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viernes, 3 de mayo de 2013

IRON MAN 3: «YO SOY TONY STARK»



Hace cinco años, Iron Man cambió completamente la historia de los superhéroes en el cine. Tradicionalmente, Hollywood había hecho películas con superhéroes, pero no de superhéroes. Era como si nunca hubieran podido entender cuál era el secreto misterioso que ocultaban esas viñetas coloridas y cómo trasladarlo a la pantalla, de manera que se conformaban con tomar a personajes estrafalarios con sus llamativos trajes e insertarlos en escenarios y tramas tópicas del cine espectáculo, con la esperanza de que de alguna forma mágica algo acabara trasladándose. Las dos primeras películas de X-Men y las dos primeras de Spiderman ya avisaron de que las cosas se podían hacer de otra manera, de que tal vez había esperanza en el cine para ese género que parecía tan inseparable del medio en el que había nacido. Aquél era el buen camino. Pero lo que supuso Iron Man era algo que nadie nos esperábamos, y probablemente menos que nadie los lectores de superhéroes de toda la vida. La sensación que tuvimos todos es que los Marvel Studios que estaban detrás de aquella película eran la Marvel Comics genuina. Aquello no era una aproximación más o menos tolerable, aquello era el producto auténtico. Las dos horas de festival superheroico culminaban en una frase que para el Universo Marvel cinematográfico se convertiría en el equivalente de «Face it, tiger, you just hit the jackpot»: «I am Iron Man».

Aquel «Yo soy Iron Man» era la apoteosis porque significaba una inversión total de los términos en los que Hollywood había tratado hasta entonces la figura del superhéroe. Lo que Tony Stark estaba diciendo en aquella frase era que él no era realmente Tony Stark, que él era Iron Man. Que en realidad era un superhéroe. Y que se sentía orgulloso de serlo, tanto como para decírselo a todo el mundo.

Ni era un vengador atormentado, ni un monstruo que tenía que descubrir su humanidad, ni un marginado que luchaba por integrarse, ni ningún otro de los estereotipos de manual de autoayuda que protagonizan diez de cada diez superproducciones de Hollywood. Era un superhéroe.

Otra cosa.

Y de aquel cambio de paradigma llegó toda la corriente que culminaba el año pasado en Los Vengadores, la Capilla Sixtina del cine de superhéroes. Las películas serían mejores o peores, pero todas eran inconfundiblemente películas de superhéroes, y no otra cosa.

Y ahora me encuentro escribiendo estas líneas porque acabo de ver Iron Man 3, y lo que he visto es cómo Tony Stark dilapidaba la herencia de Iron Man.

Si Iron Man 3 es buena o mala, mejor o peor que la anterior o que cualquier otra película de Marvel, no es el tema que me ocupa. Lo único que quiero decir es que Iron Man 3 ya no es una película de superhéroes. Es una gran superproducción de acción, intercambiable con muchas otras que se estrenan cada año. Después de los trailers de Fast & Furious 6 y White House Down, de hecho, ya no parece algo diferente.

Comprendo que Robert Downey Jr. se ha convertido de la noche a la mañana, y ya cuarentón, en uno de los actores más poderosos de la industria. No a todo el mundo le pagan 50 millones de dólares por hacer una película. Y parece bastante evidente que el estrellato de Robert Downey Jr. está en directa relación con el eclipse de Iron Man en esta película. Y sí, todos adoramos a ese simpático genio cabroncete, y soy el primero que defenderá que su elección para el papel fue de una clarividencia prodigiosa. Pero no creo que sea bueno que Downey Jr. se coma la franquicia. Al fin y al cabo, llegó al papel de Tony Stark ya mayorcito y con una larga carrera a sus espaldas en la que nunca había tenido un éxito ni remotamente comparable. Robert Downey Jr. no era Tom Cruise, nunca había demostrado ser capaz de soportar un blockbuster de semejante envergadura. Hasta que se puso la armadura. Tal vez ésta tuviera algo que ver, entonces.

