la pura, cruda y dura verdad. Y si no sabes de qué estoy hablando, voy a hacer un puñado de sugerencias, mencionando la cuatro cosas que más me han llamado la atención durante estos días, por si quieres hacerte una idea.
«El cazador cazado», Moebius
Por empezar por algo clásico: El cazador cazado (Norma) de Moebius es un verdadero festín, visual y material (la calidad de la edición es algo que nos habría dado risa hace sólo diez años). Éste es el Moebius que a mí me gusta, el que se puede tomar verdaderamente como el primer primitif cosmique. En él está la fantasía que aplasta al guión, el trazo vivo y el placer puro del dibujo, y en El cazador cazado está además en un grado superlativo que no se encuentra, por ejemplo, en el muy mediocre Arzak el vigilante (Norma). Supongo que es una broma que le dieran a este libro el premio a la mejor obra extranjera en el Salón del Cómic de Barcelona. Evidentemente, Moebius a tope es mucho Moebius, y en esta aventura del Mayor Gruber está exuberante, y produce un júbilo casi religioso ver la naturalidad con la que hace lo que quiere, con especial incidencia en los contrastes sorprendentes: la línea enrevesada y el vacío inmenso, o el choque de escalas, por ejemplo: el plano detalle agigantado y el plano general diminuto. Sólo por el pasaje en el que el Mayor se convierte en un sumiso celador de museo y la viñeta en la que aparece entrado en kilos y vulgarizado, dormitando bajo un cuadro fantástico, ya merece la pena todo el libro. En fin, que no puedo ni empezar a explicar cuánto me gusta este Moebius, y de hecho me ha hecho revisar otros libros suyos. Desde luego, es uno de esos Grandes Autores de los que no me gusta todo lo que hace, pero cuando me gusta, me vuelve loco. Aunque mejor no voy a entrar en eso, es demasiado tema y demasiado complicado y éste no es el momento ni el lugar.
«La gran odalisca», de Vivès, Ruppert y Mulot.
Por seguir con la línea francesa, el último libro de Bastien Vivès publicado por Diábolo es un festín. La gran odalisca, realizado por el joven maestro en compañía de los experimentales Ruppert y Mulot sólo se entiende como una colisión entre el cine de acción espectacular y la nouvelle vague, una especie de Los Ángeles de Charlie posmoderno protagonizado por una banda de jovencitas superladronas de arte. Con sus interferencias de lo psicológico en lo formulaico, parece que quisiera remendar un tallo muy prometedor que la nouvelle bd nos ofreció a principos de siglo y que parecía haberse disuelto un poco: el de la renovación de los viejos géneros que emprendieron hace más de diez años los Blain, David B., Sfar y demás. Tal vez es algo que Vivès ya intentara con Merwan en Por el imperio, pero que creo que aquí alcanza mucho mejores resultados. Tal vez por el ánimo inquieto y vitriólico de Ruppert y Mulot, una pareja que son como un laboratorio de pruebas para la historieta. Precisamente Ruppert y Mulot hicieron su debut en Estados Unidos hace unos meses, con un volumen extraodinariamente imaginativo y extraordinariamente perverso (el argumento gira en torno a unos documentalistas que quieren grabar las prácticas de zoofilia que supuestamente se producen en un zoológico) titulado Barrel of Monkeys (Rebus Books).
[Os recomiendo esta reseña de La gran odalisca que publica Absence en Gencómics: «Vivès y las hembras (de acción)»]
«La familia», Bastien Vivès.
Claro, para mí sería muy fácil atribuir la mala leche que impregna La gran odalisca a Ruppet y Mulot, pero hay que decir que el propio Vivès no anda escaso de la misma. La familia (Diábolo) forma parte de una serie de libritos que ha publicado recientemente, de los cuales éste es el único que he leído. Y es extraordinario, a la vez que de una crueldad extrema. En parte lo que ofrece es la clásica crítica de la familia burguesa que anima tantas comedias típicas francesas, insufribles todas ellas, pero Vivès se lanza con tal salvajismo y deleite al desmontaje de la gran mentira que nos arranca una risa espeluznante. Después de la decepción que me supuso Polina, La gran odalisca y La familia me han reconciliado con Vivès.
«La infancia de Alan», Emmanuel Guibert
Cierro el capítulo de franceses con La infancia de Alan (Sinsentido), de Emmanuel Guibert, que amplía el retrato de un personaje que se trazaba en La guerra de Alan. Para mi gusto personal, cuando Guibert es bueno, es de lo mejor del mundo actualmente. No hay tebeos mejores que El fotógrafo o los volúmenes de Alan. A veces creo que hay territorios en el cómic a los que sólo Chris Ware y Emmanuel Guibert han llegado. Y una de las cosas que le hace grande es la sencillez con la que se despliega. Nada es extraordinario de una forma evidente en La infancia de Alan, pero todo está medido con una sabiduría infinita: la capacidad para variar en el grado justo el estilo de dibujo, el enfoque de la narración y el diseño de la página hacen que siempre consiga dar el matiz adecuado, y que de pronto haya una profundidad casi líquida en sus páginas. Guibert hace más grande el cómic, y me alegro muchísimo de que Alberto García Marcos pudiera entrevistarle para Supercómic.
«Hokusai», Shotaro Ishinomori
Una de las cosas maravillosas del cómic en España ahora mismo es cómo ha crecido el manga desde sus inicios. Y el progreso también se ha producido tanto en los contenidos y tendencias como en las formas. Por ejemplo, Planeta-DeAgostini está reeditando dignamente esa Obra Magna que es el Fénix de Tezuka (y recomiendo vivamente otro Tezuka inminente que va a salir en Astiberri, El libro de los insectos humanos). De un autor que en cualquier parte del mundo es experimental y hasta marginal, como Shintaro Kago, se han publicado cuatro (¡cuatro!) libros en un año, tres desde la última vez que estuve en España, en agosto pasado (todos ellos en EDT). No sé si esto puede ser incluso un tanto excesivo. He probado también las primeras entregas de dos mangas para adultos prometedores y muy divertidos, ambos publicados por Norma: I am a Hero de Kengo Hanazawa y Thermae Romae, de Mari Yamazaki. El primero plantea un apocalipsis zombie donde el superviviente es un mangaka, y el segundo tiene un punto de partida aún más demencial: un arquitecto de termas de la época de Adriano realiza viajes fantásticos al Japón moderno, donde aprende técnicas para construir baños que aplica en la Roma imperial cuando regresa a su propio tiempo. No voy a extenderme sobre ellos, sin embargo, porque con apenas unos primeros capítulos no basta para tomar toda su medida a un manga, pero espero ponerme al día con ambas series en mi próxima visita a España.
