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jueves, 9 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (III)



Cierro la serie Spring Cleaning con un tercer capítulo dedicado a los tomos, libros o novelas gráficas, como usted quiera llamarlos. En resumidas cuentas, un puñado de volúmenes de diverso formato y extensión que han ido apareciendo durante este otoño e invierno pasados y que creo que merece la pena recordar aunque sea brevemente, antes de que se pierdan para siempre en el océano de las estanterías.


Ticket Stub, Tim Hensley

Ticket Stub (Yam Books, 2012) se lo compré personalmente a Tim Hensley en el Brooklyn Comics and Graphics Festival del año pasado. Me cuesta olvidar el momento porque Hensley, que es un hombretón, me dijo muy simpáticamente que sentía no poder darme la mano pero que acababa de volver del cuarto de baño y que mejor me ahorraba la cortesía. Tim Hensley tiene una obra muy peculiar publicada en Fantagraphics de la que ya hablé en Mandorla, Wally Gropius (2010, Fantagraphics). A pesar de su reciente aparición, el material contenido en Ticket Stub es muy anterior, ya que procede de un minicómic del mismo título que Hensley se autopublicó durante los 90. Según parece, durante un tiempo Hensley trabajó editando subtítulos para películas y series de televisión, y fue de esa intensa dedicación al material audiovisual de donde surgió este singular cómic. Ticket Stub es básicamente una aglomeración de dibujos espontáneos y texto distribuido en páginas donde parece haberse quedado impregnado un reflejo de las muy diversas producciones que Hensley estaba visionando por motivos profesionales. Retratos de actores, títulos de películas o series, escenas sueltas, fotogramas, sinopsis, diálogos... Todo va cayendo sobre la página con la naturalidad de un cuaderno de bocetos privado. Vagamente me recuerda a la producción más personal de Manel Fontdevila (véase por ejemplo Reunión). Creo que Manel y Hensley comparten una manera festiva de vivir la cultura pop, una gran capacidad para integrarla en su discurso interior visibilizando éste en composiciones de una libertad caprichosa y juguetona. Ticket Stub no discrimina: aquí no hay clásicos ni bodrios, todo material audiovisual es materia prima que pasa por el filtro de la conciencia del observador, que a veces parece meramente aturdido y en otras reelabora con su propia voz original. Lo mismo da Pokémon que La playa, Benny y Joon que X-Men (la película). Todo es arcilla en los lápices de Hensley. La última parte es la que formalmente se aproxima más a una historieta ortodoxa, con viñetas, diálogos y un diseño de página convencionales (véase la ilustración sobre estas líneas). En cada una de esas páginas se reelabora una película o serie con una mezcla de candidez y malicia que parece revelar la sustancia oscura que subyace en todo producto de masas. En eso, tal vez, es en lo que más se parece a Wally Gropius.

By This Shall You Know Him, Jesse Jacobs


En mi entrada sobre los primitivos cósmicos incluí a Jesse Jacobs, con la advertencia de que su Even the Giants se encontraba tal vez en los límites de esta corriente, si es que podíamos delimitarla de algún modo. Su nuevo libro, un espléndido álbum en tres tintas titulado By This Shall You Know Him (Koyama, 2012) le sitúa en pleno centro de la tendencia, si consideramos al Forming de Jesse Moynihan uno de sus centros. Jacobs elabora aquí una fábula cosmogónica que reinterpreta el Génesis bíblico con tintes fantásticos. By This Shall You Know Him es a la vez grandioso en cierto sentido kyrbiano y procaz con cierta arrogancia punk. Pero todo está tan equilibrado en la narración que en ningún momento perdemos el interés por un cuento para adultos, una nueva vuelta de tuerca a la vieja historia que nos han contado mil veces y que sin embargo Jacobs consigue que nos parezca tan distinta como si fuera nueva. En su versión, la Creación es producto de las disputas estéticas entre dos dioses, Ablavak y Zantex (hay uno tercero, Blorax, pero su papel es secundario) que compiten ante el superior Advisor para obtener su reconocimiento. Es la idea del artista como creador llevada a sus últimas consecuencias, y convertida en una batalla eterna entre lo apolíneo y lo dionisíaco, lo orgánico y lo inorgánico, lo blando y lo geométrico, lo angelical y lo demoníaco, es decir, todas las dialécticas que han movilizado la historia del arte como trasunto de la historia de la humanidad misma. Me doy cuenta de que resumido así parece increíblemente pretencioso, pero Jacobs lo narra con una naturalidad encomiable, sin excesos dramáticos ni discursos pomposos, y el mensaje se presenta sin obviedades y a la vez sin ser opaco. Visualmente, By This Shall You Know Him es de una imaginación desbordante.


