lunes, 29 de octubre de 2012
REPESCA DE NOVEDADES
Como suelo comprarme las novedades en su edición americana, y a menudo las comento inmediatamente, cuando salen publicadas en España a veces ha pasado un año o más desde que las reseñé en Mandorla, con lo que quedan enterradas y son poco útiles para el lector que sigue la actualidad de las librerías españolas. A ver si me aplico y de vez en cuando me voy acordando de rescatar esos textos que vuelven a cobrar actualidad con su traducción al español. En este post he recopilado algunas entradas que se referían a títulos publicados durante los últimos meses en España.
¿ERES MI MADRE?, de Alison Bechdel, publicado por Mondadori: EL DÍA DE LA MADRE.
HOLY TERROR (TERROR SAGRADO), de Frank Miller, publicado por Norma: MÁS LÍBRANOS DEL MAL.
META MAUS, de Art Spiegelman, publicado por Mondadori: DE RATONES Y HOMBRES.
SUPERGODS. HÉROES Y MITOS DEL CÓMIC, de Grant Morrison, publicado por Turner: LITERATURA SUPERHEROICA 4: SUPERGODS.
LOS ENTUSIASTAS, de Brecht Evens, publicado por Sinsentido: UN LUGAR MUY EQUIVOCADO.
LA BIBLIA, de Basil Wolverton, publicado por Diábolo: PROFETAS DEL DIBUJO.
EL NUEVO UNIVERSO DC, de diversos autores, publicado por ECC: EL FIN.
martes, 14 de agosto de 2012
DESPUÉS DE LA ÚLTIMA RELECTURA DE DAREDEVIL: BORN AGAIN
«Había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo», Jorge Luis Borges.
Daredevil Born Again es un final, la última historia de un superhéroe. Pero, ¿cómo se escribe el final de una historia que no tiene final, porque propiamente no es una historia? Los superhéroes son series, no novelas, y su lógica narrativa es muy distinta de la del drama clásico estructurado en tres actos: presentación, nudo y desenlace. En una serie, cada episodio es una célula completa que contiene toda la información necesaria para sobrevivir por sí misma, y que al mismo tiempo porta una carencia que nos obliga a buscar el episodio anterior y el posterior -y luego los siguientes- para subsanarla. Es decir, la serie es un modelo perfecto de literatura de consumo. Podríamos decir que para los superhéroes, el verdadero nudo está en su presentación -su origen- y que viven al borde de un desenlace perpetuo, un desenlace que siempre está a punto de llegar, pero que no llega, como un abismo que se elude continuamente. Y, sin embargo, el problema del fin era algo que se planteaba de forma urgente en el cómic de superhéroes de 1986, en un momento en que parecía que la ingenuidad infantil de los héroes míticos se derrumbaba bajo el peso del escepticismo postmoderno hacia los grandes relatos. De pronto, ya no nos podíamos creer aquello. Parecía que estaba todo hecho. El modelo se había agotado.
Los dos primeros autores que acudieron a dar una respuesta al dilema fueron el británico Alan Moore y el norteamericano Frank Miller. Daredevil Born Again, de Frank Miller y David Mazzucchelli (con el color de Richmond Lewis y Christie Scheele) es contemporáneo de Batman The Dark Knight Returns, del propio Miller (con Klaus Janson y Lynn Varley). Unos meses después llegaría Watchmen, de Moore, Gibbons y Higgins, y a principios de 1987 Batman Year One, de nuevo con Miller, Mazzucchelli y Lewis. Estos títulos fueron cruciales para la reinvención del superhéroe, con una reformulación completa como no se había conocido desde 1961 con Fantastic Four 1. La coincidencia hizo que se asociara a Moore y Miller como los dos máximos representantes de una estrategia común. Nada más lejos de la realidad, pues uno y otro eran completamente opuestos. Moore nos explicaba por qué teníamos que dejar de leer tebeos de superhéroes; Miller quería convencernos de que teníamos que seguir haciéndolo.
De todas estas obras capitales, sólo Daredevil Born Again reinventó el cómic de superhéroes dentro del modelo ortodoxo, sin recurrir a universos paralelos o ediciones especiales, sino insertándose en la continuidad de la historia canónica del personaje. Al fin y al cabo, Born Again es sólo los números 227 a 233 de Daredevil. Pero es mucho más que eso, claro.
Todo está cifrado en el traje, el elemento más crucial y decisivo para definir a un superhéroe. Michael Chabon ha observado que, «como el ser que lo lleva, el disfraz del superhéroe es, por definición, un objeto imposible. No puede existir». Pero estamos en los 80, ¿cómo nos van a interesar las cosas que no existen, cuando sólo nos interesa el mundo material? (O eso cantaba Madonna). Esa tensión entre lo imposible y lo posible es la que recorre Born Again. ¿Cómo podemos hacer posible lo imposible? ¿Cómo podemos creer en el superhéroe? ¿Cómo podemos creer en un tío que va vestido con un traje que es, por definición, un objeto imposible que no puede existir?
Al comienzo de Born Again, Matt Murdock está desnudo y solo. Es lo que es, en su grado mínimo. Cuando su vida salta por los aires, víctima de las maquinaciones de su archienemigo Kingpin, recoge los restos del traje de entre los escombros de la casa. Son los jirones de su antigua vida, y no le abrigarán durante el vagabundeo que va a emprender a la intemperie. Antes de recuperar su traje, necesitará purgarlo, librarse de su dominio irracional, que tanto le estaba perturbando ya antes del ataque de Kingpin. El exorcismo de la identidad secreta (su recuperación, después de haberla perdido al inicio de la historia) se escenifica en un combate singular entre Matt Murdock y Daredevil. Éste es un psicópata a quien Kingpin ha mandado a matar al mejor amigo de Matt vestido con el traje del superhéroe. Cuando Murdock le somete, está sometiendo a todo lo malo y absurdo que ha representado la división de su personalidad en el pasado. Recuperar el traje es recuperar la condición de superhéroe: hecho eso, ni siquiera lo necesita para presentarse ante el superhéroe que sólo es un traje, que esencialmente es un traje y que, por tanto, es el superhéroe quintaesencial: el Capitán América. Ahora es Matt Murdock y es Daredevil a la vez. Ahora, y no de nuevo, sino por vez primera en su vida. En la última escena, Daredevil está vestido como una persona, y ya no está solo.
Born Again tiene los pies en la tierra, lo cual es mérito de David Mazzucchelli, que hace una síntesis del paradigma narrativo y visual clásico del comic book americano y lo lleva hasta tal extremo que, finalmente, no es capaz de seguir por ese camino. Después de Born Again y de Batman Year One, Mazzucchelli abandonó el cómic de superhéroes y emprendió un largo viaje a través de la reflexión sobre el medio y la enseñanza, que le ha llevado a desembocar en una de las novelas gráficas más ambiciosas de los últimos años, Asterios Polyp. Efectivamente, por ese camino no se podía ir más allá de Born Again, y Mazzucchelli no era de los que buscan el éxito repitiendo fórmulas. En el momento en que pisó la cumbre, empezó a planear otra expedición.