Visto esto, el plato fuerte de manga que me he tragado durante estas semanas ha sido Hokusai (EDT) de Shotaro Ishinomori. Es decir, uno de los grandes clásicos del cómic japonés contando la vida del artista del siglo XIX que dio origen a la palabra manga. Para muchos, conocido sobre todo por su famoso grabado de la ola delante del Fuji. El volumen sobrepasa las 600 páginas y es un ejemplo excelente de cómo el manga industrial somete a sus propios códigos cualquier historia para reconvertirla en una epopeya de lucha, sufrimiento y sacrificio, en este caso centrada en la búsqueda de una gran verdad artística por parte del protagonista, que se reinventa continuamente a través de nuevos estilos y nuevos nombres, los cuales asume para cada fase distinta de su vida creativa. Pero cuando digo que la historia se somete a los códigos de la industria no quiero decir que eso la rebaje. El talento narrativo de Ishinomori es tal que utiliza ese cauce para reforzar su relato, y lo que acaba haciendo es una reintrepretación del mito del artista como héroe tan poderosa que a menudo resulta hasta violenta. Me ha resultado una lectura especialmente curiosa ahora porque estoy enfrascado en mi propia biografía de artista, en compañía de Javier Olivares, y no podía evitar comparar las decisiones tomadas por Ishinomori con las que tomamos Javier y yo. Evidentemente, nunca podríamos hacer nada parecido.
«Esperando a Jean Michel», Chema Peral
«Pulir», Nacho García
Alberto Blázquez
«Usted» nº 7, Esteban Hernández
«Zendor», Jon Boam
Pero aunque España es un escaparate magnífico para el cómic internacional de ahora mismo, si hay algo que me hace ilusión encontrarme cuando vuelvo es, precisamente, el cómic español de este momento. Por empezar por lo más crudo, la escena de fanzines está tomando una inercia muy interesante. Ha salido un Colibrí nuevo, el fanzine-referencia editado por Toni Mascaró y Sergi Puyol, en esta ocasión con el deporte como tema central, y Apa-Apa sigue enarbolando la bandera de la independencia sin compromisos a través de sus deliciosos minitebeos grapados. Bueno, no tan minis, porque tanto Dictadores, un delirio doble compartido por Sergi Puyol (Francisco) e Irkus M. Zeberio (Leopoldo) como Esperando a Jean Michel, el primer tebeo largo de Chema Peral, tienen mucha enjundia. De Peral, en concreto, hacía tiempo que esperaba cosas nuevas, y esta extraña fantasía de resurrecciones musicales científicas protagonizada por Jean Michel Jarre no me ha defraudado en absoluto. Otro veterano del fanzinismo es Esteban Hernández, un autor ya con varias novelas gráficas publicadas y hasta premiadas (Pintor, El duelo) que se mantiene fiel a sus orígenes con Usted, del que ha publicado ya su séptimo número. A Esteban siempre le he visto un talento innegable y un dibujo muy personal, pero con frecuencia tenía problemas para implicarme demasiado en sus historias, tal vez porque me parecieran un punto demasiado enrevesadas, y no hablo sólo del guión. En este Usted nº 7 le he visto sin embargo más suelto y natural, más a gusto en su personaje-autor que se dirige directamente al lector para presentarse con un disfraz de sinceridad. Una rara avis que conseguí en La Central de Callao previa recomendación de David Rubín es un opúsculo titulado Zendor de Jon Boam. No se puede considerar ni siquiera cómic, sino más bien un catálogo de personajes y escenarios galácticos que tiene mucho de primitivo cósmico y que muestra un talento imaginativo desbordante. Ojalá en el futuro se enfoque hacia el cómic de forma más decidida, porque sospecho que podría darnos páginas alucinantes. En el estadio cero del fanzinismo, por llamarlo así, es donde se encuentra Alberto Blázquez, de quien conseguí un par de fanzines gracias a la amabilidad de Manuel Bartual, quien me los trajo del MEA (Maravilloso Encontronazo de Autoedición). Blázquez es la reencarnación del autor heavy callejero de principios de los 80 con una exactitud casi de reconstrucción arqueológica. «Inquisición, rumba y otros devenires» es el lema que preside su tumblr, pero creo que su mejor presentación es la colección de postales sobre el mercado de Antón Martín. Leed el artículo y, sobre todo, no dejéis de ver el vídeo: El mercado de barrio que se convirtió en dibujos.
«Pulir», Nacho García
Pulir (Fulgencio Pimentel), de Nacho García, por su parte, no pertenece en puridad a este grupo de fanzines, pero he querido asociarlo con ellos porque de alguna manera comparte su espíritu libre y lúdico. Para mi sorpresa, me he encontrado en varias conversaciones en las que se cuestionaba Pulir como un hype exagerado por parte de la prensa especializada. En realidad, creo que tan sólo ha habido dos reseñas que hablen de Pulir, la de Gerardo Vilches en Entrecomics y la de Miguel A. Pérez-Gómez en la Revista Laraña. Que parezcan excesivas dice más de la pobreza del actual escenario de la crítica especializada en España que de que estos críticos en particular se hayan vuelto locos. Y eso que en Pulir hay mucho con lo que volverse loco. Creo que es importante decir en primer lugar que Pulir no es un libro de cómic ortodoxo, sino más bien un manojo de ilustraciones, dibujos caprichosos, chistes, textos y sí, también historietas. Algo en la onda de los libros que publican con bastante frecuencia en el extranjero artistas tan conocidos como David Shrigley y que a mí me hace pensar también en algunos títulos de Marc Bell o de autores de una editorial tan conocida en Mandorla como Picturebox: por ejemplo, Jonny Negron o C. F. (su reciente Mere encaja completamente con este modelo). Pero diré más: a mí me ha hecho acordarme de otros hitos del cómic español reciente, como El pie frito de Calatayud o las historietas de Javier de Juan. Y no porque se parezca al uno o al otro, que no tiene nada que ver con ellos, sino porque respira esa misma informalidad y heterodoxia a la hora de afrontar la página, esa mezcla de técnicas del primero y ese humor socarrón y un poco castizo del segundo, aunque en este caso pasado por el filtro de la generación autista: lo que en Javier de Juan eran escenas de terrazas callejeras son aquí vapores de pop infantil. Sea como sea, quiero pensar que existe en España ahora mismo un horizonte para libros de humor (porque no podemos perder de vista que éste es un gran libro de humor) tan poco convencionales como éste. Ojo, que no digo que lo haya, sino que quiero pensar que lo hay. Y sólo saldremos de dudas si gente como Nacho García sigue publicando.