Delphine, Richard Sala


Mientras leía el penúltimo libro de Richard Sala, The Hidden (Fantagraphics, 2011), tuve una epifanía: en realidad, Richard Sala no me gustaba tanto como yo quería creer. De pronto me di cuenta de que llevaba años leyendo sus libros porque estaba empeñado en que me gustasen, porque tenían que gustarme, ya que reunían por separado muchos elementos que siempre me han gustado: el suspense, lo pulp, lo oscuro, lo tragicómico... Sala era como una versión del primer Burns insobornablemente fiel a los principios del folletín. Así que instantáneamente se instaló en mi pabellón de favoritos, aunque a la hora de la verdad sus libros nunca acababan de entusiasmarme. Demasiado estáticos, demasiado tibios en la narración, acababan por gustarme más como concepto que como ejecución. Y leyendo la fantasía apocalíptica The Hidden ya no pude seguir negándolo. Y sin embargo, las viejas costumbres son difíciles de perder, así que volví a caer con su último título, Delphine (Fantagraphics, 2012), que en realidad es la recopilación de una historia seriada que publicó en la colección Ignatz. Y cómo son las cosas, ahora que ya había renunciado a él, Sala volvió a mí con más fuerza que nunca. Delphine tiene todos los rasgos goreycos habituales de Sala elevados a la máxima potencia, pero esta vez la narración es fluida, el ritmo es intenso y el final es redondo. Para colmo, la historia traspasa los límites que Sala parece haberse autoimpuesto muchas veces del homenaje a la tradición popular de lo grotesco para tocar una fibra más humana y casi desconocida anteriormente en su obra. El resultado es su historia más satisfactoria hasta el momento. Declarada expresamente como una versión moderna de Blancanieves, Delphine se mueve siempre en el filo de lo plausible, en el suspense de una larga carrera donde al protagonista le pasan cosas que podrían ser o no macabras. En ese juego paródico Sala encuentra su mayor triunfo, paseándose por un hilo delicado que nunca se rompe. Al final, Delphine me ha hecho revisarme The Hidden para comprobar si era exactamente lo que recordaba. Me ha parecido mejor.

Una interesante entrevista con Richard Sala sobre Delphine: Richard Sala explores the world of dark fairy tales in «Delphine».
Óscar Palmer está publicado en su blog Cultura Impopular su libro Cómic alternativo de los 90. Aquí se puede leer el capítulo en el que habla de Sala: Polos opuestos.


Dockwood, Jon McNaught


El británico Jon McNaught ya me había maravillado con dos libritos deliciosos, Pebble Island (2010, Nobrow) y Birchfield Close (2010, Nobrow), pero Dockwood (2012, Nobrow) ha sido en cierta manera su puesta de largo, sobre todo si le damos a largo el significado de large. De formato mucho mayor que los anteriores, este libro es un verdadero álbum clásico con apariencia de cuaderno de redacción y contenido adaptado a la última ola de la novela gráfica contemporánea, en la estela de Ware y Seth. Dockwood incluye «dos historias del otoño» que en muchos sentidos abundan en las formas y temas que McNaught ya había tanteado en sus trabajos previos. Ambientes suburbanos o campestres desolados, personajes fundidos con el paisaje y/o los ritmos de la naturaleza, estrategias narrativas encaminadas a una plausible descripción del paso del tiempo y estilo visual inspirado por el diseño y las artes gráficas de mediados del siglo XX. En «Elmwood», la primera de las historietas contenidas en Dockwood, McNaught establece una paralelismo muy obvio entre el otoño y la vejez, mientras que en «Sunset Ridge» vira hacia el otro extremo de la existencia para introducirse en la vida interior de un adolescente. Una vida interior habitada por los videojuegos, por cierto, lo que permite a McNaught un bonito diálogo entre dos espacios de la imaginación, el digital y el real, que en realidad es el de la memoria, es decir, que ambos espacios tienen en cierto sentido la misma categoría. La introducción de un elemento futurista, como son los videojuegos, supone una interesante distorsión en un escenario visual que nos remite insistentemente a la ilustración de los años 50. Pero da igual si los protagonistas son ancianos o jóvenes, sobre las dos historias pesa un aire grave de melancolía profunda. Éste es el tipo de cómic donde se dedican varias viñetas a mostrarnos cómo se pelan unas patatas, y donde las correrías de una ardilla de rama en rama son recurrentes en muchas tiras dispersas a todo lo largo del libro. Tal vez lo que McNaught nos quiera indicar es que tan importante es lo que sucede alrededor de nosotros como lo que nos sucede a nosotros, y que el mundo se mueve y el tiempo avanza aunque nosotros nos quedemos quietos. Dockwood no es todavía una obra maestra, pero es evidente que McNaught está trabajando en la dirección de conseguir una tarde o temprano, y que los desafíos que se plantea con cada nuevo trabajo son cada vez mayores. Mucho ojo a sus próximos títulos.


