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lunes, 28 de febrero de 2011

VIDAS CERCANAS



Más lento que Federica (Federica es mi tortuga), pero creo que finalmente voy a conseguir ponerme al día con el repaso a mis lecturas atrasadas. Que no han sido solo americanas y francesas, sino también españolas, ¿eh? (Y japonesas, pero eso irá luego). Y para no entretenernos más y empezar con buen rollo y optimismo, lo primero que quiero decir es que Sexo, amor y pistachos (Astiberri, 2010) debería ser la obra que ponga por fin a Ramón Boldú en su sitio. Que es, exactamente y ahora, el sitio que Ramón Boldú no ha podido ocupar nunca a lo largo de su carrera y que, sin embargo, en este momento le corresponde legítimamente. Me refiero al sitio de gran patriarca de la novela gráfica contemporánea española, a la que ha llegado de forma natural con un sentido de la oportunidad exquisito después de pasar años produciendo en silencio sus páginas autobiográficas, que viene dibujando con espontaneidad y desenfado mucho antes de que ninguno conociéramos el nombre de Joann Sfar. La feliz recuperación de su obra que ha llevado a cabo estos últimos años Astiberri (léase en primer lugar Bohemio pero abstemio, a continuación El arte de criar malvas y por último la que aquí nos ocupa) nos recuerda que se puede hacer cómic adulto contemporáneo con una voz y un estilo propios, no meramente imitativos de los modelos extranjeros, y que se puede tratar la autobiografía con tono de comedia. Sexo, amor y pistachos muestra el repertorio al que Boldú nos ha acostumbrado en sus obras anteriores, y añade una reflexión más pausada, una capacidad para la autobiografía más matizada y serena. Es una obra de risa que hay que tomarse muy en serio, tanto como para que mereciese el premio nacional del cómic de este año. Aunque me temo que el jurado manejará como opciones otros títulos más solemnes.


Lo mejor del cómic hecho aquí es que puede ser cómic hecho aquí, valga la redundancia. Un cómic que entendemos, cercano, que nos habla con palabras, personajes, sensaciones y escenarios nuestros. Eso lo tiene Sexo, amor y pistachos, como lo tiene la otra obra a la que daría ese dichoso premio nacional si en mi mano estuviera: Arroz pasado volumen 1 (Reservoir Books, 2010), de Juanjo Sáez. Arroz pasado es un cómic atípico porque es, en realidad, la recopilación de los guiones -dibujados en forma de historieta- que Juanjo entregó a la productora responsable de la realización de la serie televisiva Arròs Covat. Y también es un cómic de autor atípico porque, en virtud de su propia función industrial, acaba siendo una obra colectiva -hay episodios dibujados por Gabi Corbera, y todo el color es de Vanessa Cabrera-, sin perder por eso lo más mínimo su intensa personalidad juanjosaeciana. Lo primero no afecta demasiado a la lectura. Ocasionalmente uno se encuentra alguna indicación para los animadores -una sugerencia de movimiento, por ejemplo, un comentario sobre la música-, y tal vez en ocasiones el ritmo se vea afectado por la servidumbre a una narración televisiva, pero en general el cómic se lee como tal olvidándose de su vinculación con la pantalla. Y lo curioso es que, de hecho, es el cómic más cómic que ha publicado Juanjo Sáez hasta el momento. En sus títulos anteriores siempre incluía abundantes textos para enlazar sus historietas fragmentarias, mientras que en esta ocasión se enfrenta a una narración clásica, basada en exclusiva en el dibujo y el texto circunscritos por la viñeta. En ese sentido, la serie de televisión es más original -los recursos desarrollados para trasladar el lenguaje del cómic a la animación son realmente sorprendentes y brillantes-, pero el cómic alcanza grados mayores de intensidad. No en vano nos enfrentamos a casi 800 páginas, que se dice pronto. Y por no alargarnos demasiado y no perdernos en las mil ideas que sugiere este tebeo, me voy a limitar a mencionar simplemente una: un episodio ligerito de dibujos animados que dura 13 minutos se convierte trasladado al papel en aproximadamente 100 páginas. Y no hay otra forma de que Juanjo Sáez cuente todo lo que cuenta en cada episodio sin «hacer trampa» (léase, sin recurrir al texto como atajo). Es lo que tiene el cómic, cuando se sale de las fórmulas convencionales: necesita espacio para contar algo. En 22 ó 48 páginas cabe lo que cabe. Ni siquiera en las 800 de Arroz pasado la vida entera, simplemente la vida, cabe completa; las desborda y se derrama fuera de ellas, las revienta. Pero se percibe su pulso y su sabor. El libro se hincha porque el contenido es GRANDE.