«Alter y Walter», Pep Brocal
Una de las grandes noticias de estos últimos meses ha sido el regreso de Pep Brocal, a quien en alguna ocasión llamé un dibujante secreto. Lo seguía desde los tiempos de Mr. Brain, hace ya toda una vida, pero parecía que se había perdido para la causa del cómic con el cataclismo de la historieta española de finales de los 90. Entrecomics Comics se ha encargado de rescatarle con un volumen que es un escándalo: Alter y Walter. Parece mentira que una editorial pequeña y novata pueda publicar libros tan suntuosos como éste, que incluyen hasta su lomo de tela en la tradición noble francobelga. Es de esa tradición de la que parecía venir Brocal, pero los años de exilio en el mundo de la ilustración y el grabado (especialmente en madera) le han hecho armarse con otras herramientas gráficas, y el Pep de Alter y Walter, aunque conserva su inconfundible huella personal, pues el dibujo es como una caligrafía, me recuerda más a las vanguardias históricas de entreguerras, con el maravilloso George Grosz a la cabeza. El despliegue plástico de Brocal en este libro no tiene prácticamente comparación con nada que se haya publicado en España recientemente, y está al servicio de una historia de crisis y búsqueda personal que ya tiene una larga tradición entre los mejores dibujantes internacionales (desde el desierto del Mr. Natural de Robert Crumb hasta el «Desierto B» de Moebius) y muy especialmente entre algunos nacionales de los últimos años. Estoy pensando en el Súper Puta de Manel Fontdevila, el Vapor de Max o incluso el Yo de Juanjo Sáez. El camino que elige Brocal pasa por un simbolismo psicologista que a veces no renuncia a chapotear en lo obvio, pero se redime con un final perturbador y lleno de misterio. En todo caso, en la obra de un dibujante hay que atender más al dibujo que a la percha de guión sobre la que se cuelga, y en ese sentido mi impresión es que Brocal ha elaborado a fuego lento este Alter y Walter a lo largo de muchos años, tal vez de toda su carrera, para finalmente purgarse de él y renacer, limpio y descargado de su propia historia, convertido en un dibujante nuevo fabricado con las cenizas del viejo. En cierta medida siento como si éste Alter y Walter no fuera la última obra de Brocal, sino la primera, y que su verdadero regreso será su próximo título. Que espero no tarde en llegar, porque si algo ha hecho Alter y Walter es confirmar lo que ya sospechábamos desde hace muchos años: que posee todo lo que necesita poseer un historietista mayúsculo.
«Sólo para gigantes», Guillem Martínez y Tyto Alba
Otra gran novela gráfica española que debería ayudar a confirmar a su autor como uno de los historietistas destacados del momento actual es Sólo para gigantes (Astiberri), de Tyto Alba, que adapta una novela de Gabi Martínez (no tengo claro si la labor de adaptación ha sido realizada conjuntamente o si Alba ha trabajado por su cuenta sobre el texto original de Martínez). Alba publicó hace unos años en Glénat un par de novelas gráficas que me entusiasmaron: El hijo (con Mario Torrecillas) y, muy especialmente, Santo Cristo (con Mario Torrecillas y Pablo H.), y desde entonces no ha dejado de sumar títulos a su trayectoria. En estos meses ha añadido dos, uno de los cuales no me ha vuelto loco (el western Dos espíritus). Sin embargo, Sólo para gigantes lo he leído con verdadera pasión. La historia de un hombre que salió a buscar al yeti y acabó perdiéndose en sí mismo es una especie de Lawrence de Arabia moderno y de las montañas, y pide un tratamiento complejo que Martínez-Alba saben sacar adelante con efectividad y sin alardes que distraigan. La alternancia de diversos puntos de vista y tonos narrativos tiene la naturalidad de una textura donde se superponen orgánicamente las capas, y eso se refleja también en un dibujo rápido, casi urgente, pero muy denso y expresivo.
«Nela», Rayco Pulido
De todas las novelas gráficas españolas que se han publicado durante estos meses, la que más me ha impresionado, sin duda, ha sido Nela (Astiberri) de Rayco Pulido. El canario es un autor de talento indiscutible que llevaba muchos años dando vueltas, en solitario o con ayuda de guionistas (Hernán Migoya y David Muñoz) en busca de algo que creo que no acababa de encontrar. Pulido pertenece a una estirpe de historietistas cerebrales para los que la reflexión es tan importante como el dibujo, y ese camino esconde serios peligros. Sobrepensar las obras a veces nos puede llevar a matarlas, y hay un punto de equilibrio entre lo intelectual y lo intuitivo que cuesta mucho alcanzar de forma natural. En ese sentido, creo que Nela es su obra más densa, al menos desde el punto de vista del trabajo de reflexión sobre la historieta que contiene. Tal vez el hecho de que sea una adaptación de un clásico literario español, la Marianela de Benito Pérez Galdós, haya ayudado a Pulido a concentrarse en el esfuerzo de expresión, sintiéndose seguro de que el material de base no le iba a fallar. Fuera como fuese, a medida que iba leyendo Nela tenía una sensación muy rara: me sentía casi conmovido por el enorme trabajo del historietista, por el evidente cuidado de la puesta en página, por lo meditado de cada solución para transformar en cómic algo que básicamente es un torrente de diálogos decimonónicos, que hoy en día nos suenan desfasados y que sin embargo Pulido ha convertido meramente en peculiares gracias a su tratamiento gráfico plenamente hipermoderno. En realidad, que diga que me conmovía el trabajo como autor de Pulido es un tanto injusto, porque da a entender que ese trabajo está en muy primer plano, cuando es justo todo lo contrario. Me parece obvio que Pulido se ha esforzado mucho por poner todas sus herramientas al servicio de una narración invisible, pensando en cómo conseguir que un lector del cómic entienda plenamente la historia sin ser consciente de lo que está leyendo. Ocurre simplemente que como yo me dedico a esto me doy cuenta de que Nela está lleno de páginas de aparente sencillez que en realidad están calculadas hasta el último trazo del fondo para conseguir el efecto que buscan. El trabajo que Pulido ha desarrollado en Nela no sólo es brillante, sino agotador, porque no se ha dado tregua ni se ha concedido atajo. Si hay un libro al que quiero volver en el futuro para releer y hasta estudiar es éste: se puede aprender mucho de él. Recomiendo además vivamente la lectura del blog de Rayco Pulido donde explica muchísimas de las claves del proceso de trabajo de Nela: Nunca trabajes solo.
