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jueves, 18 de abril de 2013

CUESTIONES DE GÉNERO EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (III)


El lunes pasado asistí a una charla de Gilbert Hernandez en la Johns Hopkins University. La conferencia fue deliciosa, y en ella Gilbert, que presentaba su libro Marble Season, hizo un repaso somero de algunas de sus principales influencias, comentando páginas y viñetas concretas de las piezas seleccionadas, que correspondían todas a viejos comic books de los años 50 y 60. Quizás el tebeo más moderno que citó fue Mister Miracle #8 (1971), de Jack Kirby, del cual proyectó la viñeta (una página doble) que encabeza este post. Gilbert hizo una pausa antes de mostrarla, y dijo algo así como: «La gente suele destacar que mi hermano y yo hacemos personajes femeninos fuertes, poderosos. Bueno, ¿de dónde nos viene eso?» Y a continuación reveló esta doble página para explicar el origen secreto de Maggie y Luba.

Y de pronto te imaginas a Jack Kirby, con 54 años y un puro en la boca, dibujando el estallido de poder femenino más glorioso que ha visto el comic book americano.


Gilbert en persona

miércoles, 19 de septiembre de 2012

UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX


(Continúa de la primera parte)

Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.


El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?



El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.


Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».


Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.


Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes


Chris Ware y David M. Ball

Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas  dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.



Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.

[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].

miércoles, 12 de enero de 2011

REVÁLIDAS

Bueno, supongo que algunos pensarían que ya me había retirado, como el otro, pero no es cierto del todo, se siente. Sí, a veces me retiran forzosa y ocasionalmente las circunstancias, pero este blog paga demasiado bien como para que me pueda permitir dejarlo. Y, aunque no escriba mucho, leo. Leo tebeos. A montones. Al fin y al cabo, tenía un atasco atrasado de cuatro meses, y en otras tres semanas de regreso en Madrid no ha hecho más que aumentar. Me he tragado de todo, sin filtro y sin orden, lo mismo el Spider-Man: Fever (Marvel) de Brendan McCarthy que el ¡Pintor! (Sinsentido) de Esteban Hernández; el Batman: Detective Comics (Planeta-DeAgostini) de Ed Brubaker, Tommy Castillo y Patrick Zircher y el Kitaro volumen 1 (Astiberri) de Shigeru Mizuki; el Ideas de bombero (La Cúpula) de Sebas Martín y El invierno del dibujante (Astiberri) de Paco Roca. Entre (muchos) otros. Pero no voy a escribir de todo ello, no, tranquilos. Sólo de algunas cosas. Porque todo sería demasiado. Es demasiado para leerlo (lo juro), y es demasiado para escribirlo.

Porque bueno, se va uno un tiempo, y a la vuelta ve las cosas con un poco más de perspectiva, y alucina bastante. Estas montañas de tebeos TAN BUENOS y TAN BIEN EDITADOS. Que sí, que parezco Feliciano, pero joder, es que a veces se oyen tantas quejas que creo que no nos damos cuenta del momento que estamos viviendo. El momento general, desde hace algún tiempo, y los picos concretos de ese momento. 2010, por ejemplo. Menudo añito: novela gráfica nueva de Clowes (¡primera obra importante desde hace seis años!), obra nueva de Burns (¡el tomo de Agujero negro se había publicado en 2005!), Palookaville nuevo (ni me acuerdo de cuándo había salido el último) y luego, los que nunca fallan (los Bros. y El Gran Cerebro Extraterrestre de Chicago) que acuden a la cita sin falta. Y esto cuando todavía no se habían enfriado el Notas al pie de Gaza de Sacco y el Génesis de Crumb. En fin, que esto no pasa todos los años...

Del taquito de Gran Reserva, lo primero que me tragué fue el Love and Rockets: New Stories número 3 (Fantagraphics; los Bros siguen siendo fieles). Porque sí, porque me apetecía, porque no puedo tener en las manos un tebeo de los Hernandez y NO leerlo. Y bueno, también porque tenía cuentas que ajustar con ellos, sobre todo con Jaime.

