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martes, 13 de septiembre de 2016

LA GIRA DE AMÉRICA


Esta semana y la próxima, Ana Galvañ, José Domingo, Javier Olivares, David Rubín y yo estamos de gira por Estados Unidos apoyando el lanzamiento del volumen recopilatorio Spanish Fever, versión americana de Panorama. Si estáis por la zona y queréis venir a charlar y comeros unas tortitas con bacon con nosotros, podéis consultar nuestro programa en la página de Spain Arts & Culture, la fundación que ha hecho posible esta gira:

Programa para Washington D. C. y alrededores.
Programa para Nueva York.

Os lo resumo aquí:

Jueves 15, 18:30h, Washington DC: Charla con los autores en la Antigua Residencia de los Embajadores de España, moderada por José Villarrubia.
Viernes 16, 13:00h, Baltimore: Encuentro con los estudiantes del MICA (Maryland Institute College of Art).
Sábado 17, 13:00h, Bethesda: Mesa redonda sobre cómic español en la SPX. Moderada por Matt Madden.
Sábado 17, 15:00h, Bethesda: Taller de creación de cómics con José Domingo y David Rubín en la SPX.
Sábado 17, 16:00h, Bethesda: Sesión de firmas en el stand de Fantagraphics.
Domingo 18, 13:00h, Bethesda: Sesión de firmas en el stand de Fantagraphics.
Martes 20, 18:00h, Nueva York: Charla en la Universidad de Columbia.
Miércoles 21, 19:00h, Nueva York: Presentación y firmas en la librería McNally Jackson.

Como se suele decir: ¡no vamos a tener tiempo de aburrirnos! See you on the other side!

martes, 16 de agosto de 2016

SPANISH FEVER EN SPX


Ya es oficial y me llena de orgullo y de ilusión poder comentarlo aquí: una delegación de autores españoles estará representando a Spanish Fever en la Small Press Expo que se celebra dentro de un mes en Bethesda (Maryland).

¿Qué es Spanish Fever? La versión americana de Panorama, la antología de cómic español contemporáneo que coordiné para Astiberri en 2013, y que ha sido publicada este mismo mes por Fantagraphics. Aquí tenéis más datos.

¿Qué es la SPX? Un festival de cómic alternativo, probablemente el más importante de Estados Unidos. Se celebra desde 1994 y en ella se entregan los Ignatz, que son los premios de cómic de carácter artístico más significados del país. Este año tendrá lugar el 17 y 18 de septiembre, y entre los invitados especiales con los que contará se encuentran Daniel Clowes, Joe Sacco, Trina Robbins, Jaime Hernandez, Gilbert Hernandez, Charles Burns, Jim Woodring y la fantástica Lisa Hanawalt. Pero también Javier Olivares, David Rubín, Ana Galvañ y José Domingo, a quienes tendrá la suerte de poder acompañar el que esto firma.

Entre 2011 y 2015 estuve viviendo en Baltimore, a 40 minutos en coche del Marriott de Bethesda donde se celebra la SPX, y no me perdí ninguna de las ediciones del festival. Ésta es la crónica que hice el primer año, y éstas las de otras dos ocasiones en que acompañé a Iñaki Sanz y Alberto García Marcos y también a Pepo Pérez y Robur. En todas las ocasiones disfruté muchísimo de la experiencia y aproveché para llenar mi Flickr de retratos que podéis ver aquí.

Por eso me hace una ilusión especial poder acompañar a mis colegas en esta visita a un festival al que tengo un cariño muy personal. Sólo lamento que no haya coincidido con el tiempo en que yo estaba viviendo en Baltimore, o habría podido llevar a Javier, Ana, David y José a desayunar a Pete's Grill, el diner favorito de Michael Phelps, el Tiburón de Baltimore, donde todos los domingos me metía unos espectaculares chocolate chip pancakes.

La delegación Spanish Fever estará muy ocupada durante el fin de semana del festival. Participaremos en mesas redondas y talleres, y estaremos en el stand de Fantagraphics (que casualmente celebra en este evento su 40 aniversario) firmando ejemplares del libro. Pero ahí no se acaba la cosa. También tendremos actos en Washington DC, en Baltimore y en Nueva York. Más adelante pondré el programa completo de nuestra gira para que quienes estén de visita o residan en la zona se pasen a vernos si lo desean.

Todo esto ha sido posible gracias al apoyo de la fundación Spain Arts & Culture, que ha querido hacer un esfuerzo por promover la presencia de nuestro cómic en Estados Unidos. Desde aquí, mi agradecimiento por su trabajo y compromiso a Guillermo Corral, María Molina, Cristina Ruiz, Xavi Ruiz, Berta Corredor y el resto del equipo que ha dedicado su tiempo a hacer realidad nuestra visita. Es gracias a ellos, a la visión y compromiso de Astiberri, y al talento de nuestros historietistas -no sólo de los que participan en el viaje, que son sólo una representación de un colectivo- que vamos a tener oportunidad de vivir esta experiencia.

Como decía antes, por motivos personales me hace ilusión que se haga realidad esta visita a un festival con el que tengo lazos íntimos, pero además desde el punto de vista profesional me llena de orgullo que Panorama haya llegado hasta aquí. La intención original del proyecto era, por un lado, ayudar a crear comunidad entre los historietistas que trabajan ahora mismo en las viñetas en España, y por otro, contribuir a la difusión de su obra entre un público más amplio. Qué mejor forma de cumplir con esta meta que llevando nuestras historietas hasta un público como el norteamericano en un escenario tan brillante como éste. A veces nos quejamos mucho, sí, pero oye, hay que decir que las cosas también pueden salir bien ocasionalmente. Pero eso sí, hay que currárselas. Un poquito.

¡Nos vemos en las Américas!

martes, 3 de mayo de 2016

SPANISH FEVER


Fantagraphics publicará Panorama en Estados Unidos bajo el título de Spanish Fever. El volumen aparecerá el próximo mes de agosto bajo la portada que encabeza esta entrada.

Panorama es una antología de cómic español contemporáneo que publicó Astiberri y edité yo mismo en 2013. La intención de aquel volumen era ofrecer una muestra del excelente cómic que se estaba produciendo en España, reuniendo historietas inéditas (en su mayoría) de toda una diversidad de autores del momento. Aquí escribí explicando todo el proyecto.

Como el objetivo principal de Panorama era divulgar, difundir y promover el cómic español de nuestros días, me hace inmensamente feliz que continúe y amplíe su misión llevando esta perspectiva de nuestras viñetas hasta el público norteamericano. Para muchos de los autores reunidos en sus páginas será la primera vez que su obra aparezca en inglés. Y el marco no puede ser más adecuado. Fantagraphics es la editorial de referencia del cómic artístico y de autor en todo el mundo. No penséis que lo digo ahora porque publican Spanish Fever, aquí tenéis una entrada de hace unos años en la que ya explicaba lo que significa para mí la editorial de Seattle.

martes, 5 de noviembre de 2013

LOS MEJORES TEBEOS DEL MUNDO


Fantagraphics ha lanzado un kickstarter, y yo os animo a apoyarlo.

Los lectores de Mandorla saben que éste no es un blog dedicado a la actualidad, a las noticias ni a reenlazar cosas que se ven por otros sitios. Éste es un blog dedicado a... uh... a mí mismo como persona cuya vida gira en torno al cómic. Y es precisamente por eso por lo que llamo la atención sobre este kickstarter.

Como el mismo Gary Groth explica, Fantagraphics ha tenido un año muy difícil, principalmente por la muerte de uno de sus miembros fundadores, Kim Thompson, tal vez la persona que más ha hecho por introducir el cómic internacional en Estados Unidos. A esto se han añadido dificultades económicas que hacían peligrar el plan editorial para la primera mitad de 2014. Una de las posibles salidas que se ofrecían a la compañía de Seattle era la que parece el destino de toda empresa capitalista: entregarse a manos (y dineros) ajenos. Pero como ellos mismos dicen: We don't want to sell out, so we need you to buy in.

O dicho de otra manera, si hay que venderse, ¿qué mejor que hacerlo a los propios lectores?

Este kickstarter plantea así una cierta integración del crowdfunding en la normalidad del funcionamiento cotidiano. El objetivo no es financiar ningún proyecto extraordinario, el objetivo es sólo que todo siga funcionando con normalidad y que Fantagraphics pueda publicar los 39 libros que tiene previstos para la primavera del año que viene. Ojo con esos títulos, porque hay obras de Peter Bagge, Jaime Hernandez, Gilbert Hernandez, Olivier Schrauwen, Simon Hanselmann y Jim Woodring, entre otros, además de ediciones históricas de Charles Schulz, Hal Foster y Carl Barks, por mencionar algunos.

Pero, sinceramente, el motivo que tengo para apoyar este kickstarter no es tanto lo que vendrá como lo que me han dado ya. Lo que les debo, en suma. Como decía antes, hago este llamamiento porque este blog va sobre mí como historietista y como lector de tebeos, y lo que soy hoy en día tanto en una cosa como en la otra no lo sería si no llevara 30 años leyendo los cómics publicados por Fantagraphics. Sin The Comics Journal, sin los Hermanos Hernandez, sin Daniel Clowes, sin Chris Ware, y sin tantísimos otros. Siempre que cierra una empresa dedicada a la industria cultural decimos que se pierde algo irreparable, pero en algunas ocasiones es realmente verdad. Si Fantagraphics desapareciera, desaparecería una de las entidades que más han influido realmente en la cultura contemporánea, y no digamos en la visión del cómic moderno que tenemos en todo el mundo. No estoy exagerando nada. No creo que otros hubieran hecho lo mismo que han hecho ellos durante tantos años. No puedo imaginar cómo sería el cómic actual sin el esfuerzo continuado (obstinado, diría) de Gary Groth, Kim Thompson y su equipo durante este tiempo.

Por eso, por todo lo que les debo, siempre que Fantagraphics necesite ayuda y yo esté en disposición de prestársela, podrán contar con ella.

