Mostrando entradas con la etiqueta Olivier Schrauwen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Olivier Schrauwen. Mostrar todas las entradas
viernes, 29 de marzo de 2013
AZUL Y GRIS
El azar quiso que leyera Azul y pálido (Entrecomics Comics, 2012), de Pablo Ríos, poco después de haber visto Grizzly Man (2005), el documental de Werner Herzog. Y como muchas veces establecemos las relaciones comparativas no sólo por semejanza morfológica, sino por pura contigüidad, no pude evitar tener la sensación de que la novela gráfica del malagueño y la película del alemán trataban de lo mismo.
El documental de Herzog cuenta la historia de Timothy Treadwell, un hombre que pasó 13 años conviviendo con osos en una reserva natural de Alaska. En ese tiempo grabó horas y horas de imágenes de la naturaleza y de los grizzlies con los que compartía los veranos. Finalmente, Treadwell y su novia, Amie Huguenard, fueron devorados por un oso. Herzog construye el relato con muchas de las grabaciones originales de Treadwell, además del metraje rodado por él mismo, que incluye entrevistas y testimonios de personas que le conocieron.
Como gran película que es, Grizzly Man es capaz de dar la amplitud suficiente al espectador como para que dentro de ella quepan muchas interpretaciones diferentes. O quizás sería mejor hablar de reacciones, antes que de interpretaciones. Para algunos contiene una moraleja sobre la estupidez humana, para otros es un canto a la naturaleza, y no falta quien lo considere más bien una advertencia contra ella. Mi Grizzly Man particular es una historia que cuenta cómo la soledad engendra la obsesión, y cómo la obsesión nos lleva a traspasar las fronteras de nuestro mundo para buscar una verdad inútil, y por tanto extravagante según los criterios de la sociedad de la que hemos partido. Y si queremos finalizar el viaje, si queremos traspasar la última puerta detrás de la cual encontraremos esa iluminación, tenemos que pagar un precio: tenemos que ser devorados por esa obsesión.
En este caso, literalmente.
Sólo con ese sacrificio nuestra historia será lo suficientemente veraz como para impresionar al pueblo que quedó atrás, y sólo así encontrará entre ellos alguien que la cuente.
El documental se concibe como una narración limitada por su referencia a los hechos reales, pero su sentido verdadero está en su significado mítico. Ordenamos los hechos reales para convertirlos en ficción, y así dominamos el universo. Gracias a que a Timothy se lo comió un oso, nosotros no acabamos vagando por las calles con un camisón manchado y un cartón de vino en la mano.
Todo eso es lo que encontré en la lectura de Azul y pálido, lo cual es singular aún hoy en día en la lectura de cómics.
Azul y pálido es la primera novela gráfica de Ríos, aunque su dominio de la forma es sorprendentemente avanzado, y su habilidad narrativa no es en absoluto propia de un primerizo. Está formada por once episodios que cuentan casos de contactos con extraterrestres. Casos reales. Cuando uno dice casos reales de contactos con extraterrestres, la expresión siempre es recibida con una sonrisa de escepticismo, lo cual es absurdo. Puede que el contacto no fuera real, pero el caso sí lo es. Ese elemento documental forma la base sobre la que construye sus páginas Ríos. Todos los ejemplos reunidos son históricos y diríamos que incluso clásicos dentro del canon de la ufología. Todos evocan los años 70 y 80, que supongo que fue un periodo dorado para este campo, o al menos así lo recuerdo yo de mi infancia. Los platillos volantes tenían una presencia tan continuada en los medios de comunicación que desde mi percepción de niño sólo podía pensar que estaba a punto de pasar algo, de revelarse alguna verdad, igual que en la primera mitad de los 80 tenía el convencimiento de que sólo era cuestión de tiempo que estallara la guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Lo cierto es que cuando era niño, sentía el deseo intenso de ser abducido. Que supongo que viene a ser la versión ciencia-ficción del tradicional sueño infantil de ser un niño adoptado, es decir, descubrir un gran misterio que cambia toda nuestra vida y nos proyecta a vivir una mejor, o al menos más excitante. Es decir, mejor. No quería ser un superhéroe, que era algo que pensaba que daría mucho trabajo, y además no me sentía lo bastante bueno y valiente como para desempeñar el papel, pero sí quería que me llevaran en un platillo volante. Quería traspasar el velo del misterio y ver. Tal como dice George Adamski: «Sí, sí... estuve con él en su nave... ¡un sueño cumplido!»