«Mox Nox», Joan Cornellà
Podría seguir mencionando muchos títulos (y tal vez debería), pero estoy casi convencido de que si alguien ha llegado hasta aquí, sentirá el impulso de decirme que vaya abreviando, así que no me extenderé sobre tebeos tan interesantes como Éxito para perdedores (Astiberri) de David Cantolla y Juan Díaz-Faes, que es una crónica en primera persona del auge y caída de las punto com a la vez que un manual de autoayuda en clave de cultura empresarial, o sobre las dos primeras entregas de la nueva colección de Astiberri Leyendas Urbanas, que son Videojuegos de David Sánchez y Conspiraciones de José Domingo, dos libritos donde ambos autores demuestran que en este momento son talento puro en pleno estado de forma, o sobre El fuego (¡Caramba!), que es tal vez lo mejor que le he leído a Miguel B. Núñez y que encajaría perfectamente en el catálogo de las más avanzadas editoriales norteamericanas. Lo que haré será mencionar mis tres cómics favoritos de todos los que he leído durante estos días.
El primero de ellos es Mox Nox (Bang) de Joan Cornellà. De Cornellà escribí en Mandorla, cuando salió Abulio (Glénat, 2010) que «no está todavía ahí, pero está llegando». Y en efecto, ya ha llegado y cómo. El Cornellà de hace unos años tenía la materia prima, pero no la forma. Seguía con brillantez la estela de Paco Alcázar y otros humoristas modernos, pero su voz no acababa de distinguirse. Y de pronto, encontró el camino: una serie de historietas pintadas mudas, estéticamente luminosas y moralmente sombrías, que le han proyectado como figura internacional. El material está disponible en su web, así que cualquiera puede comprobar si le hace gracia o no: el blog de Joan Cornellà. Con Molg H., Nacho García, Alberto González Vázquez y otros, Cornellà puede formar una constelación de nuevo humor español que renueve un panorama a veces muy tradicionalista. Mox Nox ha cruzado el charco conmigo porque es un libro que quiero tener cerca para releerlo constantemente, hasta que deje de causarme el extraño efecto que ahora mismo me causa.
«Esto se ha hecho mil veces», Xabi Tolosa
Esto se ha hecho mil veces (¡Caramba!) es el debut de Xabi Tolosa como historietista. Tolosa es un joven actor que en sus ratos libres se ha dibujado un blog autobiográfico donde se pueden leer las páginas que componen este libro. Esto se ha hecho mil veces, como ya anuncia su título, renuncia a toda pretensión: está dibujado a boli sin ningún refinamiento artístico, y en su acumulación de texto y rótulos recuerda a las anotaciones que de escolares hacíamos en nuestros cuadernos cuando quedaba un hueco vacío. Cada página es autoconclusiva, y puede tratar cualquier tema, desde viñetas de realidad cotidiana hasta memorias (infantiles o juveniles, dada la edad del autor) de Tolosa. Pero bajo este aparente amateurismo, lo que te atrapa es la calidez de la personalidad de Xabi, la autenticidad insoslayable de su voz, transmitida de forma muy directa por unos textos que, a pesar de lo que parece, están maravillosamente bien escritos, y unos dibujos que, a pesar de lo que parece, están maravillosamente bien hechos. Xabi Tolosa es un narrador natural, y proyecta un aura de ingenuidad desarmante que, sumado a la densidad de cada página de Esto se ha hecho mil veces, producen el raro milagro de transportarte completamente a otro lugar durante la lectura de su libro. Esto se ha hecho mil veces es el típico cómic que dentro de la cultura del cómic parece marginal y hasta underground, pero que fuera de la misma debería alcanzar un público amplio, porque no necesita códigos previos para ser entendido. Sólo necesita que su lector sea una persona. O tal vez incluso un gato.
«Grandes verdades de la humanidad», Carlos de Diego
El otro libro que me he traído a Estados Unidos a pesar de haberlo leído ya es Grandes verdades de la humanidad (¡Caramba!), de Carlos de Diego. Y digo esto como referencia del valor que le doy, ya que cada gramo que entra en mi maleta cuando me subo al avión es valiosísimo. No puedo desperdiciarlo con material que no necesite. ¿Para qué necesito tener cerca un tebeo que ya he leído? Bueno, no lo sé realmente, pero sé que lo necesito. No me quiero alejar físicamente de este espléndido álbum de tapas flexibles publicado exquisitamente por mis queridos Manuel Bartual y Alba Diethelm, porque en cualquier momento puedo sentir la necesidad de releerlo de principio a fin.
Grandes verdades de la humanidad es un conjunto de 48 planchas que se continúan unas a otras con el mecanismo de continuará de las series de prensa clásicas. Como ocurría en aquellos culebrones de aventuras, aquí el argumento se desarrolla sobre la marcha, partiendo de un cliffhanger para llegar a otro, y así sucesivamente, pero la lógica que guía el despliegue de los acontecimientos es completamente histérica. Todo tiene un sentido escrupuloso, pero todo es a la vez descabellado. Es como si los mecanismos de la narración hubieran olvidado su sentido y encontraran un fin en su propia reproducción, exacerbando todo hasta el absurdo, pero sin dejar de funcionar en ningún momento.
Carlos de Diego posee una técnica singular: recorta rostros esterotipados de cómics antiguos y los pega sobre sus monigotes, a veces retocando sus ojos. En esta entrevista con Absence identifican al protagonista con el Superman de Curt Swan, cosa que ya me había parecido reconocer a lo largo de todo el libro, añadiendo una capa más de perturbación a la lectura. Lo que consigue Carlos de Diego con esta técnica, además de con el uso tan preciso de la retórica del continuará, es enviarme en un viaje de regreso a una versión trastornada de mi propia infancia. Leyendo Grandes verdades de la humanidad no podía evitar acordarme de los cómics del Hombre Enmascarado que publicaba Vértice en los 70. Me refiero a los que recopilaban tiras de prensa, tres o cuatro en cada página. Yo no sabía de dónde procedía aquel material, pero era evidente que había algo en su forma que lo hacía distinto del resto del material que publicaba Vértice. Por un lado, estaba la extraña rigidez en el diseño de página (nunca había viñetas verticales, ni viñetas-página, y la calle horizontal entre tiras era de un grosor anormal), y por otro estaba la desconcertante reiteración de la información varias veces por página. Si cada tira tenía tres o cuatro viñetas, la primera estaba siempre consagrada a recapitular la información procedente de la tira anterior, y la última era reiterada en la primera de la siguiente tira. De Diego recupera exactamente ese mismo ritmo insistente, que produce una especie de nerviosismo irritante a la vez que un adormecimiento hipnótico, y lo explota con enfáticos subrayados emocionales que provocan la hilaridad. El delirio, viene a decirnos este libro, es la Gran Verdad de la Humanidad.
