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lunes, 12 de septiembre de 2016

CÓMICS SENSACIONALES: GRANDES PREGUNTAS



Grandes preguntas
Anders Nilsen,
2011

Hay comida y comes. Necesitas refugio y te construyes un nido. El mundo ya es bastante complicado sin necesidad de inventarte razones mágicas para las cosas.
El pájaro Curtis

Tengo grabada en la memoria la imagen de Anders Nilsen (1973), un norteamericano rubio y desgarbado de cuarenta años, paseando por las calles de Medellín con un monopatín debajo del brazo en busca de una pista callejera donde practicar algunas maniobras en compañía de los lugareños. Sobre Nilsen me habían engañado en internet. En su entrada de Wikipedia decían que tocaba la guitarra en un grupo. Anders era el primer sorprendido por el dato, y me aseguró que era un infundio cuyo origen desconocía. Él no tocaba ningún instrumento musical. Esto sucedía en 2013, así que nos evitamos una confusión aún mayor que se habría podido producir al año siguiente, cuando otro Anders Nilsen se haría famoso en Noruega con una canción del verano titulada Salsa Tequila cuya gracia estaba, precisamente, en estar cantada en español por alguien que no sabe español. Pero aún más, una búsqueda en Google me había llevado a varios vídeos de Youtube que mostraban a Anders Nilsen luciendo sus habilidades con la tabla con ruedas. Y sin embargo, se trataba de un tercer Anders Nilsen, en este caso campeón de skateboarding, disciplina artístico-deportiva que nuestro Nilsen, el dibujante, no había dejado de practicar durante toda su vida. Pero no, por improbable que parezca la confusión en el caso de alguien que no se llama precisamente John Smith, aquel tampoco era el Anders Nilsen que tenía delante.

jueves, 18 de abril de 2013

ALGO PARA LEER

Un breve boletín para recordar algunos cómics de los que hemos hablado en Mandorla que ahora se encuentran en las librerías españolas. No quiero dejar de recomendar tres novelas gráficas excepcionales:

Grandes preguntas (Fulgencio Pimentel/Sinsentido), de Anders Nilsen: LOS PÁJAROS.
Virus tropical (Random House Mondadori), de Powerpaola: EL VIRUS DE LA VIDA.
La Hermandad de Historietistas del Gran Norte (Sinsentido), de Seth: UN CAPRICHO.

Además, os recuerdo que ya está a la venta Marvel Comics: La historia jamás contada (Panini), de Sean Howe: LA HISTORIA DE MARVEL.

Y aunque no he escrito nada al respecto en Mandorla, quiero llamar la atención sobre un cómic que he traducido y que hace años que forma parte de mis favoritos: BACO (Astiberri), de Eddie Campbell.

martes, 18 de septiembre de 2012

UNA SEMANA DE BONDAD, 1ª PARTE: ENTREVIÑETAS


La semanita que me acabo de pegar no es normal. Tres convenciones o festivales de cómic (tres) en nueve días, cada uno con su propio estilo, con su propia energía y con su propia personalidad. Maratón de viñetas. A lo bestia.


El sábado 8 salía hacia Colombia, donde me habían invitado a participar en Entreviñetas, un festival internacional de cómic. Pero como mi vuelo salía por la tarde, de camino al aeropuerto todavía tuve tiempo de pasarme un momento por la Baltimore Comicon, que abría precisamente ese fin de semana. Después de aguantar la monumental cola que daba la vuelta al Pabellón de Congresos de Baltimore, apenas tuve tiempo de visitarla durante poco más de una hora, lo justo para reencontrarme con sus dos elementos principales: disfraces y cómics viejos.



