miércoles, 5 de junio de 2013

LOS 400 TEBEOS DE ASTIBERRI

Este sábado, Astiberri celebra una fiesta que han titulado «Los 400 golpes de Astiberri». El motivo declarado es celebrar que la editorial de Bilbao ha publicado ya 400 libros en sus 12 años de existencia. Y para celebrarlo por todo lo alto han montado esa parranda en Madrid, en el Picnic (Calle Minas 1) a las 22 horas, con presencia de muchos autores y con Alberto García Marcos y Gerardo Vilches como maestros de ceremonias para presentar los últimos lanzamientos de la editorial, entre ellos los dos primeros volúmenes de Leyendas Urbanas y la antología Panorama. Además, han montado un catálogo donde aparecen todos los títulos de la editorial y que incluye un buen número de recomendaciones a cargo de todo tipo de personalidades de la cultura.

Digo que ese es el motivo declarado, porque yo sé que en realidad el motivo no confeso es darme una despedida por todo lo alto antes de mi ya inminente regreso a Estados Unidos. Estos muchachotes nunca lo reconocerán, pero las cosas como son: tenemos ya una larga historia.

La celebración de Astiberri me ha hecho recordar la relación que mantengo con ellos, y que ha sido fundamental en mi trayectoria como autor. Es muy posible que sin Astiberri hoy yo no estuviera escribiendo tebeos.

A principios de siglo acababa de terminar una etapa dedicada muy intensamente al periodismo especializado en cómic. Habían sido varios años formando parte de U y Volumen, y ahora quería empezar una nueva carrera escribiendo cómics. En el salón de La Coruña, Toni Guiral me presentó a Pepo Pérez, y no tardamos en empezar a maquinar un tebeo juntos. De aquellas maquinaciones nació El vecino, y creo que fue la confianza de Pepo la que me animó a plantear a Javier Olivares la idea de hacer una adaptación de Beowulf. Javier se apuntó al bombardeo y los dos proyectos nacieron casi al mismo tiempo. Si no me equivoco, debía de ser 2001 ó 2002.

Necesitábamos un editor, y por aquel entonces Glénat estaba preparando una colección de álbumes de autores españoles que celebrase su décimo aniversario. Nos pareció el sitio adecuado y les presentamos tanto El vecino como Beowulf. Recuerdo que en un Expocómic Joan Navarro nos dijo que les interesaba Beowulf, pero no El vecino. La alegría de que me hubieran aceptado un libro no compensó la decepción de que hubieran rechazado el otro. El chasco fue más grande que la ilusión. Se lo conté a mi buen amigo Bernardo Vergara y éste me recomendó que se lo presentara a Astiberri, con quienes él había publicado Manual de instrucciones para libros de instrucciones. No sé si en aquel momento yo tenía una idea muy clara de quién era Astiberri, pero Bernardo me los puso por las nubes y se ocupó de concertar una cita con su editor. Esa misma tarde, sin dejar que el rechazo de Glénat se hubiera enfriado todavía, me cité con Fernando «El Hombre Tranquilo» Tarancón en una cafetería junto a la Plaza de España. Todavía lo recuerdo sentado en una banqueta. Charlamos, me cayó muy bien y se llevó el dossier. Al día siguiente ya me había dicho que querían publicarlo. El cielo se abrió. Poco después Javier y yo decidimos que también preferíamos publicar Beowulf con Astiberri.

Los primeros años de Astiberri fueron complicados. Tenían mucho que aprender, pero si algo ha tenido siempre Fernando Tarancón, su cabeza visible en los primeros tiempos, ha sido capacidad para el aprendizaje y ganas de practicarlo. A través de la experiencia, a través de la observación y a través de cursos, siempre ha mejorado su conocimiento del campo en el que se mueve. Y año tras año, cada vez ha sido más profesional. Eso lo agradezco muchísimo. A estas alturas, Fernando es para mí antes un amigo que un editor, pero es muy importante que sea un editor de verdad, y no un editor amiguete. Cada cosa en su sitio.

La refundación de la editorial con la entrada de Laureano «Nuestro Hombre en La Habana» Domínguez y Javier «Poderoso Como el Trueno» Zalbidegoitia dio un impulso enorme a Astiberri. Todo el diseño y la maquetación quedó en manos de Manuel Bartual, lo cual ayudó mucho a mejorar la imagen de sus productos. Cuando entró en el equipo la editora Héloïse «Sweet Killer» Guerrier, Astiberri ya era una cosa seria. Durante los años que van del 2004 al 2007 publiqué con ellos los dos primeros volúmenes de El vecino, con Pepo Pérez, y La tempestad, con Javier Peinado, y asistí en primera fila al desarrollo de la novela gráfica española contemporánea. Tengo grabados un par de recuerdos del lanzamiento de Arrugas, de Paco Roca, la obra que, acompañada del María y yo de Gallardo, cambió nuestro mercado. El primero es recibir en el buzón el paquete con una copia del libro. Fernando me había dicho que tenía depositadas muchas esperanzas en ese libro, y yo sabía que Paco Roca tenía talento, pero no tenía muy claro qué iba a pasar con aquel extraño libro protagonizado por viejos sin memoria. Hoy día, claro, todo el mundo ve obvio que era una apuesta ganadora, pero entonces Paco no era una estrella y nadie había comprobado que un tebeo como Arrugas pudiera funcionar. Era algo completamente nuevo en nuestro panorama. La presentación en Madrid también fue inolvidable: en La Central del Museo Reina Sofía unas pocas personas nos congregamos en un huequecillo habilitado en la segunda planta. Recuerdo que estaba Juanjo el Rápido y cuatro gatos más. Casi podríamos decir que no había literalmente nadie. Después de la presentación, nos fuimos a tomar algo al Brillante con Paco, Javitxu, Eduardo García Sánchez (que había hecho de presentador) y Manuel Bartual. Nada que ver con las multitudinarias presentaciones y (sobre todo) cenas y copas posteriores que se estilan ahora. No había público, no había comunidad, no había casi nada. Pensé que Astiberri había depositado muchísimas esperanzas en aquello y que los auspicios no eran nada buenos. Tragué saliva.

Y bueno, ya veis lo que pasó luego.

Supongo que por eso ellos son editores y yo no.