Pero ese viaje al pasado (de los cómics, y mío personal también) tiene otro lado. Junto con los mecanismos del cliffhanger tradicional, De Diego también retoma dos modelos de representación que en los cómics de Bruguera de los años 70 y 80 convivían, aunque sin mezclarse jamás: la caricatura cómica de la escuela de humor clásica y el retrato realista de los cómics de aventuras, generalmente importados de Europa o de agencia, y que practicaban un estilo estandarizado que encaja con el del Superman de Curt Swan, un estilo comercial casi propio de la publicidad. Lo que ocurre es que aquí De Diego hace que ambos estilos se mezclen, aplastándose el uno sobre el otro, como si en las páginas de un Super Pulgarcito se hubiera producido una explosión nuclear que hubiera fundido unas series con otras y de la fusión de Mortadelo y Filemón con Blueberry hubiera surgido la extraña raza de personajes alucinados que puebla las páginas de Grandes verdades de la humanidad.
Podría escribir mucho más sobre Grandes verdades de la humanidad, y amenazo con hacerlo en el futuro, pero voy a dar un respiro al lector que haya llegado hasta aquí (si es que existe tal) y voy a ir cerrando. En la entrevista que he enlazado más arriba se dan, además, otras claves interesantes. Sólo quiero mencionar una última cosa: la portada, con un diseño propio de una página de publicidad de los años 50, donde prima la tipografía sobre la ilustración, promete grandes emociones que la contraportada desmiente, revelando la cruda verdad que se oculta bajo los ditirambos comerciales. Es una estrategia de autodesprecio cómico que me recuerda mucho a la que aplica Chris Ware en sus propias publicidades falsas (véase el artículo de David M. Ball en Supercómic). No me extrañaría que De Diego fuera consciente de esto, pues sus historietas le revelan como un profundo conocedor del cómic moderno, con citas expresas que van desde Sergio García hasta Shintaro Kago.
Hasta aquí el repaso breve, fugaz, mínimo acaso, de unas semanas en Madrid. Como habrá observado el lector más sagaz, ni siquiera he mencionado ningún tebeo americano. La razón es que de estos ya hablo suficientemente de forma habitual, y no necesito volver a España para acceder a la producción de Estados Unidos, así que he preferido dejarlos fuera. Pero un verdadero paisaje completo de la oferta viñetera española durante estos últimos meses habría tenido que incluir unos cuantos títulos americanos, desde el extraordinario Grandes preguntas (Sinsentido/Fulgencio Pimentel) de Anders Nilsen, a La cuerda del laúd (Fulgencio Pimentel), el tomo 3 del Frank de Jim Woodring, o el MetaMaus (Random House Mondadori) de Art Spiegelman. Incluso han empezado a aparecer los títulos de Marvel NOW, de los cuales sigo unos cuantos ahora mismo (Daredevil, Ojo de Halcón, Thor, Nueva Patrulla-X, FF y algunos más). Pero como mis fieles lectores saben, yo soy amigo de la mesura y la concisión, y sigo a rajatabla el dictado de que en internet los textos han de ser breves, cuanto más breves, mejor. Incluso dejando fuera la producción americana, creo que ha quedado claro que ahora mismo en España se publican más tebeos excelentes de los que uno puede leer.
Al menos en cuatro semanas.
viernes, 10 de mayo de 2013
MICHAEL MCMILLAN: MAESTRO SECRETO
Michael McMillan en su estudio de San Francisco.
Como colofón a esta serie de Spring Cleaning, voy a mencionar quizás el cómic más extraordinario que he adquirido estos últimos meses. Tan extraordinario que no encaja con naturalidad en ninguno de los grupos que he formado (arbitrariamente) en las entradas anteriores, y merece su propio texto separado. Durante el pasado Festival de Brooklyn una de las cosas que más me llamó la atención fue una especie de periódico de gran tamaño, sin grapar, que contenía un puñado de curiosas historietas en blanco y negro y color que se salían de cualquier corriente en boga en estos momentos. Eran singularmente extrañas y primitivas, y a la vez tenían un aire de modernidad casi intemporal. Eran algo distinto. El autor estaba presente, y eso me desconcertó aún más todavía: un abuelete de aspecto apacible, sentado pacientemente a la espera de que alguien le llevara algo que firmar. Era el ya octogenario Michael McMillan (1933). No es precisamente el perfil de autor que uno se suele encontrar tras las mesas de los festivales de cómic alternativo.
McMillan es otro de los rescates efectuados por ese infatigable investigador de los márgenes de la historieta que es Dan Nadel, editor de Picturebox, codirector de The Comics Journal y responsable de libros antológicos como Art in Time: Unknown Comic Book Adventures, 1940-1980 (2010, Abrams) en el que ya recuperó algunas páginas de este autor. Por situar brevemente a McMillan, podemos decir (y resumiendo brevemente la información que el propio Nadel suministra) que estudió arquitectura y diseño industrial en su nativa California, y luego trabajó en el primero de esos campos y en diseño de productos al mismo tiempo que pintaba por afición. La influencia de una exposición de The Hairy Who, un grupo de artistas inscritos en la corriente de los llamados Chicago Imagists que tenían un estilo figurativo y pop muy cercano al cómic, junto al descubrimiento de Zap Comix #1, el cómic underground pionero de Robert Crumb, le llevó a tantear la historieta, y así es como acabaría publicando Terminal Comics en 1971 con Don Donahue, el mismo editor de Zap. Aunque durante los años siguientes McMillan tendría alguna presencia intermitente en el mundo del cómic (por ejemplo, en la revista Arcade que a mediados de los 70 dirigirían Bill Griffith y Art Spiegelman como un last stand del underground, e incluso en algún número de Weirdo, la cabecera editada por Crumb durante los 80), McMillan desarrolló su carrera artística en otros campos: pintura, fotografía y diseño, por ejemplo.