Como convención mainstream (o friki, elíjase el término que uno prefiera), la de Baltimore me cae bien. Hay mucha gente y está muy animada, pero no hay aglomeraciones insoportables, al estilo de la NYCC, hay disfraces simpáticos y de buen rollo, y hay sobre todo muchos tebeos Marvel y DC que van desde la década de los 60 (e incluso anteriores) a la actualidad, en lugar de muchos karaokes o espacios dedicados a películas y videojuegos. Para un veterano como yo es una experiencia divertida. Y si sabes lo que buscas, incluso una breve visita te sirve para llevarte un puñadito de esas joyas de papel mohoso que llevabas tiempo buscando. Por ejemplo, un New Gods #1 de Kirby o un Marvel Team-Up de la Antorcha Humana y el Hombre de Hielo dibujado por Gil Kane que se me había metido entre ceja y ceja. En la Baltimore Comicon pago muchas deudas con mi infancia.



Del centro de Baltimore me fui directamente a Washington Dulles, donde tomé el vuelo a Bogotá, y allí conecté con otro avión hacia Medellín, mi primer destino en Colombia. Era una de las múltiples sedes del festival internacional Entreviñetas, cuya cabeza visible es Daniel Jiménez, editor de la revista Larva. Entreviñetas es un salón del cómic completamente distinto de los que he conocido en Europa y Estados Unidos hasta ahora. Para empezar, como decía antes, es un festival itinerante que tiene lugar en diversas ciudades (Medellín, Bogotá, Armenia y Manizales, entre otras), y carece de carácter comercial, siendo su actividad completamente cultural y divulgativa. Esto quiere decir que no hay puestos de venta de editoriales o librerías, sino que en su lugar se celebran numerosas conferencias, mesas redondas, debates, exposiciones, talleres y encuentros con autores. [En ese planteamiento podría emparentarse con los sensacionales Diálogos del Sr. Boliche de Valladolid]. La nómina de autores es singular, además. Este año, contaban, como siempre, con numerosos invitados latinoamericanos (entre los que conocí: Decur, de Argentina; Marco Tóxico, de Bolivia; Powerpaola, de Colombia; Fran López, de Argentina; Jesús Cossío, de Perú; Joni B., de Colombia; Truchafrita, de Colombia), y del norte llegábamos Anders Nilsen, Sarah Glidden, Rupert y Mulot y Peggy Burns, editora de Drawn & Quarterly, junto a mí mismo. Es decir, autores experimentales y de vanguardia de Estados Unidos y Francia. Este gusto por el cómic contemporáneo más avanzado, junto a la complejidad misma de una organización tan ambiciosa (en un país de geografía tan difícil como es Colombia) sorprenden cuando uno descubre que la organización es muy joven y que en la actualidad el cómic apenas tiene presencia industrial en Colombia. Es decir: el esfuerzo de Entreviñetas es enorme, y además no ha elegido el camino más fácil. Mi admiración hacia ellos es enorme: su amor por el cómic no admite compromisos.


Fran López, Jesús Cossío, Mandorlo, Sarah Glidden y Anders Nilsen, en Medellín.


Precisamente ese amor por el cómic es el principal activo con el que cuentan los países periféricos a la hora de sacar adelante la historieta, tan maltrecha en casi toda Latinoamérica. Existe talento y existe la voluntad de hacer cómic moderno. Lo que no existe es una clase media lectora que sustente las publicaciones, ni una tradición editorial que consolide las propuestas. Pero por algún lado hay que empezar, y entiendo que ése es el principio que moviliza a Entreviñetas.






En Medellín tuve dos días libres para ver la ciudad antes de iniciar mis actividades. Medellín es una ciudad con personalidad para cualquiera que venga del extranjero (cinco días antes de mi llegada habían matado allí a la mítica Griselda Blanco), pero sobre el terreno resulta aparentemente muy pacífica. En mis paseos pude descubrir la curiosísima escultura de Superman (Christopher Reeve) pensador con la que he abierto este post (no hay otras estatuas de miembros de la Liga de la Justicia desperdigadas por la ciudad, por si alguien se lo está preguntando). Medellín, como muchas ciudades colombianas, está encerrada en un valle entre montañas, y para llegar a algunos de los barrios que han colonizado las laderas es necesario utilizar el metrocable, que es una línea del metro en la que éste se convierte en teleférico, el transporte habitual de las montañas. Salvo que en esta ocasión, en lugar de nieve, lo que vas dejando bajo tus pies son aglomeraciones de viviendas. La experiencia de subir en el metrocable y disfrutar de las impresionantes vistas de la ciudad es sin duda lo que más recordaré de Medellín. También es muy recomendable visitar el Palacio de la Cultura y la «Plaza Botero», incluso aunque las esculturas de este artista te den un poco de grimilla, como es mi caso. Podrías cambiar de opinión.


