martes, 13 de septiembre de 2011

EL REBOTE


Una característica del aficionado (a cualquier cosa) es que cree que él sabe cómo se hacen las cosas. Lleva mucho tiempo dedicado muy apasionadamente a su afición y conoce perfectamente todos sus protocolos, herramientas y aplicaciones, de una manera que el ingenuo neófito no puede saber, porque le falta la experiencia, le falta el conocimiento profundo, le falta la pasión. Lo sé porque yo soy un aficionado. Un aficionado a los cómics, y aún más, a los superhéroes. Que es algo diferente de ser un lector, un crítico o un autor, cosas que también creo que soy. Pero eso tiene poco que ver con ser un aficionado.

El problema de ser un aficionado y saber cómo se hacen las cosas es que, una vez que sabes, ya no puedes dejar de saber, y entonces estás obligado eternamente a jugar el juego, a seguir las reglas, y a entrar en un camino de decepción creciente porque el juego, como todos los juegos, a partir de cierto punto da menos réditos cuanto más lo juegas. Pero no puedes dejar de jugarlo.

Pero: ¿hay formas alternativas de jugar el juego? ¿Hay otra manera distinta de usar las cosas? ¿Se puede reutilizar -reaplicar- un objeto cultural cuando ya ha dejado de tener el sentido que tenía? Cuando sólo queda el objeto físico, y el contenido es irrelevante, ¿sigue siendo lo mismo? ¿Sigue ofreciéndonos algún tipo de utilidad estética, algún beneficio personal que justifique nuestro eterno retorno, nuestra reinvención como aficionados?

Éstas son las preguntas que me hacía en la librería de cómics más próxima a mi casa, aquí en Baltimore, el miércoles pasado, mientras miraba en la estantería las portadas de los recién llegado ejemplares del célebre reboot DC. No estaba allí porque quisiera leer esos tebeos. No, no quiero leerlos. Para leerlos no necesitaba salir de casa (y en medio de una brutal tormenta semihuracanada, además), podía descargármelos en archivos digitales en un minuto. Gratis. Pero eso no me interesaba. Lo que yo quería realmente era desplazarme hasta la librería, ver los tebeos en la estantería, buscarlos, cogerlos con mis manitas, gastarme los cuartos, llevármelos a casa, tumbarme en el sofá e irlos pescando poco a poco del montón desparramado sobre el suelo. Olvidarme de todo mientras los leía, como si fuera una tarde cualquiera del verano eterno de nuestras vidas.

Dicho de otro modo: no espero que los «nuevos 52» sean «buenos tebeos». No hay más que mirarlos para darse cuenta de que no lo son (lo digo como veterano aficionado). Sólo espero que sean tebeos.

Y por eso estaba el miércoles pasado en la librería, donde, por cierto, era el más joven de los compradores del reboot (y nací en el 68). El look más habitual de los otros aficionados era el look Kurt Busiek. Eso, lo reconozco, me hizo sentir la última duda, pero al final me los llevé todos, porque esto era todo o nada. No quería elegir, no me interesaba ningún título en concreto, me interesaba el montón de tebeos. Bueno, al final todos no me los llevé. Se me pasó completamente por alto Stormwatch, y en la librería faltaban ya dos títulos: Batgirl (Dios sabe por qué; según el librero, era un hot book porque Batgirl vuelve a ser Barbara Gordon, lo cual sigo sin creer todavía que sea una explicación convincente) y Hawk and Dove (porque los «nuevos 52» proclaman que estamos otra vez en 1995 y el éxito de Rob demuestra que los lectores también lo creen). Luego encontré el Batgirl en la sección de revistas de un Barnes & Noble.

Y así, me volví a casa con diez tebeos en la bolsa (bueno, once, porque también llevaba el Wolverine: Debt of Death, de David Lapham y David Aja, pero eso es harina de otro costal), pensando que tal vez podría encontrar una manera alternativa de leerlos.

Y el caso es que los leí. Tumbado en el sofá, y todo.

Pero hoy no voy a escribir nada sobre lo que me parecieron. Como aficionado. Ni siquiera como crítico.

Antes de escribir nada, quiero volver a la librería. Lo haré mañana, para comprar la segunda remesa (o los que no se les hayan agotado de la segunda remesa). Y luego, cuando ya haya leído todos, porque esto es todo o nada, ya escribiré algo.

Tal vez.

lunes, 12 de septiembre de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 8: EL NEW LOOK

(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

EL NEW LOOK

DC atravesó una época demencial en la que Irwin Donenfeld [propietario de la empresa] llevaba estadísticas de las portadas que vendían más. Y parecer ser que las portadas en las que aparecían gorilas eran las que tenían más éxito. Así que cada dos por tres sacaban gorilas en todas las colecciones. Un gorila salía en una jaula diciendo “¡Por favor, que alguien me escuche!”. Era un material ridículo. Hacían lo que podían.” recuerda el dibujante Gil Kane, a propósito de la segunda mitad de los cincuenta.

Tras la “acometida Wertham” y la crisis generalizada de la industria, DC estaba desorientada, dando palos de ciego y probando todos los géneros posibles, en busca de algo que reactivara el maltrecho negocio. La prueba que salió bien fue la de los superhéroes. En otoño de 1956, DC publicó un tebeo que estaba destinado a cambiar el rumbo de la historia del comic book: Showcase 4, que presentaba al nuevo Flash, un revival del justiciero velocista de los años 40. El éxito de Flash reanimó a los superhéroes y, bajo la supervisión del editor Julius Schwartz (1915), viejos enmascarados de la Edad de Oro volvían a la lucha con conceptos y trajes completamente renovados: Linterna Verde (Showcase 22, octubre 1959), Atom (Showcase 34, 1961), Hawkman (Brave and the Bold 34, 1961)... Junto a ellos, nuevas creaciones como el Detective Marciano (House of Mystery 143, 1955), Supergirl (Action Comics 252, mayo 1959) o los Challengers of the Unknown (Showcase 6, febrero 1957) anunciaban la nueva era que iba a empezar, y que quedaría definitivamente confirmada con el rutilante debut de la Liga de la Justicia de América, que se reuniría por primera vez en Brave and the Bold 28 (marzo 1960), con una espectacular alineación que incluía a Wonder Woman, Linterna Verde, Aquaman, Flash, el Detective Marciano, Superman y Batman, y a la que pronto se unirían Flecha Verde, Hawkman y Atom. La Edad de Plata del comic book había comenzado.

Como es natural, pronto todas las editoriales se dedicaron a imitar la nueva tendencia en boga, y fue en ese momento crucial en el que la modesta Marvel, comandada de manera casi individual por Stan Lee, empezó a publicar una serie de títulos de superhéroes concebidos en su práctica totalidad por Jack Kirby y dibujados por él mismo o por un reducido equipo de colaboradores que incluía a Steve Dikto y Don Heck. La “Era Marvel” parte de Fantastic Four 1 (noviembre 1961) y encuentra su gran baza comercial con Spider-Man (Amazing Fantasy 15, agosto 1962), renovando profundamente el concepto imperante de lo que debía ser un superhéroe, que hasta entonces habían marcado las limpias y algo acartonadas creaciones de DC. No es cuestión de entrar aquí a examinar en detalle lo que trajo Marvel al mundo de los superhéroes, pero sí resulta preciso señalar que entre sus innovaciones más evidentes se encuentran la introducción del tiempo en la figura del héroe (ahora ya no se trata de narrar sus aventuras desligadas unas de otras, sino de narrar su biografía seriada en capítulos), y la acentuación de dos características ya existentes pero no lo bastante explotadas: la caracterización (elevándola al mismo rango que la trama, y dotando de rasgos de debilidad humana a los superhombres) y el sentido de convivencia de todos los héroes de la editorial en un único marco o universo mítico que es reflejo del real. Estas innovaciones, en una palabra, convirtieron a los héroes Marvel en héroes modernos, acorde con el pulso de los agitados años 60, e instantáneamente dejaron envejecidos, por comparación, a los de DC, cuyas posibilidades de actualización estaban bastante limitadas por el hecho de que en 20 años la empresa apenas había contratado a algún nuevo dibujante o guionista.

Así que, mientras el adolescente Spiderman se lamentaba de no tener un duro en el bolsillo, rondaba alrededor de la secretaria Betty Brant como un perro en celo sin reunir valor para declararse y era humillado en el instituto por el bravucón de Flash Thompson, Batman y Robin exhibían la “Bat-cueva volante” (Detective 317, julio 1963) o se involucraban en ocurrencias tan anormales como la transformación de Batman en el genio de la lámpara maravillosa (Detective 322, diciembre 1963). Mientras Kirby cogía velocidad y empezaba a romper todos los moldes gráficos establecidos, Sheldon Moldoff seguía repitiendo sus mecanizados planos y sus figuras de cartón piedra. Si yo hubiera tenido catorce años en 1963, no habría dudado en qué gastarme el dinero.