Gilbert se marca otra de sus extrañas fantasías de serie B (en esta ocasión de ciencia-ficción) con ínfulas de metalenguaje. La cosa arranca bien y hasta muy bien, cosa que para mí tampoco es novedad en el Beto último. Ideas no le faltan. Otra cosa es qué hace con ellas. En «Scarlet By Starlight» y su continuación, «Killer * Sad Girl * Star», vuelve a autosabotearse, como parece que tanto le gusta hacer últimamente. Destruye literal y figuradamente a sus personajes y sus historias con finales rabiosos, zafios, frustrantes y frustrados. Parece que se cansara antes de llegar al final y rompiera el juguete en un ataque de ira. Claro, ya sabemos que un fracaso de Gilbert sigue siendo más interesante que una docena de éxitos de otros, pero leches, da un poco de rabia. Gilbert se está poniendo en una posición en la que necesita dar un puñetazo en la mesa, y por cierto, cuando ya se haya secado la página que acaba de entintar.


Ahora bien, Jaime, ay amigo, Jaime es otro rollo. Las cuentas que tenía que ajustar con Jaime vienen de la larga historia seudosuperheroica que se marcó en los dos primeros números de la nueva Love and Rockets, y que me pareció de lo más flojito que ha hecho Mister X en siglos. Eso no podía ser y, como cuando pierdes un partido por goleada y necesitas jugar el siguiente partido cuanto antes, necesitaba otra ración de Jaime para quitarme el mal sabor de boca. En «The Love Bunglers»/«Browntown», la historia incluida en este nº 3, el Gran Jaime vuelve por sus fueros. Incluso diría que llega a sitios donde no había llegado antes, si es que eso es posible en uno de los mejores dibujantes de la historia que ya lleva más de 30 años de carrera. Es curioso cómo, cuanto más envejecen los personajes de Locas, más sabemos de su infancia. Jaime llega a niveles de sutileza extremos en su dominio del lenguaje y del ritmo, y sólo lamento que al final se haya dejado llevar por la obviedad un poquito más de lo que hubiera sido perfecto, al menos para mi gusto. En todo caso, lo que hace en este número de Love and Rockets es cómic de máximo nivel, y para mí, uno de las que entrarían en el reducido grupo de las aspirantes a segunda mejor historieta del año. ENORME.


Por X'ed Out (Pantheon), El Esperado Regreso de Charles Burns, sentía una curiosidad casi malsana. A Burns lo adoro desde el principio, y con Agujero negro tuve la sensación de que había llegado a su cima personal. Que haya tardado tanto en hacer la continuación de aquello es uno de los signos evidentes de que, efectivamente, Agujero negro podría ser su obra definitiva, la que le había agotado y en la que había contado todo lo que tenía que contar con todas las habilidades que ha sido capaz de desarrollar como historietista. Entonces, ¿qué hacer cuando ya has hecho eso? ¿Cómo sería el nuevo Charles Burns post-Burns?


Bueno, pues que sigue siendo perturbador, inquietante y todo eso, ya lo sabemos, no hace falta repetirlo. Eso, al menos, nos lo esperábamos. Lo que está claro es que, efectivamente, el Burns actual ya es un autor maduro y en perfecto dominio de sus herramientas, y que ya sabe exactamente cómo hace tebeos Charles Burns. Se puede quitar de encima muchas ansiedades formales y concentrarse en otro tipo de ansiedades. Por ejemplo, me resulta curioso cómo Burns, como Hergé, parece fascinado por el arte contemporáneo, y especialmente por lo abstracto. La mayoría de las opiniones que he leído sobre X'ed Out mencionan las «citas» a Hergé -la portada y el formato- como anecdóticas, y tal vez poner tan a la vista el Gran Fetiche haya evitado que se busquen conexiones más profundas entre el belga y el norteamericano. ¿Acaso no es natural que dos autores de pulsión psicoanalítica tan intensa y tan rígida quieran perderse en el mar de las formas amorfas orgánicas?