Por supuesto, para los autores invitados un festival es siempre, y ante todo, la oportunidad de confraternizar con colegas a los que conoces poco o no conoces. Cuando todo el mundo viene de sitios distintos, como es el caso de Entreviñetas, la experiencia es aún más interesante. A contrastar las opiniones de argentinos, peruanos, colombianos, norteamericanos y españoles al respecto de Dan Clowes, Paying for it y las últimas obras de Chester Brown, el Génesis de Crumb y (¡oh, sorpresa!) el viejo duelo de pistoleros Frank Miller-Alan Moore (tema de debate eterno, universal y transversal, según parece) dedicamos buena parte de la barbacoa nocturna del domingo.








En cuanto a las actividades, Anders Nilsen montó una pequeña exposición en el Planetario, mientras que las charlas y talleres se llevaron a cabo en el Parque Explora, al lado del Jardín Botánico (donde en esos momentos tenía lugar la Feria del Libro). El Parque Explora es una de esas instalaciones modernas multiusos donde te encuentras espacios adaptados a todas las funciones, desde conferencias a estudios de televisión, y donde en el jardín te recibe un rebaño de animatronics de dinosaurios. No es que estéticamente sea una maravilla, pero las instalaciones son espectaculares, modernas y con toda la tecnología imaginable excelentemente atendida por un equipo muy profesional. Creo que nunca había hablado en un sitio tan bien preparado.

Entre las muchas instalaciones del Parque Explora hay también un acuario, y fue precisamente en el acuario donde se celebró el taller de Anders Nilsen, a quien finalmente ayudaron Sarah Glidden y Fran López. Ver a un montón de gente dibujando mientras a su lado nadaban (flotaban) peces es una experiencia creativa realmente abisal, en la que los ritmos mentales empiezan a alcanzar profundidades insólitas. Extraordinario acierto el de la organización de Entreviñetas al elegir un escenario tan singular para un taller.




Por mi parte, yo tuve dos charlas en el Parque Explora. En la primera intenté explicar de qué va mi libro La novela gráfica, y en la segunda charlé con Anders Nilsen sobre su obra, y especialmente sobre Big Questions, su último título, que precisamente le ha valido un premio Ignatz en la SPX celebrada este fin de semana, sobre la cual hablaré en el siguiente capítulo. Como estaba ocupado sobre el escenario, no tengo fotos de esos eventos, pero sí de la charla sobre cómic y periodismo que mantuvieron Álvaro Vélez (Truchafrita), Jesús Cossío y Sarah Glidden, y de la portada del periódico del día siguiente, donde se contaba la victoria de Colombia por 1-3 en campo de Chile en partido clasificatorio para el Mundial que coincidió en horario con nuestras conferencias. Una vez más, fútbol y cómic chocaron, pero debo decir que a pesar de todo la participación del público fue notable.

Nada más terminar la charla con Anders salí disparado hacia el aeropuerto de Medellín (que está a cierta distancia de la ciudad, debido precisamente a la barrera de montañas que la rodea), y desde allí volé hasta Bogotá, donde al día siguiente conocí a otras personas, participé en otras actividades y probé algunos manjares de la cocina colombiana. Que es, al fin y al cabo, de lo que se trata, ¿no?



Si bien Medellín es una ciudad moderna, en la que apenas quedan rastros arquitectónicos de su pasado, Bogotá sí que conserva un casco antiguo que remite a la época colonial y sobre el que se ha escrito una historia llena de tensiones. En la Plaza de Simón Bolívar te puedes encontrar llamas para turistas y un destacamento del ejército jurando por la bandera de la paz, imagino que con el ánimo de inaugurar una nueva tradición que celebre el final del conflicto con las FARC. Tenía todo un tono un tanto festivo, por cierto. En Bogotá tenía una agenda apretada, así que espero poder volver otro día para explorarla a fondo, porque lo merece.


