miércoles, 14 de diciembre de 2011
LA ÚLTIMA HISTORIA DE MAGGIE CHASCARRILLO
Estas últimas semanas he comentado que uno de los mejores tebeos que he leído en el 2011 ha sido «The Love Bunglers», historieta que Jaime Hernandez ha publicado en los números 3 y 4 de Love and Rockets: New Stories (Fantagraphics). Pero no había dicho nada sobre ella todavía, quizás porque es de esas historietas sobre las que uno se queda casi sin nada que decir. Son demasiado inmensas para encerrarlas en un puñado de palabras.
Pero eso es lo que tenemos aquí, un puñado de palabras, así que vamos a dejar que lleguen hasta donde lleguen, al menos. A estas alturas de la película, creo que Jaime Hernandez puede ser considerado el mejor historietista del mundo sin que nadie se lleve las manos a la cabeza. Lleva treinta años elaborando una de las obras más monumentales de la historia del cómic, sí, pero en los últimos tiempos ha alcanzado un nivel de madurez y depuración en lo que cuenta, en cómo lo cuenta y en cómo lo dibuja que parece realmente inhumano. Nadie tiene tanto control sobre un simple trazo, sobre una mancha de tinta negra. Jaime Hernandez no pertenece a la escuela de la línea clara, pero sus líneas son más claras que ninguna que jamás trazara dibujante alguno.
Pero esto, creo, ya se sabe, o debería saberse, y si hay alguien que no lo sabe todavía, no lo vamos a solucionar aquí, así que voy a intentar hablar de otras cosas en relación con esta última entrega de la saga de Locas. Para empezar, y dado que el historial de publicación de estas historietas es un tanto convulso (y más en España, donde los volúmenes recopilatorios se publican de forma desordenada, creando una experiencia de lectura que acentúa aún más el gusto por la elipsis y la alusión del original), creo que merece la pena hacer una breve introducción explicando de qué material se trata exactamente. La última encarnación de la mítica cabecera Love and Rockets de los Hermanos Hernandez (Jaime y Gilbert) se titula New Stories y empezó a publicarse en 2008. Este nuevo volumen de Love and Rockets se publica a razón de un tomo anual de 100 páginas que incluye la mitad del material de Gilbert y la otra mitad de Jaime. Mientras que Gilbert se dedica a sus desvaríos de ciencia-ficción y horror de arte y ensayo al estilo de los 70 (dicho así suena mejor de lo que es), Jaime ha seguido profundizando en su historia, la única historia que lleva contando desde que empezó en esto de los tebeos hace treinta años, la de Maggie y Hopey. Tras una aventura de superheroínas protagonizada por Penny Century con la que ocupó los números 1 y 2 que me pareció francamente desafortunada, Jaime retomó su tono habitual con el número 3 (2010), donde aparecían los capítulos uno y dos de «The Love Bunglers», además de una historia titulada «Browntown» que es como un apéndice de «The Love Bunglers». Los capítulos 3, 4 y 5 de ésta última están incluidos en Love and Rockets: New Stories 4 (2011), junto a otra historia corta que también está relacionada: «Return For Me».
«The Love Bunglers» cuenta los encuentros y desencuentros entre Maggie y Ray Domínguez, mientras que «Browntown» y «Return For Me» narran dos historias situadas en el pasado que amplían y explican muchos de los sucesos que están pasando en «The Love Bunglers». Cada pieza tiene su propia entidad, pero si relacionamos unas con otras, los sobreentendidos y silencios se vuelven elocuentes. Una de las grandes virtudes de Jaime ha sido siempre su capacidad para trabajar con la sutileza, sin subrayados, utilizando el contraste entre la masa negra y el vacío, tanto en el guión como en el dibujo, prefiriendo sugerir con una delgada línea, de tinta o argumental, para así dejar que la imaginación del lector la complete. En cierta medida, lo que hace en «The Love Bunglers» es continuación directa de lo que lleva haciendo años.
Pero hay un par de golpes que te dejan literalmente hecho añicos.
No quiero ser demasiado explícito para no robar a nadie el placer de leer por vez primera estas historias, pero diré que el final de «Return For Me» es probablemente el más devastador que he leído jamás. Y que en el final de «The Love Bunglers» ensaya una pirueta narrativa de tal finura y precisión, de tal maestría y osadía, que lo convierte en las diez páginas más emocionantes de la historia de Love and Rockets, y probablemente el mejor final que jamás tendrá Locas. De hecho, después de leer el final de «The Love Bunglers» la sensación es que Locas ya ha terminado. ¿A dónde pueden ir Maggie y Hopey después de esto? ¿A dónde puede ir Jaime?