Desde aquellos primeros tiempos hasta la actualidad, mi relación con Astiberri no ha hecho más que ir a mejor. Han seguido publicándome libros (son, por tanto, los últimos responsables en la cadena de culpables de que yo esté hoy dando la brasa: Guiral, Pepo, Javier, Bernardo y por fin Fernando, todos vosotros tendréis que pagar algún día), y lo han hecho además con un apoyo y entusiasmo extraordinario: con La novela gráfica se volcaron, y me alegra poder decir que la jugada les salió bien. Y con Panorama han vuelto a hacer una apuesta muy fuerte, y lo han hecho con la máxima ilusión. Por el bien de todos, esperemos que funcione. Han negociado en mi nombre y en el de Pepo con productoras de cine y televisión, han vendido derechos extranjeros y han mejorado continuamente nuestras condiciones. La fe que han demostrado en el Beowulf que estamos haciendo con David Rubín y en Las meninas de Javier Olivares hacen que los autores sintamos confianza y redoblemos nuestros esfuerzos.

Ni ellos ni yo somos ya los principiantes que éramos cuando empezamos a salir juntos. A mí hay autores que me dicen que me han leído, y todavía me sorprende, y ellos ya no son la última ola, aunque sigan siendo jóvenes. Empezamos a ser clásicos, veteranos y hasta entrañables. Seniles, nunca. El maleficio de Arrugas nos protegerá siempre.

Así que bueno, astibérricos, os agradezco mucho que hayáis tenido este último detalle de montarme una fiesta de despedida (aunque sea con un falso pretexto para que no nos emocionemos). Pero os advierto que volveré, y con ganas. Cometisteis el error de darme un hueso hace diez años y no os va a resultar fácil desembarazaros de mí.

Y ahora, para rematar esta entrada y extender ampliamente la vergüenza, ajena y propia, una pequeña galería de imágenes. Había más, claro, pero imaginaos cómo serían si no las he querido hacer públicas...


Bilbao, 2007. Con Fernando y Pepo, antes de la presentación de El vecino 2.


Barcelona, 2007. El stand de Astiberri en el Salón del Cómic.


La presentación de El vecino 2 en Madrid, 2007. Pepo, Fernando Castro (que participa con un artículo en Supercómic), yo mismo y Javitxu.


Esto es en Madrid, creo que en una fiesta de cumpleaños de no sé qué año. Con Fernando y Javitxu, editores serios.


En Getxo, presentando las novedades de la editorial en 2009. De izquierda a derecha, Mauro Entrialgo, Borja Crespo, Chema García, Laureano Domínguez, Pepo y yo.


Getxo, 2009. Los héroes secretos de Astiberri: Héloïse Guerrier y Manuel Bartual.


Getxo, 2009. Sesión de firmas con Mauro, Carlos Vermut, Pepo y yo.


Getxo 2009: Lau y Fer.


Getxo, 2009: Lau y Hélo.


Madrid, Expocómic 2009, probablemente. Firmando como locos: Pepo y yo con Manuel «Sexorama» Bartual. 


Antes de la presentación de El vecino 1 y 2 y El vecino 3, en Joker, la librería de Fernando en Bilbao, en 2010. A la derecha aparece Koldo Azpitarte, actual director de Zona Cómic, que hizo de presentador en aquella ocasión.


La última presentación de El vecino en Madrid, con Pepo y Borja Crespo. En la Fnac Callao, 2010.

viernes, 31 de mayo de 2013

DOS (O TRES) SEMANAS EN ESPAÑA


Hoy hace una semana que Panorama salió a la venta. El libro ha quedado hermoso y precioso, y diréis que qué voy a decir yo, pero yo os diré que precisamente son los autores quienes tienden a ver más defectos en el resultado final. En este caso, sin embargo, no he podido quedar más contento: lo mire por donde lo mire, tengo la sensación de que ha quedado mejor de lo que parecía en pantalla, y muchísimo mejor de lo que parecía en mi cabeza. Eso se lo debo en primer lugar a los autores que tan generosos han sido con su talento y su esfuerzo, a Astiberri por ir más allá de la llamada del deber y aceptar echarlo todo en un volumen que acabó desbordando sus presupuestos iniciales, y a Manuel Bartual por currárselo como se lo ha currado. Mil gracias a todos.

Y sin embargo, por aquí no he dicho nada de Panorama desde que salió. El motivo es que últimamente no he tenido mucho tiempo para acercarme al teclado y mandorlizar un rato. Llevo dos (¿o tres?) semanas en España, y esto ha sido un no parar de visitas familiares, reencuentros con amigos, compromisos profesionales y reinmersiones culturales por la vía gastronómica. En fin: todo correcto.

Me siento inmensamente feliz de cómo está siendo recibido Panorama, y confío en que sirva para su verdadero fin, que es dinamizar un poco la escena del cómic contemporáneo en España y ayudarnos a todos a crecer un poquito. Aquí os dejo algunas de las primeras reacciones que han aparecido:

Mireia Pérez, una dibujanta que está presente tanto en Panorama como en Supercómic, escribe en su sección «Llámame tebeo» de Libro de Notas: Un nuevo tebeo.
Pablo Ríos, un dibujante que no está presente en Panorama (y tampoco en Supercómic), escribe en su blog: A view to kill.
Miguel Pérez escribe en la sección «Spain is Pain» de la Revista LaRAÑA: Best Spanish Comics.
Jesús Jiménez trata Panorama en su sección «Viñetas y bocadillos» en rtve.es: Santiago García nos habla de Panorama.
Gerardo Vilches, uno de los colaboradores de Panorama y coautor de la sección de reseñas junto a Alberto García Marcos, cuenta sus impresiones sobre el volumen y su visión del trabajo realizado en su propio blog, The Watcher and the Tower: Panorama, de VVAA.


Por cierto que me ha llamado mucho la atención el interés que han despertado Panorama y Supercómic en los medios. Nunca había hecho tantas entrevistas, y la inmensa mayoría con periodistas de prensa general, no especializada. Puede que sea porque los dos libros tienen un interés singular, pero también creo que durante los tres últimos años el valor informativo del cómic ha aumentado muchísimo. La mayoría de los periodistas con quienes hablo conocen la novela gráfica y noto que en nuestras conversaciones cada vez son menos los tópicos que hay que superar (aunque todavía quedan algunos, ¿eh?, eso tampoco vamos a negarlo).

