Mostrando entradas con la etiqueta Stan Lee. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stan Lee. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de noviembre de 2013

NOSOTROS LOS ASGARDIANOS


El fin de semana pasado estuve viendo Thor: The Dark World (2013, Alan Taylor) y muy bien todo, muy divertida, me lo pasé en grande. Mejor que la primera (que todos modos a mí ya me gustaba, y me gusta más cada vez que la vuelvo a ver), más grandiosa y espectacular y a la vez más cómica. En la saga de Thor han sabido entender que para que un superhéroe funcione hoy en día tiene que contener su propia parodia, y en The Dark World ofrecen varias escenas de verdadero humor superheroico basado en el contraste entre lo épico del personaje (un dios del trueno, nada menos) y el entorno prosaico del mundo moderno. Un tipo de humor con el que estoy muy familiarizado como coautor de El Vecino. Es cierto que los fabricantes de franquicias superheroicas tienen que plantearse muy seriamente abandonar los finales con gran nave espacial/columna de fuego arrasando la ciudad, que ya está muy repetido (Los Vengadores, Man of Steel...) y que el final apocalíptico, al tener en este caso ambientación británica, me hizo pensar que lo que estaba viendo era un episodio de Doctor Who con un presupuesto demencial. Si hasta había un Doctor de por medio. Pero claro, puede que ahí esté parte del secreto de las pelis que está produciendo Marvel: en que son como grandes episodios de Doctor Who protagonizados por coloridos superhéroes. En todo caso, Thor: The Dark World supone una vuelta al tono adecuado después de la salida de madre que fue Iron Man 3, lo cual me hace pensar que gran parte del desvío de esa peli probablemente se debiera al excesivo peso que ha cobrado la estrella de Robert Downey Jr.

En Hooded Utilitarian hacen un comentario de Thor: The Dark World con el que simpatizo bastante, y que además hace una metalectura del conflicto argumental de la película que me parece diabólicamente inspirada, interpretando la batalla central como una lucha entre la soleada Marvel de Joss Whedon y la tétrica DC de Christopher Nolan.

En todo caso, yo lo que pretendía hacer aquí no era escribir una crítica de cine, sino simplemente reflexionar brevemente sobre un elemento que me llamó la atención, y que ha sido tal vez uno de los aspectos más polémicos entre los fans de la adaptación fílmica del Thor de los tebeos. Me refiero al casting de Idris Elba como Heimdall.

Vaya por delante que cuando decía más arriba que me parece que The Dark World supone una vuelta al tono adecuado no estoy haciendo ninguna valoración moral. Simplemente creo que el tono adecuado es el de mantener una escrupulosa y sólida fidelidad a los tebeos originales en los que se inspiran estas películas. Pero no porque sí, no porque yo sea lector de estos tebeos desde siempre y quiera verlos trasladados tal cual a la pantalla. Es que la experiencia me está demostrando que realmente cuanto más se apoyan en la fuente original, más interesantes y originales les salen las películas. En la industria del cine es muy típico que quieran comprarte el concepto para luego reelaborarlo desde cero como algo completamente distinto que funcione en el cine. Podría contar historias sobre las propuestas que nos han hecho a Pepo Pérez y a mí para adaptar El Vecino a la pantalla que lo dejan bien a las claras, pero en todo caso creo que es evidente que esto es lo que ha pasado históricamente con los superhéroes hasta tiempos muy recientes. En el caso de las películas de los estudios Marvel, sin embargo, y muy concretamente en las de Thor, hay una voluntad de reconstruir el concepto siguiendo fielmente la forma en que se ha desplegado en los tebeos.

Por ser más concretos: el Asgard del cine es glorioso, y es exactamente el Asgard que Jack Kirby dibujó siempre en los tebeos. Un Asgard hortera, chillón y brillante, una especie de Las Vegas cósmico sumido en un caos de magia tecnológica y tecnología mágica, donde se mezclan las espadas y los cañones de plasma, los caballos y los drakkars voladores. Donde nada tiene lógica ni sentido, y todo está unido únicamente por la fuerza de la mano del Padre de Todos Kirby. Su Asgard era un parque temático vikingo levantado por unos extraterrestres que hubieran observado la Tierra con un telescopio, y ésa es la sensación que transmite el Asgard de las películas, un universo Disney donde se han colapsado La Guerra de las Galaxias y El Señor de los Anillos.


Un drakkar volador en Journey Into Mystery #120, 
dibujado por Jack Kirby. En la película también salen, 
pero no he encontrado ninguna foto 
para ponerla aquí como comparación, 
tendréis que ir a verlo al cine, sorry.

De la segunda película a ésta hay algunos actores que han corrido mejor suerte que otros. Idris Elba (The Wire, Luther, Prometheus, Pacific Rim, Mandela), que allí tenía un papelito como Heimdall, el guardián de Bifrost, ha pasado de Secreto Mejor Guardado a Next Big Thing, lo que ha hecho que en esta segunda película tenga aún más papel. Con Idris Elba saltó la polémica ya en la primera película: ¿un asgardiano negro? ¿un dios nórdico afrobritánico? ¿Qué clase de decisión absurda era ésa y qué traición a la tradición de los cómics era ésa? ¿Hasta qué punto la dictadura de lo políticamente correcto podía llegar a intoxicar una obra de ficción?



Arriba, el Heimdall de Kirby. Debajo, el Heimdall de Elba.

Todo el mundo sabe que los asgardianos son dioses nórdicos escandinavos y rubios, completamente arios, ¿no?

Bueno, salvo Hogún el Hosco, claro.



Arriba, el Hogun de Kirby;
debajo, el Hogun de Tadanobu Asano.

Cuando leía los tebeos de Thor, siempre tuve la impresión de que Hogun era un mongol o un huno, aunque también era asgardiano. Supongo que eso es lo que pensamos todos, y por eso han elegido a un asiático para el papel.

De modo que para Lee y Kirby también podía haber asgardianos de otras razas.

Pero, ¿qué son exactamente los asgardianos? Odín dice expresamente en The Dark World que no son dioses, y si lo dice el Padre de Todos tiene que ser verdad. Son entonces una nación de superhombres cósmicos. Los habitantes de uno de los nueve reinos que componen la realidad. En las dos primeras películas de Thor, como en los tebeos de la Marvel, les hemos visto relacionarse con los habitantes de otros de esos reinos o naciones que componen la realidad. Principalmente con los habitantes de Midgard, la Tierra, pero también con los de Jotunheim (los Gigantes de Hielo) y con los de Svartalfheim (los Elfos Oscuros). La relación de los asgardianos con los terrestres ha sido de cooperación y hasta de paternalismo. Son nuestros protectores, y nosotros les ayudamos dentro de nuestras posibilidades. Con los Gigantes de Hielo y con los Elfos Oscuros las relaciones han sido más conflictivas. Más tendentes a la guerra abierta y el genocidio, por así decirlo.

Por lo que hemos podido ver, hay una diferencia bastante evidente entre los habitantes de Asgard y los habitantes de Jotunheim o Svartalfheim. En Asgard hay blancos, negros y asiáticos. En Jotunheim, todos los Gigantes del Hielo son iguales, como hechos en serie. Es un reino monorracial, cuyos habitantes parecen unidos en una especie de anónimo colectivo. Lo mismo puede decirse de los Elfos Oscuros de Svartalfheim. De todas las naciones de los Nueve Reinos, sólo los asgardianos son plurales.

Bueno, los asgardianos y los midgardianos.

Nosotros.

