Mostrando entradas con la etiqueta Crumb. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Crumb. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de marzo de 2010

CRUMBIANO

A lo largo de Kafka, el libro de Robert Crumb y David Zane Mairowitz, se insiste varias veces en la huella que el escritor checo ha dejado en nuestra cultura recordando el uso que solemos hacer del adjetivo "kafkiano". Efectivamente, no todo el mundo es capaz de dar lugar a un adjetivo de uso común. El autor del texto observa con mucha perspicacia: «¿Se habría convertido en el poderoso adjetivo "kafkiano" si su nombre hubiese sido Schwarz o Grodzinski o Blumenthal?»
Sirva como testimonio de la portentosa talla artística de Crumb que él también se ha convertido en un adjetivo en vida. Y aunque suene a blasfemia, casi podemos decir que Kafka es un escritor «muy crumbiano». Claro que, ¿utilizaríamos ese adjetivo si su nombre hubiese sido Smith o Johnson o Williams?
Ah, el destino incognoscible, y lo escribimos como más nos conviene...
Lo cierto es que este libro de Crumb, que ha tardado tres años en llegar hasta nosotros (en la estela del exitazo del posterior Génesis) pone de manifiesto esta portentosa talla artística de la que hablaba antes, ya que Crumb hace suyo un autor y un tema ajenos (y tan fuertes como Kafka, ni más ni menos), y además trabajando sobre el texto de otra persona. Es curioso cómo en obras aparentemente de encargo, o más alejadas de su universo personal, es cuando Crumb se revela más insobornablemente personal y más autoral: siempre encuentra el hilo de conexión con su propio mundo. Y es precisamente en estas obras en las que se nos revelan mejor las obsesiones más privadas (y dolorosas) de Crumb, que otras veces quedan camufladas entre los fuegos de artificio de sus farsas de chicas culonas y piernas recias. Tanto el Génesis como este Kafka son retratos asfixiantemente disfuncionales de la institución familiar y de la tribu. Las visiones del marginado, podríamos decir.
Y si esto es así, y si Kafka es un apasionante viaje por el reino del dibujo, una obra maestra de la caricatura contemporánea, ¿entonces por qué sentimos cierto complejo al rastrear semejante obraza en lo que no deja de ser un simple libro de introducción básica a Kafka? Es decir: ¿no hay cierta descompensación entre la categoría artística del dibujo de Crumb y el resultado final del libro en el que se ha publicado? No quisiera que se me malintepretase: el texto de Zane Mairowitz está muy bien escrito, es muy ameno e informativo, y se lee con gusto y provecho. Pero no deja de ser un Kafka para principantes, un libro divulgativo de calado muy menor, que difícilmente merece como tal el reconocimiento cultural que sí merece el trabajo de Crumb en este mismo volumen.
Y creo que este «complejo», esta sensación de inferioridad nace de un pecado original del cómic que todavía estamos lejos de superar. Por el mero hecho de aparecer publicado como libro, lo juzgamos como libro, y como libro, nos parece insuficiente, o al menos banal.
Por supuesto, sería muy distinto si este Kafka fuese un documental sobre el escritor checo. Aunque incluyera menos información y menos rigurosa que el texto de Zane Mairowitz, a nadie se le ocurriría despreciarlo en comparación con los más sesudos estudios literarios sobre Kafka. Se aceptaría como película, como documental, y se le juzgaría en esos términos. Nadie pensaría que está simplificando Kafka. Simplemente, el cine es así, son sus herramientas.
De hecho, en Historia del Arte más de una vez me pusieron algún documental en clase: sobre Cellini, sobre Goya o sobre los neandertales. A nadie se le ocurría pensar que aquello sustituía a los sesudos estudios sobre Cellini, Goya o los neandertales que doblegaban las baldas de la biblioteca. Pero se ofrecían por su valor divulgativo, y en eso se valoraban.
Dudo mucho, sin embargo, que en ninguna universidad se sugiera estudiar a Kafka partiendo de este volumen.
Y es una lástima, porque es una excelente introducción. Pero... hay libros mejores, si es que vas en serio.
Claro que, ¿y si consideramos que Kafka no es un libro? ¿Y si consideramos que Kafka es un cómic, y que por tanto hay que juzgarlo de acuerdo a un criterio distinto del que usaríamos para un ensayo literario? Porque no es mejor ni peor, sino, simplemente, otra cosa.
A lo que voy, finalmente, y para no aturdir(me) más es a que una de las grandes batallas a librar en los próximos años es ésta: la de reconocer el cómic como tal, y no como una forma híbrida, bastarda o degenerada. Y esto se ha de conseguir con la propia producción de obras que pongan en cuestión esos planteamientos, pero también con una toma de conciencia por parte de quienes escribimos sobre cómic de que las fronteras formales del cómic son borrosas y mutables. Podemos juzgar Kafka como un libro ilustrado que incluye historietas, y no estaremos entendiendo nada y le estaremos haciendo un pobre servicio a la obra. O podemos entender Kafka como un cómic -o una novela gráfica- que hace uso de la prosa como herramienta, pero que se ha de leer y entender como un cómic en su conjunto.
Y entonces, no podremos decir que es inferior o más simple que los textos que atormentan a los estudiantes de Filología en nuestras universidades.
Sólo distinto.