Este interés de la prensa se corresponde, afortunadamente, con la oferta de un sector que, ahora mismo, abruma por su imaginación, su talento y su diversidad. Desde la última vez que estuve en España habían pasado nueve meses, y no estoy seguro de que seáis conscientes de la cantidad de tebeos extraordinarios que se han publicado en este país durante ese periodo. Durante todo el tiempo que llevo aquí he intentado aprovechar cada momento de paz para ponerme al día con esas lecturas acumuladas, y siento una extraña mezcla de ansiedad (¡no me da tiempo a leerlo todo!) y felicidad inmensa (¿alguna vez en mi vida había enganchado tantos grandes tebeos seguidos?). He leído tebeos españoles brillantes publicados por editoriales muy pequeñas. Los dos últimos de ¡Caramba!, el microsello de mis amigos Manuel Bartual y Alba Diethelm, son dos maravillas: El fuego es posiblemente lo mejor que ha hecho Miguel B. Núñez, y Grandes verdades de la humanidad, de Carlos de Diego (uno de los autores presentes en Panorama) me tiene obnubilado. Es algo así como el tebeo que acaba con todos los tebeos. Entrecomics Comics, otro microsello, se ha marcado un libro impresionante, el regreso de Pep Brocal con Alter & Walter, que encaja con la tradición de análisis introspectivos que parece empezar a configurarse como un género dentro de nuestro cómic moderno: Súper Puta de Manel Fontdevila, Vapor de Max o Yo de Juanjo Sáez serían otros hitos en esta tendencia. Tyto Alba sigue entregando novelas gráficas con una regularidad pasmosa, y la que ha hecho con Gabi Martínez, Sólo para gigantes, es una cosa muy seria. Cuando me preguntan sobre la novela gráfica actual digo muchas veces que es necesario que los autores jóvenes sigan publicando obras para que puedan desarrollar su personalidad y llegar a logros mayores. Alba es un ejemplo de esto, y otro muy destacado es Rayco Pulido (otro nombre de Panorama), que después de hacer varios cómics muy interesantes, se acaba de marcar una novela gráfica muy impresionante: Nela. La cantidad de trabajo y talento que hay metido ahí es tan enorme que a medida que lo leía me iba emocionando de pura emoción estética. Y bueno, por fin tengo El Héroe 2 en las manos, pero qué voy a decir a estas alturas de David Rubín (otro de Panorama)... De David y Beowulf hablaremos más adelante. También hay un Huracán de sensatez de Paco Alcázar (también en Panorama) que ha sacado Diábolo y una colección nueva de minilibros de Astiberri que arranca con dos delicias de José Domingo y David Sánchez (¡los dos en Panorama!). Y luego está la nueva ola de la nueva ola: Zendor, un fanzine insólito de Jon Boam, o las grapas de Apa-Apa con Irkus M. Zeberio y Sergi Puyol (otros dos panorámicos) y Chema Peral, y el que sin duda va a ser uno de los libros del año: Pulir, de Nacho García, publicado por ese milagro que es Fulgencio Pimentel. Esta noche, por cierto, lo presentan en Madrid, y no me lo pienso perder. No me voy a poner aquí a mencionar todas las joyitas que me he ido encontrado, pero es que incluso están empezando a abundar los libros de ensayo sobre cómic de producción propia: Alpha Decay se ha sacado un Batman desde la periferia con nombres que van desde Elisa G. McCausland y Eloy Fernández Porta (éste también presente en Supercómic) hasta Slavoj Zizek. Si me lo llegan a decir cuando escribía La noche del murciélago, no me lo creo.

El privilegio del lector español es no sólo disfrutar de esta escena emergente, sino recibir una selección de lo mejorcito que se publica fuera, cada vez más exquisitamente editado. Por ejemplo, dos bombazos como La gran odalisca, de Vivès y Ruppert y Mulot, en Diábolo, o La infancia de Alan, de Guibert, en Sinsentido. E incluso exclusivas como Rocky, de Jaime Hernandez, que ni siquiera se ha publicado individualmente en Estados Unidos y aquí ha salido en un libro que te lo comes con los ojos. Para colmo, está saliendo manga para adultos para todos los gustos. Sí, tenemos a Shintaro Kago (¡dos tomos más en menos de un año!), Shotaro Ishinomori (monumental Hokusai), los dos en EDT, y Shigeru Mizuki con su autobiografía para cubrir la cuota de lectores de novela gráfica en Astiberri, pero es que también te encuentras propuestas más comerciales que son igual de sorprendentes y divertidísimas, como Thermae Romae, de Mari Yamazaki, o I Am a Hero, de Kengo Hanazawa, los dos en Norma.

Comprendo que estoy bajo los intoxicantes efectos de un festín de tebeos que amenaza con acabar provocándome indigestión, pero aún así, la sensación que me ha transmitido la gente del cómic con la que he tratado estos días ha sido de entusiasmo e ilusión. Sí, el país está hecho una mierda, eso se percibe en la calle, pero a editores y autores parece que les sobra la energía y ganas de meterse en nuevos proyectos. En los tres viernes que he pasado aquí ha habido cuatro presentaciones en Madrid. La primera fue la del libro de Pep Brocal, la semana siguiente coincidimos Panorama y Paco Alcázar con su nuevo libro para Diábolo, y hoy toca la ya mencionada de Nacho García. Y la semana que viene habrá más parranda, al mismo tiempo que se celebra la Feria del Libro. No sabemos qué pasará, pero da la impresión de que si todo esto se va al cuerno, al menos moriremos con las botas puestas.

Lo cual no deja de ser extraordinario para un gremio que tradicionalmente realiza su actividad en zapatillas de andar por casa.

viernes, 17 de mayo de 2013

PANORAMA CERCANO



Panorama ya está aquí. O casi. Los ejemplares acaban de salir de imprenta, justo a tiempo para llegar a las librerías el próximo viernes 24 de mayo. Ese mismo día haremos una presentación del libro en la que tendré el gusto de estar presente y el placer de disfrutar de la compañía de Óscar Palmer y Miguel Ángel Martín, además de la de todos los que quieran pasarse por allí. Hablaremos no sólo de Panorama, sino también de Supercómic, su «antología hermana».

La cita: viernes 24 de mayo a las 20 horas en Fnac Callao (Madrid).

Cuantos más seamos, más nos divertiremos.

Para ir abriendo el apetito, aquí se puede leer la introducción que he escrito para Panorama.