Seth, por su parte, tenía un papelón con el nuevo Palookaville (Drawn & Quarterly) y la recuperación de «Clyde Fans» después de tanto tiempo. En cierta manera, parece que todos estos héroes del viejo «cómic alternativo» estén pasando una reválida ahora, cuando por fin han ganado la batalla y han sido ungidos como novelistas gráficos. Cuidado, que no es lo mismo subir que mantenerse. En fin, a lo que iba: Seth. Llevaba siglos sin sacar su comic book y ahora que quiere ya no puede hacerlo, ya se le ha pasado el arroz al formato y tiene que ser «comic book-novela gráfica». Lo primero interesante del Palookaville 20, entonces, está en el texto introductorio del autor reflexionando sobre los cambios de formato que se han dado en los diez últimos años. Merece la pena leerlo. Luego, «Clyde Fans» parte 4.

A mí «Clyde Fans» nunca me ha parecido la bomba, precisamente, pero en el momento actual creo que resulta más que evidente que es un peso muerto que haría bien en abandonar, pero que equivocadamente se empeña en continuar, sin duda por «no defraudar» a sus lectores. Sin embargo, es obvio que esta historia se ha quedado vieja y está superada, tanto en forma como en fondo, y es algo que se pone de manifiesto en cada página de este Palookaville por mucho que intente hacerle liftings desesperados con ungüento George Sprott que, por cierto, no van a favorecer la coherencia de la obra cuando finalmente se recopile en un solo libro (si es que estos ojos llegan a verlo, que al ritmo que va, hasta lo dudo).


Afortunadamente, en Palookaville hay mucho, mucho más que «Clyde Fans». Por ejemplo, un reportaje (texto y fotografía, nada de cómic) interesantísimo sobre «Dominion City», la ciudad de cartón que Seth se ha inventado en sus ratos libres y que encaja con naturalidad entre las fantasías más destacadas de los escultectos margivagantes. Quién sabe, tal vez algún día sea por esto por lo que más se recuerde al canadiense.

Y por último, «Calgary Festival», una historieta autobiográfica (¡la primera en veinte años!) de 14 páginas que es lo mejor que ha hecho Seth en su puta vida. Trasladada a la imprenta en «forma de boceto», que no me creo yo que sea boceto de verdad, pero sí que está más suelta que en el estilo refinado de Seth, posee una naturalidad y una amargura devastadoras. El caso es que no sólo es deprimente, también es graciosa, vitalista y cercana (demasiado). A Seth le mata el oficio y el trabajo, lo suyo es el dibujo espontáneo y sin pensárselo mucho. Una verdadera obra maestra en relato corto. ¿No decían que en la era de la novela gráfica ya no se podían hacer historietas breves?

«Calgary Festival» me dejó tan buen sabor de boca que creo que fue un poco injusto para Seth que a continuación me leyera el Acme Novelty Library 20 (Drawn & Quarterly, vaya añito que llevan) de Chris Ware. Perdón: el ACME NOVELTY LIBRARY 20 DE CHRIS WARE. Ahora sí, con mayúsculas. A su lado, todo lo demás (lo siento, Seth) queda en minúsculas.


Antes de entrar en materia, un pequeño servicio del Departamento de Promociones de Mandorla para todos aquellos que estáis sobreviviendo con el Acme de Random House y el Jimmy Corrigan de Planeta-DeAgostini, esperando penélopemente a que alguien publique otro tomo de Ware en nuestro país. Los Acme Novelty Library, al menos desde que se los empezó a autoeditar Ware (y ahora que ha pasado a Drawn & Quarterly también) son todos libros autoconclusivos, que se pueden leer por separado. No hace falta leer todos para entenderlos. Son obras individuales, aunque vayan construyendo poco a poco historias más grandes que el día de mañana probablemente veamos reunidos en diversos volúmenes más amplios. Este número 20, por ejemplo, es la historia completa de la vida de un tío, y lleva su apellido como título: «Lint». O sea: si leéis inglés, no esperéis más y compradlos, porque no sabéis lo que os estáis perdiendo. Y lo que hacía Ware hasta el 2000, que es lo que se ha publicado en nuestro país, está muy viejo al lado de lo que está haciendo ahora. ¡Que han pasado diez años!, ¿eh? Fin de la pausa comercial patrocinada por la Biblioteca de Novedades Acme, de Chicago.