domingo, 1 de noviembre de 2009

LA PALABRA Y EL DIBUJO





Robert Crumb, quien fuera el padre del cómic underground durante los 60, acaba de publicar un Génesis en viñetas donde el irreverente crítico social proclama haber seguido los textos sagrados al pie de la letra.


La historia más grande jamás contada se ha convertido en la historia más grande jamás dibujada por mano de Robert Crumb, que ha realizado durante los últimos cinco años la que podríamos denominar “novela gráfica definitiva”, el hito final que confirma el tránsito realizado por el cómic durante la última década desde los arrabales de la cultura a sus esferas más prestigiadas.
Por supuesto que el Génesis de Robert Crumb no es la primera adaptación (parcial) de la Biblia a las viñetas. Las sagradas escrituras han sido tradicionalmente fuente de numerosas historietas didácticas infantiles y hasta se han visto convertidas en manga. Pero este libro tiene un carácter completamente distinto, en primer lugar por ser su autor quien es. Y es que Crumb no es sólo el historietista más importante de la historia; es, sencillamente, uno de los mayores artistas vivos del mundo.

Los psicodélicos 60.
Robert Crumb (Filadelfia, 1943), hijo de un militar, empezó a dibujar cómics de niño bajo la influencia de su obsesivo hermano Charles, quien acabaría suicidándose en 1992 durante la realización del documental Crumb, de Terry Zwigoff, donde aparecía la familia al completo. Robert, aquejado de lo que algunos han llamado el priapismo de la pluma, se convertiría en un dibujante incansable, amamantado con los cómics del Pato Donald de Carl Barks y con La pequeña Lulú de John Stanley. Sus primeros pasos profesionales los dio como ilustrador de tarjetas de felicitación, pero no llegaría a entrar en el sistema editorial del cómic, muy cerrado a principios de los 60 debido a la crisis del sector. Crumb acabó buscando su propia salida y, tras mudarse a San Francisco, publicó en 1968 Zap nº 1, el cómic (o comix, como vendría a denominarse) que encendería la chispa del underground como parte del movimiento generacional juvenil de los 60.
Desde el principio, Crumb fue reconocido como el rey de la nueva ola, y como un gran artista por derecho propio. Robert Hughes lo comparó con Bruegel. Sus historietas hundían las raíces en las formas tradicionales del cómic, incluidos los animales antropomórficos, como su Gato Fritz, pero eran vehículos para la expresión personal que oscilaban entre la crítica social y las obsesiones sexuales.

Un revolucionario nostálgico.
Paradójicamente, Crumb, si bien era el portavoz de una generación, una figura al estilo de Bob Dylan o Jerry García, se sentía sin embargo ajeno a ésta. Nostálgico de la Norteamérica previa a la cultura de masas, consideraba que la cima de la modernidad se había alcanzado en los años 20, y desde entonces todo iba en decadencia. Aunque aceptaba gustoso el amor libre y consumía LSD, rechazaba el rock ‘n’ roll en favor del blues primitivo grabado en viejos discos de 78 rpm. Vestido con una indumentaria propia de Buster Keaton, interpretaba viejas canciones con su grupo The Cheap Suit Serenaders. A mediados de los 70 se volcó en la música, saturado de su fama como historietista y acosado por el fisco, que le reclamaba una deuda importante. Crumb se fue desligando cada vez más de la menguante escena underground y abrió una nueva etapa para el cómic adulto con su revista Weirdo en los años 80. Sus inquietudes temáticas se fueron diversificando y por fin, harto de Estados Unidos, se mudó junto con su mujer Aline Kominsky-Crumb y su hija Sophie, ambas dibujantes, a un pueblecito del sur de Francia.

