Juro que con esto cierro el tema y no volveré sobre él, que no me gusta ser cansino y además el asunto no da para tanto. Pero oye, ya que hoy ya no vamos a salvar ninguna ballena, preocupémonos al menos por algo que nos toca de cerca, algo de casa que nos interesa a todos. Porque ahí está el interés de hablar de esta cosa, en que, por más que Ficomic sea una entidad privada, en cierta manera todos nos sentimos representados por ella -y eso es algo que el propio Ficomic promueve- y por tanto los premios son nuestros premios, los premios de todo el mundillo del cómic español. O eso se pretende, aunque parece que desde hace algunos años hay algunas dudas sobre su legitimidad, y este año se han reeditado con el anuncio de las candidaturas. Pero no basta con decir que los premios hay que cambiarlos o modernizarlos o actualizarlos o dármelos todos a mí; hay que ser constructivos y proponer alguna reforma concreta. Y bueno, aunque no es un tema al que yo le hubiera dado muchas vueltas, con todo lo que se ha comentado en Twitter, entre otros sitios, algunas ideas han ido quedando de cómo podríamos hacer unos premios más adecuados a nuestros días. Aquí dejo algunas propuestas para empezar a planteárselo:
1) ¿Quiénes votan? En esta idea ha insistido especialmente Mauro Entrialgo (@Tyrexito) y no cabe duda de que es el primer paso a dar. Ficomic debería hacer público el listado de todos los que han participado en las votaciones y el número de votos recibidos por cada obra, las elegidas y las que se han quedado fuera. Es la única forma de disipar las dudas que siempre rodean a estos premios y de empezar a dotarlos de prestigio.
2) ¿A quién se vota? Y no me refiero solo al acceso a un listado fiable de obras elegibles -existe, pero no está dividido por categorías; por ejemplo, obras españolas y extranjeras, obras que pueden optar a premio revelación, reediciones, etc.-, sino a la falta de claridad de algunos conceptos. ¿Cuántas discusiones y deslices ha habido en los últimos años en la categoría de «autor revelación»? ¿Cuántos fanzines y cuáles cuentan en el historial de los candidatos a esta categoría? Aún más: ¿por qué optan a las categorías españolas obras producidas para el mercado francés o norteamericano y traducidas posteriormente al español, comprando los derechos a la editorial extranjera que las ha financiado? ¿Porque los autores son españoles? Según esa misma lógica, Darío Adanti o Jorge González no podrían optar más que a mejor obra extranjera, y sin embargo las obras que producen aquí son mucho más representativas del cómic español actual que las que se hacen desde nuestro país para Dargaud, Casterman o Marvel. Y antes de que alguien piense que planteo esta cuestión porque soy un autor que publica directamente en España y, lógicamente, un cobarde que quiere que le quiten de enmedio la competencia de sus mejores, aquellos que sí son capaces de trabajar para las grandes editoriales internacionales, diré que por lo que a mí respecta, me parece muy bien que todos sigamos optando en la misma categoría, no tengo ningún inconveniente. Es sólo que no acabo de entender la lógica que hay detrás de este premio, no sé muy bien qué es lo que se quiere recompensar. Y tampoco voy a discutirlo más de lo razonable, porque, al fin y al cabo, si mi propuesta de reforma se hiciera realidad, esta cuestión nacional desaparecería por completo. Véase el punto siguiente:
3) ¿Qué categorías? Ésta es, creo, una de las reformas más urgentes y necesarias. Las categorías que se están premiando ahora mismo se han quedado obsoletas, pertenecen a otro mundo del cómic que ya no es el actual. Para empezar (y ahora enlazo con el punto 2), no deberíamos hacer distinción entre obras nacionales y obras extranjeras. Esta división siempre me ha recordado a la clasificación de anotadores de la Liga ACB: por un lado extranjeros y por otro españoles. Es como si dieras por sentado que los españoles nunca van a poder ser máximos anotadores en general, así que creas una categoría especial donde estén ellos solos y así puedan destacar entre la mediocridad a la que naturalmente aspiran. No, señores, los tebeos son tebeos, y no tiene sentido valorar su calidad por nacionalidades. Lo bueno es bueno, sea de aquí o sea de Francia, Japón o Mozambique. Y lo malo no va a ser menos malo porque sea una producción nacional que destaca sobre otras cosas aún peores. Si queremos tomarnos en serio, vamos a medirnos unos con otros con la misma vara, y punto. Pero aún más graves son los artificiales premios de «Mejor Guión» y «Mejor Dibujo», que son una herencia del modelo de producción en cadena norteamericano (en especial) y