miércoles, 11 de noviembre de 2009

EL MANGLAR 11

El gran Manuel Bartual anuncia en su blog la próxima salida del Manglar 11, la revista que dirige y que edita Ricardo Esteban, de Dibbuks. Este número del Manglar es un poco más especial que los anteriores para mí, ya que la portada (véase la cabecera de este post) está dedicada al Vecino y la ha dibujado Pepo Pérez. En el interior aparecen las dos series que vengo realizando para esta revista desde hace meses, "Las vidas de Vasari", con Javier Olivares, y las historias cortas vecinales, con Pepo. Además, a Manuel le pareció buena idea que la entrevista central del número me la hicieran a mí, tarea que recayó sobre ese MITO de nuestros tebeos que es Juanvi Chuliá. Por si esto no fuera suficiente, para rematar también he escrito tres reseñas de cómics, de modo que, como decía, es un número al que me siento muy unido. Supongo que no es casualidad que sea el 11, ya que, como comenté hace semanas, mi número favorito es el 2, y 1+1 es 2.

Manuel me ha transmitido su ilusión por la revista, porque con este número, El Manglar emprende una nueva etapa, más grande, más potente, más magnífica, más estupenda, más mejor. Cuando lo tenga en las manos (a finales de este mes, supongo), lo comentaré más en detalle, pero sirve de momento esta entrada como aviso de lo que se avecina. ¡Oh! Me ha salido un juego de palabras vecinal sin pretenderlo...

martes, 10 de noviembre de 2009

EL SABOR






Aunque parezca mentira, no todas las historietas que hemos hecho juntos Pepo Pérez y yo son del Vecino. La que aparece en este post no tiene nada que ver con la saga de Javier, Lola, José Ramón y Rosa, y apareció publicada originalmente en NSLM 13 (mayo de 2006).

V DE VECINO


El viernes.

lunes, 9 de noviembre de 2009

EL VECINO DE LOS MUERTOS

No todas las historias cortas del Vecino que hemos hecho Pepo Pérez y yo se han publicado en El Manglar. La que recupero en este post apareció en NSLM nº 15 (abril de 2007), a la sazón el último de la revista.

NSLM, encabezada por Max, Pere Joan y Álex Fito, fue la revista de "gráfica radiante" que mantuvo la ilusión de una vanguardia adulta para el cómic español durante años difíciles, cuando el triunfo de la novela gráfica no era ni una sombra en el horizonte. Debo decir que me siento orgulloso de haber publicado en NSLM. Debo decir, también, que se echa de menos a la revista. Creo que no sólo sigue siendo necesaria, sino que ahora es más necesaria que nunca.

Otras historias cortas del Vecino:

F


Sí, amigos, por fin, El Vecino ya está en facebook. La iniciativa ha sido de José Antonio Serrano, y la página la lleva Pepo Pérez en persona. ¡A hacerse fans!

SE DICE DE JEKYLL Y HYDE

Algunos comentarios que hemos recogido sobre El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde (SM), el álbum que he publicado hace poco con Javier Olivares.

Una reseña en CLIJ 231, firmada por Gabriel Abril:

Una reseña en Dolmen 168, firmada por Koldo Azpitarte:

Un par de entradas en Ui Ar de Japis. La primera, centrada en nuestro libro. La segunda, comparándolo con otras adaptaciones de Jekyll y Hyde, como las de Mattoti o Snyder.

CHRISTOPHE BLAIN: "LA HISTORIA TIENE SU PROPIO MISTERIO"


HEREDERO DE LA GRAN TRADICIÓN DEL CÓMIC DE AVENTURAS FRANCÓFONO, CHRISTOPHE BLAIN HA ENCONTRADO LA FORMA DE ESCRIBIR CON EL DIBUJO.

El relevo generacional ha puesto en cabeza de la industria del cómic más potente de Europa, la francesa, a un grupo de dibujantes treintañeros agrupados bajo el poco original nombre de “nouvelle bd”. Formados en la independencia, los Joann Sfar, Blutch, David B. o Lewis Trondheim han demostrado ser capaces de madurar como autores con tirón comercial que no renuncian a una personalidad propia. En el pelotón de cabeza se encuentra Christophe Blain (1970). Sin duda uno de los más brillantes dibujantes de cómics del mundo ahora mismo, Blain se ha revelado además en los últimos tiempos como un guionista fascinante e inaprensible, que siempre se escapa por el último recoveco ante los ojos mismos del lector. Sus dos últimas obras publicadas en nuestro país le muestran en su faceta de autor completo, con Jacques (Norma Editorial, publicado originalmente en 2005), el tomo 5 de su extraordinaria serie Isaac el Pirata, y como dibujante al servicio de los guiones de Sfar, en la primera entrega de Sócrates el semi-perro, titulada Heracles (Sinsentido, publicado originalmente en 2002).

Al inicio de Jacques, mientras Isaac el pintor pinta un cuadro que no va a vender a nadie, le preguntan: “¿Y por qué lo pintas?” “Para ver si todavía soy pintor”. ¿Te identificas con Isaac?

En mis historias pongo muchas cosas tomadas de mis experiencias, o que he estado observando, pero nunca son autobiográficas. Reparto mis experiencias entre distintos personajes, y a veces soy completamente un personaje y luego me distancio de él. Con eso consigo dar a los personajes personalidades complejas y sorprendentes, estando en todas partes, pero a la vez en ninguna y mezclando personalidades que he estado observando y que no se me parecen para nada. Cuando Isaac dice eso, estoy más bien pensando en la práctica del dibujo que en el cómic. No es exactamente lo mismo. No es el mismo proceso. En Isaac no me refiero tanto a mi oficio como historietista, porque Isaac realmente no escribe, es un observador. Es lo que se le pide.

¿Te consideras vocacionalmente más historietista o dibujante?

Las dos cosas. Al principio era más dibujante, pero ahora como trabajo sólo en mis propias historias tiendo a cada vez más a ser historietista.

En tus historias resulta imposible distinguir el guión del dibujo. Da la impresión de que están escritas con el dibujo.

Es verdad.

¿Partes de un guión escrito?

No. Parto de un storyboard, y tengo alguna situación, entonces empiezo a escribir a partir de ahí e introduzco algunas modificaciones. Aunque el dibujo sea un croquis muy básico, se podría entender toda la historia sólo con el storyboard.

¿Necesitas que la historia te sorprenda?

Sí. Siempre tengo la sensación de que la historia se escribe sola, de que tiene su propio misterio. Si tengo la sensación de que sé exactamente lo que quiero decir, de que quiero controlarlo, es posible que escriba situaciones que sólo sean tópicos y que el lector no se quede sorprendido, y el lector verá desde mucho antes a dónde quiero ir.

