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jueves, 20 de septiembre de 2012
miércoles, 19 de septiembre de 2012
UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX
(Continúa de la primera parte)
Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.
El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?
El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.
Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».
Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.
Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes
Chris Ware y David M. Ball
Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.
Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.
[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].
miércoles, 14 de septiembre de 2011
EL ÚLTIMO TEBEO DE GRAPA DEL MUNDO

Una clara señal de cómo han cambiado las cosas en los últimos años: cuando vi el nuevo Optic Nerve en la SPX de Bethesda, me llamó la atención que fuera un comic book de grapa. No me esperaba que Adrian Tomine fuese a sacar su nueva obra en ese formato, y hasta dudé por si se trataba de algún número antiguo que no recordaba. Y lo más curioso es que todos los Optic Nerve anteriores son comic books de grapa así que, ¿por qué no iba a serlo éste?
Pues porque su momento ya ha pasado, claro. Lo primero en lo que pensé fue en el último Palookaville, transplantado a formato libro siguiendo los pasos del Acme Novelty Library de Chris Ware. En aquel Palookaville había una introducción del propio Seth explicando el por qué del cambio de formato de la colección. Cuando leí el Optic Nerve #12, descubrí que ahí también Adrian Tomine dedicaba un par de páginas a explicar -con poco convencimiento- por qué este Optic Nerve era, todavía, un tebeo de grapa. Y resulta que, por supuesto, Tomine también se había acordado de Seth y el último Palookaville (véase la ilustración que encabeza este post).
Resumiendo: Tomine viene a reconocer que publicar sus cómics en formato comic book hoy en día es innecesario y hasta contraproducente. Para el autor de lo que antes se llamaba alternativo ya no es obligatorio recurrir al formato comic book para llegar a las librerías. Al contrario. Y al no ser necesario, el incómodo formato -inventado para otros menesteres a los que se adapta mucho mejor, como es la publicación seriada industrial en kiosco- pasa a convertirse hoy en día en un gesto sin sentido, nostálgico. Digámoslo así: un gesto puramente estético.
Y entonces es cuando uno cae: ah, entonces, ésa es su reivindicación. ¿Qué puede ser más necesario en un tebeo que un gesto puramente estético?
Pero basta ya de disquisiciones sobre la forma en que se encuadernan los tebeos. El tebeo en sí: ¿qué tal? Pues a estas alturas, creo que uno ya le tiene tomada la medida a Tomine. Es muy bueno, sigue progresando en lo gráfico hacia esa especie de síntesis ideal entre Jaime Hernandez y Daniel Clowes, y sabe contar sus historias, que más o menos ya sabemos cómo son y hasta dónde llegan. Dicho así puede sonar feo, pero en realidad a mí me gusta mucho lo que hace Tomine, cuando lo hace bien, aunque casi nunca me vuelva tan loco como a mí me gustaría que me volviese.
En Optic Nerve dos historietas se reparten a partes (casi) iguales el espacio. La primera, titulada «A Brief History of the Art Form Known as 'Hortisculpture'», cuenta la historia de un anónimo jardinero de barrio que un día decide convertirse en artista creando esculturas vegetales. El contraste entre sus desmesuradas ambiciones artísticas y el eco nulo de sus esfuerzos (salvo la tensión que su frustración genera dentro de su propia familia) produce -supuestamente- el efecto cómico que moviliza toda la obra. Si alguien lo ha pensado, ha acertado de pleno: el protagonista parece un sosias del Wilson de Daniel Clowes. Menos amargo, porque Tomine es más amable que Clowes, pero moviéndose básicamente en el mismo espectro de caracterización, y hasta de recursos narrativos (el uso cómico del bocadillo de pensamiento, por ejemplo). El final, claro, es más dulce. Se nota que Tomine es feliz, no puede evitarlo.
La forma utilizada para el relato también recuerda poderosamente a Wilson (lo cual es como decir que también remite a Ware): historietas cortas, semejantes a tiras diarias, a dos por página, en blanco y negro, completadas por una página dominical a color cuando correspondería al séptimo día. Un experimento parecido probamos Pepo Pérez y yo en El Manglar hace unos años, con lo cual no es extraño que yo diga que este recurso a la vieja forma de la tira de prensa parece una las salidas más plausibles para contar historias hoy en día apoyándose en las formas del pasado. Ahora bien, si Pepo y yo tomábamos como modelo para nuestra «tira de prensa» el Spiderman de Stan Lee y John Romita, Tomine parece inspirarse más en Gasoline Alley de Frank King, lo cual le sitúa todavía más cerca de la órbita Ware.