de la gran industria tradicional (en general), pero que no se corresponden con el modelo de producción dominante entre los historietistas que trabajan en nuestro país, sean autores de El Jueves o de novela gráfica. Creo que los premios han de reconocer principalmente los usos y modelos del país en el que se otorgan, y que no tiene sentido hacer una pobre traslación de los Eisner o los Harvey a nuestro cómic. Mucho más cercano a nuestra realidad, sobre todo hoy en día, es el modelo de Angulema donde se elige una serie de obras según diferentes criterios, obras que se pasean ante los medios como las destacadas entre la oferta anual. No me he planteado exactamente qué nombres habría que dar a esos cómics destacados del año, pero me parece que unos premios tipo «Patrimonio» (a una reedición excepcional), «Juvenil» (a un cómic para chavales), «Revelación» (a autores por debajo de determinada edad, sin otro tipo de condicionantes dudosos), «Documento» (cómic basado en la realidad), etc., etc. (repito, sería cuestión de discutir cómo concretarlos) podrían dar una visión panorámica de quince o veinte títulos que mereciesen ser reconocidos por los medios y el público como la selección de lo mejor del año. Y, por otra parte, ¿según qué criterio de calidad objetiva podemos juzgar si es mejor una reedición como Los 12 trabajos de Hércules de Calatayud, una novela gráfica nacional como El invierno del dibujante de Roca o una gran serie internacional como Blacksad de Díaz Canales y Guarnido? Cada una ocupa su propio espacio y define sus propias características. Al fin y al cabo, es con una intención de promoción y de prestigio con la que se otorgan los premios, y quizás esa promoción y ese prestigio sean más útiles si se diseminan entre una diversidad de obras que no compitan, sino que cooperen en dibujar un mapa más completo del cómic actual. Aunque, por supuesto, siempre habría que elegir una Obra del Año, porque necesitamos ese cierre contundente y porque los medios lo necesitan, pero esa Obra del Año -española o extranjera, repito, daría lo mismo- iría acompañada de un variado séquito de obras muy recomendables. De aquí y de fuera, insisto, tanto da. Lo único que importa es que en el año dado se hayan publicado en España.
4) Categorías secundarias. Aunque lo principal es elegir a los mejores tebeos del año, hay una serie de reconocimientos alrededor de la pista central que también hay que cuidar. Urge crear ya un premio al mejor webcómic, o, a estas alturas, ya casi sería más apropiado al mejor cómic digital. La razón por la que no considero al cómic digital como competidor por los premios generales es que creo firmemente en el valor material del cómic, y por tanto considero que el cómic digital es un medio distinto del cómic tradicional, como la fotografía digital es algo distinto de la fotografía convencional. Un medio directamente emparentado, pero distinto, ni mejor ni peor, y al que ya va siendo hora de reconocer. Igualmente, la categoría en la que soy candidato este año -divulgación- se beneficiaría de una mayor precisión: ¿compiten autores de obras teóricas con periodistas y animadores culturales? ¿Cómo se puede comparar el trabajo de uno con el de otros? La dimensión cultural del cómic cada vez tiene más facetas: exposiciones, ensayos, investigación, prensa, festivales, catalogación. Todos están juntos, pero no deberían estar revueltos.
Termino: no hay que volverse loco con los premios. Tienen el valor que tienen, y autores como el mismo Mauro Entrialgo (ya que le he citado antes) han podido hacer una larguísima y brillante carrera, con ventas envidiables y el máximo prestigio, sin necesidad de llevarse ninguno de esos premios. Pero no por eso podemos despreciar su valor. Tal vez tengan poca repercusión mediática, pero hasta el momento, los premios de Barcelona están determinando quién gana el Premio Nacional del Cómic, y ese ya es otra cosa: otorga prestigio, otorga fama y otorga ventas. Podríamos decir que todo gran premio conlleva una gran responsabilidad.
Y yo, repito, hasta aquí he llegado. El tema no me da para más y no voy a alargarlo hasta la extenuación. Hoy ha sido el día de los premios y ya está, se acabó. Nos volveremos a ver el 15 de abril, felicitaremos a los ganadores y nos beberemos unas copas para celebrar o para consolarnos. Mañana, de momento, toca seguir con lo mismo: haciendo tebeos, leyendo tebeos, escribiendo sobre tebeos. Como cada día. Como cada puto día, gracias a Dios.
Rectificación: Me corrige el propio Mauro Entrialgo, avisándome de que en realidad sí que ganó uno de dichos premios, precisamente el premio al autor revelación en 1994.