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sábado, 11 de mayo de 2013

KURTZMAN EXPUESTO



HARVEY KURTZMAN Y WILL ELDER: VAYA PAR DE DOS

Kurtzman era el más listo de la clase, y Elder el payaso. Era inevitable que se unieran y que de su colaboración salieran tebeos tan originales y divertidos que hoy son un tesoro de la cultura popular americana de mediados del siglo XX.
Harvey Kurtzman (1924-1993) y Will Elder (1921) llegaron de Brooklyn y del Bronx, respectivamente, para coincidir en el prestigioso High School of Music and Art de Manhattan, y ya no se separarían a lo largo de su carrera profesional. A finales de los 40 compartían estudio, y a principios de los 50 formaban parte de la plétora de artistas de la pujante EC Comics de Bill Gaines. Ni Kurtzman ni Elder estaban especialmente dotados para el crimen, el horror o la ciencia-ficción, de modo que encontraron su nicho en otros campos. Kurtzman creó los legendarios cómics bélicos de Two-Fisted Tales y Frontline Combat, y en 1952 se inventó el tebeo satírico Mad, donde Elder encontró su plenitud. “Soy un humorista. Me encanta el humor; es la única forma en que puedo expresarme”, diría posteriormente. Kurtzman era un narrador riguroso y exacto, pero su acabado gráfico era escueto, lo que le restaba popularidad entre el público lector acostumbrado a estilos más endulzados. Cuando escribía guiones para otros dibujantes, acostumbraba a imponerles su propio estilo narrativo, proporcionándoles detalladísimos bocetos. Elder, por su parte, era un dibujante versátil y desbordante, que necesitaba la estructura rígida que le proporcionaba Kurtzman para no perderse en infinidad de detalles humorísticos. Con Elder, Kurtzman conseguía un acabado carnoso y comercial; con Kurtzman, Elder dotaba de vida a su estilo ilustrativo.
Tras abandonar Mad en 1956, Kurtzman y Elder siguieron colaborando en revistas satíricas como Trump (1957, para Hugh Hefner), Humbug (1957-58, autoeditada por un colectivo de historietistas) o Help! (1960-65, Warren). En esta última crearon a Goodman Beaver, una especie de Cándido moderno, que serviría de inspiración para la parodia erótica Little Annie Fannie, publicada entre 1962 y 1988 en Playboy. La huella de Kurtzman y Elder es palpable en Robert Crumb.

Texto publicado originalmente en Del tebeo al manga: una historia de los cómics 3. El comic-book: Superhéroes y otros géneros (2007, Panini), obra dirigida por Antoni Guiral.

Ayer estuve viendo la exposición The Art of Harvey Kurtzman en la Society of Illustrators. Casi no llego a tiempo, porque termina hoy, pero mereció la pena hacer el esfuerzo. Reconozco que no soy nada aficionado a las exposiciones de cómic con originales colgados de las paredes, pero hay que decir que ésta es una de las mejores que he podido ver. Primero, por la envergadura del personaje protagonista, Harvey Kurtzman, una figura a la que considero fundamental en la historia del cómic norteamericano moderno, aunque en realidad su influencia es mundial (en La novela gráfica le dedico las páginas 124-133). Y segundo, porque la variedad y amplitud de la muestra se correspondía con la del propio Kurtzman. Páginas originales ya legendarias, como la famosa historieta «Corpse on the Imjin» (Two-Fisted Tales, 1952) completa, o la primera página de «Superduperman» (Mad, 1953), la historieta que más influyó sobre Watchmen, se mezclaban con ejemplos de casi todas las épocas de la carrera de Kurtzman, desde antes de su llegada a EC hasta sus Humbug, Goodman Beaver y Little Annie Fannie, junto con trabajos comerciales o privados, documentos personales e incluso muestras de su época de estudiante de arte. En fin, un festín para el admirador de Kurtzman, que además se aumenta con la capacidad de sorpresa que siempre producen estos materiales, ya que Kurtzman trabajó con numerosos dibujantes a quienes suministraba abocetadas las historietas a las que ellos daban su forma gráfica final, y en esta exposición se podían comparar esos bocetos de Kurtzman con los acabados de sus colaboradores. En la pared se podía disfrutar de una de las colaboraciones más extraordinarias de todos los tiempos, la que realizó con otro genio, Bernard Krigstein, en «Bringing Back Father», la parodia de Bringing Up Father de Geo McManus que hicieron para Mad en 1954, con la participación añadida del compinche habitual de Kurtzman, Will Elder.