Dado que Batman, al igual que Superman y Wonder Woman, no había interrumpido su publicación desde que se iniciara en la Edad de Oro, no había tenido ocasión ni siquiera de someterse al “baño rejuvenecedor” que recibieron Flash, Linterna Verde y demás. Pero llegó el momento en que resultó obvio que la situación se había vuelto insostenible, y había que dar un violento vuelco al personaje. “Julie [Schwartz] me llamó -recuerda Carmine Infantino- y le dije “Déjame acabar este trabajo que estoy haciendo”, que creo que era Adam Strange. Y Julie me dijo, “No, será mejor que vengas ahora mismo. Irwin quiere hablar contigo.” Irwin Donenfeld era el editor en jefe y propietario en aquellos días. Así que entré en su despacho con Julie, nos sentamos, y nos dijo que Batman se encontraba en un estado lamentable. Me dijo, “Te voy a dar seis meses con esto. Si lo levantas, perfecto; si no, lo vamos a cancelar.” ¿A que parece increíble? Pues así de mal se estaba vendiendo. Nos organizamos para que pudiera dibujar un número de vez en cuando, además de hacer todas las portadas.”

Así nació el “New Look” de Batman, que se presentaría al mundo en Detective 327 (mayo 1964), coincidiendo con la aparición nº 300 del personaje en la serie que le vio nacer. Después de décadas de inmovilismo, ese tebeo arrojaba sobre los lectores una cantidad de novedades difíciles de asimilar de golpe, siendo la más memorable, sin duda, el cambio en el disfraz de Batman, al que se añadía un círculo amarillo alrededor del emblema del murciélago que lleva en el pecho. Pero ahí no acababan los cambios. El logo de la colección, que había permanecido inalterado desde su número 2 (¡en 1937!) era sustituido por uno más vistoso, el clásico Batmóvil dejaba paso a un pequeño descapotable, un teléfono rojo comunicaba la Batcueva con el despacho del comisario Gordon de manera mucho más eficiente que la Batseñal (aunque ésta seguiría en activo) y, para rematarlo, en la segunda historia del “New Look” (Detective 328, junio 1964), el mayordomo Alfred daba su vida para salvar la de sus señores y su puesto en la Mansión Wayne lo ocupaba la tía Harriet, una pariente de Dick Grayson. Julius Schwartz había reemplazado a Jack Schiff como editor de los títulos de Batman después de dos décadas. “En 1964, pasé de editar mis dos títulos de ciencia ficción (Strange Adventures y Mystery In Space) -recuerda Schwartz- a darle un New Look a Detective Comics y Batman. Otra vez me encontraba encargándome de un nuevo trabajo, y me documenté sobre Batman -pasando por alto el hecho de que el Cruzado Encapuchado nunca usa armas. ¡En un momento decisivo del argumento de mi primer número, hice que dibujaran a Batman apuntando a los criminales con una pistola! ¡Fue un inicio un poco titubeante, pero aprendí rápido! En mi primer número de Batman -Detective 327, mayo 1964- cambié el disfraz al rodear el símbolo del murciélago con un óvalo amarillo, y actualicé la Batcueva y el Batmóvil. En el número siguiente, me cargué a Alfred el mayordomo y lo sustituí por la tía Harriet de Dick Grayson, un nombre inspirado por la canción de Hoagy Carmichael, “Rockin’ Chair”. (Por si se lo preguntan, hubo dos razones para matar a Alfred. La primera es que quería una historia que fuera realmente impactante, y la segunda que había habido rumores con eso de que tres hombres vivieran juntos -así que decidí introducir a una mujer en la Mansión Wayne.) Quería que los villanos fueran revitalizados para que resultaran temibles, y esa perspectiva dio resultado cuando el productor televisivo William Dozier, inspirado por los remozados Joker, Acertijo y Pingüino, decidió que Batman sería una buena serie de televisión. Me alegré de que le gustara nuestro nuevo Batman -pero con uno de mis cambios salió el tiro por la culata. Dozier quería que el mayordomo Alfred saliera en la serie, así que tuve que inventarme una forma de resucitar a un Alfred muerto.”

“Afortunadamente, encontré la solución. Anteriormente había introducido en Batman a un villano llamado el Outsider, un nombre que tomé de la historia de H. P. Lovecraft “The Outsider”. Siempre había sido misterioso y desconocido, y tuve la inspiración de revelar que la identidad del Outsider era ¿quién si no? Alfred el mayordomo.”

Como apunta Schwartz, la serie de televisión tendría una influencia decisiva para variar el rumbo del “New Look”, que había empezado con unos propósitos de renovación mucho más allá de modificar cuatro detalles cosméticos en el traje o el coche del Dúo Dinámico. Tanto los guiones como los dibujos fueron seriamente transformados. En el primer apartado, Schwartz reclutó a algunos de los más fiables talentos de DC, como Gardner Fox (que había sido decisivo en el relanzamiento de casi todos los títulos de superhéroes de la casa, empezando por Flash y la Liga de la Justicia y que escribió la legendaria aventura del Monje Rojo en los inicios de la carrera de Batman), John Broome (uno de los artífices de Linterna Verde) y Bob Kanigher (mítico editor y guionista de series de guerra de DC). Desaparecieron las tonterías fuera de tono, y Gotham City dejó de ser algo así como un punto de encuentro para todas las criaturas extravagantes del Universo para recuperarse como decorado sobrio en el que desarrollar argumentos plausibles para un aventurero sin superpoderes. Recuperando el espíritu de la revista que le vio nacer, Batman volvía a involucrarse en tramas detectivescas, en las que lo importante era desafiar el ingenio y la imaginación de los lectores con un arsenal aparentemente ilimitado de ocurrencias seudo-científicas y pasatiempos racionales, pero sin recurrir nunca a lo sobrehumano, lo sobrenatural o la ciencia ficción. Los villanos clásicos regresaron lentamente, con preferencia para el Joker (por supuesto), el Acertijo (que en realidad es durante esta etapa, y gracias sobre todo a la serie de televisión, cuando confirmó su categoría principal) y el Pingüino, al tiempo que se creaban algunos nuevos, el más destacado de los cuales es Blockbuster.

El cambio gráfico fue aún más contundente. En Flash y Adam Strange, Carmine Infantino (1925) había desarrollado un estilo convenientemente diferenciado del imperante durante la Edad de Oro, un estilo que no sólo incluía un dibujo más realista y estilizado, sino una composición de página rompedora y una narrativa en auténtico “scope” que aprovechaba las posibilidades de las viñetas a ancho de página y contaba con una variedad de secuencias verdaderamente espectaculares. Cualquier parecido entre lo que hacía él y lo que venían viendo los lectores de Batman y Detective era pura coincidencia. Infantino, con la inestimable ayuda de los entintadores Murphy Anderson (1926) y Joe Giella, se ocuparía de dibujar todas las portadas (la primera, en Detective 327, traía otra innovación brutal: una secuencia de tres viñetas en lugar de un solo cuadro) y haría algún episodio cuando su sobrecargada agenda se lo permitía, que no era tan a menudo como le hubiera gustado a Schwartz. Cuando él no podía ocuparse, el trabajo generalmente caía en manos de “Bob Kane”, que era ya sólo una firma bajo la cual se ocultaban los profesionales a los cuales les “arrendaba” el trabajo. El desnivel entre los episodios dibujados por Infantino y los otros era tan pasmoso que casi parecía una parodia. Sheldon Moldoff se había adaptado bien a las pautas marcadas en el pasado por Kane, pero imitar a Infantino, tanto en dibujo como en planificación, escapaba por completo a su registro, y el resultado era extremadamente pobre y falto de calidad. Otros de los “negros” empleados por Kane, como el mítico Howard Sherman (mítico únicamente porque no se ha podido confirmar su autoría de varios episodios que se supone fueron realizados por él) exhibieron tal pobreza de recursos que ni siquiera pudieron ser salvados por la implacable profesionalidad de Charles Paris en las tintas. Sin embargo, en aquella época DC aún no acreditaba a los autores, así que la única persona que vio su nombre unido a una historia de Batman hasta 1968 fue Bob Kane. Las historias de Infantino aparecían sin firma, aunque eran fácilmente reconocibles, y en cuanto a los guionistas, adivinarlos era uno de los temas de entretenimiento recurrentes en las columnas de cartas de los lectores. La situación cambió cuando Infantino ascendió en el escalafón de la empresa. “Cuando me convertí en editor -recuerda Infantino- le dije a Kane, “Escucha, Robert, esto es lo que quiero hacer... ¿cuál es tu tarifa por página? Sé que estás arrendando el material. Así que te voy a dar la mitad de tu tarifa por página para que no hagas nada, yo me ocuparé del resto.” Y lo aceptó. Y así es como empecé a poner autores decentes en Batman.” Oficialmente, Bob Kane se retiró en 1968. Así es como él lo recuerda en su autobiografía: “Seguí haciendo los lápices de las historias de Batman hasta 1966, dibujando siempre a los personajes principales en las historias que yo ilustraba. En ese momento decidí retirarme de los cómics. Había estado dibujando Batman durante 28 años y estaba cansado. Cuando la serie de televisión tuvo éxito, decidí que había llegado el momento de buscar nuevos horizontes.