Y si tú estás leyendo Mandorla, imagino que sentirás al menos una cierta afinidad con el tipo de cómics que aquí suelo comentar, y eso probablemente te convertirá en público potencial de Fantagraphics. Si de todas maneras te vas a comprar uno, o dos, o tres de los libros que tienen previstos publicar el año que viene, ¿por qué no se los compras directamente a ellos a través del kickstarter en lugar de ahorrarte cuatro perras pidiéndoselos a amazon?

Pero date prisa, que muchas de las recompensas más jugosas ya están volando.

jueves, 20 de junio de 2013

UN EDITOR

Los lectores de este blog saben que no soy dado a seguir y comentar la actualidad en un sentido estricto, pero no quiero dejar sin mencionar aquí el fallecimiento de Kim Thompson, editor que junto a Gary Groth ha comandado la editorial norteamericana Fantagraphics desde hace más de treinta años.

Y no quiero dejar de mencionarlo porque Kim Thompson es uno de esos nombres que pasan desapercibidos cuando se escribe la historia del cómic contemporáneo, y que sin embargo ha sido fundamental para que los cómics sean como son hoy en día. Con demasiada frecuencia nos olvidamos de que los cómics no los hacen sólo los autores, los hacen también los editores. Y la importancia de un editor es capital.

Al frente de Fantagraphics, Thompson editó a partir de los 80 y 90 a los mejores autores del cómic norteamericano moderno, desde los Hermanos Hernandez hasta Chris Ware, pasando por Daniel Clowes y Peter Bagge, por citar sólo algunos de los nombres más sonoros. Sin ellos (y también sin los que publicaba la canadiense Drawn & Quarterly, aunque debo decir que para mí fueron más importantes los de Fantagraphics) estoy seguro de que hoy no tendríamos el escenario del cómic que tenemos, y la novela gráfica que ha explotado en este siglo tanto en América como en Europa no existiría como tal. Y ahí es donde quiero señalar la importancia del editor.

En España estamos demasiado acostumbrados a esperar que sea el autor el que haga al editor. Es decir, que el autor cree por sí solo una obra milagrosa que, sin ayuda de nadie, encuentre un público que justifique (comercialmente) la edición del libro y convierta mágicamente en editor al tío que ha pagado la imprenta. Pero es muy importante que sea el editor quien haga al autor. Que le anime y estimule, y no me refiero sólo a que profiera arengas inspiracionales, sino a que le permita publicar con continuidad, a que busque los formatos más adecuados para él, y a que genere un entorno adecuado para su desarrollo. Es difícil imaginar que los mencionados Clowes, Bagge, Ware o los Bros., al igual que Charles Burns, Seth, Joe Matt, Chester Brown y otros hubieran conseguido salir adelante individualmente. Pero Fantagraphics y Drawn & Quarterly consiguieron crear un horizonte plausible para sus cómics, y lo nutrieron y cultivaron durante años, y ahora están recogiendo los frutos. Se tarda, pero hay que entender que eso también forma parte del trabajo, que editar no es dar el pelotazo, sino construir lentamente. Viniendo a un entorno más inmediato, estoy seguro de que, por ejemplo, sin el apoyo de Entrecomics Comics el Alter y Walter de Pep Brocal no existiría hoy, como puedo asegurar que sin el apoyo palpable y constante de mis editores en Astiberri hoy yo no estaría embarcado en proyectos tan agotadores como Beowulf con David Rubín o Las Meninas con Javier Olivares. El autor es la materia prima con la que tiene que trabajar el editor. El buen editor, se entiende, el editor como Kim Thompson, que ha sido un ejemplo para muchos que han venido después.

Thompson fue, además, uno de los más activos promotores del cómic europeo en Estados Unidos. A través de su editorial no dejó de intentar una y otra vez que el público americano conociera lo mejor de la producción del Viejo Continente, y podemos decir que en los últimos años nos había dado algunas de las más brillantes versiones internacionales de eurocomics, desde la recopilación de Joost Swarte hasta los títulos de Tardi, y sobre todo esa joya que es la reedición de Las aventuras de Jodelle, de Guy Peellaert. Entre los títulos europeos que Thompson ayudó a traer a Europa, también se encontraban algunos españoles, como por ejemplo los de Max o los de Martí. Puede que el lector americano medio siga siendo muy reticente a probar con historietas extranjeras, pero sin duda estas traducciones influyeron en muchos dibujantes americanos, permitiéndoles ampliar sus influencias más allá de la propia tradición estadounidense y ayudando a facilitar la diversidad de estilos que se encuentra hoy en día en el cómic de este país.

Cómic de autor e internacionalización de los estilos son dos de la características clave de la novela gráfica de nuestros días. No es trabajo de los autores descubrir, fomentar y explotar estas tendencias. Bastante tienen con dibujar. Pero el buen editor sabe darle sentido a todo eso, para que el conjunto tenga más fuerza que cada elemento por separado, y así beneficie a todos. Y Kim Thompson fue, sin duda, un gran editor. Uno de los más importantes de la historia del cómic.

[La foto de Kim Thompson que ilustra esta entrada está tomada por Lynn Emmert, y se puede encontrar en la página de Fantagraphics].

En Fantagraphics, Gary Groth, su compañero durante tantos años, escribe un perfil de Kim Thompson.
En Entrecomics hay dos entradas que merece la pena visitar para hacerse una idea más cabal de la figura y trayectoria de Kim Thompson:
Fallece Kim Thompson
Kim Thompson, palabra de editor

jueves, 9 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (III)



Cierro la serie Spring Cleaning con un tercer capítulo dedicado a los tomos, libros o novelas gráficas, como usted quiera llamarlos. En resumidas cuentas, un puñado de volúmenes de diverso formato y extensión que han ido apareciendo durante este otoño e invierno pasados y que creo que merece la pena recordar aunque sea brevemente, antes de que se pierdan para siempre en el océano de las estanterías.


Ticket Stub, Tim Hensley

Ticket Stub (Yam Books, 2012) se lo compré personalmente a Tim Hensley en el Brooklyn Comics and Graphics Festival del año pasado. Me cuesta olvidar el momento porque Hensley, que es un hombretón, me dijo muy simpáticamente que sentía no poder darme la mano pero que acababa de volver del cuarto de baño y que mejor me ahorraba la cortesía. Tim Hensley tiene una obra muy peculiar publicada en Fantagraphics de la que ya hablé en Mandorla, Wally Gropius (2010, Fantagraphics). A pesar de su reciente aparición, el material contenido en Ticket Stub es muy anterior, ya que procede de un minicómic del mismo título que Hensley se autopublicó durante los 90. Según parece, durante un tiempo Hensley trabajó editando subtítulos para películas y series de televisión, y fue de esa intensa dedicación al material audiovisual de donde surgió este singular cómic. Ticket Stub es básicamente una aglomeración de dibujos espontáneos y texto distribuido en páginas donde parece haberse quedado impregnado un reflejo de las muy diversas producciones que Hensley estaba visionando por motivos profesionales. Retratos de actores, títulos de películas o series, escenas sueltas, fotogramas, sinopsis, diálogos... Todo va cayendo sobre la página con la naturalidad de un cuaderno de bocetos privado. Vagamente me recuerda a la producción más personal de Manel Fontdevila (véase por ejemplo Reunión). Creo que Manel y Hensley comparten una manera festiva de vivir la cultura pop, una gran capacidad para integrarla en su discurso interior visibilizando éste en composiciones de una libertad caprichosa y juguetona. Ticket Stub no discrimina: aquí no hay clásicos ni bodrios, todo material audiovisual es materia prima que pasa por el filtro de la conciencia del observador, que a veces parece meramente aturdido y en otras reelabora con su propia voz original. Lo mismo da Pokémon que La playa, Benny y Joon que X-Men (la película). Todo es arcilla en los lápices de Hensley. La última parte es la que formalmente se aproxima más a una historieta ortodoxa, con viñetas, diálogos y un diseño de página convencionales (véase la ilustración sobre estas líneas). En cada una de esas páginas se reelabora una película o serie con una mezcla de candidez y malicia que parece revelar la sustancia oscura que subyace en todo producto de masas. En eso, tal vez, es en lo que más se parece a Wally Gropius.

By This Shall You Know Him, Jesse Jacobs


En mi entrada sobre los primitivos cósmicos incluí a Jesse Jacobs, con la advertencia de que su Even the Giants se encontraba tal vez en los límites de esta corriente, si es que podíamos delimitarla de algún modo. Su nuevo libro, un espléndido álbum en tres tintas titulado By This Shall You Know Him (Koyama, 2012) le sitúa en pleno centro de la tendencia, si consideramos al Forming de Jesse Moynihan uno de sus centros. Jacobs elabora aquí una fábula cosmogónica que reinterpreta el Génesis bíblico con tintes fantásticos. By This Shall You Know Him es a la vez grandioso en cierto sentido kyrbiano y procaz con cierta arrogancia punk. Pero todo está tan equilibrado en la narración que en ningún momento perdemos el interés por un cuento para adultos, una nueva vuelta de tuerca a la vieja historia que nos han contado mil veces y que sin embargo Jacobs consigue que nos parezca tan distinta como si fuera nueva. En su versión, la Creación es producto de las disputas estéticas entre dos dioses, Ablavak y Zantex (hay uno tercero, Blorax, pero su papel es secundario) que compiten ante el superior Advisor para obtener su reconocimiento. Es la idea del artista como creador llevada a sus últimas consecuencias, y convertida en una batalla eterna entre lo apolíneo y lo dionisíaco, lo orgánico y lo inorgánico, lo blando y lo geométrico, lo angelical y lo demoníaco, es decir, todas las dialécticas que han movilizado la historia del arte como trasunto de la historia de la humanidad misma. Me doy cuenta de que resumido así parece increíblemente pretencioso, pero Jacobs lo narra con una naturalidad encomiable, sin excesos dramáticos ni discursos pomposos, y el mensaje se presenta sin obviedades y a la vez sin ser opaco. Visualmente, By This Shall You Know Him es de una imaginación desbordante.


