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martes, 7 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (I)


El invierno es una cosa seria en Estados Unidos. En la mayoría del país supone atrincherarse en la casa cubierta por la nieve durante meses interminables. Por eso la primavera se recibe como la verdadera explosión de vida, alegría, luz y color que los dibujos animados de la Abeja Maya nos enseñaron que era. Y una de las tradiciones más arraigadas de la primavera es el spring cleaning, ese volver a poner en orden la casa para afrontar con renovada energía las estaciones cálidas del año. Durante el otoño e invierno de 2012 he ido acumulando un buen puñado de lecturas de small press -fanzines y minicómics, principalmente- de los que siempre he tomado nota mental para comentarlos en Mandorla. Luego, tonterías como el trabajo, los guiones y la vida han impedido que diera cuenta de ellos en este espacio. Así, se han ido amontonando en una torre cada vez más alta e inestable de «cómics a reseñar», hasta que ya no lo he soportado más y he decidido guardarlos todos y que le den a Mandorla. Ha sido en ese momento, cuando ya los tenía guardados, cuando he descubierto que sufro alguna patología que me impide disponer sin más de los tebeos. Por algún singular trastorno psicológico, no me quedo tranquilo si no dejo al menos constancia de ellos aquí. Así que los he vuelto a sacar todos y he seleccionado al menos unos pocos de los que pretendo decir cuatro palabras. Lo mínimo. Lo justo para proporcionarme paz mental y permitirme guardarlos de una vez por todas para así dejar de tropezarme con ellos todos los días, y seguir acumulando nuevos papelotes durante todo el verano que se aproxima con la conciencia tranquila. Este post es, por tanto, mi spring cleaning. Desde un punto de vista más práctico, también podemos considerarlo como un rápido vistazo a algunos cómics norteamericanos notables del último medio año.


Wayward Girls, Michiel Budel

En primer lugar, y sin entrar en detalles, quiero mencionar que algunas de las series que ya estaban en curso y hemos comentado en Mandorla anteriormente han seguido adelante. Es el caso de Wayward Girls (Secret Acres), de Michiel Budel, que sigue con sus deliciosas farsas eróticas, Hyperspeed to Nowhere, de la superdinámica Lale Westvind o Vortex (Gold County Paper Mill), la saga cósmica de William Cardini, que ha alcanzado su tercer número y ya está a sólo uno de llegar a su conclusión. Debería de estar a punto de salir, por cierto. También ha continuado Bowman (Hic and Hoc Publications), de Pat Aulisio. Y aunque no es estrictamente una serie, sino un tebeo individual, Carlos Gonzalez ha sacado otro de sus maravillosos fanzines, Micro-Pitch, en esta ocasión con una alucinante mezcla de misticismo y béisbol.

Hyperspeed to Nowhere, Lale Westvind

Todas estas series siguen tan estupendas como estaban. Por refrescar la memoria, recuerdo que hablé de Wayward Girls en Porno de vanguardia (y más), mientras que de Lale Westvind, William Cardini y Carlos Gonzalez ya escribí en Los primitivos cósmicos.

Vortex #3, William Cardini

Bowman #3. Earthbound, Pat Aulisio

Micro-Pitch, Carlos Gonzalez


Como podéis ver, parece que la ola de primitivos cósmicos, o de ciencia-ficción/fantasía psicodélica, sigue en pleno ascenso. O a lo mejor es sólo que yo me siento atraído por esos tebeos que suelen compartir colores estrafalarios, trazos abigarrados e imaginación incontrolada, como una especie de detrito de décadas de televisión, cómics y cine gloriosamente vulgares que se han convertido ya en un léxico para la expresión personal. Algunos de los autores que he citado antes se reúnen en la antología Future Shock, comandada por Josh Burg Graf, un expatriado de Baltimore que ahora está en Nueva York, y que es el primero en practicar ese retrofuturismo tan propio de su título, el cual cita una de las obras más célebres del visionario Alvin Toffler. Así, el propio Burg Graf parece retrotraerse al 1970 del libro de Toffler para recuperar un estilo de ciencia-ficción que hasta ahora sólo era vintage, no retro. La antología, en todo caso, tiene mucha variedad de autores y estilos, y además nos permite disfrutar de William Cardini a color, lo que da alas a a este autor para elevarse a una dimensión que apenas se puede intuir en su propio Vortex. No me resisto a traer aquí una muestra. (El número 4 de Future Shock debería de estar a punto de salir, si no lo ha hecho ya).