Y bueno, esto que digo -lo de que el Ware de ahora no es el de hace diez años- es algo que me llama la atención, en contraste con la evolución más sobria de otros de sus camaradas artísticos, como Jaime Hernandez, Charles Burns o Daniel Clowes. Si estos tres me parece que en este último año han demostrado su madurez, Ware da más bien la impresión de ser un chavalito que acaba de empezar y todavía está buscándose. Ojo, no se me malinterprete. Lo digo por lo inquieto que se muestra y por la voluntad experimentadora que exhibe en cada nuevo trabajo. Porque parece que todavía no ha encontrado lo que estaba buscando.

En este Acme Novelty Library 20, «Lint», ya conocido en ciertos círculos como LA REHOSTIA (también «el mejor tebeo del año y de la década», por eso decía que la maravilla de Jaime compite por la medalla de plata) me llama la atención que Ware, a pesar de esa efervescencia creativa, de esa mutabilidad, ya ha superado a todos sus maestros, los antiguos y los modernos. El proyecto de Frank King de representar la vida y el paso del tiempo con un realismo riguroso, Ware ha conseguido condensarlo con toda exactitud en un solo volumen. Y la capacidad de Herriman y McCay para ver la página como un lienzo, que en su momento le sirvió como trampolín, le ha llevado ya a establecer nuevas barreras y paradigmas en el medio, de tal manera que los tópicos perezosos arrastrados desde el pasado pesado se quedan pequeños a la hora de interpretar sus páginas. Por ejemplo, Ware destruye ya de forma habitual lo «secuencial» a cada paso, para proponer un sistema que, recordando al llorado José Luis Brea, podríamos llamar de «comunicación en red», donde la información no está jerarquizada por ninguna secuencialidad y sí, por el contrario, puede circular por circuitos muy diversos.

Aparte de todos estos pajotes mentales, resulta que «Lint» es intensamente emotivo, y lo consigue precisamente con una disciplina feroz para suprimir la emotividad. Ocurre que el momento más brutalmente sentimental de todo el libro está enterrado en lo minúsculo. Está completamente deshinchado, y así es como adquiere más magnitud. Diría que hacía mucho que un tebeo no me transmitía las sensaciones que me suscitó la lectura de «Lint», pero mentiría. Creo que ningún tebeo me las había suscitado nunca. Su lectura me provocó también un poco de pavor. Lo que está haciendo Ware aterra, sobre todo si te dedicas a hacer tebeos. En vez de inspirarte, te abruma. Estamos ante un gigante, ante El Gigante, de hecho, un tío que ha venido a transformar un medio entero con el mero uso de sus manos y ese cabezón que tiene, y a su lado te sientes -repito- minúsculo. Y lo peor es que sabes que no es sólo talento, es el compromiso, la entrega y el sacrificio más allá de cualquier límite razonable. Y sabes que tú nunca vas a llegar ahí, y te sabe mal. Hasta dentro de veinte años no saldrá alguien capaz de seguir sus pasos, de modo que ahora mismo todos viviríamos más felices y más tranquilos si él no existiera.

Menudo bajonazo para acabar el comentario de un tebeo que me ha molado tanto, ¿no? Bueno, no hay problema, me quedan muchos para comentar y recuperar el tono vitalista, que no todo es Chris Ware en el mundo, gracias a Dios. Por hoy lo dejamos, pero en próximas entregas de la Gran Maratón Viñetera tendremos como artistas invitados a Bastien Vivès, Daytripper, Superman vs. Muhammad Ali, Ramón Boldú, Johnny Ryan y muchos otros. ¡No se lo pierdan!

¡O sí!

martes, 19 de enero de 2010

LOS PROBLEMAS DE BETO

Hace un par de días me leí The Troublemakers (Fantagraphics, 2009), de Gilbert Hernandez, la segunda novela gráfica que adapta las películas (imaginarias) en las que sale como actriz Fritz, la hermanastra de Luba. La primera fue Una oportunidad en el infierno (La Cúpula, 2008). Hay un volumen "intermedio" entre ambos, Hablando del diablo (La Cúpula, 2009), cuya relación con este universo parafílmico que se ha montado Beto en torno a Fritz es bastante oblicua: se supone que relata los sucesos "reales" que inspiraron otra de las películas protagonizadas por Fritz.