Jacques es quizás el mejor álbum de la serie porque es el más orgánico, y nunca tienes la sensación de saber exactamente lo que está pasando.

Estoy muy contento de que me digas eso. Intento guardar lo más posible eso y no tener una idea definitiva de lo que quiero contar antes de escribir la historia, o incluso mientras la estoy escribiendo. Aunque a veces me pasa. Tengo un sentimiento de globalidad y sé a dónde tengo que ir y me he dado cuenta de que eso me bloquea. Es malo cuando escribo demasiado con ideas. Tengo que escribir con la vida de los personajes y que sean ellos los que guíen la historia, y que no transmitan un mensaje, una moraleja o las ganas de llegar a un punto concreto.

Ahora tienes parado Isaac el pirata. ¿Has llegado a un punto en que necesitas descansar para saber qué hacer con esa serie?

Quería probar con otras series, más construidas sobre la sensación de universo y la emoción de los personajes, más graciosas. Es por ello que he creado un nuevo personaje que se llama Gus, que es más ligero, más fluido que Isaac. Puedo caricaturizar el western y eso me permite ser exagerado, sin límites, porque el western es de por sí exagerado. Me parecía que a Isaac le faltaba diversión, comedia. Quería usar cosas totalmente exageradas para que cuando contaba otras cosas más sutiles hubiera contrastes más fuertes. Ahora lo digo así, pero cuando lo estaba haciendo era muy intuitivo, y lo sigue siendo, y no lo he analizado antes.

Pero sí eres consciente de rescatar elementos típicos del cómic frente a elementos más típicos del cine.

En el ritmo que intento imponer a los personajes y al lector. Los códigos del western se han vuelto clichés que conoce todo el mundo, y eso me permite usar todavía más rupturas, y donde más puedo usarlo es en los elementos cómicos, porque juega mucho con la complicidad del lector, una especie de complicidad literaria para expresar lo cómico. También puedes expresar emociones, pero nunca tendrás la fuerza del cine para expresar sensaciones más abruptas. El cine tiene la posibilidad de sacar emociones del espectador que son más inmediatas, más sensuales. El cómic juega más con la complicidad intelectual con el lector. El lector tiene que jugar con los códigos del dibujante y el autor. Es menos abrupto.

Pero a ti sí te interesa mucho lo emocional “brutal” en el cómic.

Sí, pero no puedo traducir de una manera tan fuerte la emoción de los personajes.

Sobre la nouvelle bd se ha lanzado la crítica de que le falta profundidad, sobre todo desde Estados Unidos y en comparación con sus historietistas de vanguardia.

Yo hago lo que quiero hacer. Hago lo que puedo con los medios que tengo y los límites que tengo y no tengo que compararme con otros autores. De hecho, leo muy poco a los otros y lo que me interesa de los autores es estar fascinado por ellos, y ya está, no me importan las corrientes ni las épocas de las que forman parte ni de qué país.

Creo que parte de la crítica proviene de la reutilización de los géneros clásicos. ¿Plantea problemas especiales lo contemporáneo?

Tenía la necesidad de generar aventuras porque tenía ganas de contarlo. Ahora empiezo a tener la necesidad de hacer otras cosas y de tener otras cosas que contar. Tengo ganas de contar historias contemporáneas y estoy apuntando y escribiendo cosas contemporáneas.

El western ya lo habías tratado con David B. en Las aventuras de Hiram Lowatt y Plácido (Planeta-DeAgostini). También has colaborado con Lewis Trondheim y Joann Sfar en La mazmorra y ahora, con este último en Sócrates el semi-perro.

Son amigos con los que trabajo en talleres con los que hay una gran complicidad, y trabajo muy fácilmente sin necesidad de intermediarios ni diplomacia. Siempre es un trabajo que desde el punto de vista de la comunicación con ellos resulta muy fácil. Me fío de ellos, me fío de sus historias, nos gusta mucho reírnos juntos. Me daban sus storyboards, son dibujantes extraordinarios. Siempre les he pedido que pongan los menos elementos posibles. Sólo tenía que preocuparme de la puesta escena y ellos también se han fiado mucho de mí.

Viendo lo que has hecho luego, los álbumes con hiciste con David están muy en sintonía con tu trabajo, sin embargo Heracles parece mucho más de Sfar.

Sí, Lewis y Joann cuando me escribían las partes de acción, al cabo de un tiempo ya no se esforzaban por hacerme un storyboard porque sabían que la acción y el ritmo era mi universo. De modo que no hacían grandes invenciones ni esfuerzos porque sabían que era yo quien me iba a ocupar de esta parte. Yo les decía “Podíais esforzaros un poco”, y ellos me decían “Oh, sabemos que es tu especialidad, es mucho más divertido y así no te masticamos el trabajo”. Lewis y Joann no fundan el interés de sus historias sobre la acción, y yo sin embargo sí, para mí la acción es el máximo interés.

¿Nunca te has planteado escribir para otro?

No.

¿Cómo se pueden hacer más de quince álbumes en diez años?

No es tanto. ¿Cuántos ha hecho Joann, cuántos ha hecho Lewis? Joann a lo mejor ha hecho cien en diez años.

En España tenemos ahora la sensación de que hay un momento de euforia, que hay un momento de cambio en el cómic hacia un mayor reconocimiento. ¿Esto también se ve desde Francia?

Sí. Nos aprovechamos de esta situación, y esperamos que dure. En Francia hay un montón de títulos cada año, demasiados, y he tenido la sensación de que todo va a desmoronarse en algún momento. No sé cómo va a evolucionar, pero lo cierto es que cada vez hay más posibilidades de hacer cosas distintas. Es por eso por lo que a mí me apetece trabajar mucho, para aprovechar la situación lo más posible.


[Publicado originalmente en ABCD 798, 19 de mayo de 2007]

Aprovechando que Blain está de actualidad con la publicación del tercer libro de Gus (véanse comentarios en La cárcel de papel y Es muy de cómic), rescato esta entrevista que le hice hace un par de años y que se publicó en formato reducido en el suplemento de letras y artes del ABC.

domingo, 8 de noviembre de 2009

OTRO VECINO

Ahora mismo se puede ver en los cines. Un privilegio.

viernes, 6 de noviembre de 2009

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¡MANDORLA!




En El Manglar nº 4 (Dibbuks, 2007), Pepo Pérez y yo publicamos la segunda historieta corta del Vecino, donde debutaba el supergrupo de Titán, Mandorla. Como ya escribí con anterioridad sobre las historias cortas del Vecino, aquí me voy a centrar en ésta.