El “New Look” reanimó considerablemente a Batman, aunque es difícil decir que lo pusiera a la altura de los tiempos. Ahora sus historias estaban divididas en capítulos, pero seguían sin continuarse de un mes al siguiente (excepto en casos extraordinarios) y aún carecían del dramatismo que desbordaba Marvel. Mientras los Cuatro Fantásticos se enfrentaban a Galactus, el Devorador de Mundos, y Estela Plateada filosofaba sobre el sentido de la existencia, Batman y Robin capturaban a la banda que se comunicaba con siglas (“¡El caso del Batman abreviado!”, Detective 360, febrero 1967) o ponían en venta sus ropas e instrumentos en una subasta pública (Batman 191, mayo 1967). La historia del Outsider revela hasta qué punto el suelo de Gotham City seguía siendo resbaladizo. El Outsider es un malévolo villano de rostro desconocido que opera en las sombras y mediante esbirros, y del cual sabemos por vez primera en “¡El hombre que robaba a Batman!” (Detective 334, diciembre 1964), donde el Saltamontes (o los Saltamontes, ya que se trata de dos hombres que se hacen pasar por uno), sicario de este genio del mal, se dedica a apropiarse del Batmóvil y otros objetos propiedad del Detective Enmascarado. A partir de ese momento, la sombra del Outsider se dejará ver periódicamente como figura que maquina en las sombras la ruina del Dúo Dinámico, movido por una sed de venganza de origen desconocido. Desconocido también, obviamente, por Schwartz, que, como hemos visto, al encontrarse con que el Alfred que él había matado reaparece en la serie de televisión, no tiene mejor ocurrencia que revelar que el mayordomo de Bruce Wayne es en realidad el maquiavélico Outsider. “Inside Story of the Outsider!” (Detective 356, octubre 1966), con unos atroces dibujos de “Bob Kane”, cierra el argumento con la explicación de la resurrección de Alfred. Tres días después de la muerte del fiel mayordomo, un hombre llamado Brandon Crawford, “médico, físico, biólogo, geógolo, genio científico en general” pasa por el cementerio persiguiendo a un “raro insecto” con su “micro-audiómetro”, con el cual capta “un sonido, como un quejido, ¡que sale de ese mausoleo! ¿Puede ser que... haya alguien vivo ahí dentro?” Efectivamente, Crawford encuentra a Alfred en su ataúd, aún vivo, lo cual requiere una “Nota del editor: el profesor de física Robert Ettinger, autor de “La perspectiva de la inmortalidad” ha dicho que la muerte sólo puede definirse en términos relativos. Señala a los cientos de personas revividos después de haberse ahogado, asfixiado, electrocutado o sufrido ataques al corazón. “La muerte biológica no depende sólo del estado del cuerpo” dice Ettinger, “¡sino también del estado del arte de la medicina!” Aclarado esto, ya se ven las cosas de otra manera. Crawford, en vez de llevar a Alfred urgentemente a un hospital, se lo lleva a su propio laboratorio, “Quizás yo solo... pues soy un individualista radical, siempre experimentando, siempre descubriendo nuevas leyes de la naturaleza y de la ciencia... leyes que los científicos ortodoxos aún no admiten... ¡pueda devolverle la vida!” Crawford somete el cuerpo de Alfred a una radiación experimental con consecuencias inesperadas: el mismo Crawford adopta los rasgos de Alfred y queda en trance catatónico -lo cual explica el cadáver que Batman y Robin habían encontrado en la sepultura de su sirviente-, mientras que el mayordomo revive convertido en una especie de monstruo mutante atómico con mala leche y toda su antigua lealtad hacia los Cruzados Encapuchados convertida en odio furibundo. En el enfrentamiento final, el Outsider utiliza sus poderes radiactivos para convertir a Robin en ¡un ataúd de madera! pero Batman elude ese horrible destino y salva la situación al desactivar la máquina responsable de todo el desaguisado. En la última página, Robin le pregunta a su mentor “Vamos, Batman, ¡suéltalo! ¿Cómo lo hiciste para escoger la máquina concreta que me estaba convirtiendo en un ataúd entre tantas que había?” A lo que el hombre más listo de Gotham contesta: “Ya que ambos estábamos marcados para una muerte doble... pues el Outsider alardeaba de que el suyo sería un triunfo doble... ¡elegí la única máquina de la habitación que tenía dos diales!” Así se recuperó a Alfred, aunque el Outsider aún se dejaría ver en alguna que otra ocasión esporádica.

Si en la mejor de las situaciones ya resultaba difícil mantener el nivel mínimo de dignidad en Batman y Detective (afortunadamente, las aventuras cósmicas ya las vivía el Cruzado Encapuchado con la Liga de la Justicia), la irrupción de la serie de televisión dio al traste con todos los buenos propósitos. Al menos desde un punto de vista creativo, y a ojos de los fans, claro, porque para la editorial fue lo mejor que podía haberles pasado nunca.

sábado, 10 de septiembre de 2011

SPX 2011: EN EL PAÍS DE LOS HOMBRES CON BARBA


Debo decir que los americanos, tan atentos ellos a cada detalle, han tenido el buen gusto de prepararme un recibimiento comiquero muy equilibrado a mi llegada a su país. Al poco de desembarcar me encontraba con la Comicon de Baltimore, de la que ya hablé y en la que me di un verdadero baño de comic books viejos del que todavía se están viviendo las secuelas en Mandorla. Y en el otro extremo del espectro de las viñetas, hoy he estado visitando la SPX, Small Press Expo, que se celebra este fin de semana en Bethesda, a medio camino de Baltimore y Washington D.C.

Y la SPX es muy interesante, porque es una experiencia completamente distinta de la Baltimore Comicon y (presumo) de San Diego y de cualquier otro evento comiquero mayoritario que se celebre en este país.

Mientras que la Comicon de Baltimore ocupaba un inmenso pabellón de congresos en pleno centro de la ciudad, la SPX sólo ocupa un salón (grandote, eso sí) en el Mariott Bethesda North Hotel & Conference Center, en un suburbio perdido de la mano de Dios en pleno urban wasteland, que, por otra parte, es el paisaje dominante en lo que he podido ver hasta ahora de los Estados Unidos. A pesar de que la escala del festival de Bethesda no es comparable a la de Baltimore (y ni me puedo imaginar a la de San Diego), mi primera impresión al ver el recinto fue «qué grande y cuánta gente». Y la verdad es que allí se concentraban muchísimos expositores y el público era muy numeroso. La entrada cuesta lo que aquí llamarían un precio simbólico (10$, lo mismo que costaba la bolsa oficial del festival, con un precioso dibujo de Jim Woodring), y de hecho no había nadie en la puerta controlando el paso de los visitantes. Aún así, todo el mundo hacía cola para pagar religiosa y honradamente su registration.

El salón de los alternativos

Dentro de la sala, uno de los efectos más llamativos que produce la SPX es el de continuidad, frente a la habitual parcelación de los festivales de cómic que estamos acostumbrados a ver en Europa. En lugar de una serie de casetas individuales, cada una con su propia personalidad característica, debida a la personalidad de la editorial que la ocupa, en la SPX hay largas mesas que se continúan formando un todo en el que diferentes autores y editoriales se muestran contiguamente unos a otros, con frecuencia sin ningún distintivo que los identifique y separe de los que tienen al lado. Así, te das cuenta de que estás hablando con Tom Neely cuando ves que tiene El borrón sobre la mesa y te fijas en su nombre en la etiqueta de la organización que le cuelga del cuello, pero no hay nada que lo diferencie del anónimo fanzinero que tiene al lado. Algo parecido ocurre con las editoriales, de las que creo que sólo Top Shelf anunciaba su presencia con unas letras colgadas de un cordel. Es decir, diría que el primer mensaje que manda la SPX es de unidad. Como si hubiera un espíritu compartido entre todos los que están allí, independientemente de sellos editoriales, y como si fuera importante que todos comprendieran que están en armonía y que el chaval que garabatea páginas de zombis con menstruación pudiera legítimamente beneficiarse de la cercanía de Craig Thompson. Todos en el mismo barco.

James Kochalka

Sí, juntos pero no revueltos. Es curioso ver cómo en la charca pequeña el pez chico se hace grande, y aunque no hagan alarde de ello, el salón está claramente dominado por Drawn & Quarterly y Fantagraphics que, curiosamente, ocupan posiciones casi opuestas en la topografía del evento. Como dos superpotencias que se hubieran repartido el mundo, cada una extiende su influencia a su alrededor sin necesidad de encontrar el estorbo de la otra en su campo visual. Cerca de Fantagraphics estaba Picturebox y Ponent Mon. Al lado de Drawn & Quarterly, Top Shelf y Adhouse.