Nadie lo diría, viendo Iron Man 3, donde el propio Iron Man parece un secundario arrinconado, como si hubieran vuelto los tiempos en que la idea de un superhéroe en imagen real era una idea tan ridícula que había que intentar disimularlo o transformarlo en alguna otra cosa aceptable. En Iron Man 3 no saben muy bien en qué transformar esa película protagonizada por un exsuperhéroe y que ya no es de superhéroes, así que van probando con diferentes tópicos de Hollywood, y una cucharada tras otra nos van sirviendo la papilla recalentada que lleva años caducada. Así, a ratos Iron Man 3 es una peli con niño (¿qué héroe de acción no ha hecho una peli con niño?), a ratos es una buddy movie con los colegas multirraciales intercambiando ocurrencias mientras disparan a los malos, y a ratos es una peli de espías desesperados pero ingeniosos, una especie de sucedáneo cutre de Misión: Imposible - Protocolo fantasma o de Skyfall, pero que acaba pareciendo más bien una versión hipervitaminada de MacGyver. No es que tenga nada en contra de Protocolo fantasma ni de Skyfall (eh, la segunda es la bomba), pero repito de qué estoy intentando hablar aquí: no son películas de superhéroes.

A ratos, Iron Man 3 intenta ser también una comedia romántica, pero lo hace con torpeza extrema que también se le puede achacar a la falta de respeto con la que trata sus raíces. Si hubieran sido fieles a la Maya Hansen de los cómics, habrían introducido en la dinámica entre Pepper Potts y Tony Stark a una mujer atractiva, que en el pasado tuvo un rollo con Tony antes que Pepper, que es un genio y que quiere hacer que el mundo sea mejor. Una verdadera heroína que habría añadido mucho drama al personaje de Pepper, quien de pronto se habría encontrado con un desafío diferente que el de hacer de mamá del hombre-niño Stark. En lugar de eso, Maya se revela «sorprendentemente» como una villana. ¿Por qué? Porque es un tópico de Hollywood, el truco más desgastado del manual, algo que parece que cae casi por su propio peso en los guiones que finalmente son aprobados, como si no hubiera otra manera de escribir. ¡Por supuesto que tiene que haber un traidor! ¡Y el traidor es la chica nueva, claro! Pero, ¿sirve este giro del personaje para algo más que para rellenar la plantilla del guión estándar de Hollywood? ¿Qué aporta esta Maya Hansen malvada que compense la pérdida de todo lo que nos ofrecía una Maya Hansen buena como la de los cómics? No aporta absolutamente nada. De hecho, si eliminásemos el personaje de Maya Hansen de la película, todo lo que sucede sucedería igual, y todos los sentimientos de los personajes seguirían siendo exactamente los mismos. Maya Hansen es la creadora de Extremis, sí, y eso es lo que sabemos con la primera escena, un flashback a 1999. Pero tanto daría que lo hubiera creado cualquier científico anónimo, eso no afecta a la historia. La siguiente vez que la vemos, está presente durante el ataque del Mandarín a la casa de Tony Stark, pero no interviene en el mismo de ninguna manera. Si ella no hubiera estado allí, toda la escena se habría desarrollado exactamente igual. Luego, también está presente cuando Pepper Potts es secuestrada, pero no la secuestran por intervención de ella. Si Maya Hansen no hubiera estado allí, toda la escena se habría desarrollado exactamente igual. Por último, cuando Tony Stark ha sido capturado, Maya, arrepentida al fin, exige a Aldrich Killian que lo libere, éste reacciona matándola y todo sigue igual, con Tony Stark todavía prisionero, sin ayuda y sin ningún cambio visible en su situación como consecuencia del sacrificio de Maya. Si Maya Hansen no hubiera estado allí, toda la escena se habría desarrollado exactamente igual. Sinceramente, creo que podrían haber hecho algo mejor con el personaje, algo como lo que hay en los cómics. Pero eso ya es inconcebible, porque esta película ya no es una película de superhéroes, sino una película de Hollywood y tiene que ser como son las películas de Hollywood. A ser posible, como un compuesto amorfo de media docena de ellas.

