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jueves, 25 de abril de 2013
REGRESO AL FUTURO
En las últimas entradas de Mandorla he comentado La muerte en los ojos, de David Sánchez, y Cosmic Dragon, de Carlos Vermut, dos tebeos que pertenecen a la colección Jaimito de la editorial ¡Caramba!, junto a Ser un hombre, de Albert Monteys, e Infame, de Néstor F. Y digo bien, tebeos, porque en apariencia física recuerdan a lo que materialmente hemos conocido como tebeos de toda la vida. Tapa blanda, 24 páginas, grapa. El clásico cuadernillo.
El cuadernillo fue el soporte predilecto durante las décadas en las que el cómic fue un producto masivo de kiosco. Apaisado o vertical, era en «comic books» como se difundían los Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz y El Capitán Trueno.
El cuadernillo era un formato adecuado a un punto de venta donde se vendía prensa, como era el kiosco, pero la retirada de los kioscos fue eliminando el cuadernillo de la producción internacional, y hoy en día ya casi sólo lo utilizan las editoriales mainstream norteamericanas: Marvel, DC y sus competidoras en la librería especializada, Image, Dark Horse, IDW y demás. Sin embargo, el comic book se ha desnaturalizado mucho en el mercado norteamericano. Ya no tiene entidad propia, sino que ahora se entiende como la prepublicación fasciculada de una obra que encontrará su verdadera forma recopilada posteriormente en libro. (Las colecciones que todavía tratan el comic book como un soporte independiente, como el Ojo de Halcón de Matt Fraction y David Aja del que ya hemos hablado aquí, son ya casi excepcionales).
Diría que casi la última vez que vimos a autores españoles publicar en cuadernillos fue a finales de los 90, cuando una microeditorial barcelonesa, Camaleón, se refugió en el formato más barato posible para dar salida a un buen número de jóvenes autores españoles que se habían quedado huérfanos en el inmenso cráter en el que había implosionado el cómic español de aquel momento. Con esa voluntad meramente de supervivencia básica, los tebeos de Camaleón acogieron los primeros pasos de nombres que hoy nos suenan tanto como Albert Monteys, Álex Fito, Marcos Prior, Josep Busquet, Ramón F. Bachs, Luis Bustos y otros, por citar sólo a unos cuantos. Las editoriales grandes decidieron imitar a Camaleón, y pronto tuvimos a Planeta-DeAgostini publicando a autores en blanco y negro en la célebre Laberinto de Toni Guiral, y a La Cúpula haciendo lo propio (y también con figuras extranjeras) en Brut Comix. (Un documento de la época que rescaté hace algún tiempo en Mandorla: «Guerreros de antaño», publicado en U #20, en 2000).
Aquello no duró mucho, y con la retirada definitiva de los kioscos y el auge de la novela gráfica y los webcómics, apenas hemos visto comic books españoles durante la última década.
A simple vista, por tanto, sorprende un poco que sea ¡Caramba!, una editorial comprometida con nuevos modelos de distribución y comercialización, quien haya realizado este gesto regresivo de recuperar el tebeo de grapa justamente ahora.
Mirando los antecedentes, uno se preguntaría cuál de los dos primeros motivos posibles que a uno se le ocurren les ha impulsado a hacer esto:
· ¿Se trata de una estrategia económica? ¿Un intento de recuperar formatos más baratos y más populares?
· ¿Se trata de una estrategia de repliegue hacia modelos viejos para restaurar el orden natural en un mundo del cómic que se ha escorado últimamente hacia formatos más pesados para conquistar las librerías generalistas?
En mi opinión, no se trata de ninguna de las dos cosas.
Los Jaimitos no pretenden ser baratos. Cuando uno tenía en las manos los tebeos de Camaleón o Laberinto, comprendía que el editor había ahorrado en todo lo posible, salvo quizás en la última concesión que era mantener la portada a color. Los Jaimitos, por contraste, son comic books de lujo, a todo color, con solapas en las portadas, y con un precio de 6€ que es superior al que suelen marcar los comic books que todavía hoy se publican en España, y que consisten en algunas colecciones de Panini (Marvel) y ECC (DC). Dudo tanto que los Jaimitos nazcan con la intención de abaratar nada como que Cosmic Dragon pretenda competir con La Patrulla-X y Batman.
