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miércoles, 19 de septiembre de 2012

UNA SEMANA DE BONDAD, 2ª PARTE: SPX


(Continúa de la primera parte)

Llegué a Baltimore con el tiempo justo de pasar por Penn Station a recoger a dos de los responsables de la página web Entrecomics y ahora editores de Entrecomics Comics, Iñaki Sanz y Alberto García Marcos, también conocido como El Tío Berni, también conocido como «Perro Loco». Como jóvenes emprendedores que son, decidieron venir en persona a ver qué se cocía en la escena alternativa americana, y la SPX es su mejor exposición, como ya comenté el año pasado.


El prólogo de la SPX en Baltimore es la fiesta que organiza Atomic Books, probablemente una de las mejores tiendas de cómic alternativo del mundo. Este año empezaba con una sesión de firmas de Daniel Clowes, a la que no llegamos a tiempo porque Alberto estaba demasiado ocupado comprando Nick Furias de Steranko y Daredevils de Wally Wood en Comics to Astonish. A continuación hubo varias lecturas de cómics a cargo de sus propios autores, Noah Van Sciver, Box Brown y Josh Bayer entre otros. Derf Backderf optó por explicar el trasfondo de su novela gráfica My Friend Dahmer, que relata la amistad entre el autor y el asesino en serie Jeffrey Dahmer, con quien coincidió en el instituto. Me resulta sorprendente que todavía no se haya publicado en España (no se ha publicado, ¿verdad?). Son ya varias las lecturas públicas de cómics a las que he asistido en Estados Unidos y por lo general funcionan muy bien. A ver si alguien se anima a importar la práctica en España, porque animan mucho el ambiente y suelen ser más divertidas que el habitual recitado de tópicos que se sueltan en las presentaciones al uso. Aparte de eso, el ambiente en Atomic Books también lo animaron las cervezas y tentempiés. Ya he dicho que era una fiesta, ¿no?



El sábado a las once abría la SPX, de nuevo en una salón del Bethesda North Marriott Hotel & Conference Center, y a las once y un minuto yo tenía en mis manos LA CAJA que es el nuevo libro de Chris Ware, Building Stories. Oficialmente no sale a la venta hasta el 2 de octubre, pero dado que Ware era uno de los invitados al festival, en el puesto del CBLDF (el fondo para la defensa legal del cómic), y con carácter benéfico, tenían 350 ejemplares a la venta. A mediodía habían volado todos (es una metáfora, claro, más que volar habían sido cargados penosamente por sus compradores), y el mío reposaba en el maletero de Sinforoso. Con eso, ya había cumplido mi objetivo principal en mi visita a la SPX. Pero el fin de semana dio para más, para mucho, mucho más. Y no me refiero a la botella de bourbon que vaciamos el sábado por la noche.


