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miércoles, 14 de septiembre de 2016
LA GIRA DE AMÉRICA
Esta semana y la próxima, Ana Galvañ, José Domingo, Javier Olivares, David Rubín y yo estamos de gira por Estados Unidos apoyando el lanzamiento del volumen recopilatorio Spanish Fever, versión americana de Panorama. Si estáis por la zona y queréis venir a charlar y comeros unas tortitas con bacon con nosotros, podéis consultar nuestro programa en la página de Spain Arts & Culture, la fundación que ha hecho posible esta gira:
Programa para Washington D. C. y alrededores.
Programa para Nueva York.
Os lo resumo aquí:
Jueves 15, 18:30h, Washington DC: Charla con los autores en la Antigua Residencia de los Embajadores de España, moderada por José Villarrubia.
Viernes 16, 13:00h, Baltimore: Encuentro con los estudiantes del MICA (Maryland Institute College of Art).
Sábado 17, 13:00h, Bethesda: Mesa redonda sobre cómic español en la SPX. Moderada por Matt Madden.
Sábado 17, 15:00h, Bethesda: Taller de creación de cómics con José Domingo y David Rubín en la SPX.
Sábado 17, 16:00h, Bethesda: Sesión de firmas en el stand de Fantagraphics.
Domingo 18, 13:00h, Bethesda: Sesión de firmas en el stand de Fantagraphics.
Martes 20, 18:00h, Nueva York: Charla en la Universidad de Columbia.
Miércoles 21, 19:00h, Nueva York: Presentación y firmas en la librería McNally Jackson.
Como se suele decir: ¡no vamos a tener tiempo de aburrirnos! See you on the other side!
martes, 16 de agosto de 2016
SPANISH FEVER EN SPX
Ya es oficial y me llena de orgullo y de ilusión poder comentarlo aquí: una delegación de autores españoles estará representando a Spanish Fever en la Small Press Expo que se celebra dentro de un mes en Bethesda (Maryland).
¿Qué es Spanish Fever? La versión americana de Panorama, la antología de cómic español contemporáneo que coordiné para Astiberri en 2013, y que ha sido publicada este mismo mes por Fantagraphics. Aquí tenéis más datos.
¿Qué es la SPX? Un festival de cómic alternativo, probablemente el más importante de Estados Unidos. Se celebra desde 1994 y en ella se entregan los Ignatz, que son los premios de cómic de carácter artístico más significados del país. Este año tendrá lugar el 17 y 18 de septiembre, y entre los invitados especiales con los que contará se encuentran Daniel Clowes, Joe Sacco, Trina Robbins, Jaime Hernandez, Gilbert Hernandez, Charles Burns, Jim Woodring y la fantástica Lisa Hanawalt. Pero también Javier Olivares, David Rubín, Ana Galvañ y José Domingo, a quienes tendrá la suerte de poder acompañar el que esto firma.
Entre 2011 y 2015 estuve viviendo en Baltimore, a 40 minutos en coche del Marriott de Bethesda donde se celebra la SPX, y no me perdí ninguna de las ediciones del festival. Ésta es la crónica que hice el primer año, y éstas las de otras dos ocasiones en que acompañé a Iñaki Sanz y Alberto García Marcos y también a Pepo Pérez y Robur. En todas las ocasiones disfruté muchísimo de la experiencia y aproveché para llenar mi Flickr de retratos que podéis ver aquí.
Por eso me hace una ilusión especial poder acompañar a mis colegas en esta visita a un festival al que tengo un cariño muy personal. Sólo lamento que no haya coincidido con el tiempo en que yo estaba viviendo en Baltimore, o habría podido llevar a Javier, Ana, David y José a desayunar a Pete's Grill, el diner favorito de Michael Phelps, el Tiburón de Baltimore, donde todos los domingos me metía unos espectaculares chocolate chip pancakes.