La exposición, en todo caso, revela que la variedad de temáticas, estilos y colaboradores que caracteriza la carrera de Kurtzman tiene una base material también, con una gran diversidad de técnicas y soportes que saltan a la vista cuando se ven en persona, lo que da una riqueza especial al recorrido. Me gustaría explayarme sobre Kurtzman como merece, pero ahora no tengo tiempo para hacerlo, de manera que he decidido recuperar el texto que encabeza esta entrada para que acompañe a una selección de algunas fotos que tomé ayer en la Society of Illustrators.


























miércoles, 19 de septiembre de 2012

UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX


(Continúa de la primera parte)

Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.


El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?



El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.


Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».


Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.


Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes


Chris Ware y David M. Ball

Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas  dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.



Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.

[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].

martes, 1 de mayo de 2012

UN FESTIVAL DE CÓMIC


El fin de semana que viene no estaré en Barcelona, y será el primer Salón que me salte en unos cuantos años. Para consolarme de tanta nostalgia, este sábado pasado me administré una visita a otro evento comiquero: el MoCCA Fest.

El MoCCA Fest es un salón del cómic alternativo que organiza en Nueva York el Museum of Comic and Cartoon Art. La edición de este año, como viene sucediendo desde 2009, se celebraba en un edificio singular: el cuartel del Regimiento 69 en la Avenida Lexington, uno de los tesoros arquitectónicos de Manhattan, pero también un marco singular para la reunión de gentes tradicionalmente tan pacíficas como suelen ser las del cómic. Te encuentras mesas redondas presididas por retratos de generales y entregas de premios observadas por murales bélicos. Creo que enriquece la personalidad del evento con un punto bizarro.


Pagando la entrada de 15$ por un día o 24$ por el fin de semana completo (en jornadas que empezaban a las once de la mañana y terminaban a las seis de la tarde), el visitante podía acceder una gran y única sala donde se desplegaban los expositores. Allí se podía acceder a las últimas novedades de las editoriales más destacadas del sector, a una inmensidad de fanzines vendidos directamente desde el productor al consumidor, como los puerros en el Farmer's Market, y a las clásicas sesiones de firmas de cualquier feria del libro que se precie. En un par de salas adjuntas se celebraban a lo largo del día mesas redondas y otras actividades complementarias.

En el MoCCA Fest no encontraremos a Marvel, DC, Dark Horse o Image. Las editoriales presentes más importantes son Fantagraphics, Drawn & Quarterly y Top Shelf. Es decir, lo que en megaconvenciones como San Diego se considera small press. Junto a ellos, y esto es significativo de la inversión de valores que ha vivido el cómic durante décadas, editoriales literarias que se han abierto camino en el cómic a través de la novela gráfica: Pantheon y Abrams. Ambas sacaron músculo durante el evento, soltando cebos de algunas de las novedades que publicarán a lo largo del año. Abrams repartía copias de un cuadernillo de 60 páginas a color con tapas de cartón de The Carter Family: Don't Forget This Song, de Frank M. Young y David Lasky. Pantheon, por su parte, regalaba un cuadernillo en forma de tira de 52 páginas a color de Building Stories, lo nuevo de Chris Ware que se espera para el otoño. En fin: torpedos fuera.


Si bien estas editoriales tienen un gran peso espiritual en el festival, ya que en cierto modo representan el horizonte hacia el que buena parte de los jóvenes autores presentes desearía encaminarse, su presencia física se diluye un tanto en el mar de mesas que está dominado, sobre todo, por historietistas autoeditados o agrupados en diminutos sellos semiaficionados, y que muchas veces ofrecen artículos hechos a mano o de tiradas minúsculas. Y no había sólo norteamericanos: también franceses y escandinavos -una muy nutrida representación-. Incluso pude descubrir a un brasileño (Nik Neves, cuyo Inútil estoy deseando leerme) y un español afincado en Nueva York, José Fragoso, que presentaba su Happyville. Tampoco hay que pensar que la oferta era homogénea: además de los esperados ejercicios de melancolía indie, también había un buen puñado de fanzines de horror, terror, ciencia-ficción y manga (la presencia de autoras orientales o de origen oriental era muy abundante). Ni siquiera todo el mundo vendía cómics: algunos llevaban cuadros, serigrafías, esculturas o camisetas. Pero eso sí: todo muy artesanal.