Sin duda, la historia que mejor representa el mito extraterrestre es el apasionante enredo de Ummo, para colmo un relato castizo con un sabor local que lo hace más intoxicante. En esta historia, leemos: «Dios, ¿de verdad alguien puede pensar que una civilización alienígena superavanzada...? ¡Siglos, milenios de adelanto! Le decía, ¿alguien puede creer que se pusiera en contacto con cuatro fulanos que se reunían en el sótano de un café para revelarles de manera infalible la gran verdad universal?» Y si hay un elemento invariable en todas las historias es que todos los contactados son fulanos cualquiera, personas irrelevantes, sin una preparación ni una proyección destacada en la sociedad. Personas grises que de pronto saltan a una vida de fantasía mediante una historia real. Pero acaso sea porque la verdad sólo se revela a aquél que la busca. Y se revela en forma de mentira.
Finalmente, todos estos iluminados acaban siendo devorados por su propia obsesión, y su relato es heredado por otros con un fervor casi religioso. Ríos mantiene la distancia, y respeta a los que se han atrevido a perder el juicio y marginarse de la sociedad para ayudarnos a entender el mundo. No le corresponde a él decirnos si nosotros somos los osos con los que vienen a convivir locos alienígenas que rechazan sus propias sociedades o si los extraterrestres son los osos que nos van a comer si dormimos con ellos. La renuncia a lo fácil, que habría sido convertir Azul y pálido en un pastiche de ciencia-ficción de género, hace que el libro tome un cariz místico (profano) que es lo que da la sustancia humana a toda historia que merezca la pena releer.
Quiero añadir una última cosa. Una última lectura que Ríos esconde en las claves más secretas del libro: Azul y pálido como metáfora del fútbol, esa obsesión en la que necesitamos creer en los demás y que los demás crean en nosotros para llegar a traspasar la puerta del misterio, delimitada entre los palos de una portería al final de una gran pradera. ¿Cómo sé esto? Porque me ha sido revelado, y ante vosotros tenéis los signos, si los queréis ver: once capítulos como once jugadores, y al final un balón que se pierde en la lejanía, en un inmenso, infinito saque de puerta hacia las estrellas.
OTRO COLOR: El gris alienígena domina todo Azul y pálido, y precisamente así se titula un cuadernillo de Olivier Schrauwen que publicó la librería especializada Desert Island durante el último Festival de Brooklyn, en el que el belga estuvo invitado: Greys.
Greys es el relato en primera persona de la abducción del novelista gráfico O. Schrauwen. A través de sus palabras y de las imágenes acompañantes, vemos cómo fue raptado de su casa en Neukölln, Alemania, cómo fue sometido a un experimento a bordo de un platillo volante y cómo luego los extraterrestres le mostraron toda la historia del universo y la humanidad, antes de devolverle a su cama, como si nada hubiera pasado. Salvo la transmisión de conocimiento, claro. «Hasta el momento presente, 100 065 personas han sido abducidas por grises», advierte al inicio.
Pero Greys no encajaría como un relato más de Azul y pálido. El tono es completamente distinto: irónico (desde el principio relaciona todo el episodio con un sueño erótico provocado por la sobrecarga de semen acumulado y el exceso de horas manipulando tramas grises) y apoyado en los gestos típicos del cómic de género, como esos textos narrativos anticuados al estilo de las historias de EC, por ejemplo. No quiero decir con esto que Greys sea simplemente una parodia, o por lo menos no es una burda parodia. La acumulación de lugares comunes del imaginario misterioso llega en determinado momento a producir un efecto casi emotivo: todo el relato es tan patético, que no podemos evitar hasta conmovernos un poco.
Pero aún más, Greys funciona en toda su dimensión como artefacto. Si he insistido muchas veces en la importancia del formato, en este caso es capital. Greys no tiene ninguna imagen en portada, y su apariencia es tosca y antiprofesional. Un fajo de fotocopias borrosas y deslucidas, grapadas y distribuidas tal vez de contrabando por algún personaje sórdido que ha puesto una mesita plegable en una esquina. La sabiduría popular comiquera clama que todo tebeo ha de ser publicado siempre con la mejor calidad de reproducción y el formato más lujoso, para que los aficionados podamos disfrutar mejor del talento del artista. Pero convertir Greys en un álbum de tapa dura impreso a todo lujo lo haría menos de lo que es como objeto desechable: un facsímil de un artilugio clandestino y miserable pergeñado por un alucinado que masculla algo entre dientes y hace un mes que no se lava.