La delegación Spanish Fever estará muy ocupada durante el fin de semana del festival. Participaremos en mesas redondas y talleres, y estaremos en el stand de Fantagraphics (que casualmente celebra en este evento su 40 aniversario) firmando ejemplares del libro. Pero ahí no se acaba la cosa. También tendremos actos en Washington DC, en Baltimore y en Nueva York. Más adelante pondré el programa completo de nuestra gira para que quienes estén de visita o residan en la zona se pasen a vernos si lo desean.
Todo esto ha sido posible gracias al apoyo de la fundación Spain Arts & Culture, que ha querido hacer un esfuerzo por promover la presencia de nuestro cómic en Estados Unidos. Desde aquí, mi agradecimiento por su trabajo y compromiso a Guillermo Corral, María Molina, Cristina Ruiz, Xavi Ruiz, Berta Corredor y el resto del equipo que ha dedicado su tiempo a hacer realidad nuestra visita. Es gracias a ellos, a la visión y compromiso de Astiberri, y al talento de nuestros historietistas -no sólo de los que participan en el viaje, que son sólo una representación de un colectivo- que vamos a tener oportunidad de vivir esta experiencia.
Como decía antes, por motivos personales me hace ilusión que se haga realidad esta visita a un festival con el que tengo lazos íntimos, pero además desde el punto de vista profesional me llena de orgullo que Panorama haya llegado hasta aquí. La intención original del proyecto era, por un lado, ayudar a crear comunidad entre los historietistas que trabajan ahora mismo en las viñetas en España, y por otro, contribuir a la difusión de su obra entre un público más amplio. Qué mejor forma de cumplir con esta meta que llevando nuestras historietas hasta un público como el norteamericano en un escenario tan brillante como éste. A veces nos quejamos mucho, sí, pero oye, hay que decir que las cosas también pueden salir bien ocasionalmente. Pero eso sí, hay que currárselas. Un poquito.
¡Nos vemos en las Américas!
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lunes, 16 de septiembre de 2013
SPX 2013
En la foto que encabeza este post me tenéis flanqueado por Pepo Pérez, que vino a visitarnos desde Nueva York, y por Robur, un habitual de los comentarios de este blog que también vive en la Costa Este. Tuve la oportunidad de disfrutar de su compañía durante el fin de semana y lo pasamos muy bien. En mi Flickr podéis encontrar unas cuantas fotos de la fiesta que se celebró en Atomic Books el viernes y de la jornada del sábado en la SPX. Hay retratos de Seth, Tom Spurgeon, Gary Panter, Lisa Hanawalt, Michael Kupperman, Jeffrey Brown, Adrian Tomine, James Kochalka y muchos otros.
Flickr de Mandorla
Crónica de SPX 2011
Crónica de SPX 2012
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lunes, 24 de septiembre de 2012
SPX, EL AMOR POR LOS TEBEOS
Alberto García Marcos, el Tío Berni, ha escrito su propia crónica de la SPX 2012 en Entrecomics. Para contrastar puntos de vista, recomiendo su lectura pinchando aquí.
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miércoles, 19 de septiembre de 2012
UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX
(Continúa de la primera parte)
Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.
El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?
El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.
Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».
Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.
Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes
Chris Ware y David M. Ball
Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.
Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.
[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].
martes, 1 de mayo de 2012
UN FESTIVAL DE CÓMIC
El fin de semana que viene no estaré en Barcelona, y será el primer Salón que me salte en unos cuantos años. Para consolarme de tanta nostalgia, este sábado pasado me administré una visita a otro evento comiquero: el MoCCA Fest.
El MoCCA Fest es un salón del cómic alternativo que organiza en Nueva York el Museum of Comic and Cartoon Art. La edición de este año, como viene sucediendo desde 2009, se celebraba en un edificio singular: el cuartel del Regimiento 69 en la Avenida Lexington, uno de los tesoros arquitectónicos de Manhattan, pero también un marco singular para la reunión de gentes tradicionalmente tan pacíficas como suelen ser las del cómic. Te encuentras mesas redondas presididas por retratos de generales y entregas de premios observadas por murales bélicos. Creo que enriquece la personalidad del evento con un punto bizarro.