Es el peso y la tridimensionalidad que Mazzucchelli otorga al mundo de Born Again lo que lo separa de Sin City, cuya semilla es fácil de rastrear en esta obra. Pero lo que Miller elaboraría posteriormente en una retórica idealizada de género negro romántico y excesivo, Mazzucchelli lo ata siempre a un mundo de cemento y saliva, por el que transitan personas adultas, las más adultas que se han visto nunca en el comic book americano. Como Ben Urich, el testigo implicado, el punto de vista humano, que servirá después como inspiración para que Kurt Busiek y Alex Ross armen Marvels, el más descarado intento de recuperación de la vieja esencia heroica durante la década siguiente. Insólita es, también, esa Karen Page espeluznante en su indestructible fragilidad. Born Again, como tantos cómics de aquel momento en otras partes del mundo (pienso ahora en Taxista de Martí y en RanXerox de Tamburini y Liberatore) sería impublicable hoy en día. Nuestra moderna moral conciliadora sólo lo admite como brutal resto antropológico de cuando se podía decir y dibujar cualquier cosa. Incluso en el tebeo mensual de grapa de Daredevil.
El mundo al que Mazzucchelli ata la historia es el mismo Nueva York babilónico de las mejores películas de Scorsese, una ciénaga fragante donde un hombre bueno -el último hombre bueno- tiene que descubrir si de verdad se puede ser bueno en la gran ciudad. A la hora de la verdad, ¿estaremos a la altura? ¿O el Señor nos juzgará fallidos? Y sí, pensar esto es de locos si no te has criado con la catequesis de los domingos como Matt Murdock, de acuerdo. Pero, ¿entonces no hay locos buenos y locos malos?
La densidad de tramas y la credibilidad de los personajes de Born Again parece presagiar la ficción audiovisual del siglo XXI. Es un drama polifónico como Los Soprano o The Wire que no concluye -y esto es algo insólito en el cómic de superhéroes de todos los tiempos- con un enfrentamiento físico con el villano. Matt Murdock devuelve a Kingpin los golpes recibidos en la misma moneda en que los ha cobrado: a través del escándalo, a través del rastro de contactos corruptos y «la pista de papel»: todo está conectado. Al fin y al cabo, Kingpin es inmune al daño físico, como es inmune a la moral. Sólo le afecta la economía. Como el gángster descrito por Enzensberger, es el mafioso como manifestación del capitalismo. En un sentido estricto, Kingpin ni siquiera es el mal. Es el sistema.
Por eso, el héroe sólo puede ser un rebelde antisistema, un individuo que se niega a someterse al compromiso. Foggy Nelson es contratado por Kingpin, Matt Murdock pierde la licencia de abogado, es decir, el permiso para operar dentro del sistema. Pero al perderla, gana. Es la herencia del objetivismo de Ayn Rand que le llegó a Miller a través del Spiderman de Steve Ditko.
Pero en el otro extremo del espectro espectacular, Born Again también se anticipa al cine de superhéroes del siglo XXI, el cine que por fin ha entendido los superhéroes, donde Robert Downey Jr. aporta una textura a su papel de Tony Stark que nos hace creer en el traje imposible, ese problema irresoluble durante décadas para la gran pantalla. Si Matt Murdock podía ser Daredevil vestido con vaqueros, entonces tal vez habría esperanza para un actor vestido con chaqueta de cuero. De pronto, los X-Men de Bryan Singer tenían sentido y detrás de ellos una legión asaltaba el castillo. Lástima que el propio Daredevil no fuera uno de ellos.
Curiosamente, resulta por el contrario difícil relacionar Born Again con los cómics de superhéroes de hoy en día. Con su viaje heroico, que va desde lo humano a lo épico, desde lo personal a lo colectivo, desde el suceso a la catástrofe, casi parece más fácil deslizarlo entre tres o cuatro recomendaciones de novela gráfica. Al fin y al cabo, también es contemporáneo del Maus de Art Spiegelman, la obra que prendió la chispa del cómic adulto de nuestros días. Pero ésa, aunque también es una historia digna de contarse, es otra historia.
Nuestra historia, la historia que contábamos hoy, es, no nos olvidemos, la historia de un final. La historia de un final que no puede ser un final porque una serie no tiene final, como decíamos. ¿Cómo se cuenta entonces ese final? De la única manera posible: contando un principio. Renovando el mito, continuando el ciclo eterno, prolongando el apocalipsis en el origen, porque toda crisis es la muerte de algo y el principio de otra cosa. El último episodio de Born Again, en el que aparecen los Vengadores -en su formulación más exacta: Capitán América, Thor, Iron Man-, está dedicado a Jack Kirby. La dedicatoria funciona como un broche dorado, el epitafio de toda una época. Daredevil Born Again es la culminación del modelo Marvel iniciado por Stan Lee y el propio Kirby, y también Ditko, a principios de los 60, el modelo que planteó por vez primera que había un hombre dentro del héroe, y que en su último capítulo acabó por contarnos que lo que había de verdad era un héroe dentro del hombre.
Texto publicado originalmente en Daredevil: Born Again (Panini, 2010).
lunes, 13 de febrero de 2012
LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 30: BATMAN: YEAR ONE

(PARTE DEL CAPÍTULO LAS MEJORES HISTORIAS DE BATMAN)
BATMAN: YEAR ONE
Frank Miller y David Mazzucchelli
Batman 404-407 (1987)
Con el público aún aturdido por el impacto de The Dark Knight Returns, Miller volvió a la carga para contar la primera historia de Batman, pensando quizás que era lo más apropiado ahora que ya había contado su final. Batman: Year One describe en detalle los procesos que llevaron a un inexperto Bruce Wayne de 25 años a ponerse un disfraz de carnaval y salir a la calle a dar de guantazos a los navajeros. También cuenta la llegada a Gotham City de Jim Gordon, un teniente de policía al que no quieren ni ver en Chicago y que se encuentra con la ciudad más corrupta del mundo. Al final de Year One se habrá forjado una férrea amistad entre los dos únicos hombres buenos de la ciudad.