Atención porque a algunos de los personajes que asoman por estas páginas los volveremos a ver en El Vecino 3 (Astiberri), como a la Legión Invisible. Y muchos tendrán importancia fundamental en El Vecino 4. Al principio no estaban previstos, pero al final les hemos ido cogiendo cariño y volvemos una y otra vez a ellos. Esto es lo que pasa cuando te pones a hacer historias, que sabes por dónde empiezan pero no sabes por dónde acaban.

LOS MEJORES CÓMICS DEL 2009 (AMERICANOS)

("Jillian in The Argument", Tim Hensley)

Otra lectura de aeroplano: The Best American Comics 2009. Una rápida puesta en situación: Best American Comics es una serie anual de libros que publica Houghton Mifflin Harcourt desde 2006. La editorial se ha hecho conocida por sus antologías de los más diversos géneros, iniciadas en 1915 con The Best American Short Stories, y que ya cuenta con series como Las mejores recetas americanas o Los mejores textos espirituales americanos. La idea es, pues, reunir en un libro una muestra representativa de lo mejor que ofrece la producción estadounidense (o de autores instalados en Estados Unidos) de un género o campo determinado durante un periodo determinado. Y aunque el concepto parezca bochornosamente comercialote y facilón, el mecanismo establecido para llevarlo a cabo ha convertido esta serie en un escenario privilegiado para hacer la foto de familia del cómic americano actual. Cada año es un editor invitado el encargado de seleccionar las historietas incluidas entre aquellas que han recogido los editores de la serie (por supuesto, el editor invitado también puede aportar historietas que no hayan sido previamente seleccionadas por los editores de la serie). Desde 2008, los editores de la serie son Jessica Abel y Matt Madden, dos autores de cómic con gran interés por la teoría y la pedagogía del cómic (han firmado el manual Drawing Words & Writing Pictures) . Y la lista de editores invitados de los cuatro primeros volúmenes es de primerísima línea: Harvey Pekar (2006), Chris Ware (2007), Lynda Barry (2008) y en este 2009, Charles Burns.

Por supuesto, este retrato de "los mejores cómics americanos del año" es también un retrato de exclusiones. En el prólogo de 2008, Lynda Barry advertía de que ella misma tomó la "injusta y arbitraria decisión de dejar fuera tiras diarias y chistes editoriales cuando elegía cómics para esta colección. Y aunque los dibujantes del New Yorker son de mis favoritos, también los dejé fuera". Excluidos también quedan los superhéroes y personajes licenciados, no siempre por motivos de calidad artística. En ese mismo tomo de 2008, Lynda Barry había seleccionado el Batman Year 100 de Paul Pope, pero DC no concedió permiso para reeditar algunas páginas en el volumen. Así, este "los mejores cómics" acaba identificándose con "los mejores cómics alternativos americanos" del año. Sólo que ya no son realmente cómics alternativos. Son cómics generales, que se venden en las librerías generales, y que lee el público que no va a librerías especializadas en cómic. O dicho de otra forma, estamos hablando de "lo mejor de la novela gráfica americana" en un año determinado. Y, por supuesto, se sirve en formato de novela -un libro de más de 300 páginas en cartoné con sobrecubierta- para lectores de novela que no tienen por qué estar necesariamente al día de lo que se cuece en el mundillo del cómic. Me pregunto cuántos de los lectores de este Best American Comics sólo comprarán este cómic en todo el año.

El escenario de la novela gráfica americana contemporánea que queda reflejado en este volumen se muestra muy consolidado. Nadie que siga con un poco de atención la actualidad se va a llevar ninguna sorpresa. Como dice Burns en la introducción, "hoy en día, si eres un historietista de talento razonable, es difícil permanecer bajo el radar mucho tiempo". Y a continuación, señala que de las 36 piezas elegidas para el libro, 20 pertenecen a historietistas previamente publicados en las tres ediciones anteriores de Best American Comics. Ésta es quizás la encrucijada en la que se encuentra ahora mismo la novela gráfica: ya no basta con hacer "cómic adulto". Eso ya no es novedad, y muchos grandes autores jóvenes se han revelado en los cinco últimos años. Se han empezado a consolidar ciertas formas y tendencias y parece que ya se distinguen claramente determinados caminos a seguir. El desafío de los próximos años, pues, tal vez no esté en la osadía, como hasta ahora, sino en la calidad. Se ha reclamado un espacio y el público parece dispuesto a atender esa reclamación. Ahora hay que ver qué van a hacer los historietistas con ese espacio.


("Indian Spirit Twain & Einstein", Michael Kupperman)

Este Best American Comics da testimonio de esos caminos que se van consolidando, y de esos artistas que empiezan a marcar estilos. Por un lado, la línea del relato personal, basado en la memoria sentimental e íntima. Dos (tres, en realidad) grandes -grandísimos- nombres lo señalan en este tomo, Art Spiegelman ("Portrait of the Artist as a Young %@#*!!") y Robert Crumb con Aline Kominsky-Crumb ("Our Beloved Tape Dispenser"), y lo siguen muchos otros, desde Laura Park hasta Mimi Pond, Gabrielle Bell o Dan Zettwoch. En el extremo opuesto podríamos decir que se encuentra una familia más experimental y menos narrativa, de la cual aparecen en este volumen dos de sus grandes inspiradores, Gary Panter ("Dal Tokyo") y Jerry Moriarty (con toda una serie de piezas). En esta línea están trabajando artistas como CF, Anders Nilsen, Al Columbia, Ron Regé Jr. o Michael Kupperman (autor de la portada del libro, por cierto). Entre estos dos límites, hay intentos de encontrar una forma de hacer una nueva ficción que no sea un simple reflejo de la literatura ni del cine y que es donde podrían situarse los trabajos que aparecen aquí de Sammy Harkham y Dash Shaw, a quienes menciono como tal vez los dos nombres más prometedores de la nueva ola. Pero en esta misma vía se ubicarían las páginas de nombres ya tan venerados como los de Daniel Clowes ("Justin M. Damiano", que apareció en la recopilación de ficción editada por Zadie Smith The Book of Other People) , Peter Bagge (el drama histórico "Artist vs. Artisan"), Chris Ware ("Jordan W. Lint"), Gilbert Hernandez ("Papa") o Ben Katchor (varias páginas humorísticas).