Delphine, Richard Sala


Mientras leía el penúltimo libro de Richard Sala, The Hidden (Fantagraphics, 2011), tuve una epifanía: en realidad, Richard Sala no me gustaba tanto como yo quería creer. De pronto me di cuenta de que llevaba años leyendo sus libros porque estaba empeñado en que me gustasen, porque tenían que gustarme, ya que reunían por separado muchos elementos que siempre me han gustado: el suspense, lo pulp, lo oscuro, lo tragicómico... Sala era como una versión del primer Burns insobornablemente fiel a los principios del folletín. Así que instantáneamente se instaló en mi pabellón de favoritos, aunque a la hora de la verdad sus libros nunca acababan de entusiasmarme. Demasiado estáticos, demasiado tibios en la narración, acababan por gustarme más como concepto que como ejecución. Y leyendo la fantasía apocalíptica The Hidden ya no pude seguir negándolo. Y sin embargo, las viejas costumbres son difíciles de perder, así que volví a caer con su último título, Delphine (Fantagraphics, 2012), que en realidad es la recopilación de una historia seriada que publicó en la colección Ignatz. Y cómo son las cosas, ahora que ya había renunciado a él, Sala volvió a mí con más fuerza que nunca. Delphine tiene todos los rasgos goreycos habituales de Sala elevados a la máxima potencia, pero esta vez la narración es fluida, el ritmo es intenso y el final es redondo. Para colmo, la historia traspasa los límites que Sala parece haberse autoimpuesto muchas veces del homenaje a la tradición popular de lo grotesco para tocar una fibra más humana y casi desconocida anteriormente en su obra. El resultado es su historia más satisfactoria hasta el momento. Declarada expresamente como una versión moderna de Blancanieves, Delphine se mueve siempre en el filo de lo plausible, en el suspense de una larga carrera donde al protagonista le pasan cosas que podrían ser o no macabras. En ese juego paródico Sala encuentra su mayor triunfo, paseándose por un hilo delicado que nunca se rompe. Al final, Delphine me ha hecho revisarme The Hidden para comprobar si era exactamente lo que recordaba. Me ha parecido mejor.

Una interesante entrevista con Richard Sala sobre Delphine: Richard Sala explores the world of dark fairy tales in «Delphine».
Óscar Palmer está publicado en su blog Cultura Impopular su libro Cómic alternativo de los 90. Aquí se puede leer el capítulo en el que habla de Sala: Polos opuestos.


Dockwood, Jon McNaught


El británico Jon McNaught ya me había maravillado con dos libritos deliciosos, Pebble Island (2010, Nobrow) y Birchfield Close (2010, Nobrow), pero Dockwood (2012, Nobrow) ha sido en cierta manera su puesta de largo, sobre todo si le damos a largo el significado de large. De formato mucho mayor que los anteriores, este libro es un verdadero álbum clásico con apariencia de cuaderno de redacción y contenido adaptado a la última ola de la novela gráfica contemporánea, en la estela de Ware y Seth. Dockwood incluye «dos historias del otoño» que en muchos sentidos abundan en las formas y temas que McNaught ya había tanteado en sus trabajos previos. Ambientes suburbanos o campestres desolados, personajes fundidos con el paisaje y/o los ritmos de la naturaleza, estrategias narrativas encaminadas a una plausible descripción del paso del tiempo y estilo visual inspirado por el diseño y las artes gráficas de mediados del siglo XX. En «Elmwood», la primera de las historietas contenidas en Dockwood, McNaught establece una paralelismo muy obvio entre el otoño y la vejez, mientras que en «Sunset Ridge» vira hacia el otro extremo de la existencia para introducirse en la vida interior de un adolescente. Una vida interior habitada por los videojuegos, por cierto, lo que permite a McNaught un bonito diálogo entre dos espacios de la imaginación, el digital y el real, que en realidad es el de la memoria, es decir, que ambos espacios tienen en cierto sentido la misma categoría. La introducción de un elemento futurista, como son los videojuegos, supone una interesante distorsión en un escenario visual que nos remite insistentemente a la ilustración de los años 50. Pero da igual si los protagonistas son ancianos o jóvenes, sobre las dos historias pesa un aire grave de melancolía profunda. Éste es el tipo de cómic donde se dedican varias viñetas a mostrarnos cómo se pelan unas patatas, y donde las correrías de una ardilla de rama en rama son recurrentes en muchas tiras dispersas a todo lo largo del libro. Tal vez lo que McNaught nos quiera indicar es que tan importante es lo que sucede alrededor de nosotros como lo que nos sucede a nosotros, y que el mundo se mueve y el tiempo avanza aunque nosotros nos quedemos quietos. Dockwood no es todavía una obra maestra, pero es evidente que McNaught está trabajando en la dirección de conseguir una tarde o temprano, y que los desafíos que se plantea con cada nuevo trabajo son cada vez mayores. Mucho ojo a sus próximos títulos.


Letting It Go, Miriam Katin


Letting It Go (2013, Drawn & Quarterly) es el inesperado regreso de Miriam Katin. Digo inesperado porque creía sinceramente que Por nuestra cuenta (2006, Ponent Mon) sería una obra única, sin continuación posible. Para quien no sepa de quién estoy hablando, copio aquí lo que escribí sobre Por nuestra cuenta en La novela gráfica: «Esta última obra es significativa de cómo el cómic ha ido conquistando en los últimos años nuevos espacios para la expresión personal que antes estaban reservados en exclusiva a la literatura o el arte. Por nuestra cuenta es el relato autobiográfico de la huida de Budapest por parte de la autora, entonces una niña, y su madre (judías húngaras) en 1944, cuando escapan del acoso del ejército nazi invasor y posteriormente de las tropas soviéticas. Lo peculiar es que Katin no emprendió esta memoria gráfica hasta pasados los sesenta años, una edad en la que tradicionalmente los autores de cómic ya estaban retirados». Por nuestra cuenta llegó a nuestro país en medio de una oleada de memorias gráficas femeninas que querían situarse en la estela de Persépolis para aprovechar el éxito de Marjane Satrapi, y sin duda eso hizo que para muchos pasara desapercibida o que incluso otros la vieran con desconfianza. Yo mismo tenía prejuicios. Ridículos, como descubrí en cuanto la leí, porque Por nuestra cuenta era un cómic descarnado, contado con la crudeza con la que sólo puede contarlo quien ya ha vivido mucho y no tiene que atender a ansiedades juveniles. Pero por su misma naturaleza biográfica no imaginaba que fuera a tener continuidad ni que Katin proyectase continuar su nueva carrera como novelista gráfica ya en la tercera edad.

Todo esto para explicar por qué Letting It Go me resultaba inesperado. Y a pesar de mi experiencia con Por nuestra cuenta, volví a caer en los mismos prejuicios. El estilo amable de Katin, como de cuento para niños, la misma sospecha de que estaba intentando explotar su éxito anterior, y, sobre todo, esa espantosa portada (no en lo gráfico, sino en lo conceptual), una alegoría visual donde la autora suelta un globo con una esvástica, como para indicar que psicológicamente por fin va a dejar marchar el estigma de su experiencia infantil con el Holocausto, es decir, esa portada que nos anuncia un volumen terapéutico repleto de metáforas gráficas facilonas, volvieron a hacer que abordara la lectura lleno de prevenciones. Katin liquidó mis temores rápidamente. Su narración es tan fluida y original, sus dibujos tan vivos y personales, y su voz tan sarcástica y desvergonzada que es capaz de llegar con la naturalidad de una abuelita a donde los jóvenes underground más tremendistas no se atreverían a llegar nunca. Véase por ejemplo el grotesco episodio del pedo con carga en el hotel de Berlín. Letting It Go es un retrato emocional del superviviente que setenta años después sigue marcado por una experiencia traumática más allá de todo límite. No es que Katin reviva la guerra todos los días, pero cuando su hijo, norteamericano de nacionalidad, le dice que quiere instalarse en Berlín y que para hacerlo necesitaría recuperar la nacionalidad húngara que originalmente poseía su madre, dentro de ésta se desatan todo tipo de angustias y tensiones acumuladas y jamás resueltas a lo largo de toda su vida. Katin no es una anciana bondadosa, desde el primer momento reconoce su aborrecimiento por los alemanes y por todo lo alemán, y no manifiesta ningún deseo ni intención de corregirlo. Asume sus defectos. Y, en contra de lo que podríamos pensar, la historia no muestra un arco de purificación en el que acabe superando esos traumas y volviéndose mejor persona. La superación, en todo caso, es generacional y se encuentra en su hijo y la continuación de su familia. Katin nos hace el favor de contarnos las cosas tal y como son y no embaucarnos con un cuento aplicable como manual de autoayuda. Por eso precisamente me resulta tan desafortunada esa portada tan engañosamente blanda.


«Somersaulting», Sammy Harkham, en Everything Together


Acabo con los dos libros publicados durante los últimos meses que hay que tener, las dos antologías que recopilan historietas dispersas de dos de los dibujantes con más personalidad que están trabajando ahora mismo en el campo de los art comics en Estados Unidos. El primero ya es conocido en España. Apa-Apa publicó en 2009 Marinero de montaña, la acongojante adaptación que hacía Sammy Harkham de una historia de Guy de Maupassant. Esa historia («Poor Sailor» en el original) está incluida en Everything Together (2012, Picturebox) que recoge la obra dispersa que Harkham ha ido dejando por diversas revistas y proyectos variados a lo largo de más de diez años. Harkham tiene una personalidad curiosa y juguetona. Aunque la base de su estilo parece firmemente anclada en el cartoon clásico (por momentos me recuerda a la inmediatez cálida de Segar), siempre está probando cosas nuevas, tanto en la narración como en el diseño o lo gráfico. Eso hace que Everything Together tenga un cierto tono de festival de experimentos. Las historietas son muy diversas en tono y pretensiones, desde la sátira inmediata hasta el relato de largo aliento, desde la parodia (con varias incidencias en el mundo del cómic y sus autores, incluyendo nombres propios) hasta el drama sentimental. Pero por debajo de todas esas vestiduras asoma la voz de Harkham como un autor moderno, de calado literario, libre de servidumbres nostálgicas o de género, y preocupado por la alcanzar una expresión de las emociones íntimas que en numerosas ocasiones pasa por explorar los huecos y silencios en la intimidad de nuestras vidas. Entre todo el material reunido aquí, tres son las piezas maestras que sustentan esa visión del cómic: la mencionaba «Marinero de montaña», «Somersaulting», que describe con escalofriante precisión una historia de amor, y «Lubavitch Ukraine, 1876», que en cierto modo intenta trasladar el mundo de los sentimientos a la formalizada atmósfera de una ciudad judía del este de Europa a finales del siglo XIX. De alguna manera, Harkham es el heredero directo del gran cómic alternativo de los 90, pero al mismo tiempo anuncia algo nuevo. En cada nuevo paso que da resulta más evidente que estamos ante un clásico moderno, y leer Everything Together es una buena forma de hacerse idea de cuál es su verdadero alcance.