Releyendo «The Love Bunglers», lo que más me ha llamado la atención es darme cuenta de cómo todos sus personajes viven atrapados por el pasado. Para Maggie, la vida es el ovillo de la infancia, desenredándose y volviéndose a enredar con los mismos hilos año tras año, pero sin cortar nunca el contacto con los orígenes. El peso de la infancia cada vez ha sido mayor durante la última década de Locas, en la que hemos ido conociendo detalles de los primeros años de los personajes, detalles que son decisivos para entender su comportamiento de adultos. En general, los niños de Love and Rockets son niños que viven sin padres, o a la espalda de unos padres desatentos, incapaces de cumplir con las responsabilidades que la sociedad exige que cumplan en una familia funcional. Tal vez por eso en alguna ocasión Jaime ha recurrido a un estilo a lo Charles Schulz para reflejar esos años: porque sus niños, como los de Peanuts, son pequeños pero extremadamente serios, y viven en un mundo completamente libre de la supervisión de los adultos. Básicamente, son niños que están intentando aprender a interpretar el mundo por su propia cuenta.
En este continuo (y creciente) retorno a la infancia, me he encontrado con que Locas me recordaba al Fellini de 8 1/2 o Amarcord, hurgando desesperadamente en el pasado para desenterrar las claves con las que interpretar el presente. No hace falta ni decir que también Fellini y Jaime están cautivados por las mujeres, y que Ray Domínguez podría estar interpretado por un desencantado Marcello Mastroianni. Observaré, eso sí, que también en Fellini y en Jaime se encuentra una obsesión por la violencia y por el amor. No por la violencia más evidente, sino por la más inexpresable e incruenta del día a día (aunque dos actos concretos de violencia explícita son fundamentales en «The Love Bunglers»). La violencia de la familia, la violencia de la infancia, la violencia del sexo. La violencia del amor, finalmente.
Como todos los autores verdaderamente grandes, Jaime es capaz de ofrecer un modelo a escala de toda su obra en una sola viñeta. En el caso de «The Love Bunglers», es precisamente la última viñeta de la historia. Maggie besa a Ray, mientras llora, y la firma «Xaime» aparece a modo de «Fin» en la esquina inferior derecha de la viñeta, encerrada en un corazón. Y ahí está el alfa y omega de Love and Rockets.
El año que viene se cumplirán 30 años de la aparición del primer número del primer volumen de Love and Rockets publicado por Fantagraphics. En La novela gráfica planteaba que fue precisamente Love and Rockets, junto con Weirdo y Raw, quien definió el contorno de lo que sería conocido a finales del siglo XX como cómic alternativo norteamericano, y del que nacería la que tal vez sea la corriente más importante que nutre la novela gráfica contemporánea. Beto y Jaime fueron pioneros, y no sólo pioneros, sino responsables de una obra que resiste al tiempo y se agiganta con cada año que pasa. Sin embargo, yo diría que su estrella ha estado un tanto eclipsada en los últimos años.
Creo que esto ha sido debido en parte al ascenso irresistible de Chris Ware y el cambio de paradigma que ha traído, y que tanto se ha dejado sentir incluso en figuras ya consagradas como Seth o Daniel Clowes. Ware nos ha ayudado a replantearnos el cómic mirando a maneras de trabajar que se salieran de los esquemas narrativos y representativos impuestos por el mainstream de la industria del comic book. Mirando hacia las tiras de prensa y las páginas dominicales anteriores a la implantación de los superhéroes, Ware nos redescubrió tradiciones que el propio cómic había olvidado.
Pero es precisamente en esa tradición que procede del comic book industrial en la que Jaime ha basado toda su carrera, y quizás eso le haya dejado en una posición un tanto marginal en nuestros días. Mientras que Ware invocaba a Frank King y George Herriman, Jaime mantiene viva la herencia de Dan DeCarlo, Steve Ditko y John Romita. Es cierto, además, que la obra de Jaime siempre ha sido difícil de adaptar a los formatos de publicación habituales de la novela gráfica. Su asentamiento en el comic book no respondía únicamente a las limitaciones del momento. Era, más bien, su estado natural. Lo que estaba haciendo Jaime era trasladar las convenciones y recursos del cómic seriado al terreno de los relatos literarios. Y con una sencillez que no está al alcance sino de un genio mayúsculo, Jaime ha conseguido hacer esa mezcla perfecta entre el episodio de algo que nunca empezó y nunca terminará y la novela donde los personajes tienen una historia con un principio, un desarrollo y un final. Y en ningún sitio lo ha logrado de forma más espléndida que en «The Love Bunglers» y su espléndido final, que es el final definitivo que no puede ser un final, porque no hay final.