Pasar de Arroz pasado a Ellos mismos (Reservoir Books, 2011), de Joaquín Reyes, es lo más natural del mundo. Ambos habitan estancias contiguas, y hasta el propio Reyes dice en el prólogo que «es como un libro de Juanjo Sáez, pero bien dibujado». En cuestión de dibujo, Reyes me recuerda sobre todo a Juaco Vizuete -no cuando hace caricaturas, sino cuando hace sus cosas, y también en el uso del color y del espacio-, lo cual es el primero de los cumplidos que le voy a hacer. El siguiente es que, sin ser yo aficionado a la Muchachada ni fan del posthumor, ni seguidor de la salsa rosa -y por tanto se me escapan las circunstancias de muchos de los personajes retratados en este libro-, me he reído un montón con esta lectura. Porque Joaquín Reyes, más allá de su modernidad, es un cómico de la vieja escuela, campechano, sencillo y que busca -aunque sea a través de lo chocante- el humor con risa, la felicidad tintineante de su público, más que el exhibicionismo de la genialidad a la que se accede mediante contraseña. El humor absurdo no se inventó ayer -que les pregunten a Tip y Coll-, y el rarismo nunca ha sido excusa para no ser gracioso. Reyes es honesto, lo sabe y trabaja por esa recompensa. Como indica el tío berni, la clave de estas tiras es tan sencilla como su misma presentación. Desde el momento en que el personaje caricaturizado se presenta con su propio nombre, redundante al lado del rótulo de encabezado, y que no es sino una especie de autoafirmación tan vacía y reiterativa que parece negar su propio sentido -o sea, es como si cuando uno dice «Hola, soy Keanu Reeves», en realidad estuviera diciendo que por supuesto que no lo es, ¿si no, qué necesidad tendría de decirlo?-, entramos en un juego delirante de desubicación que puede acabar, literalmente, en cualquier parte.

Muy bueno.


Otra cosa ya es Chico y Rita (Sinsentido, 2010), de Javier Mariscal y Fernando Trueba. Un libro que tiene ciertos puntos de contacto con el Arroz pasado de Juanjo Sáez, por cierto. En primer lugar, porque es una secuela de una producción animada para la pantalla, en este caso la del cine. En segundo lugar, porque hay una maléfica relación entre Sáez y Mariscal, algo así como el Aprendiz de Brujo y el Maestro Brujo. Mariscal -a quien Sáez admira, y con razón- aparece como personaje en Arroz pasado, convertido más en una entidad que en un diseñador, en una especie de seudowarhol mediterráneo. Y Chico y Rita es el tipo de producto que podría empaquetar ese hombre-industria de talento, pero ya alejado de la calle y perdido en el universo multicultural de los ricos progres a lo Trueba, que se van a Cuba a beber mojitos y a escuchar música y se traen de regreso unas gotitas de ron cultural destilado con las que colorear nuestras grises vidas de drones urbanos. Todo muy chic, pero bastante artificioso y alejado de la realidad, como la misma palabra chic hoy en día. La cosa es que el libro de Chico y Rita es bonito gráficamente, aunque blando, y la historia de amor que cuenta es tópica, aunque eso no debería ser un obstáculo para disfrutar de la película, porque como bien señalaba un amigo mío, en el cómic falta lo más importante de ésta: la música. Supongo, porque yo no la he visto. Y todas las onomatopeyas del mundo no pueden sustituir los sonidos reales. A los que ya llevamos unos años leyendo tebeos, este Chico y Rita nos tiene que recordar inevitablemente a la escuela valenciana de los ochenta. Me pregunto si éste sería el tipo de libros que estarían produciendo hoy en día Daniel Torres, Sento y otros nombres del Cairo si aquello no se hubiera venido abajo y hubiesen continuado trabajando con continuidad en el cómic durante estos 20 últimos años. Pero sobre todo, sobre todo, lo que me da más morbo de este tebeo es preguntarme si Juanjo Sáez acabará haciendo cosas como Chico y Rita dentro de veinte años.