Creo que resulta bastante claro que los asgardianos somos «nosotros, los americanos», con nuestras complejidades internas y nuestra diversidad, enfrentados a un mundo de bloques monolíticos y sin fisuras que están dispuestos a abocarnos a la oscuridad. Un mundo de enemigos que funcionan como un gran colectivo formado por miembros intercambiables para enfrentarnos al cual sólo contamos con la ayuda de los aliados que comparten nuestro sistema y con los que somos compatibles (incluso románticamente): los humanos. Quizás la alegoría subyacente de la alianza transatlántica occidental quede incluso reforzada en este caso por la ambientación británica de esta segunda entrega.

Visto así, ¿es realmente el casting de Idris Elba como Heimdall una traición al original, o más bien el descubrimiento de una nueva capa con la que explotar aún más el potencial intrínseco del original? Yo apuesto por lo segundo. Y diría que ser fiel no consiste en mimetizar las características más evidentes de la fuente que adaptamos, sino en entender el verdadero funcionamiento de sus mecanismos secretos. Y os aseguro que a esto le he dado muchas vueltas mientras trabajaba en la adaptación de Beowulf con David Rubín.

¿Alguien duda de que este Asgard multirracial de Hollywood es realmente el que visualizaban Stan Lee y Jack Kirby? Aún diría más, el que visualizaba especialmente Jack Kirby, sin la influencia de Lee. Para resolver las dudas no hace falta más que echar un vistazo a la continuación natural del Thor de Marvel que Kirby practicó en DC con los New Gods, y descubrir a la fascinante figura del Black Racer:



Los dioses son de todos los colores.

MÁS EN MANDORLA:

La terapia del martillo: sobre la primera película de Thor.

Y sobre otras películas de Marvel:

Revenge of the nerds: Iron Man 2.
«Yo soy Tony Stark»: Iron Man 3.
Tan cerca de América, tan lejos de Kirby: Captain America: The First Avenger.
Primeras lecciones: X-Men: First Class.

No es de Marvel, pero lo añado como extra para quien necesite más:

lunes, 10 de diciembre de 2012

EL BESO

Retomo brevemente un tema que toqué hace unos días, en la entrada «El Capitán América contra Richard Nixon». ¿Qué es lo que representamos cuando no representamos algo? En aquella entrada planteaba que aquel cómic de 1974 se había beneficiado de la imposibilidad de mostrar al villano de la historia, Richard Nixon, y que su alusión elíptica enriquecía el resultado final. También decía que probablemente el guionista, Steve Englehart, habría preferido mostrar al propio Presidente de los Estados Unidos si hubiera tenido la posibilidad, pero los límites de las convenciones le forzaron a una solución retórica brillante.

Continuamente nos repetimos (y oímos decir) que ya no hay límites y que hoy vale todo, pero por supuesto que no es cierto, y sigue habiendo cosas que sólo se pueden representar no representándolas. La semana pasada se ha dado un ejemplo en Amazing Spider-Man, y ha provocado como consecuencia una discusión interesante con el telón de fondo de cómo funcionan los recursos narrativos en el cómic.

La página en cuestión:


Un poco de contexto: Amazing Spider-Man #699, segunda parte de una saga de tres episodios que concluye en el número 700, el cual a su vez dará cierre a la anciana colección del amistoso vecino arácnido. En la primera viñeta vemos el cuerpo del Doctor Octopus, antiguo enemigo de Spiderman que está viviendo sus últimas horas, con la salud muy deteriorada. Pero la mente de su interior no es la de Otto Octavius, sino la de Peter Parker. El diabólico Doctor ha conseguido intercambiar su personalidad con la de su archienemigo, y ahora ocupa el cuerpo del trepamuros, mientras que éste ha quedado atrapado en su moribunda figura. Buscando desesperadamente una salida a su situación, Spiderman (dentro del cuerpo de Octopus) accede a los recuerdos del villano, todavía almacenados en su cerebro físico. Las viñetas 2-5 muestran flashes de esos recuerdos, una especie de rápido recorrido por la historia de Octopus mediante fogonazos visuales vistos desde su punto de vista subjetivo. En la viñeta 2, vemos al padre de Otto, en la 3, la explosión que causó la fusión de los brazos mecánicos con el científico y por tanto el origen del supervillano, en la 4, a Spiderman golpeándole en su eterna batalla, y en la 5, y aquí viene el premio, a la tía May de Peter Parker vestida de novia y poniendo morritos a Octopus/Spiderman/nosotros los lectores. El incidente hace referencia a una vieja situación de los cómics de Spiderman de los años 70 en la que Octavius y May mantuvieron un romance, y estuvieron a punto de casarse. En esta página, la tía May le dice a Octopus que no sea tan sosainas y que «nadie va a saber que hemos hecho esto antes de la boda. Será nuestro secretito». En la viñeta 6 y última de la página, volvemos a la realidad de la viñeta 1, y vemos el exterior de la celda donde está encerrado Octopus/Spidey, de la cual sale el grito horrorizado de Peter Parker, obligado a revivir en el recuerdo de su enemigo una escena protagonizada por su tía que preferiría no haber conocido nunca, y mucho menos de primera mano. En la página siguiente, el monólogo interno de Parker continúa y remata la escena: «Eso no ha pasado nunca».

La cuestión, por supuesto, es: ¿Qué ha pasado?

Lo que yo interpreté al leer la escena creo que es lo que ha interpretado todo el mundo. En Bleeding Cool lo expresaban con mucha claridad: Cuando Peter Parker practicó el sexo con la tía May. La cuestión es que el tema saltó al foro de la página web del historietista John Byrne, antiguo dibujante de Spiderman, y provocó una respuesta por parte de Dan Slott, actual guionista de Spiderman y autor de la página que hemos comentado. Toda la discusión está resumida en este post de Bleeding Cool: Fanboy Rampage, John Byrne vs. Dan Slott. Slott planteaba que en la página en ningún momento se ve que la anciana May y Octopus/Peter Parker practiquen el sexo, y que todo queda a la imaginación del lector, de manera que si te imaginas que ha pasado algo más grave que un simple beso (como, según él, se imaginaría un niño de diez años), eso está únicamente en la mente del lector. Slott plantea por tanto que, gracias a la «magia de la elipsis» somos nosotros quienes proyectamos lo que queremos y que la morbosidad de la escena llega hasta donde llegue nuestra propia morbosidad individual.

El argumento es realmente cínico, pero lo que a nosotros nos interesa aquí son las reglas de funcionamiento de los mecanismos narrativos. Unas reglas a las que, una vez que el autor se somete, ya no puede sustraerse. Aunque creamos que el autor es Dios y puede hacer lo que quiera con su obra, desde el momento en que está decidiendo cómo va a ser su obra, está limitando las posibilidades de lo que puede hacer con ella. O sea, desde el momento en que uno recurre a esta elipsis, ¿es razonable decir que lo que pasa queda a la imaginación del lector y yo no he dicho que hayan hecho algo más que darse un beso?

Byrne sabe que no es así, y lo explica con la mayor claridad: Si sólo es un beso... ¿por qué no mostrarlo?

Decir que la tía May y Octopus no follan (y Peter Parker lo vive en primera persona, en el recuerdo) en esa elipsis sería como decir que en la escena final de la saga del Imperio Secreto el Número Uno no es Richard Nixon, sino que lo dejamos a la imaginación. Podría ser Cráneo Rojo, por ejemplo.

Sí, claro. Y la tía May podría ser virgen.