Insisto, me limito a hablar de una sola cuestión. No digo con esto que no haya disfrutado a ratos de la película. Si yo veo a un tío vestido de superhéroes repartiendo hostias en pantalla y las explosiones suenan muy fuerte, se me pone la carne de gallina, no puedo evitarlo, es como una reacción química. Y hay ideas intrigantes en Iron Man 3, sin duda la que más el tratamiento que recibe el Mandarín. Es sorprendente encontrarse con que el villano de la función, que se ha presentado como un estereotipado terrorista asiático, acabe siendo un invento del propio entramado industrial-militar norteamericano. Pero tal vez esto sea más bien un indicador de los tiempos que corren, y cómo el pensamiento crítico se ha devaluado ya a argumento de relleno para pelis familiares. El sistema lo absorbe y lo neutraliza todo. Y por otra parte, tampoco se puede negar que más allá del giro que se propone para el supervillano, el tratamiento exageradamente paródico que se le da a Ben Kingsley a partir del momento de su revelación escora de forma excesiva la película hacia la comedieta barata de centro comercial. Lo cual, de nuevo, no digo ni que esté bien ni que esté mal (doy fe de que el público se reía a carcajadas con los chistes, y hasta aplaudió cuando el ejército de armaduras acude al rescate en la batalla final), pero no es lo que pasaría en una película de superhéroes.

Total, que cuando Iron Man 3 acaba y nos deja resonando la última frase: «I am Iron Man», comprendemos que lo que ha hecho Tony Stark ha sido desandar todo el camino recorrido en Iron Man y volver al punto de partida. Y por eso la misma frase que cerraba la primera tiene el significado completamente opuesto en la tercera. Lo que está diciendo Tony Stark ahora, después de soportar todas las ordalías que ha soportado sin su armadura, después de extraer su corazón mecánico del pecho, es que el verdadero Iron Man es él, Tony Stark. Iron Man es el hombre, y no la armadura.

Y así, vuelve al redil de los personajes que protagonizan todos los blockbusters de Hollywood: los que viven su aventura como una terapia de autoayuda. Se ha curado de su ansiedad. Se ha curado de su superheroísmo. Robert Downey Jr. vuelve a ser lo que siempre quiso ser y nunca pudo: una superestrella de Hollywood. Tom Cruise. Una figura larger than life. Larger than Iron Man, al menos.

MÁS: Iron Man 2 en Mandorla.

domingo, 2 de mayo de 2010

REVENGE OF THE NERDS

Hace unas semanas comenté que Invincible Iron Man era mi serie favorita de las que traduzco, y debo decir que la primera peli de Iron Man probablemente también sea mi película favorita de superhéroes. Así que las expectativas antes de ir a ver Iron Man 2 era encontrarme con un bodrio insoportable que me hiciera olvidar todo lo bueno que tenía la primera (así somos los forofos). Y bueno, sí, es cierto que Iron Man 2 es peor que la primera, pero ni mucho menos tan catastrófica como me temía.

La historia (que no el guión) es una mierda, eso que quede claro. No tiene fuerza, no tiene una dinámica propia, no tiene algo que te mantenga verdaderamente interesado durante todo el tiempo. La primera tampoco era una maravilla, pero era más cerrada, más completa, más eficaz. Más película. En Iron Man 2 me he quedado con la sensación de haber visto un remontaje de tres o cuatro episodios de una serie de televisión, más que una película de verdad. De hecho, la forma de iniciar la película revela una continuidad tan absoluta con la primera que es como si de partida renunciaran a un posible nuevo espectador.
Pero aunque el argumento flojea a ratos y hace que el interés decaiga, y aunque hay momentos y personajes tópicos del cine de Hollywood que te hacen bostezar nada más verlos (ejemplo, el trilladísimo Justin Hammer, que te da ganas de hacer zapping cada vez que aparece en pantalla), el mundo del Iron Man cinematográfico sigue molando, los detalles siguen molando y yo seguiría pagando una cierta cantidad de dinero sólo por ver un rato a Robert Downey Jr. haciendo de Tony Stark. Best casting ever!
Me ha hecho gracia que ésta sea tal vez la película más friki que se ha rodado nunca. ¿Dónde, si no, se puede hacer un chiste con una alusión a un superhéroe que no ha salido nunca en una película? Me refiero, claro, a la escena del escudo del Capitán América. En ese momento, y cuando comprendí que todas las chicas que habían venido al cine de «acompañantes» con nosotros los «entendidos» pillaban perfectamente el chiste, y sabían que aquél era el escudo del Capitán América, de quien nunca habían leído un tebeo ni por equivocación, me di cuenta de que, definitivamente, los frikis han triunfado y es el momento de reevaluar nuestros conceptos de lo bizarro, lo pulp, la serie B y lo mainstream. Bueno, ya me había dado cuenta con Perdidos, pero esto fue como la consagración. The Revenge of the nerds se ha consumado.
Diré por último que el gran triunfo de las pelis de Iron Man está en haber sabido descubrir al gran personaje arquetípico que había enterrado en el (a menudo maltratado) personaje del tebeo. Viendo las películas, entiendes qué es Iron Man: el gran héroe americano por excelencia (el capitalista que valora la iniciativa propia por encima de todo, el individualista, el rebelde, y, por supuesto, el triunfador), y el gran héroe contemporáneo por excelencia (antinostálgico, no vive en el pasado, pero ni siquiera en el presente, vive en el futuro, que es una esperanza constante, como un Edison o Tesla mítico de nuestros tiempos... pero que habita la pantalla de la vida pública en la era de la destrucción de la intimidad).
Este logro, que es fundamental para que un héroe conecte con el imaginario popular, lo consiguieron también las dos primeras películas de X-Men y de Spiderman, y no las lamentables Batman Begins y Superman Returns. Aunque los personajes de DC no deberían perder la esperanza: El caballero oscuro corregía muchos de los errores de su predecesora.
En fin, basta de frikismo para una mañana luminosa de domingo. Creo que con haber visto que Mickey Rourke no era el desastre que me esperaba, ya me he quedado más contento de lo que imaginaba.

