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martes, 7 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (I)


El invierno es una cosa seria en Estados Unidos. En la mayoría del país supone atrincherarse en la casa cubierta por la nieve durante meses interminables. Por eso la primavera se recibe como la verdadera explosión de vida, alegría, luz y color que los dibujos animados de la Abeja Maya nos enseñaron que era. Y una de las tradiciones más arraigadas de la primavera es el spring cleaning, ese volver a poner en orden la casa para afrontar con renovada energía las estaciones cálidas del año. Durante el otoño e invierno de 2012 he ido acumulando un buen puñado de lecturas de small press -fanzines y minicómics, principalmente- de los que siempre he tomado nota mental para comentarlos en Mandorla. Luego, tonterías como el trabajo, los guiones y la vida han impedido que diera cuenta de ellos en este espacio. Así, se han ido amontonando en una torre cada vez más alta e inestable de «cómics a reseñar», hasta que ya no lo he soportado más y he decidido guardarlos todos y que le den a Mandorla. Ha sido en ese momento, cuando ya los tenía guardados, cuando he descubierto que sufro alguna patología que me impide disponer sin más de los tebeos. Por algún singular trastorno psicológico, no me quedo tranquilo si no dejo al menos constancia de ellos aquí. Así que los he vuelto a sacar todos y he seleccionado al menos unos pocos de los que pretendo decir cuatro palabras. Lo mínimo. Lo justo para proporcionarme paz mental y permitirme guardarlos de una vez por todas para así dejar de tropezarme con ellos todos los días, y seguir acumulando nuevos papelotes durante todo el verano que se aproxima con la conciencia tranquila. Este post es, por tanto, mi spring cleaning. Desde un punto de vista más práctico, también podemos considerarlo como un rápido vistazo a algunos cómics norteamericanos notables del último medio año.


Wayward Girls, Michiel Budel

En primer lugar, y sin entrar en detalles, quiero mencionar que algunas de las series que ya estaban en curso y hemos comentado en Mandorla anteriormente han seguido adelante. Es el caso de Wayward Girls (Secret Acres), de Michiel Budel, que sigue con sus deliciosas farsas eróticas, Hyperspeed to Nowhere, de la superdinámica Lale Westvind o Vortex (Gold County Paper Mill), la saga cósmica de William Cardini, que ha alcanzado su tercer número y ya está a sólo uno de llegar a su conclusión. Debería de estar a punto de salir, por cierto. También ha continuado Bowman (Hic and Hoc Publications), de Pat Aulisio. Y aunque no es estrictamente una serie, sino un tebeo individual, Carlos Gonzalez ha sacado otro de sus maravillosos fanzines, Micro-Pitch, en esta ocasión con una alucinante mezcla de misticismo y béisbol.

Hyperspeed to Nowhere, Lale Westvind

Todas estas series siguen tan estupendas como estaban. Por refrescar la memoria, recuerdo que hablé de Wayward Girls en Porno de vanguardia (y más), mientras que de Lale Westvind, William Cardini y Carlos Gonzalez ya escribí en Los primitivos cósmicos.

Vortex #3, William Cardini

Bowman #3. Earthbound, Pat Aulisio

Micro-Pitch, Carlos Gonzalez


Como podéis ver, parece que la ola de primitivos cósmicos, o de ciencia-ficción/fantasía psicodélica, sigue en pleno ascenso. O a lo mejor es sólo que yo me siento atraído por esos tebeos que suelen compartir colores estrafalarios, trazos abigarrados e imaginación incontrolada, como una especie de detrito de décadas de televisión, cómics y cine gloriosamente vulgares que se han convertido ya en un léxico para la expresión personal. Algunos de los autores que he citado antes se reúnen en la antología Future Shock, comandada por Josh Burg Graf, un expatriado de Baltimore que ahora está en Nueva York, y que es el primero en practicar ese retrofuturismo tan propio de su título, el cual cita una de las obras más célebres del visionario Alvin Toffler. Así, el propio Burg Graf parece retrotraerse al 1970 del libro de Toffler para recuperar un estilo de ciencia-ficción que hasta ahora sólo era vintage, no retro. La antología, en todo caso, tiene mucha variedad de autores y estilos, y además nos permite disfrutar de William Cardini a color, lo que da alas a a este autor para elevarse a una dimensión que apenas se puede intuir en su propio Vortex. No me resisto a traer aquí una muestra. (El número 4 de Future Shock debería de estar a punto de salir, si no lo ha hecho ya).