Letting It Go, Miriam Katin


Letting It Go (2013, Drawn & Quarterly) es el inesperado regreso de Miriam Katin. Digo inesperado porque creía sinceramente que Por nuestra cuenta (2006, Ponent Mon) sería una obra única, sin continuación posible. Para quien no sepa de quién estoy hablando, copio aquí lo que escribí sobre Por nuestra cuenta en La novela gráfica: «Esta última obra es significativa de cómo el cómic ha ido conquistando en los últimos años nuevos espacios para la expresión personal que antes estaban reservados en exclusiva a la literatura o el arte. Por nuestra cuenta es el relato autobiográfico de la huida de Budapest por parte de la autora, entonces una niña, y su madre (judías húngaras) en 1944, cuando escapan del acoso del ejército nazi invasor y posteriormente de las tropas soviéticas. Lo peculiar es que Katin no emprendió esta memoria gráfica hasta pasados los sesenta años, una edad en la que tradicionalmente los autores de cómic ya estaban retirados». Por nuestra cuenta llegó a nuestro país en medio de una oleada de memorias gráficas femeninas que querían situarse en la estela de Persépolis para aprovechar el éxito de Marjane Satrapi, y sin duda eso hizo que para muchos pasara desapercibida o que incluso otros la vieran con desconfianza. Yo mismo tenía prejuicios. Ridículos, como descubrí en cuanto la leí, porque Por nuestra cuenta era un cómic descarnado, contado con la crudeza con la que sólo puede contarlo quien ya ha vivido mucho y no tiene que atender a ansiedades juveniles. Pero por su misma naturaleza biográfica no imaginaba que fuera a tener continuidad ni que Katin proyectase continuar su nueva carrera como novelista gráfica ya en la tercera edad.

Todo esto para explicar por qué Letting It Go me resultaba inesperado. Y a pesar de mi experiencia con Por nuestra cuenta, volví a caer en los mismos prejuicios. El estilo amable de Katin, como de cuento para niños, la misma sospecha de que estaba intentando explotar su éxito anterior, y, sobre todo, esa espantosa portada (no en lo gráfico, sino en lo conceptual), una alegoría visual donde la autora suelta un globo con una esvástica, como para indicar que psicológicamente por fin va a dejar marchar el estigma de su experiencia infantil con el Holocausto, es decir, esa portada que nos anuncia un volumen terapéutico repleto de metáforas gráficas facilonas, volvieron a hacer que abordara la lectura lleno de prevenciones. Katin liquidó mis temores rápidamente. Su narración es tan fluida y original, sus dibujos tan vivos y personales, y su voz tan sarcástica y desvergonzada que es capaz de llegar con la naturalidad de una abuelita a donde los jóvenes underground más tremendistas no se atreverían a llegar nunca. Véase por ejemplo el grotesco episodio del pedo con carga en el hotel de Berlín. Letting It Go es un retrato emocional del superviviente que setenta años después sigue marcado por una experiencia traumática más allá de todo límite. No es que Katin reviva la guerra todos los días, pero cuando su hijo, norteamericano de nacionalidad, le dice que quiere instalarse en Berlín y que para hacerlo necesitaría recuperar la nacionalidad húngara que originalmente poseía su madre, dentro de ésta se desatan todo tipo de angustias y tensiones acumuladas y jamás resueltas a lo largo de toda su vida. Katin no es una anciana bondadosa, desde el primer momento reconoce su aborrecimiento por los alemanes y por todo lo alemán, y no manifiesta ningún deseo ni intención de corregirlo. Asume sus defectos. Y, en contra de lo que podríamos pensar, la historia no muestra un arco de purificación en el que acabe superando esos traumas y volviéndose mejor persona. La superación, en todo caso, es generacional y se encuentra en su hijo y la continuación de su familia. Katin nos hace el favor de contarnos las cosas tal y como son y no embaucarnos con un cuento aplicable como manual de autoayuda. Por eso precisamente me resulta tan desafortunada esa portada tan engañosamente blanda.


