miércoles, 16 de febrero de 2011

PARA CREAR UN SUPERHOMBRE LO SUFICIENTEMENTE FUERTE COMO PARA DESTRUIR EL MUNDO ENTERO

En los episodios anteriores: Mandorlaman pasa unos meses en el extranjero y a su vuelta a casa se encuentra con un montonazo de tebeos acumulados. Cumpliendo disciplinadas jornadas de lectura viñetera, intenta ponerse al día y dar cuenta de sus impresiones en este blog.

No lo consigue.

Pero persiste en el empeño, y aunque haya podido dar la impresión de que desde su regreso sólo ha estado leyendo tebeos americanos (véanse los ejemplos uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis), no es así. Como muestra sirva este post, donde cómics de los más diversos estilos y temáticas se amontonan por el sumario criterio de que proceden todos de Francia.


Vamos a ello y, para no demorarnos con las cosas desagradables, empecemos con lo peor. En realidad, Dios en persona (Sinsentido, 2010), de Marc-Antoine Mathieu, no es tan malo como parece, ni siquiera tan malo como me habían dicho. Sí, es rancio, ochentero y más pretencioso que The Sandman encuadernado en cuero, pero Mathieu cumple unos mínimos de habilidad narrativa que hacen que, pese a todas las veces que a uno se le cae el libro de las manos, todavía le queden ganas de hacer el esfuerzo de agacharse a recogerlo. Sí, el dibujo recuerda vagamente al gran Daniel Torres circa El Octavo Día, y la historia es una versión apelmazada de La tournée de Dios de Jardiel Poncela (precisamente recién reeditada por Blackie Books con portada de Jonathan Millán), que es una verdadera comedia, o sea, graciosa, no como esto, pero... vaya, finalmente pienso que podía haber sido peor.


Cumplidos con los desagradables deberes, pasemos a cosas más gozosas: Amistad estrecha (Diábolo, 2010), de Bastien Vivès. Sí, todos los que leéis Mandorla ya debatisteis sobre este tebeo hace unos meses, pero ahora llego yo y lo leo con la perspectiva del distanciamiento, sin el furor de tener que dar mi opinión antes que nadie. O sea, con frialdad. Y con frialdad digo que si yo caí bajo el hechizo de El gusto del cloro y de En mis ojos, Amistad estrecha me ha dejado noqueado. El mejor de los tres, con diferencia, y está claro que este chaval tiene un talento que crece a ojos vista. Para mí, lo grande de este tebeo está en lo pequeño de los gestos que llega a reproducir, gestos que por lo normal están fuera del alcance del registro del cómic, y que lo ponen más en la onda del verismo de la fotografía cinematográfica. O sea: sus personajes son seres vivos, que transmiten en su respirar y en su pestañear más de lo que puede transmitir el guión mejor organizado y escrito del mundo. Creo que Dash Shaw mataría por ser tan sensorial como Vivès y por conseguirlo con tanta discreción. Vivès viaja al fondo de la masculinidad con una precisión propia de Fellini (quizás me venga a la cabeza por ese detalle singular de utilizar nombres italianos para los personajes), y sólo queda rendirse y esperar a ver por dónde continúa, hasta dónde llega. Se puede plantear el temor razonable de que Vivès se pierda en su éxito y acabe como dibujante de supermodelos ñoños enamorados, retratista de una sociedad sentimentaloide de anuncio de Calvin Klein. A otros les ha pasado, fijaos en Manara. Pero es justo reconocer que ese repertorio de niñatos/as guapísimos/as que puebla sus tebeos -y sobre todo éste- tiene su sentido hoy por hoy para lo que está contando ahora mismo.


Después del entusiasmo que me produjo la lectura de Amistad estrecha, me enfrentaba al segundo volumen de Por el Imperio, titulado Las mujeres (Diábolo, 2010), obra que Vivès realiza junto a Merwan, con sentimientos enfrentados. Por un lado, quería -necesitaba- más Vivès. Por otro, el primer volumen de la serie me había parecido, hablando claro, un truño de primera categoría. Petulante, ilegible y aburridísimo, casi me había hecho dudar de la capacidad del pequeño prodigio (echarle toda la culpa a Merwan era una salida demasiado fácil). Bueno, pues no sé si sería porque seguía intoxicado por Amistad estrecha, pero Por el imperio II me pareció fantástico, a años luz del primer volumen. Mucho más claro y conciso, con una dirección y un estilo mucho más personales y maduros, sin tonterías exhibicionistas, sin pretensiones de deslumbrar, concentrado en contar lo que quiere contar y con algo auténtico que contar, me devolvió a la -reciente pero pasada- edad de oro de la nouvelle bd, cuando David B., Sfar y Blain, aliados o por separado, nos ofrecían series clásicas pero modernas como Hiram Lowatt y Plácido, Sócrates el semi-perro o Isaac el pirata y nos prometían algo más que lo que luego nos han dado, que ha sido dejarnos colgados con todas ellas. Por el imperio II renueva esas promesas y añade algunas (juro que he visto sombras incluso de Breccia), ya veremos cuántas cumple en su tercera y última entrega.