En fin, Beto se entenderá.
Lo mejor, de momento, creo que será tomarse cada novela gráfica como una obra independiente y leerla sin más.
Este The Troublemakers mantiene el mismo formato que Una oportunidad en el infierno: libro de bolsillo, tapa dura y sobrecubierta pintada por Rick Altergott al estilo de la literatura de quiosco de mediados del siglo XX. En el interior, sin embargo, hay una variación notable respecto al anterior. Si en aquél se utilizaba un diseño de página variado, con viñetas de todas las formas y tamaños, al estilo habitual de Beto, en éste todas las viñetas son exactamente iguales (¿dónde he visto yo un tebeo parecido hace poco...?), cuatro por página de lado a lado. O sea, panorámicas, como si el autor quisiera recordarnos de forma más gráfica el parentesco con la gran pantalla.
La historia, como en Una oportunidad en el infierno y Hablando del diablo, quiere encontrar la fórmula mágica de una especie de trash de autor, ese punto justo de equilibrio entre los materiales de derribo de la literatura de consumo y la mirada individual del artista. Vamos, justo lo que encontró Tarantino en Death Proof (y también en Malditos bastardos, por qué no). Y yo, que he seguido con mucho interés y mucha afición estos últimos experimentos de Beto, creo que aquí me planto. La verdad es que la trama, que gira en torno al mundo de los timadores y de la magia de escenario (o sea, más timadores) no levanta el vuelo, y los personajes resultan bastante anodinos. La atmósfera tiene un poco ese aroma onírico que tienen cada vez más los tebeos de Beto, pero ya no sé si es un efecto buscado o simplemente que todo se queda a medias y por eso parece más misterioso de lo que es. Es posible que todo funcionara mejor, de hecho, con actores reales, con personas de carne y hueso fotografiadas, con música de fondo y efectos sonoros. Pero el caso es que lo que tenemos entre las manos no es una película, es un tebeo en blanco y negro, y uno se acaba preguntando por qué Beto no hace definitivamente una película de verdad si eso es lo que quiere hacer (si Sfar puede, ¿por qué no él?). Los tebeos son para hacer tebeos, y The Troublemakers ha acabado pareciéndome un ejercicio de estilo estéril. Y es que 120 páginas de viñetas no equivalen a 120 minutos de inmersión en un universo ficticio sentado en una butaca en la oscuridad de una sala.
A pesar de todo te sigo queriendo, Beto. Cuando vuelvas, aquí te estaré esperando. Aunque vuelvas con tu hermano Mario, que te veo venir...

martes, 3 de noviembre de 2009

HERMANOS DE TINTA


Jaime y Gilbert Hernandez son dos de los pilares más importantes del cómic alternativo americano. En los últimos meses han coincidido en nuestras librerías varias de sus nuevas obras.


En su crítica de La educación de Hopey Glass, publicada en el prestigioso The Comics Journal, Tim O’Neil se lamentaba de que ya no queda nada que decir de Jaime Hernandez: “Su solidez es su propio peor enemigo”. El reseñista parecía incapaz de hacer otra cosa que dejar testimonio de una trayectoria intachable que a lo largo de 25 años de creatividad ininterrumpida no ha tenido altibajos apreciables. Hablando en plata: se quejaba de vicio. Si Jaime ha tenido una trayectoria muy estable, ha estado estabilizada en la excelencia. Una excelencia tan portentosa que, a pesar de que cada vez que abrimos uno de sus tebeos sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar, siempre nos sorprende como si fuera la primera vez. La educación de Hopey Glass (La Cúpula) es fácilmente uno de los tres mejores cómics aparecidos en 2008 en nuestro país.