Diría que este año disfruté de la SPX mucho más que el pasado. Para empezar, el plantel de invitados era insuperable: Chris Ware, Daniel Clowes, Jaime y Gilbert Hernandez y Adrian Tomine en primera fila. Pero también te podías encontrar por los pasillos a Charles Burns, Sammy Harkham, Frank Santoro, R. Sikoryak, Gabrielle Bell y toda la tropa de minicomiqueros de los que últimamente he hablado en Mandorla: Pat Aulisio, Lale Westvind, Ben Marra, etc. El Marriott estaba a rebosar de público y de autores. Pero además, el hecho de estar más adaptado al país, de conocer mejor la escena alternativa americana, y de entregarme al frikerío acompañado de dos amigos casi tan trastornados como yo mismo le dio más sabor a toda la experiencia. Compré muchísimos más cómics que el año pasado, y muy pocos de autores consagrados o editoriales grandes (o grandes, porque no queda muy claro si Fantagraphics y Drawn & Quarterly son small press o empresas de tamaño considerable, cuestión que ya discutí con Anders Nilsen en Medellín). Me encontré con José Alaniz, profesor de literatura de la Universidad de Seattle y autor de Komiks, el principal estudio existente sobre el cómic ruso, que ahora anda enfrascado en investigar la historieta checa. Alaniz se lamentaba de que SPX fuera demasiado americocéntrico, y que no hubiera propuestas de fuera de los Estados Unidos. Lo cual es completamente cierto, pero no creo que sea por falta de interés por parte de los americanos por el material extranjero. Especialmente el público tipo de la SPX es el público tipo que ve películas subtituladas y que se interesa por manifestaciones artísticas exóticas, de modo que creo que cualquier propuesta internacional sería bien recibida. De hecho, el puesto del sello británico Nobrow acabó vendiendo hasta las sillas, y agotando prácticamente todas sus existencias, incluida la edición en inglés de Aventuras de un oficinista japonés, de José Domingo, y Cramond Island, de Irkus M. Zeberio. De acuerdo, Nobrow publica en inglés, pero el Moowiloo Woomiloo de Néstor F. y Molg H. y la edición española de Prison Pit, Pudridero, de Johnny Ryan, que los chicos de Entrecomics pasearon por el Marriott, también fueron recibidos con mucho interés y curiosidad. En MoCCA Fest había visto amplias representaciones escandinavas, francesas y australianas, y presencias individuales de brasileños. A lo que voy a parar es a que sí, creo que para la SPX sería beneficiosa una mayor presencia internacional, pero también creo que para muchos autores y editores internacionales sería muy beneficioso acudir a la SPX, cuyas puertas están abiertas, y hacer contactos, descubrir otras formas de publicar, otras maneras de dibujar, y tal vez renovar sus estrategias sobre cómo hacer cómics alternativos y sobrevivir en el intento. Porque si hay algo que hace este festival es romperte la cabeza y plantearte otros caminos y otras posibilidades. Como ya comenté el año pasado (pero lo repito para los que no lo leyeran), éste es un festival puramente de cómic, sin disfraces (OK, nos cruzamos por la calle con una chica que podría haber ido disfrazada de Hopey, pero ya está), sin películas, sin videojuegos, sin karaokes, con una distribución muy democrática del espacio, y centrado exclusivamente en las historietas y las personas que las hacen. Quizás fuera el contacto con festivales como éste lo que me hizo escribir posts como aquél de «Otro Salón».


Un pequeño intervalo para comernos un pepito de ternera en Arby's (qué queréis, es Bethesda, es eso o ingresar en el Hospital Naval, tan conocido por los seguidores de Expediente-X), y continúo con una cuestión que no quiero dejar de mencionar: las charlas.


Ken Parille, Alvin Buenaventura y Dan Clowes


Chris Ware y David M. Ball

Las charlas y mesas redondas de la SPX son algo más que actividades decorativas. Se celebran en salas  dignas y bien acondicionadas, donde no hay interferencias de megafonía ni elementos extraños, empiezan a su hora en punto y acaban a su hora en punto, reciben una muy numerosa asistencia de público y están dirigidas por personas que conocen perfectamente el tema y la figura que están tratando. Véanse los ejemplos ilustrados por las dos fotografías que anteceden a este párrafo: Ken Parille es el autor de uno de los artículos más importantes que se han escrito sobre Clowes, en el que analizaba a fondo David Boring, y es responsable del inminente The Daniel Clowes Reader; Alvin Buenaventura es el editor del libro The Art of Daniel Clowes: Modern Cartoonist; David M. Ball es coeditor de The Comics of Chris Ware. Juan Antonio Ramírez decía que siempre había que ir a las conferencias, incluso aunque no te gustara especialmente el autor, porque era importante «ver al bicho» en directo, entrar en contacto con la persona, ver cómo habla, cómo se mueve e incluso cómo calla. En el caso de las charlas de SPX, a mí no sólo me interesaban Ware y Clowes, en los ejemplos anteriores, sino los propios moderadores de sus charlas, a quienes he leído y respeto enormemente. En cuanto a los dibujantes, por cierto, mientras que Clowes adoptaba una personalidad desenfadada y bromista, Ware sigue pareciendo la manifestación carnal de Jimmy Corrigan. Su gesto favorito es encogerse de hombros y torcer la boca hacia abajo, como en avergonzada perplejidad ante el interés que suscita en el público. Fue despedido con una atronadora ovación -que pareció abochornarle- que me lleva a otra de las cuestiones que contrasta con el tipo de charlas a las que estoy acostumbrado a asistir en España. Las charlas de la SPX duraban una hora exacta, y en las dos a las que asistí, el presentador interrogó al dibujante durante sólo media hora, dejando otra media hora a las preguntas del público. Y hubo preguntas del público -sorprendentemente informadas, precisas e inteligentes- hasta que se acabó el tiempo, con un dinamismo y un interés notables. A lo que estoy acostumbrado en España es a que el público no participe y a que cueste horrores sacarle una pregunta. Tal vez por eso hablamos tanto en las presentaciones. ¿O será al revés, no preguntan porque hablamos demasiado? Sea como sea, no voy a extenderme más sobre las charlas. Confío en que Alberto se recupere del jetlag un día de estos y nos obsequie con alguna de esas maravillosas transcripciones que hace, o al menos con una glosa de lo que escuchó, o como mínimo con una crónica del evento, o en todo caso con un telegrama preguntado si se quedó en mi casa el Nick Fury #1 que ahora, sorprendentemente, no encuentra en su maleta.