Y dudo mucho también que haya ninguna intención de vuelta atrás en esta propuesta. Al contrario, veo más bien en estos Jaimitos un gesto de futuro, un gesto postnovela gráfica. Desde luego, tienen más que ver con los comic books de Nobrow (en España el antecedente más cercano estaría en algunos que sacó Inrevés, la editora de NSLM) que con El Corsario de Hierro. Me pregunto si es un gesto incluso demasiado avanzado, prematuro, en un momento en el que estamos todavía dudosos de que se haya consolidado la novela gráfica y teniendo en cuenta, sobre todo, la crisis económica general en la que estamos sumidos todos, con cómics o sin ellos.
Pero es un gesto que tenía que llegar tarde o temprano, y que yo personalmente estaba deseando ver lo más temprano posible. Durante los últimos años la novela gráfica ha sido la expresión de una voluntad por manifestar temas y formas nuevas para el cómic que atraigan a un público nuevo, el público de la cultura, y esta voluntad ha utilizado el libro para alcanzar a esos lectores en el único sitio donde podía encontrarlos, en la librería generalista. Pero el cómic ha llegado a esta estación con un equipaje muy grande, una herencia a veces un poco destartalada, sí, no pasa nada por reconocerlo, pero también con alguna joya deslumbrante perdida entre la bisutería barata. En todo caso, es nuestra herencia, y los que venimos del cómic de siempre la queremos tal como es. Como en cualquier otra forma artística, es normal que en el cómic deseemos revisar ese legado, y reutilizarlo, rehabilitarlo y hasta repudiarlo cuando sea necesario. No perderlo ni dilapidarlo, en todo caso. Ahora es el momento de verificar nuestras maletas y pensar cómo nos pueden servir para continuar el viaje desde aquí.
Una vez que el cómic ha atrapado la atención de un nuevo lector a través de una novela gráfica cuyo tema le ha interesado, y luego de otra, y de otra... ¿puede finalmente ese lector nuevo interesarse por cuestiones propias del cómic? Creo que ahora mismo no se me ocurre otra manera de formular esta pregunta que la siguiente: ¿Podemos hacer que nuestros nuevos lectores pasen de leer historias a leer cómics?
Ésa, y no otra, puede ser la batalla decisiva para la supervivencia del cómic en los próximos años. La batalla de la postnovela gráfica.
Y es una batalla que pasa por el formato, como plantean de forma meridianamente clara estos Jaimitos. Yo siempre he defendido la condición decisiva de lo material, pero el caso que tratamos aquí es muy revelador. El catálogo de ¡Caramba! está lleno de obras heterodoxas, títulos que difícilmente encajarían en el repertorio de un editor de cómics convencional: El Hematocrítico de arte, Humor cristiano, Reunión, Los fabulosos Teykerman... Incluso novelas gráficas aparentemente más convencionales, como Let's Pacheco! Una semana en familia son obra de autoras alejadas del mundillo y nacidas en internet.
Frente a esto, precisamente los cuatro Jaimitos son los cuatro títulos que de forma más ortodoxa encajan en los esquemas del mundillo. ¿Acaso Ser un hombre está muy alejado de un Para ti que eres joven monográfico? ¿Se puede concebir Cosmic Dragon con otro formato que no sea como un comic book convencional y en conversación con los géneros tradicionales? La muerte en los ojos continúa con el estilo de ADN comiquero que ya muestran las otras novelas gráficas de David Sánchez, e Infame es una farsa sobre un crítico de novelas gráficas.
¿Es casualidad esto?
Parecería que tebeo llama a tebeo.
NOTA 1: Una llamada, por cierto, a la que yo no me he podido resistir. Por eso ahora mismo estoy trabajando en un Jaimito en colaboración con Javier Peinado, con quien ya colaboré en La tempestad y Héroes del espacio. Más adelante daré detalles al respecto.
NOTA 2: Sé que recientemente ha habido otros intentos de lanzar comic books con autores españoles, entre ellos las Nuevas Hazañas Bélicas de EDT. No los menciono simplemente porque no he tenido ocasión de verlos, y por tanto no voy a especular con ellos. Mi comentario, pues, se basa exclusivamente en los Jaimitos de ¡Caramba!
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martes, 2 de octubre de 2012
LA VIDA Y SU REVERSO
Ayer escribía en Mandorla sobre Pudridero, co-edición de Fulgencio Pimentel y la nueva editorial Entrecomics Comics, nacida de la mejor web de información sobre cómic en español que existe, Entrecomics. Pero Pudridero no era el primer lanzamiento de Entrecomics Comics, y la ocasión me permite recuperar aquí su primer título, que salió hace unos meses y que sería una lástima que pasara desapercibido.