Quizás el historietista paradigmático del momento actual, tras su rápido ascenso a la fama por las páginas que ha publicado en MOME, sea Tim Hensley, que significativamente abre y cierra el volumen con su serie "Gropius". Hensley practica un humor provocativo y escatológico sobre estructuras convencionales, apropiándose del lenguaje de los cómics de adolescentes como Archie. En su trabajo vemos en gran medida la postura de muchos de los novelistas gráficos actuales, con la mirada vuelta hacia atrás, hacia la tradición del cómic convencional -juvenil- con el que se han criado, mientras intentan avanzar hacia el cómic adulto. Pero ese avance se hace de espaldas, sin saber muy bien hacia dónde caminamos, y si el siguiente paso nos va a llevar a los brazos de un público acogedor o solamente un poco más cerca de un abismo que ni siquiera imaginamos.

("The Company", Matt Broersma)

martes, 3 de noviembre de 2009

I FINALLY KNOW WHAT I'M GOING AFTER

HERMANOS DE TINTA


Jaime y Gilbert Hernandez son dos de los pilares más importantes del cómic alternativo americano. En los últimos meses han coincidido en nuestras librerías varias de sus nuevas obras.


En su crítica de La educación de Hopey Glass, publicada en el prestigioso The Comics Journal, Tim O’Neil se lamentaba de que ya no queda nada que decir de Jaime Hernandez: “Su solidez es su propio peor enemigo”. El reseñista parecía incapaz de hacer otra cosa que dejar testimonio de una trayectoria intachable que a lo largo de 25 años de creatividad ininterrumpida no ha tenido altibajos apreciables. Hablando en plata: se quejaba de vicio. Si Jaime ha tenido una trayectoria muy estable, ha estado estabilizada en la excelencia. Una excelencia tan portentosa que, a pesar de que cada vez que abrimos uno de sus tebeos sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar, siempre nos sorprende como si fuera la primera vez. La educación de Hopey Glass (La Cúpula) es fácilmente uno de los tres mejores cómics aparecidos en 2008 en nuestro país.


Tebeos y cohetes

La saga de los Hernandez es fundamental para entender el cómic americano moderno. Jaime (1959) y Gilbert (1957), junto a su menos pródigo y talentoso hermano mayor Mario (1953), empezaron a publicar sus historietas en la cabecera Love & Rockets, que desde 1982 editaría Fantagraphics, el sello editorial más importante del cómic alternativo americano (y editor de The Comics Journal, por cierto). Love & Rockets probablemente fuera, junto a las revistas Raw, de Art Spiegelman, y Weirdo, de Robert Crumb, el hecho más decisivo para la aparición de una nueva vía creativa en el cómic americano, una vía que recogía las cenizas del underground y las mezclaba con naturalidad con el tebeo comercial de los años 60. Jaime y Gilbert (o Beto, como también firma) aspiraban a hacer historietas de autor como las de Crumb, cuyo Zap Comix ya les había marcado en 1968. Pero sus influencias también recogían desacomplejadamente las lecturas infantiles de tebeos como Daniel el Travieso o Archie, y de los grandes de la Marvel original, Jack Kirby y Steve Ditko. Los Hernandez fueron la primera generación que reconciliaba la tradición marginal con la comercial. Love & Rockets causó un asombro inmediato, y en su estela Daniel Clowes, Peter Bagge y otros empezaron a reclamar un territorio inexplorado que hoy está siendo refundado como los Estados Unidos de la Novela Gráfica.


Locas de amor

Inevitablemente, la carrera de Jaime y la de Beto serían leídas en paralelo desde su inicio. A pesar de las profundas diferencias que hay entre la producción de uno y otro hermano, algunos aspectos comunes saltaban a la vista. Al mismo tiempo que acudían a la gran reserva común de la cultura popular americana (no sólo los cómics, sino también el rock y muy especialmente el punk), también dejaban patente en cada viñeta sus raíces hispanas. Nacidos en Oxnard, California, los Hernandez eran estadounidenses de primera generación. Su padre había llegado desde Chihuahua buscando trabajo, y su madre era texana, pero su familia se remontaba a los tiempos en que Texas pertenecía a México. Hasta aquel momento, las cuestiones identitarias habían tenido una presencia casi nula en el cómic americano, y nunca había habido un tebeo protagonizado por personajes hispanos que triunfara entre un público lector mayoritariamente blanco anglosajón. Para colmo, los protagonistas de las historias de los Hernandez eran mujeres, algo también inaudito, especialmente si no hablamos de mujeres objeto. Las mujeres de Jaime y de Beto eran mujeres de verdad.


Pero más allá de esas semejanzas superficiales, cada uno de Los Bros ha sabido construirse su propio universo narrativo y gráfico y contar historias muy distintas con sus propias reglas. Jaime ha desarrollado una especie de novela-río fragmentaria alrededor de Maggie Chascarrillo y Hopey (Esperanza) Glass, dos encantadoras punkettes de principios de los 80, amantes ocasionales, a las que los años cargan del peso de los desengaños y, en el caso de Maggie, de los kilos que gana con un realismo conmovedor. La primera mitad de La educación de Hopey Glass está dedicada a la vida de Hopey después de Maggie, mientras que en la otra mitad vemos cómo intenta sobrevivir a la misma pérdida Ray Dominguez, otro de los personajes que puebla el universo de Locas (nombre general con el que es conocida la serie). La técnica narrativa de Jaime, elíptica y alusiva, más basada en la ausencia que en la presencia, en la consecuencia que en la acción, permite que cualquier recién llegado pueda acceder de inmediato a esta saga con más de 20 años de historia.


Más allá de la frontera

Mientras que Jaime recreaba Oxnard en el imaginario barrio de Hoppers, Beto se labró una reputación con las historias de Palomar, un pueblo sin teléfono al sur de la frontera. El culebrón fantástico, que saltaba adelante y atrás en el tiempo para revelarnos los secretos de los habitantes de la aldea, suscitó de inmediato comparaciones entre Palomar y el Macondo de Gabriel García Márquez. La figura central de las historias de Beto era una matriarca, Luba, bañadora de hombres caracterizada por sus fellinianos pechos y el fálico martillo que siempre lleva en ristre. Una frase advierte al lector al inicio del primer volumen de Palomar, que acaba de ser reeditado por La Cúpula: “Donde los hombres son hombres y las mujeres necesitan sentido del humor”.