miércoles, 13 de enero de 2010

NUEVO Y SENSACIONAL


Cómo he disfrutado releyendo Captain Marvel #17 (Marvel, 1969, Roy Thomas, Gil Kane y Dan Adkins), uno de los tebeos que me traje de Getxo. El Capitán Marvel es otro de mis 20 ó 25 personajes favoritos de siempre, y éste era uno de los huecos que me quedaban para completar la colección de comic books originales. Y no es un número cualquiera, ni mucho menos. Éste es el número de presentación del nuevo Capitán Marvel, el del traje rojo y azul que sustituía al antiguo uniforme de cosmonauta verde y blanco (un poco anticuado, sí, pero que cada vez me gusta más, tengo que reconocerlo). Pero, en fin, a estas alturas esos detalles frikis son lo de menos, lo fundamental es el asombro que produce pasar estas páginas con más de 40 años a sus espaldas y encontrarse con un Gil Kane rabiosamente contemporáneo. El episodio está organizado a base de grandes imágenes-póster, de manera que cada página produce un impacto monumental, una sensación de asombro y grandeza inherente al mismo acto de leer el tebeo (el sense of wonder superheroico) casi con independencia de lo que se cuenta en la página. Por ejemplo, en estas dos páginas está justificada la utilización de los viñetones estáticos porque se están rememorando viejas andanzas y se están invocando figuras de grandes superhéroes:

Pero a continuación, nos encontramos con Rick Jones haciendo autoestop, y el tratamiento es exactamente igual de majestuoso:
Estas dos páginas enfrentadas hacen un efecto rarísimo al verlas. Casi parece que en la segunda el Gil Kane de Marvel hubiera sufrido una recesión al Gil Kane previo de Linterna Verde.
El dominio abrumador de la imagen superheroica página tras página, elevada a su máxima potencia, me recuerda muchísimo a un tebeo reciente: Batman: The Dark Knight Strikes Again, la fantasía superheroica definitiva de Frank Miller. No creo que sea casualidad.
Kane echa mano de grandes imágenes y de una profusión de la figura heroica (el cuerpo masculino desnudo, al fin y al cabo), y con frecuencia rompe los marcos de las viñetas (es otra de las cosas que ayuda a crear la página-póster) y las composiciones en ángulo, siempre superdramáticas. Por supuesto, la precipitación con la que se trabaja en Marvel en ese momento hace que el dibujo no siempre esté cuidado, pero lo interesante es cómo Kane también es capaz de narrar con gran depuración visual a pesar de estar buscando continuamente el impacto visual. Un buen ejemplo lo vemos en la tira siguiente:
En la primera viñeta, las líneas inclinadas (la morada, de la pared del fondo, y la verde, de la barandilla), llevan directamente hacia la viñeta siguiente, donde por un lado se continúan con la negra de la pared, y por otro se ven frenadas por la rosa de los cables, que enmarca la figura de Rick y refuerza el cambio de orientación hacia la tercera viñeta. Si seguimos el movimiento del ojo en el tránsito de la viñeta 1 a la viñeta 2, de forma natural nos lleva por la pared hasta el cubo de basura y Rick Jones, y su pie (la inercia de la mirada nos conduce hasta ahí), se continúa con la pata del chucho en la tercera viñeta, desde donde pasamos directamente al lomo y la cabeza del animal y de nuevo a Rick Jones, que reaparece como por sorpresa, aunque no hemos dejado de verle en ningún momento. Fin de la secuencia. Leer esas tres viñetas (sin el texto) no puede ser más fácil ni más emocionante. El color, por cierto, ayuda mucho. Hablando de color, flipo con el de esta página, casi parece Peter Petrake:
La historia es puro ruido, fragor y melodrama, pero acaba en una nota reflexiva que nos deja con la sensación de que el angst prefabricado de Marvel dota de un peso especial a la sucesión de poses extrañas del héroe musculoso a las que hemos asistido durante las veinte páginas anteriores. No hace falta leer las palabras para entender la gravedad de la última tira. Está todo contado visualmente, y no con el dibujo, sino con la articulación ente viñetas y la manipulación del marco de las mismas:
La portada de este tebeo anteponía al título Captain Marvel los adjetivos "sensacional" y "nuevo". Cuarenta años después, eso es exactamente lo que sigue pareciendo: sensacional y nuevo. Gil Kane: qué grande fuiste.