El nuevo antiguo testamento.
Ha sido allí donde Crumb, un dibujante minucioso, ha dedicado innumerables horas a realizar este Génesis, un proyecto nacido a partir de algunos garabatos humorísticos en torno a Adán y Eva. Sin embargo, no se trata en absoluto de una adaptación satírica. Crumb, que ha manifestado a lo largo de toda su carrera su desconfianza y rechazo a las instituciones, y entre ellas a las religiosas, se presenta en esta ocasión sin embargo como simple “ilustrador”. Por supuesto que todo traslado de una obra de un medio a otro supone una adaptación inherente, pero lo que Crumb quiere poner de manifiesto son dos cosas: la primera, que el texto original del Génesis aparece íntegro en sus viñetas (la portada americana anuncia que incluye “Los 50 capítulos” y exclama que “¡No se ha dejado nada fuera!”); la segunda, que sus dibujos no han reinterpretado en clave irónica el texto, sino que han intentado representar lo descrito en él de la forma más escrupulosa posible.
Por supuesto, Crumb no necesitaba tocar ni una coma del Génesis para mostrarlo como una obra que continúa plenamente sus temas más propios, entre ellos la obsesión por las mujeres fuertes, representadas aquí por la línea matriarcal de Sara, Rebeca y Raquel.
En “Joe Blow”, una historieta publicada en 1969, Crumb parodiaba a la típica familia norteamericana haciéndola protagonista de un incesto institucionalizado. Y el incesto y la traición entre hermanos son algunos de los temas recurrentes del Génesis que se ponen de manifiesto cuando éste se ofrece “tal cual”. El Génesis puede verse, más que como una excursión inesperada, como la clave maestra para interpretar toda la obra de Crumb, que se revela a su luz como un inmenso proyecto para descifrar los mecanismos secretos de funcionamiento de la sociedad humana y de su unidad más esencial, la familia. Los comentarios sobre el texto que introduce Crumb en la parte final, donde analiza los mitos mesopotámicos que pudieron servir de material de base para las sagradas escrituras, muestran su interés por encontrar el sentido a lo que parece una caprichosa acumulación de sucesos descabellados. No es de extrañar que Crumb se sintiera atraído por un texto en gran medida velado y alegórico, informe y brutal, porque en eso se parece a las historietas que lleva realizando toda su vida.
Para Crumb, la Biblia no es la palabra de Dios, sino la palabra de los hombres, y su dibujo pone de manifiesto esa humanidad divina, ya que, por mucho que se empeñe el autor, no existe la fidelidad, sino la pretensión de fidelidad. El dibujo relee implícitamente las palabras. Decía Barthes que “El cuadro, escriba quien escriba, no existe sino en el relato que se hace de él”, y podríamos decir en este caso que el texto, dibuje quien dibuje, no existe sino en el relato gráfico que se hace de él. Igual que Pierre Menard reescribió el Quijote palabra por palabra como una obra propia, Crumb ha reescrito el Génesis dibujo por dibujo haciéndolo suyo.


[Texto publicado en ABCD nº 921, 31 de octubre de 2009].

martes, 27 de octubre de 2009

PROFETAS DEL DIBUJO



Acabo de escribir dos textos sobre el Génesis de Robert Crumb. Uno de ellos es un artículo que aparecerá en el ABCD de este sábado, y el otro una reseña breve para el próximo número de El Manglar. Y la sensación con la que me he quedado es la de que me he dejado muchas cosas por decir. Al final resulta que el tópico es verdad, la Biblia es una historia muy grande y en este tebeo además está contada por un artista muy grande, y recorrer una obra tan grande exigiría mucho tiempo y mucho esfuerzo. Pero eso está bien. Está bien que vayan saliendo tebeos que dan materia para el trabajo a largo plazo.