Decur, Marco Tóxico, Powerpaola y Mandorlo, en Bogotá.

Por mi parte, durante la mañana, y en la Escuela Nacional de Caricatura, di un taller de guión de cómic en el que participaron unos quince alumnos. Como era mi primera experiencia en estas circunstancias, aproveché algo de lo que vi en el taller de Anders, Sarah y Fran, lo mezclé con algunos consejos de mi amigo David Muñoz, y lo destilé en una fórmula propia que creo que funcionó razonablemente bien. Los alumnos escribieron, hablaron, compartieron proyectos y demostraron una creatividad que me dejó asombrado. Tentado estuve de robarles unas cuantas ideas muy prometedoras. Yo también aprendí mucho de lo que hicimos en aquellas cuatro horas. A veces, los que tenían las mejores ideas no eran los que desarrollaban las mejores historias, y los que habían tenido ideas menos brillantes, sí eran capaces de desarrollar una historia en condiciones. Efectivamente: cuando uno se pone a escribir, nunca se sabe dónde va a acabar, ni cuándo va a acabar. Y una idea no es un guión.



Por la tarde, y en el Teatro El Parque, tuve ocasión de descubrir la obra de algunos dibujantes colombianos (me quedé especialmente flipado con los originales de Felipe Camargo Rojas, pintados sobre tablas de madera), luego participé en una charla sobre La novela gráfica con el guionista y experto en cómic Pablo Guerra, fantástico conversador, y finalmente disfruté muchísimo de la charla que sostuvieron Daniel Jiménez y el argentino Decur sobre la obra de éste. Como el mismo Decur diría: me hizo un bien espiritual. Es más, diría que todo el tiempo que pasé en Colombia me hizo ese bien, y volví a Baltimore felizmente agotado. Y sin tiempo de descansar, porque me esperaban dos editores españoles de ceño fruncido y la más importante convención de cómic independiente que se celebra en Estados Unidos. Sin respiro.

[Y mi agradecimiento especial a Karol, en Medellín, por tratarme tan bien durante toda mi estancia].

(Continúa en la segunda parte)

martes, 22 de noviembre de 2011

LOS PÁJAROS



Contra todo pronóstico (o contra mi pronóstico, que yo soy muy pesimista), la novela gráfica sigue produciendo grandes cómics año tras año. Grandes en extensión y grandes en alcance, quiero decir. En ambos sentidos, pocos se habrán publicado este año tan grandes como Big Questions (Drawn & Quarterly, 2011), de Anders Nilsen. Para mí, lo mejor del año, junto a Paying for It, de Chester Brown, Forming, de Jesse Moynihan y The Love Bunglers, de Jaime Hernandez, salvo error (olvido mío) u omisión (sólo hablo de los que he leído).

En realidad, es un poco engañoso decir que Big Questions es uno de los grandes cómics del año porque, al igual que la mayoría de los clásicos de la novela gráfica, este libro también es una obra de años, que se ha ido gestando muy lentamente. A lo largo de los tres últimos lustros, el estadounidense Nilsen (1973) ha ido desarrollando lentamente este trabajo, pieza a pieza y cuadernillo a cuadernillo, y ha hecho de él una obra de aprendizaje personal y artístico, un impulso creativo que se ha desarrollado casi por su propia inercia y por la lógica del dibujo. El propio Nilsen indica que la mayoría de los elementos de la historia fueron surgiendo por necesidades del dibujo. Así, al hacer un gran plano general de una casa campestre que «necesitaba algo más para que fuera interesante», Nilsen le añadió una sombra de un avión, y eso dotaba a la escena de una sensación de «presagio» que se cumplía más tarde como un accidente de avión. Big Questions es un cómic verdaderamente experimental, porque se desarrolla como el experimento de un estudiante de artes intentando averiguar cómo se hacen los cómics, y cada paso que da en una dirección le aleja de otra emprendida anteriormente. Los elementos que configuran el libro son, pues, los estrictamente esenciales: sólo aquellos que hacía falta dibujar. No que hacía falta dibujar para cumplir algún fin narrativo, algún objetivo, sino, simplemente los que hacía falta dibujar.