CARAS OCULTAS

Curiosamente, Amazing Spider-Man es una colección con una tradición de imágenes escamoteadas que se remonta a Steve Ditko y sus orígenes. Hay dos casos muy notables que me vienen a la memoria. El primero, el Duende Verde:


Desde su primera aparición (Amazing #14, 1964), de la que reproduzco unas viñetas sobre estas líneas, el archienemigo de Spiderman se mostró como alguien que tenía una doble personalidad, pero cuya identidad secreta quedaba siempre oculta a los lectores, utilizando cualquier artificio que fuera necesario, como se puede ver en la ilustración.

El segundo caso fue Mary Jane Watson, la hija de la vecina de la tía May, Anna Watson, y futura esposa de Peter Parker:


Durante una serie de episodios, Anna y May se empeñan en que sus respectivos sobrinos se conozcan, pero Peter nunca tiene tiempo (ni interés) para que se celebre la demorada reunión, que se convierte en un gag recurrente. Las dos viñetas que he reproducido pertenecen a Amazing #25 (1965) que es donde por vez primera se ve físicamente a Mary Jane, aunque una flor estratégicamente situada nos priva de descubrir su rostro.

Steve Ditko mantendría estas dos subtramas de los personajes sin rostro -el Duende Verde y Mary Jane Watson- a lo largo de toda su estancia en Amazing Spider-Man, que abandonaría sin llegar a resolverlas. Nada más marcharse, Stan Lee no perdió tiempo en solucionarlas, y con la ayuda del nuevo dibujante John Romita les dio conclusión de inmediato. En primer lugar, descubrimos que el Duende Verde era en realidad Norman Osborn, el padre de Harry, el amigo de Peter Parker. E inmediatamente después, Mary Jane y Peter por fin se encontraban, y este descubría que la sobrina de su vecina a quien había estado evitando como si fuera la peste, era en realidad una preciosidad llena de vida y alegría.

Toda la subtrama de Mary Jane estaba montada como un larguísimo chiste: ¡el desgraciado de Peter se había pasado meses esquivando a un bombón! ¡Tonto! Lo curioso es que por aquel entonces la falta de comunicación entre Ditko y Lee era tan completa que éste no sabía por dónde iba a llevar aquél la serie, y dialogaba prácticamente a ciegas. De otra manera no se explica que en el mencionado Amazing #25 reviente con sus diálogos el chiste cuyo desenlace no va a contar hasta la última viñeta del #42. ¿Qué sentido tiene que en una viñeta nos oculten la apariencia de Mary Jane, si en la siguiente Betty dice que parece una estrella de cine?

El caso de la identidad del Duende Verde fue algo más complicado, y habitualmente se esgrime como uno de los motivos de discusión entre Lee y Ditko que acabaron motivando la salida de éste de la serie. Según parece, Ditko quería que el Duende Verde fuera alguien desconocido, anónimo, mientras que Lee estaba empeñado en que fuese algún personaje secundario ya presente en la serie y que fuera conocido por los lectores. Dejando de lado la discusión filosófica entre dos planteamientos completamente antagónicos que revelan estas posturas (Amazing Spider-Man como tratado moral vs. Amazing Spider-Man como culebrón), volvemos de nuevo a la ley de la narración: si el Duende Verde era alguien anónimo, ¿por qué no mostrar su rostro? Cada vez que Ditko estaba utilizando un artificio tan forzado como una portezuela interpuesta ante su cara, estaba diciéndoles a sus lectores que no podían ver su cara. ¿Se supone que los lectores no tienen que sacar de eso otra conclusión salvo que cada uno puede proyectar lo que quiera? No, la única conclusión que pueden sacar los lectores es que no pueden ver su cara porque si lo hacen, lo reconocerán, como reconocerían a Richard Nixon los lectores de Capitán América.

Cada regla es una cláusula del contrato narrativo que suscriben los lectores con el autor. Y el autor que se salta las cláusulas, acaba perdiendo la confianza de los lectores. Moraleja: Que se besen.

ENTRADAS RELACIONADAS:
El Capitán América contra Richard Nixon
Elipsis

martes, 30 de octubre de 2012

LA ESTELA DE LA EDAD DE PLATA



“Que peleen contra Dios”. Con estas palabras, Stan Lee proponía a Jack Kirby el argumento de la siguiente historia de los Cuatro Fantásticos. Dicho y hecho, Dios desembarcó en Nueva York, personificado en un señor de diez metros de altura vestido con calzones morados y tocado con un casco de tridente. Le precedía un heraldo plateado que surcaba los senderos cósmicos montado en una tabla de surf. La incontenible imaginación de Kirby acababa de crear dos iconos de la cultura pop, a la vez que la aventura definitiva del cómic de superhéroes. Era el mismo año que los Beatles publicaban Rubber Soul y la nave espacial Enterprise levantaba el vuelo en Star Trek.
EL REGRESO DE LOS SUPERHÉROES
Los Cuatro Fantásticos son los superhéroes inaugurales de la edad moderna del cómic americano. Los primeros superhéroes, encabezados por Superman, habían surgido en los años 40 y habían prosperado con la II Guerra Mundial durante lo que se ha dado en llamar la Edad Dorada del Comic Book. Con el final del conflicto vino el declive del género, pero no del medio, ya que nuevas tendencias -el crimen, el romance, el horror- mantuvieron a los lectores hasta mediados de los cincuenta. Ese fue el momento en que la industria del tebeo entró en una profunda crisis que muchos vieron como el final del negocio. DC, la empresa líder del sector, se aventuró a recuperar los superhéroes tímidamente, y consiguió cierto éxito con la Liga de la Justicia de América (1960). Marvel, que era una editorial diminuta en aquel momento, decidió sacar su propio grupo de superhombres en respuesta. Así aparecía el número 1 de Los Cuatros Fantásticos con fecha de portada de noviembre de 1961. Durante los años siguientes, en una explosión creativa sin precedentes que cambiaría el rumbo de la industria, Marvel creó a Spiderman, los X-Men, Hulk, Daredevil o Iron Man, entre muchos otros.
LA PRIMERA FAMILIA
El elemento novedoso que traían los héroes de Marvel era su humanidad. En pleno conflicto con Galactus, a las puertas del Juicio Final, Reed Richards y Ben Grimm se toman un momento para bañarse, ante el asombro de un histérico Johnny Storm, mientras que Sue Storm se indigna porque su marido no le presta la suficiente atención. Los Cuatro Fantásticos, antes que un grupo de aventureros, son una familia. Son, de hecho, la Primera Familia, en el doble sentido de originadores de la nueva corriente superheroica y de poseedores de una autoridad ejemplar. Dirigidos por su líder, Mister Fantástico, la mente científica más genial del mundo, se embarcan continuamente en odiseas rumbo a nuevas fronteras del universo. Como los pioneros que colonizaron el salvaje oeste, lo civilizan bajo la institución familiar. Este sentido humanista rompía con el modelo de relato mítico que imperaba hasta el momento, para introducir el paso del tiempo en la narración. Como señalaba Umberto Eco, al final de las aventuras de Superman todo quedaba como estaba al principio, mientras que en los Cuatro Fantásticos veíamos cómo Reed Richards se declaraba a Sue Storm, cómo se celebraba la boda de ambos, cómo se anunciaba el embarazo de la Chica Invisible y cómo nacía el pequeño Franklin Richards. Los personajes envejecían y lo que sucedía importaba, no era una mera sucesión de hazañas fantásticas, sino un culebrón protagonizado por personajes tan grandiosos como frágiles. La Cosa es el héroe trágico arquetípico de Marvel: aquello que le da poder le convierte en un monstruo, y Reed Richards, con toda su genial inteligencia, se siente culpable por no ser capaz de curar a su amigo.
EL DEVORADOR DE MUNDOS
Durante cinco años, los Cuatro Fantásticos se enfrentaron a todo tipo de amenazas y vivieron las más insólitas aventuras. Stan Lee (1921) y Jack Kirby (1917-1994) maduraron su estilo y llegaron a su momento cumbre encadenando personajes e ideas extraordinarias a un ritmo aceleradísimo. Fue entonces cuando la serie alcanzó su masa crítica con la “Trilogía de Galactus”, publicada en los números 48 al 50 (marzo a mayo de 1966). Superados todos los retos, a los Cuatro Fantásticos sólo les quedaba la amenaza definitiva, el horizonte final. Galactus era un superser cósmico de categoría tan descomunal que equivalía a un dios. Era, sin embargo, un dios de signo negativo, ya que se alimenta de la energía vital de los planetas. En su hambre, llegaba a la Tierra, dirigido por su heraldo, el Silver Surfer, una criatura impasible que descubría el valor de la sencillas humanidad a través de Alicia, la novia ciega de la Cosa (en una escena que repetirán el Dr. Manhattan y Laurie en Watchmen veinte años después), rebelándose así contra su señor. Si bien la historia planteaba evidentes paralelismos bíblicos, el final en falso -Reed Richards conseguía repeler a Galactus utilizando un deus ex machina suministrado por otra entidad cósmica extraterrestre- revelaba que Lee y Kirby no habían sido capaces de resolver el problema de la divinidad. En un mundo de superhéroes, los dioses son algo cotidiano, pero Dios es irrelevante.
La versión cinematográfica que ahora llega a nuestras pantallas se inspira en parte en la clásica Trilogía de Galactus, y en parte en su versión actualizada (Ultimate Extinction, 2006, Panini) en la que Galactus ya no es un gigante antropomórfico, sino un organismo-enjambre. Sin embargo, Silver Surfer, el ángel caído, sigue siendo hoy como entonces un destello de la Edad de Plata de los cómics.
Artículo publicado originalmente en ABCD #809 (4 de agosto de 2007), con ocasión del estreno de la segunda película de los Cuatro Fantásticos, Fantastic Four: Rise of the Silver Surfer.