Otro tebeo español que me produce sensaciones encontradas: Comedia en un acto (Dolmen, 2010), de Max Vento, la tercera entrega de la serie «Actor aspirante». Vento ha ido mejorando en cada libro, y en este muestra un dominio más que respetable de sus facultades de historietista. Sabe escribir, sabe dibujar, sabe narrar, y sobre todo, para mi gusto, sabe escribir diálogos y llevar el ritmo con un talento admirable. Sin embargo, tengo un problema con Comedia en un acto: no tengo muy claro lo que me quiere contar. Digamos que le falta algo de fuerza a la historia, algo de garra a los personajes, algo de dramatismo al conjunto. Queda todo en un tono comedido y elegante que me gusta, pero no me apasiona. O dicho de otra manera: me gusta mucho cómo lo cuenta, pero no me gusta tanto lo que cuenta. Todavía. Porque tengo la esperanza de que Max Vento va a dar un salto en cualquier momento y va a hacer un tebeo verdaderamente desagradable. Y entonces seguro que lo disfrutaré a tope.

Para profundizar:
Extraordinaria entrevista con Ramón Boldú en entrecomics.
Arròs covat online.
El blog de Max Vento y una entrevista con Max Vento realizada por Borja Crespo en guiadelcomic.

miércoles, 7 de abril de 2010

LA ABUELA

Ayer hablaba aquí del último libro de Juanjo Sáez, y hoy se nos descuelga con una de las mejores historietas que he leído últimamente. En el semanario gratuito de humor El estafador.