Tebeos y cohetes

La saga de los Hernandez es fundamental para entender el cómic americano moderno. Jaime (1959) y Gilbert (1957), junto a su menos pródigo y talentoso hermano mayor Mario (1953), empezaron a publicar sus historietas en la cabecera Love & Rockets, que desde 1982 editaría Fantagraphics, el sello editorial más importante del cómic alternativo americano (y editor de The Comics Journal, por cierto). Love & Rockets probablemente fuera, junto a las revistas Raw, de Art Spiegelman, y Weirdo, de Robert Crumb, el hecho más decisivo para la aparición de una nueva vía creativa en el cómic americano, una vía que recogía las cenizas del underground y las mezclaba con naturalidad con el tebeo comercial de los años 60. Jaime y Gilbert (o Beto, como también firma) aspiraban a hacer historietas de autor como las de Crumb, cuyo Zap Comix ya les había marcado en 1968. Pero sus influencias también recogían desacomplejadamente las lecturas infantiles de tebeos como Daniel el Travieso o Archie, y de los grandes de la Marvel original, Jack Kirby y Steve Ditko. Los Hernandez fueron la primera generación que reconciliaba la tradición marginal con la comercial. Love & Rockets causó un asombro inmediato, y en su estela Daniel Clowes, Peter Bagge y otros empezaron a reclamar un territorio inexplorado que hoy está siendo refundado como los Estados Unidos de la Novela Gráfica.


Locas de amor

Inevitablemente, la carrera de Jaime y la de Beto serían leídas en paralelo desde su inicio. A pesar de las profundas diferencias que hay entre la producción de uno y otro hermano, algunos aspectos comunes saltaban a la vista. Al mismo tiempo que acudían a la gran reserva común de la cultura popular americana (no sólo los cómics, sino también el rock y muy especialmente el punk), también dejaban patente en cada viñeta sus raíces hispanas. Nacidos en Oxnard, California, los Hernandez eran estadounidenses de primera generación. Su padre había llegado desde Chihuahua buscando trabajo, y su madre era texana, pero su familia se remontaba a los tiempos en que Texas pertenecía a México. Hasta aquel momento, las cuestiones identitarias habían tenido una presencia casi nula en el cómic americano, y nunca había habido un tebeo protagonizado por personajes hispanos que triunfara entre un público lector mayoritariamente blanco anglosajón. Para colmo, los protagonistas de las historias de los Hernandez eran mujeres, algo también inaudito, especialmente si no hablamos de mujeres objeto. Las mujeres de Jaime y de Beto eran mujeres de verdad.


Pero más allá de esas semejanzas superficiales, cada uno de Los Bros ha sabido construirse su propio universo narrativo y gráfico y contar historias muy distintas con sus propias reglas. Jaime ha desarrollado una especie de novela-río fragmentaria alrededor de Maggie Chascarrillo y Hopey (Esperanza) Glass, dos encantadoras punkettes de principios de los 80, amantes ocasionales, a las que los años cargan del peso de los desengaños y, en el caso de Maggie, de los kilos que gana con un realismo conmovedor. La primera mitad de La educación de Hopey Glass está dedicada a la vida de Hopey después de Maggie, mientras que en la otra mitad vemos cómo intenta sobrevivir a la misma pérdida Ray Dominguez, otro de los personajes que puebla el universo de Locas (nombre general con el que es conocida la serie). La técnica narrativa de Jaime, elíptica y alusiva, más basada en la ausencia que en la presencia, en la consecuencia que en la acción, permite que cualquier recién llegado pueda acceder de inmediato a esta saga con más de 20 años de historia.


Más allá de la frontera

Mientras que Jaime recreaba Oxnard en el imaginario barrio de Hoppers, Beto se labró una reputación con las historias de Palomar, un pueblo sin teléfono al sur de la frontera. El culebrón fantástico, que saltaba adelante y atrás en el tiempo para revelarnos los secretos de los habitantes de la aldea, suscitó de inmediato comparaciones entre Palomar y el Macondo de Gabriel García Márquez. La figura central de las historias de Beto era una matriarca, Luba, bañadora de hombres caracterizada por sus fellinianos pechos y el fálico martillo que siempre lleva en ristre. Una frase advierte al lector al inicio del primer volumen de Palomar, que acaba de ser reeditado por La Cúpula: “Donde los hombres son hombres y las mujeres necesitan sentido del humor”.