martes, 23 de octubre de 2012

¡SUPERVILLANOS!: CÍCLOPE


Más notas para mi futura Enciclopedia mundial de los supervillanos, que tal vez acabe siendo un manual de autoayuda: Cómo conocí la felicidad al volverme supervillano. Cíclope. Cíclope, sí. CÍCLOPE. Mi personaje favorito de todos los tiempos. ¿Qué le habéis hecho a mi Cíclope, cabrones?

Lo que le han hecho es, contado en dos patadas, que le ha poseído la Fuerza Fénix, se ha convertido en el ser más poderoso del universo, ha matado al Profesor Xavier y finalmente ha sido sometido por las fuerzas combinadas de la Patrulla-X y los Vengadores, tras lo cual le han encerrado en una prisión de máxima seguridad como si de un vulgar Magneto se tratara. Y así están las cosas a día de hoy.

Reconozco que no me convence demasiado el proceso, entre otras cosas porque la maldad de Scott Summers a lo largo de este arco ha sido la misma que la que han exhibido toda la vida personajes como el Capitán América o Iron Man. Y además, el ciclo del héroe omnipotente al que corrompe el poder empieza a repetirse un poco desde al menos la caída de Linterna Verde/Hal Jordan en los noventa. Pero bueno, esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas. A veces en la vida pasan cosas que no te gustan, y los tebeos se parecen en eso a la vida.

A Cíclope lo adoro desde que empecé a leer Marvel hace cien años, y en cierta manera todavía sigo atrapado en el laberinto de las historias de la Patrulla-X original, que para haber sido sólo 66, en mi memoria son interminables. Atrapado en esas historias donde estaba tan lejos de llegar un día a asesinar a su mentor Xavier, la persona a quien más adoraba en el mundo (salvo tal vez a su pelirroja compañera Jean Grey).


X-Men #45 (1968), Gary Friedrich, Don Heck, Werner Roth y John Tartaglione

Viendo lo que ha pasado, casi da escalofríos revisar esta escena en la que Scott Summers le explica a Mercurio, esbirro de Magneto, su inquebrantable lealtad hacia Xavier: «¡Yo estudié con el Profesor X demasiado tiempo como para creer que él [Magneto] pueda representar algo que no sea el mal!» Quizás una lágrima invisible ruede bajo el visor de cuarzo durante la declaración de fidelidad. Pero ahí está la cosa, precisamente, en cómo reconciliar en nuestros esquemas mentales este Cíclope disciplinado, ñoño y entrañable con la criatura cósmica y apocalíptica de 2012. Así, mientras el otro día leía Uncanny Avengers #1 (Marvel, 2012, Rick Remender y John Cassaday), que es el punto de partida de Marvel NOW, el relanzamiento de todo el Universo Marvel tras Avengers vs. X-Men, donde se produjo el ciclocalipsis, no pude evitar tener una iluminación: ¿Y si alguien no hubiera leído ningún tebeo de Marvel entre X-Men #66 (1969) y Uncanny Avengers #1? ¿Qué pensaría? ¿Con qué ojos vería esas primeras escenas donde nos encontramos a un personaje completamente desconocido, un tipo achaparrado y peludo, entonando una elegía por Charles Xavier ante decenas de Hombres-X anónimos, reunidos en su escuela de Westchester? ¿Qué habría pensado ese lector al ver al sumiso Scott Summers encerrado en una celda hipertecnológica en la que le visita su hermano, el antaño impetuoso Alex, Kaos, convertido ahora en la voz de la razón? ¿De qué forma habría podido reconciliar su imaginación ambos escenarios? Bueno, sobre esa idea se basa la nueva serie All-New X-Men, así que pronto saldremos de dudas, pero mientras tanto, quizás nos podamos hacer una composición de lugar con este fogonazo que es uno de los momentos más inspirados de Uncanny Avengers #1, este pequeño vistazo al pasado que echa un vistazo al futuro, y que para quien empezó leyendo la vieja Patrulla está cargado de una melancolía real superpuesta a la melancolía fabricada que invoca:


Uncanny Avengers #1 (2012), Rick Remender y John Cassaday

Porque sí, Scott Summers se ve de pronto a sí mismo como fue, y eso hace que se vea a sí mismo como es ahora. Por un solo instante, que en la permanencia del dibujo no tiene fin sobre el papel. Y entonces, tal vez, el viajero del tiempo que ha saltado de X-Men #66 a Uncanny Avengers #1 se dé cuenta de qué es lo que ha pasado: las promesas se han cumplido.

Las promesas implícitas que nos hicieron cuando leíamos esos tebeos hace doscientos años eran las promesas de que habría un futuro, y habría muertes, y por tanto vida, y habría un final. Sabíamos que ahora, en aquel momento, no podía pasar, pero todo el valor de lo que pasaba entonces era por la promesa de que en el futuro, tarde o temprano, pasaría, de que todo tendría consecuencia, de que nada seguiría igual eternamente. Y se han tomado su tiempo, pero el futuro es NOW y han cumplido esa promesa. Cada vez que se alza la voz en contra de la continuidad en los cómics del Universo Marvel o el Universo DC, se ignora que la continuidad era todo, el alfa y el omega, lo que daba sentido final a la experiencia. No eran las buenas historias, que nunca fueron tales, y tampoco los excelentes dibujos, que a menudo dejaban mucho que desear. No, eran los personajes, y era la promesa de que vivían en un complicado universo hiperreal en el que todo tenía un sentido.

