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viernes, 29 de marzo de 2013
AZUL Y GRIS
El azar quiso que leyera Azul y pálido (Entrecomics Comics, 2012), de Pablo Ríos, poco después de haber visto Grizzly Man (2005), el documental de Werner Herzog. Y como muchas veces establecemos las relaciones comparativas no sólo por semejanza morfológica, sino por pura contigüidad, no pude evitar tener la sensación de que la novela gráfica del malagueño y la película del alemán trataban de lo mismo.
El documental de Herzog cuenta la historia de Timothy Treadwell, un hombre que pasó 13 años conviviendo con osos en una reserva natural de Alaska. En ese tiempo grabó horas y horas de imágenes de la naturaleza y de los grizzlies con los que compartía los veranos. Finalmente, Treadwell y su novia, Amie Huguenard, fueron devorados por un oso. Herzog construye el relato con muchas de las grabaciones originales de Treadwell, además del metraje rodado por él mismo, que incluye entrevistas y testimonios de personas que le conocieron.
Como gran película que es, Grizzly Man es capaz de dar la amplitud suficiente al espectador como para que dentro de ella quepan muchas interpretaciones diferentes. O quizás sería mejor hablar de reacciones, antes que de interpretaciones. Para algunos contiene una moraleja sobre la estupidez humana, para otros es un canto a la naturaleza, y no falta quien lo considere más bien una advertencia contra ella. Mi Grizzly Man particular es una historia que cuenta cómo la soledad engendra la obsesión, y cómo la obsesión nos lleva a traspasar las fronteras de nuestro mundo para buscar una verdad inútil, y por tanto extravagante según los criterios de la sociedad de la que hemos partido. Y si queremos finalizar el viaje, si queremos traspasar la última puerta detrás de la cual encontraremos esa iluminación, tenemos que pagar un precio: tenemos que ser devorados por esa obsesión.
En este caso, literalmente.
Sólo con ese sacrificio nuestra historia será lo suficientemente veraz como para impresionar al pueblo que quedó atrás, y sólo así encontrará entre ellos alguien que la cuente.
El documental se concibe como una narración limitada por su referencia a los hechos reales, pero su sentido verdadero está en su significado mítico. Ordenamos los hechos reales para convertirlos en ficción, y así dominamos el universo. Gracias a que a Timothy se lo comió un oso, nosotros no acabamos vagando por las calles con un camisón manchado y un cartón de vino en la mano.
Todo eso es lo que encontré en la lectura de Azul y pálido, lo cual es singular aún hoy en día en la lectura de cómics.
Azul y pálido es la primera novela gráfica de Ríos, aunque su dominio de la forma es sorprendentemente avanzado, y su habilidad narrativa no es en absoluto propia de un primerizo. Está formada por once episodios que cuentan casos de contactos con extraterrestres. Casos reales. Cuando uno dice casos reales de contactos con extraterrestres, la expresión siempre es recibida con una sonrisa de escepticismo, lo cual es absurdo. Puede que el contacto no fuera real, pero el caso sí lo es. Ese elemento documental forma la base sobre la que construye sus páginas Ríos. Todos los ejemplos reunidos son históricos y diríamos que incluso clásicos dentro del canon de la ufología. Todos evocan los años 70 y 80, que supongo que fue un periodo dorado para este campo, o al menos así lo recuerdo yo de mi infancia. Los platillos volantes tenían una presencia tan continuada en los medios de comunicación que desde mi percepción de niño sólo podía pensar que estaba a punto de pasar algo, de revelarse alguna verdad, igual que en la primera mitad de los 80 tenía el convencimiento de que sólo era cuestión de tiempo que estallara la guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Lo cierto es que cuando era niño, sentía el deseo intenso de ser abducido. Que supongo que viene a ser la versión ciencia-ficción del tradicional sueño infantil de ser un niño adoptado, es decir, descubrir un gran misterio que cambia toda nuestra vida y nos proyecta a vivir una mejor, o al menos más excitante. Es decir, mejor. No quería ser un superhéroe, que era algo que pensaba que daría mucho trabajo, y además no me sentía lo bastante bueno y valiente como para desempeñar el papel, pero sí quería que me llevaran en un platillo volante. Quería traspasar el velo del misterio y ver. Tal como dice George Adamski: «Sí, sí... estuve con él en su nave... ¡un sueño cumplido!»