La semilla del proyecto está en The Dark Knight Returns. Miller y el guionista Steve Gerber planearon una línea llamada “Metropolis” con la que DC relanzaría a sus tres personajes básicos, Wonder Woman, Batman y Superman, en tres colecciones tituladas, respectivamente, Amazon, Dark Knight y Man of Steel. “Empezó cuando Steve y yo descubrimos que estábamos trabajando en proyectos relacionados -explica Miller.- Yo estaba trabajando en una propuesta para Batman, y Steve en una para Wonder Woman. Pensamos que sería buena idea que relacionáramos ambas, para ver si así podíamos convertir un par de proyectos en un movimiento. Nos pusimos a hablar de Superman, el otro gran personaje de DC, y se nos ocurrieron ideas con Superman que lamento que nunca llegaran a imprenta. Habría sido un tebeo extraordinario. Steve y yo hablamos sin parar durante tres o cuatro días en una habitación de hotel en Nueva York. Parábamos para las comidas, y yo me iba a casa a dormir, pero excepto por eso era hablar frenéticamente sin interrupción. Incluso comimos juntos, y hablábamos más que comíamos. Reconstruimos el personaje de manera que al leer el tebeo la sensación habría sido que había sido creado este mismo año. Reconstruimos casi todos sus aspectos en una manera en la que creo que sacábamos el máximo provecho del material antiguo, nos librábamos del peso muerto e introducíamos material nuevo que lo ampliaba aún más.” Las diferencias en la mesa de negociaciones con el editor impidieron que la línea Metropolis despegara el vuelo, pero de su humus brotó The Dark Knight Returns y aún sobraron notas para Year One: “Cuando Dark Knight empezó a despegar, mencioné que se podía hacer otra novela gráfica basada en mis notas originales. Denny O’Neil quería revitalizar a Batman dentro de las series regulares de DC después de Dark Knight, y me pidió que usara esas notas para construir un nuevo principio para Batman.” Las diferencias entre el protagonista de Dark Knight y el de Year One son más que una cuestión de años: “El Batman de 55 años de Dark Knight es muy distinto del de 25 años de Batman: Year One -dice Miller.- Es muy joven, muy entusiasta. Puede que sea Batman en su momento de mayor alegría. Es un muchacho que ha esperado 18 años para ponerse a trabajar, y ahora va a empezar el trabajo. También es un Batman que comete un montón de errores.” A diferencia de Dark Knight, Year One es producto de dos grandes genios. David Mazzucchelli, que ya había colaborado con Miller en Daredevil: Born Again, sería el encargado de ilustrarlo. Si Mazzucchelli ya había demostrado anteriormente una sorprendente capacidad de evolución, en Year One presentaría un estilo tan pasmoso que nadie se ha atrevido a imitarlo jamás, a pesar de que obviamente es uno de los tebeos de superhéroes mejor dibujados (y coloreado por Richmond Lewis) de todos los tiempos. “Una de las virtudes de su trabajo -observa Miller- es que consigue ser condenadamente convincente. Hay un nivel de textura y credibilidad que David aporta a su trabajo que me convence constantemente de que lo que está leyendo está pasando. En Batman: Year One ha convertido en tridimensionales cada uno de los personajes, ha convertido en creíble cada situación. Creo que David es realista, pero también es caricaturesco. El trabajo de David no es nada fotográfico, pero hace todo lo que puede para que resulte creíble. Su trabajo se está volviendo más directo, menos decorativo, menos deliberadamente bonito.
“Paso a paso se está liberando de un montón de los convencionalismos post-Kirby de los 60 y 70 que casi han devorado los cómics, y está entrando en un tipo de trabajo que creo que está más cerca de su espíritu. Su trabajo está encontrando su propio lugar, volviendo directamente a la era de Johnny Craig, e incluso más allá a la era de Alex Toth.
“David nunca elude los problemas que le planteo. Toma la perspectiva que llegue más directamente al tema, en vez de intentar una técnica que quiera probar. Su trabajo parece dedicado a resolver el problema planteado, a convertir el momento en todo lo que debe ser.
“Encuentro las mayores virtudes de David en términos de drama y humanidad. Crea momentos que se viven. Cuando me llegan fotocopias de sus páginas acabadas, me encuentro hundiéndome en la historia, añadiendo mentalmente pensamientos que tienen los personajes y que no están en el texto. Cuando David dibuja al comisario Loeb, el comisario de policía corrupto de Gotham City, llena al personaje de un sentimiento de enfermedad: esas rayas abruptas y bruscas que parecen arrastrarse sobre la cara del hombre. La cara de Gordon, cuando ha sido golpeado con bates de béisbol en el primer número, es una máscara de dolor.” Mazzucchelli resume su visión de Batman en lo referente a aspectos más prosaicos del personaje: “Cuando me metí en este proyecto, busqué algunas de las historias más viejas para ver cómo le dibujaban al principio. Era una versión mucho más dura, mucho más pura, con mucho negro. Lo que yo decidí es que no me gustaba el color azul en su disfraz. Imagino que al principio lo usaban como el reflejo del azul sobre una superficie negra, pero el azul acabó dominando al negro. A mí no me parece que el azul vaya a tener el efecto que Bruce Wayne quería cuando creó el disfraz. Tal y como yo lo veo, Batman viste de gris y negro. Incluso el cinturón es gris, y no lleva ningún círculo amarillo alrededor del murciélago. Está intentando parecerse a un murciélago; no quiere parecer un personaje del arte pop.
“Quiero que el disfraz parezca pesado y que parezca funcional. Funcional a pesar de la enorme capa, que, por supuesto, es para crear efecto. La sensación que quiero transmitir es la de que Bruce Wayne tiene un cuerpo grande y un físico muy bien desarrollado, y que el disfraz que lleva es un montón de equipo para llevarlo a cuestas, pero él lo hace muy fácilmente. Quiero la sensación de que si otra persona de un tamaño parecido se pusiera el disfraz, tendría dificultades para correr un par de manzanas, por no hablar de trepar edificios y saltar desde las azoteas. Le he puesto suelas gordas en las botas. Una vez más, busco lo que realmente tendría sentido.”
El mismo Mazzucchelli es quien mejor desentraña el sentido de esta apasionante historia con una atmósfera única: “Batman: Year One es la historia de Bruce Wayne con 25 años poniéndose un disfraz de Batman por vez primera, y la historia de por qué lo hace y cómo funciona. También es en gran medida la historia de un teniente de policía llamado James Gordon, que es enviado a Gotham City como castigo por algo que hizo mal y que quiere compensar convirtiéndose en el mejor poli del mundo. Así que el obvio conflicto que va a suscitarse es entre el sentido de la ley de Gordon y el vigilante que aparece. Como es la “primera” historia de Batman, no hay otros superhéroes; se ha visto uno en Metrópolis, pero no es algo que a la gente le resulte familiar.
“Alguien me preguntó: si ésta es la primera historia de Batman, al principio de su carrera, ¿es estonces cuando es más brutal? Mi respuesta fue no, probablemente es menos brutal.
“Realmente es una historia muy humanística. Trata sobre personajes y sus motivaciones y relaciones más que ninguna otra cosa. La relación entre Gordon y su esposa embarazada es muy importante. Por supuesto, la relación entre Gordon y Batman se convertirá en algo muy importante.”