Moowiloo Woomiloo (Entrecomics Comics, 2012), de Molg H. y Néstor F., es un webcómic reformateado espléndidamente para su edición en papel como libro apaisado de colores brillantes, que tiene algo de la radiación tecnológica de la pantalla en sus páginas, y que ejerce sobre mí una fascinación semejante a la de los catálogos de supermercados (especialmente los de tecnología). Al hojearlo, percibo un sinfín de imágenes y textos diversos y hasta heterodoxos que, sin embargo, están unidos por su contenedor: todos los productos los puedo comprar en la misma tienda; todas las historietas pertenecen al mismo libro. Habrá quien piense que en el salto de lo digital intangible a lo material palpable hay un ennoblecimiento del material: yo digo que nada hay más noble que el empanfletamiento que supone este suntuoso cuadernillo.
Pero vamos a lo que vamos, señoras. MW está movilizado por un resorte experimental posmoderno. Uno de los autores plantea una situación en una página y el otro nos da «la otra cara» en la siguiente; lo que no habíamos visto, ni siquiera intuido, nos es revelado. Normalmente, con efectos hilarantes, porque esta pareja tiene un sentido del humor muy agudo a la vez que muy negro. Incluso un poco sardónico y en ocasiones desabrido. Pero muy de nuestros días, en todo caso. MW se encuadra en algún lugar de una región donde también habitan Paco Alcázar y Alberto González Vázquez (imposible no pensar en él al leer la historieta de «Éstas son nuestras armas», véase vídeo al final de este post). La variedad de personajes y temas que recorren estas historietas de dos tiempos es muy grande, pero a mí, como no podía ser menos, me llaman especialmente la atención los episodios dedicados a la novela gráfica y la crítica de cómics. Creo también que es, en realidad, lo que acaba imponiendo de forma más clara su personalidad sobre el conjunto de la obra, sin duda porque es uno de los terrenos en los que Molg H. y Néstor F. están más inspirados.
En una de las historietas más brillantes de MW, ambientada en un supermercado cultural (en Fnac, digámoslo sin rodeos), descubrimos al «crítico de cómics» encerrado en una oscura y vacía celda, a la espera de asesorar a los consumidores, formulando sus gustos, que «son extrapolables a cualquier persona». Cuando el cliente inquiere qué hace falta para ser crítico, el empleado de la tienda contesta: «¿Qué quieres decir? No hay que hacer nada. Nuestro crítico vino un día y se metió ahí dentro». Que es exactamente la verdad, como demuestra Bruno Kolin, el crítico que no hizo nada más que llegar un día y meterse ahí dentro. La pura verdad es que no hace falta ni leer los cómics, porque al fin y al cabo, dentro de la celda del crítico no hay luz para leer.
La crítica de la crítica que practican Molg H. y Néstor F. viene representada de forma exacta por la viñeta con la que encabezo este post: la cabeza abierta y ensangrentada de un autor (desnudo, aunque no se aprecie en esta viñeta), empotrado contra la taza del váter, que se arrastra con el teléfono en la mano para no perder la oportunidad de ser entrevistado en el suplemento cultural. Lo que hacen los autores en MW es imaginar un mundo en el que los dibujantes de cómics (y los críticos) ocupan el mismo espacio (social, cultural, económico) que los novelistas, los cineastas y los artistas (de verdad). Es decir, realizan simbólicamente el sueño de la novela gráfica, y revelan una pesadilla burguesa. Su pirueta satírica es doble: se parodia la situación real, actual, del cómic, tan infame y tan alejada de esa realidad imaginaria que se nos presenta en WM; y a la vez esa aspiración se ridiculiza como mediocre y vulgar. Pero como estamos en MW, la parodia por supuesto que tiene un reverso, y ése es el de la realidad cultural del país, proyectada a través del espejo deformante del cómic.
Hay que decir que, como cómic experimental que es, MW acaba descomponiéndose como parte de la propia combustión interna de sus materiales, y su parte final es un tanto amorfa, como el hijo de Bruno Kolin. Hay una confusión en cadena, que es la confusión de un hombre que quisiera destruir Google con una bomba y en realidad luego todo fuera parte de una película que nunca ha protagonizado. ¿Entiendes lo que quiero decir, o no? Por si acaso, me explico: esa confusión es la sonrisa torcida con la que el posthumor nos cuenta la vida. La vida real, tal como es. Tal y como la vemos en las recomendaciones que hacen en facebook y amazon los autores de las novelas gráficas de la vitrina de destacados de Fnac, haciéndose pasar por lectores anónimos. Es decir, lo que todos entendemos con el lenguaje común de Bruno Kolin como un 0,1.
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