McMillan, sin embargo, volvería ocasionalmente al cómic, aunque de forma privada y sin buscar la publicación. Nadel descubrió el material que el artista había ido acumulando a lo largo de los años y quiso hacerlo conocido. Así, organizó una exposición en la galería Tomato House (Brooklyn) entre el 9 de noviembre y el 8 de diciembre que coincidiría con el mencionado Festival. Y a modo de catálogo de esa exposición aparecía este curioso folleto que lleva en su contraportada un texto escrito por el dibujante que alertó a Nadel sobre McMillan: Gary Panter.
En The ZZZZZ Series and other Stories (2012, Picturebox), que así se llama la susodicha publicación, se han reunido en su mayor parte trabajos procedentes del período 1990-2000, intercalados con un par de muestras de los años setenta. La primera parte de esta serie son una suerte de tiras en blanco y negro realizadas con tinta a las que siguen páginas completas a color pintadas con acrílicos. No hay personajes recurrentes ni continuidad entre unas piezas y otras, pero el mero formato parece remitir al viejo modelo del cómic de prensa: tira diaria y página dominical.
The ZZZZZ Series and other Stories no parece especialmente sofisticado a simple vista, pero desde hace meses no me puedo quitar sus imágenes de la cabeza y vuelvo una y otra vez a él. Me fascina la facilidad y la limpieza con la que están resueltas todas las páginas, lo bien que están cerradas (McMillan se define a sí mismo no como cartoonist, sino como problem solver), y me fascina también cómo utiliza el lenguaje gráfico de los viejos comic books de ciencia-ficción, fantasía y superhéroes de los años 40, esa rotundidad temeraria de los Fletcher Hanks o Basil Wolverton, y encuentra en ella una potencia irresistible con la que movilizar sus etéreas pantomimas.
El rescate de Michael McMillan es, además, otra evidencia de la historia secreta del cómic, esa historia de vías alternativas apenas atisbadas en las páginas de artistas como Jerry Moriarty o Richard McGuire, que han ido dejando pistas que nadie ha seguido. Maestros marginales a los que tenemos que acercarnos siguiendo largos desvíos si queremos aprender algo diferente.
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jueves, 9 de mayo de 2013
SPRING CLEANING (III)
Cierro la serie Spring Cleaning con un tercer capítulo dedicado a los tomos, libros o novelas gráficas, como usted quiera llamarlos. En resumidas cuentas, un puñado de volúmenes de diverso formato y extensión que han ido apareciendo durante este otoño e invierno pasados y que creo que merece la pena recordar aunque sea brevemente, antes de que se pierdan para siempre en el océano de las estanterías.
Ticket Stub, Tim Hensley
By This Shall You Know Him, Jesse Jacobs
En mi entrada sobre los primitivos cósmicos incluí a Jesse Jacobs, con la advertencia de que su Even the Giants se encontraba tal vez en los límites de esta corriente, si es que podíamos delimitarla de algún modo. Su nuevo libro, un espléndido álbum en tres tintas titulado By This Shall You Know Him (Koyama, 2012) le sitúa en pleno centro de la tendencia, si consideramos al Forming de Jesse Moynihan uno de sus centros. Jacobs elabora aquí una fábula cosmogónica que reinterpreta el Génesis bíblico con tintes fantásticos. By This Shall You Know Him es a la vez grandioso en cierto sentido kyrbiano y procaz con cierta arrogancia punk. Pero todo está tan equilibrado en la narración que en ningún momento perdemos el interés por un cuento para adultos, una nueva vuelta de tuerca a la vieja historia que nos han contado mil veces y que sin embargo Jacobs consigue que nos parezca tan distinta como si fuera nueva. En su versión, la Creación es producto de las disputas estéticas entre dos dioses, Ablavak y Zantex (hay uno tercero, Blorax, pero su papel es secundario) que compiten ante el superior Advisor para obtener su reconocimiento. Es la idea del artista como creador llevada a sus últimas consecuencias, y convertida en una batalla eterna entre lo apolíneo y lo dionisíaco, lo orgánico y lo inorgánico, lo blando y lo geométrico, lo angelical y lo demoníaco, es decir, todas las dialécticas que han movilizado la historia del arte como trasunto de la historia de la humanidad misma. Me doy cuenta de que resumido así parece increíblemente pretencioso, pero Jacobs lo narra con una naturalidad encomiable, sin excesos dramáticos ni discursos pomposos, y el mensaje se presenta sin obviedades y a la vez sin ser opaco. Visualmente, By This Shall You Know Him es de una imaginación desbordante.
Delphine, Richard Sala
Mientras leía el penúltimo libro de Richard Sala, The Hidden (Fantagraphics, 2011), tuve una epifanía: en realidad, Richard Sala no me gustaba tanto como yo quería creer. De pronto me di cuenta de que llevaba años leyendo sus libros porque estaba empeñado en que me gustasen, porque tenían que gustarme, ya que reunían por separado muchos elementos que siempre me han gustado: el suspense, lo pulp, lo oscuro, lo tragicómico... Sala era como una versión del primer Burns insobornablemente fiel a los principios del folletín. Así que instantáneamente se instaló en mi pabellón de favoritos, aunque a la hora de la verdad sus libros nunca acababan de entusiasmarme. Demasiado estáticos, demasiado tibios en la narración, acababan por gustarme más como concepto que como ejecución. Y leyendo la fantasía apocalíptica The Hidden ya no pude seguir negándolo. Y sin embargo, las viejas costumbres son difíciles de perder, así que volví a caer con su último título, Delphine (Fantagraphics, 2012), que en realidad es la recopilación de una historia seriada que publicó en la colección Ignatz. Y cómo son las cosas, ahora que ya había renunciado a él, Sala volvió a mí con más fuerza que nunca. Delphine tiene todos los rasgos goreycos habituales de Sala elevados a la máxima potencia, pero esta vez la narración es fluida, el ritmo es intenso y el final es redondo. Para colmo, la historia traspasa los límites que Sala parece haberse autoimpuesto muchas veces del homenaje a la tradición popular de lo grotesco para tocar una fibra más humana y casi desconocida anteriormente en su obra. El resultado es su historia más satisfactoria hasta el momento. Declarada expresamente como una versión moderna de Blancanieves, Delphine se mueve siempre en el filo de lo plausible, en el suspense de una larga carrera donde al protagonista le pasan cosas que podrían ser o no macabras. En ese juego paródico Sala encuentra su mayor triunfo, paseándose por un hilo delicado que nunca se rompe. Al final, Delphine me ha hecho revisarme The Hidden para comprobar si era exactamente lo que recordaba. Me ha parecido mejor.
Una interesante entrevista con Richard Sala sobre Delphine: Richard Sala explores the world of dark fairy tales in «Delphine».