martes, 6 de abril de 2010

ÉL

Hace poco hablé aquí de Juanjo Sáez y destaqué que su cualidad principal es el talento. El talento supone saber estar en un sitio, saber situarse y saber contar lo que ve desde ese sitio al público que uno sabe que le está escuchando. El talento lleva a crear una obra tan personal que se confunde con el autor. El público, cuando pide más obra, está pidiendo en realidad más del autor. Es el carisma de Warhol, que alguien quiso comercializar. Y el talento de Juanjo Sáez tal vez se parezca más que a nadie al de Warhol, con su sofisticada sencillez, con su sonrojante obviedad que nos deja desconcertados y sin contestación con el mínimo gesto.
Este nuevo libro de Juanjo Sáez se titula Yo. Otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez (Mondadori, 2010) y no puede tener un título más descaradamente autobiográfico en una época en la que el cómic autobiográfico ha alcanzado las primeras posiciones en la historieta internacional. En un momento determinado, Juanjo defiende la decisión de presentarse directamente ante el público, y rechaza la retórica escapista de la ficción: «Más cobarde es inventarse un personaje y hacerle decir lo que tú no te atreves» (p. 78). Y, sin embargo, a lo largo de todo Yo, yo tengo la sensación de que Juanjo nos está escamoteando su verdadero yo, y que tal vez haya una mayor sinceridad personal en Arròs covat, gracias precisamente a la libertad que da el traje de la ficción. A través de personajes, en efecto, nos revelamos como no nos revelamos directamente.
Porque tengamos en cuenta que éste es el libro de la madurez de Juanjo, el libro en el que por fin el niño prodigio se ha hecho mayor -o al menos nota que se está haciendo mayor- y percibe que tiene que abrir nuevos capítulos en su relato. Sustituir la moda, la noche y las tribus adolescentes por la política, la muerte y los temas «de mayores». Es decir, la crisis. Y en el libro no hay nada de la crisis de Juanjo Sáez, sólo de las reflexiones hechas a posteriori por Juanjo Sáez. Sabemos que algo le ha pasado, pero no lo hemos visto. Sólo le hemos visto cerrar la puerta de casa y salir al descansillo a transmitirnos la sabiduría que ha adquirido a través de esa crisis.
Este tipo de autobiografía sentimental que se expresa a través de aforismos y lecciones vitales de sentido común convierte Yo en una especie de manual de autoayuda para modernos. La división de Juanjo entre su personalidad expresa y su «otra» personalidad le lleva a reproducir los esquemas del análisis transaccional, que facilitan el entendimiento de nuestros propios problemas de personalidad, y con ello, la resolución de los mismos. La autobiografía como ejemplo siempre ha tenido ese valor de ayuda espiritual: nos sentimos reconocidos en otros y aprendemos lecciones para nuestra propia vida, como en una terapia de grupo. Por eso tienen tanto éxito obras como Fun Home, y por eso Juanjo a veces se convierte -probablemente sin desearlo- en una especie de apóstol para la descreída tribu indie. El mensaje se verbaliza muchas veces («La emoción es lo importante», p. 130, es una de las máximas que indefectiblemente siempre van a calar hondo en cualquier lector), pero es aún más explícito cuando aparece representado a través de esquemas gráficos, como en los pasajes de «Fuerza interior», que parecen apropiados para proyectar en grupo como mantra visual jaleado por todos al inicio de una sesión terapéutica colectiva.
Lo malo de una crisis es que no tiene vuelta atrás. Se puede salir de ella, pero no se puede volver a lo que era uno antes de ella. Hay que ir siempre hacia delante. Es lo que le pasó a Eddie Campbell con la autobiografía y con su propio personaje autobiográfico, sumido en una crisis tan enorme que después de El destino del artista se ha entregado de nuevo a la ficción de género. Lo interesante de Yo (entre otras cosas, claro, porque cualquier libro de Juanjo Sáez tiene mucho interés por diversos motivos; en este caso, por ejemplo, sólo la excelente colección de tiras publicadas previamente en diversos medios ya justificaría el volumen) es que nos deja preguntándonos por dónde saldrá el autor de esta crisis, cómo será su próximo paso más allá. La madurez no supone sólo hacerse mayor, también supone un mayor dominio del entorno y de su historia. Es obvio que Juanjo tiene un mayor dominio del medio cómic en este libro que en los anteriores: es más visual, hay menos apoyo en el texto en prosa para explicar las cosas, hay una mejor economía narrativa y un extraordinario equilibrio entre lo gráfico y lo verbal. Qué coño, Juanjo se está convirtiendo en un virtuoso a su pesar, y sabe ahora demasiado como para ser tan espontáneo como en su primer libro. A la espontaneidad se llega por la vía de la ignorancia, y un primer libro sólo se puede publicar una vez.
Quizás por eso entendemos muy bien lo perentorio del último mensaje que nos deja Juanjo el terapeuta antes de cerrar el libro, el lema que parece destinado a reproducirse en camisetas que (nos) hagan más felices a sus portadores: «Déjate llevar».

martes, 2 de marzo de 2010

TALENTO

Esta tarde ya no he tenido más remedio que bajar el ritmo de asistencia a las jornadas y me he perdido la charla de Díaz Canales, pero al menos sí he podido asistir la presentación en Madrid de Arròs Covat, la serie de animación de Juanjo Sáez, que ha estado acompañado de Pepo Pérez. Se han proyectado los cuatro primeros episodios, uno doblado al castellano (creo que era el estreno nacional del doblaje) y los otros tres subtitulados. Yo no he seguido Arròs Covat a través de la red porque me cuesta demasiado entenderlo en catalán como para poderlo disfrutar, pero algunos amigos me habían dicho que la serie estaba muy bien.
Y vaya que si lo está.
No es que esté muy bien, es que está de puta madre, mucho mejor de lo que me podría imaginar.
Arrós Covat es un pequeño milagro: una serie de estructura completamente convencional que conserva el toque personal y original de su autor. O por decirlo así, la esencia de Juanjo Sáez modelada para hacerse accesible al gran público. Es muy graciosa, está muy bien hilada, y es muy ingeniosa en sus soluciones formales. Sólo espero que consigan venderla a una cadena nacional y dentro de poco la pueda disfrutar completa. El público se reía a carcajadas, y a mí me ha impresionado. Cómo te envidio, Juanjo Sáez.
Ha sido la tarde del talento, simple y llanamente. Primero, el de Juanjo Sáez, y luego el de Miguel Noguera, otro descubrimiento. No había visto ninguno de sus ultrashows, pero el de esta tarde ha sido deslumbrante desde el principio. Básicamente era un monólogo cómico acompañado de la proyección de dibujos del humorista, que éste iba comentando. Ha empezado como un número de comedia intelectual, pero en el buen sentido, con mucha altura, y no sé cómo ha acabado porque por problemas de horario me he tenido que marchar antes del final, pero el tío tiene presencia, sabe actuar y es inteligente.
Como Juanjo, talento puro. Da igual lo que hagan, por algún lado tiene que salir.
De verdad que le estoy sacando provecho a estas jornadas...
Añado: Al llegar a casa he hecho lo que hacemos siempre hoy en día, irme a buscar a Miguel Noguera en la red, y en su blog me encuentro de entrada con un vídeo donde habla de una película que vio de pequeño y que estaba protagonizada por un hurón. Bueno, yo diría que no era un hurón, sino una nutria, pero yo también vi esa película de niño y, aunque él lo diga de coña en su ultrashow, en mi caso es verdad: me causó un impacto tremendo, tanto que todavía no la he podido olvidar. Por supuesto que no tengo ni idea de qué película era, cómo se titulaba ni quién salía (sobre todo, quién interpretaba a la nutria... o al hurón), pero la sensación de horror indescriptible que me produjo algún sábado por la mañana de los años 70 todavía perdura. Noguera lo cuenta aquí:

martes, 9 de febrero de 2010

MICROENTREVISTA: PEPO PÉREZ


Pepo Pérez es un nombre habitual en Mandorla, cosa que no tiene mucho misterio porque es el co-creador del Vecino, una serie de cómic de la que han oído hablar tarde o temprano todos los que siguen este blog. Pero el Pepo Pérez que aparece hoy aquí para ser microentrevistado no es el dibujante del Vecino, sino el dibujante del semanario de humor en internet El Estafador, que acaba de publicar su entrega número 23, dedicada a la "Pobreza mental", con colaboraciones del propio Pepo y de Juanjo Sáez, Javirroyo, Liniers, Tote, Susipop, Martirena, Troche, Mireia Pérez y Joaquín Reyes (y si me he dejado alguno, lo siento). Como además mañana hay una presentación del Estafador oficial y real, de carne y hueso, en la Fnac Triangle de Barcelona, me ha parecido un momento oportuno para saber a qué dedica el tiempo libre mi media naranja historietística. Porque siempre es bueno que la mano izquierda sepa qué hace la mano derecha...
(Post ilustrado con una foto de Óscar Palmer).

¿Cuál es el mecanismo de funcionamiento del Estafador?

Es una iniciativa de Javirroyo. Suya fue la idea, él ha montado El Estafador, ha diseñado la cabecera y reclutado a los colaboradores. Cada semana se encarga de coordinarla también, y él sube los contenidos, aunque los demás podemos proponer los temas semanales. Nos comunicamos por e-mail.

¿Qué objetivos tenéis? ¿Que El Estafador sea rentable? ¿Proyectaros personalmente y que alguien os fiche o compre la cabecera?...

Javirroyo tenía la ilusión de hacer algo así desde hace tiempo, por el gusto de hacerlo. Su empeño, además, es conseguir que sea rentable. De momento se ha intentado mediante anunciantes pero no ha funcionado, aunque Javirroyo sigue probando por otras vías. La intención principal es usar El Estafador como plataforma creativa, de expresión o como quieras llamarlo. Y justo porque nos permite una libertad total -y en esto Javirroyo siempre hace hincapié-, a mí ni se me ha ocurrido que alguna empresa pudiera comprar la cabecera o algo así. Es más, espero que no suceda nada parecido, ja, ja.

Tu trabajo llama la atención por cómo busca explotar las virtudes propias de la pantalla, utilizando con frecuencia el scrolling vertical (algo que también suele hacer Juanjo Sáez), sin pensar aparentemente en la posible publicación en papel. ¿Qué ventajas e inconvenientes le encuentras al "lienzo digital", como diría McCloud? (Un buen ejemplo de este tipo de piezas de Pepo se puede ver en la entrega de esta misma semana).