Sky Canyon: The Grand Experiment, en Future Shock #3, Josh Burg Graf


The Mizzzard of the Year One Million Attacks the Space Witch
en Future Shock #3, William Cardini


A esta misma onda de psicodelia colorida hipercinética pertenece una joyita que es uno de mis tebeos favoritos del último año: Steel Sterling, de Gabriel Winslow-Yost (palabras) y Michael Rae-Grant (dibujos). Son dieciséis frenéticas páginas de cromatismo exaltado donde se narran dos acciones paralelas. En la principal, asistimos al viaje de un héroe de acción a través de toda una serie de batallas que remedan el tránsito violento inevitable cuando se recorren pantallas o plataformas de videojuego.

Steel Sterling, Gabriel Winslow-Yost y Michael Rae-Grant

Parece una versión ultramoderna del Miguel Calatayud de Peter Petrake, pero, por supuesto, ésa no es una referencia que manejen los autores. En su lugar, citan en los agradecimientos a Charles Biro, y es una referencia reveladora. Biro, creador del Daredevil original, que está siendo reeditado actualmente en Silver Streak Archives (Dark Horse), se caracteriza por su extenuante compromiso con la acción ininterrumpida. Así eran los superhéroes de los años 40, que en cierta medida están siendo recuperados desde la modernidad como inspiración primitiva. Éste es un tema sobre el que tengo mucho interés por volver en Mandorla, recordádmelo si no he escrito nada al respecto de aquí a 2016. El caso es que en Steel Sterling hay una especie de choque poético entre los textos dubitativos y las imágenes rotundas que se resuelve de forma sorprendente en la segunda subtrama del tebeo, la que no he mencionado. Una pequeña obra maestra.

Neon Super Gladiator, Andy K.

También a la categoría de luchadores de videojuego pertenece el exuberante Neon Super Gladiator, de Andy K., que inicia una saga de ciencia-ficción ambientada en la imaginaria Urbania. Primo lejano del Cosmic Dragon de Carlos Vermut (aunque sin su voluntad subversiva, y a cambio con intención de continuidad), Neon Super Gladiator es un tebeo que te envuelve en su obsesión por el dibujo y la línea.  Aunque las escenas de combate son espectaculares, creo que mis favoritos son los paisajes urbanos y los escenarios tecnológicos. En ellos se percibe a un dibujante sometido por sus obsesiones. El cómic entero está disponible de forma gratuita en la página web del autor: Neon Super Gladiator de Andy K.


SF #2, Ryan Cecil Smith

El tipo de ciencia-ficción que uno se encuentra en SF, de Ryan Cecil Smith, es completamente distinto. Smith es un licenciado del MICA (la Universidad de Bellas Artes de Baltimore) que vive en Osaka, y la influencia del manga y el anime sobre su obra es evidente. Con un aire a las odiseas galácticas de Leiji Matsumoto, su SF (siglas de Space Fleet, cuyo cuerpo Space Fleet Scientific Foundation Special Forces, o SFSFSF, protagoniza la historia) me recuerda un poco a Robotech, aquel engendro americano montado a partir de material de base japonés. La serie es ahora mismo un embrión de gran space opera, con unas gotas de Occidente, vía Star Wars y Moebius, regadas sobre la materia base de Oriente. Otro nombre que me viene a la cabeza dentro de estas coordenadas es Stan Sakai. A Smith parece interesarle más el world-building que la aventura en sí, y de hecho en el número 2 de la serie dedica tanto espacio a presentar escenarios y situaciones como a la acción. Las páginas de resumen también contribuyen a crear esa atmósfera como de tebeo de ciencia-ficción de DC circa 1984.  Aunque no puedo decir que me vuelva loco, de momento creo que merecerá la pena seguirlo durante las próximas entregas, al menos para ver hacia dónde se dirige.