Craig Thompson

Entre medias, un inmenso mar de tebeos completamente desconocidos por mí, en su mayoría. Para ser completamente sinceros, esa mayoría también es plenamente fanzinera, y mucho de lo que te encuentras hojeando en las mesas no aparenta más calidad que la que te encontrarías en la sección de fanzines del Salón del Cómic de Barcelona de cualquier año (lo digo sin intención peyorativa, por favor; no digo que sea malo, digo que no es ni mejor ni peor). Había mucho minicómic naif que ya me tiene bastante aburrido, mucho comic arty de estilo elegante y predecibles colores pastel, y hasta mucho cómic guarrote gore estilo tebeo de instituto de 1989. En fin, mucho de todo, demasiado para procesarlo en un rato (y yo no tenía más que un rato, al cabo de un par de horas en estos sitios empiezo a saturarme y no puedo seguir) y finalmente acabé encaminándome a las grandes, que son las que tienen lo que más me tira, al fin y al cabo: un par de Yokoyamas y un Panter en Picturebox, el nuevo Optic Nerve en Drawn & Quarterly, el nuevo Michael Kupperman en Fantagraphics (pero, ay, está más barato en amazon...).

Dan Nadel

El público en Bethesda me ha parecido bastante más joven que en Baltimore. De hecho, diría que la gran mayoría de los presentes en la sala eran veinteañeros. Chicos y chicas por igual, y no daba la impresión de que las chicas fueran las novias de los chicos. Venían por interés propio, como la que llevaba un maletín donde estaba escrito «Girl's comics». Otra diferencia con Baltimore: mientras que en la Comicon imperaba el tebeo viejo, aquí todo era nuevo. Brand new, flamante, recién salido de imprenta (o de la fotocopiadora) para la ocasión. La impresión es que mientras que la Comicon de Baltimore mira sobre todo hacia el pasado, la SPX mira principalmente hacia el futuro.

También había algo (previsiblemente) distinto: ausencia de disfraces, nada de cosplay. A menos, claro, que consideremos como un disfraz (el disfraz oficial) el look de gafas, barba y camisa de cuadros que lucía aproximadamente uno de cada tres varones veinteañeros allí presentes.

Más diferencias: el apartado teórico y divulgativo, es decir, las mesas redondas y los encuentros con los autores, tiene una presencia mayor que en la Comicon. Digamos que la vertiente cultural se toma más en serio. Eso no quiere decir que el evento no sea principalmente comercial, por supuesto. De hecho, a veces resulta un poco agobiante el evidente deseo de los expositores de vender. Pero claro, hay que tener en cuenta que en la mayoría de los casos el expositor, el editor y el autor son la misma persona. Educadísimos y superamables, como son siempre en todo trato público los americanos, cada uno de los ilusionados autores y aprendices de autores te capturan en cuanto tu mirada se cruza con ellos y te intenta vender la moto. Y por lo general da gusto hablar con ellos y que te cuenten la monserga, pero al cabo de un rato ya no puedes más y empiezas a evitar el contacto ocular. Una hormiga no te atosiga, pero un hormiguero entero acaba por agobiar. Curiosamente, el hambre que se ve en la mirada de muchos de los presentes en la SPX contrasta con la reptiliana serenidad de los expositores de la Comicon. Los traficantes de comic books antiguos, con sus precios escandalosos, no hacen el menor esfuerzo por atraerte. Saben que lo que quieres lo que tienen, saben que sabes lo que tienen y saben que tienes dinero y que quieres dárselo, y sólo tienen que esperar sentados a que vayas a llevárselo. No necesitan venderte el producto.

Quizás el gran aliciente de la SPX para el aficionado al cómic de autor americano sea la posibilidad de entrar en contacto directo con muchos de los autores y editores más conocidos. Y tan directo como que te encuentras a Brian Ralph o Jim Rugg, por decir sólo dos nombres, cobrando en un puesto. Durante el rato que he estado allí, podías acercarte al mencionado Craig Thompson, a James Kochalka, a Chester Brown, a Dan Nadel, a Craig Yoe y a unos cuantos más y trabar conversación con ellos sin ningún tipo de apreturas ni agobio. Todo el mundo, además, está deseando saludarte. El buen rollo flota en el ambiente.

Chester Brown

Indudablemente, la SPX es para exprimirla más a fondo de lo que he hecho yo. Es para estar allí todo el día, y si es posible los dos días. Sólo así se puede encontrar el tiempo necesario para revisar a fondo el ingente catálogo de cómics que se ofrece, para buscar un rato en que charlar con tus autores favoritos, y para asistir a todas las mesas redondas que merecen la pena. La sensación de concentración de energía y actividad es enorme. El mundo del Small Press Comic aquí en América parece muy pequeño pero muy dinámico, muy activo, muy ilusionado y con mucho futuro. No creo que toda esta gente vaya a abandonar su amor por los tebeos de hoy a mañana.

Y la última -y obvia- tontería antes de cerrar. Si en España prácticamente sólo se produce ya small press, ¿para cuándo una SPX en nuestro país?

jueves, 8 de septiembre de 2011

UN VECINO EN AUSTRALIA

Eddie Campbell ha estado echando un vistazo a El Vecino. Yo me siento un poco abrumado para decir nada más (lo cual supone un refrescante cambio de ritmo para este blog), así que ahí lo dejo para el que quiera echarle un vistazo: Another gem from Spain...

miércoles, 7 de septiembre de 2011

CRIME DOES NOT PAY: HISTORIETAS

En anteriores entregas de esta miniserie de posts dedicada a revisar un par de números sueltos de Crime Does Not Pay de 1949-1950, dije que tenía la impresión, a través de los anuncios publicados en los tebeos, de que estos se dirigían a un público más amplio que el típico público infantil que hemos conocido la mayoría de los lectores familiarizados con el comic book americano a partir de la Era Marvel y los años 60. Pero, ¿acaso las historietas publicadas en el interior justifican esa impresión? ¿Qué cómics aparecían dentro de aquellos ejemplares de Crime Does Not Pay publicados cinco años después del final de la 2ª Guerra Mundial y cinco años antes de la implantación del Comics Code y el desplome de la gran industria del cómic americano?

Lo primero que hay que observar es que, frente al modelo hegemónico desde principios de los 60 en que cada comic book corresponde a una historia y un personaje, en Crime Does Not Pay nos encontramos cuatro historias por número, cada una protagonizada por personajes distintos, sólo algunos de los cuales son recurrentes. El nº 82 (diciembre 1949) se abre con la historia de portada, la más larga, que alcanza las 11 páginas: «Death in the Hobo Jungles». Ambientada en el mundo de los vagabundos (por entonces aún no se llamaban homeless), la protagoniza esa icónica figura que viaja de polizón en vagones de tren (y que yo siempre tendré asociado a la película El Emperador del Norte, 1973, Robert Aldrich). La historia (supuestamente real, y acotada por la lapidaria anotación «ejecutado el 5-1-43») es en este caso la de Natural Gilbey , un afortunado holgazán que triunfa jugando a los dados pero que decide dedicarse al crimen cuando su botín es robado por un grupo de maleantes armados. Así, organiza su propia banda (siempre integrada por ocho miembros, para completar el número de la suerte que su superstición le exige) e inicia una carrera de asaltos a otros desgraciados sin hogar, hasta que finalmente es detenido por la policía. Es decir, la versión noir de nuestros tebeos de Carpanta.

«Death in the Hobo Jungle!», en Crime Does Not Pay #82 (1949), página 2
¿dibujo de Dan Barry?

«Death in the Hobo Jungle!», en Crime Does Not Pay #82 (1949), página 3
¿dibujo de Dan Barry?

Ni el guión ni el dibujo están acreditados o firmados, pero en la ficha de GCD atribuyen el apartado artístico a Dan Barry (1923-1997), del que precisamente en estos días se publica en España un tomo recopilatorio de sus tiras de prensa de Flash Gordon que he tenido el privilegio de traducir. Dichas tiras de prensa de Flash Gordon, por cierto, serían el trabajo que Barry realizaría con inmediata posterioridad a historias como ésta de Crime Does Not Pay, suponiendo que realmente sea suya. Y podría muy bien serlo, porque el dibujo es extraordinario. La calidad de las caricaturas, sencillas y expresivas, es superlativa: fijaos en las caras de Natural y sus compinches en la viñeta 4 de la página 2, o en el borrachín y el glotón de la viñeta 6 de la página 3. El dibujante de esta historieta es un artista de calado, perfectamente capaz de hacer la exhibición de dibujo que suponen las primeras tiras del Flash Gordon de 1951, uno de los tebeos de acabado clásico más impresionantes que he leído. Quizás el otro elemento artístico más llamativo de estas páginas sea el uso continuo e intenso de la perspectiva. Casi todas las viñetas la tienen muy marcada, y probablemente por una necesidad narrativa. Gracias a la perspectiva tan acentuada, cada (pequeña) viñeta permite incluir más acciones, más materia narrativa, y de ese modo una historia de 11 páginas permite contar algo que, con las técnicas de descompresión actuales y la abundancia de primeros planos que hoy son acostumbre, se habría extendido durante varias decenas. La perspectiva ayuda también a la claridad de la historia, lo cual es otro rasgo útil para contar las cosas de manera más sucinta: cuanto mejor explicado esté algo, menos elementos necesitarás para comunicarlo. Sería muy difícil contar con tanta sencillez (narrativa) la acción principal de la página 4 si no se usaran recursos gráficos tan convencionales y estereotipados como los que proporciona el código de la perspectiva (ayudada por el magnífico empleo narrativo del color en la viñeta 4) y, sin embargo, cuando se aplican adecuadamente estas técnicas, nos olvidamos de lo artificioso de la estrategia y lo leemos como si estuviéramos asistiendo al desarrollo natural de los acontecimientos. Por supuesto, la perspectiva también es un recurso para acentuar el dramatismo del relato, y por eso la resolución la muestra en su grado más extremo (página 11), ayudada por la aparición de unos vagones de tren que funcionan como rejilla clásica sobre la que disponer los objetos correctamente escalados.