lunes, 6 de febrero de 2012
LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 29: THE DARK KNIGHT RETURNS

(PARTE DEL CAPÍTULO LAS MEJORES HISTORIAS DE BATMAN)
THE DARK KNIGHT RETURNS
Frank Miller (tintas de Klaus Janson, color de Lynn Varley)
Miniserie de 4 tomos Prestige (1986)
Sin ninguna discusión, la mejor historia de Batman de todos los tiempos, y también la última, si creemos en el futuro que plantea. Batman es un cincuentón que lleva diez años retirado de la lucha contra el crimen. Bruce Wayne, incapaz de reajustarse a una vida normal, se involucra temerariamente en carreras automovilísticas suicidas. Gotham está asediada por una ola de calor histórica y por una banda callejera que responde al nombre de los Mutantes. Estados Unidos está gobernada por un Ronald Reagan momificado y sigue la guerra fría contra el peligro rojo. Todos los héroes han desaparecido, incluido Superman, que sigue en activo pero invisible al público gracias a una pantalla de censura en los medios de comunicación levantada por el gobierno, para el cual trabaja. La retirada de un encallecido comisario Gordon coincide con el regreso a la acción de un Batman que no se sabe bien si quiere proteger a la ciudad de nuevo o morir en una llamarada de gloria. Como si fuera una espoleta, el regreso del Señor de la Noche precipita el de sus peores enemigos, que hasta ese momento parecían definitivamente curados o sometidos. Primero Dos Caras, que involucra en su plan a una Catwoman a la que los años han convertido en madame de un negocio de chicas de alterne. Después el Joker, que se pavimenta un camino de cadáveres hasta su enfrentamiento final con su némesis. En medio de todo ello, la aparición de un último Robin, una niña llamada Carrie Kelley. Al final, un duelo apotéosico, mano a mano con Superman, enviado por el alarmado gobierno como perro de presa para detener al díscolo vigilante de Gotham. “Batman tiene 49 años, a punto de cumplir los 50 -explicaba Miller cuando aún no se había publicado la serie- Y para él, el mundo ya no tiene sentido. Está ahogando el dolor en alcohol. Se encuentra en un estado lamentable. Han pasado diez años, y es como si sólo quedara el cadáver ambulante de Batman/Wayne.” Pero precisamente su ruina física y moral sirve para subrayar sus profundas cualidades heroicas, en las que Miller cree firmemente. “Veo a Batman como un personaje casi místico. Se ha hablado mucho de si Batman es un psicópata. No estoy de acuerdo, si fuera un psicópata sólo sería una pequeña fantasía viciosa plasmada en el papel. Tiene una talla mucho mayor, una profundidad mucho mayor. A la larga, un psicópata no sería tan bueno luchando contra el crimen como Batman. Los psicópatas asustan. Él es aterrador. También es implacablemente justo. Y no busca la venganza contra los criminales. Es alguien que, siendo muy joven, vio cómo todo su mundo era destruido, así que dejó de tener sentido para él. Ahora está obligando al mundo a tener sentido. Batman está más allá del bien y del mal: es una fuerza elemental. No sirve pensar en él como si fuera simplemente humano. Eso es lo que descubrí a medida que le investigaba. Sólo funciona como alguien con una cualidad casi religiosa. Es como un monje que ha aceptado a Dios de alguna forma, sólo que no es precisamente Dios lo que ha recibido él.” Uno de los cimientos que sustenta Dark Knight es la recuperación del perfil mítico de los héroes por parte de Miller, elevándolos por encima de la mezquina visión de hombres enmascarados luchando contra el crimen a la de figuras arquetípicas. Según el autor, es precisamente ese sustrato mítico, irreal, el que lo pone por encima de las acusaciones de “héroe fascista” que tan a menudo se han vertido contra Dark Knight: “Respecto a las implicaciones fascistas de un personaje como Batman, ésa es una de las cosas con las que me estoy divirtiendo en la serie -aclaraba, inmerso aún en el proceso de creación.- Creo que para que el personaje funcione, tiene que ser una fuerza que en cierto sentido esté más allá del bien y del mal. No puede juzgársele en los mismos términos que utilizaríamos para describir algo que haría un hombre porque no podemos pensar en él como en un hombre. Estoy haciendo esta serie en un momento muy adecuado para mí, porque me resulta muy claro que nuestra sociedad se está suicidando por la carencia de una fuerza como ésa. Una incapacidad para enfrentarse a los problemas que hace que todo lo que tenemos se venga abajo. En cuanto a que sea un fascista, lo que yo opino es que... sólo lo sería si lo eligieran para un cargo político. Si hubiera un puñado de tipos como él dando vueltas por ahí y pegando a los criminales, tendríamos un problema muy grave.” Muy lejos del fascismo masificador, Batman aparece aquí como un individualista que, de hecho, en la continuación que llegó a concebir pero nunca a realizar Miller, que ve al Señor de la Noche como un terrorista enfrentado a las fuerzas del estado, llevaba más allá aún su guerra imagen anti-sistema: “La secuela que tenía en mente era tan absurda como el original. Sería mucho más directo en sus acciones, mucho más decidido a meterse con el orden de las cosas. No perseguiría a los pobres desgraciados de los atracadores, sino que iría a por la gente que los convierte en atracadores.” Junto al motor mítico que alienta a Batman, es también vital para la obra el exacto entendimiento que Miller tiene de los demás actores. El primero Robin, apenas definido lo justo para que comprendamos que sólo es un “buen soldado” que ayuda a su todopoderoso patrón. “Como a todos los niños, a mí no me gustaba Robin -cuenta Miller, en el décimo aniversario de la publicación.- Hasta que no le puse las manos encima a Batman no comprendí que Robin desempeñaba una función maravillosa. No hay nada como tener un ayudante para que el héroe parezca grande. Todo el concepto de Robin es la típica idea de un dibujante. Visualmente, es brillante. Pero a nivel literario, es altamente discutible.” Quizás por eso el Robin de Dark Knight sirve más como icono que como personaje. Después Alfred, un anciano sarcástico que desde Dark Knight es ágil en las respuestas irónicas y ha ganado en personalidad y calado: “Alfred ha resultado el más divertido de escribir de todos -explicaba Miller.- Lo veo como a un vejete cascarrabias y sarcástico. Así funciona maravillosamente. Alfred tiene unos 80 años, y su vínculo con Bruce es tan fuerte y tan antiguo que puede soportar algunas indirectas desagradables. Estamos en el mundo moderno. Nadie tiene esclavos. Alfred siempre ha sido tratado como un esclavo, no como un mayordomo. Tiene su propia voz, y se lo pasa bien burlándose de Batman. ¿Qué harías tú si estuvieras al servicio de un hombre de 50 años que decide ponerse una capa y salir a luchar contra el crimen? Yo me burlaría.” A continuación los villanos, auténtica razón de Batman para vivir: “El folklore de Batman está lleno de doppelgängers de Batman. El Joker es uno de ellos. El más exacto, aunque menos interesante como villano, es Dos Caras. Dos Caras es idéntico a Batman en que está controlado por instintos salvajes, que mantiene a raya, en su caso, lanzando la moneda. Se parece mucho a Batman. El Joker no es tanto un doppelgänger como una antítesis, una fuerza del caos. Batman impone su orden sobre el mundo; es un maniático del control. El Joker es el adversario más enloquecedor de Batman. Representa el caos que Batman aborrece, el caos que mató a sus padres.” Sólo hay un personaje sobre el cual el mismo Miller reconoce haberse equivocado, la Catwoman jubilada de ladrona en prostituta decadente: “Merecía algo mejor. Fue muy engreído por mi parte, y fue el único caso en el que no había investigado. Quedó muy mal. Intenté compensarla en Batman: Year One.” De la misma manera, Miller admite que no habría tratado igual a Superman si el Hombre de Acero hubiese sido el protagonista.
Por supuesto, las buenas ideas solas no hacen buenos tebeos. Lo más excepcional de The Dark Knight Returns se encuentra en su soberbio dominio de las formas, en su brutal técnica narrativa, en su explotación de la potencia innata del medio para comunicar una historia compleja narrándola en muy diferentes frentes y registros. Los cuatro tebeos de Dark Knight han servido como Biblia y norte para el cómic americano y buena parte del internacional, aunque en pocos casos se han desarrollado provechosamente sus lecciones, cayéndose en la mayoría de las veces en el saqueo de gestos superficiales. La crudeza del dibujo, deliberadamente primitivo en el trazo hasta casi rozar lo tosco, también rompió moldes en un negocio que todavía identifica calidad con competencia en el acabado, a lo Neal Adams. La aportación de Lynn Varley en el color (también escribió algunos diálogos) abrió nuevas puertas, así como el formato en sí y las calidades de producción aplicadas al proyecto. Analizar pormenorizadamente el alcance de la influencia de The Dark Knight Returns llevaría otro libro completo. Por sí solo, habría cambiado el curso del comic book americano. Coincidiendo en el tiempo con Watchmen, ambas obras marcaron un antes y un después en la historia de los tebeos americanos.