Óscar Palmer está publicado en su blog Cultura Impopular su libro Cómic alternativo de los 90. Aquí se puede leer el capítulo en el que habla de Sala: Polos opuestos.
Dockwood, Jon McNaught
El británico Jon McNaught ya me había maravillado con dos libritos deliciosos, Pebble Island (2010, Nobrow) y Birchfield Close (2010, Nobrow), pero Dockwood (2012, Nobrow) ha sido en cierta manera su puesta de largo, sobre todo si le damos a largo el significado de large. De formato mucho mayor que los anteriores, este libro es un verdadero álbum clásico con apariencia de cuaderno de redacción y contenido adaptado a la última ola de la novela gráfica contemporánea, en la estela de Ware y Seth. Dockwood incluye «dos historias del otoño» que en muchos sentidos abundan en las formas y temas que McNaught ya había tanteado en sus trabajos previos. Ambientes suburbanos o campestres desolados, personajes fundidos con el paisaje y/o los ritmos de la naturaleza, estrategias narrativas encaminadas a una plausible descripción del paso del tiempo y estilo visual inspirado por el diseño y las artes gráficas de mediados del siglo XX. En «Elmwood», la primera de las historietas contenidas en Dockwood, McNaught establece una paralelismo muy obvio entre el otoño y la vejez, mientras que en «Sunset Ridge» vira hacia el otro extremo de la existencia para introducirse en la vida interior de un adolescente. Una vida interior habitada por los videojuegos, por cierto, lo que permite a McNaught un bonito diálogo entre dos espacios de la imaginación, el digital y el real, que en realidad es el de la memoria, es decir, que ambos espacios tienen en cierto sentido la misma categoría. La introducción de un elemento futurista, como son los videojuegos, supone una interesante distorsión en un escenario visual que nos remite insistentemente a la ilustración de los años 50. Pero da igual si los protagonistas son ancianos o jóvenes, sobre las dos historias pesa un aire grave de melancolía profunda. Éste es el tipo de cómic donde se dedican varias viñetas a mostrarnos cómo se pelan unas patatas, y donde las correrías de una ardilla de rama en rama son recurrentes en muchas tiras dispersas a todo lo largo del libro. Tal vez lo que McNaught nos quiera indicar es que tan importante es lo que sucede alrededor de nosotros como lo que nos sucede a nosotros, y que el mundo se mueve y el tiempo avanza aunque nosotros nos quedemos quietos. Dockwood no es todavía una obra maestra, pero es evidente que McNaught está trabajando en la dirección de conseguir una tarde o temprano, y que los desafíos que se plantea con cada nuevo trabajo son cada vez mayores. Mucho ojo a sus próximos títulos.
Letting It Go, Miriam Katin
Letting It Go (2013, Drawn & Quarterly) es el inesperado regreso de Miriam Katin. Digo inesperado porque creía sinceramente que Por nuestra cuenta (2006, Ponent Mon) sería una obra única, sin continuación posible. Para quien no sepa de quién estoy hablando, copio aquí lo que escribí sobre Por nuestra cuenta en La novela gráfica: «Esta última obra es significativa de cómo el cómic ha ido conquistando en los últimos años nuevos espacios para la expresión personal que antes estaban reservados en exclusiva a la literatura o el arte. Por nuestra cuenta es el relato autobiográfico de la huida de Budapest por parte de la autora, entonces una niña, y su madre (judías húngaras) en 1944, cuando escapan del acoso del ejército nazi invasor y posteriormente de las tropas soviéticas. Lo peculiar es que Katin no emprendió esta memoria gráfica hasta pasados los sesenta años, una edad en la que tradicionalmente los autores de cómic ya estaban retirados». Por nuestra cuenta llegó a nuestro país en medio de una oleada de memorias gráficas femeninas que querían situarse en la estela de Persépolis para aprovechar el éxito de Marjane Satrapi, y sin duda eso hizo que para muchos pasara desapercibida o que incluso otros la vieran con desconfianza. Yo mismo tenía prejuicios. Ridículos, como descubrí en cuanto la leí, porque Por nuestra cuenta era un cómic descarnado, contado con la crudeza con la que sólo puede contarlo quien ya ha vivido mucho y no tiene que atender a ansiedades juveniles. Pero por su misma naturaleza biográfica no imaginaba que fuera a tener continuidad ni que Katin proyectase continuar su nueva carrera como novelista gráfica ya en la tercera edad.
Todo esto para explicar por qué Letting It Go me resultaba inesperado. Y a pesar de mi experiencia con Por nuestra cuenta, volví a caer en los mismos prejuicios. El estilo amable de Katin, como de cuento para niños, la misma sospecha de que estaba intentando explotar su éxito anterior, y, sobre todo, esa espantosa portada (no en lo gráfico, sino en lo conceptual), una alegoría visual donde la autora suelta un globo con una esvástica, como para indicar que psicológicamente por fin va a dejar marchar el estigma de su experiencia infantil con el Holocausto, es decir, esa portada que nos anuncia un volumen terapéutico repleto de metáforas gráficas facilonas, volvieron a hacer que abordara la lectura lleno de prevenciones. Katin liquidó mis temores rápidamente. Su narración es tan fluida y original, sus dibujos tan vivos y personales, y su voz tan sarcástica y desvergonzada que es capaz de llegar con la naturalidad de una abuelita a donde los jóvenes underground más tremendistas no se atreverían a llegar nunca. Véase por ejemplo el grotesco episodio del pedo con carga en el hotel de Berlín. Letting It Go es un retrato emocional del superviviente que setenta años después sigue marcado por una experiencia traumática más allá de todo límite. No es que Katin reviva la guerra todos los días, pero cuando su hijo, norteamericano de nacionalidad, le dice que quiere instalarse en Berlín y que para hacerlo necesitaría recuperar la nacionalidad húngara que originalmente poseía su madre, dentro de ésta se desatan todo tipo de angustias y tensiones acumuladas y jamás resueltas a lo largo de toda su vida. Katin no es una anciana bondadosa, desde el primer momento reconoce su aborrecimiento por los alemanes y por todo lo alemán, y no manifiesta ningún deseo ni intención de corregirlo. Asume sus defectos. Y, en contra de lo que podríamos pensar, la historia no muestra un arco de purificación en el que acabe superando esos traumas y volviéndose mejor persona. La superación, en todo caso, es generacional y se encuentra en su hijo y la continuación de su familia. Katin nos hace el favor de contarnos las cosas tal y como son y no embaucarnos con un cuento aplicable como manual de autoayuda. Por eso precisamente me resulta tan desafortunada esa portada tan engañosamente blanda.