PANORAMA: LA NOVELA GRÁFICA ESPAÑOLA HOY

lunes, 13 de mayo de 2013

CHARLES BURNS: LA COLMENA Y MÁS ALLÁ


Ahora que se ha publicado en España La colmena (2013, Mondadori), me parece oportuno recuperar lo que escribí en su momento en Mandorla sobre este segundo título del trabajo en curso de Charles Burns. De paso, recuerdo algunas otras entradas en torno a Burns o relacionadas con él.

EL ESPÍRITU EN LA COLMENA: sobre La colmena.
REVÁLIDAS: donde escribía sobre Tóxico, la primera parte de la obra continuada en La colmena.
AGUJERO NEGRO: donde rescataba un texto que escribí para Rockdelux sobre la obra más conocida de Burns.
EL ECO EN EL AGUJERO: Sobre Echo Echo. Cut-up Drawing from Black Hole, el peculiar cuaderno de bocetos de Agujero negro.
PÁGINAS PERDIDAS (DE LOS OTROS): Con las imágenes de la participación de Burns en El libro de los otros.
HIJOS DEL HORROR: Un ensayo sobre el horror en la novela gráfica contemporánea donde Charles Burns desempeña un papel fundamental.
Y además, MR. BURNS EN PERSONA.

sábado, 11 de mayo de 2013

KURTZMAN EXPUESTO



HARVEY KURTZMAN Y WILL ELDER: VAYA PAR DE DOS

Kurtzman era el más listo de la clase, y Elder el payaso. Era inevitable que se unieran y que de su colaboración salieran tebeos tan originales y divertidos que hoy son un tesoro de la cultura popular americana de mediados del siglo XX.
Harvey Kurtzman (1924-1993) y Will Elder (1921) llegaron de Brooklyn y del Bronx, respectivamente, para coincidir en el prestigioso High School of Music and Art de Manhattan, y ya no se separarían a lo largo de su carrera profesional. A finales de los 40 compartían estudio, y a principios de los 50 formaban parte de la plétora de artistas de la pujante EC Comics de Bill Gaines. Ni Kurtzman ni Elder estaban especialmente dotados para el crimen, el horror o la ciencia-ficción, de modo que encontraron su nicho en otros campos. Kurtzman creó los legendarios cómics bélicos de Two-Fisted Tales y Frontline Combat, y en 1952 se inventó el tebeo satírico Mad, donde Elder encontró su plenitud. “Soy un humorista. Me encanta el humor; es la única forma en que puedo expresarme”, diría posteriormente. Kurtzman era un narrador riguroso y exacto, pero su acabado gráfico era escueto, lo que le restaba popularidad entre el público lector acostumbrado a estilos más endulzados. Cuando escribía guiones para otros dibujantes, acostumbraba a imponerles su propio estilo narrativo, proporcionándoles detalladísimos bocetos. Elder, por su parte, era un dibujante versátil y desbordante, que necesitaba la estructura rígida que le proporcionaba Kurtzman para no perderse en infinidad de detalles humorísticos. Con Elder, Kurtzman conseguía un acabado carnoso y comercial; con Kurtzman, Elder dotaba de vida a su estilo ilustrativo.
Tras abandonar Mad en 1956, Kurtzman y Elder siguieron colaborando en revistas satíricas como Trump (1957, para Hugh Hefner), Humbug (1957-58, autoeditada por un colectivo de historietistas) o Help! (1960-65, Warren). En esta última crearon a Goodman Beaver, una especie de Cándido moderno, que serviría de inspiración para la parodia erótica Little Annie Fannie, publicada entre 1962 y 1988 en Playboy. La huella de Kurtzman y Elder es palpable en Robert Crumb.

Texto publicado originalmente en Del tebeo al manga: una historia de los cómics 3. El comic-book: Superhéroes y otros géneros (2007, Panini), obra dirigida por Antoni Guiral.

Ayer estuve viendo la exposición The Art of Harvey Kurtzman en la Society of Illustrators. Casi no llego a tiempo, porque termina hoy, pero mereció la pena hacer el esfuerzo. Reconozco que no soy nada aficionado a las exposiciones de cómic con originales colgados de las paredes, pero hay que decir que ésta es una de las mejores que he podido ver. Primero, por la envergadura del personaje protagonista, Harvey Kurtzman, una figura a la que considero fundamental en la historia del cómic norteamericano moderno, aunque en realidad su influencia es mundial (en La novela gráfica le dedico las páginas 124-133). Y segundo, porque la variedad y amplitud de la muestra se correspondía con la del propio Kurtzman. Páginas originales ya legendarias, como la famosa historieta «Corpse on the Imjin» (Two-Fisted Tales, 1952) completa, o la primera página de «Superduperman» (Mad, 1953), la historieta que más influyó sobre Watchmen, se mezclaban con ejemplos de casi todas las épocas de la carrera de Kurtzman, desde antes de su llegada a EC hasta sus Humbug, Goodman Beaver y Little Annie Fannie, junto con trabajos comerciales o privados, documentos personales e incluso muestras de su época de estudiante de arte. En fin, un festín para el admirador de Kurtzman, que además se aumenta con la capacidad de sorpresa que siempre producen estos materiales, ya que Kurtzman trabajó con numerosos dibujantes a quienes suministraba abocetadas las historietas a las que ellos daban su forma gráfica final, y en esta exposición se podían comparar esos bocetos de Kurtzman con los acabados de sus colaboradores. En la pared se podía disfrutar de una de las colaboraciones más extraordinarias de todos los tiempos, la que realizó con otro genio, Bernard Krigstein, en «Bringing Back Father», la parodia de Bringing Up Father de Geo McManus que hicieron para Mad en 1954, con la participación añadida del compinche habitual de Kurtzman, Will Elder.

La exposición, en todo caso, revela que la variedad de temáticas, estilos y colaboradores que caracteriza la carrera de Kurtzman tiene una base material también, con una gran diversidad de técnicas y soportes que saltan a la vista cuando se ven en persona, lo que da una riqueza especial al recorrido. Me gustaría explayarme sobre Kurtzman como merece, pero ahora no tengo tiempo para hacerlo, de manera que he decidido recuperar el texto que encabeza esta entrada para que acompañe a una selección de algunas fotos que tomé ayer en la Society of Illustrators.


























viernes, 10 de mayo de 2013

MICHAEL MCMILLAN: MAESTRO SECRETO


Michael McMillan en su estudio de San Francisco.