«Million Year Boom», Tom Kaczynski, en Beta Testing the Apocalypse.


Creo que mi libro favorito de estos últimos meses es otra recopilación: Beta Testing the Apocalypse (2012, Fantagraphics), de Tom Kaczynski. Kaczynski es un polaco que emigró a Estados Unidos de adolescente, ha trabajado en publicidad y ahora, desde Minneapolis, dirige una de las más interesantes microeditoriales del panorama actual, Uncivilized Books, que ha publicado entre otros el último libro de Gabrielle Bell, The Voyeurs. Aunque ha publicado diversos minicómics e historietas sueltas durante los últimos años, Beta Testing the Apocalypse supone su primer libro como tal, y probablemente el que le descubrirá a un público mayor. Está integrado principalmente por historietas aparecidas en la antología Mome desde 2007, aunque la última (y la más larga), «The New» es inédita. Sobre el conjunto se aprecia una evidente (y reconocida) influencia de J. G. Ballard. Las autopistas, los planes de desarrollo urbano, los edificios, son los protagonistas de estas historias más que las mismas personas que transitan por ellos. Kaczynski es un apasionado de la arquitectura, sobre todo en su aspecto más teórico y simbólico, y eso se nota en sus viñetas, donde el entorno es en gran medida el elemento que produce las ansiedades, miedos y dramas ante los que reaccionan los seres humanos. Aunque todas las historias reunidas en Beta Testing the Apocalypse son excelentes, creo que la obra maestra es «Million Year Boom», una fantasía kafkiana sobre un misterioso proyecto donde se mezclan el branding con la arquitectura moderna y el ecologismo primitivista. Tal vez sea ese choque entre la naturaleza y lo cultural (que ya está presente en el título de la editorial que dirige, Uncivilized Books) lo que más interesa a Kaczynski. Estamos hablando, en todo caso, de un autor de raíces intelectuales, donde el discurso y las ideas se superponen al drama sentimental. No es habitual encontrar historietas tan versadas en arte, arquitectura, publicidad, economía, antropología y política como las de Kaczynski, que ha llegado a denominar lo que hace como filosofía pulp, una expresión de una clarividencia pasmosa. En realidad, esa vertiente discursiva se aprecia más en sus minis, como la serie Trans (que será recopilada en breve en el volumen Trans Terra, así que espero que no tardaremos en volver a hablar de él aquí), Cartoon Dialectics y Structures. Digamos que Beta Testing the Apocalypse ofrece el lado más pulido y apto para el consumo general de la obra de Kaczynski. Gráficamente emparentado con el Daniel Clowes de los 90 y su uso narrativo del bitono y la línea cartoon, Kaczynski se presenta como un autor de singular personalidad, el eslabón perdido entre dos mundos, el de la caída de los ideales sociales que dejó atrás en una Polonia tardocomunista, y el de la praxis de un capitalismo desideologizado que ha conocido desde el interior de la industria publicitaria neoyorquina. Parece completamente fascinado por la identidad cultural que el hombre se ha construido para sí mismo y a la vez escéptico ante los logros de la civilización, como si todo lo que constituye nuestro mundo cotidiano fuera un barniz artificial que apenas disimula el salvajismo subyacente. En ese sentido, se puede entender como la búsqueda de un asidero la obsesión por las medidas físicas como elemento objetivo a través del cual describir el mundo. Obsérvense los títulos de algunas de las historias reunidas en este libro: «100.000 Miles», «10.000 Years», «976 SQ FT», «100 Decibels»... Como remate, Beta Testing the Apocalypse incluye un índice de términos al final que descompone conceptualmente todos los elementos constitutivos de la obra, desde biosfera hasta situacionismo, pasando por Sound Effects, de los cuales se nos hace notar que se dan tres instancias distintas en el volumen: «Aahh» (página 51), «Aaaah» (página 39) y «Aaaahhhhhhachoo» (páginas 60-61).


Recomiendo muy mucho echar un vistazo a los siguientes enlaces:
Web oficial de Uncivilized Books.
Trans Atlantis, tumblr de Kaczynski donde se puede disfrutar de su pasión por la arquitectura.
Entrevista con Tom Kaczynski en The Comics Journal.
Entrevista con Tom Kaczysnki en The Hooded Utilitarian.

jueves, 8 de marzo de 2012

LA MAGNÍFICA MOTO HAGIO

Para Moto Hagio, Osamu Tezuka también fue una influencia decisiva, igual que, según parece, para todo el manga de posguerra. Y eso que lo que hace Moto Hagio no tiene mucho que ver con lo que hace Tezuka. Pero, según sus propias palabras, fue con él con quien descubrió que los personajes de cómic podían tener psicología, y eso cambió toda su visión de la historieta y la llevó a hacer un tipo de cómic basado principalmente en la psicología y los sentimientos.

Lo primero que leí de Hagio fue They Were Eleven, publicado por Viz en los 90. Era una historia de misterio, ciencia-ficción y confusión de géneros (identidades sexuales, no categorías narrativas) completamente distinta a cualquier otra cosa que hubiera leído antes. Después salió otra obra, A, A', que no me llegó igual, pero dejé hecha una nota mental para estar atento a cualquier otro tebeo de Moto Hagio que pudiera aparecer en un idioma legible. Han pasado años hasta que por fin he tenido ocasión de recuperarla. Hace unos meses apareció en Estados Unidos A Drunken Dream and Other Stories (Fantagraphics, 2010), un volumen editado por el especialista Matt Thorn que reúne diez relatos publicados por Hagio desde 1977 hasta nuestros días.

Tradicionalmente, se engloba a Moto Hagio dentro del grupo llamado de Las Magníficas de 1949, por el año de su nacimiento (que en realidad es sólo el año en el que nació ella, no sus compañeras). La otra representante principal de este movimiento informal es Keiko Takemiya, con quien Hagio compartió vivienda durante unos años, convirtiéndose su piso en un centro de reunión y paso para muchas jóvenes aspirantes a mangakas durante los años 70, de una manera similar al mítico Tokiwa-so del joven Tezuka durante los años 50. Hagio y las otras jóvenes autoras que desembarcaron en el shojo manga en aquella época arrebataron el género de manos de los «hombres de mediana edad» que hasta aquel momento lo controlaban, y lo dotaron de una personalidad propia, basada en un sentimentalismo exacerbado y una estética decorativa. En una entrevista con Thorn que se incluye en el volumen (y que fue publicada originalmente en The Comics Journal), la propia Hagio describe de forma muy expresiva la situación a la que se enfrentaron estas jóvenes revolucionarias en sus inicios:

«Solía ir a la redacción de Shogakukan y me decían: "Los cómics para chicas van 10 años por detrás de los cómics para chicos". Me preguntaban: "¿Por qué las dibujantes de cómics para chicas no dibujan los fondos como es debido?" Y lo que querían dar a entender era que no los dibujaban porque les faltaba la capacidad. Te decían de todo. ¿Sabes eso que hacemos de diseñar una página de manera que el primer plano de un personaje se derrame sobre la siguiente viñeta? Pues te decían que eso no se podía hacer. Eso era lo que tenía que escuchar continuamente, hasta que me inmunicé. Pensaba: "Me da igual lo que piensen estos viejos pedorros"».

En Hagio siempre hubo un componente vocacional junto al profesional. Pertenece a una generación de autoras que habrían dibujado manga aunque no hubieran podido ganarse la vida con él, y esa actitud la llevó a su obra, dibujando siempre lo que quiso y como quiso. Las historias incluidas en A Drunken Dream tienen todas ese carácter personal, ese sello de autor que se revela a través de temas repetidos. Por ejemplo, en la espeluznante Hanshin: Half-God, las protagonistas son dos hermanas siamesas, una de las cuales es bella y estúpida, y la otra es inteligente y demacrada. Ésta se sentirá rechazada por sus padres y por la sociedad en general.


El mismo tema se repite en la excepcional Iguana Girl, donde una mujer tiene una hija a la que ve como una iguana. Pero ella es la única que ve al reptil en sus brazos, para el resto del mundo es una niña normal. La pequeña crecerá viéndose a sí misma como esa iguana, como una criatura monstruosa sin lugar en el mundo, cargando con el peso del rechazo de su madre. Ese peso es aún mayor desde que nace su hermana pequeña, una niña preciosa que recibe todas las bendiciones y el cariño de su madre. La historia está narrada con delicadeza, humor y ternura y, por difícil que parezca, acaba por dejar una nota de alegría en el lector.


Ésa es una de las constantes del shojo que propusieron las Magníficas, esa búsqueda de la sensación agridulce, de un lánguido éxtasis, de una atmósfera tristemente reconfortante. Éstas no son historias de acción, peripecias y aventuras. De hecho, casi no son historias, sino pequeñas observaciones sobre estados de ánimos, puro sentimiento destilado. Son algo completamente distinto de lo que se podía encontrar en los dinámicos tebeos para chicos, y son también, por si hacía falta decirlo, algo completamente distinto de lo que hacían Simon y Kirby en su Young Romance. Mientras que los norteamericanos orquestan fábulas de carácter moral, principalmente, la japonesa trabaja sobre las emociones. La moral no es un tema de su interés.