Y no penséis que las promesas que se están cumpliendo hoy nunca se formularon antes. Estaban allí, cifradas a la vista de todos, pero no sabíamos cómo ni dónde leerlas.


X-Men #15 (1965), Stan Lee, Jack Kirby, Jay Gavin y Dick Ayers

«¡Tomaste la decisión correcta, Scott! ¡Pero recuerda siempre que el orgullo del liderazgo conlleva también el peso de la responsabilidad! ¡Tienes que ser capaz de cargar con ambos!», advierte mentalmente el Profesor Xavier a su pupilo, ya un aprendiz de tirano, en el primer enfrentamiento de la Patrulla-X contra los Centinelas, hace trescientos años. Y ahora todos sabemos que Cíclope empezó a dar sus primeros pasos por el camino del déspota antes de lo que pensábamos, y que lo recorrió muy, muy despacio. Y que ya entonces anunciaba su momento culminante, tan lejano aún en el tiempo. Fijaos en la última viñeta de la tira que encabeza este post, perteneciente a ese mismo X-Men #15, y veréis cómo allí ya grita NOW!, el lema de la Marvel renacida por su sacrificio.

Qué bárbaro Stan Lee, ¿eh? O Jack Kirby, o los dos. Cómo lo dejaron todo planificado cuidadosamente hace ya cuatrocientos años para que llegáramos a este punto en la actualidad. Bueno, no, claro. Nadie ha escrito esta historia, y la han escrito todos, desde Lee y Kirby hasta Remender y Cassaday, pasando por Thomas y Adams, Claremont y Byrne y hasta Rob Liefeld que se inventó a Cable que educó a Hope que derrotó a Cíclope. Como todas las grandes historias de superhéroes, es producto de los hombres, pero también de un ente superhumano: la continuidad. En el recién publicado Marvel Comics. The Untold Story (Harper Collins, 2012), Sean Howe escribe: «Todo fue absorbido por la bola de nieve del Universo Marvel, que se amplió hasta convertirse en una de las narraciones de ficción más complicadas de la historia mundial: miles y miles de personajes y episodios entrecruzados. Para generaciones de lectores, Marvel era la gran mitología del mundo moderno». Así pues, si uno de esos miles de lectores despertara repentinamente tras haber dormido cuarenta años en un bloque de hielo y leyera Uncanny Avengers #1 después de haber leído X-Men #66, ¿qué pensaría? Creo que pensaría que han pasado muchas cosas. Se han cumplido las promesas.

miércoles, 3 de octubre de 2012

THOR #138: UNA PORTADA


Como comenté aquí, camino del Entreviñetas colombiano tuve tiempo para pasarme rápidamente por la Baltimore Comicon y hacer una pequeña cata de los infinito tesoros que ofrece al amasador de tebeos viejos. Una de las piezas que capturé fue este Thor #138 («The Flames of Battle!», marzo de 1967; Stan Lee, Jack Kirby y Vince Colletta). O tal vez debería decir que me atrapó él a mí, con esa portada infinita, eterna como el mismo Asgard.

La portada es un prodigio de composición clásica a la que no sería difícil encontrar referentes en la historia de la pintura occidental, pero no vamos a entrar en eso ahora. Tampoco me costaría mucho relacionarla con las experiencias más recientes del cómic de vanguardia y su gusto por los diagramas, los cortes en sección, y, en resumidas cuentas, la representación antirrealista, al estilo del mismo Building Stories de Chris Ware, pero tampoco es eso lo que quería mencionar en esta breve entrada.

La portada es fascinante porque condensa simbólicamente el anverso y el reverso del funcionamiento de Marvel como fábrica de ficción, su mecanismo interno y su mecanismo externo, por así decirlo.

El mecanismo interno queda revelado en los tres planos de existencia (ficcional) que muestra: el plano inferior, el plano oscuro, ocupado por los Enemigos, los demonios, los trolls (literalmente, en este caso); el plano intermedio, ocupado por los seres humanos, sus ciudades (la proyección del mundo del lector), las identidades secretas (humanas) de los superhéroes; y el plano superior, el angélico, el semidivino, el superheroico, etéreo, inasible, casi invisible (ser testigo es un privilegio, como contaba Marvels), pero al mismo tiempo siempre presente en la cúpula de un cielo blanco de inmaculada pureza. La articulación de los tres planos es lo que da la vida a Marvel (o lo que se la daba, a veces parece que algunos lo han olvidado), y el plano humano, el plano material, es el que ocupaba siempre el centro de la historias: el centro moral, físico y emocional. Esto no sólo lo sabían Lee y Kirby, también Gil Kane, Ross Andru o los Romita. Recientemente, Mark Millar y Bryan Hitch en Ultimates.

El mecanismo externo queda revelado en la alegoría que componen estos tres elementos de lo que podríamos llamar el ecosistema antropológico de los tebeos Marvel. Los lectores, que imponen su fuerza por el peso de su número desde la base de la pirámide productiva, intentan arrastrar a los autores a su nivel, para someterlos a su gusto y modelar a su capricho las historias que contamos del ideal intangible de los superhéroes, figuras que son poco más que contornos inmateriales que sobrevuelan la mirada de autores y lectores, a los que a su vez observan con temor, porque de ellos dependerá su destino. Los dioses, al fin y al cabo, están en nuestras sucias manos. Esta dinámica de cultura participativa, como la llamaría Henry Jenkins, estimulada en Marvel desde el principio a través de sus muy activas y promocionadas secciones de correo, es la que ha determinado que en épocas posteriores el nivel de la línea que delimita el suelo -el plano material, nuestro mundo- haya estado más abajo o más arriba en la portada, haciendo que la dimensión oscura o la dimensión angelical ocupen mayor o menor espacio en el conjunto, y rompiendo el equilibrio perfecto de esta perfecta ilustración de la perfecta época clásica de Marvel.

SILENCIO. Una última nota que no puedo dejar de mencionar sobre esta portada. El silencio. En contra de la costumbre de la época, no aparece ni un solo texto en toda la cubierta, aparte obviamente del logo de la colección y de la editorial. Si observamos las portadas anteriores y posteriores de Thor, todas llevan algún rótulo llamativo, alguna exclamación imperativa. Todas, menos ésta. ¿Dónde está ese «¡Desde abajo, atacan!», o «¡Las llamas de la batalla!», que resuena por su ausencia? Tal vez, consciente o inconscientemente, lo que nos quisieran decir desde Marvel era: «Lee esta portada como tú quieras». Y eso es lo que he hecho.

viernes, 20 de enero de 2012

EL ACCESORIO MÁS DECORATIVO


«Pero al entrar en el nuevo despacho, Foggy lo encuentra desocupado, salvo por el accesorio más decorativo...» Daredevil #1 (Marvel, 1964), Stan Lee y Bill Everett.