«Somersaulting», Sammy Harkham, en Everything Together
Acabo con los dos libros publicados durante los últimos meses que hay que tener, las dos antologías que recopilan historietas dispersas de dos de los dibujantes con más personalidad que están trabajando ahora mismo en el campo de los art comics en Estados Unidos. El primero ya es conocido en España. Apa-Apa publicó en 2009 Marinero de montaña, la acongojante adaptación que hacía Sammy Harkham de una historia de Guy de Maupassant. Esa historia («Poor Sailor» en el original) está incluida en Everything Together (2012, Picturebox) que recoge la obra dispersa que Harkham ha ido dejando por diversas revistas y proyectos variados a lo largo de más de diez años. Harkham tiene una personalidad curiosa y juguetona. Aunque la base de su estilo parece firmemente anclada en el cartoon clásico (por momentos me recuerda a la inmediatez cálida de Segar), siempre está probando cosas nuevas, tanto en la narración como en el diseño o lo gráfico. Eso hace que Everything Together tenga un cierto tono de festival de experimentos. Las historietas son muy diversas en tono y pretensiones, desde la sátira inmediata hasta el relato de largo aliento, desde la parodia (con varias incidencias en el mundo del cómic y sus autores, incluyendo nombres propios) hasta el drama sentimental. Pero por debajo de todas esas vestiduras asoma la voz de Harkham como un autor moderno, de calado literario, libre de servidumbres nostálgicas o de género, y preocupado por la alcanzar una expresión de las emociones íntimas que en numerosas ocasiones pasa por explorar los huecos y silencios en la intimidad de nuestras vidas. Entre todo el material reunido aquí, tres son las piezas maestras que sustentan esa visión del cómic: la mencionaba «Marinero de montaña», «Somersaulting», que describe con escalofriante precisión una historia de amor, y «Lubavitch Ukraine, 1876», que en cierto modo intenta trasladar el mundo de los sentimientos a la formalizada atmósfera de una ciudad judía del este de Europa a finales del siglo XIX. De alguna manera, Harkham es el heredero directo del gran cómic alternativo de los 90, pero al mismo tiempo anuncia algo nuevo. En cada nuevo paso que da resulta más evidente que estamos ante un clásico moderno, y leer Everything Together es una buena forma de hacerse idea de cuál es su verdadero alcance.
«Million Year Boom», Tom Kaczynski, en Beta Testing the Apocalypse.
Creo que mi libro favorito de estos últimos meses es otra recopilación: Beta Testing the Apocalypse (2012, Fantagraphics), de Tom Kaczynski. Kaczynski es un polaco que emigró a Estados Unidos de adolescente, ha trabajado en publicidad y ahora, desde Minneapolis, dirige una de las más interesantes microeditoriales del panorama actual, Uncivilized Books, que ha publicado entre otros el último libro de Gabrielle Bell, The Voyeurs. Aunque ha publicado diversos minicómics e historietas sueltas durante los últimos años, Beta Testing the Apocalypse supone su primer libro como tal, y probablemente el que le descubrirá a un público mayor. Está integrado principalmente por historietas aparecidas en la antología Mome desde 2007, aunque la última (y la más larga), «The New» es inédita. Sobre el conjunto se aprecia una evidente (y reconocida) influencia de J. G. Ballard. Las autopistas, los planes de desarrollo urbano, los edificios, son los protagonistas de estas historias más que las mismas personas que transitan por ellos. Kaczynski es un apasionado de la arquitectura, sobre todo en su aspecto más teórico y simbólico, y eso se nota en sus viñetas, donde el entorno es en gran medida el elemento que produce las ansiedades, miedos y dramas ante los que reaccionan los seres humanos. Aunque todas las historias reunidas en Beta Testing the Apocalypse son excelentes, creo que la obra maestra es «Million Year Boom», una fantasía kafkiana sobre un misterioso proyecto donde se mezclan el branding con la arquitectura moderna y el ecologismo primitivista. Tal vez sea ese choque entre la naturaleza y lo cultural (que ya está presente en el título de la editorial que dirige, Uncivilized Books) lo que más interesa a Kaczynski. Estamos hablando, en todo caso, de un autor de raíces intelectuales, donde el discurso y las ideas se superponen al drama sentimental. No es habitual encontrar historietas tan versadas en arte, arquitectura, publicidad, economía, antropología y política como las de Kaczynski, que ha llegado a denominar lo que hace como filosofía pulp, una expresión de una clarividencia pasmosa. En realidad, esa vertiente discursiva se aprecia más en sus minis, como la serie Trans (que será recopilada en breve en el volumen Trans Terra, así que espero que no tardaremos en volver a hablar de él aquí), Cartoon Dialectics y Structures. Digamos que Beta Testing the Apocalypse ofrece el lado más pulido y apto para el consumo general de la obra de Kaczynski. Gráficamente emparentado con el Daniel Clowes de los 90 y su uso narrativo del bitono y la línea cartoon, Kaczynski se presenta como un autor de singular personalidad, el eslabón perdido entre dos mundos, el de la caída de los ideales sociales que dejó atrás en una Polonia tardocomunista, y el de la praxis de un capitalismo desideologizado que ha conocido desde el interior de la industria publicitaria neoyorquina. Parece completamente fascinado por la identidad cultural que el hombre se ha construido para sí mismo y a la vez escéptico ante los logros de la civilización, como si todo lo que constituye nuestro mundo cotidiano fuera un barniz artificial que apenas disimula el salvajismo subyacente. En ese sentido, se puede entender como la búsqueda de un asidero la obsesión por las medidas físicas como elemento objetivo a través del cual describir el mundo. Obsérvense los títulos de algunas de las historias reunidas en este libro: «100.000 Miles», «10.000 Years», «976 SQ FT», «100 Decibels»... Como remate, Beta Testing the Apocalypse incluye un índice de términos al final que descompone conceptualmente todos los elementos constitutivos de la obra, desde biosfera hasta situacionismo, pasando por Sound Effects, de los cuales se nos hace notar que se dan tres instancias distintas en el volumen: «Aahh» (página 51), «Aaaah» (página 39) y «Aaaahhhhhhachoo» (páginas 60-61).
Recomiendo muy mucho echar un vistazo a los siguientes enlaces:
Web oficial de Uncivilized Books.
Trans Atlantis, tumblr de Kaczynski donde se puede disfrutar de su pasión por la arquitectura.
Entrevista con Tom Kaczynski en The Comics Journal.
Entrevista con Tom Kaczysnki en The Hooded Utilitarian.
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