Como colofón a esta serie de Spring Cleaning, voy a mencionar quizás el cómic más extraordinario que he adquirido estos últimos meses. Tan extraordinario que no encaja con naturalidad en ninguno de los grupos que he formado (arbitrariamente) en las entradas anteriores, y merece su propio texto separado. Durante el pasado Festival de Brooklyn una de las cosas que más me llamó la atención fue una especie de periódico de gran tamaño, sin grapar, que contenía un puñado de curiosas historietas en blanco y negro y color que se salían de cualquier corriente en boga en estos momentos. Eran singularmente extrañas y primitivas, y a la vez tenían un aire de modernidad casi intemporal. Eran algo distinto. El autor estaba presente, y eso me desconcertó aún más todavía: un abuelete de aspecto apacible, sentado pacientemente a la espera de que alguien le llevara algo que firmar. Era el ya octogenario Michael McMillan (1933). No es precisamente el perfil de autor que uno se suele encontrar tras las mesas de los festivales de cómic alternativo.

McMillan es otro de los rescates efectuados por ese infatigable investigador de los márgenes de la historieta que es Dan Nadel, editor de Picturebox, codirector de The Comics Journal y responsable de libros antológicos como Art in Time: Unknown Comic Book Adventures, 1940-1980 (2010, Abrams) en el que ya recuperó algunas páginas de este autor. Por situar brevemente a McMillan, podemos decir (y resumiendo brevemente la información que el propio Nadel suministra) que estudió arquitectura y diseño industrial en su nativa California, y luego trabajó en el primero de esos campos y en diseño de productos al mismo tiempo que pintaba por afición. La influencia de una exposición de The Hairy Who, un grupo de artistas inscritos en la corriente de los llamados Chicago Imagists que tenían un estilo figurativo y pop muy cercano al cómic, junto al descubrimiento de Zap Comix #1, el cómic underground pionero de Robert Crumb, le llevó a tantear la historieta, y así es como acabaría publicando Terminal Comics en 1971 con Don Donahue, el mismo editor de Zap. Aunque durante los años siguientes McMillan tendría alguna presencia intermitente en el mundo del cómic (por ejemplo, en la revista Arcade que a mediados de los 70 dirigirían Bill Griffith y Art Spiegelman como un last stand del underground, e incluso en algún número de Weirdo, la cabecera editada por Crumb durante los 80),  McMillan desarrolló su carrera artística en otros campos: pintura, fotografía y diseño, por ejemplo.

McMillan, sin embargo, volvería ocasionalmente al cómic, aunque de forma privada y sin buscar la publicación. Nadel descubrió el material que el artista había ido acumulando a lo largo de los años y quiso hacerlo conocido. Así, organizó una exposición en la galería Tomato House (Brooklyn) entre el 9 de noviembre y el 8 de diciembre que coincidiría con el mencionado Festival. Y a modo de catálogo de esa exposición aparecía este curioso folleto que lleva en su contraportada un texto escrito por el dibujante que alertó a Nadel sobre McMillan: Gary Panter.

En The ZZZZZ Series and other Stories (2012, Picturebox), que así se llama la susodicha publicación, se han reunido en su mayor parte trabajos procedentes del período 1990-2000, intercalados con un par de muestras de los años setenta. La primera parte de esta serie son una suerte de tiras en blanco y negro realizadas con tinta a las que siguen páginas completas a color pintadas con acrílicos. No hay personajes recurrentes ni continuidad entre unas piezas y otras, pero el mero formato parece remitir al viejo modelo del cómic de prensa: tira diaria y página dominical.



Y es cierto que en McMillan hay una nostalgia de los medios del pasado: los viejos héroes de folletín, las sesiones matinales cinematográficas con seriales, los estereotipos del pulp cuando éste era entretenimiento para las masas. Pero eso es sólo un color que McMillan aplica en sus historietas, a la misma altura que otros elementos que tienen la misma importancia. Nadel señala que el montañismo y el ciclismo han desempeñado un papel muy importante en la vida de McMillan durante décadas, y que la influencia de este ejercicio físico al aire libre se aprecia en sus viñetas. Bien es cierto que muchas de ellas parecen girar en torno al movimiento, y que incluso en ocasiones parecen reelaboraciones de las clásicas maquinaciones de Rube Goldberg. Hay un humor soterrado en casi todas las páginas, y un toque de amable surrealismo en muchas de ellas, que se apoya en la existencia de una narración obvia, aunque no siempre lógica. Pero lo narrado tampoco tiene una categoría superior a la configuración de los elementos que se disponen para narrarlo, de modo que de muchas de estas historietas podríamos decir que van más sobre la pura geometría de los dibujos que sobre cualquier otra cosa. Podríamos decir que practican una abstracción figurativa, casi. Lo que importa son las relaciones entre puntos, líneas, trazos, grosores, texturas, blancos y negros, colores y volúmenes.


The ZZZZZ Series and other Stories no parece especialmente sofisticado a simple vista, pero desde hace meses no me puedo quitar sus imágenes de la cabeza y vuelvo una y otra vez a él. Me fascina la facilidad y la limpieza con la que están resueltas todas las páginas, lo bien que están cerradas (McMillan se define a sí mismo no como cartoonist, sino como problem solver), y me fascina también cómo utiliza el lenguaje gráfico de los viejos comic books de ciencia-ficción, fantasía y superhéroes de los años 40, esa rotundidad temeraria de los Fletcher Hanks o Basil Wolverton, y encuentra en ella una potencia irresistible con la que movilizar sus etéreas pantomimas.



El rescate de Michael McMillan es, además, otra evidencia de la historia secreta del cómic, esa historia de vías alternativas apenas atisbadas en las páginas de artistas como Jerry Moriarty o Richard McGuire, que han ido dejando pistas que nadie ha seguido. Maestros marginales a los que tenemos que acercarnos siguiendo largos desvíos si queremos aprender algo diferente.

jueves, 9 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (III)



Cierro la serie Spring Cleaning con un tercer capítulo dedicado a los tomos, libros o novelas gráficas, como usted quiera llamarlos. En resumidas cuentas, un puñado de volúmenes de diverso formato y extensión que han ido apareciendo durante este otoño e invierno pasados y que creo que merece la pena recordar aunque sea brevemente, antes de que se pierdan para siempre en el océano de las estanterías.