Sí, es otro soporte, otro formato de publicación, con mecanismos distintos al de la página impresa. Para El Estafador jamás pienso en cómo se verían impresas las viñetas en papel. Las pienso para la pantalla del ordenador, que es donde se van a publicar y leer. Aparte del formato vertical, y los colores “de luz” -a veces uso colores chillones que no podrían imprimirse tal cual en cuatricomía, y otros dibujantes de El Estafador también los usan-, hay otra gran diferencia: el “paso de página” respecto al papel impreso. En un webcomic no hay páginas en realidad, claro, es una especie de “cinta continua”, pero la gracia es que no puedes ver todo el contenido de la “cinta” a la vez. Así que el lector va pasando la “cinta” con la barra de scroll, tal como dices, y eso te permite jugar con la sorpresa de aquello que no se ve aún de la tira, del “chorizo” como solemos decir en El Estafador, y que irá apareciendo “paulatinamente” conforme el lector vaya moviendo el ratón. Pero cuando aparecen las nuevas viñetas, siguen viéndose parte de las viñetas anteriores, cosa que no sucede al pasar la página de un tebeo impreso, con lo cual hay una continuidad distinta. En cuanto le vas cogiendo el truco te permite recursos diferentes, sobre todo con la sorpresa, que es la clave del humor. El principal inconveniente del formato web es que no puedes publicar cómics de mucha extensión. Es muy cansado leer en la pantalla del ordenador. Los cómics largos, de momento, son para el papel impreso. Imagínate leer una novela gráfica de 300 páginas en la pantalla del ordenador, ja ja… un coñazo.

¿Cuáles son las fuentes de inspiración para tu trabajo?

En los últimos años leo bastante sobre historia del arte y sociología, de hecho es lo que más leo aparte de tebeos, y me está influyendo un montón. Me ha cambiado la percepción de muchas cosas, el modo de entender el mundo y por supuesto de los cómics. Entonces, intento aplicar recursos que no siempre proceden del cómic sino del “mundo del arte”, por ejemplo descontextualizar cosas, o combinar dos “planos” de significado contrapuesto para intentar conseguir un tercero, etc. Luego hay algunos historietistas a cuya influencia es difícil escapar ahora mismo. Chris Ware, que me parece el autor de cómic más importante de los últimos veinte años, de hecho el más importante desde Robert Crumb. A Crumb también lo estoy leyendo mucho últimamente, y redescubriendo. Los dos son muy grandes, tanto que te hacen sentir un enano, casi un gusano, pero por eso mismo resultan tan inspiradores. De Art Spiegelman también he aprendido algunos recursos formales, sobre todo de las viejas historietas que ha recopilado en su Breakdowns.

De autores cercanos de “humor gráfico”, al que más sigo últimamente es a Manel Fontdevila, que me parece, ahora mismo y en España, sencillamente el mejor. Va tan sobrado de talento que, estudiando su trabajo, te sientes también muy pequeño: “¿De dónde ha sacado esta idea el cabrón? ¿Cómo se le ha ocurrido esto otro?”, etc. Manel usa mecanismos bastante impredecibles, que es la clave básica del humor, y además tiene la cosa de que cada vez dibuja mejor, con lo cual se le ocurren modos de representar las ideas cada vez mejores también. Juanjo Sáez también me gusta mucho, su trabajo siempre me ha inspirado, es un teórico muy fino, muy avanzado, aunque sus cómics puedan no aparentarlo; de hecho funcionan ocultando toda la reflexión que tienen detrás. Luego hay recursos formales que saco de la tradición del cómic, incluso de viejas tiras de principios del siglo XX. La estructura de las pantomimas mudas, por ejemplo, que alguna he hecho.

Una característica de tu trabajo que me parece muy deliberada por tu parte es un intento continuo de desafiar los límites establecidos entre el humor gráfico y el cómic. ¿Existen esos límites?