Sin duda, la historia que mejor representa el mito extraterrestre es el apasionante enredo de Ummo, para colmo un relato castizo con un sabor local que lo hace más intoxicante. En esta historia, leemos: «Dios, ¿de verdad alguien puede pensar que una civilización alienígena superavanzada...? ¡Siglos, milenios de adelanto! Le decía, ¿alguien puede creer que se pusiera en contacto con cuatro fulanos que se reunían en el sótano de un café para revelarles de manera infalible la gran verdad universal?» Y si hay un elemento invariable en todas las historias es que todos los contactados son fulanos cualquiera, personas irrelevantes, sin una preparación ni una proyección destacada en la sociedad. Personas grises que de pronto saltan a una vida de fantasía mediante una historia real. Pero acaso sea porque la verdad sólo se revela a aquél que la busca. Y se revela en forma de mentira.
Finalmente, todos estos iluminados acaban siendo devorados por su propia obsesión, y su relato es heredado por otros con un fervor casi religioso. Ríos mantiene la distancia, y respeta a los que se han atrevido a perder el juicio y marginarse de la sociedad para ayudarnos a entender el mundo. No le corresponde a él decirnos si nosotros somos los osos con los que vienen a convivir locos alienígenas que rechazan sus propias sociedades o si los extraterrestres son los osos que nos van a comer si dormimos con ellos. La renuncia a lo fácil, que habría sido convertir Azul y pálido en un pastiche de ciencia-ficción de género, hace que el libro tome un cariz místico (profano) que es lo que da la sustancia humana a toda historia que merezca la pena releer.
Quiero añadir una última cosa. Una última lectura que Ríos esconde en las claves más secretas del libro: Azul y pálido como metáfora del fútbol, esa obsesión en la que necesitamos creer en los demás y que los demás crean en nosotros para llegar a traspasar la puerta del misterio, delimitada entre los palos de una portería al final de una gran pradera. ¿Cómo sé esto? Porque me ha sido revelado, y ante vosotros tenéis los signos, si los queréis ver: once capítulos como once jugadores, y al final un balón que se pierde en la lejanía, en un inmenso, infinito saque de puerta hacia las estrellas.
OTRO COLOR: El gris alienígena domina todo Azul y pálido, y precisamente así se titula un cuadernillo de Olivier Schrauwen que publicó la librería especializada Desert Island durante el último Festival de Brooklyn, en el que el belga estuvo invitado: Greys.
Greys es el relato en primera persona de la abducción del novelista gráfico O. Schrauwen. A través de sus palabras y de las imágenes acompañantes, vemos cómo fue raptado de su casa en Neukölln, Alemania, cómo fue sometido a un experimento a bordo de un platillo volante y cómo luego los extraterrestres le mostraron toda la historia del universo y la humanidad, antes de devolverle a su cama, como si nada hubiera pasado. Salvo la transmisión de conocimiento, claro. «Hasta el momento presente, 100 065 personas han sido abducidas por grises», advierte al inicio.
Pero Greys no encajaría como un relato más de Azul y pálido. El tono es completamente distinto: irónico (desde el principio relaciona todo el episodio con un sueño erótico provocado por la sobrecarga de semen acumulado y el exceso de horas manipulando tramas grises) y apoyado en los gestos típicos del cómic de género, como esos textos narrativos anticuados al estilo de las historias de EC, por ejemplo. No quiero decir con esto que Greys sea simplemente una parodia, o por lo menos no es una burda parodia. La acumulación de lugares comunes del imaginario misterioso llega en determinado momento a producir un efecto casi emotivo: todo el relato es tan patético, que no podemos evitar hasta conmovernos un poco.
Pero aún más, Greys funciona en toda su dimensión como artefacto. Si he insistido muchas veces en la importancia del formato, en este caso es capital. Greys no tiene ninguna imagen en portada, y su apariencia es tosca y antiprofesional. Un fajo de fotocopias borrosas y deslucidas, grapadas y distribuidas tal vez de contrabando por algún personaje sórdido que ha puesto una mesita plegable en una esquina. La sabiduría popular comiquera clama que todo tebeo ha de ser publicado siempre con la mejor calidad de reproducción y el formato más lujoso, para que los aficionados podamos disfrutar mejor del talento del artista. Pero convertir Greys en un álbum de tapa dura impreso a todo lujo lo haría menos de lo que es como objeto desechable: un facsímil de un artilugio clandestino y miserable pergeñado por un alucinado que masculla algo entre dientes y hace un mes que no se lava.
Por supuesto, no es eso, sino que es todo lo contrario: un objeto artístico muy deliberado por parte de un artista consciente que ya ha demostrado en las obras que le conocemos (Mi pequeño y El hombre que se dejó crecer la barba) el gusto por retomar temas e iconografías populares y utilizarlas como vehículo para un discurso moderno. En el fondo, con otra estrategia, Schrauwen indaga en Greys en lo mismo que Ríos en Azul y pálido. Y quién sabe si no es de eso también de lo que va el Vapor de Max. O a lo mejor son sólo semejanzas casuales que uno encuentra por contigüidad.