A Drunken Dream es una joya exquisita, pero también hay que tener en cuenta que puede ser engañoso a la hora de formarnos una idea de Hagio. Al fin y al cabo, se trata de un volumen recopilatorio de historias breves, y Hagio se ha hecho famosa por obras de varios centenares, e incluso miles de páginas. Por otra parte, sólo hay una historia de ciencia-ficción y de amor entre chicos (precisamente la que da título al libro, y que ilustra la primera imagen de este post), cuando ese género y esa tendencia han sido de los más característicos en su trayectoria. Pero eso son observaciones de interés para los estudiosos del cómic. Para cualquier otra persona que sólo quiera leer un puñado de excelentes historietas, A Drunken Dream es la oportunidad de descubrir por fin a una Gran Maestra.

AÑADIDO: Acabo de descubrir que Fantagraphics tiene previsto publicar en agosto The Heart of Thomas, una de las obras más importantes de Moto Hagio.

jueves, 1 de marzo de 2012

JACK KIRBY: AMANTE


Todo el mundo sabe que si Jack Kirby es un mito del cómic norteamericano es gracias a las series y personajes que creó junto a Stan Lee para Marvel durante los años 60. Esos son los tebeos que tantos hemos vivido y amado tan intensamente en nuestra infancia y, finalmente, a lo largo de toda nuestra vida. Pero con el paso de los años el interés por Kirby ha sido creciente y los kirbyófilos, agotados los campos de la Marvel de tanto pasarlos y repasarlos una y otra vez, han ido extendiendo su mirada hacia otros aspectos de una intensísima carrera que abarcó cinco décadas, sólo una de las cuales estuvo dedicada a la legendaria Marvel Age. En este proceso de redescubrimiento de Kirby, el último eslabón que quedaba por completar era el del cómic romántico, un género improbable para alguien a quien recordábamos dibujando a la Cosa, el Capitán América o los Inhumanos. Y sin embargo, es un género unido de forma muy estrecha a su nombre, ya que es un género que inventó prácticamente él solo junto a Joe Simon, su compañero creativo y comercial durante la primera parte de su carrera. Los cómics románticos de Jack Kirby han sido durante décadas un inmenso contorno vacío en el mapa de la historia de este coloso de las viñetas, una incógnita que se conocía pero no se resolvía satisfactoriamente, a pesar de su descomunal tamaño. Y digo esto porque los cómics románticos representaron tal vez el momento de mayor éxito de Kirby en toda su vida, y a ellos consagró por tanto buena parte de su tiempo y sus esfuerzos desde finales de los 40 hasta finales de los 50. Como género, el  romántico fue uno de los más importantes en el cómic norteamericano de mediados del siglo XX, alcanzando una difusión que sobrepasaba las siete cifras mensuales. Para Simon y Kirby fue un éxito especialmente gratificante, ya que su acuerdo con el editor Crestwood Publications (con el que publicaban bajo el sello Prize) les concedía el 50% de los beneficios. Sin embargo, tanto los cómics románticos en general como los de Simon y Kirby en concreto apenas han sido reeditados hasta la actualidad, y los ejemplares de comic books originales también son muy escasos y difíciles de conseguir. La razón probablemente esté en que el mercado del cómic a partir de los años 60 fue claramente ocupado por un público masculino que desarrolló unos hábitos coleccionistas muy fuertes en aquellos materiales que le interesaban, que eran básicamente los de superhéroes, mientras que todo el resto de géneros eran abandonados a su suerte al no generar coleccionismo. Los cómics románticos, de hecho, prácticamente habían desaparecido en los años 70, momento en el que se confirmó de manera definitiva que el mercado del comic book americano era un mercado de un solo género (en este caso habría que decir que en los dos sentidos que tiene la palabra).

Por tanto, es una noticia espléndida que haya aparecido un libro recopilatorio de las historietas románticas de Joe Simon y Jack Kirby. Young Romance. The Best of Simon & Kirby's Romance Comics (Fantagraphics, 2012) es, además de significativo por su contenido, memorable por su calidad de producción. Michel Gagné, el encargado de la edición, ha restaurado las páginas limpiando manchas e impurezas depositadas en ellas por el paso de los años, pero ha intentado respetar en lo posible el tono de los comic books originales, hasta el punto de mantener ciertas salidas de registro en el color (aunque no en la misma medida que en los tebeos de la época, en los que las imprentas llegaban a desviarse muchísimo del contorno de línea). El libro está impreso en un papel de color ligeramente ahuesado que contribuye a darle cierta pátina y evitar ese molesto efecto de flamante que tiene, por ejemplo, el Jack Kirby Omnibus volumen 1 del que hablaba ayer. Esto no son los comic books originales, es obvio, pero de alguna forma los editores han conseguido recrear mediante el objeto una experiencia intimista que parece muy apropiada para el material incluido. Las historietas se complementan con textos históricos y críticos y otros materiales documentales que redondean una presentación impecable.

En cuanto al material en sí, abarca desde Young Romance #2 (1947, y el segundo cómic de este género, tras, obviamente, Young Romance #1, del que no se incluye aquí ninguna muestra) hasta Young Romance #99 (1959), con algunas incursiones en Western Love, Real West Romance y Young Love. En total son 21 historias, siete de ellas pertenecientes a la era post-Code, cuya inclusión considero otro de los grandes aciertos de la edición, al menos para aquellos que estén interesados en el valor histórico de este volumen.

Mi interés por el género romántico en el comic book americano ha sido creciente en los últimos tiempos, y de hecho le dedico unas líneas en La novela gráfica. El interés no es sólo por los cómics en sí, sino por lo que representan, que es un fenómeno casi insólito en la historia del comic book moderno: los románticos y los criminales son los primeros tebeos dedicaos a representar el mundo contemporáneo tal cual, sin fantasía. Es en los primeros en los que se introduce un cierto realismo, a la vez que se añade un componente confesional que, aunque fuera una simple fórmula retórica, aludía a la necesidad de establecer ese contacto con la realidad, a la que también hacían referencia las portadas fotográficas a las que con frecuencia recurrieron ambos géneros. Aunque parezcan antagónicos, el noir y el romance forman una pareja que en un momento concreto estuvo a punto de llevar la historia de la industria del cómic americano hacia un destino muy distinto del que finalmente siguió. No me cabe duda de que, de no haberse frustrado por una serie de circunstancias, hoy en día tal vez no tendríamos a Spiderman ni Iron Man, pero el escenario de la industria del cómic americano probablemente se parecería más a lo que es el del cómic japonés, involucrando a toda la sociedad en una diversidad de cómics de muy amplio registro y alcance, asentados socialmente como lectura general para todos los públicos desde hace décadas.

Pero eso es sólo una especulación, así que no merece la pena detenerse en ella. Ya que hablamos de la realidad, lo mejor es acudir a la realidad de los cómics y ver qué nos muestran. Para Jack Kirby, dibujar estas historietas desprovistas de acción y de grandiosos escenarios debió de ser todo un ejercicio de estilo donde aprendió muchísimo de dibujar realmente, de afrontar problemas aparentemente simples en la narración y la ambientación que no podían resolverse con el impacto seguro de su característica potencia gráfica. He hablado de la relación entre romance y crimen, y el propio Kirby la vivió durante estos años, en que simultanea los cómics de un género con los del otro. Gran parte del material incluido en Young Romance es contemporáneo del que vimos en The Simon and Kirby Library: Crime. Y se nota: la textura y el ritmo son los mismos, aunque yo diría que la calidad general de estas historietas es más consistente que la de las criminales. Por supuesto, que Kirby no pueda explayarse en escenas de acción (salvo en alguna historieta concreta, como «Her Tragic Love», donde el género criminal y el romántico se funden) no significa que no encuentre en algún momento concreto la excusa para desahogar su pasión por lo mitológico y su amor por el Príncipe Valiente de Hal Foster:


Sin embargo, ésta es una página extraordinaria dentro de la recopilación. Por lo general, Kirby se muestra muy apegado a escenarios, personajes y situaciones plausibles. Y eso, en gran medida, es lo que hace aún más interesante para mí estas páginas. Al igual que la pantalla convierte en estrellas a las personas normales fotografiadas por la cámara, los sucesos cotidianos dibujados por el trazo mítico de Kirby pasan de banales a fantásticos. Y el mensaje es entonces aún más enigmático y poderoso: nuestras propias vidas, nuestros propios sinsabores y sentimientos, son la materia de la fantasía. No necesitamos ser príncipes vikingos ni justicieros enmascarados para ser protagonistas de nuestro relato. Éste es el mensaje que, lamentablemente, el cómic industrial americano no llegaría a desarrollar.

Hablo, por supuesto, de un mensaje implícito, de un mensaje que nos transmite una misteriosa cualidad escondida en el trazo mismo, en el dibujo. Si hablamos del mensaje explícito, expreso, tenemos que hablar de otras cosas. El camino del que hablo, ese camino que no llegó a tomarse ni a recorrerse, apenas está aquí esbozado en sus primeros pasos, y este volumen es también testimonio de las limitaciones históricas del cómic norteamericano (a la que no escapan, por cierto, otras tradiciones occidentales contemporáneas). Tomemos el ejemplo de «Fraulein Sweetheart», una historieta de 1948 protagonizada por un soldado norteamericano residente en la Alemania de posguerra que se enamora de una antigua nazi que quiere renunciar a su pasado, pero que se ve implicada en las actividades de un grupo de terroristas nazis resistentes que hablan y se comportan con una retórica propia de Hydra.