Ticket Stub, Tim Hensley

Ticket Stub (Yam Books, 2012) se lo compré personalmente a Tim Hensley en el Brooklyn Comics and Graphics Festival del año pasado. Me cuesta olvidar el momento porque Hensley, que es un hombretón, me dijo muy simpáticamente que sentía no poder darme la mano pero que acababa de volver del cuarto de baño y que mejor me ahorraba la cortesía. Tim Hensley tiene una obra muy peculiar publicada en Fantagraphics de la que ya hablé en Mandorla, Wally Gropius (2010, Fantagraphics). A pesar de su reciente aparición, el material contenido en Ticket Stub es muy anterior, ya que procede de un minicómic del mismo título que Hensley se autopublicó durante los 90. Según parece, durante un tiempo Hensley trabajó editando subtítulos para películas y series de televisión, y fue de esa intensa dedicación al material audiovisual de donde surgió este singular cómic. Ticket Stub es básicamente una aglomeración de dibujos espontáneos y texto distribuido en páginas donde parece haberse quedado impregnado un reflejo de las muy diversas producciones que Hensley estaba visionando por motivos profesionales. Retratos de actores, títulos de películas o series, escenas sueltas, fotogramas, sinopsis, diálogos... Todo va cayendo sobre la página con la naturalidad de un cuaderno de bocetos privado. Vagamente me recuerda a la producción más personal de Manel Fontdevila (véase por ejemplo Reunión). Creo que Manel y Hensley comparten una manera festiva de vivir la cultura pop, una gran capacidad para integrarla en su discurso interior visibilizando éste en composiciones de una libertad caprichosa y juguetona. Ticket Stub no discrimina: aquí no hay clásicos ni bodrios, todo material audiovisual es materia prima que pasa por el filtro de la conciencia del observador, que a veces parece meramente aturdido y en otras reelabora con su propia voz original. Lo mismo da Pokémon que La playa, Benny y Joon que X-Men (la película). Todo es arcilla en los lápices de Hensley. La última parte es la que formalmente se aproxima más a una historieta ortodoxa, con viñetas, diálogos y un diseño de página convencionales (véase la ilustración sobre estas líneas). En cada una de esas páginas se reelabora una película o serie con una mezcla de candidez y malicia que parece revelar la sustancia oscura que subyace en todo producto de masas. En eso, tal vez, es en lo que más se parece a Wally Gropius.

By This Shall You Know Him, Jesse Jacobs


En mi entrada sobre los primitivos cósmicos incluí a Jesse Jacobs, con la advertencia de que su Even the Giants se encontraba tal vez en los límites de esta corriente, si es que podíamos delimitarla de algún modo. Su nuevo libro, un espléndido álbum en tres tintas titulado By This Shall You Know Him (Koyama, 2012) le sitúa en pleno centro de la tendencia, si consideramos al Forming de Jesse Moynihan uno de sus centros. Jacobs elabora aquí una fábula cosmogónica que reinterpreta el Génesis bíblico con tintes fantásticos. By This Shall You Know Him es a la vez grandioso en cierto sentido kyrbiano y procaz con cierta arrogancia punk. Pero todo está tan equilibrado en la narración que en ningún momento perdemos el interés por un cuento para adultos, una nueva vuelta de tuerca a la vieja historia que nos han contado mil veces y que sin embargo Jacobs consigue que nos parezca tan distinta como si fuera nueva. En su versión, la Creación es producto de las disputas estéticas entre dos dioses, Ablavak y Zantex (hay uno tercero, Blorax, pero su papel es secundario) que compiten ante el superior Advisor para obtener su reconocimiento. Es la idea del artista como creador llevada a sus últimas consecuencias, y convertida en una batalla eterna entre lo apolíneo y lo dionisíaco, lo orgánico y lo inorgánico, lo blando y lo geométrico, lo angelical y lo demoníaco, es decir, todas las dialécticas que han movilizado la historia del arte como trasunto de la historia de la humanidad misma. Me doy cuenta de que resumido así parece increíblemente pretencioso, pero Jacobs lo narra con una naturalidad encomiable, sin excesos dramáticos ni discursos pomposos, y el mensaje se presenta sin obviedades y a la vez sin ser opaco. Visualmente, By This Shall You Know Him es de una imaginación desbordante.


Delphine, Richard Sala


Mientras leía el penúltimo libro de Richard Sala, The Hidden (Fantagraphics, 2011), tuve una epifanía: en realidad, Richard Sala no me gustaba tanto como yo quería creer. De pronto me di cuenta de que llevaba años leyendo sus libros porque estaba empeñado en que me gustasen, porque tenían que gustarme, ya que reunían por separado muchos elementos que siempre me han gustado: el suspense, lo pulp, lo oscuro, lo tragicómico... Sala era como una versión del primer Burns insobornablemente fiel a los principios del folletín. Así que instantáneamente se instaló en mi pabellón de favoritos, aunque a la hora de la verdad sus libros nunca acababan de entusiasmarme. Demasiado estáticos, demasiado tibios en la narración, acababan por gustarme más como concepto que como ejecución. Y leyendo la fantasía apocalíptica The Hidden ya no pude seguir negándolo. Y sin embargo, las viejas costumbres son difíciles de perder, así que volví a caer con su último título, Delphine (Fantagraphics, 2012), que en realidad es la recopilación de una historia seriada que publicó en la colección Ignatz. Y cómo son las cosas, ahora que ya había renunciado a él, Sala volvió a mí con más fuerza que nunca. Delphine tiene todos los rasgos goreycos habituales de Sala elevados a la máxima potencia, pero esta vez la narración es fluida, el ritmo es intenso y el final es redondo. Para colmo, la historia traspasa los límites que Sala parece haberse autoimpuesto muchas veces del homenaje a la tradición popular de lo grotesco para tocar una fibra más humana y casi desconocida anteriormente en su obra. El resultado es su historia más satisfactoria hasta el momento. Declarada expresamente como una versión moderna de Blancanieves, Delphine se mueve siempre en el filo de lo plausible, en el suspense de una larga carrera donde al protagonista le pasan cosas que podrían ser o no macabras. En ese juego paródico Sala encuentra su mayor triunfo, paseándose por un hilo delicado que nunca se rompe. Al final, Delphine me ha hecho revisarme The Hidden para comprobar si era exactamente lo que recordaba. Me ha parecido mejor.

Una interesante entrevista con Richard Sala sobre Delphine: Richard Sala explores the world of dark fairy tales in «Delphine».
Óscar Palmer está publicado en su blog Cultura Impopular su libro Cómic alternativo de los 90. Aquí se puede leer el capítulo en el que habla de Sala: Polos opuestos.