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martes, 4 de diciembre de 2012
PUDRIDERO
JOHNNY RYAN
“Pudridero 1”
Entrecomics Comics y Fulgencio Pimentel
Reseña publicada en Rockdelux #311 (noviembre de 2012).
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martes, 2 de octubre de 2012
LA VIDA Y SU REVERSO
Ayer escribía en Mandorla sobre Pudridero, co-edición de Fulgencio Pimentel y la nueva editorial Entrecomics Comics, nacida de la mejor web de información sobre cómic en español que existe, Entrecomics. Pero Pudridero no era el primer lanzamiento de Entrecomics Comics, y la ocasión me permite recuperar aquí su primer título, que salió hace unos meses y que sería una lástima que pasara desapercibido.
Moowiloo Woomiloo (Entrecomics Comics, 2012), de Molg H. y Néstor F., es un webcómic reformateado espléndidamente para su edición en papel como libro apaisado de colores brillantes, que tiene algo de la radiación tecnológica de la pantalla en sus páginas, y que ejerce sobre mí una fascinación semejante a la de los catálogos de supermercados (especialmente los de tecnología). Al hojearlo, percibo un sinfín de imágenes y textos diversos y hasta heterodoxos que, sin embargo, están unidos por su contenedor: todos los productos los puedo comprar en la misma tienda; todas las historietas pertenecen al mismo libro. Habrá quien piense que en el salto de lo digital intangible a lo material palpable hay un ennoblecimiento del material: yo digo que nada hay más noble que el empanfletamiento que supone este suntuoso cuadernillo.
Pero vamos a lo que vamos, señoras. MW está movilizado por un resorte experimental posmoderno. Uno de los autores plantea una situación en una página y el otro nos da «la otra cara» en la siguiente; lo que no habíamos visto, ni siquiera intuido, nos es revelado. Normalmente, con efectos hilarantes, porque esta pareja tiene un sentido del humor muy agudo a la vez que muy negro. Incluso un poco sardónico y en ocasiones desabrido. Pero muy de nuestros días, en todo caso. MW se encuadra en algún lugar de una región donde también habitan Paco Alcázar y Alberto González Vázquez (imposible no pensar en él al leer la historieta de «Éstas son nuestras armas», véase vídeo al final de este post). La variedad de personajes y temas que recorren estas historietas de dos tiempos es muy grande, pero a mí, como no podía ser menos, me llaman especialmente la atención los episodios dedicados a la novela gráfica y la crítica de cómics. Creo también que es, en realidad, lo que acaba imponiendo de forma más clara su personalidad sobre el conjunto de la obra, sin duda porque es uno de los terrenos en los que Molg H. y Néstor F. están más inspirados.
En una de las historietas más brillantes de MW, ambientada en un supermercado cultural (en Fnac, digámoslo sin rodeos), descubrimos al «crítico de cómics» encerrado en una oscura y vacía celda, a la espera de asesorar a los consumidores, formulando sus gustos, que «son extrapolables a cualquier persona». Cuando el cliente inquiere qué hace falta para ser crítico, el empleado de la tienda contesta: «¿Qué quieres decir? No hay que hacer nada. Nuestro crítico vino un día y se metió ahí dentro». Que es exactamente la verdad, como demuestra Bruno Kolin, el crítico que no hizo nada más que llegar un día y meterse ahí dentro. La pura verdad es que no hace falta ni leer los cómics, porque al fin y al cabo, dentro de la celda del crítico no hay luz para leer.
La crítica de la crítica que practican Molg H. y Néstor F. viene representada de forma exacta por la viñeta con la que encabezo este post: la cabeza abierta y ensangrentada de un autor (desnudo, aunque no se aprecie en esta viñeta), empotrado contra la taza del váter, que se arrastra con el teléfono en la mano para no perder la oportunidad de ser entrevistado en el suplemento cultural. Lo que hacen los autores en MW es imaginar un mundo en el que los dibujantes de cómics (y los críticos) ocupan el mismo espacio (social, cultural, económico) que los novelistas, los cineastas y los artistas (de verdad). Es decir, realizan simbólicamente el sueño de la novela gráfica, y revelan una pesadilla burguesa. Su pirueta satírica es doble: se parodia la situación real, actual, del cómic, tan infame y tan alejada de esa realidad imaginaria que se nos presenta en WM; y a la vez esa aspiración se ridiculiza como mediocre y vulgar. Pero como estamos en MW, la parodia por supuesto que tiene un reverso, y ése es el de la realidad cultural del país, proyectada a través del espejo deformante del cómic.