Love & Rockets terminó en 1996, al llegar a su número 50. Los Hernandez refundaron su revista entre 2000 y 2007, y a finales de 2008 acaban de publicar el primer número del tercer volumen. En él, Jaime visita regiones periféricas de su universo, y mezcla tópicos con sentimientos en una historia de superheroínas vinculada tangencialmente con sus Locas. Mucho más arriesgado se ha mostrado siempre Beto, como bien demuestran sus últimos trabajos. Una oportunidad en el infierno (La Cúpula), es una novela gráfica cuya relación con el mundo de Palomar se establece en el plano del metalenguaje: representa la primera película donde actuó Fritz, hermanastra de Luba. Es una ficción dentro de una ficción. El último título de Beto aparecido en Estados Unidos, Speak of the Devil, es la segunda de las películas de Fritz. Ambas obras parecen contagiadas del espíritu grindhouse que llevó a Quentin Tarantino y Robert Rodríguez a filmar su recreación del cine de serie B de los 60. Beto se confiesa también fascinado por las películas de exploitation, que en su exceso de sexo y violencia gratuitos llegan casi a la abstracción. Pero Beto, como autor que es, se siente obligado a transformar los códigos de la subcultura en alegorías de resonancias inagotables. Ese es el sino de los hermanos Hernandez, refundir la cultura de masas en una obra personal. O lo que es lo mismo: hacer tebeos que son gran arte, gran literatura.


[Publicado en ABCD nº 889, 14 de febrero de 2009]

LOS BROS ADVENTURE NUMBER 3


25 horas de avión dan para mucho, sobre todo si no te duermes. A cambio, puedes optar por el placer de leer a 10.000 metros de altura, que es algo que uno no hace todos los días. Como quería asegurarme de tener buena compañía entre las nubes, metí en el equipaje de mano el nº 2 de Love and Rockets: New Stories, el volumen 3 de la cabecera de los hermanos Hernandez.

La verdad es que el número 1 me había decepcionado un poco, sobre todo por la aportación de Jaime, que publicaba las dos primeras partes de una historieta titulada "Ti-Girls Adventure Number 34". En este número 2 aparecen los dos capítulos con los que concluye la cosa, que haacabado ocupando cerca de 100 páginas. O lo que es lo mismo, el equivalente a cuatro comic books de Jaime dibujando aventuras de superheroínas. ¡Jaime y superheroínas! Fantástico, ¿no? Pues, por mucho que yo quería, esta segunda entrega tampoco consiguió entusiasmarme demasiado. Y digo que yo quería porque a pocos historietistas admiro más que a Jaime Hernandez, a quien no pongo por debajo de nadie. Pero tengo la sensación de que esta "Aventura número 34" no le ha funcionado del todo.

Jaime toma a Angel, la amiga de Maggie, y la junta con su vecina Alarma y con otro nutrido grupo de superheroínas (entre las que se encuentra una tragicómica Penny Century que por fin ha cumplido el sueño de su vida de conseguir superpoderes) y las lanza a una odisea cósmico-costumbrista donde el detalle humano tan propio de Jaime se mezcla con la alegoría psicológica tan propia de los superhéroes de toda la vida. La cosa vendría a ser como una aventura de los Vengadores de Stan Lee y Jack Kirby protagonizada por una pandilla de superlocas. No se trata de superhéroes deconstruidos, o reconstruidos desde un punto de vista original o nuevo, son más bien superhéroes criados en el caldo de cultivo de la historia y el folklore de los superhéroes clásicos. Superhéroes sobre superhéroes, superhéroes tradicionales. Y de hecho, la resolución -en la que interviene de forma decisiva Maggie- está íntimamente ligada con el mismo hecho de leer tebeos de superhéroes.

Todo está tan exquisitamente desarrollado como se puede esperar de un maestro de las viñetas en plena madurez como es Jaime, que sabe combinar el humor con el drama en la misma viñeta y que es capaz de dibujar exactamente lo que quiere, como quiere y cuando quiere. No es que sea correcto, es que por momentos es hasta brillante. Pero por algún motivo, algo falla. El terreno intermedio entre tomárselo en serio y tomárselo con distancia irónica -aunque evidentemente respetuosa- acaba siendo plano y un poco estéril. Y más de una vez, siguiendo las apocalípticas genealogías superheroicas creadas por Jaime para la ocasión, yo me quedaba preguntándome a dónde llevaba todo esto. Algo parecido a lo que me pasó con la lectura del número 1 de Strange Tales, el tebeo de Marvel hecho por autores alternativos que salió hace unos meses. Bueno, en realidad, con Strange Tales no cabía duda alguna. No iba a ningún sitio, ni falta que le hacía. Las historias cortas se disfrutaban y consumían en sí mismas, y no pedían ninguna continuación. Pero aquí estamos hablando de Don Jaime Hernandez y de 100 paginazas que ha estado dibujando durante dos o tres años. Dos o tres años de vida historietística de Jaime Hernandez son demasiado valiosos para desperdiciarlos. ¿Ha merecido la pena este "Ti-Girl Adventure Number 34"? Ahora mismo no me lo parece, aunque es posible que dentro de un año me lo relea, me parezca maravilloso y me meta corriendo en mi cuenta de blogger a borrar este post y sustituirlo por otro en el que exalto sus virtudes. No sería la primera vez... O sea, sí sería la primera vez que hago eso en un blog, quiero decir que no sería la primera vez que cambio de opinión, ejem.

Sobre Jaime pesa una sospecha desde hace tiempo. Después de 25 años contando las historias de Maggie y Hopey, ¿es capaz de contar otra cosa? No es que sea necesario, por supuesto, pero ese apego a una sola historia es inaudito en el mundo del cómic alternativo. Parece más propio de un autor de tira de prensa clásica, de esos que se pasaban toda su vida con una sola serie. Y bien, por mi parte no hay problema en que Jaime se pase toda su vida (y la mía, si es posible), contándonos las peripecias de Maggie y Hopey. Pero no podemos evitar pensar: ¿llegará algún día el agotamiento? ¿Si un día no quedan historias que contar de las locas, qué nos va a contar Jaime?

Frente a la estabilidad temática y formal de Jaime, Beto lleva unos años demostrando que él es el hermano loco. Su aportación a Love and Rockets: New Stories 2 entronca con la disparidad de historietas que está firmando últimamente, con especial incidencia en lo surrealista y lo casi abstracto. En este Love and Rockets, además de "Sad Girl", otro más de sus relatos entrecortados protagonizados por una jovencita hipermamaria sometida al encuentro con un mundo raro, hay una larga historieta sin palabras de contenido onírico, "Hypnotwist", que parece continuar estéticamente de "?", incluida en el número 1. Beto lleva mucho tiempo intentando sacudirse el polvo del camino de Palomar, buscando salidas y ensayando maniobras. A veces da el golpe y a veces le estalla el petardo en la cara, pero su inquietud es un verdadero estímulo. Y cuando un autor de talento se arriesga, suele dar en el blanco más veces de las que yerra. Las novelas gráficas que está publicando últimamente -y que son muy próximas en tono e intenciones a lo que ha salido en los dos primeros Love and Rockets- son, como mínimo, fascinantes. La Cúpula acaba de publicar una, Hablando del diablo, que pertenece a su serie de "películas imaginarias" de Fritz, donde resoba los tópicos del cine setentero de exploitation. O, al menos, esa es la intención expresa y declarada de Beto, aunque en realidad estas películas de papel parecen más inspiradas por el cine de arte y ensayo de aquella década. Me refiero a aquellas películas incomprensibles con tetas, música psicodélica, moteros, drogas y un asesinato en una playa que a veces ponían incluso en alguno de los dos únicos canales de la televisión pública de entonces, la de la Transición. El caso es que Beto ha decidido hacer trash de autor, y creo que en ese empeño hay algo de buscar lo indescifrable que transmiten los productos infames de lo que hablaba hace unas semanas, cuando comenté Eclipso.