La alquimia de Jaime ha conseguido así un descubrimiento monumental, que sin embargo no ha tenido la repercusión merecida porque aquellos que más se podrían beneficiar de sus logros los han ignorado por completo. Me refiero, por supuesto, a la industria del comic book mainstream. Desde los años 70, los comic books de superhéroes caminan fatigados, sin saber muy bien qué es lo que tienen que hacer, salvo repetir las fórmulas originales, sin saber cómo continuar verdaderamente una tradición, es decir, traerla al presente. Pero eso es exactamente lo que ha hecho Jaime, que conoce de forma más certera y precisa los mecanismos del tebeo popular de antaño y ha sabido encontrar la manera en que pueden integrarse con los intereses del público adulto de nuestros días. Hace mucho tiempo que lo pienso: es posible hacer historietas de género contemporáneas, válidas e interesantes. Son las que hace Jaime Hernandez, por ejemplo. Concretamente, de género romántico. Inmensos melodramas que dan vueltas y más vueltas hasta acabar en un beso, una lágrima y un corazón.
Y entonces se acaban.
Y luego vuelven a empezar.
martes, 3 de noviembre de 2009
HERMANOS DE TINTA

Jaime y Gilbert Hernandez son dos de los pilares más importantes del cómic alternativo americano. En los últimos meses han coincidido en nuestras librerías varias de sus nuevas obras.
En su crítica de La educación de Hopey Glass, publicada en el prestigioso The Comics Journal, Tim O’Neil se lamentaba de que ya no queda nada que decir de Jaime Hernandez: “Su solidez es su propio peor enemigo”. El reseñista parecía incapaz de hacer otra cosa que dejar testimonio de una trayectoria intachable que a lo largo de 25 años de creatividad ininterrumpida no ha tenido altibajos apreciables. Hablando en plata: se quejaba de vicio. Si Jaime ha tenido una trayectoria muy estable, ha estado estabilizada en la excelencia. Una excelencia tan portentosa que, a pesar de que cada vez que abrimos uno de sus tebeos sabemos exactamente lo que nos vamos a encontrar, siempre nos sorprende como si fuera la primera vez. La educación de Hopey Glass (La Cúpula) es fácilmente uno de los tres mejores cómics aparecidos en 2008 en nuestro país.
Tebeos y cohetes
La saga de los Hernandez es fundamental para entender el cómic americano moderno. Jaime (1959) y Gilbert (1957), junto a su menos pródigo y talentoso hermano mayor Mario (1953), empezaron a publicar sus historietas en la cabecera Love & Rockets, que desde 1982 editaría Fantagraphics, el sello editorial más importante del cómic alternativo americano (y editor de The Comics Journal, por cierto). Love & Rockets probablemente fuera, junto a las revistas Raw, de Art Spiegelman, y Weirdo, de Robert Crumb, el hecho más decisivo para la aparición de una nueva vía creativa en el cómic americano, una vía que recogía las cenizas del underground y las mezclaba con naturalidad con el tebeo comercial de los años 60. Jaime y Gilbert (o Beto, como también firma) aspiraban a hacer historietas de autor como las de Crumb, cuyo Zap Comix ya les había marcado en 1968. Pero sus influencias también recogían desacomplejadamente las lecturas infantiles de tebeos como Daniel el Travieso o Archie, y de los grandes de la Marvel original, Jack Kirby y Steve Ditko. Los Hernandez fueron la primera generación que reconciliaba la tradición marginal con la comercial. Love & Rockets causó un asombro inmediato, y en su estela Daniel Clowes, Peter Bagge y otros empezaron a reclamar un territorio inexplorado que hoy está siendo refundado como los Estados Unidos de la Novela Gráfica.