«Somersaulting», Sammy Harkham, en Everything Together


Acabo con los dos libros publicados durante los últimos meses que hay que tener, las dos antologías que recopilan historietas dispersas de dos de los dibujantes con más personalidad que están trabajando ahora mismo en el campo de los art comics en Estados Unidos. El primero ya es conocido en España. Apa-Apa publicó en 2009 Marinero de montaña, la acongojante adaptación que hacía Sammy Harkham de una historia de Guy de Maupassant. Esa historia («Poor Sailor» en el original) está incluida en Everything Together (2012, Picturebox) que recoge la obra dispersa que Harkham ha ido dejando por diversas revistas y proyectos variados a lo largo de más de diez años. Harkham tiene una personalidad curiosa y juguetona. Aunque la base de su estilo parece firmemente anclada en el cartoon clásico (por momentos me recuerda a la inmediatez cálida de Segar), siempre está probando cosas nuevas, tanto en la narración como en el diseño o lo gráfico. Eso hace que Everything Together tenga un cierto tono de festival de experimentos. Las historietas son muy diversas en tono y pretensiones, desde la sátira inmediata hasta el relato de largo aliento, desde la parodia (con varias incidencias en el mundo del cómic y sus autores, incluyendo nombres propios) hasta el drama sentimental. Pero por debajo de todas esas vestiduras asoma la voz de Harkham como un autor moderno, de calado literario, libre de servidumbres nostálgicas o de género, y preocupado por la alcanzar una expresión de las emociones íntimas que en numerosas ocasiones pasa por explorar los huecos y silencios en la intimidad de nuestras vidas. Entre todo el material reunido aquí, tres son las piezas maestras que sustentan esa visión del cómic: la mencionaba «Marinero de montaña», «Somersaulting», que describe con escalofriante precisión una historia de amor, y «Lubavitch Ukraine, 1876», que en cierto modo intenta trasladar el mundo de los sentimientos a la formalizada atmósfera de una ciudad judía del este de Europa a finales del siglo XIX. De alguna manera, Harkham es el heredero directo del gran cómic alternativo de los 90, pero al mismo tiempo anuncia algo nuevo. En cada nuevo paso que da resulta más evidente que estamos ante un clásico moderno, y leer Everything Together es una buena forma de hacerse idea de cuál es su verdadero alcance.


«Million Year Boom», Tom Kaczynski, en Beta Testing the Apocalypse.