Sky Canyon: The Grand Experiment, en Future Shock #3, Josh Burg Graf


The Mizzzard of the Year One Million Attacks the Space Witch
en Future Shock #3, William Cardini


A esta misma onda de psicodelia colorida hipercinética pertenece una joyita que es uno de mis tebeos favoritos del último año: Steel Sterling, de Gabriel Winslow-Yost (palabras) y Michael Rae-Grant (dibujos). Son dieciséis frenéticas páginas de cromatismo exaltado donde se narran dos acciones paralelas. En la principal, asistimos al viaje de un héroe de acción a través de toda una serie de batallas que remedan el tránsito violento inevitable cuando se recorren pantallas o plataformas de videojuego.

Steel Sterling, Gabriel Winslow-Yost y Michael Rae-Grant

Parece una versión ultramoderna del Miguel Calatayud de Peter Petrake, pero, por supuesto, ésa no es una referencia que manejen los autores. En su lugar, citan en los agradecimientos a Charles Biro, y es una referencia reveladora. Biro, creador del Daredevil original, que está siendo reeditado actualmente en Silver Streak Archives (Dark Horse), se caracteriza por su extenuante compromiso con la acción ininterrumpida. Así eran los superhéroes de los años 40, que en cierta medida están siendo recuperados desde la modernidad como inspiración primitiva. Éste es un tema sobre el que tengo mucho interés por volver en Mandorla, recordádmelo si no he escrito nada al respecto de aquí a 2016. El caso es que en Steel Sterling hay una especie de choque poético entre los textos dubitativos y las imágenes rotundas que se resuelve de forma sorprendente en la segunda subtrama del tebeo, la que no he mencionado. Una pequeña obra maestra.

Neon Super Gladiator, Andy K.

También a la categoría de luchadores de videojuego pertenece el exuberante Neon Super Gladiator, de Andy K., que inicia una saga de ciencia-ficción ambientada en la imaginaria Urbania. Primo lejano del Cosmic Dragon de Carlos Vermut (aunque sin su voluntad subversiva, y a cambio con intención de continuidad), Neon Super Gladiator es un tebeo que te envuelve en su obsesión por el dibujo y la línea.  Aunque las escenas de combate son espectaculares, creo que mis favoritos son los paisajes urbanos y los escenarios tecnológicos. En ellos se percibe a un dibujante sometido por sus obsesiones. El cómic entero está disponible de forma gratuita en la página web del autor: Neon Super Gladiator de Andy K.


SF #2, Ryan Cecil Smith

El tipo de ciencia-ficción que uno se encuentra en SF, de Ryan Cecil Smith, es completamente distinto. Smith es un licenciado del MICA (la Universidad de Bellas Artes de Baltimore) que vive en Osaka, y la influencia del manga y el anime sobre su obra es evidente. Con un aire a las odiseas galácticas de Leiji Matsumoto, su SF (siglas de Space Fleet, cuyo cuerpo Space Fleet Scientific Foundation Special Forces, o SFSFSF, protagoniza la historia) me recuerda un poco a Robotech, aquel engendro americano montado a partir de material de base japonés. La serie es ahora mismo un embrión de gran space opera, con unas gotas de Occidente, vía Star Wars y Moebius, regadas sobre la materia base de Oriente. Otro nombre que me viene a la cabeza dentro de estas coordenadas es Stan Sakai. A Smith parece interesarle más el world-building que la aventura en sí, y de hecho en el número 2 de la serie dedica tanto espacio a presentar escenarios y situaciones como a la acción. Las páginas de resumen también contribuyen a crear esa atmósfera como de tebeo de ciencia-ficción de DC circa 1984.  Aunque no puedo decir que me vuelva loco, de momento creo que merecerá la pena seguirlo durante las próximas entregas, al menos para ver hacia dónde se dirige.