jueves, 11 de agosto de 2011

TAN CERCA DE AMÉRICA, TAN LEJOS DE KIRBY




Capitán América: el primer Vengador (2011, Joe Johnston), protagonizada por Chris Evans, demuestra que una película de superhéroes no tiene por qué ser una gran película para ser buena. Como película, a Capitán América le falla la estructura grandiosamente, pero como película de superhéroes, es simplemente grandiosa. Lo que importa es el personaje, y en Capitán América está el Capitán América en plenitud, tal vez más pleno que nunca. Tampoco los tebeos de superhéroes se han hecho famosos por sus buenas historias, sino por sus espectaculares personajes. Sirvan como ejemplo las aventuras originales del Capitán América. En la primera aparición del Cráneo Rojo (Captain America Comics #1, 1941), el Capitán América salta por la ventana para buscar al villano en la noche, sin ninguna pista ni preparación previa. En el último segundo, da la orden a Bucky de quedarse en casa. «Mejor pensado... ¡será mejor que me ocupe de esto yo solo! ¡Espera aquí, Bucky!» Pero el impaciente joven no es capaz de quedarse esperando, por supuesto. Cuatro viñetas después lo vemos asomado a una claraboya, acompañado de un texto de apoyo: «Mientras los espías asesinos [se refiere a la banda de Cráneo Rojo, por supuesto] hacen planes... ¡Bucky descubre accidentalmente su base!» Lamentablemente, el impetuoso muchacho es capturado por el villano y sus secuaces, aunque por fortuna, página y media después es liberado por el propio Capitán América, que irrumpe en la base enemiga (tras llamar a la puerta, eso sí) y empieza a repartir cera a base de bien. Para esta segunda invasión del cubil de Cráneo Rojo el guionista considera que ya es completamente innecesario dar ninguna explicación. ¿Y qué? ¡Vendió millones!

El caso es que, como película, Capitán América tiene una apariencia episódica que le resta fuerza individualmente, pero que encaja con la perfecta traslación del Universo Marvel a la pantalla que está conduciéndonos poco a poco hacia el estreno de Los Vengadores (y que, superado ese umbral, tal vez acabe llevándonos a Marvel Team-Up y quién sabe qué otras alucinaciones adolescentes). Es decir, a estas alturas los Marvel Studios saben perfectamente que están creando un universo, y no una colección de «buenas historias». Así, falta drama en Capitán América; falta drama, por ejemplo, en el final de Cráneo Rojo. Pero todos sospechamos que en realidad el drama sólo se ha diferido: lo retomaremos en Los Vengadores. Vemos Capitán América como una mera precuela, esta vez sí, estrenada antes de su continuación. O sea: es intertextual, requisito indispensable de la continuidad de los universos superheroicos. Por eso hoy decimos: por fin Hollywood lo ha pillado, los superhéroes eran así.

Lo episódico también remite a la que parece otra de las fuentes de esta película, los seriales de aventuras de los años 30 y 40 (de los cuales el propio Capi llegó a protagonizar uno). En todo momento, Capitán América: El primer Vengador es puro pulp desvergonzado, como debe ser, cargado de humor pero sin caer en la parodia obvia. A veces diríamos que es una versión sobria del Batman de Adam West. Esta película sabe que hay que ser atrevido, que llegados a cierto horizonte, uno no se puede andar con contemplaciones, y que eso significa que si cuesta justificar que una figura como el Capitán América combata a los ejércitos nazis, cuesta menos justificar que combata a una secta hipernazi de supervillanos ultratecnológicos. Un loco puede ser un objeto de risa, pero dos locos instauran un nuevo orden mundial, y la locura de Capitán América es tan absoluta y sensata que nos invita a participar de ella. Lo hacemos con gusto. Al fin y al cabo, llevamos años (los viejos lectores de superhéroes) participando de esa grandiosa locura que inventó Jack Kirby. El Capitán América es creación original de Jack Kirby y Joe Simon, pero fue Jack Kirby quien desarrolló con los años, especialmente durante los 60, un estilo de hacer tebeos superheroicos muy particular, donde los ejércitos de matones enmascarados que circulaban sobre megamotos armados con cañones de protones formaban parte del paisaje cotidiano, en el Nueva York moderno o en el Teatro de Operaciones Europeo de la 2ª Guerra Mundial. Y ése es exactamente el mundo que vemos en Capitán América: El primer Vengador, el mundo de Jack Kirby, la lógica dinámica de Jack Kirby. Cuando vemos al Capitán América, solo, montado en su moto, asaltar una fortaleza de Cráneo Rojo defendida por centenares de agentes de Hydra, y cuando le vemos pasar a través de ellos como un torbellino derribando bolos, estamos viendo a Kirby en imagen real, estamos compartiendo el universo de un verdadero visionario del arte contemporáneo.

El nombre de Jack Kirby no aparece debidamente acreditado como cocreador del personaje principal de la película, pero su trabajo está en todas partes. Si lo que Jack Kirby enseñó en sus tebeos es verdad, algún día su nombre perdurará y será conocido como perdura y es conocido su trabajo.

Lo que nos enseñó Jack Kirby, por supuesto, está perfectamente representado en la película, y por eso funciona ésta. Y no me refiero ahora al espectáculo de acción arrolladora, sino al espíritu del protagonista. Spiderman ha popularizado el lema «todo gran poder conlleva una gran responsabilidad», que es uno de los cimientos del Universo Marvel, pero el Capitán América lo complementa con otro mensaje, un mensaje intensamente americano: «No te rindas nunca». Steve Rogers es el hombre que no se rinde, el hombre que puede ser vencido, pero que nunca es derrotado, el ejemplo viviente de levantarse después de la caída. Y también, creo, es la representación idealizada que el propio Kirby hizo de sí mismo. Es común pensar que la Cosa es un trasunto de Kirby en Los Cuatro Fantásticos, pero probablemente el personaje que más directamente le ha representado en sus tebeos de superhéroes fuera el Terrible Turpin de The New Gods. En el número 8 (abril 1972) de esta serie, «The Death Wish of Terrible Turpin», Turpin, un policía chapado a la antigua, intenta detener los desmanes del dios Kalibak en la ciudad. Turpin, rechoncho fumador de puros como el propio Kirby, recibe un castigo insoportable, pero ni una sola vez flaquea en su convencimiento de «arrestar» al «super "Muk-Muk"». Y sigue adelante hasta que, literalmente, ya no puede más. Pero no importa, su esfuerzo ha dado tiempo a que Orion y Lightray lleguen a escena y controlen al brutal Kalibak. Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, sí, pero es nuestro espíritu de lucha, nuestra voluntad, el que nos da todo nuestro poder, nos dice Kirby. Es un poco el reverso norteamericano y popular del Triunfo de la voluntad. Y tal vez en su mentalidad de chico de barrio Kirby fuera incapaz de identificarse con una criatura apolínea y simbólica como el Capitán América, pero sin duda éste representaba para él ese espíritu de combate que le acompañó en el frente en Europa y en el frente del tablero de dibujo durante tantos años de servicio a las viñetas.

New Gods #8 (1972), Jack Kirby (tintas de Mike Royer)

En Capitán América: El primer Vengador, está todo esto, y hay más cosas, como la representación de América como «la tierra de las oportunidades». Peter Parker pasa de alfeñique a superhombre por un azar, por un capricho del destino. Sin embargo, el pusilánime Steve Rogers se convierte en el supersoldado porque lo desea fervientemente. Es decir, no desea convertirse en soldado, ojo, sino que desea ayudar a sus congéneres y detener la carnicería, y si tu voluntad es fuerte, América te ofrece la oportunidad, nos dice esta película. Y te lo crees porque, si bien el guión no es bueno, sin embargo la película sí está bien escrita. Y en ningún momento está tan bien escrita como en el origen.