Ghost Heat Up #3, Anthony Meloro

Por Ghost Heat Up, de Anthony Meloro, sin embargo, no puedo moderar mi entusiasmo. Aquí no podemos hablar de géneros ortodoxos, sino de una peculiar reformulación de varios. De momento han aparecido cuatro números, que aplican explícitamente el continuará, aunque más como gesto que como mecanismo. El protagonista de la historia es Henry Coy, «bloguero de sucesos paranormales» que escribe en su página web The Electric Cruise. En su investigación de lo esotérico, Coy obtuvo poderes extraordinarios en el Reino de las Sombras, poderes que le permiten comunicarse con los espíritus y navegar por mundos etéreos. Meloro lleva la narración con una desenfadada mezcla de género negro, sobrenatural, misticismo y realismo sucio impregnado de una sorna muy sutil, pero lo más interesante de Ghost Heat Up está en la propia materialidad de cada entrega. Cada número es un verdadero objeto artesanal, de sólo ocho páginas cortadas irregularmente y encuadernadas con un cordel. Hay una fisicidad palpable en cada ejemplar que contrasta poderosamente con el misticismo del contenido. Uno casi diría que cada Ghost Heat Up es un objeto elaborado personalmente por un iniciado para su utilización en un ritual de comunicación con el Más Allá. Sin duda, uno de los tebeos más originales que he leído últimamente.


The Future is Unwritten, Josh Bayer, en Marvel Comics Presents #6

Otra idea sorprendete: Marvel Comics Presents #6 (Drippy Bone Books), editado por Pat Aulisio. Bajo la coordinación del autor de Bowman se han reunido algunas luminarias de la escena que «recrean» una antología de Marvel Comics. La portada está inspirada en el cómic Marvel cuyo título comparte, pero el interior se va por los cerros de Úbeda. Aulisio produce uno de sus típicos remolinos de tinta (esta vez con color) para contar un enfrentamiento entre el Hombre-Cosa y Dormammu, y Keenan Marshall Keller rebusca en el lado más trippy de Marvel rescatando a Warlock, el personaje a quien Jim Starlin convirtiera en icono cósmico y psicodélico a mediados de los setenta. También hay una historieta de Michael Hawkins sobre el Hombre-D y varios minicómics de Marc J. Palm y Josh Burggraf (Future Shock). Pero la pieza que define ideológicamente el proyecto es la que lo abre, «The Future is Unwritten», una fantasía de Josh Bayer donde el Pato Howard, Dragón Lunar, Deathlok, USAgente, ROM, Simon Garth el Zombie, Mastodon (!) y (finalmente) Plastic Man le sirven para elaborar un discurso sobre la creatividad y el maltrato sufrido por los autores durante décadas de cómic industrial. «The Future is Unwritten» plantea la compleja relación de nostalgia y repudio que los jóvenes dibujantes alternativos mantienen con la herencia del cómic mainstream, y Bayer consigue transmitir la mezcla de amor y asco que le provoca la historia de los tebeos sin limitarse al mero exabrupto. No en vano Josh Bayer es uno de los autores más interesantes del panorama actual (y por cierto que acaba de sacar el tercer número de su proyecto colectivo Suspect Device, el más impresionante hasta la fecha). Marvel Comics Presents #6, además, va acompañado de un minicómic que reinterpreta Marvel Premiere #28, célebre (por decir algo) porque en él se presentaba la Legión de Monstruos.

Man Thing, Pat Aulisio, en Marvel Comics Presents #6


Bad Vibes, Keenan Marshall Keller, en Marvel Comics Presents #6

Después de muchos meses viéndolos en las estanterías, por fin me atreví con un par de números de Fukitor, de Jason Karns, que es, indudablemente, una de las experiencias comiqueras más extremas que existen hoy en día. La página que pongo como ilustración es probablemente una de las más comedidas que he encontrado en los números 6 y 7 de Fukitor.