«Death in the Hobo Jungle!», en Crime Does Not Pay #82 (1949), página 4
¿dibujo de Dan Barry?

Hay otros dos elementos que llaman la atención en esta historia: la elipsis y el color. En cuanto a la elipsis, se utiliza abundantemente y con tanta agilidad que hace innecesaria la utilización de textos de apoyo o explicaciones adjuntas, a pesar de que la historia incluye varios cambios de tiempo y de lugar. Todo se entiende a través de los diálogos (densísimos, pero muy vivos) y de dichas elipsis, que además escamotean todo aquello que resultaría excesivamente violento en una historia que es, de por sí, una historia de violencia. Obsérvese en la página 4 el salto entre las viñetas 5 y 6. Lo que falta es el acto criminal en sí, pero queda claro por la descripción del momento previo y el momento posterior, que casi nos retrotraen a las estrategias narrativas de los grabados de Hogarth. Por supuesto, la elipsis definitiva es aquella que no se continúa, con lo que metafóricamente hace más vivo su significado: me refiero, claro, a la de la última viñeta, el último silencio asumido por el lector.

«Death in the Hobo Jungle!», en Crime Does Not Pay #82 (1949), página 11
¿dibujo de Dan Barry?

El color es otro de los elementos con un significado propio más característico de esta historieta (y de esta época) ya que, de nuevo, aparenta naturalismo pero funciona como un código propio con sus propios valores. Observemos cualquier viñeta en la que aparezcan cuatro personajes distintos, todos vestidos con traje. Por ejemplo, la viñeta 1 de la página 11. Cada uno de los cuatro va vestido de un color distinto, y cada una de las indumentarias es perfectamente monocroma: azul, verde, morado y marrón. Los colores los convierten en iconos perfectamente reconocibles y, al mismo tiempo, dentro del contexto gráfico de la tradición del comic book, junto al resto de las convenciones que hemos mencionado (elipsis, perspectiva) se integran en un lenguaje de aparente naturalismo. Tan propio y distinto del lenguaje que utilizan otros medios que resulta curioso observar su contraste con los recursos típicos del cine. En el cine de 1949-50, por supuesto, las películas eran (generalmente) en blanco y negro, pero años después, cuando el color sea la norma, lo apropiado para una banda de atracadores de apariencia realista como la de Reservoir Dogs es que vayan todos vestidos de negro, perfectamente uniformados. Aunque luego, por el contrario, se llamen «Señor Azul», «Señor Verde» o «Señor Marrón». Hay una inversión total del valores entre el dibujo y la fotografía, la viñeta y el fotograma.

Una aclaración pertinente: he dicho que no se utilizan textos de apoyo para hacer avanzar la acción en esta historieta, pero es importante señalar que sí se utiliza un elemento extradiegético: un personaje fantasmal y caricaturesco que hace de voz narradora y que lleva un sombrero donde está escrita la palabra «Crimen». Mr. Crimen, que así es conocido, es un tipejo desagradable de aspecto, pero de fondo moralista, que actúa como puente entre la ficción y el lector. Podríamos decir que es la fea cara del crimen, y está considerado por los historiadores como el antecedente directo de los presentadores de las historias de horror de EC: el Guardián de la Cripta y la Vieja Bruja.

Después de la historia de portada, Crime Does Not Pay continúa con «The Case of the Thursday Burglars!», de nuevo sin acreditar y sin firmar, pero atribuida por la GCD a Bob Fujitani (1920), un dibujante típico de la época que también sería ayudante de Barry en Flash Gordon y que viene de Alex Raymond, con ciertos detalles que recuerdan mucho a Wayne Boring, tal vez el gran dibujante clásico de Superman durante los años 50. Menos brillante en las angulaciones, menos dinámico que Barry y con una ambientación más pobre, tiene que bregar también con un guión muy manso sobre mayordomos ladrones que pone su énfasis en la investigación policial.

«The Case of the Thursday Burglars!», en Crime Does Not Pay #87 (1950), página 3,
¿dibujo de Bob Fujitani?

La tercera historia es un «Who-Dunnit?» dibujado por Fred Guardineer (1913-2002). Según parece por la muestra que manejo, es una sección fija de este dibujante, otro de los nombres habituales del momento. El género del Who-Dunnit es lo más parecido a un pasatiempo con forma de historieta. Se trata de que el lector adivine quién es el culpable antes de llegar a la última página, y para eso se tienen que cumplir ciertas reglas, la principal de las cuales es que toda la información relevante (todas las pistas) tienen que estar a la vista a través de los diálogos y los dibujos. El Who-Dunnit en cómic tiene, en mi opinión, una ventaja sobre el clásico Who-Dunnit literario, al estilo de Ellery Queen. Mientras que en literatura cada palabra hace su presencia muy conspicua, y todas las pistas tienen que expresarse a través de palabras, en el cómic las pistas visuales se pueden enterrar disimuladamente en el fondo de la viñeta sin hacer trampa. Guardineer ejecuta la historieta atendiendo a su condición de rompecabezas: todos los elementos aparecen rotundamente trazados y delineados, de manera que sean claramente observables, pero al mismo tiempo la profusión de detalles en el escenario obliga al lector a mantener una absoluta atención sobre los mismos, para intentar descubrir qué es una pista y qué forma simplemente parte de la ambientación. Los personajes son hieráticos, y sus gestos son ampulosos, como si estuvieran en una escenificación teatral, o como si estuviéramos jugando a las películas y sólo les importara transmitir aquella información necesaria para seguir el juego, sin pretender ninguna exhibición de sutiles dotes dramáticas. Véase un ejemplo: en la página 3 de la historia incluida en el número 87 parece que la emoción que más domina a los dos hombres que intentan matarse el uno al otro es el tedio:

«Death Takes a Curtain-Call!», en Crime Does Not Pay #87 (1950), página 3,
dibujo de Fred Guardineer

Y, efectivamente, todo el proceso de las emociones dramatizadas es un poco cansino y hasta irritante cuando lo único que nos interesa es la resolución final, oculta con una irónica ingenuidad en el fondo de la última página, donde ha sido colocada al revés, para que el lector tenga que dar la vuelta al tebeo para descubrirla. ¡Como si fuera imposible leer los dibujos de un solo vistazo, por mucho que estén patas arriba!

«Who-Dunnit?», en Crime Does Not Pay #82 (1949), página 8,
dibujo de Fred Guardineer

La última historia, «Savage Houseboat Mob!» es, curiosamente, la única firmada (junto a la de Guardineer), con el nombre T. DiPreta. Digo curiosamente porque Tony DiPreta (1921-2010) es hoy en día mucho menos conocido que Fujitani y, por supuesto, Barry. Aunque DiPreta es probablemente el menos brillante de los cuatro dibujantes incluidos en este volumen, las reglas de la casa, empezando por el riguroso gobierno de la perspectiva, hacen que los defectos anatómicos y expresivos queden compensados, y que la sensación general que producen las cuatro historias de este Crime Does Not Pay sea de homogeneidad. Una homogeneidad mucho mayor que la que se podía encontrar en cualquier publicación de la New Trend de EC Comics. Al menos en un cierto sentido gráfico, ya volveremos más tarde sobre esta afirmación para matizarla.

Esta historia he querido representarla aquí con una doble página porque así se aprecia un curioso efecto que producen la viñeta 8 de la página 2 y la viñeta 7 de la página 3 en conjunto. Al estar ambas ocupadas por un primer plano masculino con un fondo rojo, se ligan visualmente en el ojo del lector, que parece que quiere pasar de una página a otra a través de ese puente encarnado, rompiendo el orden natural de lectura. Es como si el dibujante propusiera un atajo al lector: te puedes saltar todo lo de arriba, continúa directamente por aquí. ¿Defecto o genialidad? ¿Un error feliz o un recurso indescifrable? Eso es lo maravilloso que tiene incluso el más vulgar de los viejos tebeos comerciales: de todos puedes sacar alguna idea.