Voy a acabar con lo que empecé la SPX: con Building Stories. De alguna forma, el libro monumental de Chris Ware que es más que un libro, que es incluso un acontecimiento, porque ya cada libro nuevo de Ware lo es, condensa en sí mismo todas las características de este evento que simboliza a su vez lo que es el cómic artístico norteamericano. Aunque publicado por una gran editorial, Building Stories es, simplemente, otro más de tantos fanzines artesanales que cubrían las mesas de la SPX, otro más de tantos cómics que son objetos impresos singulares, además de narraciones secuenciales. O tal vez, antes que eso. Es, en parte, el modelo ideal al que se dirigen muchos de los cómics que se encontraban sobre las mesas del Marriott este fin de semana pasado. Muchos de los autores presentes no tienen ninguna aspiración de llegar a profesionales o de publicar en las grandes (o grandes) editoriales de cómic alternativo americano. Les basta con utilizar la historieta como medio de expresión, sin mayores aspiraciones, y se limitan a tiradas de 20 ejemplares, que muchas veces cambian por copias de otros minicómics, en lugar de venderlos. Pero algunos de los autores que hace tres días nos miraban sonrientes desde las mesas estarán dentro de unos años en una charla acompañados de un profesor de literatura que ha escrito un libro sobre ellos. Sólo hace falta echar un vistazo a sus tebeos para darse cuenta. Y de alguna manera, Building Stories reúne en su interior todas esas historias que se están construyendo.

[Estoy leyendo las toneladas de cómics que me traje de Colombia y de Bethesda; espero encontrar el tiempo y las fuerzas para comentar algunos, sólo algunos, durante las próximas semanas; hay demasiados como para comentarlos todos, pero hay demasiados demasiado buenos como para dejarlos pasar sin una palabra].

sábado, 17 de octubre de 2009

¡SI ESTO FUERA UN CLÁSICO!