El final previsto de The Dark Knight Returns era distinto del que acabó siendo publicado: “La historia original era la última misión de un viejo héroe -detalla Miller.- Se encaminaba a una misión condenada pero respondía bien.” La historia acababa con Batman cayendo bajo una lluvia de balas como la que cierra Dos hombres y un destino, pero ya metido en faena, Miller tuvo que volver sobre sus pasos: “La historia entera no era lo bastante grande ni lo bastante heroica. No me arrepiento de mantenerle vivo, eso estuvo bien hecho. La única forma de dejar a Batman es esperando su próxima aventura.” A pesar de todo, la acusación de plantear una fantasía pesimista pesa sobre The Dark Knight Returns como una última falacia, en opinión de su autor: “No sé cómo podría escribir una historia de superhéroes y ser pesimista. Si hacemos historia un momento, veremos que lo que hizo que la idea de los superhéroes quedara impotente fue la censura. Temerosa de los grupos de presión, la industria adoptó un código auto-impuesto. El código que la mayoría de los tebeos siguen aceptando insiste en un mundo benevolente donde la autoridad siempre tiene la razón, los policías nunca aceptan sobornos, nuestros políticos elegidos siempre sirven a nuestros mejores intereses y los padres siempre son personas buenas y sensatas. Nunca cometen errores. El mundo en el que vivimos no se parece al mundo de los censores. Yo simplemente puse a Batman, esta fuerza de otro mundo, en un mundo que se parece más al que conozco. Y el mundo que conozco es aterrador. No creo que Dark Knight sea pesimista, porque el bueno vence. La historia empieza con Bruce Wayne contemplando el suicidio; al final ha encontrado una razón para vivir. Se ha adaptado a los tiempos.”
lunes, 24 de octubre de 2011
LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 14: EL REINADO DEL MURCIÉLAGO

(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)
EL REINADO DEL MURCIÉLAGO
En noviembre de 1986, Dennis O’Neil debutó como editor de los títulos del Señor de la Noche, y lo hizo barriendo las telarañas. “Sabía que DC no estaba satisfecha -declara O’Neil- y que las ventas no eran las deseadas, así que entendí que mi misión era hacer algunos cambios, y que fueran cambios gordos y ruidosos. Con gran dolor y muy a mi pesar, me deshice de la mayor parte de los equipos creativos, aunque a Doug Moench lo volví a contratar en cuanto tuve ocasión. Pensaba que era necesario enviar un mensaje a los lectores diciéndoles que estábamos partiendo de cero, así que sustituimos a todos, incluidos el rotulista y el colorista. A cambio, introduje a un montón de gente. Algunos funcionaron, y otros no, no entraré en detalles. Durante algún tiempo estuvimos confusos. Lo primero de lo que me alegré verdaderamente fue de recuperar a Jim Aparo. Es el sueño de cualquier guionista, porque no importa qué clase de estupidez le pidas, él encontrará la manera de hacerlo. Y es aún más el sueño de cualquier editor, porque puede hacer una página diaria y siempre será perfecta.” Desde luego, en un primer momento no será la dubitativa dirección editorial de O’Neil la que despierte nuevamente el interés por el murciélago, sino la irrupción brutal de Frank Miller (1957), el dibujante americano de superhéroes más influyente desde Neal Adams. Miller había llamado la atención escribiendo y dibujando Daredevil para Marvel a principios de los ochenta, y una vez alcanzada la categoría de estrella, se había descolgado con un proyecto insólito publicado por DC: Ronin, una miniserie de 6 números en un formato de lujo hasta entonces impensable a la que DC había accedido con el único objetivo de atraerse a la figura joven más prometedora de los 80. Ronin no había sido un éxito de ventas, así que en el siguiente proyecto Miller se arriesgaba a ver truncada su estrella ascendente si no obtenía resultados palpables. Y ese siguiente proyecto era temerariamente revolucionario: una serie limitada de cuatro libritos de 48 páginas cada uno con portadas de cartón y una calidad de producción exquisita (lo que posteriormente se conocería como “formato Prestige”) protagonizada por un Batman de 55 años que vuelve del retiro para librar su última batalla. The Dark Knight Returns fue un éxito artístico y económico, uno de los tebeos de superhéroes con mayor resonancia de todos los tiempos, y el título que convirtió a Frank Miller en una suerte de semidios del cómic americano. Junto al contemporáneo Watchmen (DC, 12 números escritos por Alan Moore y dibujados por Dave Gibbons) cambió la faz de los superhéroes dando origen a una variedad de formatos, propuestas, argumentos y personajes que predominarían durante los diez años siguientes, en los que sería común tratar de manera más seria, adulta y dramática a los antaño alegres aventureros disfrazados. Evidentemente, la mayoría de las enseñanzas de The Dark Knight Returns y de Watchmen caerían en saco roto, dando lugar a una corriente de absurda hiperviolencia y burdos intentos de deconstrucción de la simbología heroica, como el mismo Miller reconocería con tristeza: “Después de Dark Knight, editores muy cínicos han contratado dibujantes para que copien las páginas de Dark Knight, y han contratado guionistas para que repitan lo que creen entender de Dark Knight, que esencialmente es que se trata de algo muy brutal, y que incluye pequeñas viñetas que son pantallas de televisión. Por supuesto que eso es perder de vista su auténtico sentido, así que lo que nos quedan son un montón de imitaciones de tercera fila. No me gusta decir esto. Resulta muy embarazoso. La misma editorial que compró Superman y Batman y que los corrompió por completo recibió un empuje con Dark Knight y Watchmen y otro par de cosas. Y mira lo que han hecho con ello.” Pero antes de desencantarse, y mientras aún estaba empapado en la esencia de Gotham City, Miller escribió otra historia decisiva que se publicaría casi inmediatamente después de The Dark Knight Returns, esta vez dentro de la colección mensual del personaje: Year One (Batman 404-407, febrero-mayo 1987). Si Dark Knight narraba el último asalto de Batman, Year One nos contaba justamente lo contrario: su primera historia. Dibujado extraordinariamente por David Mazzucchelli (1960), Year One no sólo es la mejor versión del origen del Señor de la Noche, sino que será otro de los hitos que alterarían el panorama superheroico de mediados de los ochenta, junto a títulos como Swamp Thing (escrito por Alan Moore y dibujado por Steve Totleben y Stephen Bissette), Elektra: Assassin (Frank Miller y Bill Sienkiewicz) o Daredevil: Born Again (Frank Miller y David Mazzucchelli).