Pero justo cuando empezábamos a pensar que no hay otra forma de hacer un tebeo moderno y a la moda que la de remedar las tiras antiguas, Tomine cambia de registro en la segunda historia, «Amber Sweet», y se entrega al lenguaje de los comic books románticos de los años 60-70. En este caso, la protagonista es una chica que ve su vida (principalmente sentimental, pero no sólo) alterada por su parecido físico con una actriz porno. El giro no me sorprende, porque para mí Tomine es el mejor autor de tebeos románticos de nuestros días, y veo clara la continuidad entre sus historietas y las clásicas de ese género. Es más, cuando se presentan los tebeos no superheroicos que producen hoy en día Marvel y DC como ejemplo de que los géneros clásicos están muertos y al público no le interesan, yo siempre pienso que el género sigue vivo en la obra de muchos autores de novela gráfica actuales, que son quienes están reinterpretando y dotando de nueva vida a esos canales creativos. En el caso de Tomine, ya digo, a los tebeos románticos. La finura del dibujo -cada vez más reducido a una sola línea perfecta, como en los dibujos animados de Hannah-Barbera diseñados por Alex Toth- y el tono confesional con el que dota de carácter a los traumas sentimentales de una chica moderna, lo emparentan lejanamente con los corazones partidos y las mejillas lacrimosas de hace cuarenta, cincuenta años.
Al final, las 4o páginas de Optic Nerve #12 dan para mucho: dan para tiras de prensa y comic books, dos lenguajes recuperados para la novela gráfica moderna. La de grapa.
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viernes, 18 de febrero de 2011
UN MATRIMONIO INMINENTE

Scenes From An Impending Marriage (Drawn & Quarterly, 2011) es la prueba de que Adrian Tomine es más divertido (y más penetrante, y más interesante) cuando se relaja haciendo alguna chorradita de calibre menor que cuando trabaja en serio. Un fenómeno, por cierto, que afecta a otros muchos autores, los cuales parecen agobiados y enconsertados por el miedo escénico y que, sin embargo, cuando se dejan llevar por la inconsciencia del momento permiten que todo su talento salga a raudales y sin censura. El detalle cotidiano, el diálogo veraz y la ironía nerviosa están todos presentes en este minúsculo librito íntimo que ahora se ha hecho público. Creo que por eso es por lo que lo he disfrutado mucho más que aquella cosa tan envarada que era Shortcomings.
Por eso o porque el tema me interesa, no sé.
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viernes, 19 de febrero de 2010
GRANDIOSO PANORAMA
El McSweeney's 33 es, como bien anticipaba el tío berni hace unas entradas, un arma anti-digital. Concebido como una fiesta en honor del papel impreso, llega en una bolsa de plástico que contiene varios periódicos y revistas sobre literatura (algunos nombres: Michael Chabon, Stephen King, Nicholson Baker, Miranda July, Junot Díaz) y una espectacular «sección de cómics» al estilo de las de la antigua prensa norteamericana. En la sección de cómics, que es lo que a nosotros (más) nos interesa, auténtico All-Star: Daniel Clowes, Ivan Brunetti, Alison Bechdel, Art Spiegelman, Adrian Tomine, Chris Ware, Kim Deitch, Seth, Jessica Abel... Erik Larsen... Sí, Erik Larsen se marca dos paginazas de Savage Dragon que hay que verlas para creerlas. Además, Chris "manitas" Ware nos obsequia con otro recortable de los suyos, con historieta incluida en el reverso... En fin, un verdadero festival del cómic sobre papel que produce una inmediata sensación de alegría y emoción sin ni siquiera leerlo.
Y que confirma que el largo camino elíptico de huida que han emprendido los novelistas gráficos contemporáneos para alejarse del comic book cada vez les acerca más a McCay, Herriman, King y demás, no sólo en el espíritu y las formas, sino también en el formato.
Quién sabe, tal vez la novela gráfica ya esté muerta y lo nuevo sea la prensa gráfica.
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