Love & Rockets terminó en 1996, al llegar a su número 50. Los Hernandez refundaron su revista entre 2000 y 2007, y a finales de 2008 acaban de publicar el primer número del tercer volumen. En él, Jaime visita regiones periféricas de su universo, y mezcla tópicos con sentimientos en una historia de superheroínas vinculada tangencialmente con sus Locas. Mucho más arriesgado se ha mostrado siempre Beto, como bien demuestran sus últimos trabajos. Una oportunidad en el infierno (La Cúpula), es una novela gráfica cuya relación con el mundo de Palomar se establece en el plano del metalenguaje: representa la primera película donde actuó Fritz, hermanastra de Luba. Es una ficción dentro de una ficción. El último título de Beto aparecido en Estados Unidos, Speak of the Devil, es la segunda de las películas de Fritz. Ambas obras parecen contagiadas del espíritu grindhouse que llevó a Quentin Tarantino y Robert Rodríguez a filmar su recreación del cine de serie B de los 60. Beto se confiesa también fascinado por las películas de exploitation, que en su exceso de sexo y violencia gratuitos llegan casi a la abstracción. Pero Beto, como autor que es, se siente obligado a transformar los códigos de la subcultura en alegorías de resonancias inagotables. Ese es el sino de los hermanos Hernandez, refundir la cultura de masas en una obra personal. O lo que es lo mismo: hacer tebeos que son gran arte, gran literatura.


[Publicado en ABCD nº 889, 14 de febrero de 2009]

LOS BROS ADVENTURE NUMBER 3


25 horas de avión dan para mucho, sobre todo si no te duermes. A cambio, puedes optar por el placer de leer a 10.000 metros de altura, que es algo que uno no hace todos los días. Como quería asegurarme de tener buena compañía entre las nubes, metí en el equipaje de mano el nº 2 de Love and Rockets: New Stories, el volumen 3 de la cabecera de los hermanos Hernandez.

La verdad es que el número 1 me había decepcionado un poco, sobre todo por la aportación de Jaime, que publicaba las dos primeras partes de una historieta titulada "Ti-Girls Adventure Number 34". En este número 2 aparecen los dos capítulos con los que concluye la cosa, que haacabado ocupando cerca de 100 páginas. O lo que es lo mismo, el equivalente a cuatro comic books de Jaime dibujando aventuras de superheroínas. ¡Jaime y superheroínas! Fantástico, ¿no? Pues, por mucho que yo quería, esta segunda entrega tampoco consiguió entusiasmarme demasiado. Y digo que yo quería porque a pocos historietistas admiro más que a Jaime Hernandez, a quien no pongo por debajo de nadie. Pero tengo la sensación de que esta "Aventura número 34" no le ha funcionado del todo.

Jaime toma a Angel, la amiga de Maggie, y la junta con su vecina Alarma y con otro nutrido grupo de superheroínas (entre las que se encuentra una tragicómica Penny Century que por fin ha cumplido el sueño de su vida de conseguir superpoderes) y las lanza a una odisea cósmico-costumbrista donde el detalle humano tan propio de Jaime se mezcla con la alegoría psicológica tan propia de los superhéroes de toda la vida. La cosa vendría a ser como una aventura de los Vengadores de Stan Lee y Jack Kirby protagonizada por una pandilla de superlocas. No se trata de superhéroes deconstruidos, o reconstruidos desde un punto de vista original o nuevo, son más bien superhéroes criados en el caldo de cultivo de la historia y el folklore de los superhéroes clásicos. Superhéroes sobre superhéroes, superhéroes tradicionales. Y de hecho, la resolución -en la que interviene de forma decisiva Maggie- está íntimamente ligada con el mismo hecho de leer tebeos de superhéroes.