Acabo de recordar que hace tiempo escribí un texto sobre Los Bros para el ABCD, y creo que éste es el momento para recuperarlo.

(Otra visión de Hablando del diablo en La cárcel de papel).

UNDERGROUND Y ALTERNATIVO

Acabo de recibir una copia de Del tebeo al manga. Una historia de los cómics 6. Del comix underground al alternativo (Panini), por cortesía del editor de la colección, Toni Guiral, un tío genial, cuyo nombre tanto juego ha dado en los comentarios del post anterior sobre leyendas argentinas. Si sacar adelante este proyecto ya es un esfuerzo heroico digno de grandes ovaciones y hasta de hacer la ola a su responsable (aunque no sé si está teniendo el eco que merece en el comics mundill), este tomo en concreto es para mí muy especial. Primero, porque Toni me ha permitido participar en él en mayor medida que en ocasiones anteriores, y segundo, porque entronca directamente con mi libro de La novela gráfica, con el que, es obvio decirlo, tiene muchos puntos en común. En este volumen, además de con un informe previo (del que Toni ha extractado algunos fragmentos en la introducción), he participado con cinco textos: Raw, Weirdo y Love and Rockets: nace lo alternativo; American Splendor: ficciones cotidianas; Eightball: el mundo de Daniel Clowes; Acme Novelty Library: el anti-comic book de Chris Ware y una biografía de Chris Ware. Otros colaboradores que participan en el tomo bajo la dirección de Guiral son Marc Bernabé, Norman Fernández, Pepe Gálvez, Alberto García Marcos, Juan Carlos Gómez, Breixo Harguindey, Rubén Herrero de Castro, Eduardo Martínez-Pinna, Alfons Moliné, Antonio José Navarro, Juanjo Sarto, Luis Vigil y Yexus.

Todavía no he tenido ocasión de leer el libro, pero no dejo de hojearlo alucinado. Solamente por la cantidad y pertinencia de las imágenes que Toni y su equipo han conseguido reproducir, ya vale lo que cuesta. Hay de todo, desde publicaciones underground de los 50 y 60 hasta muestras de cómics alternativos periféricos (o sea, no norteamericanos ni franceses), pasando por... ¡un comix underground de la Unión Soviética! No creo que haya ahora mismo en español otro libro que ofrezca una información comparable sobre una etapa de la historia del cómic tan crucial para entender la novela gráfica contemporánea. Y es más, creo que no nos damos cuenta de que proyectos como éste no surgen todos los días. Su modelo más evidente es la Historia de los comics (Toutain) de Javier Coma, y de ésta han pasado más de 25 años. Y me extrañaría que surja otro trabajo de envergadura comparable al que capitanea Guiral, figura crucial, en los próximos 25 años.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LEYENDAS ARGENTINAS

Para completar el tema argentino, quiero mencionar dos nombres clásicos de la historieta de allá. Si el presente y el futuro son dibujantes como Lucas Varela, el pasado glorioso son nombres como Divito y Lino Palacio. El diario Clarín sacó un par de colecciones de historieta en años recientes y uno de sus tomos estaba dedicado a estos dos historietistas que vivieron su momento de esplendor hacia mediados del siglo XX. La colección es modesta en calidades materiales (papel y reproducción), pero generosa en número de páginas y bien arropada por textos de expertos, lo que la convierte en una ganga.

Divito y Lino Palacio fueron dos de los reyes del humor argentino hacia los años 40-50. Trabajaban en prensa y en revistas cómicas, para niños y para adultos. Crearon innumerables personajes que jugaban con los estereotipos y con la crítica de costumbres. Algunos de los que aparecen recogidos en este volumen son el tigre amable "Óscar, dientes de leche", el orondo "Bómbolo" o el increíble "El otro yo del Dr. Merengue", protagonizado por un señor muy severo y su desaforado alterego invisible, que responde iracundo a todo aquello que el yo consciente reprime. Todos estos personajes eran de Divito (1914-1969), que se hizo famoso especialmente por sus chicas elegantes y modernas de cintura de avispa. Como dice Diego Accorsi (de quien tomo todos los datos que menciono en este texto) en la nota sobre los autores que acompaña al volumen, "Rico Tipo [la revista creada por Divito en 1944] llegó a vender 350.000 ejemplares semanales y ser una chica como las de Divito era el sueño de las argentinas de la década del 50".

Si Divito es bueno, Lino Palacio (1902-1984) me ha conquistado por su ingenio sorprendente. Sus personajes también practican el tipismo, desde la criada pueblerina hasta la ama de casa viril, pasando por el empresario añiñado, pero el despliegue de inteligencia que hace el historietista en cada una de sus tiras es de primerísimo nivel. Tanto Divito como Lino Palacio muestran un talento gráfico y humorístico tan enorme (pertenecen a esa época dorada del humor gráfico en prensa en la que los estándares de calidad eran muy altos) que aún leídos con la distancia de tantas décadas añadida a la lejanía cultural, todavía siguen siendo divertidísimos. Ambos, curiosamente, tuvieron un final violento. Divito, que es descrito como "un playboy", murió con 55 años "al sufrir su quinto accidente automovilístico" (Accorsi). Palacio, por su parte, vivió hasta los 82, pero su final llegó cuando "Lino y su señora Cecilia Pardo de Tavera fueron asesinados, en un aparente intento de robo, por la ex pareja de su nieto y dos cómplices" (Accorsi de nuevo).

No he podido resistirme a ofrecer una pequeña muestra del talento de estas dos leyendas argentinas. Empezaré con Divito y una tira de su apacible Bómbolo:

"El otro yo del Dr. Merengue", muy excitado por la llegada de la Navidad, a pesar de la aparente sobriedad del protagonista.


Las famosas "Chicas":

Pasando ya a Lino Palacio, empezamos con tres páginas mudas genéricas:




Ramona, criada basta de enorme éxito en su día:
Doña Tremebunda: el nombre lo dice todo.