Pagando la entrada de 15$ por un día o 24$ por el fin de semana completo (en jornadas que empezaban a las once de la mañana y terminaban a las seis de la tarde), el visitante podía acceder una gran y única sala donde se desplegaban los expositores. Allí se podía acceder a las últimas novedades de las editoriales más destacadas del sector, a una inmensidad de fanzines vendidos directamente desde el productor al consumidor, como los puerros en el Farmer's Market, y a las clásicas sesiones de firmas de cualquier feria del libro que se precie. En un par de salas adjuntas se celebraban a lo largo del día mesas redondas y otras actividades complementarias.
En el MoCCA Fest no encontraremos a Marvel, DC, Dark Horse o Image. Las editoriales presentes más importantes son Fantagraphics, Drawn & Quarterly y Top Shelf. Es decir, lo que en megaconvenciones como San Diego se considera small press. Junto a ellos, y esto es significativo de la inversión de valores que ha vivido el cómic durante décadas, editoriales literarias que se han abierto camino en el cómic a través de la novela gráfica: Pantheon y Abrams. Ambas sacaron músculo durante el evento, soltando cebos de algunas de las novedades que publicarán a lo largo del año. Abrams repartía copias de un cuadernillo de 60 páginas a color con tapas de cartón de The Carter Family: Don't Forget This Song, de Frank M. Young y David Lasky. Pantheon, por su parte, regalaba un cuadernillo en forma de tira de 52 páginas a color de Building Stories, lo nuevo de Chris Ware que se espera para el otoño. En fin: torpedos fuera.
Si bien estas editoriales tienen un gran peso espiritual en el festival, ya que en cierto modo representan el horizonte hacia el que buena parte de los jóvenes autores presentes desearía encaminarse, su presencia física se diluye un tanto en el mar de mesas que está dominado, sobre todo, por historietistas autoeditados o agrupados en diminutos sellos semiaficionados, y que muchas veces ofrecen artículos hechos a mano o de tiradas minúsculas. Y no había sólo norteamericanos: también franceses y escandinavos -una muy nutrida representación-. Incluso pude descubrir a un brasileño (Nik Neves, cuyo Inútil estoy deseando leerme) y un español afincado en Nueva York, José Fragoso, que presentaba su Happyville. Tampoco hay que pensar que la oferta era homogénea: además de los esperados ejercicios de melancolía indie, también había un buen puñado de fanzines de horror, terror, ciencia-ficción y manga (la presencia de autoras orientales o de origen oriental era muy abundante). Ni siquiera todo el mundo vendía cómics: algunos llevaban cuadros, serigrafías, esculturas o camisetas. Pero eso sí: todo muy artesanal.
Los expositores no están dispuestos en casetas, al estilo europeo, sino en mesas corridas. Mi impresión es que esto ayuda a que la comunicación de los autores entre sí sea mucho más fluida. Más que plantearse como una colección de empresas individuales, el evento parece la manifestación de un esfuerzo colectivo, y sospecho que para muchos de los jóvenes dibujantes el mayor beneficio de asistir será la posibilidad de compartir horas de conversación y camaradería con sus colegas, con todo lo que eso conlleva de aprendizaje y estímulo para el futuro. De hecho, en algunos puntos clave había una actividad social continua, como en el popularísimo tramo donde se encontraban Leslie Stein, Josh Bayer y Box Brown de Retrofit Comics.
El contacto directo con los autores es muy estrecho, y eso es lo bueno y lo malo de estos eventos. Lo bueno, porque puedes abordar a cualquier autor que te llame la atención y charlar distendidamente con él. Lo malo, porque ellos también te pueden abordar a ti y, a la menor oportunidad, intentar explicarte ese tebeo tan maravilloso en el que han trabajado durante meses y que puede ser tuyo por sólo 3 dólares. Sobreponerse al sentimiento de culpa que te incita a la compra compulsiva es difícil, y por eso lo mejor es evitar a toda costa el contacto ocular. Esto provoca que a veces pasemos de largo junto a algún tebeo realmente interesante que detectamos con el rabillo del ojo y tengamos que hacer un giro en U para volver directamente hacia él y someternos al pitch -ahora bienvenido- del autor. Casi todas mis compras fueron de fanzines que desconocía previamente, complementadas con un montoncito de novedades de Fantagraphics con las que no contaba pero a las que no pude resistirme al verlas en directo. Con esto falté a mi código, pero un día es un día.