Uno de los temas que propone el Génesis es el de la traducción. En este blog hemos hablado de ello recientemente: la problemática de trasladar una obra de un medio a otro. R. Sikoryak nos mostraba estrategias muy complejas en su Masterpiece Comics. Crumb opta por una vía engañosamente sencilla, la de la "traslación literal", y de hecho se considera a sí mismo un mero "ilustrador". Pero esa misma afirmación la hacía sobre su trabajo Robert Rodríguez al hablar de la versión cinematográfica de Sin City, y sin embargo los mecanismos por los que la pantalla reproducía lo que había nacido en la página eran de naturaleza completamente distinta a los originales. Hace tiempo tuve ocasión de escribir un texto al respecto, si puedo recuperarlo intentaré subirlo aquí. Lo que quiero decir es que tanto la pretendida neutralidad de Rodríguez como la de Crumb son, por supuesto, falsas. En todo caso, el trabajo de Crumb en el Génesis es fascinante por su obsesivo apego al texto (a un texto en inglés que ya es en sí una traducción, por supuesto, no lo olvidemos) y por lo que nos revelan las decisiones aparentemente inocentes que toma a la hora de elegir una imagen concreta para ilustrar un episodio o a la hora de dar el tratamiento gráfico específico a cierta escena.

Otro de los puntos de interés del Génesis es su condición de síntesis y explicación de toda la obra y trayectoria anterior de Crumb. El primer impulso del lector habitual de Crumb que se encuentra con esta adaptación de una parte de la Biblia es pensar que el viejo maestro persiste en sus principios iconoclastas y provocadores, y que ha montado una gran farsa sobre el texto más sagrado de occidente. Cuando se da cuenta de que no es así, se teme que Crumb esté aquejado de un ataque de santurronería a lo Bob Dylan -que saca ahora un disco de canciones navideñas, ni más ni menos- y que haya visto la luz en la edad madura. Pero tampoco es así. En realidad, el Génesis no es ningún desvío en la trayectoria de Crumb, porque todos los temas que siempre ha explotado en sus historietas -por un lado, las obsesiones sexuales; por otro, la crítica social- están en su estado más puro en el texto. Los comentarios finales de Crumb son fascinantes y reveladores: Sara, Rebeca, Raquel y las demás mujeres fuertes que aparecen a lo largo del relato representan fuerzas matriarcales poderosas sometidas por la tradición patriarcal, de la misma manera que sus mujeronas de recias pantorrillas y firmes glúteos siempre han acabado siendo dominadas por los lúbricos sosias gráficos del propio Crumb. Por otra parte, la verdad oculta y ponzoñosa de las relaciones familiares y sociales -incesto, traición, envidia- como base de la sociedad occidental encuentra su modelo original en este Génesis laico, que con su literalidad brutal y humana parece revelar que, como Crumb siempre había sospechado, no somos animales sociales, sino depredadores sociales. Por resumirlo: si este Génesis es el libro más raro en la trayectoria de Crumb, es también el libro quintaesencial de su carrera.

También me he quedado con ganas de hablar de algunos aspectos muy específicamente comiqueros que me ha sugerido la lectura. Por ejemplo: la importancia de la rotulación. En un libro basado en La Palabra que se intenta reinterpretar a través del dibujo, la fusión exacta de los dos elementos que para tanta gente parecen antagónicos se encuentra en la rotulación manual, que es a la vez texto y dibujo. La rotulación de Crumb es tan característica y tan personal que incluso sus prólogos están rotulados a mano. La importancia de la rotulación manual en el cómic va en declive desde que se facilitó el acceso a las técnicas informáticas, y creo que estamos perdiendo algo muy importante con ese abandono. Si el dibujo de los grandes dibujantes es pura caligrafía, su letra es puro dibujo. Aquí hay tema para otra discusión más extensa, sin duda.

Creo que en los textos que he escrito me ha faltado decir -y bien que lo lamento- que, por encima de todo, el Génesis de Crumb es una monumental oda al dibujo, al dibujo puro, al placer de dibujar, a la necesidad de dibujar, y al goce de llenarse los ojos de dibujos gloriosos, abundantes y fecundos. El debate entre los que defienden el cómic como dibujo y los que piensan que eso va en detrimento de la narración muere en Crumb, donde se desborda el trazo con una pasión obsesiva y viviente, una pasión enorme que nos abruma cuando le leemos. Crumb ha declarado en alguna entrevista que había acabado agotado y que no sabía cuándo volvería a dibujar. Espero que se recupere pronto. De repente, al pensar que tiene ya 66 años, he sentido que se nos va acabando lo más grande que tenemos ahora mismo. Crumb nunca ha sido mejor que ahora -y ha sido el mejor de la historia-, de modo que necesitamos que le queden muchas páginas en el tintero. Hoy, en este momento preciso de la historia del cómic, le necesitamos más que nunca.