«Savage Houseboat Mob!», en Crime Does Not Pay #82 (1949), páginas 2-3,
dibujo de Tony DiPetra

Por su parte, Crime Does Not Pay #87 (mayo 1950) se abre con una historieta protagonizada por un personaje recurrente, Chip Gardner, detective privado, estrella de «The Rock-a-Bye Murder», que con sus 13 páginas alcanza dimensiones casi epopéyicas para los usos de la época. Se trata del típico enredo a lo Sam Spade, con muchas idas y vueltas y diferentes personajes interesados en obtener un mcguffin y que finalmente se resuelve con un poco de inteligencia aplicada (el lector también debe anticiparse al detective, si quiere disfrutar en toda su plenitud la historia) y con el reparto de cierto número de porrazos, administrados sabiamente para marcar el ritmo adecuado durante el relato. La violencia, en todo caso, es muy moderada. Cuando Chip le tira el vaso de agua a la cara a la chica, casi es el momento más duro de la historia, y por supuesto es su clímax:

«The Rock-a-Bye Murder», en Crime Does Not Pay #87 (1950), página 13,
dibujo de George Tuska

Lo que más me sorprende de la historia es de quién es la firma del autor. El dibujante es George Tuska (1916-2009), uno de los nombres que más estrechamente asocio a la Marvel clásica, gracias sobre todo a sus innumerables historias de Iron Man (aunque también tuvo momentos gloriosos en Luke Cage, Hero for Hire). Sin embargo, cuando Tuska debutó en Marvel, en 1964, ya tenía 48 años, de modo que es obvio que debía de contar con una larga carrera previa, como prácticamente todos los nombres que levantaron aquella editorial, y no me refiero sólo a Kirby, sino también a Don Heck o Dick Ayers, por mencionar sólo algunos. Pero la sorpresa no es sólo toparse con un trabajo pre-Marvel de Tuska, sino descubrir a un Tuska casi irreconocible artísticamente. Frente al hiperdramático y expresivo Tuska de Iron Man, el Tuska de Chip Gardner es sobrio y contenido, de trazo sencillo, limpio y equilibrado, evidentemente inspirado por el gran modelo para los dibujantes de comic books de la época, que era Alex Toth, y en términos más generales, Milton Caniff. Compárese una página de «The Rock-a-Bye Murder» con una página de Iron Man de 1968:

George Tuska en Crime Does Not Pay #87 (1950)

George Tuska en Iron Man #8 (1968);
las tintas son del gran Johnny Craig

Es un fenómeno de transformación que ya conocía en otros autores y que siempre me ha parecido fascinante, por lo que supone de completa reinvención artística. Aparte de casos tan conocidos y evidentes como el de Kirby, es un proceso que también encontramos en Gene Colan, Gil Kane, Joe Kubert y Carmine Infantino, entre algunos de los nombres más célebres de la «Edad de Plata».

El número continúa con otra historia de Bob Fujitani, repleta de aceitosos bustos parlantes y donde la iniquidad extrema del crimen (el chantaje) resulta sin embargo poco escabrosa en lo visual. La extorsión, por cierto, parece uno de los delitos predilectos de Charles Biro y Bob Wood, los editores de Crime Does Not Pay.

«Mr. and Mrs. Shakedown: Extortion at its Worst!», página 6,
dibujo de Bob Fujitani

El tercer relato es el «Who Dunnit?» de Guardineer, que vuelve a mostrar la misma inquietante inexpresividad de los personajes y, por supuesto, tiene la solución invertida y multitud de pistas en cada viñeta. Fijaos en el personaje que aparece en la viñeta 7. A mí hasta me recuerda un poco a Hergé. ¿La ligne claire américaine?

«Death Takes a Curtain-Call!», en Crime Does Not Pay #87 (1950), página 2,
dibujo de Fred Guardineer

La cuarta y última historia de este número es para mí una pequeña joya. «The Case of Joe Visco and Box 777!» pertenece a otra serie conceptual (como los «Who Dunnit?») pero sin personaje fijo (al contrario que «Chip Gardner»). En este caso, cada historia está protagonizada por un ciudadano heroico, un citizen detective que sirve de ejemplo viviente de que el cumplimiento de la ley no es algo que esté reservado a las autoridades oficiales, sino que todos los ciudadanos decentes tenemos la obligación de ayudar a mantener el orden. La historia tiene un tono pausado y al mismo tiempo profundo, con un calor oscuro que te va quemando poco a poco, y en gran medida probablemente sea gracias al extraordinario dibujo, que no está acreditado pero que en GCD atribuyen a Fred Kida (1920), otro de los nombres típicos de la época, y que también colaboró en tiras de prensa con el propio Fujitani y con gigantes como Will Eisner, Milton Caniff y, por supuesto, Dan Barry. Para el lector español contemporáneo tal vez sea más conocido por haber dibujado la tira de prensa de Spiderman. El caso es que en este número de Crime Does Not Pay se encuentra un Kida de trazo flexible y seguro, muy suelto, capaz de dibujar rostros tan impresionantes y tan sencillos como el de la viñeta 4 de la página 3:

«The Case of Joe Visco and Box 777!», en Crime Does Not Pay #87 (1950), página 3,
dibujo de Fred Kida

En esa misma página desliza una breve secuencia muda, de las poquísimas que hay en los tebeos de esta época, y vuelve a hacerlo en la 7, todavía más bella:

«The Case of Joe Visco and Box 777!», en Crime Does Not Pay #87 (1950), página 7,
dibujo de Fred Kida

La escasa utilización de las masas de negro deja paso al dominio de los colores planos, que resultan más chillones y chocantes que nunca, al no tener la moderación de la tinta negra, y el dibujo cobra una rara ingravidez:

«The Case of Joe Visco and Box 777!», en Crime Does Not Pay #87 (1950), página 5,
dibujo de Fred Kida

No he podido evitar recordar en algunos momentos a Bernie Krigstein, experimentando con el vacío y con la narración visual en EC, pocos años después. Lo cual me lleva a hacer una primera comparación inevitable entre este par de números de Crime Does Not Pay y la New Trend de EC Comics que, como dije, es prácticamente el único material que conocemos realmente bien y de primera mano de aquella época. Es decir, hemos aceptado siempre la opinión generalizada y repetida de que los cómics EC de 1950-1954 marcan un hito incomparable en la historia del comic book americano y se sitúan como una cumbre destacada por encima de toda la morralla que se publicaba al mismo tiempo que ellos. Pero lo que más llama la atención comparando Crime Does Not Pay y Crime SuspenStories, por ejemplo, es cuánto se parecen. Se parecen en la organización de contenidos -las cuatro historias, algunas pertenecientes a subseries-, se parecen en la utilización de personajes narradores que representan la voz de la revista, y se parecen bastante artísticamente. Yo no me atrevería a decir que el Dan Barry o el Fred Kida de este par de números de Crime Does Not Pay sean inferiores a ningún dibujante de EC. Y en Jumbo Comics #136 (junio 1950, el otro comic book de muestra del que saqué algunos anuncios, y de cuyas historietas hablaré en un próximo post) hay la friolera de tres historias dibujadas por Jack Kamen, quien sería uno de los cimientos productivos de EC. Si acaso, parece obvio que en EC se dejaba libre a cada artista para desarrollar su estilo gráfico según su gusto, y también para firmar con su propio nombre y obtener cierto reconocimiento, mientras que en Crime Does Not Pay el rango de variación visual es menor. Pero a cambio, las historias de EC están rígidamente medidas y controladas por el guionista-editor (Al Feldstein), que utiliza el texto previamente impreso como pesado elemento regulador, mientras que en Crime Does Not Pay el texto narrativo tiene mucha menos importancia (o ninguna) y la habilidad con la que se manejan diálogos y elipsis resulta en historias mucho más dinámicas y hasta modernas. En todo caso, tanto Crime SuspenStories como Crime Does Not Pay son estrictamente lo que sus editores quieren que sean.

Pero creo que no he contestado todavía a la pregunta que me hacía al principio de este post: ¿es el material incluido en este par de números de Crime Does Not Pay susceptible de ser considerado material «para adultos», de la misma manera que los anuncios incluidos en ellos parecían dirigidos a adultos? La mayoría de las historias tratan temas de violencia y crimen en contextos realistas y reconocibles en la actualidad cotidiana de los lectores de la revista. Los guiones son sofisticados y exigen un nivel mínimo de inteligencia y madurez para desentrañarlos completamente. Seguir el argumento de la intriga de Chip Gardner, por ejemplo, no algo que pueda hacerse sin prestar mucha atención a cada viñeta. Por otra parte, la violencia es implícita y en absoluto ostentosa, y el sexo está reprimido por completo. Los finales son moralizantes y -en contra de lo que cuentan la gran mayoría de los textos que se escriben al respecto- los criminales no parecen en absoluto glorificados. Obsérvese la caracterización de los delincuentes en la historia de los vagabundos, o la del villano Joe Visco dibujado por Kida. Son grotescos y deformes, frente a los siempre impolutamente limpios y nobles agentes de la ley, por lo general jóvenes y atractivos. En realidad, casi todas estas características se podrían aplicar a cualquier producto de la cultura de masas del momento, al menos a cualquier producto visual. El cine de Hollywood de 1949-1950 no era más adulto que las historias contenidas en Crime Does Not Pay. En aquel período estaba vigente para la industria del cine el Código Hays, que funcionaba de hecho como funcionaría posteriormente el Comics Code implantado en 1954: regulando a toda la industria para todo el público, en un solo bloque, sin diferenciaciones. El rating por edades llegaría en la segunda mitad de los 60, pero en 1950 no había películas para adultos. Todas las películas se hacían para todos los públicos, y todos sus contenidos sexuales y violentos tenían que ser de alguna manera implícitos. Evidentemente, películas como Bigger Than Life (Nicholas Ray, 1956) estaban más dirigidas a adultos que a niños, pero eso no quiere decir que fueran más gráficas, como dicen en Estados Unidos, ni que pudieran eludir el final feliz y moralizante. Y El Halcón Maltés (1941, John Huston) no es más adulto o sofisticado que las andanzas de Chip Gardner. Los años 40 y 50 son los años de la elipsis y del sobreentendido en los productos culturales de masas norteamericanos. Son los años donde los artistas trabajan dentro de estrictos códigos de alusiones que, a veces, alcanzan en su contención resultados sorprendentemente poéticos. Pero son años donde el cómic, el cine o la televisión expresamente para adultos no existen como tal. Existen las producciones infantiles: películas y tebeos que van dirigidos a los niños; pero los productos que se dirigen a los mayores son, más bien, productos all-ages. Y es en ese ámbito en el que se mueven estas historias de Crime Does Not Pay (como se movían también las de EC).