Estoy ya en plena fase del post de «segundas partes fueron buenas» (o terceras o cuartas), también conocida como el mejor es el siguiente. Uno de los grandes éxitos del 2009 (al menos entre la crítica) fue el Pinocchio de Winshluss. Bueno, me declaro inmune al mismo y ahora no voy a entrar en detalles, pero no me gustó, a pesar de que venía todo emperfumado para gustarme. Pero no, lo nuestro no funcionó. Y ahora llega el anterior Smart Monkey (La Cúpula, 2010), de Winshluss, con una envoltura mucho más modesta, y me lo paso teta leyéndolo. Aquí, al contrario que en Pinocchio, sí veo a un gran narrador visual exhibiéndose (el tebeo es mudo, salvo por un epílogo, por cierto completamente prescindible) que embadurna las fantasías de Disney con el fango del comix underground clásico y nos renueva la eterna carrera del Coyote y el Correcaminos, pero invirtiendo los términos. Lo cual sería probablemente una cagada (¿quién quiere identificarse con el listo que triunfa siempre?) sino fuera porque Winshluss se guarda alguna carta ganadora para rematar un final con mucha mala leche. Muy divertido y muy inteligente, debería haber oído hablar de él más de lo que he oído, que ha sido nada. A lo mejor porque no oigo bien, oye.


Otro retorno mejorado: Castillo de arena (Astiberri, 2010), de Frederik Peeters y Pierre Oscar Lévy. Me confieso antifan (que no antifaz) de Peeters. Desde Píldoras azules hasta Paquidermo pasando por RG (lo que más me ha gustado de él, junto a aquella del avión) y Lupus, siempre me ha parecido más ruido que nueces. Y esa insufrible afectación por forzar el gesto especial y revivir el espíritu de Alex Raymond estilizado para modernos que llega a su éxtasis en el irritante Paquidermo me pone francamente nervioso. Bueno, pues he aquí que Castillo de arena tiene todo eso y más y, sin embargo, funciona. A pesar de todo, tiene peso y tiene sentido, transmite y hay una sensación de que, debajo de las piruetas artificiosas, los autores realmente sí tienen algo que contarnos. No hace falta descifrar la clave, basta con saber que el código encierra un mensaje, aunque no podamos leerlo (de hecho, siempre es mejor no leerlo). No es sólo ruido armonioso. Ignoro si tal efecto es fruto de un paso de madurez de Peeters, de la influencia del coautor Pierre Oscar Lévy o que yo estaba tontorrón cuando lo leí y me entró bien, pero amigo, ahí me ha dejado esperando a ver cómo asoma por la siguiente curva. Con curiosidad, qué menos.



Por supuesto, entre los títulos acumulados durante mi ausencia había uno de Trondheim y otro de Sfar, porque, en cualquier periodo dado de seis meses durante los cuatro últimos años, en España siempre se ha publicado al menos un título de Trondheim y uno de Sfar, y habitualmente algunos más, sobre todo, y cada vez más, de este último. La tentación es hablar más de ese fenómeno de la publicación repetida de estos autores que de las propias obras. Es decir: su propia productividad amenaza con devorar su producción, por paradójico que parezca. Esa tentación me dura poco en cuanto empiezo a leer Mi sombra a lo lejos (Sinsentido, 2010), de Lewis Trondheim, el cuarto volumen ya de la serie Las pequeñeces. Creo que esta serie es, ahora mismo, lo que más me gusta de todo lo que ha hecho Trondheim. Y además, creo que cada vez me gusta más. Y no, no es que me haga mayor. Desde siempre me ha fascinado la capacidad de convertir en materia narrativa -en magia, en espectáculo- lo más ínfimo, banal y cotidiano. Y nadie lo hace tan bien como Trondheim. Porque en sus minúsculas historietitas de una página -que sin darnos cuenta se van encadenando en ese gran relato sin relato que se asemeja tanto a nuestras vidas- Trondheim no busca la epifanía, la emoción, el humor ni la disculpa. Trondheim, podríamos decir, no busca, encuentra. Y lo que encuentra nos cae encima con todo el peso de la levedad.