Con semejantes ases en la mano, y la atención general devuelta al encapuchado de Gotham, O’Neil, como él mismo reconocía, no se mostró demasiado hábil orientando el rumbo del día a día batmaniano, pero para 1987, al menos Detective Comics mostraba signos de vida, gracias al dúo Mike W. Barr-Alan Davis. Barr, si bien no es un guionista brillante (probablemente la obra por la que se le recordará es Camelot 3000, dibujada por Brian Bolland), al menos sí es un profundo conocedor de la historia de Batman, a quien ha tratado en numerosas ocasiones. El atractivo del equipo estaba en el dibujante, un Alan Davis (1956) procedente de la cantera británica que por entonces empezaba a explotar con profusión DC. Hoy en día, Davis es uno de los últimos autores en los que confían los fans superheroicos de la vieja escuela. Con su trazo limpio y perfecto, redondeado y ágil en el dibujo y fluido en la narrativa, marcharía en 1988 a escribir y dibujar Excalibur para Marvel, donde en 1997 ha relanzado a los veteranos Cuatro Fantásticos. La colaboración entre Barr y Davis nos dejó algunos episodios apreciables que revisitan a personajes como el Joker, Catwoman y el Espantapájaros en una clave de aventura y diversión no muy lejana del tono de los años 50. El equipo se descompondría bruscamente durante la realización de Year Two, publicado en Detective 575-578 (junio-septiembre 1987). Year Two no era estrictamente una secuela de Year One, puesto que se había empezado a preparar al mismo tiempo que aquélla, y fueron precisamente ciertos desajustes en la coordinación de ambos proyectos los que provocaron el abandono del dibujante. “Batman usaba una pistola en Year Two -aclara Davis.- Según el guión, era una Mauser, que es una pistola grande. Pero, en Batman: Year One, Frank Miller había dibujado una viñeta en la que Joe Chill usaba una pistola pequeña [en realidad, Miller sólo lo escribió, los dibujos corresponden a Mazzucchelli]. Así que me dijeron: “Corrije todos tus dibujos para que coincidan con Frank Miller.” Lo que debieron haber hecho era pedirle a Frank Miller que cambiara esa viñeta, pero le tienen miedo. Así que me llamaron a mí y dije: “Paso, no pienso hacerlo. Se acabó.” Dick Giordano corrigió mis dibujos porque yo dije que no pensaba hacerlo.” A pesar de su disgusto, Davis volvería a realizar una historia de Batman, el “Prestige” Full Circle, con guión también de Barr, que serviría para acabar de enconar sus diferencias con O’Neil. Year Two fue completado por un primerizo Todd McFarlane (1961), que venía de realizar Infinity Inc., una serie DC de tercera fila, y que hizo esta breve escala en Gotham antes de proseguir su ascenso hacia el estrellato supremo pasando por Hulk, Spider-Man y Spawn, la colección que creó para Image, editorial co-fundada por él. Si bien Detective Comics respiraba, en Batman, sin embargo, las cosas iban de mal en peor. Una serie limitada de 12 números y proporciones cósmicas, Crisis On Infinite Earths, había sido utilizada por DC para limpiar de polvo y paja sus ya muy veteranos y enrevesados personajes. Mientras que en los años 40 los superhéroes eran intemporales, la generalización de ciertos rasgos propios de Marvel había creado algunas paradojas a partir de los 70: ¿cómo es posible que un Batman eternamente lozano conviva con los hijos de las flores mientras escucha a Janis Joplin si varias décadas antes se enfrentaba a los nazis del III Reich? DC solucionó esta incongruencia inventándose una variedad de “Tierras paralelas” que convivían en el “Multiverso”. Así, la continuidad oficial establecía que el Batman de la Edad Dorada, es decir, el previo al “New Look” de Julie Schwartz y Carmine Infantino, que no llevaba óvalo amarillo en el pecho, ese Batman y su Robin eran el Batman y Robin de Tierra-2 y, efectivamente, los años sí habían pasado por ellos convirtiéndolos respectivamente en un sesentón y un treintañero. Pero existían muchas más Tierras alternativas que la Tierra-2, y muchos más personajes con versiones paralelas que Batman y Robin, de manera que la continuidad del “Multiverso” DC se había complicado hasta el galimatías, lo cual previsiblemente asustaba a los lectores no iniciados. Fue con la intención de eliminar esta confusión con la que DC preparó su Crisis en Tierras Infinitas, en realidad un barrido sistemático que dejaría sólo la “Tierra-1” DC y que daría pie al relanzamiento de algunas de las principales colecciones de la casa. Fue el caso del Superman de John Byrne, la Wonder Woman de George Pérez, la Justice League y Flash, títulos todos ellos que se reiniciaron desde el número uno en 1987. Batman prosiguió su vieja numeración, pero incluyendo el antetítulo “The New Adventures of Batman”, y con unos confusos planteamientos en los que no resultaba nada claro si existían los casi 50 años de historia previa, si habían sido desechados, o si se había conservado algo o no en la nueva historia del personaje. Pero lo peor no fueron los problemas de continuidad, que al fin y al cabo interesan sólo a los fans completistas, sino la calidad de las historietas ofrecidas por un inconstante desfile de profesionales que pasan por Batman sin dar ni recibir nada a cambio: Max Allan Collins, Jo Duffy, Chris Warner, Ross Andru, Dave Cockrum, Kieron Dwyer... aunque muchos de ellos han demostrado su valía antes o después de ese momento, estaba claro que en aquel momento Batman era sólo un encargo a resolver lo más rápidamente posible. A finales de año, un par de piezas entrarían en el tablero para mejorar el juego. La primera de ellas será el dibujante Norman Breyfogle (1960), que se incorpora en Detective 579 (octubre 1987), en una de las últimas historias escritas por Barr, y que pronto obtendrá la aprobación de los aficionados gracias a su composición de página suelta, su dinamismo y la nerviosa energía que insufla a cada viñeta. “Siempre quise dibujar a Batman -comenta Breyfogle-. Es una mezcla de nostalgia, interés por el diseño y afinidad por el personaje. Puede que suene muy superficial, pero el mérito es mitad de su personalidad y mitad de su diseño y estética. Como yo me ocupo de la parte visual, la estética es muy importante para mí. Y su capa es perfecta para experimentar miles de variantes. El personaje es muy arquetípico. Él y Superman son la base de muchos otros personajes que no son sino variantes de ellos.” Casi al mismo tiempo, aunque en la otra colección mensual, aparece el guionista Jim Starlin, que empieza su etapa en Batman 414 (diciembre 1987), con dibujos del incombustible Aparo. “Hasta que me hice cargo de Batman -cuenta Starlin- hacía casi siempre principalmente historias del espacio, material muy cósmico, y Batman me dio la oportunidad de escribir historias de crímenes, cosa que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo. Por aquel entonces, Batman era un personaje totalmente distinto: ya no saltaba por encima de máquinas de escribir y monedas gigantes y cosas así. Se ocupaba de violadores y asesinos, lo cual era mucho más interesante. Me resultó muy fácil escribirlo. Es unidimensional en sus impulsos: quiere combatir el crimen. Desde mi punto de vista, está al borde de la psicosis. Cualquiera que haya visto a sus padres ser asesinados ante sus ojos cuando era un niño pequeño lo estaría. Pero él ha tomado ese horror y lo ha convertido en un impulso obsesivo. Todo lo que hace o ve en la vida, directa o indirectamente, implica resolver un crimen. Si acude a una cita, es para disimular el hecho de que es Batman. Si asiste a una cena política, es para desenmascarar a alguien. Así que es mucho más fácil orientar la historia hacia el personaje que orientar el personaje hacia la historia.”