Por supuesto, no es eso, sino que es todo lo contrario: un objeto artístico muy deliberado por parte de un artista consciente que ya ha demostrado en las obras que le conocemos (Mi pequeño y El hombre que se dejó crecer la barba) el gusto por retomar temas e iconografías populares y utilizarlas como vehículo para un discurso moderno. En el fondo, con otra estrategia, Schrauwen indaga en Greys en lo mismo que Ríos en Azul y pálido. Y quién sabe si no es de eso también de lo que va el Vapor de Max. O a lo mejor son sólo semejanzas casuales que uno encuentra por contigüidad.
Etiquetas:
Desert Island,
elpablo,
Entrecomics Comics,
lecturas,
novela gráfica,
Olivier Schrauwen,
Pablo Ríos
martes, 24 de julio de 2012
EL HOMBRE QUE SE DEJÓ CRECER LA BARBA
OLIVIER SCHRAUWEN
El hombre que se dejó crecer la barba
Fulgencio Pimentel
El belga Olivier Schrauwen (1977) sorprendió hace un par de años a los exploradores del cómic de vanguardia con Mi pequeño (Norma, 2009), una reinvención moderna del Little Nemo de McCay. Pero la pirotecnia de aquel volumen palidece al lado del despliegue del insondable El hombre que se dejó crecer la barba. Inspirado por el pintor loco Wölfli, Schrauwen busca el origen de la creación artística en los límites de lo racional, tal y como lo exploraron los visionarios de los años 20 y 30. Reflexivo y socarrón, va de la frenología a Hergé, cuyo Tintín en el Congo sirve de pórtico colonialista para un viaje interior/exterior que cuestiona los límites de la representación y desemboca en un palimpsesto pop escatológico. El hombre que se dejó crecer la barba mira al pasado sin caer en lo retro, y eso lo hace hoy audaz y necesario.
Publicado en Rockdelux nº 305 (abril 2012).
El hombre que se dejó crecer la barba
Fulgencio Pimentel
El belga Olivier Schrauwen (1977) sorprendió hace un par de años a los exploradores del cómic de vanguardia con Mi pequeño (Norma, 2009), una reinvención moderna del Little Nemo de McCay. Pero la pirotecnia de aquel volumen palidece al lado del despliegue del insondable El hombre que se dejó crecer la barba. Inspirado por el pintor loco Wölfli, Schrauwen busca el origen de la creación artística en los límites de lo racional, tal y como lo exploraron los visionarios de los años 20 y 30. Reflexivo y socarrón, va de la frenología a Hergé, cuyo Tintín en el Congo sirve de pórtico colonialista para un viaje interior/exterior que cuestiona los límites de la representación y desemboca en un palimpsesto pop escatológico. El hombre que se dejó crecer la barba mira al pasado sin caer en lo retro, y eso lo hace hoy audaz y necesario.
Publicado en Rockdelux nº 305 (abril 2012).
Etiquetas:
Fulgencio Pimentel,
hemeroteca,
Olivier Schrauwen,
reseñas,
rockdelux
jueves, 24 de noviembre de 2011
EL BARBUDO
Hace un par de años, Norma publicó Mi pequeño, la primera obra del belga Olivier Schrauwen que llegaba a España y, si no me equivoco, la única todavía. El tebeo pasó sin pena ni gloria (aquí podéis leer una de las reseñas que se le dedicó en su día, a cargo de Rubén Varillas, que supo apreciarlo), y yo la verdad es que me quedé con ganas de más. Mi pequeño era un cómic extraño, casi misterioso, una réplica de los modos del pionero Winsor McCay en su obra cumbre Little Nemo in Slumberland, releída a través de la vanguardia contemporánea de Chris Ware. Un objeto sorprendente y sí, también artificial, que podía provocar la más entusiasta adhesión por su extremo formalismo o la más absoluta indiferencia por... por su extremo formalismo, supongo.