Ahora bien, antes de que nadie saque conclusiones demasiado precipitadas, insisto en que este último par de posts sólo pretenden hacer una lectura de un par de números concretos de un par de títulos concretos de la Década Perdida (en la próxima entrega me detendré brevemente en los contenidos de Jumbo Comics #136, que es un tipo de tebeo muy distinto de Crime Does Not Pay). Pero, ¿son representativos de tendencias generales? ¿Qué cambios observaríamos en la misma Crime Does Not Pay si leyésemos una muestra que abarcase varios años?

To Be Continued...

martes, 6 de septiembre de 2011

PULPOS MEXICANOS


Para desengrasar de tanto rollo que meto últimamente, vamos con un post un poco más festivo-visual. Una de las cosas que me compré en The Sideshow, durante mi visita al American Visionary Art Museum fue un librito de Feral House titulado Mexican Pulp Art, que contiene una recopilación de centenares de portadas de pulps mexicanos de los años 60 y 70. Como ya habrá apreciado cualquiera que siguiera mis andanzas por México, siento debilidad por ese material, y el libro es una pequeña maravilla para el aficionado a este género. Aún más, llevaba un premio extra oculto. En la introducción, María Cristina Tavera me da una pista sobre uno de los tebeos mexicanos que más me fascinaron de todos los que encontré allí: «Las portadas pulp que se presentan en este libro proceden de una editorial difunta, Editorial Continental. El fundador, Enrique Cuadro [¿Cuadra?] empezó como ilustrador de cómics en el periódico de su ciudad natal en San Luis Potosí, México. Se le reconoce por haber creado La Araña Verde en 1953, un posible precursor de Spider-Man. En 1954, Cuadro se aventuró a Ciudad de México para fundar su propia editorial, utilizando su conocimiento en el campo de la ilustración y sus contactos con otros artistas como ventajas en el negocio editorial». El misterio de la Araña Verde se va poco a poco resolviendo.

Una última nota: Feral House es la casa que publica Cultura del Apocalipsis, la recopilación de artículos radicales editada por Adam Parfrey, de la cual he traducido dos volúmenes para la madrileña Valdemar, el segundo de los cuales debería publicarse este mismo año.

¿Veis cómo al final me he acabado enrollando? No lo puedo evitar. Os dejo con lo importante: las imágenes. Una pequeña muestra de las joyas que guarda Mexican Pulp Art.








lunes, 5 de septiembre de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 7: ¿USTED CREE QUE ESTA CABEZA CORTADA ES DE BUEN GUSTO?

(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

¿USTED CREE QUE ESTA CABEZA DECAPITADA ES DE BUEN GUSTO?

En 1954 se publicó La seducción de los inocentes, un libro escrito por el Dr. Fredric Wertham que establecía una relación causa-efecto entre el contenido violento y presuntamente degradante de los comic books y la delincuencia juvenil. El libro de Wertham, convenientemente ilustrado, detallaba paso por paso el proceso de corrupción que los diabólicos tebeos realizaban sobre las tiernas mentes infantiles, a las que impresionaban con sus vulgares aproximaciones al sexo y la violencia, además de retrasar su desarrollo intelectual. Wertham no sólo arremetía contra los extremadamente populares tebeos de horror y crimen surgidos a imitación de los de EC, sino que incluso figuras tan aparentemente familiares como los mismos Batman y Robin recibían su merecido: “A veces Batman acaba en la cama herido con el joven Robin sentado a su vera. En casa, llevan una vida idílica. Son Bruce Wayne y “Dick” Grayson. Bruce Wayne es descrito como una “persona de la buena sociedad” y su relación oficial con Dick es la de que es el tutor de Dick. Viven en habitaciones suntuosas, con flores preciosas en grandes jarrones, y tienen un mayordomo, Alfred. A veces Batman aparece en batín... es como el sueño ideal de dos homosexuales que vivieran juntos. A veces aparecen en un sofá, con Bruce reclinándose y Dick sentado junto a él, sin chaqueta, el cuello de la camisa abierto, y su mano sobre el brazo de su amigo.” Wertham explicaba el trabajo de campo que le había llevado a semejantes conclusiones: “Durante la psicoterapia, un joven homosexual nos trajo una copia de Detective Comics, con una historia de Batman. Señaló un dibujo de “la casa de Bruce y Dick”, una casa situada en un paisaje hermosísimo, iluminada cálidamente y que mostraba a la devota pareja el uno junto al otro, mirando a través de la ventana. Cuando tenía ocho años, este chico había comprendido a través de sus fantasías con los comic books que le excitaban los hombres. A la edad de diez u once años, “Satisfacía mis gustos, mis deseos sexuales, con los comic books. Creo que me ponía a mí mismo en la posición de Robin. Quería tener relaciones con Batman... recuerdo la primera vez que me encontré con una página que mencionaba la “batcueva secreta”. Me vino a la mente la idea de Batman y Robin viviendo juntos y posiblemente manteniendo relaciones sexuales...” Al parecer, la cosa no podía estar más clara: “Sólo alguien ignorante de los fundamentos de la psiquiatría y de la psicopatología del sexo puede dejar de observar la sutil atmósfera de homoerotismo que impregna las aventuras del maduro “Batman” y su joven amigo “Robin”.” Probablemente así es como Batman y Robin se crearon mala fama. El Dr. Wertham también encontraba estímulos para la homosexualidad en Wonder Woman, y en general describía un cuadro apocalíptico de “enfermedades sociales” provocadas por la lectura de los aparentemente inocentes tebeos. Aunque hoy resulte fácil y cómodo desdeñar los argumentos de Wertham y contestarlos sarcásticamente, lo cierto es que durante los años 50 en Estados Unidos se vivía cierto clima de persecución política y el ambiente estaba enrarecido por el viento oscuro del maccarthismo, así que pensar en que la Caza de Brujas se extendiera al desvalido mundo del comic book no era tan descabellado. Además, aunque casi todos los textos escritos por historiadores del cómic se hayan empeñado en desacreditarlo sistemáticamente, el Dr. Fredric Wertham no era ni mucho menos un muerto de hambre desconocido. Wertham, nacido en Nuremberg (Alemania) en 1895, emigró a América en los años veinte y escribió libros innovadores como El cerebro como orgáno: su estudio post-mortem y su interpretación (1934) al tiempo que realizaba estudios sobre los efectos de la mescalina y la insulina en la psicoterapia. A medida que su interés se fue especializando en la psicología criminal, también adquirió cierta notoriedad pública, fortalecida por la publicación de dos libros que analizaban casos de asesinatos: Dark Legend: A Study in Murder y Show of Violence. En 1946 había fundado una clínica popular en Harlem, la Lafargue Clinic, dedicada a dar tratamiento psiquiátrico a los jóvenes con problemas.

Así pues, por mucho que los historiadores del comic book nos lo hayan querido pintar de otra manera, el Dr. Wertham no era un desgraciado que empezó un buen día a vociferar contra los tebeos sin ton ni son, sino un personaje respetado e influyente, y la amenaza potencial que representaba The Seduction of the Innocent para la industria del tebeo, unida al clima de sospecha generalizada en la sociedad americana y la característica indecisión y cobardía de los editores del gremio se confabularon para que llegara la hora más oscura del cómic americano.

De hecho, el clima estaba un poco soliviantado en contra de los comic books, y desde 1948 se habían realizado incluso quemas públicas de tebeos que empezaron en Binghamton (Nueva York) y que habían animado en algunos estados la idea de prohibir este medio de expresión.