Los viejos tiempos. El rey no besa (Ponent Mon), de Joann Sfar, es, por su parte, otro más de los muchos títulos que este contemporáneo fénix de los ingenios nos lanza cada poco tiempo. Y está muy bien, y hasta que requetebién, lleno, como siempre, de ideas y diálogos, de situaciones y personajes que te deslumbran con su ingenio y su originalidad. Pero leyéndolo me ha pasado una cosa curiosa: que me daba igual. Me daba todo exactamente igual, y cada vez veía menos a los personajes y las situaciones y cada vez veía más el ingenio de Sfar, y al propio Sfar, como si lo tuviera delante, como una aparición, plantado delante de mí y leyéndome el tebeo como si fuera un cuento y sonriendo satisfecho al ver que me tenía fascinado o interesado o cautivado. Satisfecho de sí mismo, o eso me parecía. Me temo que Sfar sea a los diálogos lo que Moebius a los dibujos, y caiga en su mismo mal: la incontinencia, la genialidad sostenida (insostenible), el torrente abrumador de creatividad sin filtro. Es como si Sfar empezara a escribir-dibujar por la parte superior izquierda de la página y continuara hasta la parte inferior derecha sin planear lo que va a hacer en la viñeta siguiente, y así sin parar hasta que se le acabe la inspiración, se le agoten las fuerzas o le llamen para merendar. Y cuando se queda sin papel, manda el paquete a imprenta y que los lectores distingan los buenos de los malos, igual que Dios distinguirá a los justos de los injustos. Mientras acabamos de leer un álbum de Sfar, él probablemente está terminando de dibujar otros tres. Es una idea aterradora, ¿verdad? Bueno, ¿pues cuánto más aterrador es pensar que ninguno de esos tres continúa ninguna de las cinco series que ha empezado y ha dejado colgadas? No sé, con todo mi respeto, admiración y cariño hacia este tío, que es uno de los Más Grandes de nuestros tiempos, a veces me quedo un poco con las ganas de decirle: «Córtate un poco, Joann...»

¿Veis? Aquí si he caído en la tentación.


En fin, la coda, remate o epílogo del post se la lleva algo que no me encaja bien con ningún discurso, así que lo meto aquí de pegote porque, bueno, al fin y al cabo es francés, ¿no? Los practicantes del espanto (Esteban Bernatas, 2010), de Pierre La Police es un rollo loco, de narración absurda a borbotones, donde tiene tanta gracia el cómo como el qué, es decir, el ritmo y el tono como lo que se dice, y donde la palabra choca con el dibujo para explicar aquello que es inexplicable, porque en realidad no tiene explicación. Humor absurdo, vaya, como una greguería prolongada por un idiota que quisiera darle un sentido y no hiciera más que embarrarse cada vez más. Y me ha hecho reír en voz alta un par de veces, porque sorprende, te suelta una tontería tan grande y tan inesperada que aplaudes al torero, éste se para un momento, saluda, y luego vuelve a hacer una pirueta ridícula encima del toro. Porque este torero no es de los que matan, es un torero payaso, y al final te acabas el libro y te dices: «Menuda tontería». Y también: «A ver cuándo saco un rato para volver a leerlo». En fin, Mortadelo para intelectuales, si es que lo que no se haya inventado...

3 comentarios:

TEBEOBIEN dijo...

próximamente en RDL, 'los practicantes'. a mí me puso el tío berni en la pista. sensacional.
oye! entonces 'por el imperio2' bien? el primero era un rollaco, mira tú.
eso pasa por no sacar el tomo entero, jojojo

álvaro ortiz dijo...

Es como si Sfar empezara a escribir-dibujar por la parte superior izquierda de la página y continuara hasta la parte inferior derecha sin planear lo que va a hacer en la viñeta siguiente, y así sin parar hasta que se le acabe la inspiración, se le agoten las fuerzas o le llamen para merendar.

exacto, pero aun asi adorable siempre
( o casi siempre )

Octavio B. (señor punch) dijo...

para mí, el dos de Por el Imperio sí que es mejor. No tan bueno como su trilogía del amour, claro, pero mejorando (y el 1, tampoco lo regalé a nadie, vamos, que no lo pongo de truño tampoco... normalillo, algo aburrido...)