A continuación de Abstract Comics he leído Masterpiece Comics (Drawn & Quarterly, 2009), de R. Sikoryak, en una doble sesión intensiva de cómic de vanguardia. A simple vista, no puede haber nada más opuesto a Abstract Comics que Masterpiece Comics, pero ambos comparten en esencia el interés por romper las convenciones del cómic convencional y por poner de manifiesto los mecanismos invisibles que le animan.
Masterpiece Comics es un proyecto iniciado por Sikoryak hace veinte años. Recopila 13 historietas diferentes, cada una de las cuales adapta con un estilo basado en una serie de cómic tradicional un clásico de la literatura distinto. Así, por ejemplo, Blondie de Chic Young sirve para adaptar el Génesis (veremos qué dice Crumb al respecto), el Fausto de Marlowe se refunde en Garfield de Jim Davis y las Cumbres borrascosas de Emily Brontë pasan por el filtro de las Historias de la Cripta de Al Feldstein y Jack Davis. Además, el libro incluye anuncios, portadas y correos de los lectores falsos, al estilo, por supuesto, del Acme Novelty Library de Chris Ware.
El proyecto tiene su origen en el ambiente postmoderno de los años 80, en cuya vanguardia viñetera participó Sikoryak, que fue uno de los principales ayudantes de Françoise Mouly y Art Spiegelman en la redacción de Raw, la revista de cómic de vanguardia más importante de la historia. Sikoryak inició estos Masterpiece Comics un poco como broma intelectual, pero pronto descubrió que la idea le servía para explorar las relaciones entre medios y el sentido real de los "clásicos". Como bien indica el propio autor, aquí no se trata de hacer chistes sobre un tópico referencial, al estilo de Mad, sino más bien de reproducir el material de partida en el recipiente de destino de la forma más extremadamente fiel. Por eso, Sikoryak intentó desviarse lo mínimo de los argumentos y personajes originales de las novelas, y también del estilo de los cómics en los que intentaba reproducirlos. Recomiendo leer la entrevista con Sikoryak que enlazo al final de la entrada, donde habla de todas estas cuestiones.
En esa entrevista, también dice que "me gusta jugar con esa idea: que cualquier cambio de un medio a otro va a cambiar completamente aquello a lo que estás prestando homenaje. Quería hacer algo donde no pudieras evitar verte enfrentado al absurdo de hacer adaptaciones, de hacer una traducción del trabajo". Aparte de lo que mi interés personal en el tema porque acabo de publicar una adaptación de una obra literaria al cómic, El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde (SM), con Javier Olivares, el procedimiento también sirve para replantearse la polémica sobre el valor relativo de las obras en medios distintos, un debate que no es que siga abierto, sino que ahora mismo es más cadente que nunca, porque ahora es cuando por vez primera nos planteamos que pueda haber en el cómic auténticas obras maestras comparables en alguna medida a las de la literatura o el arte. Masterpiece Comics plantea dónde reside el verdadero valor de los clásicos de la literatura -¿en su contenido o en su forma?- y si automáticamente se degradan cuando los reconvertimos en pastiches de tebeos infantiles.
Pero Sikoryak va mucho más allá de eso. Como decíamos, su intención no es la de hacer una broma fácil y repetida, y su pasión por entender el funcionamiento de las obras literarias y las historietas le lleva a establecer relaciones nada casuales entre unas y otras.


Poner a Carlitos de Schulz como protagonista de La metamorfosis de Kafka resulta tan natural que en la tira precedente casi ni nos damos cuenta de que el pobre Charlie Brown se ha convertido en un escarabajo... ¿No lo ha sido siempre?

En el caso de Superman (ilustración en la cabecera de este post), sus Action Comics se convierten en Action Camus para relacionar al superhombre alienígena con el extranjero desapegado de este mundo y de la humanidad. Y el Batman de Dick Sprang se convierte en el Raskolnikov del Crimen y castigo de Dostoievski a través de la culpa original que comparten como motivación, en la que creo que es una de las mejores historietas de toda la colección.


No voy a insistir mucho más en el tema. Masterpiece Comics daría para una tesis, así que no vamos a agotarlo. Tan sólo quiero señalar dos cosas más. La primera, que me asombra cómo alguien puede estar veinte años dibujando un tebeo en el que no se reconoce un solo rasgo de dibujo propio. ¿Qué mentalidad hace falta para desarrollar ese trabajo? ¿Qué entrega, qué visión y qué humildad?

La segunda, que tras la lectura de este volumen surge de inmediato la tentación de hacer su versión española: ¿Qué pasaría si casáramos a Mío Cid, El Quijote, El Lazarillo o Fortunata y Jacinta con Mortadelo y Filemón, El Capitán Trueno, Paracuellos o Silvio José? Miedito me da pensarlo.

Entrevista con R. Sikoryak en The Daily Cross Hatch:
Parte 1
Parte 2
Parte 3