1988 vería solidificarse las líneas maestras del proyecto que intenta construir O’Neil. Un nuevo “tomo Prestige”, The Killing Joke (Alan Moore y Brian Bolland), mantendría el interés del gran público, que desde The Dark Knight Returns esperaba grandes acontecimientos y obras significativas en relación con el murciélago. La conjunción del revitalizado superhéroe con el guionista más importante de los años 80, el británico Alan Moore (1952) hizo que aficionados y profesionales contuvieran el aliento, aún más cuando el dibujante era su compatriota Brian Bolland (1951), destacado por su minucioso y perfeccionista trazo, teóricamente capaz de reproducir algunas de las sensaciones provocadas por Neal Adams. The Killing Joke, tan cuidadosamente urdida por Moore como de él cabe esperar y tan trabajosamente ilustrada por Bolland como suele hacer las pocas veces que se decide a dibujar un tebeo completo, se ha convertido ya en un clásico de su década y en una de las historias más conocidas de Batman. En The Killing Joke se narra el origen del Joker, que permanecía en las sombras desde su primera aparición en 1940, utilizando como punto de partida la única historia que exploraba en parte el pasado del Arlequín del Odio: “The Man Behind The Red Hood” (Detective 168, febrero 1951). Lamentablemente, parece que Moore, sin discusión el autor de más talento y energía que ha trabajado con los superhéroes en los últimos 20 años, no acabó de entender a los dos viejos antagonistas. En su intento de profundizar en la mentalidad del Joker, de explorarla desde un punto de vista adulto, profundo y articulado, descompone la integridad del personaje, esa locura inherente y temible, sin forma ni significado, que le convierte en un agresivo agente del caos, para mostrárnoslo humano, vulgar y hasta actuando contra su misma naturaleza. Durante The Killing Joke, el Joker no hace sino intentar demostrar que es igual que todo el mundo, que sólo se convirtió en el Joker porque tuvo un día malo y que eso le puede pasar a cualquiera, como probablemente le ocurrió a Batman, y sorprende que un autor de la perspicacia de Moore no comprenda que el Joker lleva toda su existencia intentando demostrar precisamente que es distinto de los demás, que no hay nadie como él en todo el mundo. La única conclusión que arroja la obra es bien pobre: las personas de una pieza, como el inspector Gordon, no dejan que un mal día les trastorne para siempre. Eso les ocurre a desequilibrados como el Joker... y Batman, que son dos caras de la misma moneda. En fin, demasiados tópicos para algo que aspira a dar un paso adelante. Por otra parte, la aséptica perfección de Bolland resulta, como casi siempre, demasiado aburrida y blanda, y resta impacto a las escenas más violentas, que indudablemente buscan impresionar al lector. En una de ellas Barbara Gordon, la hija del comisario que en secreto peleaba contra el crimen con el disfraz de Batgirl, recibe un disparo que le parte la columna vertebral, dejándola confinada en una silla de ruedas para el resto de sus días y acabando secamente con su carrera de superheroína. Al lado de las explosivas interpretaciones de Frank Miller en The Dark Knight Returns o incluso de Steve Englehart y Marshall Rogers en los 70, el Joker de The Killing Joke palidece más que nunca.
Pero esto es sólo una opinión personal, y lo cierto es que el monumental éxito de The Killing Joke contribuyó a aumentar algunos puntos más la cotización de Batman, que en 1988 por fin encontraría cierta estabilidad en el quehacer cotidiano. Detective Comics ya contaba con el dinámico Breyfogle como dibujante fijo, y a partir del número 583 (febrero 1988) encontraría guionistas para rato en los británicos John Wagner y Alan Grant. Aunque Wagner no tardaría en abandonar el equipo, Grant (cuyo primer episodio en solitario es Detective 601, junio 1989) no ha dejado de escribir aventuras del Hombre Murciélago hasta la fecha, y aún no da signos de fatiga. El fichaje de Alan Grant será valiosísimo. Aunque menos apreciado que otros de sus compatriotas, debido sin duda a su menor afición por el psicoanálisis de saldillo, la provocación facilona y el posmodernismo barato, Grant es un guionista estupendo que sabe cómo escribir un guión de entretenimiento profesional y convincente y al mismo tiempo deslizar en él una porción de ideas, situaciones y diálogos verdaderamente heterodoxos. Grant empezó a introducir historias donde los villanos no son siempre locos disfrazados con sed de sangre, sino en ocasiones víctimas de las injusticias sociales, y llegó al punto de crear un personaje como Anarky, que es una gota de veneno deslizada en la garganta de una corporación capitalista como DC. Las ideas revolucionarias de Grant son, sin duda, mucho más efectivas y peligrosas que las de otros de sus más alabados colegas por cuanto que penetran de manera más discreta y profunda en su público, probablemente desapercibido del mensaje que suelen encerrar. Por otra parte, Grant siempre da diversión, y se ha preocupado de crear personajes secundarios que alimenten la caldera. A él se deben, entre otros, Harold, el mecánico mudo y de aspecto grotesco que mantiene en funcionamiento la Batcueva y el ya mencionado Anarky, un niño que disfrazado de bandido emprende una cruzada filosófica contra el sistema y que recuerda al protagonista del V for Vendetta de Alan Moore y David Lloyd. Pero la más memorable creación de Grant probablemente sea la que ofreció en su primer número, aquel 583 (febrero 1988) co-escrito por John Wagner y dibujado por Breyfogle en el que se presentaba Scarface, la única incoporación moderna a la galería de villanos de Batman con suficiente envergadura para no quedar en ridículo comparado con los enemigos clásicos. Scarface es un jefe mafioso a la antigua usanza. Como si de Chicago años 30 se tratara, Scarface y su banda utilizan ametralladoras, visten trajes cruzados y sombrero y conducen grandes coches negros. Lo peculiar de Scarface es que es una marioneta de madera, manejada por un individuo de aspecto anodino que responde al nombre de Ventrílocuo, y que no hace más que recibir las despiadadas broncas de su irritable y gangoso jefe. Como Dos Caras y el Joker, estamos ante lo que es un criminal de la vieja escuela, un gángster, pero tocado por la demencia. Las posteriores y numerosas apariciones de Scarface y el Ventrílocuo contribuirán a darle mayor magnitud. No obstante, el mismo Grant no se considera especialmente dotado para imaginar nuevas criaturas: “Trabajo más a gusto con personajes ajenos. Aunque he creado algún que otro personaje durante estos años, ninguno tiene el poder simbólico de Batman o el Juez Dredd, por lo que es muy enriquecedor trabajar con ellos. Los mundos en los que viven son los que disparan mi imaginación. Hay muy pocos creadores que sean capaces de crear un héroe que cale hondo; estos son los que dan forma a una nueva hornada de personajes gracias a los cuales la industria tira unos añitos más. Jack Kirby es un ejemplo excelente: el número de personajes que han salido de su mesa de dibujo es increíble. Marvel sigue adelante con personajes que creó treinta años atrás. Yo no me veo capaz de ello. John Wagner y Pat Mills tienen ese talento, y quizás es por eso que estoy más a gusto con personajes ya establecidos. Hay muchas cosas que pueden hacerse con Batman o Demon. Escribir Batman es para mí un auténtico placer.”