Creo que mi libro favorito de estos últimos meses es otra recopilación: Beta Testing the Apocalypse (2012, Fantagraphics), de Tom Kaczynski. Kaczynski es un polaco que emigró a Estados Unidos de adolescente, ha trabajado en publicidad y ahora, desde Minneapolis, dirige una de las más interesantes microeditoriales del panorama actual, Uncivilized Books, que ha publicado entre otros el último libro de Gabrielle Bell, The Voyeurs. Aunque ha publicado diversos minicómics e historietas sueltas durante los últimos años, Beta Testing the Apocalypse supone su primer libro como tal, y probablemente el que le descubrirá a un público mayor. Está integrado principalmente por historietas aparecidas en la antología Mome desde 2007, aunque la última (y la más larga), «The New» es inédita. Sobre el conjunto se aprecia una evidente (y reconocida) influencia de J. G. Ballard. Las autopistas, los planes de desarrollo urbano, los edificios, son los protagonistas de estas historias más que las mismas personas que transitan por ellos. Kaczynski es un apasionado de la arquitectura, sobre todo en su aspecto más teórico y simbólico, y eso se nota en sus viñetas, donde el entorno es en gran medida el elemento que produce las ansiedades, miedos y dramas ante los que reaccionan los seres humanos. Aunque todas las historias reunidas en Beta Testing the Apocalypse son excelentes, creo que la obra maestra es «Million Year Boom», una fantasía kafkiana sobre un misterioso proyecto donde se mezclan el branding con la arquitectura moderna y el ecologismo primitivista. Tal vez sea ese choque entre la naturaleza y lo cultural (que ya está presente en el título de la editorial que dirige, Uncivilized Books) lo que más interesa a Kaczynski. Estamos hablando, en todo caso, de un autor de raíces intelectuales, donde el discurso y las ideas se superponen al drama sentimental. No es habitual encontrar historietas tan versadas en arte, arquitectura, publicidad, economía, antropología y política como las de Kaczynski, que ha llegado a denominar lo que hace como filosofía pulp, una expresión de una clarividencia pasmosa. En realidad, esa vertiente discursiva se aprecia más en sus minis, como la serie Trans (que será recopilada en breve en el volumen Trans Terra, así que espero que no tardaremos en volver a hablar de él aquí), Cartoon Dialectics y Structures. Digamos que Beta Testing the Apocalypse ofrece el lado más pulido y apto para el consumo general de la obra de Kaczynski. Gráficamente emparentado con el Daniel Clowes de los 90 y su uso narrativo del bitono y la línea cartoon, Kaczynski se presenta como un autor de singular personalidad, el eslabón perdido entre dos mundos, el de la caída de los ideales sociales que dejó atrás en una Polonia tardocomunista, y el de la praxis de un capitalismo desideologizado que ha conocido desde el interior de la industria publicitaria neoyorquina. Parece completamente fascinado por la identidad cultural que el hombre se ha construido para sí mismo y a la vez escéptico ante los logros de la civilización, como si todo lo que constituye nuestro mundo cotidiano fuera un barniz artificial que apenas disimula el salvajismo subyacente. En ese sentido, se puede entender como la búsqueda de un asidero la obsesión por las medidas físicas como elemento objetivo a través del cual describir el mundo. Obsérvense los títulos de algunas de las historias reunidas en este libro: «100.000 Miles», «10.000 Years», «976 SQ FT», «100 Decibels»... Como remate, Beta Testing the Apocalypse incluye un índice de términos al final que descompone conceptualmente todos los elementos constitutivos de la obra, desde biosfera hasta situacionismo, pasando por Sound Effects, de los cuales se nos hace notar que se dan tres instancias distintas en el volumen: «Aahh» (página 51), «Aaaah» (página 39) y «Aaaahhhhhhachoo» (páginas 60-61).


Recomiendo muy mucho echar un vistazo a los siguientes enlaces:
Web oficial de Uncivilized Books.
Trans Atlantis, tumblr de Kaczynski donde se puede disfrutar de su pasión por la arquitectura.
Entrevista con Tom Kaczynski en The Comics Journal.
Entrevista con Tom Kaczysnki en The Hooded Utilitarian.

martes, 10 de julio de 2012

LOS PRIMITIVOS CÓSMICOS

«Hyperspeed to Nowhere», Lale Westvind

El tópico dice que el art comic es una interminable sucesión de escenas intimistas, estampas anodinas de la vida de urbanitas aburridos que reflexionan sobre la infancia, el colegio, las niñas a las que nunca se declararon, la masturbación y el tedio existencial en términos generales. Los minicómics y fanzines que me compro yo, sin embargo, no suelen tratar de esas cosas. Por el contrario, lo que sí he apreciado durante el último año es la consolidación de toda una serie de cómics dedicados a retratar epopeyas mitológicas, cosmogonías y guerras de dioses a gran escala.