¿Era éste el lugar de lo que llamamos cultura de masas en aquel momento? En parte sí, pero no de toda. De 1948 también es Alemania, año cero, la película de Rossellini sobre los vagabundeos de un niño en el Berlín arrasado que se sitúa en las antípodas de este planteamiento estereotipado y sensacionalista. ¿Tiene sentido comparar una cosa con la otra? Tal vez tan sólo para recordar que, cuando los fans febriles nos insisten en que el cómic siempre fue una cosa seria, tenemos que tener en cuenta que su atractivo masivo durante las décadas centrales del siglo estuvo restringido a un público y una función social muy limitadas, y que en absoluto se le permitió salirse de las fronteras del subproducto infantil formulaico. Cuando lo intentó, como fue en el caso de estos cómics románticos y también de los criminales, las instituciones reaccionaron para devolverlo a un nivel de puerilidad aceptable. Y el cómic industrial puso el cuello en el tajo con docilidad, aunque ahora desde algunos ámbitos se quiera reescribir la historia para convertirlo en «subversivo», en un esfuerzo entre cómico y patético.

Hay dos mensajes morales que se repiten constantemente en estas historietas. Uno nos llega hasta nuestros días por su universalidad psicológica: tenemos que dejar el pasado atrás, tenemos que renovarnos y seguir viviendo para el futuro. No son pocas las tramas que giran sobre la necesidad de renunciar a un amor del pasado con el que nos habíamos comprometido siendo más jóvenes para poder alcanzar el verdadero amor maduro en la actualidad. El otro mensaje es mucho más coyuntural: cada cual en su sitio. Por eso tal vez no haya personajes negros ni homosexuales en estos tebeos, ni siquiera antes de la implantación del Comics Code.

Antes comenté que uno de los grandes aciertos del volumen es el de incluir una muestra de historietas post-Code. Son mucho menos interesantes argumentalmente, y también están notablemente peor dibujadas por Kirby, casi con precipitación o desgana, como si su corazón ya no estuviera en aquel trabajo. Así, nos revelan hasta qué punto el Código cercenó no sólo a los cómics de horror y de crimen, que parecían sus objetivos más evidentes, sino incluso a un género en apariencia tan domesticado como el romántico, que a partir de cierto punto no pudo dejar caer ni la sombra del divorcio, la infidelidad o la posibilidad de que los padres y la autoridad salieran retratados de forma desfavorable. Las historietas se vuelven blandas, pierden el fuelle y se disipa la intensidad y la pasión que había animado a las publicadas con anterioridad a la implantación del Código. Tal vez Kirby tuviera que aumentar su producción para hacer frente a la bajada general de ventas y de ingresos de la segunda mitad de los cincuenta, y eso explique la degradación de su dibujo. Al fin y al cabo, el material incluido en este volumen, en los otros dos que he comentado esta semana, y en el de Crime que comenté hace un par de meses es contemporáneo en gran medida.

Aún en su mejor momento, Simon y Kirby tienen dificultades para encajar este nuevo tipo de relato con los viejos modos, y recurren en exceso a la muleta literaria. Uno de los problemas de la brevedad de las historietas (que llegan a las 14 páginas en su máxima extensión) es que obliga a apoyarse demasiado en el texto para ampliar la caracterización o el desarrollo argumental. En una de las viñetas de «The Town and Toni Benson!», se lee el siguiente texto de apoyo:

«Una luz brillante centelleó momentáneamente en las sombras cavernosas de los ojos de mi abuela cuando su mirada reposó sobre Stan... Él entendió que le llamaba y se acercó silenciosamente... Sentí su presencia a mi lado, tensa y a la espera, sin miedo a lo que pudiera salir de aquellos labios exangües...»

Y luego todavía hay otro bocadillo de diálogo... ¡chúpate ésa, Jacobs! Ésta es otra de las camisas de fuerza con las que ha tenido que vivir el cómic industrial durante décadas, y aunque Simon y Kirby hacen verdaderas filigranas con el espacio que tienen a su disposición, se agradece que puedan puntuar ocasionalmente el discurso con alguna viñeta muda, que acaba estallando como una pausa sonora en medio de la sobrecargada narración. Son tan potentes y tan icónicas estas viñetas sin palabras que no es de extrañar que Lichtenstein encontrase buena parte de su inspiración en el género romántico.


En todo caso, incluso en su versión más edulcorada y sensiblera, estas historias hablaban del mundo real en el que vivían sus lectores (lectoras), que si no eran adultos (adultas), indudablemente estaban en vías de serlo, y tocaban fibras que no tocaban las excéntricas historietas infantiles de ciencia-ficción al estilo de las que hemos visto en The Jack Kirby Omnibus. Yo, personalmente, confieso que no puedo elegir entre unas y otras. Para mí, la lectura de «Old Enough to Marry» y de «I Tracked The Nuclear Creature» está en el mismo rango, y disfruto igualmente de todas ellas, porque el toque Kirby me intoxica y las coloca en una dimensión especial, más allá del Bien y del Mal, más allá de la Fuente, una zona que podríamos decir incluso que está más allá de la Zona Negativa y que prefiero llamar la Zona Positiva.

EXTRA: A quien quiera ampliar la lectura, le recomiendo la reseña que escribió Eddie Campbell en The Comics Journal. Campbell hace toda una serie de observaciones de connoisseur sobre la autoría de las historietas (es obvio que no todas están dibujadas por Kirby, al menos por completo), cuestión que yo no he tocado en este post. Campbell también dedicó hace poco una apasionante serie de quince posts al cómic romántico en su propio blog, bajo el título It's just comics.

jueves, 15 de diciembre de 2011

UNA ÓPERA BRUTA


Vuelve a ser esa época del año. Sí, amigos, de nuevo ha llegado el día en que en Mandorla nos toca hablar de Prison Pit, de Johnny Ryan, en esta ocasión con motivo de la aparición del tercer volumen, publicado por Fantagraphics como los dos primeros. Cuando escribí sobre el tomo 1 y sobre el tomo 2 ya dije lo fundamental que tenía que decir sobre esta serie: las hostias, la depravación, la hiperviolencia, lo abyecto, la catarsis. Todo eso sigue presente en esta nueva entrega, en la que el simpático Cannibal Fuckface cede buena parte del protagonismo a un nuevo actor recién desembarcado en el planeta Prisión. Por tanto, dejo constancia tan sólo de la fascinación creciente que me produce Prison Pit, que se va refinando en su cruel búsqueda de la salvajada más excelsa. Diría, sí, que en este volumen se aprecia una profundización en el tema principal que anima esta serie: la voracidad del organismo. Devorar a los demás, procesarlos, regurgitarlos, cagarlos o mearlos, y ser engullidos por ellos es el imperativo básico de los personajes que la pueblan. El logro de Ryan ha sido despojar de significado a la representación, de alegoría a la narración. Todo lo que sucede, es en sí, y no en nombre de otra cosa. Y eso no quiere decir que no suceda con una lógica estricta: un plan se va revelando, lento pero seguro, en cada capítulo de esta ópera bruta. Es como si Ryan, página tras página, fuera ampliando los límites de su imaginación, y ésta, al fortalecerse, se hiciera más rigurosa.

El año que viene, por estas fechas, volveremos a hablar de Prison Pit, y probablemente entonces vuelva a ser lo mismo que ahora. Pero mejor todavía. Como ahora.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA ÚLTIMA HISTORIA DE MAGGIE CHASCARRILLO


Estas últimas semanas he comentado que uno de los mejores tebeos que he leído en el 2011 ha sido «The Love Bunglers», historieta que Jaime Hernandez ha publicado en los números 3 y 4 de Love and Rockets: New Stories (Fantagraphics). Pero no había dicho nada sobre ella todavía, quizás porque es de esas historietas sobre las que uno se queda casi sin nada que decir. Son demasiado inmensas para encerrarlas en un puñado de palabras.

Pero eso es lo que tenemos aquí, un puñado de palabras, así que vamos a dejar que lleguen hasta donde lleguen, al menos. A estas alturas de la película, creo que Jaime Hernandez puede ser considerado el mejor historietista del mundo sin que nadie se lleve las manos a la cabeza. Lleva treinta años elaborando una de las obras más monumentales de la historia del cómic, sí, pero en los últimos tiempos ha alcanzado un nivel de madurez y depuración en lo que cuenta, en cómo lo cuenta y en cómo lo dibuja que parece realmente inhumano. Nadie tiene tanto control sobre un simple trazo, sobre una mancha de tinta negra. Jaime Hernandez no pertenece a la escuela de la línea clara, pero sus líneas son más claras que ninguna que jamás trazara dibujante alguno.

Pero esto, creo, ya se sabe, o debería saberse, y si hay alguien que no lo sabe todavía, no lo vamos a solucionar aquí, así que voy a intentar hablar de otras cosas en relación con esta última entrega de la saga de Locas. Para empezar, y dado que el historial de publicación de estas historietas es un tanto convulso (y más en España, donde los volúmenes recopilatorios se publican de forma desordenada, creando una experiencia de lectura que acentúa aún más el gusto por la elipsis y la alusión del original), creo que merece la pena hacer una breve introducción explicando de qué material se trata exactamente. La última encarnación de la mítica cabecera Love and Rockets de los Hermanos Hernandez (Jaime y Gilbert) se titula New Stories y empezó a publicarse en 2008. Este nuevo volumen de Love and Rockets se publica a razón de un tomo anual de 100 páginas que incluye la mitad del material de Gilbert y la otra mitad de Jaime. Mientras que Gilbert se dedica a sus desvaríos de ciencia-ficción y horror de arte y ensayo al estilo de los 70 (dicho así suena mejor de lo que es), Jaime ha seguido profundizando en su historia, la única historia que lleva contando desde que empezó en esto de los tebeos hace treinta años, la de Maggie y Hopey. Tras una aventura de superheroínas protagonizada por Penny Century con la que ocupó los números 1 y 2 que me pareció francamente desafortunada, Jaime retomó su tono habitual con el número 3 (2010), donde aparecían los capítulos uno y dos de «The Love Bunglers», además de una historia titulada «Browntown» que es como un apéndice de «The Love Bunglers». Los capítulos 3, 4 y 5 de ésta última están incluidos en Love and Rockets: New Stories 4 (2011), junto a otra historia corta que también está relacionada: «Return For Me».