Los expositores no están dispuestos en casetas, al estilo europeo, sino en mesas corridas. Mi impresión es que esto ayuda a que la comunicación de los autores entre sí sea mucho más fluida. Más que plantearse como una colección de empresas individuales, el evento parece la manifestación de un esfuerzo colectivo, y sospecho que para muchos de los jóvenes dibujantes el mayor beneficio de asistir será la posibilidad de compartir horas de conversación y camaradería con sus colegas, con todo lo que eso conlleva de aprendizaje y estímulo para el futuro. De hecho, en algunos puntos clave había una actividad social continua, como en el popularísimo tramo donde se encontraban Leslie Stein, Josh Bayer y Box Brown de Retrofit Comics.

El contacto directo con los autores es muy estrecho, y eso es lo bueno y lo malo de estos eventos. Lo bueno, porque puedes abordar a cualquier autor que te llame la atención y charlar distendidamente con él. Lo malo, porque ellos también te pueden abordar a ti y, a la menor oportunidad, intentar explicarte ese tebeo tan maravilloso en el que han trabajado durante meses y que puede ser tuyo por sólo 3 dólares. Sobreponerse al sentimiento de culpa que te incita a la compra compulsiva es difícil, y por eso lo mejor es evitar a toda costa el contacto ocular. Esto provoca que a veces pasemos de largo junto a algún tebeo realmente interesante que detectamos con el rabillo del ojo y tengamos que hacer un giro en U para volver directamente hacia él y someternos al pitch -ahora bienvenido- del autor. Casi todas mis compras fueron de fanzines que desconocía previamente, complementadas con un montoncito de novedades de Fantagraphics con las que no contaba pero a las que no pude resistirme al verlas en directo. Con esto falté a mi código, pero un día es un día.

Es posible que al leer esta descripción alguien se acuerde de SPX, el salón del cómic alternativo de Bethesda del que hablé aquí hace unos meses. Normal: ambos son prácticamente iguales en filosofía, organización, apariencia, expositores y público. El Armory Lexington ofrece un espacio mucho más amplio que el salón del Marriott ocupado por la SPX, pero aparte de eso cuesta encontrar alguna diferencia significativa. También es cierto que la SPX estaba mucho más concurrida, pero como suele pasar, es difícil saber si eso se debía a que atrajo a más público o a que el espacio era más pequeño. En Nueva York, eso sí, se quejaron de la asistencia de este año. Lo cual, por otra parte, tal vez sea sólo una tradición inmemorial de los expositores de ferias del libro de todo el mundo.


Además de vagar entre las mesas con una carga cada vez mayor de papeles, cartones y papelajos, aproveché para asistir a algunas de las actividades programadas en las salas anexas. Lo fantástico es que fui a cuatro y cada una de ellas fue distinta de las demás. Una mesa redonda moderada por Brian Heater reunía al británico Tom Gauld, todavía con su Goliath (pronto escribiré aquí sobre él) fresco y al austríaco Nicolas Mahler, que presentaba Angelman en Fantagraphics. También estaba prevista la presencia del belga Olivier Schrauwen, cuyo excepcional El hombre que se dejó crecer la barba ha sido publicado en Estados Unidos por Fantagraphics y acaba de salir en España de la mano de Fulgencio Pimentel (haceos un favor y compradlo; incluso varias veces), pero al final no pudo asistir al festival. La charla estuvo animada, muy bien dirigida, y fue curioso observar cómo la personalidad artística de ambos autores se trasladaba a su personalidad en vivo. Gauld, elegante y sencillo, Mahler, oblicuo y sardónico.