Me refiero a tebeos que pueden encajar con el extraordinario The Goddess of War, de Lauren Weinstein, o por irnos a títulos más cercanos, la antología-catálogo A Graphic Cosmogony, de Nobrow. Es más, diría que es un título de Nobrow el que mejor representa este tipo de historieta: Forming, de Jesse Moynihan. A su lado, la serie Powr Mastrs, de CF, o incluso el Prison Pit de Johnny Ryan. Tampoco serían ajenos a esta sensibilidad títulos aparentemente más ortodoxos, como American Barbarian, la reinvención de Kamandi que hace Tom Scioli, o incluso la nueva etapa de Prophet (Image) comandada por Brandon Graham.

¿De qué estoy hablando? De tebeos protagonizados por dioses, astronautas, magos y viajeros cósmicos, donde se recrea el mundo y las galaxias, y donde la narración se convierte a menudo en una sucesión de metamorfosis físicas de los personajes, en busca de una aparente iluminación carnal y espiritual. Todo esto, tratado con un estilo profundamente personal y heterodoxo, sobre todo en los casos en los que nos situamos dentro del escenario de los minicomics y fanzines.


«Even the Giants», Jesse Jacobs

En los limites de este concepto podríamos encontrarnos con cosas como Even The Giants (Adhouse, 2010), de Jesse Jacobs. No es exactamente un tebeo cosmogónico, pero está emparentado. El autor parece más interesado en explorar las posibilidades del diseño aplicado a la historieta, pero el tenue hilo narrativo -gigantes que vagan por las desolaciones árticas, tropezando ocasionalmente con solitarios esquimales- transmite algo de esa grandiosidad sobrenatural que poseen muchos de estos tebeos. También se encuentra ese aliento en Everything Dies, la serie espiritual de Box Brown, pero de momento la dejaremos al margen porque Brown merece un post por sí solo, que espero poder dedicarle en un futuro breve.


«Asbestos Wick» y «Death Deals», Eamon Espey

En cierta manera, hay algo metafísico en las historietas de Eamon Espey que las relaciona con esta tendencia. Al contrario que las obras más representativas del primitivismo cósmico, que tienden a ser desbordantemente orgánicas, Espey opta por el contrario por una rigurosa claridad geométrica. Sus dibujos son tan limpios que parecen más bien el alfabeto de una civilización perdida, los cómics que hubieran hecho los mayas si hubieran trabajado con los xilógrafos alemanes medievales. Interpretarlos exige sumergirse en una tarea de (falso) descubrimiento cultural, como interpretar un calendario precolombino de la fertilidad y la muerte que alguien se ha encontrado estampado en una camiseta.

«Asbestos Wick», Eamon Espey

Más tradicional es Titus and the Cyber Sun, de Lale Westvind, una larga historia en blanco y negro, sin palabras, que parece haber embotellado algo de los espíritus de la naturaleza de Hayao Miyazaki dentro de la sudorosa carnalidad del Richard Corben underground.


«Titus and the Cyber Sun» y «Hyperspeed to Nowhere», Lale Westvind

Titus and the Cyber Sun es un burn ejemplo de este tipo de historieta que más arriba he llamado primitivismo cósmico. El personaje titular vagabundea en soledad hasta encontrar a una tribu de mujeres que recibe la visita de un falso dios-sol mecánico, tras cuyo contacto algunas de ellas alcanzan una dimensión suprahumana, semidivina. La historia tiene ecos antediluvianos, y está dibujada con una desprejuiciada rotundidad.


«Titus and the Cyber Sun», Lale Westvind

En ese sentido, Hyperspeed to Nowhere, el siguiente tebeo de Westvind (que también ha comandado recientemente la antología Chromazoid) sorprende porque, aunque mantiene la intensidad de Titus, en esta ocasión sí se muestra deliberadamente refinado. Pone el énfasis en el color, pero al mismo tiempo, aunque no renuncia a la urgencia post-punk de Gary Panter, también parece intoxicado de la estética de la ciencia-ficción europea de los 80. No habría desencajado en las páginas de un Cairo o un Metal Hurlant de su momento. Tiene, pues, un punto retro y resabiado que no encaja del todo con la plana naturalidad del primitivismo cósmico.


«Hyperspeed to Nowhere», Lale Westvind

Mis tres títulos favoritos de primitivismo cósmico hasta el momento son tres tebeos que no hacen concesiones estéticas ni narrativas. En los tres -como en el propio Forming o en Powr Mastrs- se percibe la influencia del Jack Kirby de los años setenta, el del Cuarto Mundo, los New Gods y obras posteriores como Los Eternos o 2001: Una odisea del espacio, convertido ahora en icono del delirio personal. En ninguno de los tres se invoca de forma tan directa a Kirby como en Bowman, de Pat Aulisio.