«The Love Bunglers» cuenta los encuentros y desencuentros entre Maggie y Ray Domínguez, mientras que «Browntown» y «Return For Me» narran dos historias situadas en el pasado que amplían y explican muchos de los sucesos que están pasando en «The Love Bunglers». Cada pieza tiene su propia entidad, pero si relacionamos unas con otras, los sobreentendidos y silencios se vuelven elocuentes. Una de las grandes virtudes de Jaime ha sido siempre su capacidad para trabajar con la sutileza, sin subrayados, utilizando el contraste entre la masa negra y el vacío, tanto en el guión como en el dibujo, prefiriendo  sugerir con una delgada línea, de tinta o argumental, para así dejar que la imaginación del lector la complete. En cierta medida, lo que hace en «The Love Bunglers» es continuación directa de lo que lleva haciendo años.

Pero hay un par de golpes que te dejan literalmente hecho añicos.

No quiero ser demasiado explícito para no robar a nadie el placer de leer por vez primera estas historias, pero diré que el final de «Return For Me» es probablemente el más devastador que he leído jamás. Y que en el final de «The Love Bunglers» ensaya una pirueta narrativa de tal finura y precisión, de tal maestría y osadía, que lo convierte en las diez páginas más emocionantes de la historia de Love and Rockets, y probablemente el mejor final que jamás tendrá Locas. De hecho, después de leer el final de «The Love Bunglers» la sensación es que Locas ya ha terminado. ¿A dónde pueden ir Maggie y Hopey después de esto? ¿A dónde puede ir Jaime?

Releyendo «The Love Bunglers», lo que más me ha llamado la atención es darme cuenta de cómo todos sus personajes viven atrapados por el pasado. Para Maggie, la vida es el ovillo de la infancia, desenredándose y volviéndose a enredar con los mismos hilos año tras año, pero sin cortar nunca el contacto con los orígenes. El peso de la infancia cada vez ha sido mayor durante la última década de Locas, en la que hemos ido conociendo detalles de los primeros años de los personajes, detalles que son decisivos para entender su comportamiento de adultos. En general, los niños de Love and Rockets son niños que viven sin padres, o a la espalda de unos padres desatentos, incapaces de cumplir con las responsabilidades que la sociedad exige que cumplan en una familia funcional. Tal vez por eso en alguna ocasión Jaime ha recurrido a un estilo a lo Charles Schulz para reflejar esos años: porque sus niños, como los de Peanuts, son pequeños pero extremadamente serios, y viven en un mundo completamente libre de la supervisión de los adultos. Básicamente, son niños que están intentando aprender a interpretar el mundo por su propia cuenta.

En este continuo (y creciente) retorno a la infancia, me he encontrado con que Locas me recordaba al Fellini de 8 1/2 o Amarcord, hurgando desesperadamente en el pasado para desenterrar las claves con las que interpretar el presente. No hace falta ni decir que también Fellini y Jaime están cautivados por las mujeres, y que Ray Domínguez podría estar interpretado por un desencantado Marcello Mastroianni. Observaré, eso sí, que también en Fellini y en Jaime se encuentra una obsesión por la violencia y por el amor. No por la violencia más evidente, sino por la más inexpresable e incruenta del día a día (aunque dos actos concretos de violencia explícita son fundamentales en «The Love Bunglers»). La violencia de la familia, la violencia de la infancia, la violencia del sexo. La violencia del amor, finalmente.

Como todos los autores verdaderamente grandes, Jaime es capaz de ofrecer un modelo a escala de toda su obra en una sola viñeta. En el caso de «The Love Bunglers», es precisamente la última viñeta de la historia. Maggie besa a Ray, mientras llora, y la firma «Xaime» aparece a modo de «Fin» en la esquina inferior derecha de la viñeta, encerrada en un corazón. Y ahí está el alfa y omega de Love and Rockets.


El año que viene se cumplirán 30 años de la aparición del primer número del primer volumen de Love and Rockets publicado por Fantagraphics. En La novela gráfica planteaba que fue precisamente Love and Rockets, junto con Weirdo y Raw, quien definió el contorno de lo que sería conocido a finales del siglo XX como cómic alternativo norteamericano, y del que nacería la que tal vez sea la corriente más importante que nutre la novela gráfica contemporánea. Beto y Jaime fueron pioneros, y no sólo pioneros, sino responsables de una obra que resiste al tiempo y se agiganta con cada año que pasa. Sin embargo, yo diría que su estrella ha estado un tanto eclipsada en los últimos años.

Creo que esto ha sido debido en parte al ascenso irresistible de Chris Ware y el cambio de paradigma que ha traído, y que tanto se ha dejado sentir incluso en figuras ya consagradas como Seth o Daniel Clowes. Ware nos ha ayudado a replantearnos el cómic mirando a maneras de trabajar que se salieran de los esquemas narrativos y representativos impuestos por el mainstream de la industria del comic book. Mirando hacia las tiras de prensa y las páginas dominicales anteriores a la implantación de los superhéroes, Ware nos redescubrió tradiciones que el propio cómic había olvidado.

Pero es precisamente en esa tradición que procede del comic book industrial en la que Jaime ha basado toda su carrera, y quizás eso le haya dejado en una posición un tanto marginal en nuestros días. Mientras que Ware invocaba a Frank King y George Herriman, Jaime mantiene viva la herencia de Dan DeCarlo, Steve Ditko y John Romita. Es cierto, además, que la obra de Jaime siempre ha sido difícil de adaptar a los formatos de publicación habituales de la novela gráfica. Su asentamiento en el comic book no respondía únicamente a las limitaciones del momento. Era, más bien, su estado natural. Lo que estaba haciendo Jaime era trasladar las convenciones y recursos del cómic seriado al terreno de los relatos literarios. Y con una sencillez que no está al alcance sino de un genio mayúsculo, Jaime ha conseguido hacer esa mezcla perfecta entre el episodio de algo que nunca empezó y nunca terminará y la novela donde los personajes tienen una historia con un principio, un desarrollo y un final. Y en ningún sitio lo ha logrado de forma más espléndida que en «The Love Bunglers» y su espléndido final, que es el final definitivo que no puede ser un final, porque no hay final.

La alquimia de Jaime ha conseguido así un descubrimiento monumental, que sin embargo no ha tenido la repercusión merecida porque aquellos que más se podrían beneficiar de sus logros los han ignorado por completo. Me refiero, por supuesto, a la industria del comic book mainstream. Desde los años 70, los comic books de superhéroes caminan fatigados, sin saber muy bien qué es lo que tienen que hacer, salvo repetir las fórmulas originales, sin saber cómo continuar verdaderamente una tradición, es decir, traerla al presente. Pero eso es exactamente lo que ha hecho Jaime, que conoce de forma más certera y precisa los mecanismos del tebeo popular de antaño y ha sabido encontrar la manera en que pueden integrarse con los intereses del público adulto de nuestros días. Hace mucho tiempo que lo pienso: es posible hacer historietas de género contemporáneas, válidas e interesantes. Son las que hace Jaime Hernandez, por ejemplo. Concretamente, de género romántico. Inmensos melodramas que dan vueltas y más vueltas hasta acabar en un beso, una lágrima y un corazón.

Y entonces se acaban.

Y luego vuelven a empezar.





jueves, 24 de noviembre de 2011

EL BARBUDO


Hace un par de años, Norma publicó Mi pequeño, la primera obra del belga Olivier Schrauwen que llegaba a España y, si no me equivoco, la única todavía. El tebeo pasó sin pena ni gloria (aquí podéis leer una de las reseñas que se le dedicó en su día, a cargo de Rubén Varillas, que supo apreciarlo), y yo la verdad es que me quedé con ganas de más. Mi pequeño era un cómic extraño, casi misterioso, una réplica de los modos del pionero Winsor McCay en su obra cumbre Little Nemo in Slumberland, releída a través de la vanguardia contemporánea de Chris Ware. Un objeto sorprendente y sí, también artificial, que podía provocar la más entusiasta adhesión por su extremo formalismo o la más absoluta indiferencia por... por su extremo formalismo, supongo.

Este año he podido leer en inglés una nueva obra de Schrauwen, The Man Who Grew His Beard (Fantagraphics, 2011), que creo que me ha entusiasmado aún más que Mi pequeño. Si bien en el título anterior podía temerse que Schrauwen fuera un one-trick pony, que hubiera tenido un hallazgo feliz en su idea de reconstruir a McCay, pero que no tuviera más salidas una vez agotado el chiste, en The Man Who Grew His Beard demuestra una amplitud de recursos y de inquietudes mucho mayor, y además lo hace invocando de nuevo fantasmas del pasado, pero no de la tradición del cómic, sino de las vanguardias históricas de las artes plásticas y los pioneros de la animación. Esto hace que El hombre que se dejó barba resulte refrescantemente novedoso en sus códigos, como si fuera un cómic producido en un mundo donde el cómic hubiera seguido una historia alternativa, más ligada a las artes visuales que al entretenimiento infantil de masas. Un mundo donde tal vez George Grosz y Otto Dix hubieran sido dibujantes de cómics, y alguno de ellos habría acabado dibujando Tintín en el Congo.