Locas de amor
Inevitablemente, la carrera de Jaime y la de Beto serían leídas en paralelo desde su inicio. A pesar de las profundas diferencias que hay entre la producción de uno y otro hermano, algunos aspectos comunes saltaban a la vista. Al mismo tiempo que acudían a la gran reserva común de la cultura popular americana (no sólo los cómics, sino también el rock y muy especialmente el punk), también dejaban patente en cada viñeta sus raíces hispanas. Nacidos en Oxnard, California, los Hernandez eran estadounidenses de primera generación. Su padre había llegado desde Chihuahua buscando trabajo, y su madre era texana, pero su familia se remontaba a los tiempos en que Texas pertenecía a México. Hasta aquel momento, las cuestiones identitarias habían tenido una presencia casi nula en el cómic americano, y nunca había habido un tebeo protagonizado por personajes hispanos que triunfara entre un público lector mayoritariamente blanco anglosajón. Para colmo, los protagonistas de las historias de los Hernandez eran mujeres, algo también inaudito, especialmente si no hablamos de mujeres objeto. Las mujeres de Jaime y de Beto eran mujeres de verdad.
Pero más allá de esas semejanzas superficiales, cada uno de Los Bros ha sabido construirse su propio universo narrativo y gráfico y contar historias muy distintas con sus propias reglas. Jaime ha desarrollado una especie de novela-río fragmentaria alrededor de Maggie Chascarrillo y Hopey (Esperanza) Glass, dos encantadoras punkettes de principios de los 80, amantes ocasionales, a las que los años cargan del peso de los desengaños y, en el caso de Maggie, de los kilos que gana con un realismo conmovedor. La primera mitad de La educación de Hopey Glass está dedicada a la vida de Hopey después de Maggie, mientras que en la otra mitad vemos cómo intenta sobrevivir a la misma pérdida Ray Dominguez, otro de los personajes que puebla el universo de Locas (nombre general con el que es conocida la serie). La técnica narrativa de Jaime, elíptica y alusiva, más basada en la ausencia que en la presencia, en la consecuencia que en la acción, permite que cualquier recién llegado pueda acceder de inmediato a esta saga con más de 20 años de historia.
Más allá de la frontera
Mientras que Jaime recreaba Oxnard en el imaginario barrio de Hoppers, Beto se labró una reputación con las historias de Palomar, un pueblo sin teléfono al sur de la frontera. El culebrón fantástico, que saltaba adelante y atrás en el tiempo para revelarnos los secretos de los habitantes de la aldea, suscitó de inmediato comparaciones entre Palomar y el Macondo de Gabriel García Márquez. La figura central de las historias de Beto era una matriarca, Luba, bañadora de hombres caracterizada por sus fellinianos pechos y el fálico martillo que siempre lleva en ristre. Una frase advierte al lector al inicio del primer volumen de Palomar, que acaba de ser reeditado por La Cúpula: “Donde los hombres son hombres y las mujeres necesitan sentido del humor”.
Love & Rockets terminó en 1996, al llegar a su número 50. Los Hernandez refundaron su revista entre 2000 y 2007, y a finales de 2008 acaban de publicar el primer número del tercer volumen. En él, Jaime visita regiones periféricas de su universo, y mezcla tópicos con sentimientos en una historia de superheroínas vinculada tangencialmente con sus Locas. Mucho más arriesgado se ha mostrado siempre Beto, como bien demuestran sus últimos trabajos. Una oportunidad en el infierno (La Cúpula), es una novela gráfica cuya relación con el mundo de Palomar se establece en el plano del metalenguaje: representa la primera película donde actuó Fritz, hermanastra de Luba. Es una ficción dentro de una ficción. El último título de Beto aparecido en Estados Unidos, Speak of the Devil, es la segunda de las películas de Fritz. Ambas obras parecen contagiadas del espíritu grindhouse que llevó a Quentin Tarantino y Robert Rodríguez a filmar su recreación del cine de serie B de los 60. Beto se confiesa también fascinado por las películas de exploitation, que en su exceso de sexo y violencia gratuitos llegan casi a la abstracción. Pero Beto, como autor que es, se siente obligado a transformar los códigos de la subcultura en alegorías de resonancias inagotables. Ese es el sino de los hermanos Hernandez, refundir la cultura de masas en una obra personal. O lo que es lo mismo: hacer tebeos que son gran arte, gran literatura.
[Publicado en ABCD nº 889, 14 de febrero de 2009]
LOS BROS ADVENTURE NUMBER 3
25 horas de avión dan para mucho, sobre todo si no te duermes. A cambio, puedes optar por el placer de leer a 10.000 metros de altura, que es algo que uno no hace todos los días. Como quería asegurarme de tener buena compañía entre las nubes, metí en el equipaje de mano el nº 2 de Love and Rockets: New Stories, el volumen 3 de la cabecera de los hermanos Hernandez.