Es que no veo una diferencia esencial. Para mí el llamado “humor gráfico” y el cómic es lo mismo, en todo caso serían géneros narrativos distintos dentro de un solo medio, el cómic. Manejan los mismos recursos formales, el mismo lenguaje, y el hecho de que la temática sea humorística, el chiste como finalidad, no significa que sean cosas distintas. En otros medios se hace humor, en cine, en literatura, etc., y no por eso se le pone aparte como “algo distinto”. Tampoco me parece que la secuencia de viñetas respecto a la viñeta única marque ninguna diferencia esencial. Lo que solemos entender hoy por cómic procede de las caricaturas impresas y de las viñetas –únicas- de la prensa gráfica del siglo XVIII y XIX; de hecho en ellas se ensayaron recursos como los bocadillos modernos, o la misma interacción entre dibujo y texto, o el tipo de dibujo que mejor funcionaba para ser reproducido (y ser reproducido junto a un texto), todo eso mucho antes que en las historietas de varias viñetas. El cómic moderno procede del “humor gráfico”, así veo yo la historia del medio, y tienen la misma naturaleza. Y cuando pienso mi colaboración para El Estafador no lo hago en términos de “hoy voy a hacer un cómic” o bien “hoy no voy a hacer cómic, voy a hacer humor gráfico”, esto sería absurdo. Hay ideas que piden ser resueltas con una sola viñeta, otras con dos, otras con más viñetas, todo depende de la idea. Pero los mecanismos -el dibujo pensado para ser reproducido y “leído”, la caricatura, la palabra, los bocadillos si los usas- son los mismos.

Luego hay semanas en que no me apetece hacer chiste, o se me ocurre algún chiste muy tópico, y prefiero hacer algo que no tiene gag realmente, o que puede ser una historieta más “de cómic”. En el fondo todo es lo mismo. Igual con el dibujo, la idea se impone. Las ideas te piden un tipo de dibujo, a veces más elaborado, otra veces un rollo más de garabato. Y siempre tienes que intentar sorprender al lector. Si consigues hacerle reír alguna vez, no va a ser desde luego repitiendo el mismo truco.

¿Piensas que lo que haces en El Estafador es humor gráfico y por tanto distinto de lo que haces cuando haces cómic en El Vecino?

La diferencia básica es el formato y la libertad que tengo en El Estafador. En El Vecino trabajo en colaboración, contigo, con tus guiones, luego me tengo que sujetar a una historia pensada de antemano. El tipo de dibujo también es distinto. En El Estafador me permito unas, digamos, libertades que no permitiría en El Vecino. O eso creo de momento, ja, ja. Pero en lo demás, para mí, no es distinto. Todo es cómic.

¿Te ves haciendo este trabajo indefinidamente? ¿Te resulta fácil?

No, no me resulta fácil, y no sé hasta cuándo seguiré. Lo haré mejor o peor, pero siempre procuro ir más allá del tópico, que es por cierto lo primero que se te suele ocurrir. A veces me parece que lo consigo, pero otras veces no, y entonces me doy por vencido y dibujo el tópico para salir del paso. Las ideas, la inspiración, son extrañas, van y vienen. Hay veces que se te ocurre una buena idea casi a la primera, y otras veces te das de cabezazos. También he descubierto que hacer una historieta semanal de humor de calidad es MUY difícil. Admiro y aplaudo a quienes llevan años haciéndolo.

¿Es un alivio no trabajar conmigo?

Sí, un descanso total, ja, ja. Ahora en serio, es distinto, obviamente. A mí me gusta colaborar (como tú bien sabes). He colaborado en el pasado con otras personas, con Juanjo Sáez y con otros amigos, es algo que siempre me ha gustado, ver qué sale de la colaboración, y todo lo que aprendes con ella. Tener un guión escrito por ti, por otra parte, me libera del peso de pensar en muchísimas cosas previas. Pero en El Estafador estoy “solo ante el peligro”. Las primeras semanas me dio mucho miedo, la verdad, sobre todo porque es una publicación de humor, y hacer humor es, repito, francamente difícil. Pero cuando te sale bien, es muy liberador.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

UNA ENTREVISTA CON LA NOVELA GRÁFICA



En el último número de El Estafador, Juanjo Sáez publica una entrevista con la novela gráfica. Hay más comentarios viñeteros sobre la posición cultural del cómic a cargo de Javirroyo, Pepo Pérez, Liniers, Tute y Susipop.


viernes, 18 de septiembre de 2009

ESTAFADOS



El estafador es una iniciativa de humor crítico (de las que siempre hacen falta más), emprendida por Javirroyo, Juanjo Sáez, Liniers, Pepo Pérez, Susipop y Tute. Han empezado con la vuelta al cole, es gratis y yo estoy suscrito. Autores de categoría asociados en un proyecto al margen de las grandes empresas: un sueño dorado. Suerte, compañeros.

(Pepo Pérez)