Es posible que al leer esta descripción alguien se acuerde de SPX, el salón del cómic alternativo de Bethesda del que hablé aquí hace unos meses. Normal: ambos son prácticamente iguales en filosofía, organización, apariencia, expositores y público. El Armory Lexington ofrece un espacio mucho más amplio que el salón del Marriott ocupado por la SPX, pero aparte de eso cuesta encontrar alguna diferencia significativa. También es cierto que la SPX estaba mucho más concurrida, pero como suele pasar, es difícil saber si eso se debía a que atrajo a más público o a que el espacio era más pequeño. En Nueva York, eso sí, se quejaron de la asistencia de este año. Lo cual, por otra parte, tal vez sea sólo una tradición inmemorial de los expositores de ferias del libro de todo el mundo.
Además de vagar entre las mesas con una carga cada vez mayor de papeles, cartones y papelajos, aproveché para asistir a algunas de las actividades programadas en las salas anexas. Lo fantástico es que fui a cuatro y cada una de ellas fue distinta de las demás. Una mesa redonda moderada por Brian Heater reunía al británico Tom Gauld, todavía con su Goliath (pronto escribiré aquí sobre él) fresco y al austríaco Nicolas Mahler, que presentaba Angelman en Fantagraphics. También estaba prevista la presencia del belga Olivier Schrauwen, cuyo excepcional El hombre que se dejó crecer la barba ha sido publicado en Estados Unidos por Fantagraphics y acaba de salir en España de la mano de Fulgencio Pimentel (haceos un favor y compradlo; incluso varias veces), pero al final no pudo asistir al festival. La charla estuvo animada, muy bien dirigida, y fue curioso observar cómo la personalidad artística de ambos autores se trasladaba a su personalidad en vivo. Gauld, elegante y sencillo, Mahler, oblicuo y sardónico.
Si bien en la charla de Gauld y Mahler no hubo mucho público, en la que dieron Jessica Abel y Matt Madden la sala estaba a reventar. Abel y Madden tiene un nuevo manual para la práctica del cómic, Mastering Comics, y lo presentaron con un ejercicio práctico consistente en desgranar una checklist de obligado cumplimiento para cualquier aspirante a historietista. Punto por punto fueron explicando todo lo que hay que tener en cuenta: formato, estilo, dibujo y todos esos mil detalles que un autor suele tener bailando en la cabeza en un momento dado y que ellos se han preocupado de formalizar de una manera didáctica. Yo tiendo a ser escéptico con estas guías, primero porque pienso que cada cual ha de encontrar su camino mediante su propia experiencia y reflexión, y segundo porque creo que si no eres capaz de llegar a tus propias conclusiones por ti mismo, tal vez sea porque no estás llamado a seguir esta senda. Pero hubo un punto del checklist que me llegó al alma, y como claramente dijo Abel, si éste no se cumple, todos los demás no sirven para nada: Time management. O uno se organiza para trabajar de verdad, o da igual las ideas y el talento que tenga, nunca va a hacer nada. Obviamente, a esas alturas la charla ya se convierte en un discurso de autoayuda que lo mismo se puede aplicar al cómic que a la cocina -tienes que hacerlo, tienes que cambiar tu vida-, pero debo reconocer que a mí al menos me resultó inspiracional. Abel y Madden son comunicadores excepcionales, y muy compenetrados en su puesta en escena, y eso ayuda sobremanera a la persuasión y a la motivación. Esto es algo que resulta un tanto ajeno a la naturaleza de los españoles, pero que encaja muy bien con el espíritu norteamericano. La mejor prueba era ese público abundante que asistió a la charla, y que no sólo era numeroso, sino muy activo. Tenían muchas dudas, y las expresaron todas hasta donde les dejó el tiempo, sin vergüenza alguna. Todos necesitan saber muchas cosas, y necesitan que se las enseñen y querían aprenderlas. Todos querían ser historietistas. Todos ellos. Y no todos eran chavales. Parece que de golpe muchas personas han descubierto el cómic como medio de expresión personal, y hasta como carrera viable en las artes. Y quieren trabajar en ello. Confieso que me abruma tanta determinación.