ADEMÁS: Lo bueno de manejar comic books originales en lugar de reediciones es que uno se encuentra con todo aquello que acompañaba a la historieta en sí y que muchas veces la pone en su verdadero contexto. Me refiero, por supuesto, a anuncios, correo de los lectores, etc. Y es curioso observar cómo se debatían en su momento las cosas que hoy en día damos por supuestas. Hace poco, a raíz del Invincible Iron Man de Matt Fraction y Salvador Larroca, debatíamos sobre los problemas de la continuidad y sobre la conveniencia o no de hacer historias de 22 páginas que tienen sentido en una revista si luego se van a leer recopiladas en libro. El debate no es nuevo. Ésta es la "Stan's Sopabox" (la columna editorial de Stan Lee) que aparece en este ejemplar con fecha de octubre de 1969: "¡Aquí lo tenéis, pandilla! ¡Un anuncio tan portentoso que hemos tardado meses en reunir valor para hacerlo! ¡Empezando lo antes posible, vamos a abandonar nuestra política de historias continuadas! ¡Sí, eso significa que intentaremos que cada obra maestra Marvel esté completa en cada número! Vuestras cartas han quedado al 50% a favor y en contra, y dado que nosotros personalmente preferimos los relatos continuados, los mantuvimos en marcha. Pero por fin hemos decidido que el otro 50% del marvelismo merecía igualdad de derechos, y siempre es emocionante cambiar. Eso hará que nuestro trabajo sea mucho más difícil: tendremos que abreviar los argumentos, y tal vez rebajar algunas subtramas e imponer un ritmo más estricto. Pero es lo menos que podemos hacer por nuestros alegres lectores, y será divertido ver cómo sale. ¡Puede que algunas de las historias actuales tarden uno o dos números más en cerrarse, y ocasionalmente TENDREMOS que ofrecer una historia en dos capítulos, pero en gran medida abandonaremos las historias continuadas hasta nueva orden! Ahora, por el amor de Odín, escribid tan pronto como podáis para decirnos qué os parece esto. ¡Si estamos cometiendo otro estúpido error, puede que la columna del mes que viene la escriba Irving Forbush!"
También me parece interesante la siguiente carta, enviada por Walt Stringer, de Armore, que aparece en la página de correo ("Mail It to Mar-Vell"): "He leído con gran interés el intercambio de cartas en CAPTAIN MARVEL #13 sobre el destino del Capitán Marvel y sus futuras hazañas. Eso me ha hecho pensar, y éste es el resultado.
Lo primero es que tenéis un personaje en una situación bastante similar a la de SILVER SURFER. Ambos tienen grandes poderes y ambos están atrapados en la Tierra debido a que sus superiores los han metido allí. Y por último, ambos están colgados de al menos una chica, lo cual me lleva a mi segundo punto. Yo personalmente daría la bienvenida a como mínimo un superhéroe en vuestro repertorio que no tenga problemas con su chica, con su identidad o con la ley, y que sea un solitario. Eso daría libertad completa al personaje y a quienes lo dibujan y escriben sus conversaciones y su acción. Mar-Vell es del espacio exterior; ¿por qué no devolverle allí? Podría encontrarse con el Vigilante y tener otras aventuras de ciencia-ficción sin límites para la imaginación.
Supongo que lo que quiero en realidad es un héroe solitario que esté libre de lazos emocionales, libre para ir y venir como guste, y cuyas aventuras se alejen de los argumentos y los dibujos tradicionales en el cómic. Gracias por escuchar".
La respuesta de Marvel es significativa: "La verdad, Walt, es que creemos que estás poniendo el carro delante del caballo del superhéroe en tu razonamiento. Al fin y al cabo, fue la maravillosa Marvel (empezando con los Cuatro Fantásticos, en el 61) la que hizo que el héroe con lazos emocionales cobrara valor propio; hasta ese momento, lo que se solían seguir era lo que llamas las historias "tradicionales", con una implicación relativamente escasa del héroe en ningún conflicto que se pareciese a los que se encuentran en la vida real".
La discusión se produce a punto de acabarse la "década Marvel", al borde de 1970, lo cual da para pensar, como mínimo, en qué medida no decimos con demasiada alegría que el estilo Marvel revolucionó los cómics, como si instantáneamente hubiera transformado el paisaje. Puede que fuera un proceso más traumático del que nos hemos acostumbrado a creer. Puede que lo siga siendo. Al fin y al cabo, la inquebrantable línea de la continuidad comunica directamente aquel Captain Marvel con este Invincible Iron Man.