Hay que decir que el origen siempre ha sido lo mejor del Capitán América. De hecho, ha sido casi lo único que tenía el Capitán América. Después de una andadura gloriosa durante los años 40 (y menos gloriosa y mucho más breve en los 50), el Capitán América se insertó en el Universo Marvel en 1964 (The Avengers #4). A partir de ese momento, su origen -tal y como se había contado durante la Edad de Oro- se volvió a contar con mucha frecuencia, pero el personaje vagó de aventura en aventura sin llegar a formar nunca un verdadero mundo propio y un elenco de secundarios convincente. Parecía incapaz de superar el círculo nutriente de S.H.I.E.L.D. (Nick Furia, Sharon Carter) y los Vengadores, que le había acogido a su llegada, y hasta los años 70 el Capitán América era un individuo a la deriva, un hombre sin vida. Con un origen lejano, pero sin un presente, y con un futuro dudoso. Era un símbolo tan perfecto que resultaba imposible rellenarlo de humanidad.

Ese origen queda definido en las primeras páginas de Captain America Comics #1 (1941), donde se despacha de forma sumaria y casi anónima. Estados Unidos es víctima de las maquinaciones de los saboteadores quintacolumnistas que intentan debilitar a la nación ante su inminente entrada en combate en el conflicto mundial. J. Arthur Grover, director del FBI, tiene un plan para luchar contra los espías. El plan no se nos explica, sino que acompañamos a un grupo de autoridades hasta el escenario donde se desarrollará: una tienda de antigüedades, aparentemente inofensiva, donde una anciana armada les recibe con enigmáticas palabras: «Han descubierto la fórmula... ¡Los están esperando!» Entonces descubrimos que la tienda es sólo una fachada, y un científico de bata blanca nos conduce a un laboratorio «sorprendentemente moderno». Nada es lo que parece, y la anciana dueña de la tienda se quita una máscara de goma para descubrirse bajo ella como una bella agente, X-13. Por fin, en la última tira de la página 4, da comienzo el experimento y vemos por vez primera a Steve Rogers, todavía sin nombre, un mero «débil joven» que, descamisado, se somete a la inyección que le aplica un científico con bigote. En la página siguiente, y a lo largo de cinco viñetas, el «débil joven», rodeado de un halo, se transforma en un mocetón musculoso, y el orgulloso científico anuncia: «¡Te llamaremos Capitán América, hijo! Porque, como tú, América obtendrá las fuerzas para proteger nuestras costas!» La última viñeta de esa misma página anuncia la tragedia continua que será la vida futura del Capitán América: un espía nazi echa mano a su arma. En la página siguiente, al grito de «¡Muerte a los perros de la democracia!», acaba con la vida del profesor («Reinstein», como descubrimos en ese momento en labios del propio Capitán América). El primer acto del recién nacido supersoldado es detener a sopapos al agente enemigo, en una de las primeras grandes escenas de acción de las tantas que nos dejaría Jack Kirby a lo largo de las cuatro décadas siguientes. Acabada la escena del «origen» con la muerte por electrocución accidental del espía (al fin y al cabo, una manera de ahorrar costes al estado), en la viñeta siguiente vemos ya al Capitán América enmascarado y corriendo sobre un mar de titulares. Es la mínima transición a una escena cotidiana en un campamento militar, donde encontramos a Steve Rogers, identificado por vez primera en la viñeta 7 de la página 7 (de 8) de la historia. Allí, Rogers, que apoyado en un bastón y fumando aristocráticamente en pipa parece una extraña mezcla entre un recluta y Bruce Wayne, conversa con el joven Bucky Barnes, un adolescente mascota del regimiento. Bucky, lógicamente, está emocionado por la aparición del «misterioso» Capitán América, así que no es de extrañar que su sorpresa sea mayúscula cuando en la última (media) página, la 8, irrumpe en la tienda de campaña para descubrir a Rogers desenmascarado y con el uniforme del superhéroe. Una situación incómoda que el Capitán América resuelve con esa chispa de inspiración espontánea que sólo los justicieros enmascarados tienen: «A partir de ahora, ambos debemos compartir este secreto... ¡Eso significa que eres mi compañero, Bucky!» La última viñeta ya muestra al Gran Héroe Americano corriendo hacia el peligro en compañía de un niño con antifaz, expresamente para luchar «contra los elementos perversos que quieren derrocar al gobierno de Estados Unidos», pero tal vez con la esperanza secreta por parte del superhéroe de que alguno de esos elementos malignos acabe con el riesgo para su seguridad personal que supone el conocimiento de su identidad secreta por parte de un adolescente.


Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby

Este origen fue recuperado casi paso por paso en Tales of Suspense #63 (1965), de Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Frank Ray). En planteamiento y desarrollo la historia es idéntica, hasta el punto de calcar algunas viñetas, como la de la anciana que se quita la máscara para revelarse como una joven, una manera simbólica de anticipar la forma en que Steve Rogers se desprenderá de su debilidad para revelar su fuerza interior. En esta ocasión, Steve Rogers es identificado en la primera viñeta en la que aparece, en la página 3, aunque el científico responsable del suero supersoldado cambia de nombre y ahora se llama Erskine. Sin importar su nuevo nombre, es igualmente víctima del atentado nazi, y el Capitán América vuelve a detener al espía enemigo en su primera acción, para a continuación pasar a convertirse en el símbolo enmascarado de la lucha contra los saboteadores. La historia nos lleva de nuevo al campamento, donde conocemos al soldado Rogers y a la mascota Barnes, y una vez más Bucky descubre que su amigo es también su ídolo superheroico. Esta vez, quizás considerando que en el origen de 1941 era demasiado descabellado que el Capitán propusiera a Bucky ser su compañero, es el niño el que pide al soldado formar sociedad, a lo que Rogers contesta inmediatamente: «Parece que no tengo alternativa». La coda de la historia es una pequeña escena de acción en la que el Capi y Bucky detienen a una banda de espías que intentaban abordar las costas americanas.



Captain America Comics #1 (1941), Joe Simon y Jack Kirby


Tales of Suspense #63 (1965), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Frank Ray)

Poco después, en Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (con tintas de Syd Shores) volvían a contarnos el origen del héroe abanderado (y Bucky) en una versión más espectacular y meticulosa, pero esencialmente idéntica a las anteriores. Por no alargar más la cosa, allí están todos los elementos: el alfeñique Rogers (presentado por primera vez antes del experimento), la tienda de antigüedades, la anciana que en realidad es una bella agente secreta, el científico que morirá llevándose el secreto de la fórmula (ahora vuelve a ser el Profesor Reinstein), el espía infiltrado. Se añade el elemento de los Vita-Rayos que complementan el efecto del suero supersoldado. La transición entre el experimento y la vida militar de Rogers sigue siendo una viñeta del Capitán sobre un fondo de titulares de prensa. De nuevo Bucky le descubre y de nuevo el Capitán se conforma con aceptarle como socio con un mero: «Parece que no tengo alternativa».

Captain America #109 (1969), Stan Lee y Jack Kirby (tintas de Syd Shores)

El origen era tan perfecto y estaba tan fijado que, cuando en 2007 Ed Brubaker, Steve Epting y Frank D'Armata lo resumen (porque ya no tiene sentido volver a contarlo) en Captain America (volumen 5) #25, no tocan nada (salvo dejarse fuera la parte de Bucky). La película es lo bastante inteligente como para saber recoger esos elementos icónicos, desde el alfeñique hasta la tienda de antigüedades, y simplemente ajustarlos para un mejor efecto apretando los tornillos donde debe. Así, el acento en el (anteriormente implícito) origen alemán del científico inventor del suero supersoldado hace que la dimensión nacional del héroe se vuelva mucho más simbólica: la América del Capitán América no es sólo la de los americanos, es también la de los hombres de buena voluntad, la de los demócratas de todo el mundo; al Capitán América no le mueve el odio hacia el enemigo, le mueve el amor hacia sus semejantes. Por otra parte, la cápsula metálica, el capullo de hierro donde el gusano Rogers se transforma en la mariposa supersoldado, subraya el sentido de Monstruo de Frankenstein bien hecho que siempre tuvo el original. Digamos que el origen cinematográfico anima incluso las lecturas más perversas del personaje: el Capitán América como hijo del complejo industrial-militar (allí está Howard Stark, trabajando codo a codo con el ejército). De pronto, nos damos cuenta de que Ultimates ya estaba en Captain America Comics #1 (1941), y así se cierra el círculo, porque esta película (y todo el Universo Marvel cinematográfico) es hija de Ultimates.