A mediodía, el MoCCA hizo entrega del premio Klein «a un artista cuya obra haya elevado el cómic como arte» a Gary Panter. Si hay algo que tienen los americanos, aparte de esa determinación de la que hablaba antes, es un consumado sentido del espectáculo, un saber estar y presentarse, un entendimiento de la necesidad de las ceremonias. Con esto no quiero decir que la entrega del premio a Panter fuera como la salida de los jugadores en el All-Star de la NBA. Ni mucho menos, fue más bien austera y nada circense, pero tuvo la dignidad necesaria para darle un sentido al premio. Quizás el problema sea que estoy tan acostumbrado a entregas de premios bochornosas en España, que cualquier cosa me parece solemne, pero con unos medios mínimos esta gente se la apañó para hacer algo decente.
El crítico de cómics Bill Kartalopoulos conversó durante cerca de una hora con Panter, repasando su trayectoria con ayuda de una presentación de diapositivas, y así todos los presentes tuvieron la sensación de entender a quién se estaba premiando y por qué, y que merecía la pena dedicarle unos minutos. A estas alturas de su vida, Gary Panter es más jefe que nunca, la imagen misma del cool, un tío con aura que sabe expresarse con esa serenidad y sencillez que desembocan en la profundidad. Decir lo máximo con lo mínimo. Uno no puede aprender a tener un pie en el arte de galería y otro en la historieta punk con tanta naturalidad como lo hace Panter. Eso se lleva de nacimiento o no. Se es, o no. Por eso Panter es tan grande. Y ahora que lo pienso: ¿tiene sólo un tebeo publicado en España? ¿Aquel mítico Invasión de los Elvis zombis de hace cerca de treinta años? ¿Es así? ¿Y luego nos extrañamos de tener la crisis que tenemos?
El último acto del día fue, para mí, el más sorprendente y divertido de todos. Creo que jamás me he reído tanto en un salón del cómic. El nombre era «Carousel», y consistía en un espectáculo en el que un grupo de dibujantes leían en público sus historietas, proyectadas viñeta a viñeta en una pantalla, interpretando los textos teatralmente y acompañados de algunos actores de voz. Los dibujantes eran Shannon Wheeler (Too Much Coffee Man), Leslie Stein (que ha publicado Eye of the Majestic Creature con Fantagraphics), Domitille Collardey (que participa en Suspect Device 2), Lauren Weinstein (autora de esa cumbre que es The Goddess of War), Michael Kupperman (que tenía un número nuevo de Tales Designed to Thrizzle You) y R. Sikoryak, que hacía de maestro de ceremonias y adelantó un par de historietas que formarán parte de la continuación de Masterpiece Comics. Dave Hill y Scott Adsit fueron los dos actores encargados de darles apoyo con sus voces.
El invento funcionó mucho mejor de lo que me imaginaba, y no sólo con las historietas cómicas, sino también con algunas más serias. La experiencia de lectura cambiaba completamente, no sólo por la participación de la voz humana, sino porque los lectores -o público- perdíamos el control sobre el ritmo de lectura de la historieta que siempre tenemos en nuestra experiencia convencional. Es más: cuando leemos una historieta, siempre leemos de forma diferente las últimas viñetas -y especialmente la última- porque sabemos que se está acabando y que allí debemos esperar una resolución, una epifanía, o simplemente un gag. Incluso un silencio anticlimático adquiere cierta resonancia cuando sabemos que allí se acaba la historia. Sin embargo, cuando no tenemos el control de la lectura y sólo descubrimos las viñetas de una en una, nunca sabemos si la viñeta que estamos viendo es el gag, el chiste final, la gran conclusión, o sólo una transición hacia algo más definitivo, y todas nuestras expectativas y decisiones se mantienen en tensión hasta el límite. Es decir, con esta experiencia del cómic en vivo, el cómic vive más que nunca.