Ghost Heat Up #3, Anthony Meloro

Por Ghost Heat Up, de Anthony Meloro, sin embargo, no puedo moderar mi entusiasmo. Aquí no podemos hablar de géneros ortodoxos, sino de una peculiar reformulación de varios. De momento han aparecido cuatro números, que aplican explícitamente el continuará, aunque más como gesto que como mecanismo. El protagonista de la historia es Henry Coy, «bloguero de sucesos paranormales» que escribe en su página web The Electric Cruise. En su investigación de lo esotérico, Coy obtuvo poderes extraordinarios en el Reino de las Sombras, poderes que le permiten comunicarse con los espíritus y navegar por mundos etéreos. Meloro lleva la narración con una desenfadada mezcla de género negro, sobrenatural, misticismo y realismo sucio impregnado de una sorna muy sutil, pero lo más interesante de Ghost Heat Up está en la propia materialidad de cada entrega. Cada número es un verdadero objeto artesanal, de sólo ocho páginas cortadas irregularmente y encuadernadas con un cordel. Hay una fisicidad palpable en cada ejemplar que contrasta poderosamente con el misticismo del contenido. Uno casi diría que cada Ghost Heat Up es un objeto elaborado personalmente por un iniciado para su utilización en un ritual de comunicación con el Más Allá. Sin duda, uno de los tebeos más originales que he leído últimamente.


The Future is Unwritten, Josh Bayer, en Marvel Comics Presents #6

Otra idea sorprendete: Marvel Comics Presents #6 (Drippy Bone Books), editado por Pat Aulisio. Bajo la coordinación del autor de Bowman se han reunido algunas luminarias de la escena que «recrean» una antología de Marvel Comics. La portada está inspirada en el cómic Marvel cuyo título comparte, pero el interior se va por los cerros de Úbeda. Aulisio produce uno de sus típicos remolinos de tinta (esta vez con color) para contar un enfrentamiento entre el Hombre-Cosa y Dormammu, y Keenan Marshall Keller rebusca en el lado más trippy de Marvel rescatando a Warlock, el personaje a quien Jim Starlin convirtiera en icono cósmico y psicodélico a mediados de los setenta. También hay una historieta de Michael Hawkins sobre el Hombre-D y varios minicómics de Marc J. Palm y Josh Burggraf (Future Shock). Pero la pieza que define ideológicamente el proyecto es la que lo abre, «The Future is Unwritten», una fantasía de Josh Bayer donde el Pato Howard, Dragón Lunar, Deathlok, USAgente, ROM, Simon Garth el Zombie, Mastodon (!) y (finalmente) Plastic Man le sirven para elaborar un discurso sobre la creatividad y el maltrato sufrido por los autores durante décadas de cómic industrial. «The Future is Unwritten» plantea la compleja relación de nostalgia y repudio que los jóvenes dibujantes alternativos mantienen con la herencia del cómic mainstream, y Bayer consigue transmitir la mezcla de amor y asco que le provoca la historia de los tebeos sin limitarse al mero exabrupto. No en vano Josh Bayer es uno de los autores más interesantes del panorama actual (y por cierto que acaba de sacar el tercer número de su proyecto colectivo Suspect Device, el más impresionante hasta la fecha). Marvel Comics Presents #6, además, va acompañado de un minicómic que reinterpreta Marvel Premiere #28, célebre (por decir algo) porque en él se presentaba la Legión de Monstruos.

Man Thing, Pat Aulisio, en Marvel Comics Presents #6


Bad Vibes, Keenan Marshall Keller, en Marvel Comics Presents #6

Después de muchos meses viéndolos en las estanterías, por fin me atreví con un par de números de Fukitor, de Jason Karns, que es, indudablemente, una de las experiencias comiqueras más extremas que existen hoy en día. La página que pongo como ilustración es probablemente una de las más comedidas que he encontrado en los números 6 y 7 de Fukitor.