En el origen está también, sin duda, la que es la escena más jubilosa de toda la película, y tal vez de todas las películas de Marvel. Cuando el espía mata al profesor Erskine y escapa con una muestra del suero supersoldado por las calles de Nueva York, el recién renacido Rogers le persigue, ejercitando por vez primera sus nuevos supermúsculos. Y en esa carrera desesperada por las calles de una ciudad decorada de época, descubrimos todo el sentido de la maravilla y el asombro de ver al primer superhombre saliendo al mundo. El primero de muchos que sabemos que llegarán. De nuevo, la intertextualidad, el Universo compartido, hace que lo que estamos viendo sea mucho más grande de lo que realmente parece.

Pero Capitán América: El primer Vengador, hace algo más que explotar lo que ya estaba. En realidad, lo mejora. El sueño de cualquier niño lector de cómics de 1941 (y de cualquier friki durante las décadas siguientes) podría ser inyectarse un suero y convertirse mágicamente en un superhombre (de nuevo, la lectura perversa: América te acepta por lo que eres, siempre que seas capaz de convertirte en el perfecto espécimen físico representado por el rubio capitán del equipo de fútbol), pero había algo que nunca nos habían explicado. Sabíamos cómo se convertía Steve Rogers en supersoldado, pero no sabíamos cómo se convertía el supersoldado en el Capitán América, el Centinela de la Libertad. Capitán América se molesta en explicarlo, y por fin hace que entendamos la lógica detrás de realizar un experimento supersecreto para producir a un superhombre y convertirlo después en un mamarracho disfrazado de colorines y armado con un escudo. La dimensión propagandística del Capitán descubierta por el cine lo convierte inmediatamente en realidad. En metarrealidad, casi podríamos decir, o en una realidad absurda, pero de ésas tenemos muchas en este mundo que habitamos.

Igualmente, la película dialoga constantemente con el personaje de Bucky, sin duda una de las ideas más difíciles de justificar. La idea del sidekick juvenil, tan popular en los 40, siempre ha sido una de las más problemáticas de los superhéroes originales. Pero si costaba tragar que Batman acogiera a Robin, más difícil de explicar resultaba que el Ejército de Estados Unidos mandase al frente a su supersoldado el del escudo acompañado de un niño de 15 años desarmado y tocado con un antifaz. En la película, Bucky es un soldado más, el amigo de Rogers antes de que éste se convierta en superhombre, y astutamente se invierten los papeles del héroe y el sidekick. Steve Rogers aprende de Bucky cómo los fuertes defienden a los débiles. El personaje está tratado someramente, pero con una delicadeza extraordinaria, que hace que incluso nos deje una sombra de Winter Soldier -la última encarnación que ha recibido en los modernos tebeos Marvel- cuando hace de francotirador sobre un fondo nevado y salva la vida al Capitán América. No es el único detalle que remite a los tebeos de los últimos años. El acento que se pone la valentía de Jacques Dernier, el miembro francés de los Howling Commandos, casi parece una respuesta a la celebérrima escena de la «A» del Capitán América en los Ultimates de Mark Millar y Bryan Hitch.

Pero en Capitán América: El primer Vengador, el origen no está completo hasta la última escena. El suero transforma al débil Rogers en el poderoso supersoldado, y el oportunismo político transforma al supersoldado en el Capitán América. Pero el Capitán América no se transformará en el verdadero símbolo americano hasta que no viva la experiencia americana definitiva: la experiencia del emigrante. ¿Y cómo se puede hacer que un personaje sea un producto profundamente nacional que contenga en sí la experiencia de la emigración? El mismo Superman, a pesar de haberse criado en Kansas, será siempre un alienígena. El Capitán América no puede permitirse eso. El Capitán América es irrenunciablemente americano, de Brooklyn de pura cepa. Pero cuando despierta en el siglo XXI, setenta años después de haberse dormido, y camina aturdido por un Times Square abrumador, el Capitán América es un emigrante temporal, un intruso en su propio mundo, un visitante en su propia tierra. Ahora, él, que está dentro, sabe lo que es llegar de fuera. Es un emigrante que viene de un país muy alejado en el tiempo, y que tendrá que encontrar su oportunidad en la nueva América, si es que sigue siendo la misma América, la América intemporal que él representa. En ese momento, el origen está completo, el Capitán América se ha forjado en dos capullos: el primero era de metal y fuego, el segundo de hielo y frío.

Capitán América: El primer Vengador representa al Capitán América de Jack Kirby en todo su esplendor, sí. El personaje es un símbolo de América, también, pero, ¿qué es América en los tebeos de superhéroes? Superman, el modelo para todos, luchaba por «La Verdad, la Justicia y el American Way of Life». Pero, ¿qué representa exactamente el American Way? Richard Reynolds (Super Heroes: A Modern Mythology, 1992) escribía: «A veces el último término se ha interpretado en un sentido nacionalista muy estrecho; los superhéroes han sido en ocasiones defensores acríticos de la política exterior de Estados Unidos. Pero con mucha mayor frecuencia, el tercer término ha representado los ideales recogidos en la constitución de EE.UU. Los superhéroes han sido mejores americanos -en el sentido en el que los padres fundadores habrían entendido el término- que la mayoría de los líderes políticos modernos americanos». Y de alguna manera, supongo que así es como podemos leer (y hemos leído) al Capitán América en Europa: como una manifestación suprema de los (criticados, erosionados, desprestigiados) valores de la Ilustración, unidos a un espíritu de lucha indomable que hace que, después del apocalipsis absoluto que fue la 2ª Guerra Mundial, los superhéroes representen la luz que nunca se apaga, la fe que nunca se pierde. Para Cioran, no se podía escribir poesía después de Auschwitz. Quizás por eso Kirby la dibujó con colores extremadamente chillones e inocentes, con trazos gruesos y rotundos, como un exorcismo íntimo que se pudiese celebrar en una eterna ceremonia colectiva infantil.

Y esa poesía que dibujó Kirby está en cada fotograma de Capitán América.

No está su nombre, pero está su obra.

lunes, 5 de octubre de 2009

¡EL ESLABÓN MÁS DÉBIL!




En septiembre se han cumplido 40 años desde que Vértice empezara a publicar Marvel en España, y a mí todavía me parece que estoy delante del quiosco de la calle Palos de la Frontera comprando el primer tebeo de superhéroes de mi vida. Por la ficha de Universo Marvel (a ellos les he robado también la portada) compruebo que se publicó en enero de 1976, y que el precio de venta al público eran las míticas 35 pesetas.

Todavía me impresiona ver esta página:



Aunque yo la vi por vez primera en blanco y negro, claro.

Cráneo Rojo, Sharon Carter, los Exiliados, SHIELD y el Quinto Durmiente, todo servido por Stan Lee y Jack Kirby. Éste fue el primero.

Después, vinieron más.