Dockwood, Jon McNaught


El británico Jon McNaught ya me había maravillado con dos libritos deliciosos, Pebble Island (2010, Nobrow) y Birchfield Close (2010, Nobrow), pero Dockwood (2012, Nobrow) ha sido en cierta manera su puesta de largo, sobre todo si le damos a largo el significado de large. De formato mucho mayor que los anteriores, este libro es un verdadero álbum clásico con apariencia de cuaderno de redacción y contenido adaptado a la última ola de la novela gráfica contemporánea, en la estela de Ware y Seth. Dockwood incluye «dos historias del otoño» que en muchos sentidos abundan en las formas y temas que McNaught ya había tanteado en sus trabajos previos. Ambientes suburbanos o campestres desolados, personajes fundidos con el paisaje y/o los ritmos de la naturaleza, estrategias narrativas encaminadas a una plausible descripción del paso del tiempo y estilo visual inspirado por el diseño y las artes gráficas de mediados del siglo XX. En «Elmwood», la primera de las historietas contenidas en Dockwood, McNaught establece una paralelismo muy obvio entre el otoño y la vejez, mientras que en «Sunset Ridge» vira hacia el otro extremo de la existencia para introducirse en la vida interior de un adolescente. Una vida interior habitada por los videojuegos, por cierto, lo que permite a McNaught un bonito diálogo entre dos espacios de la imaginación, el digital y el real, que en realidad es el de la memoria, es decir, que ambos espacios tienen en cierto sentido la misma categoría. La introducción de un elemento futurista, como son los videojuegos, supone una interesante distorsión en un escenario visual que nos remite insistentemente a la ilustración de los años 50. Pero da igual si los protagonistas son ancianos o jóvenes, sobre las dos historias pesa un aire grave de melancolía profunda. Éste es el tipo de cómic donde se dedican varias viñetas a mostrarnos cómo se pelan unas patatas, y donde las correrías de una ardilla de rama en rama son recurrentes en muchas tiras dispersas a todo lo largo del libro. Tal vez lo que McNaught nos quiera indicar es que tan importante es lo que sucede alrededor de nosotros como lo que nos sucede a nosotros, y que el mundo se mueve y el tiempo avanza aunque nosotros nos quedemos quietos. Dockwood no es todavía una obra maestra, pero es evidente que McNaught está trabajando en la dirección de conseguir una tarde o temprano, y que los desafíos que se plantea con cada nuevo trabajo son cada vez mayores. Mucho ojo a sus próximos títulos.


Letting It Go, Miriam Katin


Letting It Go (2013, Drawn & Quarterly) es el inesperado regreso de Miriam Katin. Digo inesperado porque creía sinceramente que Por nuestra cuenta (2006, Ponent Mon) sería una obra única, sin continuación posible. Para quien no sepa de quién estoy hablando, copio aquí lo que escribí sobre Por nuestra cuenta en La novela gráfica: «Esta última obra es significativa de cómo el cómic ha ido conquistando en los últimos años nuevos espacios para la expresión personal que antes estaban reservados en exclusiva a la literatura o el arte. Por nuestra cuenta es el relato autobiográfico de la huida de Budapest por parte de la autora, entonces una niña, y su madre (judías húngaras) en 1944, cuando escapan del acoso del ejército nazi invasor y posteriormente de las tropas soviéticas. Lo peculiar es que Katin no emprendió esta memoria gráfica hasta pasados los sesenta años, una edad en la que tradicionalmente los autores de cómic ya estaban retirados». Por nuestra cuenta llegó a nuestro país en medio de una oleada de memorias gráficas femeninas que querían situarse en la estela de Persépolis para aprovechar el éxito de Marjane Satrapi, y sin duda eso hizo que para muchos pasara desapercibida o que incluso otros la vieran con desconfianza. Yo mismo tenía prejuicios. Ridículos, como descubrí en cuanto la leí, porque Por nuestra cuenta era un cómic descarnado, contado con la crudeza con la que sólo puede contarlo quien ya ha vivido mucho y no tiene que atender a ansiedades juveniles. Pero por su misma naturaleza biográfica no imaginaba que fuera a tener continuidad ni que Katin proyectase continuar su nueva carrera como novelista gráfica ya en la tercera edad.

Todo esto para explicar por qué Letting It Go me resultaba inesperado. Y a pesar de mi experiencia con Por nuestra cuenta, volví a caer en los mismos prejuicios. El estilo amable de Katin, como de cuento para niños, la misma sospecha de que estaba intentando explotar su éxito anterior, y, sobre todo, esa espantosa portada (no en lo gráfico, sino en lo conceptual), una alegoría visual donde la autora suelta un globo con una esvástica, como para indicar que psicológicamente por fin va a dejar marchar el estigma de su experiencia infantil con el Holocausto, es decir, esa portada que nos anuncia un volumen terapéutico repleto de metáforas gráficas facilonas, volvieron a hacer que abordara la lectura lleno de prevenciones. Katin liquidó mis temores rápidamente. Su narración es tan fluida y original, sus dibujos tan vivos y personales, y su voz tan sarcástica y desvergonzada que es capaz de llegar con la naturalidad de una abuelita a donde los jóvenes underground más tremendistas no se atreverían a llegar nunca. Véase por ejemplo el grotesco episodio del pedo con carga en el hotel de Berlín. Letting It Go es un retrato emocional del superviviente que setenta años después sigue marcado por una experiencia traumática más allá de todo límite. No es que Katin reviva la guerra todos los días, pero cuando su hijo, norteamericano de nacionalidad, le dice que quiere instalarse en Berlín y que para hacerlo necesitaría recuperar la nacionalidad húngara que originalmente poseía su madre, dentro de ésta se desatan todo tipo de angustias y tensiones acumuladas y jamás resueltas a lo largo de toda su vida. Katin no es una anciana bondadosa, desde el primer momento reconoce su aborrecimiento por los alemanes y por todo lo alemán, y no manifiesta ningún deseo ni intención de corregirlo. Asume sus defectos. Y, en contra de lo que podríamos pensar, la historia no muestra un arco de purificación en el que acabe superando esos traumas y volviéndose mejor persona. La superación, en todo caso, es generacional y se encuentra en su hijo y la continuación de su familia. Katin nos hace el favor de contarnos las cosas tal y como son y no embaucarnos con un cuento aplicable como manual de autoayuda. Por eso precisamente me resulta tan desafortunada esa portada tan engañosamente blanda.