Se puede decir que todas las historietas fueron un éxito, en gran medida ayudado por el desparpajo y el entusiasmo con el que las abordaron los participantes. Pero el momento cumbre de la sesión fue -no podía ser de otra manera- para Michael Kupperman, que demostró que ahora mismo puede ser una de las personas más divertidas del planeta. Kupperman, que parece un cómico británico antiguo, con su gabardina, su traje, chaqueta y corbata impecables -nada de estilo moderno, completamente clásico- y sus ojos chispeantes y su pelo revuelto, no sólo está produciendo algunas de las páginas más hilarantes que he leído en mi vida -tengo que escribir en cuanto pueda sobre las últimas entregas de Tales Designed to Thrizzle y sobre el apoteósico Mark Twain's Autobiography, 1910-2010- sino que además es un espectáculo ambulante. Su lectura en solitario -haciendo todas las voces, al estilo de Mel Blanc- de una de las historietas incluidas en el último Tales, la titulada Moon 69. The True Story of the 1969 Moon Launch, casi hace que se venga abajo el cuartel. Con una velocidad endiablada, combinaba el estilo de locución de los documentales de los años 50 para los textos narrativos con las variantes más estrambóticas y matizadas para cada una de las voces de las decenas de personajes. Mese saltaban las lágrimas.
Pero más allá del talento innato de Kupperman como escritor y como actor, el Carousel funcionó porque supo tomar algo que es sólo cómic y proyectarlo como una actividad social y compartida sin necesidad de adornos circenses, sin necesidad de efectos especiales, de tramoyas, de franquicias, marcas, accesorios o fanfarrias. Lo que había allí era un puñado de historietistas que hacen sus propias historietas, cada uno con su propia personalidad y estilo, autores de verdad, dueños de sus obras y de su destino, que se mostraban como personas de carne y hueso en contacto directo con su público real a través de la manifestación pública de su trabajo. Así de sencillo, sin necesidad de mayores reclamos. Y funcionó y dio una dimensión real a sus historietas. Repito: las hizo vivir.
Por eso me fui del Armory con la sensación de salir de un lugar vivo, donde hay gente viva creando cómics vivos. Y por eso quizás no sentiré tanto faltar al Salón del Cómic de Barcelona de este año, donde leo que en la presentación oficial no hubo ni un solo autor de cómic, y sin embargo sí representantes de videojuegos y de Rock en Río (?), donde se invita a actores secundarios de Star Wars y se vende el señuelo de los zombis, los robots o lo que toque para que la gente lleve a sus niños allí como quien los lleva al circo y se encuentre por casualidad con algún tebeo. Salí del MoCCA Fest con el convencimiento de que frente a ese concepto del Salón de la fantasía heroica infantil de las grandes multinacionales, existe la posibilidad de plantear un festival donde el cómic esté de verdad en primer plano, un festival que sea sobre cómic, con autores de cómic y para lectores de cómic. Que es, básicamente, lo que me interesa a mí, y no si Han Solo disparó primero o no.
¿Existe ese verdadero festival del cómic en España? Si no es así, ¿se dan las condiciones para que exista? Parecería que éste es uno de esos momentos de «ahora o nunca». Y visto lo visto, va a ser que... Pero, eh, quieto parao, recuerda: cómo me reí con Michael Kupperman. Qué gran día de tebeos y nada más que tebeos en Nueva York.
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sábado, 10 de septiembre de 2011
SPX 2011: EN EL PAÍS DE LOS HOMBRES CON BARBA

Y la SPX es muy interesante, porque es una experiencia completamente distinta de la Baltimore Comicon y (presumo) de San Diego y de cualquier otro evento comiquero mayoritario que se celebre en este país.