Y es el tema del dibujo el que enlaza el Génesis de Crumb con otra obra de características inusitadas a la que hemos tenido acceso también este año, la Biblia de Basil Wolverton, editada en un precioso tomo por Fantagraphics. Wolverton siempre ha sido considerado una de las grandes influencias sobre Crumb, y sin duda lo es. Aunque Crumb aprendió los rudimentos de la historieta sobre todo con John Stanley, Carl Barks, Walt Kelly y Segar, fue Mad lo que le dio las claves para desarrollar un cómic adulto de crítica social que utilizara la propia forma del cómic para explicarse a sí mismo. Y aunque discontinua, la presencia de Wolverton en Mad fue notoria. Hay una semejanza aparente entre el acabado de Wolverton y el de Crumb, ambos parecen haber llevado los planteamientos del cómic infantil y convencional a un territorio grotesco, y por eso siempre se ha considerado que Wolverton había sido un filtro fundamental para la reinterpretación que hacía Crumb de las tradiciones comerciales.

Wolverton realizó su adaptación de la Biblia entre 1952 y 1974 (los datos que doy a continuación proceden de la anteriormente mencionada edición de Fantagraphics, que se complementa con textos del hijo de Wolverton, Monte). Tras un periodo de escepticismo, Wolverton se vio atraído por la Worldwide Church of God del reverendo Herbert Armstrong, donde desarrollaría una actividad muy intensa durante las décadas siguientes. Tal y como lo cuenta Monte, la iglesia de Armstrong no era un estricto culto fundamentalista, sino que ofrecía a sus miembros una cara amable y razonable de la religión. Uno de los trabajos que emprendió Wolverton fue el de ilustrar el Antiguo Testamento, ya que el Nuevo estaba vetado debido a que Armstrong interpretaba que los mandamientos prohibían representar a Jesucristo. Aunque Wolverton se planteó en principio la posibilidad de hacerlo en forma de cómic, acabaría optando por el texto ilustrado. En este caso, al contrario que en el caso de Crumb, el texto no es literal y completo, sino adaptado y sintetizado, y las imágenes tienen cierta secuencia narrativa, aunque no se configuren en páginas de historieta, de modo que el resultado no está demasiado alejado de lo que es un cómic. Wolverton alternaba sus extravagantes ilustraciones humorísticas para Mad y otras revistas, y sus personalísimos cómics de acción y ciencia-ficción, con la respetuosa interpretación de las escenas sagradas, a las que intentaba aplicar un estilo deliberadamente menos caricaturesco. Es evidente que Wolverton siempre fue un visionario, uno de esos artistas en los que el subconsciente se impone al yo consciente con vitalidad arrolladora y, por más que intentara evitarlo, eso mismo sucede en sus fascinantes estampas bíblicas. Si comparamos el trabajo de Crumb con el de Wolverton, es fácil pensar que es Wolverton quien tiene una visión irónica o sarcástica de las sagradas escrituras, quien está intentando revisarlas en clave perversa. Estamos, pues, de nuevo ante un caso en que lo inexpresado añade una riqueza especial a lo expresado deliberadamente.

Comparar cómo tratan Wolverton y Crumb las mismas escenas es tentador, tan tentador que no me voy a resistir. Sin más, voy a poner algunos ejemplos de cómo un artista y otro, tan cercanos y a la vez tan lejanos, interpretan el mismo texto. (Siempre pongo primero a Wolverton y luego a Crumb; pido disculpas por la calidad de las imágenes, pero el escáner no es mi fuerte).

La creación del hombre:





El Diluvio:







Después del Diluvio:








Dios habla con Abraham:








La mujer de Lot se convierte en sal:








Abraham se dispone a sacrificar a Isaac:








La escalera de Jacob:








Crumb sólo se ha ocupado del Génesis (¡de momento!), pero Wolverton cubrió otros libros sagrados, entre ellos el Apocalipsis, que ilustró a partir de 1954 en la revista Plain Truth ("La pura verdad"). De propina, aquí van algunos de sus pavorosos dibujos (¡hay que pinchar en ellos para verlos completos!):















miércoles, 21 de octubre de 2009

QUÉ BONITO



Volver a casa y encontrarte esto esperándote. Te reanima más que diez horas de sueño. Adiós al jet lag.