Todo está tan exquisitamente desarrollado como se puede esperar de un maestro de las viñetas en plena madurez como es Jaime, que sabe combinar el humor con el drama en la misma viñeta y que es capaz de dibujar exactamente lo que quiere, como quiere y cuando quiere. No es que sea correcto, es que por momentos es hasta brillante. Pero por algún motivo, algo falla. El terreno intermedio entre tomárselo en serio y tomárselo con distancia irónica -aunque evidentemente respetuosa- acaba siendo plano y un poco estéril. Y más de una vez, siguiendo las apocalípticas genealogías superheroicas creadas por Jaime para la ocasión, yo me quedaba preguntándome a dónde llevaba todo esto. Algo parecido a lo que me pasó con la lectura del número 1 de Strange Tales, el tebeo de Marvel hecho por autores alternativos que salió hace unos meses. Bueno, en realidad, con Strange Tales no cabía duda alguna. No iba a ningún sitio, ni falta que le hacía. Las historias cortas se disfrutaban y consumían en sí mismas, y no pedían ninguna continuación. Pero aquí estamos hablando de Don Jaime Hernandez y de 100 paginazas que ha estado dibujando durante dos o tres años. Dos o tres años de vida historietística de Jaime Hernandez son demasiado valiosos para desperdiciarlos. ¿Ha merecido la pena este "Ti-Girl Adventure Number 34"? Ahora mismo no me lo parece, aunque es posible que dentro de un año me lo relea, me parezca maravilloso y me meta corriendo en mi cuenta de blogger a borrar este post y sustituirlo por otro en el que exalto sus virtudes. No sería la primera vez... O sea, sí sería la primera vez que hago eso en un blog, quiero decir que no sería la primera vez que cambio de opinión, ejem.

Sobre Jaime pesa una sospecha desde hace tiempo. Después de 25 años contando las historias de Maggie y Hopey, ¿es capaz de contar otra cosa? No es que sea necesario, por supuesto, pero ese apego a una sola historia es inaudito en el mundo del cómic alternativo. Parece más propio de un autor de tira de prensa clásica, de esos que se pasaban toda su vida con una sola serie. Y bien, por mi parte no hay problema en que Jaime se pase toda su vida (y la mía, si es posible), contándonos las peripecias de Maggie y Hopey. Pero no podemos evitar pensar: ¿llegará algún día el agotamiento? ¿Si un día no quedan historias que contar de las locas, qué nos va a contar Jaime?

Frente a la estabilidad temática y formal de Jaime, Beto lleva unos años demostrando que él es el hermano loco. Su aportación a Love and Rockets: New Stories 2 entronca con la disparidad de historietas que está firmando últimamente, con especial incidencia en lo surrealista y lo casi abstracto. En este Love and Rockets, además de "Sad Girl", otro más de sus relatos entrecortados protagonizados por una jovencita hipermamaria sometida al encuentro con un mundo raro, hay una larga historieta sin palabras de contenido onírico, "Hypnotwist", que parece continuar estéticamente de "?", incluida en el número 1. Beto lleva mucho tiempo intentando sacudirse el polvo del camino de Palomar, buscando salidas y ensayando maniobras. A veces da el golpe y a veces le estalla el petardo en la cara, pero su inquietud es un verdadero estímulo. Y cuando un autor de talento se arriesga, suele dar en el blanco más veces de las que yerra. Las novelas gráficas que está publicando últimamente -y que son muy próximas en tono e intenciones a lo que ha salido en los dos primeros Love and Rockets- son, como mínimo, fascinantes. La Cúpula acaba de publicar una, Hablando del diablo, que pertenece a su serie de "películas imaginarias" de Fritz, donde resoba los tópicos del cine setentero de exploitation. O, al menos, esa es la intención expresa y declarada de Beto, aunque en realidad estas películas de papel parecen más inspiradas por el cine de arte y ensayo de aquella década. Me refiero a aquellas películas incomprensibles con tetas, música psicodélica, moteros, drogas y un asesinato en una playa que a veces ponían incluso en alguno de los dos únicos canales de la televisión pública de entonces, la de la Transición. El caso es que Beto ha decidido hacer trash de autor, y creo que en ese empeño hay algo de buscar lo indescifrable que transmiten los productos infames de lo que hablaba hace unas semanas, cuando comenté Eclipso.

Acabo de recordar que hace tiempo escribí un texto sobre Los Bros para el ABCD, y creo que éste es el momento para recuperarlo.

(Otra visión de Hablando del diablo en La cárcel de papel).