Doctor Werewolf vs. The Zombie Sadists, Jason Karns en Fukitor #7

Éste es uno de esos casos donde, de nuevo, el formato es esencial. Cada Fukitor es un tebeo de grapa de bolsillo, con 24 páginas a todo color (incluyendo las portadas). La sensación a simple vista es la de encontrarnos ante un tebeo guarro de los que hace años abundaban en los kioscos españoles, una especie de descendiente bastardo de Sukia. Y desde luego que esa apariencia infame forma parte de la experiencia. Las cuatro historias que incluyen los dos números que poseo pertenecen a cuatro géneros diferentes: ciencia-ficción, policíaco, terror y bélico. Pero, al mismo tiempo, los cuatro géneros están subsumidos en un metagénero mayor: el gore festivo, que para la ocasión llamaremos la Farsa Atroz. En «Buttraping Bat-Apes on Pluto», unos monos alienígenas con alas de murciélago violan analmente a los hombres participantes en una misión espacial terrestre (realmente, estaba todo explicado en el título), hasta que finalmente son castrados y repelidos por la mujer del grupo, que vuelve a la Tierra con un collar de pollas gigantes como trofeo. «Dick, Vice Squad» (subtítulo «When Dick's Out, Crime Gets Fucked!») es una parodia de las clásicas series televisivas de polis de los setenta repleta de tiroteos revientacabezas. En cuanto a «Doctor Werewolf vs. the Zombie Sadists»... bueno, ¿queda algo por añadir después de ese título? Los zombies han secuestrado a un puñado de mujeres a quienes están violando y torturando sistemáticamente en su cubil. Vladimir, el Doctor Hombre Lobo, el clásico aventurero de lo paranormal de novelita pulp, acude al rescate, abandonando para ello una recepción de la alta sociedad a la que asistía con su amada Diana. La frase con la que el Doctor Hombre Lobo explica la necesidad de su inminente partida a Diana vale por sí sola el precio de portada: «Diana... Lo siento, querida. Me gustaría poder quedarme, pero hay prostitutas en peligro». «Nazi Death Pit», en fin, incide en el tema de la guarida donde se tortura a mujeres desnudas, pero en este caso en un contexto donde se mezclan marines de la II Guerra Mundial con científicos locos y comandos gorilas nazis. A su lado, Inglourious Basterds es Pippi Calzaslargas. Esto es Fukitor, todo dibujado con un esmero y una dedicación obsesivos, con una sabiduría y júbilo macabros heredados del Mad de Kurtzman y Elder, del comix underground clásico de S. Clay Wilson y Spain Rodríguez, de Joe Coleman, y de tantos otros ejemplos donde lo extremo, lo grotesco y lo ofensivo han delimitado un espacio infernal del que sólo se puede huir aullando o permanecer riendo con carcajadas groseras y violentas. La versión para adultos de los tebeos de Benjamin Marra, eso es Fukitor: un dinosaurio repugnante y gloriosamente ofensivo.

Me quedan unos cuantos cómics por comentar, pero teniendo en cuenta que esto ya se alarga demasiado, que hay un cambio de tono evidente en los que faltan, y que, francamente, después de escribir sobre Fukitor ya no tiene sentido seguir escribiendo sobre nada más, lo dejo para la siguiente entrega de «Spring Cleaning». ¡Ya está bien por hoy!

miércoles, 19 de septiembre de 2012

UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX


(Continúa de la primera parte)

Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.


El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?



El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.


Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».


Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.


Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes


Chris Ware y David M. Ball

Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas  dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.



Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.

[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].

miércoles, 22 de agosto de 2012

JOSH BAYER: FUERZA BRUTA


Lo primero que me llamó la atención cuando hojeé un tebeo de Josh Bayer fue la impresión de fuerza incontenible que desprendía. La maraña de líneas convulsas que distingue uno de un vistazo transmite los mensajes «fuerza» y «sinceridad» propios del arte marginal.

Y luego, claro, el título es Raw Power.

Pero la verdad es que Bayer está muy lejos de ser un artista marginal. Al contrario, es un autor con mucho conocimiento del mundo del arte, con el que ha estado en contacto tanto en su vertiente más tradicional (galerías) como en la más comercial, que ha conocido a través de su hermano mayor, Samuel Bayer, director de videoclips con una carrera espectacular. Él dirigió el vídeo de Smells Like Teen Spirit, de Nirvana, y cuenta en sus créditos con prácticamente todos los artistas que han sido alguien (gordo) en el rock americano durante los 20 últimos años (Iron Maiden, Rolling Stones, Garbage, David Bowie, Green Day...). Después de dar muchas vueltas artísticas y profesionales, Josh decidió concentrarse en el cómic ya con 35 años. O sea: Bayer es cualquier cosa menos un ingenuo. Y eso, creo, hace que la crudeza de los tebeos tenga aún más mérito. Es mucho más difícil desaprender lo aprendido que no aprender nunca nada. Esto lo hacemos mucha gente todos los días.

Descubrí a Bayer con Rom (2011), que básicamente lo que hace es reinterpretar el nº 29 de ROM, una colección de Marvel de los 80. ROM estaba protagonizada por un Caballero Espacial, y en realidad el personaje había sido creado por una fábrica de juguetes, que lo licenció a Marvel para potenciar las ventas del muñeco. Rom se integró completamente en el Universo Marvel, pero debido a que la editorial ya no posee la licencia, nunca se ha reeditado y hoy en día su nombre no se puede mencionar expresamente en ningún cómic, aunque sí se alude a él elípticamente.