Mientras que la Comicon de Baltimore ocupaba un inmenso pabellón de congresos en pleno centro de la ciudad, la SPX sólo ocupa un salón (grandote, eso sí) en el Mariott Bethesda North Hotel & Conference Center, en un suburbio perdido de la mano de Dios en pleno urban wasteland, que, por otra parte, es el paisaje dominante en lo que he podido ver hasta ahora de los Estados Unidos. A pesar de que la escala del festival de Bethesda no es comparable a la de Baltimore (y ni me puedo imaginar a la de San Diego), mi primera impresión al ver el recinto fue «qué grande y cuánta gente». Y la verdad es que allí se concentraban muchísimos expositores y el público era muy numeroso. La entrada cuesta lo que aquí llamarían un precio simbólico (10$, lo mismo que costaba la bolsa oficial del festival, con un precioso dibujo de Jim Woodring), y de hecho no había nadie en la puerta controlando el paso de los visitantes. Aún así, todo el mundo hacía cola para pagar religiosa y honradamente su registration.
El salón de los alternativos
Dentro de la sala, uno de los efectos más llamativos que produce la SPX es el de continuidad, frente a la habitual parcelación de los festivales de cómic que estamos acostumbrados a ver en Europa. En lugar de una serie de casetas individuales, cada una con su propia personalidad característica, debida a la personalidad de la editorial que la ocupa, en la SPX hay largas mesas que se continúan formando un todo en el que diferentes autores y editoriales se muestran contiguamente unos a otros, con frecuencia sin ningún distintivo que los identifique y separe de los que tienen al lado. Así, te das cuenta de que estás hablando con Tom Neely cuando ves que tiene El borrón sobre la mesa y te fijas en su nombre en la etiqueta de la organización que le cuelga del cuello, pero no hay nada que lo diferencie del anónimo fanzinero que tiene al lado. Algo parecido ocurre con las editoriales, de las que creo que sólo Top Shelf anunciaba su presencia con unas letras colgadas de un cordel. Es decir, diría que el primer mensaje que manda la SPX es de unidad. Como si hubiera un espíritu compartido entre todos los que están allí, independientemente de sellos editoriales, y como si fuera importante que todos comprendieran que están en armonía y que el chaval que garabatea páginas de zombis con menstruación pudiera legítimamente beneficiarse de la cercanía de Craig Thompson. Todos en el mismo barco.
James Kochalka
Sí, juntos pero no revueltos. Es curioso ver cómo en la charca pequeña el pez chico se hace grande, y aunque no hagan alarde de ello, el salón está claramente dominado por Drawn & Quarterly y Fantagraphics que, curiosamente, ocupan posiciones casi opuestas en la topografía del evento. Como dos superpotencias que se hubieran repartido el mundo, cada una extiende su influencia a su alrededor sin necesidad de encontrar el estorbo de la otra en su campo visual. Cerca de Fantagraphics estaba Picturebox y Ponent Mon. Al lado de Drawn & Quarterly, Top Shelf y Adhouse.
Craig Thompson
Entre medias, un inmenso mar de tebeos completamente desconocidos por mí, en su mayoría. Para ser completamente sinceros, esa mayoría también es plenamente fanzinera, y mucho de lo que te encuentras hojeando en las mesas no aparenta más calidad que la que te encontrarías en la sección de fanzines del Salón del Cómic de Barcelona de cualquier año (lo digo sin intención peyorativa, por favor; no digo que sea malo, digo que no es ni mejor ni peor). Había mucho minicómic naif que ya me tiene bastante aburrido, mucho comic arty de estilo elegante y predecibles colores pastel, y hasta mucho cómic guarrote gore estilo tebeo de instituto de 1989. En fin, mucho de todo, demasiado para procesarlo en un rato (y yo no tenía más que un rato, al cabo de un par de horas en estos sitios empiezo a saturarme y no puedo seguir) y finalmente acabé encaminándome a las grandes, que son las que tienen lo que más me tira, al fin y al cabo: un par de Yokoyamas y un Panter en Picturebox, el nuevo Optic Nerve en Drawn & Quarterly, el nuevo Michael Kupperman en Fantagraphics (pero, ay, está más barato en amazon...).