Es la sombra de este álbum de Hergé, asediado hoy en los tribunales, la que sobrevuela la primera de las historias que componen el libro, «Congo Chromo», que podría interpretarse como una sátira del colonialismo (o de los símbolos nacionales belgas, sean el imperio perdido o la obra de su más famoso historietista). O tal vez no, y es que esa ambigüedad sobrevuela todas las viñetas de Schrauwen. El caso es que los protagonistas son tres blancos perdidos en una selva de estereotipados negritos que parece más un papel pintado que un escenario africano verosímil. Uno de los blancos es un individuo que, tras ver cómo su pierna es mordisqueada por un hipopótamo, acabará abandonado a un turba de monos furiosos, otro es un lánguido hombre barbudo que parece continuamente nostálgico de su patria belga, y el tercero es un voraz y estruendoso cazador que devora todo lo que encuentra a su paso. A partir de aquí, cualquier intento de describir argumentalmente lo que pasa en el resto del libro supone entrar en territorios resbaladizos. Hay situaciones, escenas y movimientos, pero no hay una lógica inequívoca en ninguno de los relatos. Y quizás eso sea lo que más evidentemente interesa a Schrauwen: lo irracional. De la misma manera que en Mi pequeño se acercaba al mundo de la infancia, previo a la razón, en The Man Who Grew His Beard parece que quiere acercarse al mundo de la locura, posterior a la razón. El personaje barbudo que se repite en alguna de las historias del volumen -pero no en todas- se muestra en «Hair Styles» como un dibujante sometido a una extraña disciplina colectiva, junto a otros sujetos de observación frenológica a los que tutela una figura paternal. Cuando más tarde lo vemos abandonar el edificio donde dibujaba, comprendemos que es un loco al que han dado el alta y que regresa al mundo exterior. Exterior/interior son valores tan importantes para Schrauwen que incluso sirven de título para una de sus historias, «Outside/Inside», donde se manifiesta la utilización de un código visual doble para representar la triste y gris realidad exterior frente a la rica e intensa realidad interior, la realidad de la imaginación, de la fantasía sin trabas, irracional, donde «todo se puede hacer realidad». En cierta manera, las viñetas con las que Schrauwen representa ese mundo de la imaginación me recuerdan a los cuadros de Adolf Wölfli, uno de los primeros grandes pintores locos del arte marginal. Y no estoy seguro de que esa semejanza sea meramente casual.

Aunque Schrauwen experimenta también con el poder de las imágenes, por encima de lo meramente narrativo, su propuesta está muy alejada de la de Anders Nilsen o Gary Panter, tal como sugería en mis últimos posts. Ellos siguen la lógica del dibujo, mientras que Schrauwen parece más bien que concibiera imágenes y luego las reprodujera sobre el papel. El trabajo de aquellos es más orgánico, más físico y procesual. El de Schrauwen parece más producto de un ejercicio intelectual que se expresara gráficamente. Digamos que las imágenes de Panter sugieren una descripción, mientras que las de Schrauwen parecen sugeridas por una descripción.

Fuera como fuese, The Man Who Grew His Beard ha renovado para mí ese entusiasmo por un objeto raro y sorprendente, infinitamente revisitable, que ya en su día me produjo Mi pequeño.

jueves, 13 de octubre de 2011

¡SUPERVILLANOS!: EL RAYO DE LA MUERTE


Después de tanta matraca con los superhéroes me tocaba ya cambiar de tema y volver a esos posts que sólo leen cuatro gatos, que tengo un montón de tebeos excelentes y muy distintos de los que me gustaría decir algo, y además es que me lo pide el cuerpo. Pero resulta que esta semana me he comprado la reedición en libro de The Death-Ray, de Daniel Clowes, y no he podido evitar leérmelo nada más llegar a casa y no puedo resistirme a dejar aquí cuatro notas escritas a borbotones. Y además es que viene muy bien para hacer de bisagra entre el cómic de superhéroes y el cómic de autor.

Así que intentaré decir las cuatro primeras cosas que me vengan a la cabeza mientras escribo, porque me resulta difícil escribir organizadamente sobre The Death-Ray. Más que nada, porque puede que sea el tebeo que más me ha gustado en toda mi vida.

Cuando lo leí por vez primera en Eightball #23 (2004) me dejó aplastado. Era muy fan de Clowes, pero no estaba preparado para esto. Me pasó por encima, pero no comprendía lo que me había pasado, sólo que era algo enorme y sublime. Siete años después, han pasado muchas cosas en el cómic y en mi vida, y eso hace que ahora me resulte más fácil entender The Death-Ray, porque muchas de esas cosas que han pasado en el cómic tienen que ver con cosas que planteaba Clowes en este tebeo. Y eso no quiere decir que se haya quedado atrás. Al contrario, sigue siendo tan flamante y actual como entonces. Lo raro es que al releerlo hoy me ha impresionado tanto o más que entonces, a pesar de que lo he entendido mejor, o más profundamente. Y eso, digo, es raro, porque normalmente las cosas que me fascinan son cosas que se me escapan, cosas que no sé muy bien de qué van. Eso me hace pensar que, al fin y al cabo, en The Death-Ray sigue habiendo muchas más capas debajo de todas las que ya he pelado. Eso es lo que lo mantiene vivo, y ése es su gran logro.

Para quien no lo sepa, contaré que The Death-Ray es una historia con principio y final que ocupaba entero el número 23 de Eightball que es, de hecho, el último que se ha publicado. En ese número, Clowes contaba su propia historia de superhéroes. El protagonista era Andy, un adolescente que adquiría una fuerza sobrehumana cuando fumaba, y que animado por su amigo del alma Louie, decidía emplear ese poder para hacer el bien como un superhéroe. Más tarde, añadía a su arsenal una pistola de rayos que provocaba la desintegración total de sus víctimas. Ni las quemaba, ni las destrozaba. Aquellos que eran víctimas del rayo de la muerte, simplemente desaparecían de la existencia. Clowes conoce muy bien los fundamentos del cómic de superhéroes clásico, el modelo de Spiderman, y los utiliza conscientemente a lo largo de toda la historia, para construir el argumento y para caracterizar a los personajes. Pero parte de esas bases para desarrollar su propio relato personal, al estilo indie, y llevarlo hasta su consecuencia lógica. Cuando las editoriales mainstream se preguntan cómo serían los superhéroes en el mundo real, la respuesta es Ultimates. Cuando se lo pregunta un dibujante de cómics que no trabaja en el entorno mainstream, la respuesta es que el superhéroe sería un asesino en serie. Un gran poder conlleva una gran irresponsabilidad, sobre todo cuando eres un adolescente marginado en el instituto y no tienes la figura de un padre que te eduque. Por un camino diferente, parece que Daniel Clowes piensa igual que Mark Millar: un enmascarado con poderes sólo puede ser un supervillano. Aunque en el caso de Clowes tal vez el nombre de supervillano sea demasiado ampuloso, y sea más apropiado hablar de una villanía mezquina y vulgar, cotidiana, al alcance de todos nosotros, que no necesitamos querer conquistar el mundo para ser malos. Que nadie piense, no obstante, que The Death-Ray plantea una vía por la que renovar el género de superhéroes, una alternativa al Reboot DC. Aquí se trabaja con mimbres del género, pero no se practica el género. No creo en la vía indie como salida para los superhéroes mainstream, y creo que experimentos como las antologías Strange Tales demuestran que ese camino conduce a un callejón sin salida, cuando lo que necesita el cómic comercial es, precisamente, continuidad.

Pero si The Death-Ray es una sátira de los superhéroes, su Quijote, por así decirlo, también es mucho más que eso, y eso es lo que lo convierte en la obra maestra de uno de los grandes maestros de nuestros días. En The Death-Ray está contenida, condensada y depurada casi toda la obra de Clowes, casi todas sus preocupaciones temáticas y estéticas. Todo Wilson se resume en las dos primeras páginas, «Andy 2004»; la exploración de la amistad adolescente de Ghost World se lleva a sus últimas consecuencias en la relación entre Andy y Louie, su amigo-sidekick-némesis; el entrelazado de microhistorietas de Ice Haven funciona aquí con una fluidez asombrosa; y la atmósfera malsana y perturbadora de David Boring, que era tal vez su única cualidad redentora, es aquí mucho más apocalíptica y negra, mucho más desoladora y escalofriante. A lo largo de toda la historia uno tiene la sensación de que detrás de cada dibujo hay algo más, algo cifrado y al mismo tiempo indescifrable, una verdad que no se puede expresar ni con las palabras ni con las imágenes, porque es demasiado horrible y no queremos conocerla, aunque nos seduce. Pero  eso que no se puede describir ni mostrar sí que se puede sugerir a través de un tebeo, a través de esta extraña colección de dibujos y elementos gráficos de apariencia inocente que piden a gritos transmitir un mensaje claro y que sin embargo no se acaban de resolver nunca, ni siquiera en su devastador final, que el propio autor parece que renunciara a afrontar. Mejor así. No hay final, no hay respuesta.

Sólo hay preguntas, muchas de las que el propio Clowes se ha planteado a lo largo de toda su obra: preguntas sobre la propia identidad -Andy es descorazonadoramente neutro, se aferra a un espurio concepto de All-American que le resulta ajeno e inasible-; preguntas sobre la posibilidad de comunicarse con los demás -de amarlos, de aceptarlos físicamente-; preguntas sobre la manera en que la ficción y la realidad se entrelazan, y cómo la representación de la realidad acaba por dar forma a esta misma. Todo está formulado en The Death-Ray con la exactitud y la limpieza que da el hecho de manejar el lenguaje del género, ya que de ahí, de esa cultura de masas de aluvión, es de donde procede Clowes. Es precisamente esa cultura (la que de pequeño me decían que era subcultura) la que ha planteado esas preguntas irresolubles a Clowes, que sólo puede transitar por el mundo de sus apáticos personajes con una mezcla de angustia y perplejidad tolerables únicamente con una sana ironía.

Artísticamente, The Death-Ray es una explosión de dibujo, de color y de recursos gráficos, el choque y la fusión ideal entre la corriente de la Marvel pop clásica y la corriente del cómic de vanguardia contemporáneo, un hijo felizmente hermoso de Steve Ditko y Chris Ware. Sólo por cómo utiliza los bocadillos de diálogos, merece la pena estudiarlo. Es un regalo al mundo del cómic.

Durante años, la obra maestra de Clowes ha resultado inaccesible, ya que no se había reeditado nunca en otro formato distinto del formato original de Eightball, que era el de comic book de grapa. Y en cierta medida, no necesitaba ninguna otra edición. La nueva edición, en tapa dura, bellamente diseñada, es un objeto que atesorar, pero en realidad tenía más sentido como simple tebeo de grapa. En ese formato se producía una mayor armonía entre su forma y su contenido. Pero sea como sea, el Rayo de la Muerte ha vuelto. Y sigue siendo el tebeo que más me ha gustado en toda mi vida. Tal vez.