Pero todo esto es irrelevante para Bayer, que no atiende a cuestiones de licencias y copyrights, sino de conexiones emocionales de la memoria. Él toma el impacto sentimental de ese ROM #29, originalmente escrito por Bill Mantlo y dibujado por Sal Buscema, y lo procesa a través de una apropiación en su propio estilo, página por página, viñeta por viñeta. No puedo responder de la integridad de la versión de Bayer, porque no tengo a mano el ROM de referencia para compararlo, aunque con toda seguridad hay un desvío en la secuencia en que uno de los personajes imagina sus posibilidades de entablar una relación erótica con Brandy, la «novia» humana de Rom, fantasía que Bayer ilustra gráficamente con un par de viñetas de sexo explícito que nunca pudieron aparecer en el original. Aparte de eso, no parece que Bayer pretenda transformar de modo significativo ese ROM #29, más allá, por supuesto, de procesarlo a través de su propio estilo. Ahora bien, esas 25 páginas de apropiacionismo están enmarcadas por dos secuencias externas a la propia historia de Rom. Las primeras muestran al autor, hoy en día, abordando el trabajo de adaptación, intentando encontrar un título para el proyecto y descartando sucesivamente varias opciones: «1982», «Rompocalypse Now», «Untitled Art», «Sunday Bloody Sunday», y, por último, el definitivo: «Rom». Como decíamos antes, llegar a la sencillez supone un esfuerzo considerable.


La segunda secuencia marco se inserta a continuación del final de la adaptación de la historieta de Rom. Es el «final nº 2», y en él abandonamos el plano del cómic para trasladarnos al plano de su lector, un adolescente que a primeros de los 80 lee apasionadamente el tebeo que Bayer acaba de reinterpretar. La identificación del niño con el personaje es tan intensa que lleva puesto un verdugo a imitación del casco del Caballero Espacial. Con una atención febril, coloca cada tebeo que colecciona perfectamente en su sitio exacto en la estantería, porque el orden del Universo Marvel ficticio se refleja en el orden material en que están dispuestos sus cómics en nuestra habitación. Pero ese lector adolescente libra la misma batalla angustiosa y universal que han librado todos los lectores adolescentes del mundo: la incomprensión de los padres, la marginación social y otras lacras a las que sólo se puede sobrevivir acudiendo a una inmensa fuerza interior que brota del manantial de los tebeos.



En esa relación entre el poder fetichista de los cómics y la voluntad interior, este Rom recuerda al magnífico El experimento, de Juaco Vizuete. Bayer no está haciendo un ejercicio de estilo (de los que sin duda tendrá amplio conocimiento, como profesor de cómic que es), Bayer está haciendo una memoria íntima de su infancia a través de la recreación de la experiencia de lectura de aquel ROM #29. En cierto sentido, Bayer replantea una cuestión que durante los 80, en la estela del punk, parecía crucial para cualquier manifestación cultural pop: la cuestión de la autenticidad. Sólo lo auténtico era admisible, y nada producido por una gran corporación podía ser auténtico. ¿Puede haber algo menos auténtico, entonces, que un tebeo Marvel creado exclusivamente para vender un muñeco articulado? A través de su trazo intenso y espontáneo, Bayer ofrece una reflexión que traslada la autenticidad al terreno de las emociones. Sólo lo que queda grabado en nuestra persona es auténtico, y sólo se graba lo que se vive con intensidad. Y esa reflexión la hace precisamente desde sus raíces en la escena punk de los 80.

Bayer, por cierto, incluye al final del cómic una página recordando la tragedia del guionista de ROM #29, Bill Mantlo, necesitado de cuidados continuos desde 1992, después de que fuera atropellado por un coche que se dio a la fuga, y pide al lector que envíe cartas de ánimo al desafortunado autor.


Raw Power (Retrofit, 2011) es, en cierto sentido, una ampliación de los temas y estrategias planteados en Rom. Entregado a la misma fiebre del dibujo que a veces le lleva a revisitar, supongo que inconscientemente, el garabatismo urgente de los cómics de prensa americanos de principios del siglo XX, Bayer nos presenta a un superhéroe peculiar al que resulta inevitable emparentar con el protagonista de The Death-Ray (2004) de Daniel Clowes. El Terry Kaminzczyk de Bayer, bajo la personalidad de Catman, se dedica a perseguir y acosar a las ratas (punks) que asuelan nuestra sociedad (desde su punto de vista, descrito apropiadamente como «Tunnel Vision»). En realidad, las víctimas de sus violentos asaltos son vendedores de periódicos de mendigos y otros marginados inofensivos, sobre quienes libera su rabia interior, incontenible. Su origen es el mismo que el de Batman: un ladrón mató a sus padres durante un atraco, aunque en lugar de estar volviendo del cine (o el teatro, o la ópera), Terry y sus progenitores volvían de una exhibición de los Harlem Globetrotters en el Madison Square Garden de Nueva York. La datación del suceso es fundamental para situar a los personajes en unas coordenadas concretas y reales de un pasado palpable, alojado en nuestra memoria, al igual que ocurría con el Andy de The Death-Ray. O sea: para entender que no hablamos de iconos, sino de personas. Kaminzcyk, por supuesto, es un perturbado, que cree estar enamorado de una mujer a quien considera su novia cuando en realidad es la asistente social ocupada de controlarle.