Dan Nadel
El público en Bethesda me ha parecido bastante más joven que en Baltimore. De hecho, diría que la gran mayoría de los presentes en la sala eran veinteañeros. Chicos y chicas por igual, y no daba la impresión de que las chicas fueran las novias de los chicos. Venían por interés propio, como la que llevaba un maletín donde estaba escrito «Girl's comics». Otra diferencia con Baltimore: mientras que en la Comicon imperaba el tebeo viejo, aquí todo era nuevo. Brand new, flamante, recién salido de imprenta (o de la fotocopiadora) para la ocasión. La impresión es que mientras que la Comicon de Baltimore mira sobre todo hacia el pasado, la SPX mira principalmente hacia el futuro.
También había algo (previsiblemente) distinto: ausencia de disfraces, nada de cosplay. A menos, claro, que consideremos como un disfraz (el disfraz oficial) el look de gafas, barba y camisa de cuadros que lucía aproximadamente uno de cada tres varones veinteañeros allí presentes.
Más diferencias: el apartado teórico y divulgativo, es decir, las mesas redondas y los encuentros con los autores, tiene una presencia mayor que en la Comicon. Digamos que la vertiente cultural se toma más en serio. Eso no quiere decir que el evento no sea principalmente comercial, por supuesto. De hecho, a veces resulta un poco agobiante el evidente deseo de los expositores de vender. Pero claro, hay que tener en cuenta que en la mayoría de los casos el expositor, el editor y el autor son la misma persona. Educadísimos y superamables, como son siempre en todo trato público los americanos, cada uno de los ilusionados autores y aprendices de autores te capturan en cuanto tu mirada se cruza con ellos y te intenta vender la moto. Y por lo general da gusto hablar con ellos y que te cuenten la monserga, pero al cabo de un rato ya no puedes más y empiezas a evitar el contacto ocular. Una hormiga no te atosiga, pero un hormiguero entero acaba por agobiar. Curiosamente, el hambre que se ve en la mirada de muchos de los presentes en la SPX contrasta con la reptiliana serenidad de los expositores de la Comicon. Los traficantes de comic books antiguos, con sus precios escandalosos, no hacen el menor esfuerzo por atraerte. Saben que lo que quieres lo que tienen, saben que sabes lo que tienen y saben que tienes dinero y que quieres dárselo, y sólo tienen que esperar sentados a que vayas a llevárselo. No necesitan venderte el producto.
Quizás el gran aliciente de la SPX para el aficionado al cómic de autor americano sea la posibilidad de entrar en contacto directo con muchos de los autores y editores más conocidos. Y tan directo como que te encuentras a Brian Ralph o Jim Rugg, por decir sólo dos nombres, cobrando en un puesto. Durante el rato que he estado allí, podías acercarte al mencionado Craig Thompson, a James Kochalka, a Chester Brown, a Dan Nadel, a Craig Yoe y a unos cuantos más y trabar conversación con ellos sin ningún tipo de apreturas ni agobio. Todo el mundo, además, está deseando saludarte. El buen rollo flota en el ambiente.
Chester Brown
Indudablemente, la SPX es para exprimirla más a fondo de lo que he hecho yo. Es para estar allí todo el día, y si es posible los dos días. Sólo así se puede encontrar el tiempo necesario para revisar a fondo el ingente catálogo de cómics que se ofrece, para buscar un rato en que charlar con tus autores favoritos, y para asistir a todas las mesas redondas que merecen la pena. La sensación de concentración de energía y actividad es enorme. El mundo del Small Press Comic aquí en América parece muy pequeño pero muy dinámico, muy activo, muy ilusionado y con mucho futuro. No creo que toda esta gente vaya a abandonar su amor por los tebeos de hoy a mañana.
Y la última -y obvia- tontería antes de cerrar. Si en España prácticamente sólo se produce ya small press, ¿para cuándo una SPX en nuestro país?
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