Si bien en la charla de Gauld y Mahler no hubo mucho público, en la que dieron Jessica Abel y Matt Madden la sala estaba a reventar. Abel y Madden tiene un nuevo manual para la práctica del cómic, Mastering Comics, y lo presentaron con un ejercicio práctico consistente en desgranar una checklist de obligado cumplimiento para cualquier aspirante a historietista. Punto por punto fueron explicando todo lo que hay que tener en cuenta: formato, estilo, dibujo y todos esos mil detalles que un autor suele tener bailando en la cabeza en un momento dado y que ellos se han preocupado de formalizar de una manera didáctica. Yo tiendo a ser escéptico con estas guías, primero porque pienso que cada cual ha de encontrar su camino mediante su propia experiencia y reflexión, y segundo porque creo que si no eres capaz de llegar a tus propias conclusiones por ti mismo, tal vez sea porque no estás llamado a seguir esta senda. Pero hubo un punto del checklist que me llegó al alma, y como claramente dijo Abel, si éste no se cumple, todos los demás no sirven para nada: Time management. O uno se organiza para trabajar de verdad, o da igual las ideas y el talento que tenga, nunca va a hacer nada. Obviamente, a esas alturas la charla ya se convierte en un discurso de autoayuda que lo mismo se puede aplicar al cómic que a la cocina -tienes que hacerlo, tienes que cambiar tu vida-, pero debo reconocer que a mí al menos me resultó inspiracional. Abel y Madden son comunicadores excepcionales, y muy compenetrados en su puesta en escena, y eso ayuda sobremanera a la persuasión y a la motivación. Esto es algo que resulta un tanto ajeno a la naturaleza de los españoles, pero que encaja muy bien con el espíritu norteamericano. La mejor prueba era ese público abundante que asistió a la charla, y que no sólo era numeroso, sino muy activo. Tenían muchas dudas, y las expresaron todas hasta donde les dejó el tiempo, sin vergüenza alguna. Todos necesitan saber muchas cosas, y necesitan que se las enseñen y querían aprenderlas. Todos querían ser historietistas. Todos ellos. Y no todos eran chavales. Parece que de golpe muchas personas han descubierto el cómic como medio de expresión personal, y hasta como carrera viable en las artes. Y quieren trabajar en ello. Confieso que me abruma tanta determinación.


A mediodía, el MoCCA hizo entrega del premio Klein «a un artista cuya obra haya elevado el cómic como arte» a Gary Panter. Si hay algo que tienen los americanos, aparte de esa determinación de la que hablaba antes, es un consumado sentido del espectáculo, un saber estar y presentarse, un entendimiento de la necesidad de las ceremonias. Con esto no quiero decir que la entrega del premio a Panter fuera como la salida de los jugadores en el All-Star de la NBA. Ni mucho menos, fue más bien austera y nada circense, pero tuvo la dignidad necesaria para darle un sentido al premio. Quizás el problema sea que estoy tan acostumbrado a entregas de premios bochornosas en España, que cualquier cosa me parece solemne, pero con unos medios mínimos esta gente se la apañó para hacer algo decente.


El crítico de cómics Bill Kartalopoulos conversó durante cerca de una hora con Panter, repasando su trayectoria con ayuda de una presentación de diapositivas, y así todos los presentes tuvieron la sensación de entender a quién se estaba premiando y por qué, y que merecía la pena dedicarle unos minutos. A estas alturas de su vida, Gary Panter es más jefe que nunca, la imagen misma del cool, un tío con aura que sabe expresarse con esa serenidad y sencillez que desembocan en la profundidad. Decir lo máximo con lo mínimo. Uno no puede aprender a tener un pie en el arte de galería y otro en la historieta punk con tanta naturalidad como lo hace Panter. Eso se lleva de nacimiento o no. Se es, o no. Por eso Panter es tan grande. Y ahora que lo pienso: ¿tiene sólo un tebeo publicado en España? ¿Aquel mítico Invasión de los Elvis zombis de hace cerca de treinta años? ¿Es así? ¿Y luego nos extrañamos de tener la crisis que tenemos?


El último acto del día fue, para mí, el más sorprendente y divertido de todos. Creo que jamás me he reído tanto en un salón del cómic. El nombre era «Carousel», y consistía en un espectáculo en el que un grupo de dibujantes leían en público sus historietas, proyectadas viñeta a viñeta en una pantalla, interpretando los textos teatralmente y acompañados de algunos actores de voz. Los dibujantes eran Shannon Wheeler (Too Much Coffee Man), Leslie Stein (que ha publicado Eye of the Majestic Creature con Fantagraphics), Domitille Collardey (que participa en Suspect Device 2), Lauren Weinstein (autora de esa cumbre que es The Goddess of War), Michael Kupperman (que tenía un número nuevo de Tales Designed to Thrizzle You) y R. Sikoryak, que hacía de maestro de ceremonias y adelantó un par de historietas que formarán parte de la continuación de Masterpiece Comics. Dave Hill y Scott Adsit fueron los dos actores encargados de darles apoyo con sus voces.