Doctor Werewolf vs. The Zombie Sadists, Jason Karns en Fukitor #7

Éste es uno de esos casos donde, de nuevo, el formato es esencial. Cada Fukitor es un tebeo de grapa de bolsillo, con 24 páginas a todo color (incluyendo las portadas). La sensación a simple vista es la de encontrarnos ante un tebeo guarro de los que hace años abundaban en los kioscos españoles, una especie de descendiente bastardo de Sukia. Y desde luego que esa apariencia infame forma parte de la experiencia. Las cuatro historias que incluyen los dos números que poseo pertenecen a cuatro géneros diferentes: ciencia-ficción, policíaco, terror y bélico. Pero, al mismo tiempo, los cuatro géneros están subsumidos en un metagénero mayor: el gore festivo, que para la ocasión llamaremos la Farsa Atroz. En «Buttraping Bat-Apes on Pluto», unos monos alienígenas con alas de murciélago violan analmente a los hombres participantes en una misión espacial terrestre (realmente, estaba todo explicado en el título), hasta que finalmente son castrados y repelidos por la mujer del grupo, que vuelve a la Tierra con un collar de pollas gigantes como trofeo. «Dick, Vice Squad» (subtítulo «When Dick's Out, Crime Gets Fucked!») es una parodia de las clásicas series televisivas de polis de los setenta repleta de tiroteos revientacabezas. En cuanto a «Doctor Werewolf vs. the Zombie Sadists»... bueno, ¿queda algo por añadir después de ese título? Los zombies han secuestrado a un puñado de mujeres a quienes están violando y torturando sistemáticamente en su cubil. Vladimir, el Doctor Hombre Lobo, el clásico aventurero de lo paranormal de novelita pulp, acude al rescate, abandonando para ello una recepción de la alta sociedad a la que asistía con su amada Diana. La frase con la que el Doctor Hombre Lobo explica la necesidad de su inminente partida a Diana vale por sí sola el precio de portada: «Diana... Lo siento, querida. Me gustaría poder quedarme, pero hay prostitutas en peligro». «Nazi Death Pit», en fin, incide en el tema de la guarida donde se tortura a mujeres desnudas, pero en este caso en un contexto donde se mezclan marines de la II Guerra Mundial con científicos locos y comandos gorilas nazis. A su lado, Inglourious Basterds es Pippi Calzaslargas. Esto es Fukitor, todo dibujado con un esmero y una dedicación obsesivos, con una sabiduría y júbilo macabros heredados del Mad de Kurtzman y Elder, del comix underground clásico de S. Clay Wilson y Spain Rodríguez, de Joe Coleman, y de tantos otros ejemplos donde lo extremo, lo grotesco y lo ofensivo han delimitado un espacio infernal del que sólo se puede huir aullando o permanecer riendo con carcajadas groseras y violentas. La versión para adultos de los tebeos de Benjamin Marra, eso es Fukitor: un dinosaurio repugnante y gloriosamente ofensivo.

Me quedan unos cuantos cómics por comentar, pero teniendo en cuenta que esto ya se alarga demasiado, que hay un cambio de tono evidente en los que faltan, y que, francamente, después de escribir sobre Fukitor ya no tiene sentido seguir escribiendo sobre nada más, lo dejo para la siguiente entrega de «Spring Cleaning». ¡Ya está bien por hoy!

miércoles, 19 de septiembre de 2012

UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX


(Continúa de la primera parte)

Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.


El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?



El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.


Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».


Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.


Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes


Chris Ware y David M. Ball

Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas  dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.



Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.

[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].

martes, 10 de julio de 2012

LOS PRIMITIVOS CÓSMICOS

«Hyperspeed to Nowhere», Lale Westvind

El tópico dice que el art comic es una interminable sucesión de escenas intimistas, estampas anodinas de la vida de urbanitas aburridos que reflexionan sobre la infancia, el colegio, las niñas a las que nunca se declararon, la masturbación y el tedio existencial en términos generales. Los minicómics y fanzines que me compro yo, sin embargo, no suelen tratar de esas cosas. Por el contrario, lo que sí he apreciado durante el último año es la consolidación de toda una serie de cómics dedicados a retratar epopeyas mitológicas, cosmogonías y guerras de dioses a gran escala.

Me refiero a tebeos que pueden encajar con el extraordinario The Goddess of War, de Lauren Weinstein, o por irnos a títulos más cercanos, la antología-catálogo A Graphic Cosmogony, de Nobrow. Es más, diría que es un título de Nobrow el que mejor representa este tipo de historieta: Forming, de Jesse Moynihan. A su lado, la serie Powr Mastrs, de CF, o incluso el Prison Pit de Johnny Ryan. Tampoco serían ajenos a esta sensibilidad títulos aparentemente más ortodoxos, como American Barbarian, la reinvención de Kamandi que hace Tom Scioli, o incluso la nueva etapa de Prophet (Image) comandada por Brandon Graham.