Hay que decir que, como cómic experimental que es, MW acaba descomponiéndose como parte de la propia combustión interna de sus materiales, y su parte final es un tanto amorfa, como el hijo de Bruno Kolin. Hay una confusión en cadena, que es la confusión de un hombre que quisiera destruir Google con una bomba y en realidad luego todo fuera parte de una película que nunca ha protagonizado. ¿Entiendes lo que quiero decir, o no? Por si acaso, me explico: esa confusión es la sonrisa torcida con la que el posthumor nos cuenta la vida. La vida real, tal como es. Tal y como la vemos en las recomendaciones que hacen en facebook y amazon los autores de las novelas gráficas de la vitrina de destacados de Fnac, haciéndose pasar por lectores anónimos. Es decir, lo que todos entendemos con el lenguaje común de Bruno Kolin como un 0,1.
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lunes, 1 de octubre de 2012
AGUJERO CHUNGO
Sobre Prison Pit, de Johnny Ryan, he hablado varias veces en Mandorla. Con esta serie, Ryan se ponía, junto a C.F. y su espléndido Powr Mastrs y junto al tortuoso Brian Chippendale, al frente de esa corriente tan en boga ahora mismo en Estados Unidos que se me ha ocurrido llamar los primitivos cósmicos. Nunca he simpatizado demasiado con los cómics humorísticos de Ryan, pero con Prison Pit me entregué desde el primer momento. Es cierto que es también una colosal gamberrada, como la mayoría de su producción, pero lo quiera o no el autor, también ha llegado a ser mucho más. Como mínimo, una de las obras que definen un modelo de cómic sobre el que muchos jóvenes historietistas están practicando variantes ahora mismo.
Prison Pit tiene un planteamiento muy sencillo: un criminal es arrojado a un planeta prisión, donde se enfrenta en duelos personales brutales a una sucesión de los peores canallas de la galaxia. Cada criminal tiene su propio nombre, características y presentación, convenientemente planteados antes de cada combate singular, en el que de forma indefectible el hosco protagonista es derrotado primero y triunfa brutal y aplastantemente después. Debido a su ejecución formal, Prison Pit es como leer un manga protagonizado por un puñado de Airgam Boys que interpretaran una sucesión de combates rituales de lucha libre mexicana en un escenario de ciencia-ficción. Con la lógica de avance lineal de un videojuego de plataformas, Prison Pit nos arrastra a través de una ciénaga de sangre, lefa y heces (la defecación, la hemorragia y la eyaculación forman parte fundamental de la retórica de este cómic) en un movimiento donde se manifiesta cierta obsesión por la transformación física y la deformación abyecta de lo orgánico. Otro fenómeno muy presente en el cómic contemporáneo y que creo que se relaciona íntimamente con la lógica del dibujo, que manda en esta tendencia por encima de la lógica de la escritura. El canto a la obscenidad, la escatología y la mutilación que es Prison Pit no resulta, en ningún caso, gratuito.
La noticia es que ahora Prison Pit está disponible en español. Bajo el título de Pudridero (Entrecomics Comics y Fulgencio Pimentel, 2012) han aparecido los dos primeros tomos reunidos en un solo volumen, en una edición que supera con creces a la original y que me hace especialmente feliz por la amistad que me une con los muchachos de Entrecomics Comics. La portada es espectacular y la somera traducción recoge maravillosamente el lenguaje chusco y desabrido de los personajes atrapados en este agujero chungo. Este primer volumen español coincide además con la aparición en Estados Unidos del tomo 4, que me ha gustado aún más que todos los anteriores. Podría decir que a estas alturas la progresión de los acontecimientos lleva a la serie a nuevas cotas de complejidad y grandes sorpresas para el lector, pero me limitaré a mencionar dos nombres: «Caligulon» y «Undigestible Scrotum».
Pudridero es una lectura deliciosa para canalizar todo tu odio interior. Al fin y al cabo, en la jaula todos son rudos. Y los rudos son los mejores.
En Mandorla:
PRISON PIT 1
PRISON PIT 2
PRISON PIT 3
PD: El título de este post no es mío. Su origen, en el interior de Pudridero 1.
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miércoles, 19 de septiembre de 2012
UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX
(Continúa de la primera parte)
Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.
El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?
El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.
Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».
Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.
Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes
Chris Ware y David M. Ball
Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.
Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.
[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].
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