Tal vez la creación más deliciosa de Palacio (al menos de las que aparecen en este tomo) sea "Don Fulgencio", un empresario de aspecto serio con corazón de niño, que abandona una reunión de la junta directiva para irse a jugar con sus amiguitos y tira bombas de agua a otros críos en la playa. En las tiras de Don Fulgencio hay humor visual y humor verbal. Del primero sirve de ejemplo esta serie de tiras donde se emplea cualquier recurso para impedir que veamos la cara de Arturo, el mayordomo:
El humor verbal es aún más refinado. Alucinantes son las conversaciones que durante varias tiras seguidas mantiene Don Fulgencio con su amigo Rodolfo, que sólo es capaz de utilizar una vocal:

Palacio no debía de haber quedado suficientemente agotado con semejante exhibición vocal (que se prolonga durante muchas más tiras), porque después de la visita de Rodolfo, Don Fulgencio recibe la visita de Radragaz, cuya peculiaridad no cuesta mucho adivinar:

Según explica Pablo de Santis en el prólogo, otros amigos de Don Fulgencio fueron Fernéndez, Pitín y Ursulu. De locos, vaya.

Grandes humoristas, grandes historietistas. Si veis este tomo a la venta en alguna librería española (sé que hasta aquí han llegado), no lo dejéis escapar.

Actualización: Álvaro Pons menciona en los comentarios el personaje Fulmine, de Divito, y he añadido al post dos historietas suyas procedentes de este mismo volumen de la colección Clarín. Fulmine es el estereotipo del cenizo, pero su aspecto nos recuerda a alguien...


domingo, 1 de noviembre de 2009

LA PRIMERA

La primera viñeta de la nueva historieta corta del Vecino que Pepo Pérez y yo estamos haciendo para El Manglar nº 11.

VIÑETAS DE ALLÁ

La semana pasada volví de una visita a Argentina, la primera que hacía. Y como bien saben todos los que comparten nuestros pasos, los lectores de cómic añadimos siempre un turismo especializado al turismo general que practican las personas con la que viajamos. Además de comer jugosos bifes de chorizo para desayuno, merienda y cena y de visitar paisajes tan impresionantes como los del glaciar Perito Moreno, ningún lector de cómics que se precie puede pasar por un país con tanta tradición viñetera como Argentina sin asomarse, aunque sea mínimamente, al ambiente de "nuestra cosa". Es como si perteneciéramos a una religión que nos obliga a cumplir con cierto ritual en cada lugar del mundo que visitamos, y ese ritual conlleva visitar determinados templos.

Los templos del cómic son, por supuesto, las librerías especializadas, y en Buenos Aires tuve ocasión de conocer unas cuantas (gracias sobre todo a la amabilidad de Manuel Barrero, que me suministró una lista de direcciones escogidas). Si Buenos Aires en general me recordaba en muchas ocasiones al Madrid de hace treinta años, las librerías especializadas me recordaron a las librerías madrileñas de hace diez o quince años. Tiendas por lo general pequeñitas y abigarradas, cubiertas de papel de arriba abajo, y llenas también de muñequitos articulados y figuritas de coleccionista. El público era mayormente muy especializado, porque eran comercios muy especializados. No es que ese modelo de librería de cómic no perviva en España, que pervive, pero en cierta manera también se ha ido abriendo un poquito a otro tipo de público y otro ambiente más "generalista", por así llamarlo. Los cómics a la venta no eran muy distintos de los que tenemos aquí. La mayoría, de hecho, eran exactamente los mismos. Ediciones españolas de cómics americanos, de manga (mucho manga, por supuesto) y también algunos títulos incluso de editoriales como Astiberri, aunque de forma dispersa. Con lo bajo que está el cambio del peso, la importación de novelas gráficas españolas es un lujo excesivo para el lector argentino medio.

La novela gráfica, por cierto, no parece que haya llegado a Argentina. En general, tuve la impresión de que el cómic ocupa los mismos espacios que ocupaba aquí hace diez o quince años, al menos en cuanto al público juvenil y adicto a la aventura, los superhéroes y las series. Por otra parte, y a pesar de que también hay una crisis del cómic argentino, todavía se mantiene en la contraportada de los periódicos más importantes, y no parece que haya perdido del todo el papel que desempeñaba en la sociedad. El cómic sigue muy relacionado con la prensa y conserva un prestigio labrado por años de trabajo de grandes autores comerciales, pero todo eso parece la herencia de un modelo anterior, que no tiene que ver con la nueva posición cultural que está conquistando la novela gráfica en Europa y Estados Unidos.



Por supuesto, aproveché para traerme unos cuantos tebeos y obras teóricas de diferentes épocas y estilos. Sería obvio hablar aquí de las páginas de Oesterheld y otros clásicos, o incluso de la revista Fierro (nueva etapa), así que prefiero mencionar lo mucho que me gustó el para mí desconocido Lucas Varela, un pedazo de dibujante del cual me compré su recopilación Matabicho, poblada por personajes tan curiosos como Paolo Pinocchio o Dimitri el Leproso Bolchevique. Hablando de novela gráfica, por cierto, Varela protagonizaba uno de los ejemplos más claros de la misma que vi en las librerías de Buenos Aires, El síndrome Guastavino, con guión de Carlos Trillo y publicado por Random House Mondadori. No lo compré cuando tuve oportunidad y luego ya no pude ir a por él, de lo cual me arrepiento mucho. A ver si tenemos suerte y Mondadori lo trae por aquí, como ya ha hecho con Liniers. Varela menciona a Chris Ware, Jim Woodring, Charles Burns, Jiro Taniguchi, Joe Sacco, Daniel Clowes y Rutu Modan como nombres para entender su obra. Y se hace un flaco favor, porque tiene demasiada personalidad como para emboscarse entre tanto nombre grande, y conviene leerle sin prejuicios por las influencias (aunque alguna a veces salte a primer plano, como la de Chris Ware, ¿por qué es tan difícil de digerir?). Yo, por dar una referencia más próxima, diría que sus páginas no quedarían mal al lado de las de Paco Alcázar. En fin, si Lucas Varela ya ha publicado en España, agradezco cualquier pista o informe sobre dónde localizar sus páginas.

Lo que he escrito son las impresiones a vuelapluma de un simple turista. Desde nuestra orilla del Atlántico es Tebeosfera quien con más rigor está siguiendo las viñetas argentinas, y precisamente acaban de colgar una entrevista con Gustavo Sala, una de las figuras emergentes de allá que ya está apareciendo en El Jueves.

(La ilustración es de Lucas Varela y está, por supuesto, robada de su blog).

NO ES LO MISMO

En la Casa del Libro ya distinguen.





