
Recientemente, he tenido ocasión de leer un par de artículos sobre
Roberto Alcázar y Pedrín en
tebeosfera, lo cual me ha alegrado mucho, porque es
un tema por el que me he interesado bastante durante el último par de años. Uno de ellos, de
Agustín Riera, da una visión general de la serie, y el otro, de
José María Baena, se centra en la mítica aventura del Hombre Diabólico (Svintus), que creo que es lo primero que leí de la serie cuando Editorial Valenciana empezó a republicarla en cuadernillos verticales coloreados allá por 1976.
Por supuesto, Roberto Alcázar y Pedrín ha sido la gran serie de aventuras del tebeo español, nuestro gran superhéroe nacional, y también la gran serie malinterpretada. Objeto de relecturas bufas múltiples, alguna tan genial como la de Vidal-Folch y Gallardo en Roberto España y Manolín, la creación de Vañó se ha convertido en la serie carca por excelencia en el imaginario del cómic español contemporáneo. Roberto Alcázar y Pedrín son, para nosotros, el estereotipo de los héroes fachas y adictos al Régimen. Pero la verdad es que cuando uno se vuelve sobre el material original y se lee ahora las viejas historias de este par de aventureros, se encuentra con un tebeo extraordinariamente apolítico.
Roberto Alcázar y Pedrín sucede por lo general en un universo deslocalizado, que se suele proyectar en exóticos países extranjeros, y donde nada remite a cuestiones de actualidad. La vida privada de los personajes y su contexto social están tan ausentes de la serie que se podría decir que hay casi una voluntad experimental, un intento de ceñirse a unas condiciones mínimas para levantar la ficción. Y esa ficción se destila en una sucesión de porrazos, acrobacias y peripecias sin mayor excusa o justificación argumental. Podríamos decir que la acción se inicia motivada por sí misma y continúa por su propia inercia. La obsesión por la acción es tan absoluta que casi parece que estemos leyendo un tebeo de vanguardia. Futurista, por ejemplo. Los cómics de acción americanos de la época (digamos un Batman y Robin, por ejemplo), son mucho más moderados por comparación. Pedrín, por supuesto, es la estrella indiscutible de la serie, y como en el caso del mencionado Robin, sus peripecias, leídas con descontextualizadores ojos actuales, dan lugar a mil malentendidos.

Creo que Roberto Alcázar y Pedrín (y los muy desconocidos tebeos de aventuras españoles de los 40 y 50) merece un estudio en profundidad, porque en España no sólo hubo tebeos de humor de la Escuela Bruguera. Pero no es mi intención ensayar ese estudio en esta entrada, por supuesto. Tan sólo los traigo a colación para hablar de uno de sus más singulares epígonos, que ahora está de vuelta: Peter Petrake.

Por si alguien no lo sabe, la recopilación de Peter Petrake. De los años 70 al siglo XXI (El Patito Editorial, 2009), de Miguel Calatayud, que se distribuyó en las últimas semanas del año pasado, fue uno de los grandes acontecimientos viñeteros de la temporada anterior. Peter Petrake apareció por vez primera en la revista Trinca entre 1970 y 1973, y no voy a entrar en mayores explicaciones históricas porque todo lo que hay que contar para situar la obra en su momento se cuenta maravillosamente en el libro de El Patito, que incluye un prólogo de Pedro Porcel y un epílogo del autor, ambos de lo más esclarecedores. Baste decir que Peter Petrake es un icono de la modernidad en el cómic español, uno de los primeros rayos de lo contemporáneo que llegaron a nuestras viñetas trayéndonos la luz y el colorido de Peellaert, de la psicodelia y del cartelismo internacionales post-Submarino Amarillo. Sin provincianismo ninguno, además. El talento de Calatayud es tan inmenso que no tiene nada que envidiar a lo mejor que se hacía fuera. Diré más: cuarenta años después, Peter Petrake es más deslumbrante y moderno todavía que entonces. Casi parece que se entiende mejor. Pero lo interesante para el tema que estamos tratando aquí es que Porcel indica en su prólogo que "Miguel afirma haber pensado más en Roberto Alcázar que en James Bond a la hora de concebirlo" (a Peter Petrake). ¡Bum! Todo encaja. Porque, efectivamente, Peter Petrake es Roberto Alcázar. En una industria editorial donde pervivieran los héroes a lo largo de las décadas, como la norteamericana, Petrake hubiera sido la versión pop del Roberto "Edad de Oro", unidos ambos por un sustrato común, como el Batman de Bob Kane y el de Adam West, separados por la sombra sublimada de un subconsciente político muy distinto: de la áspera desesperación de la autarquía a la ilusionada espera de la descomposición de la dictadura. Casi diríamos que Roberto es un principio y Peter es un final, pero ambos funcionan con los mismos mecanismos para desembocar en el mismo espectáculo: un puro festival de porrazos, saltos y piruetas gráficas, un torbellino sin sentido de emociones infantiles a través del dibujo. Violencia, pura y simple violencia enviñetada. Es una droga muy dulce.
Todo esto para decir que
este jueves se inaugura una exposición de los originales de
Peter Petrake en el Espacio Sinsentido de Madrid, con la presencia del propio autor, Miguel Calatayud. Pop en directo, entrada libre.
HABLANDO DE TEBEOSFERA: Me tienen abrumado con la cantidad de artículos interesantes que están sacando con su último número, el 5, dedicado al terror y el horror. Últimamente me he leído un montón, aparte de los ya mencionados sobre Roberto Alcázar, y tengo unos pocos más en lista de espera (por ejemplo, el de
Absence sobre los héroes británicos, y la entrevista con
Mandrafina). Entre los que ya me he podido leer, algunos de los que más he disfrutado han sido:
Hay más, pero era por recomendar sólo unos pocos, que yo ya llevo quemado un tóner de impresora con estos chicos (y los que me quedan).