Todo culminaría el día 21 de abril de 1954, cuando se inició una investigación sobre la industria del comic book por parte del Comité del Senado de los Estados Unidos para la Delincuencia Juvenil, presidido por Estes Kefauver. El dibujante de EC George Evans, al hablar de Kefauver, indica: “Todo el mundo recuerda lo cabrón que fue McCarthy, pero nadie recuerda lo cabrón que fue Kefauver. Puede que así sea mejor. Nadie debería recordarle. Cuando murió, no recé ninguna oración por él. Espero que en el infierno tengan un pozo lo bastante caliente para él.” Durante la investigación declararían editores, dibujantes, expertos, médicos (por supuesto, el doctor Wertham entre ellos), distribuidores, vendedores y, en resumidas cuentas, todos aquellos relacionados con el asunto. Pero el momento estelar le correspondió a Bill Gaines, el editor de EC Comics, que era precisamente la editorial que había iniciado la moda de los tebeos de horror, e hijo de Max “Charlie” Gaines, a quien podemos considerar poco menos que el inventor del comic book. En un momento determinado de su declaración, Gaines fue interrogado por uno de los miembros de la Comisión:

- ¿No existe límite a lo que publicaría en una de sus revistas?

- Sólo siempre que esté dentro de los límites del buen gusto -contestó Gaines.

Fue ese el momento elegido para mostrarle la portada de Crime Suspenstories 22, uno de los hoy considerados grandes títulos clásicos de su editorial.

- Aquí aparece un hombre con un hacha sangrienta que sujeta en la mano la cabeza de una mujer, seccionada de su cuerpo. ¿Cree que esto es de buen gusto?

- Sí, señor, así lo creo -contestó Gaines con el mayor aplomo- para la portada de un tebeo de horror. Una portada de mal gusto, por ejemplo, habría sido una en la que la cabeza colgara un poco más arriba para que el cuello hubiera aparecido goteando sangre, y en la que el cuerpo estuviera un poco más lejos para que se pudiese ver su cuello sanguinolento.

Una vez que todo el mundo hubo dicho lo que tenía que decir, la Comisión llegó a la única conclusión lógica y razonable: no había relación alguna entre la delincuencia juvenil y los comic books.

Los tebeos habían sido absueltos, pero la acobardada industria no estaba dispuesta a darse por aludida, así que antes de que acabara el año empezó a funcionar el Comics Code Authority, un código de censura interno impuesto por los mismos editores al que tendrían que doblegarse todos los tebeos. Únicamente Dell, entre los grandes, se negó a llevar el sello del Code en sus portadas, pero todos los demás pasaron por el aro, incluida EC. Por supuesto, el Code supuso el fin para la empresa de Gaines, pues ahora ya no se podían mostrar escenas con sangre, blasfemias, referencias a deformidades físicas, formas de cometer un delito, amor adúltero, uso de drogas y otras mil prohibiciones que obligaron a que Tales from the Crypt, The Vault of Horror y demás dejaran paso a relatos psicológicos y un puñado de “nuevas tendencias” mucho menos fascinantes para el público juvenil.

En aquel momento nefasto, el comic book americano dio un paso atrás probablemente decisivo en su historia, pues decidió limitarse en sus contenidos y sus formas justo en el instante en que el auge de un medio nuevo, la televisión, aumentaba la competencia en el mercado del ocio popular. Pero también es cierto que a la mayoría de los editores establecidos, entre ellos DC, les sirvió para quitarse de en medio al molesto e inquieto Gaines y su catálogo de colecciones memorables.

Aunque ya hemos dicho que Batman era un tebeo de apariencia completamente inofensiva en ese momento, sus planteamientos se replegaron aún más después de la implantanción del Code. El período 1955-1963 es recordado con una mezcla de vergüenza y cierto cariño absolutamente nostálgico por parte de los aficionados a las aventuras del Cruzado Enmascarado, y puede ser muy apropiadamente definido como “La etapa ciencia ficción de Batman”, aunque algunos lo han bautizado como “la etapa alienígena rosa”.

Temerosos ya de mostrar incluso a un vulgar matón con una pistola en la mano, los editores DC erradicaron también a los villanos clásicos de las páginas de Batman y Detective. Ni el Joker, ni Catwoman, ni Clayface, ni el Pingüino, ni mucho menos Dos Caras seguirán enfrentándose frecuentemente al Dúo Dinámico. Intentando desesperadamente acallar los rumores sobre las relaciones ilícitas de nuestros héroes, los editores se sacaron de la manga a Batwoman (Detective 233, julio 1956), que con su estrafalario traje amarillo y rojo presenta el mayor contraste posible al austero look de su inspirador. En realidad, Batwoman era parte de una ampliación de la familia del murciélago que había empezado un poco antes, con la incorporación del Batsabueso (Batman 92, junio 1955) y que no acabaría ahí, ni mucho menos. Estaba bien que ahora Batman tuviese una contrapartida femenina sobre la cual proyectar (aunque de manera absolutamente elíptica, por supuesto) cualquier posible deseo sexual, pero, ¿qué pasaba con el adolescente Prodigio Juvenil? No es bueno que el Robin esté solo, de manera que Batman 139 (abril 1961) vio el debut de Bat-girl, la primera e inconfundible, ataviada con un vestido de falda verde. Pero sin duda, la adición más extraordinaria a la Bat-familia sería el grotesco y desconcertante Batmito (Detective 267, 1958), un duende de otra dimensión con poderes aparentemente ilimitados que viste un traje copiado del de Batman, al cual idolatra. Además de formarse esta Bat-familia a semejanza de la antigua “familia Marvel” del Capitán Marvel o de los Supergirl, Krypto el supercán, Superboy y demás derivados del más exitoso Superman, que en esa época se veía afligido mes sí mes también por la caprichosa kryptonita roja, la influencia del pujante cine de ciencia ficción de los años 50 y las limitaciones del Code ayudaron a que Batman se lanzara a una vergonzosa carrera de aberraciones fantacientíficas para las cuales no había sido creado. Junto a las múltiples historias “autorreferenciales” que mencionamos antes, se presentan otras como “El Batman del mañana” (Detective 216, febrero 1955), “Batman Junior y Robin Senior” (Detective 218, abril 1955), “El misterio del segundo equipo de Batman y Robin” (Detective 220, junio 1955), varias historias con Batmanes robóticos, gigantes o sustitutos, “Cuando Batman era Robin” (Detective 226, diciembre 1955), “Batman Jr.” (Detective 231, mayo 1956), “La búsqueda de un nuevo Robin” (Detective 237, noviembre 1956), “El Trío Dinámico” (Detective 245, julio 1957) en la que el grupo se ve completado por Mysteryman y otras en esta vena, que aunque parezca denotar una cierta desesperación por parte de los guionistas, todavía no hacen presagiar el punto de inflexión que marcará Detective 251 (enero 1958) con “¡El Batman alienígena!”, que nos muestra a un extraterrestre con antenas y largas orejas oculto bajo la capucha del Hombre Murciélago. Tras esto, lo más comedido será ver al Dúo Dinámico enfrentándose a dinosaurios robots o a un trío de malhechores conocidos como El Zorro, el Tiburón y el Buitre que van vestidos con máscaras representativas de esos animales y trajes de chaqueta. Frecuentes serán los viajes interplanetarios, las visitas a Gotham de extraterrestres cabreados o sencillamente desorientados, la participación en los Juegos Olímpicos del Espacio (Detective 260, octubre 1958), los encontronazos con criaturas de cristal o criaturas del planeta-X... Entre lo más delirante de este período podemos considerar a la criatura-puzzle del espacio (Detective 277, marzo 1960), el completamente surrealista “¡El Batman cebra!” (Detective 275, enero 1960), “El rival interplanetario de Batman” (Detective 282, agosto 1960), “El Batman negativo” (Detective 284, octubre 1960), “La criatura de la Batcueva” (Detective 291, mayo 1961) que hace exclamar a Robin “¡Batman! Una cápsula espacial alienígena en una de las cavidades de la Batcueva... ¡y mira lo que está saliendo de ella!” refiriéndose a una especie de yeti verde y monocular, los alienígenas rosas y de varios colores más de múltiples episodios o las criaturas peludas mitológicas procedentes de unos jeroglíficos egipcios en los que ya aparecía representado Batman. La lista es ciertamente agotadora. Esta fue la época escogida inevitablemente para la aparición de Clayface II (“El desafío de Clayface”, Detective 298, noviembre 1961) que al contrario que el original, sí posee poderes sobrehumanos, unos poderes que le permiten metamorfosearse en prácticamente cualquier cosa. El repaso a los desconcertantemente fantásticos argumentos no estaría completo, sin embargo, sin mencionar dos joyas singulares: Detective 320 (octubre 1963) en el cual Batman y Robin sustituyen sus trajes habituales por... ¡vendas de momias! y el último de los tebeos de la época clásica de Batman: Detective 326 (abril 1964), en el que el Dúo Dinámico acaba enjaulado en el Zoo del espacio.

Durante estos años, el principal dibujante de las series de Batman será Sheldon Moldoff que, como dijimos, es de todos los autores destacados del personaje el que tiende más hacia la línea caricaturesca, simple, infantil, y hacia una rigidez tan exagerada que acentúa el tono irreal de las historias. Aunque hoy en día tengan cierto encanto ingenuo y sean apreciadas por los coleccionistas, lo cierto es que este cúmulo de absurdas historias de ciencia ficción, evidentemente no eran Batman, cosa que las ventas no dejaron de reflejar.

En 1964, Batman estaba muerto. Había llegado el momento de resucitarlo.