«Somersaulting», Sammy Harkham, en Everything Together


Acabo con los dos libros publicados durante los últimos meses que hay que tener, las dos antologías que recopilan historietas dispersas de dos de los dibujantes con más personalidad que están trabajando ahora mismo en el campo de los art comics en Estados Unidos. El primero ya es conocido en España. Apa-Apa publicó en 2009 Marinero de montaña, la acongojante adaptación que hacía Sammy Harkham de una historia de Guy de Maupassant. Esa historia («Poor Sailor» en el original) está incluida en Everything Together (2012, Picturebox) que recoge la obra dispersa que Harkham ha ido dejando por diversas revistas y proyectos variados a lo largo de más de diez años. Harkham tiene una personalidad curiosa y juguetona. Aunque la base de su estilo parece firmemente anclada en el cartoon clásico (por momentos me recuerda a la inmediatez cálida de Segar), siempre está probando cosas nuevas, tanto en la narración como en el diseño o lo gráfico. Eso hace que Everything Together tenga un cierto tono de festival de experimentos. Las historietas son muy diversas en tono y pretensiones, desde la sátira inmediata hasta el relato de largo aliento, desde la parodia (con varias incidencias en el mundo del cómic y sus autores, incluyendo nombres propios) hasta el drama sentimental. Pero por debajo de todas esas vestiduras asoma la voz de Harkham como un autor moderno, de calado literario, libre de servidumbres nostálgicas o de género, y preocupado por la alcanzar una expresión de las emociones íntimas que en numerosas ocasiones pasa por explorar los huecos y silencios en la intimidad de nuestras vidas. Entre todo el material reunido aquí, tres son las piezas maestras que sustentan esa visión del cómic: la mencionaba «Marinero de montaña», «Somersaulting», que describe con escalofriante precisión una historia de amor, y «Lubavitch Ukraine, 1876», que en cierto modo intenta trasladar el mundo de los sentimientos a la formalizada atmósfera de una ciudad judía del este de Europa a finales del siglo XIX. De alguna manera, Harkham es el heredero directo del gran cómic alternativo de los 90, pero al mismo tiempo anuncia algo nuevo. En cada nuevo paso que da resulta más evidente que estamos ante un clásico moderno, y leer Everything Together es una buena forma de hacerse idea de cuál es su verdadero alcance.


«Million Year Boom», Tom Kaczynski, en Beta Testing the Apocalypse.


Creo que mi libro favorito de estos últimos meses es otra recopilación: Beta Testing the Apocalypse (2012, Fantagraphics), de Tom Kaczynski. Kaczynski es un polaco que emigró a Estados Unidos de adolescente, ha trabajado en publicidad y ahora, desde Minneapolis, dirige una de las más interesantes microeditoriales del panorama actual, Uncivilized Books, que ha publicado entre otros el último libro de Gabrielle Bell, The Voyeurs. Aunque ha publicado diversos minicómics e historietas sueltas durante los últimos años, Beta Testing the Apocalypse supone su primer libro como tal, y probablemente el que le descubrirá a un público mayor. Está integrado principalmente por historietas aparecidas en la antología Mome desde 2007, aunque la última (y la más larga), «The New» es inédita. Sobre el conjunto se aprecia una evidente (y reconocida) influencia de J. G. Ballard. Las autopistas, los planes de desarrollo urbano, los edificios, son los protagonistas de estas historias más que las mismas personas que transitan por ellos. Kaczynski es un apasionado de la arquitectura, sobre todo en su aspecto más teórico y simbólico, y eso se nota en sus viñetas, donde el entorno es en gran medida el elemento que produce las ansiedades, miedos y dramas ante los que reaccionan los seres humanos. Aunque todas las historias reunidas en Beta Testing the Apocalypse son excelentes, creo que la obra maestra es «Million Year Boom», una fantasía kafkiana sobre un misterioso proyecto donde se mezclan el branding con la arquitectura moderna y el ecologismo primitivista. Tal vez sea ese choque entre la naturaleza y lo cultural (que ya está presente en el título de la editorial que dirige, Uncivilized Books) lo que más interesa a Kaczynski. Estamos hablando, en todo caso, de un autor de raíces intelectuales, donde el discurso y las ideas se superponen al drama sentimental. No es habitual encontrar historietas tan versadas en arte, arquitectura, publicidad, economía, antropología y política como las de Kaczynski, que ha llegado a denominar lo que hace como filosofía pulp, una expresión de una clarividencia pasmosa. En realidad, esa vertiente discursiva se aprecia más en sus minis, como la serie Trans (que será recopilada en breve en el volumen Trans Terra, así que espero que no tardaremos en volver a hablar de él aquí), Cartoon Dialectics y Structures. Digamos que Beta Testing the Apocalypse ofrece el lado más pulido y apto para el consumo general de la obra de Kaczynski. Gráficamente emparentado con el Daniel Clowes de los 90 y su uso narrativo del bitono y la línea cartoon, Kaczynski se presenta como un autor de singular personalidad, el eslabón perdido entre dos mundos, el de la caída de los ideales sociales que dejó atrás en una Polonia tardocomunista, y el de la praxis de un capitalismo desideologizado que ha conocido desde el interior de la industria publicitaria neoyorquina. Parece completamente fascinado por la identidad cultural que el hombre se ha construido para sí mismo y a la vez escéptico ante los logros de la civilización, como si todo lo que constituye nuestro mundo cotidiano fuera un barniz artificial que apenas disimula el salvajismo subyacente. En ese sentido, se puede entender como la búsqueda de un asidero la obsesión por las medidas físicas como elemento objetivo a través del cual describir el mundo. Obsérvense los títulos de algunas de las historias reunidas en este libro: «100.000 Miles», «10.000 Years», «976 SQ FT», «100 Decibels»... Como remate, Beta Testing the Apocalypse incluye un índice de términos al final que descompone conceptualmente todos los elementos constitutivos de la obra, desde biosfera hasta situacionismo, pasando por Sound Effects, de los cuales se nos hace notar que se dan tres instancias distintas en el volumen: «Aahh» (página 51), «Aaaah» (página 39) y «Aaaahhhhhhachoo» (páginas 60-61).


Recomiendo muy mucho echar un vistazo a los siguientes enlaces:
Web oficial de Uncivilized Books.
Trans Atlantis, tumblr de Kaczynski donde se puede disfrutar de su pasión por la arquitectura.
Entrevista con Tom Kaczynski en The Comics Journal.
Entrevista con Tom Kaczysnki en The Hooded Utilitarian.