Pero la locura de Kaminzcyk no es una locura solitaria, es una locura que tiene una base real y localizada, con raíces perfectamente identificables. Y aquí se produce el primero de los dos giros geniales de Raw Power. Junto a las peripecias de Catman, vemos cómo el presidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter (1977-1981), organiza una guerra contra el punk rock para evitar que suma a la nación en una situación de caos comparable a la de los años 60 y el flower power. El tema, que había sido introducido en la página 1 de Raw Power mediante una entrevista de Bayer con Jello Biafra y con Raymond Pettibon, se desarrolla a través del personaje elegido por Carter para dirigir esa guerra: G. Gordon Liddy, el hombre que dirigió las escuchas del Watergate para Nixon, que fue a la cárcel por ello, y que a su salida escribió un libro autobiográfico, Will (Voluntad) que vendió millones de copias. O sea, un verdadero ultraderechista que, a través de su trastornada retórica (tal y como la presenta Bayer) ofrece la justificación moral e ideológica para las tropelías del tarado de Kaminzcyk.


Pero son precisamente esas tropelías de Kaminzcyk nos llevan al segundo giro brillante de Raw Power. Una de sus víctimas vuelve a casa magullada y su pareja no tiene mejor ocurrencia que ofrecerle un cómic para que se relaje con su lectura. La mujer lo hojea y lo rechaza, furiosa, para sorpresa de él. Y entonces Bayer hace una reinterpretación completa (aunque comprimida en número de páginas) de ese cómic, al igual que hizo con el ROM #29 en Rom. En este caso se trata de D.P. 7 nº 6 (Marvel, 1987), de Mark Gruenwald y Paul Ryan, un cómic perteneciente a la frustrada línea que en su día se conoció como «New Universe». Obsérvese que Bayer no está invocando cómics de superhéroes que hoy en día cuenten con pedigrí, cómics que hoy sean reclamados como clásicos. No se trata aquí de reivindicar a Kirby o Ditko, ni siquiera al Frank Miller de los 80. Más bien se trata de realizar una revisión personal de una experiencia privada. En este D.P. 7 reinterpretado (en el que el personaje principal ha sido sustituido por un personaje de Bayer, lo que hace que parezca casi como si el Jimbo de Panter se hubiera deslizado en un tebeo Marvel y lo hubiera transformado todo a su imagen) hay de nuevo citas expresas a un momento concreto, a través de las propias referencias incluidas en el original: los personajes compran discos de Def Leppard y ven episodios de Dallas. El episodio concluye con un apocalipsis de dibujo cómo sólo Bayer es capaz de llevar a la página.


Y así concluye Raw Power, sin que volvamos a ver a Liddy, a Carter ni a Kaminczyk. Como una amalgama furiosa de líneas negras sobre el papel que parecen tener una vida propia.

Josh Bayer también es editor de una antología de la que se han publicado dos volúmenes hasta la fecha: Suspect Device. En este caso sí podemos hablar de un ejercicio de estilo colectivo. Los autores participantes toman dos viñetas de Nancy de Ernie Bushmiller, y desarrollan su propio argumento, con su propio sello, para unirlas. En la segunda entrega, Garfield se suma a Nancy para complicar aún más las posibles combinaciones. El resultado más palpable del ejercicio es ver a una comunidad pujante de historietistas (decenas en cada una de las entregas) colaborando en un proyecto cuyo único dictado es dibujar e inventar, ejercitar los músculos del cómic.

Josh Bayer es ahora mismo uno de mis autores favoritos, y uno de mis mayores descubrimientos en el panorama actual de los fanzines de cómic. Quiero cerrar este primer repaso a la otra escena americana con un último dibujante, al que dedicaré el próximo post si nada lo impide.