¿De qué estoy hablando? De tebeos protagonizados por dioses, astronautas, magos y viajeros cósmicos, donde se recrea el mundo y las galaxias, y donde la narración se convierte a menudo en una sucesión de metamorfosis físicas de los personajes, en busca de una aparente iluminación carnal y espiritual. Todo esto, tratado con un estilo profundamente personal y heterodoxo, sobre todo en los casos en los que nos situamos dentro del escenario de los minicomics y fanzines.


«Even the Giants», Jesse Jacobs

En los limites de este concepto podríamos encontrarnos con cosas como Even The Giants (Adhouse, 2010), de Jesse Jacobs. No es exactamente un tebeo cosmogónico, pero está emparentado. El autor parece más interesado en explorar las posibilidades del diseño aplicado a la historieta, pero el tenue hilo narrativo -gigantes que vagan por las desolaciones árticas, tropezando ocasionalmente con solitarios esquimales- transmite algo de esa grandiosidad sobrenatural que poseen muchos de estos tebeos. También se encuentra ese aliento en Everything Dies, la serie espiritual de Box Brown, pero de momento la dejaremos al margen porque Brown merece un post por sí solo, que espero poder dedicarle en un futuro breve.


«Asbestos Wick» y «Death Deals», Eamon Espey

En cierta manera, hay algo metafísico en las historietas de Eamon Espey que las relaciona con esta tendencia. Al contrario que las obras más representativas del primitivismo cósmico, que tienden a ser desbordantemente orgánicas, Espey opta por el contrario por una rigurosa claridad geométrica. Sus dibujos son tan limpios que parecen más bien el alfabeto de una civilización perdida, los cómics que hubieran hecho los mayas si hubieran trabajado con los xilógrafos alemanes medievales. Interpretarlos exige sumergirse en una tarea de (falso) descubrimiento cultural, como interpretar un calendario precolombino de la fertilidad y la muerte que alguien se ha encontrado estampado en una camiseta.

«Asbestos Wick», Eamon Espey

Más tradicional es Titus and the Cyber Sun, de Lale Westvind, una larga historia en blanco y negro, sin palabras, que parece haber embotellado algo de los espíritus de la naturaleza de Hayao Miyazaki dentro de la sudorosa carnalidad del Richard Corben underground.


«Titus and the Cyber Sun» y «Hyperspeed to Nowhere», Lale Westvind

Titus and the Cyber Sun es un burn ejemplo de este tipo de historieta que más arriba he llamado primitivismo cósmico. El personaje titular vagabundea en soledad hasta encontrar a una tribu de mujeres que recibe la visita de un falso dios-sol mecánico, tras cuyo contacto algunas de ellas alcanzan una dimensión suprahumana, semidivina. La historia tiene ecos antediluvianos, y está dibujada con una desprejuiciada rotundidad.


«Titus and the Cyber Sun», Lale Westvind

En ese sentido, Hyperspeed to Nowhere, el siguiente tebeo de Westvind (que también ha comandado recientemente la antología Chromazoid) sorprende porque, aunque mantiene la intensidad de Titus, en esta ocasión sí se muestra deliberadamente refinado. Pone el énfasis en el color, pero al mismo tiempo, aunque no renuncia a la urgencia post-punk de Gary Panter, también parece intoxicado de la estética de la ciencia-ficción europea de los 80. No habría desencajado en las páginas de un Cairo o un Metal Hurlant de su momento. Tiene, pues, un punto retro y resabiado que no encaja del todo con la plana naturalidad del primitivismo cósmico.


«Hyperspeed to Nowhere», Lale Westvind

Mis tres títulos favoritos de primitivismo cósmico hasta el momento son tres tebeos que no hacen concesiones estéticas ni narrativas. En los tres -como en el propio Forming o en Powr Mastrs- se percibe la influencia del Jack Kirby de los años setenta, el del Cuarto Mundo, los New Gods y obras posteriores como Los Eternos o 2001: Una odisea del espacio, convertido ahora en icono del delirio personal. En ninguno de los tres se invoca de forma tan directa a Kirby como en Bowman, de Pat Aulisio.