viernes, 8 de enero de 2010

MI CURRO FAVORITO

De todas las series Marvel que traduzco ahora mismo, la que más me divierte es Invincible Iron Man, que se publica en España como Iron Man & Máquina de Guerra, acompañando cada episodio de otro de War Machine.

Invincible Iron Man empezó bastante bien, con una historia de ciberterrorismo mundial muy intensa titulada "Las cinco pesadillas", que ya ha sido recopilada en tomo. Durante el último año, Invincible Iron Man ha estado dedicado a una larga historia titulada "El más buscado del mundo", que ha sido todavía mejor. La premisa, para aquellos que no estén muy al día en el Universo Marvel actual: la agencia gubernamental de superespías S.H.I.E.L.D. (que en su día dirigiera Nick Furia) ha sido sustituida por H.A.M.M.E.R., dirigida por Norman Osborn, el Duende Verde. Un supervillano, por tanto, está al mando de la fuerza de seguridad más importante de Estados Unidos, y el último director de S.H.I.E.L.D. fue precisamente Robert Downey Jr.... o sea, Tony Stark, perdón. Como una ley había obligado a todos los superhéroes a registrarse ante el gobierno, revelando sus identidades secretas en un documento confidencial, ahora Norman Osborn, en virtud de su nuevo cargo, tendría acceso a todos esos secretos vitales y podría exterminar a todos los superhéroes, utilizando para ello ni más ni menos que a las fuerzas de seguridad del estado. Sólo hay un pero: toda la información referente al registro de superhéroes está almacenada en el cerebro de Tony Stark, como si de un disco duro se tratara, y éste no piensa entregársela a Osborn. Por el contrario, Stark emprende una huida por todo el mundo, perseguido por las fuerzas de H.A.M.M.E.R., en la que va saltando de taller secreto en taller secreto, borrándose en cada estancia una parte de su cerebro para impedir que los datos sensibles lleguen a manos del archivillano. Lo malo: cada vez que Stark borra datos de su cabeza, también borra una parte de su inteligencia. Y a medida que Stark va siendo menos listo, se ve obligado a utilizar armaduras menos sofisticadas, en una suerte de regresión a lo largo de todos los años de evolución tecnológica de Iron Man. El cerco, como es de suponer, se va cerrando episodio tras episodio.
Lo que me gusta de Invincible Iron Man es que tiene todo lo que me gustaba de Iron Man de pequeño (el Hombre de Hierro era uno de mis personajes favoritos; tengamos en cuenta también que tenía como 20 ó 25 personajes favoritos), y además tiene cosas nuevas que nunca tuvo el Iron Man original pero que debería haber tenido. Conserva ese sentimiento de desesperación del Iron Man de George Tuska, que siempre se estaba llevando las manos al pecho porque le estaba fallando la placa pectoral en el momento más inoportuno, esa especie de irreductible deseo de seguir adelante a pesar de todas las adversidades, y añade un escenario mundial repleto de tecnología punta y de ciencia-ficción y política-ficción plausibles. En realidad, si hubiera que trasladar las historias actuales de Iron Man a la pantalla, el formato ideal no sería una película cinematográfica, sino un informativo de la CNN.