En principio, según declara el propio autor, esos elementos son un soldado en un paisaje desolado, un grupo de pájaros y un accidente de avión.

Luego, esos elementos mutan y se combinan de formas más complejas. El soldado será un piloto con narcolepsia. Habrá un idiota que vaga libre por la naturaleza. Y una serpiente sabia y fatalista.

Pero sobre todo, los pájaros, claro, una bandada de pajaritos campestres que, de pronto, empieza a hacerse preguntas sobre la individualidad y el libre albedrío frente al destino y el instinto. Dicho así, podría parecer que estamos ante una versión indie de Juan Salvador Gaviota, pero la gracia de Big Questions es que es más que eso, mucho más, y, sobre todo, que siempre que es algo, inmediatamente pasa a ser otra cosa distinta. Los pájaros son indistinguibles gráficamente unos de otros, lo que produce un cierto efecto alegórico parecido al que producen los ratones de Maus. Pero, al mismo tiempo, las personalidades de los pájaros están muy marcadas, cada uno de ellos se identifica con un nombre muy común -Algernon, Thelma, Curtis, Betty, Morris, etc.- y es fácil reconocerlos por sus diálogos, con frecuencia muy naturalistas y desenvueltos, completamente contrarios a las convenciones de la fábula. Esto produce una corriente de humor soterrado continua, y la estructura de breves sketches de muchas de las escenas hace que el tono pueda parecer en ocasiones similar al de Peanuts: grandes situaciones tratadas por pequeños personajes, el choque cómico de lo trascendental y lo absolutamente prosaico. El Juan Salvador Gaviota indie se convierte en El libro de la selva posmoderno.

Nilsen confiesa que le gusta dibujar muchas veces las mismas cosas. Por ejemplo, repetir a lo largo de varias viñetas el mismo fondo y los mismos personajes, con apenas variantes en la gestualidad de estos. Es esa pasión por el dibujo la que le permite extenderse por un territorio que continuamente se está descubriendo, con una espacialidad palpable a la vez que etérea, un territorio que es tanto geográfico como espiritual y estético. Nilsen explora la llanura blanca de sus páginas y nos revela algunos de sus secretos, pero la sensación es que hay más allá un potencial inmenso que no hay querido explotar, porque prefiere no ser agotador. A pesar de sus 600 páginas, Big Questions transmite una sensación de liviandad, de algo que se ha hecho sin esfuerzo, casi como un juego, y que precisamente gracias a esa estrategia ha tocado filones muy profundos. No es sólo por su preferencia por la línea frente a la mancha, también su económica utilización de los marcos de viñeta tiene que ver con esa sensación de amplitud.

Si aceptamos la tesis de Ng Suat Tong y pensamos que Big Questions se puede entender como un drama religioso, en el que los dos hombres perdidos -el piloto caído y el idiota sin rumbo- representan a los dioses ante la comunidad de pájaros, que se organiza en sus apoyos a uno u otro modelo de religiosidad según el talante de cada cual, entonces debemos concluir que el mensaje de Nilsen es sumamente escéptico y desolador. Nuestros dioses pueden ser también torpes gigantes que nos ignoran, criaturas ajenas a las que hemos malinterpretado, igual que los hombres han sido equivocadamente idolatrados por los pájaros. Es significativo que en Big Questions los hombres no tengan nombre, pero los pájaros sí. Sin embargo, no estamos ante un libro severo y sentencioso, este cómic no es un tratado de filosofía. Big Questions es divertido, endemoniadamente divertido, incluso. Nilsen es uno de esos satiristas que entienden que el mundo se representa mejor como una gran comedia. Una Comedia Humana o una Divina Comedia. Da igual nuestra preferencia, no tenemos que elegir. Una y otra están presentes en Big Questions. Por eso decía que es un libro muy, muy grande, y no por las 600 páginas.