LA PALABRA Y EL DIBUJO





Robert Crumb, quien fuera el padre del cómic underground durante los 60, acaba de publicar un Génesis en viñetas donde el irreverente crítico social proclama haber seguido los textos sagrados al pie de la letra.


La historia más grande jamás contada se ha convertido en la historia más grande jamás dibujada por mano de Robert Crumb, que ha realizado durante los últimos cinco años la que podríamos denominar “novela gráfica definitiva”, el hito final que confirma el tránsito realizado por el cómic durante la última década desde los arrabales de la cultura a sus esferas más prestigiadas.
Por supuesto que el Génesis de Robert Crumb no es la primera adaptación (parcial) de la Biblia a las viñetas. Las sagradas escrituras han sido tradicionalmente fuente de numerosas historietas didácticas infantiles y hasta se han visto convertidas en manga. Pero este libro tiene un carácter completamente distinto, en primer lugar por ser su autor quien es. Y es que Crumb no es sólo el historietista más importante de la historia; es, sencillamente, uno de los mayores artistas vivos del mundo.

Los psicodélicos 60.
Robert Crumb (Filadelfia, 1943), hijo de un militar, empezó a dibujar cómics de niño bajo la influencia de su obsesivo hermano Charles, quien acabaría suicidándose en 1992 durante la realización del documental Crumb, de Terry Zwigoff, donde aparecía la familia al completo. Robert, aquejado de lo que algunos han llamado el priapismo de la pluma, se convertiría en un dibujante incansable, amamantado con los cómics del Pato Donald de Carl Barks y con La pequeña Lulú de John Stanley. Sus primeros pasos profesionales los dio como ilustrador de tarjetas de felicitación, pero no llegaría a entrar en el sistema editorial del cómic, muy cerrado a principios de los 60 debido a la crisis del sector. Crumb acabó buscando su propia salida y, tras mudarse a San Francisco, publicó en 1968 Zap nº 1, el cómic (o comix, como vendría a denominarse) que encendería la chispa del underground como parte del movimiento generacional juvenil de los 60.
Desde el principio, Crumb fue reconocido como el rey de la nueva ola, y como un gran artista por derecho propio. Robert Hughes lo comparó con Bruegel. Sus historietas hundían las raíces en las formas tradicionales del cómic, incluidos los animales antropomórficos, como su Gato Fritz, pero eran vehículos para la expresión personal que oscilaban entre la crítica social y las obsesiones sexuales.

Un revolucionario nostálgico.
Paradójicamente, Crumb, si bien era el portavoz de una generación, una figura al estilo de Bob Dylan o Jerry García, se sentía sin embargo ajeno a ésta. Nostálgico de la Norteamérica previa a la cultura de masas, consideraba que la cima de la modernidad se había alcanzado en los años 20, y desde entonces todo iba en decadencia. Aunque aceptaba gustoso el amor libre y consumía LSD, rechazaba el rock ‘n’ roll en favor del blues primitivo grabado en viejos discos de 78 rpm. Vestido con una indumentaria propia de Buster Keaton, interpretaba viejas canciones con su grupo The Cheap Suit Serenaders. A mediados de los 70 se volcó en la música, saturado de su fama como historietista y acosado por el fisco, que le reclamaba una deuda importante. Crumb se fue desligando cada vez más de la menguante escena underground y abrió una nueva etapa para el cómic adulto con su revista Weirdo en los años 80. Sus inquietudes temáticas se fueron diversificando y por fin, harto de Estados Unidos, se mudó junto con su mujer Aline Kominsky-Crumb y su hija Sophie, ambas dibujantes, a un pueblecito del sur de Francia.

El nuevo antiguo testamento.
Ha sido allí donde Crumb, un dibujante minucioso, ha dedicado innumerables horas a realizar este Génesis, un proyecto nacido a partir de algunos garabatos humorísticos en torno a Adán y Eva. Sin embargo, no se trata en absoluto de una adaptación satírica. Crumb, que ha manifestado a lo largo de toda su carrera su desconfianza y rechazo a las instituciones, y entre ellas a las religiosas, se presenta en esta ocasión sin embargo como simple “ilustrador”. Por supuesto que todo traslado de una obra de un medio a otro supone una adaptación inherente, pero lo que Crumb quiere poner de manifiesto son dos cosas: la primera, que el texto original del Génesis aparece íntegro en sus viñetas (la portada americana anuncia que incluye “Los 50 capítulos” y exclama que “¡No se ha dejado nada fuera!”); la segunda, que sus dibujos no han reinterpretado en clave irónica el texto, sino que han intentado representar lo descrito en él de la forma más escrupulosa posible.
Por supuesto, Crumb no necesitaba tocar ni una coma del Génesis para mostrarlo como una obra que continúa plenamente sus temas más propios, entre ellos la obsesión por las mujeres fuertes, representadas aquí por la línea matriarcal de Sara, Rebeca y Raquel.
En “Joe Blow”, una historieta publicada en 1969, Crumb parodiaba a la típica familia norteamericana haciéndola protagonista de un incesto institucionalizado. Y el incesto y la traición entre hermanos son algunos de los temas recurrentes del Génesis que se ponen de manifiesto cuando éste se ofrece “tal cual”. El Génesis puede verse, más que como una excursión inesperada, como la clave maestra para interpretar toda la obra de Crumb, que se revela a su luz como un inmenso proyecto para descifrar los mecanismos secretos de funcionamiento de la sociedad humana y de su unidad más esencial, la familia. Los comentarios sobre el texto que introduce Crumb en la parte final, donde analiza los mitos mesopotámicos que pudieron servir de material de base para las sagradas escrituras, muestran su interés por encontrar el sentido a lo que parece una caprichosa acumulación de sucesos descabellados. No es de extrañar que Crumb se sintiera atraído por un texto en gran medida velado y alegórico, informe y brutal, porque en eso se parece a las historietas que lleva realizando toda su vida.
Para Crumb, la Biblia no es la palabra de Dios, sino la palabra de los hombres, y su dibujo pone de manifiesto esa humanidad divina, ya que, por mucho que se empeñe el autor, no existe la fidelidad, sino la pretensión de fidelidad. El dibujo relee implícitamente las palabras. Decía Barthes que “El cuadro, escriba quien escriba, no existe sino en el relato que se hace de él”, y podríamos decir en este caso que el texto, dibuje quien dibuje, no existe sino en el relato gráfico que se hace de él. Igual que Pierre Menard reescribió el Quijote palabra por palabra como una obra propia, Crumb ha reescrito el Génesis dibujo por dibujo haciéndolo suyo.


[Texto publicado en ABCD nº 921, 31 de octubre de 2009].