«Bowman» y «Bowman 2016», Pat Aulisio

Bowman (de la que se han publicado dos entregas hasta el momento) se inicia con este punto de partida: «Bowman capítulo 1: Después de que el astronauta David Bowman apagara el sistema informático rebelde Hal 9000, continuó su misión de establecer contacto con el monolito negro. Aquí es donde empieza nuestra historia». La primera entrega de Bowman está dedicada a las andanzas del protagonista de la película 2001: una odisea del espacio, en sus encuentros con extraterrestres que ponen en duda su hombría («¡Tranqui, colega! ¡Conozco a muchos astronautas gays! ¡Los llamamos gaystronautas!») y en sus inmersiones en la memoria profunda para recordar episodios de su pasado.


«Bowman», Pat Aulisio

Bowman 2016 amplía el escenario de las aventuras del astronauta, en cuyo horizonte se mezclan ahora residuos de la cultura pop (Bart Simpson, Garfield), como si se hubiera perdido en un universo concebido por Gary Panter. Tanto uno como otro episodio están dibujados con la tensa obsesión por cubrir cualquier espacio en blanco de un verdadero artista marginal, y la lectura resulta tan agotadora como, presumiblemente, debe de haberlo sido la producción de las páginas.


«Bowman 2016», Pat Aulisio

A mitad de camino entre Pat Aulisio y CF, si es que hubiera un camino que comunicase estos autores-islotes, podríamos encontrar a Carlos Gonzalez, autor de la serie  fotocopiada (ya concluida) Slime Freak, distribuida por Picturebox.


«Slime Freak Special #2», Carlos Gonzalez

La sensación que tiene uno leyendo las páginas de Gonzalez es la de encontrarse ante un autor verdaderamente alucinado, un visionario que dibuja completamente al margen de cualquier estímulo que no sea interior, casi como si estuviéramos ante un Darger entregado a fantasías kirbyanas perturbadas. Menos extenuante que Aulisio, más naive que CF, más temible que Ryan, Gonzalez nos transmite la certeza de una intimidad que a lo mejor es la nuestra, vaya usted a saber. Obras así no se encuentran en los circuitos comerciales.

«Slime Freak Special #2», Carlos Gonzalez

En este momento, quizás la serie de primitivismo cósmico más prometedora sea Vortex (Gold County Paper Mill), de William Cardini, de la cual han aparecido dos números hasta el momento.


«Vortex 1» y «Vortex 2», William Cardini

Cardini -que se considera simple transmisor de imágenes recibidas, no creador de las mismas- tiene un estilo muy particular, donde mezcla las tramas geométricas con los grises y las masas de negros, evitando los contornos, de manera que a veces da la sensación de que la tinta hubiera caído sobre la página y se hubiera ordenado por sí misma de forma mágica. Los dos primeros episodios de su psicodélica saga galáctica cumplen con los preceptos de sencillez del género. En el primero, un Miizzzard llega a un planeta desconocido, donde se enfrenta con una criatura en una batalla de transformación, división y fusión, un poco al estilo del Prison Pit de Ryan, pero tal vez con un elemento más místico.


«Vortex 1», William Cardini

En el segundo número ya descubrimos algunos de los elementos básicos de lo que probablemente se desarrollará en el futuro. El Vortex ha atraído al Miizzzard para pedir su ayuda. El Vortex es un colectivo de armas vivientes creadas por el imperio de Tolx que quiere liberarse de su esclavitud, y cuenta con el Miizzzard para ayudarles.


«Vortex 2», William Cardini

Ahora mismo,  yo estoy enganchadísimo a estos primitivos cósmicos. Gracias a su capacidad para manosear lo sublime sin escrúpulos, y a la absoluta falta de afectación con la que afrontan el infinito, encuentro en estas obras una inmensa belleza, una rara imperfección maravillosa, absolutamente viva, poblada de monstruos hermosos, metamorfosis sensuales y destrucciones abyectas que no consigo encontrar en ninguna otra fuente de fantasía contemporánea.