Este año he podido leer en inglés una nueva obra de Schrauwen, The Man Who Grew His Beard (Fantagraphics, 2011), que creo que me ha entusiasmado aún más que Mi pequeño. Si bien en el título anterior podía temerse que Schrauwen fuera un one-trick pony, que hubiera tenido un hallazgo feliz en su idea de reconstruir a McCay, pero que no tuviera más salidas una vez agotado el chiste, en The Man Who Grew His Beard demuestra una amplitud de recursos y de inquietudes mucho mayor, y además lo hace invocando de nuevo fantasmas del pasado, pero no de la tradición del cómic, sino de las vanguardias históricas de las artes plásticas y los pioneros de la animación. Esto hace que El hombre que se dejó barba resulte refrescantemente novedoso en sus códigos, como si fuera un cómic producido en un mundo donde el cómic hubiera seguido una historia alternativa, más ligada a las artes visuales que al entretenimiento infantil de masas. Un mundo donde tal vez George Grosz y Otto Dix hubieran sido dibujantes de cómics, y alguno de ellos habría acabado dibujando Tintín en el Congo.
Es la sombra de este álbum de Hergé, asediado hoy en los tribunales, la que sobrevuela la primera de las historias que componen el libro, «Congo Chromo», que podría interpretarse como una sátira del colonialismo (o de los símbolos nacionales belgas, sean el imperio perdido o la obra de su más famoso historietista). O tal vez no, y es que esa ambigüedad sobrevuela todas las viñetas de Schrauwen. El caso es que los protagonistas son tres blancos perdidos en una selva de estereotipados negritos que parece más un papel pintado que un escenario africano verosímil. Uno de los blancos es un individuo que, tras ver cómo su pierna es mordisqueada por un hipopótamo, acabará abandonado a un turba de monos furiosos, otro es un lánguido hombre barbudo que parece continuamente nostálgico de su patria belga, y el tercero es un voraz y estruendoso cazador que devora todo lo que encuentra a su paso. A partir de aquí, cualquier intento de describir argumentalmente lo que pasa en el resto del libro supone entrar en territorios resbaladizos. Hay situaciones, escenas y movimientos, pero no hay una lógica inequívoca en ninguno de los relatos. Y quizás eso sea lo que más evidentemente interesa a Schrauwen: lo irracional. De la misma manera que en Mi pequeño se acercaba al mundo de la infancia, previo a la razón, en The Man Who Grew His Beard parece que quiere acercarse al mundo de la locura, posterior a la razón. El personaje barbudo que se repite en alguna de las historias del volumen -pero no en todas- se muestra en «Hair Styles» como un dibujante sometido a una extraña disciplina colectiva, junto a otros sujetos de observación frenológica a los que tutela una figura paternal. Cuando más tarde lo vemos abandonar el edificio donde dibujaba, comprendemos que es un loco al que han dado el alta y que regresa al mundo exterior. Exterior/interior son valores tan importantes para Schrauwen que incluso sirven de título para una de sus historias, «Outside/Inside», donde se manifiesta la utilización de un código visual doble para representar la triste y gris realidad exterior frente a la rica e intensa realidad interior, la realidad de la imaginación, de la fantasía sin trabas, irracional, donde «todo se puede hacer realidad». En cierta manera, las viñetas con las que Schrauwen representa ese mundo de la imaginación me recuerdan a los cuadros de Adolf Wölfli, uno de los primeros grandes pintores locos del arte marginal. Y no estoy seguro de que esa semejanza sea meramente casual.
Aunque Schrauwen experimenta también con el poder de las imágenes, por encima de lo meramente narrativo, su propuesta está muy alejada de la de Anders Nilsen o Gary Panter, tal como sugería en mis últimos posts. Ellos siguen la lógica del dibujo, mientras que Schrauwen parece más bien que concibiera imágenes y luego las reprodujera sobre el papel. El trabajo de aquellos es más orgánico, más físico y procesual. El de Schrauwen parece más producto de un ejercicio intelectual que se expresara gráficamente. Digamos que las imágenes de Panter sugieren una descripción, mientras que las de Schrauwen parecen sugeridas por una descripción.
Fuera como fuese, The Man Who Grew His Beard ha renovado para mí ese entusiasmo por un objeto raro y sorprendente, infinitamente revisitable, que ya en su día me produjo Mi pequeño.
Etiquetas:
Fantagraphics,
lecturas,
novela gráfica,
Olivier Schrauwen
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