Matt Fraction escribe con una soltura tremenda -le he leído otras cosas y no me han entusiasmado como ésta-, utilizando todos los trucos del manual, pero utilizándolos con mucho acierto: la serie es una máquina de producir puntos de giro continuamente. Evidentemente, el modelo son las series de televisión de la última década, como para tantos cómics americanos actuales. Pero más allá de lo que uno piense de esta tendencia en general, el caso es que en Invincible Iron Man han conseguido recrear esa adrenalina adictiva típica de 24, Perdidos o Battlestar Galactica en sus mejores momentos, y lo han conseguido sin traicionar el espíritu de un personaje Marvel con más de 40 años de historia a las espaldas. El éxito corresponde también al apartado artístico, por supuesto, pues Salvador Larroca y Frank D'Armata proponen un paisaje de tecnología punta que funciona como representación y a la vez como comentario de la serie: la realidad virtual a través de una estética de hiperrealidad virtual. El amor por la máquina, el erotismo del acero reluciente y las planchas metálicas con remaches, la pasión por el cableado y los monitores digitales, están en cada texturizada viñeta de Invincible Iron Man.
Mi primer impulso es pensar: "De niño habría flipado con esta serie". Pero pensándolo mejor, tengo mis dudas. Invincible Iron Man es una serie muy de nuestros días, rabiosamente de 2010. Los viejos fans de superhéroes con frecuencia tienden (tendemos) a lamentarnos de que los tebeos de hoy sean mucho peores que los de antes, pero eso, sencillamente, es mentira. Los tebeos de superhéroes de hoy son, por lo general, mucho mejores que los de antes. Son mucho mejores en calidad de producción, tanto en guiones como en dibujo. Están más trabajados, más meditados, son más complejos, más matizados, más osados en sus planteamientos y en la forma de llevarlos a cabo. Llegan al punto de que, cuando están bien hechos, como es el caso, pueden entretener perfectamente a un adulto sin obligarle a rebajarse o a ponerse en modo infantil. Por eso dudo de que Invincible Iron Man me hubiera alucinado de pequeño: dudo que lo hubiera entendido. Es demasiado celérico, demasiado cínico, demasiado elíptico, demasiado sucio para leerlo con ojos de niños. Por supuesto, cabe preguntarse si este aumento en la sofisticación de los tebeos de superhéroes hace que ahora sean realmente mejores -más eficaces en su función, más productivos como herramientas de la imaginación- que antes. Pero eso es un debate demasiado amplio para tratarlo aquí, donde sólo quería dejar constancia de que este Invincible Iron Man es, en este momento, mi curro favorito.
CODA: Matt Fraction es uno de los autores que aparecen en The Comics Journal 300, en su caso en conversación con Denny O'Neil. Allí dice: "La serie de Iron Man que escribo se lanzó cuando estrenaron la película, y no tuve acceso especial a ninguna información que no tuviera cualquier otra persona. De hecho, vi el trailer el mismo fin de semana que todo el mundo vio el trailer y eso fue todo lo que sabía, aparte de lo que había leído en Variety sobre a quién habían elegido para el reparto. Intenté intuir todo lo que pude sobre cómo sería la película. Lo que consideré que era mi misión para aquella primera saga era que tenía que escribir un cómic para gente que llevaba toda la vida leyendo Iron Man y para gente que iba a entrar en una librería de cómics el sábado después de ver Iron Man el viernes por la noche con la intención de echarle un vistazo al tebeo de Iron Man. Entonces, ¿cómo coges a gente que sólo conoce el cómic, cómo coges a gente que sólo conoce la película, y cómo los sintetizas de forma que consigas a ambos?"