«Bowman» y «Bowman 2016», Pat Aulisio

Bowman (de la que se han publicado dos entregas hasta el momento) se inicia con este punto de partida: «Bowman capítulo 1: Después de que el astronauta David Bowman apagara el sistema informático rebelde Hal 9000, continuó su misión de establecer contacto con el monolito negro. Aquí es donde empieza nuestra historia». La primera entrega de Bowman está dedicada a las andanzas del protagonista de la película 2001: una odisea del espacio, en sus encuentros con extraterrestres que ponen en duda su hombría («¡Tranqui, colega! ¡Conozco a muchos astronautas gays! ¡Los llamamos gaystronautas!») y en sus inmersiones en la memoria profunda para recordar episodios de su pasado.


«Bowman», Pat Aulisio

Bowman 2016 amplía el escenario de las aventuras del astronauta, en cuyo horizonte se mezclan ahora residuos de la cultura pop (Bart Simpson, Garfield), como si se hubiera perdido en un universo concebido por Gary Panter. Tanto uno como otro episodio están dibujados con la tensa obsesión por cubrir cualquier espacio en blanco de un verdadero artista marginal, y la lectura resulta tan agotadora como, presumiblemente, debe de haberlo sido la producción de las páginas.


«Bowman 2016», Pat Aulisio

A mitad de camino entre Pat Aulisio y CF, si es que hubiera un camino que comunicase estos autores-islotes, podríamos encontrar a Carlos Gonzalez, autor de la serie  fotocopiada (ya concluida) Slime Freak, distribuida por Picturebox.


«Slime Freak Special #2», Carlos Gonzalez

La sensación que tiene uno leyendo las páginas de Gonzalez es la de encontrarse ante un autor verdaderamente alucinado, un visionario que dibuja completamente al margen de cualquier estímulo que no sea interior, casi como si estuviéramos ante un Darger entregado a fantasías kirbyanas perturbadas. Menos extenuante que Aulisio, más naive que CF, más temible que Ryan, Gonzalez nos transmite la certeza de una intimidad que a lo mejor es la nuestra, vaya usted a saber. Obras así no se encuentran en los circuitos comerciales.

«Slime Freak Special #2», Carlos Gonzalez

En este momento, quizás la serie de primitivismo cósmico más prometedora sea Vortex (Gold County Paper Mill), de William Cardini, de la cual han aparecido dos números hasta el momento.


«Vortex 1» y «Vortex 2», William Cardini

Cardini -que se considera simple transmisor de imágenes recibidas, no creador de las mismas- tiene un estilo muy particular, donde mezcla las tramas geométricas con los grises y las masas de negros, evitando los contornos, de manera que a veces da la sensación de que la tinta hubiera caído sobre la página y se hubiera ordenado por sí misma de forma mágica. Los dos primeros episodios de su psicodélica saga galáctica cumplen con los preceptos de sencillez del género. En el primero, un Miizzzard llega a un planeta desconocido, donde se enfrenta con una criatura en una batalla de transformación, división y fusión, un poco al estilo del Prison Pit de Ryan, pero tal vez con un elemento más místico.


«Vortex 1», William Cardini

En el segundo número ya descubrimos algunos de los elementos básicos de lo que probablemente se desarrollará en el futuro. El Vortex ha atraído al Miizzzard para pedir su ayuda. El Vortex es un colectivo de armas vivientes creadas por el imperio de Tolx que quiere liberarse de su esclavitud, y cuenta con el Miizzzard para ayudarles.


«Vortex 2», William Cardini

Ahora mismo,  yo estoy enganchadísimo a estos primitivos cósmicos. Gracias a su capacidad para manosear lo sublime sin escrúpulos, y a la absoluta falta de afectación con la que afrontan el infinito, encuentro en estas obras una inmensa belleza, una rara imperfección maravillosa, absolutamente viva, poblada de monstruos hermosos, metamorfosis sensuales y destrucciones abyectas que no consigo encontrar en ninguna otra fuente de fantasía contemporánea.