El invento funcionó mucho mejor de lo que me imaginaba, y no sólo con las historietas cómicas, sino también con algunas más serias. La experiencia de lectura cambiaba completamente, no sólo por la participación de la voz humana, sino porque los lectores -o público- perdíamos el control sobre el ritmo de lectura de la historieta que siempre tenemos en nuestra experiencia convencional. Es más: cuando leemos una historieta, siempre leemos de forma diferente las últimas viñetas -y especialmente la última- porque sabemos que se está acabando y que allí debemos esperar una resolución, una epifanía, o simplemente un gag. Incluso un silencio anticlimático adquiere cierta resonancia cuando sabemos que allí se acaba la historia. Sin embargo, cuando no tenemos el control de la lectura y sólo descubrimos las viñetas de una en una, nunca sabemos si la viñeta que estamos viendo es el gag, el chiste final, la gran conclusión, o sólo una transición hacia algo más definitivo, y todas nuestras expectativas y decisiones se mantienen en tensión hasta el límite. Es decir, con esta experiencia del cómic en vivo, el cómic vive más que nunca.

Se puede decir que todas las historietas fueron un éxito, en gran medida ayudado por el desparpajo y el entusiasmo con el que las abordaron los participantes. Pero el momento cumbre de la sesión fue -no podía ser de otra manera- para Michael Kupperman, que demostró que ahora mismo puede ser una de las personas más divertidas del planeta. Kupperman, que parece un cómico británico antiguo, con su gabardina, su traje, chaqueta y corbata impecables -nada de estilo moderno, completamente clásico- y sus ojos chispeantes y su pelo revuelto, no sólo está produciendo algunas de las páginas más hilarantes que he leído en mi vida -tengo que escribir en cuanto pueda sobre las últimas entregas de Tales Designed to Thrizzle y sobre el apoteósico Mark Twain's Autobiography, 1910-2010- sino que además es un espectáculo ambulante. Su lectura en solitario -haciendo todas las voces, al estilo de Mel Blanc- de una de las historietas incluidas en el último Tales, la titulada Moon 69. The True Story of the 1969 Moon Launch, casi hace que se venga abajo el cuartel. Con una velocidad endiablada, combinaba el estilo de locución de los documentales de los años 50 para los textos narrativos con las variantes más estrambóticas y matizadas para cada una de las voces de las decenas de personajes. Mese saltaban las lágrimas.

Pero más allá del talento innato de Kupperman como escritor y como actor, el Carousel funcionó porque supo tomar algo que es sólo cómic y proyectarlo como una actividad social y compartida sin necesidad de adornos circenses, sin necesidad de efectos especiales, de tramoyas, de franquicias, marcas, accesorios o fanfarrias. Lo que había allí era un puñado de historietistas que hacen sus propias historietas, cada uno con su propia personalidad y estilo, autores de verdad, dueños de sus obras y de su destino, que se mostraban como personas de carne y hueso en contacto directo con su público real a través de la manifestación pública de su trabajo. Así de sencillo, sin necesidad de mayores reclamos. Y funcionó y dio una dimensión real a sus historietas. Repito: las hizo vivir.

Por eso me fui del Armory con la sensación de salir de un lugar vivo, donde hay gente viva creando cómics vivos. Y por eso quizás no sentiré tanto faltar al Salón del Cómic de Barcelona de este año, donde leo que en la presentación oficial no hubo ni un solo autor de cómic, y sin embargo sí representantes de videojuegos y de Rock en Río (?), donde se invita a actores secundarios de Star Wars y se vende el señuelo de los zombis, los robots o lo que toque para que la gente lleve a sus niños allí como quien los lleva al circo y se encuentre por casualidad con algún tebeo. Salí del MoCCA Fest con el convencimiento de que frente a ese concepto del Salón de la fantasía heroica infantil de las grandes multinacionales, existe la posibilidad de plantear un festival donde el cómic esté de verdad en primer plano, un festival que sea sobre cómic, con autores de cómic y para lectores de cómic. Que es, básicamente, lo que me interesa a mí, y no si Han Solo disparó primero o no.

¿Existe ese verdadero festival del cómic en España? Si no es así, ¿se dan las condiciones para que exista? Parecería que éste es uno de esos momentos de «ahora o nunca». Y visto lo visto, va a ser que... Pero, eh, quieto parao, recuerda: cómo me reí con Michael Kupperman. Qué gran día de tebeos y nada más que tebeos en Nueva York.