Mientras Grant y Breyfogle se confirmaban en Detective, Batman veía coger confianza al equipo Jim Starlin-Jim Aparo. El problema es que Starlin se había ganado, probablemente de manera merecida, la fama de ser un “asesino” de personajes. En gran medida, esa fama procedía de su trabajo en Marvel durante los años 70, época en la que creó un villano de categoría cósmica llamado Thanos que estaba enamorado de la Muerte (así como suena, encarnada en una figura femenina) y en la que acabó matando a los dos personajes a los que dedicó sus mejores páginas, Warlock y el Capitán Marvel. Cuando se hizo cargo de Batman, empezaron a correr rumores. Con el inicio de “Las nuevas aventuras”, el origen de Robin-Jason Todd había sido modificado, convirtiéndole en un ladronzuelo callejero y, en general, en un personaje desagradable, descarado, protestón, rebelde y antipático para los lectores, que vieron rebosar el vaso con la proverbial última gota cuando este Robin indisciplinado dejaba morir a un hombre al que consideraba culpable (Batman 424, octubre 1988). Aunque la secuencia era convenientemente ambigua, resultaba claro el mensaje: este Robin es una mala pieza, y si bien no sabemos con certeza si lo ha hecho o no, es evidente que podría haberlo hecho, cosa que nunca habría ocurrido con el bueno de Dick Grayson. Robin, que siempre había sido una figura difícil de encajar en el mito de Batman, al menos desde los años 60, se había convertido en un problemón.
Siempre atenta a rentabilizar la ocasión, DC decidió aprovechar el gatillo fácil de Starlin para realizar un cambio de guardia que, al mismo tiempo, sirviera de estratagema publicitaria. “Desde el momento en que crucé las puertas de DC -confiesa Starlin- intenté sacarme de encima a ese renacuajo. Batman está mucho mejor sin él. Batman es mucho más interesante como el oscuro personaje solitario en medio de la noche. Creo que fue un error traer de vuelta a Robin. ¡En realidad, a Batman deberían encerrarlo por poner en peligro la vida de menores!” Así, con fecha de portada de diciembre de 1989 apareció Batman 426 (Starlin-Aparo-DeCarlo), que incluía el primer capítulo de los cuatro que, publicados con periodicidad quincenal, compondrían “Una muerte en la familia”. El argumento presentaba a Jason Todd fugándose de la Mansión Wayne para dar caza al asesino de sus padres y cayendo en las garras de un Joker con su típico humor de asesino furioso. Al final del segundo número, tras una gran explosión, la trama quedaba en suspenso: ¿habría sobrevivido el Prodigio Juvenil? ¿o habría conseguido el Joker matar a Robin? La decisión estaba en manos de los lectores, que podían votar cualquiera de los dos destinos llamando por teléfono. Así explicaba Dennis O’Neil lo que sucedió en una columna publicada en Batman 429: “Bueno, nos equivocamos. Todo el mundo predecía una avalancha, aunque disentíamos respecto a de qué lado caería la avalancha. Pero cuando se hizo el recuento final, sólo 72 votos de los 10.614 emitidos fueron decisivos.
“Me refiero a nuestro Gran Experimento con Robin, por supuesto. Los días 15 y 16 de septiembre, pedimos a los lectores que votaran, por teléfono, si Jason Todd -el sucesor de Dick Grayson como Robin- sobreviviría o no a la explosión mostrada en Batman 427. Los que eligieran su supervivencia tenían que marcar un número, los que eligieran lo contrario tenían que marcar otro. Dick Giordano predijo que Jason superaría la prueba saludablemente; creía que nuestros lectores estaban hartos de los funerales que han sacudido nuestro pequeño universo durante los últimos años y que reaccionarían en consecuencia. Yo no estaba de acuerdo. Como soy un cínico, yo, y el resto del personal DC, pensábamos que nuestro público votaría negativamente sólo para ver si nos atreveríamos a matar a otro personaje importante. Lo íbamos a hacer, si lo decidían los votos. Eso nunca estuvo en duda. Durante meses, tuve dos versiones completas de Batman 428 en el despacho, esperando el veredicto.
“Una muy atareada vigilia de dos días comenzó a las diez y media de la mañana del día quince. A esa hora fue cuando Dan Raspler [editor adjunto] comprobó por vez primera las votaciones. En ese momento, las cosas iban bien para Jason, con 243 llamadas que le deseaban lo mejor y 199 deseándole lo peor. Dan siguió haciendo comprobaciones cada 90 minutos hasta las 7:30 de la tarde del viernes, cuando tuvo que marcharse para asistir a un concierto de los Grateful Dead en el Madison Square Garden. Mientras, yo jugaba a ser famoso, dando entrevistas en la radio y hablando con periodistas, y manteniendo informados a otros empleados de DC con interés en el proyecto.
“Oh, sí, y entre las actividades relacionadas con Robin, también hicimos algo de trabajo editorial.
“A las 8:00 de la tarde del jueves, los enemigos de Jason habían conseguido una ventaja: 2.104 a 2.195 para los pulgares hacia abajo.
“Pero a la 1:15 de la tarde del viernes, la situación de Jason había mejorado un poco: sus amigos habían registrado cinco llamadas más que sus enemigos. La cuenta: 3.451 a 3.446. Empezaba a confiar en que nos hubiéramos equivocado. Mis obligaciones editoriales serían mucho, mucho más sencillas, si manteníamos el status quo, con un Robin balancéandose en Gotham al lado de Batman.
“Marifran [la esposa de O’Neil] llegó a las 5:00 para ayudar con tareas de última hora. Encargué sandwiches de pavo y fuentes de fruta en el deli de abajo; estaba claro que ninguno íbamos a cenar decentemente esa noche.
“Pensé: Qué raro es esto. Jason Todd no es real. Es algo que unos guionistas y unos dibujantes se inventaron hace un par de años. Pero nos estamos comportando como si fuéramos la familia de las víctimas de un accidente y estuviéramos en la sala de espera. En momentos como éste, es cierto que la línea entre la fantasía y la realidad queda muy difusa.
“Dan hizo su última comprobación el viernes a las 7:30, y trajo malas noticias para Jason: 5.081 a favor, 5.148 en contra. Pero con 30 minutos todavía, y un margen de apenas 67 votos, aún había esperanzas para el crío. Y a las 7:45 parecía que lo conseguiría, con 5.221 a favor y 5.259 en contra. Sólo 38 llamadas de diferencia.
“A última hora debió de haber un brote de anti-Jasons. A las 8:30, la cuenta final era 5.271 a 5.343. Descansa en paz, Jason Todd.
“Nadie real había muerto. Pero Marifran y yo decidimos volver a casa paseando en lugar de coger el metro.
“Varias veces, durante la vigilia, me preguntaron, “¿Por qué lo hacéis?” Tenía un par de respuestas. La primera, que la “maniobra del teléfono”, como la llamábamos, era simplemente una ampliación de nuestra política de leer todo el correo que recibimos y hablar con los aficionados en convenciones y tiendas; siempre hemos sido receptivos a los deseos de nuestro público. La segunda -y ésta realmente me encantaba- que lo hicimos porque nadie lo había hecho antes. Eso siempre ha sido una razón excelente para hacer algo. Nunca sabes qué ocurrirá hasta que lo intentas.
“Vale, ¿qué fue lo que pasó? El resultado más obvio es que la historia de Batman quedará cambiada para siempre. Durante el futuro previsible, será lo que empezó siendo hace 50 años, un solitario temible. Eso nos preocupa un poco: desde 1940, Robin ha sido una parte integral del mito de Batman. Posiblemente sea una de las razones de la popularidad de Batman durante medio siglo. Me gustaría pensar que la ausencia de Robin constituye un desafío, una metafórica bofetada, y que nos afectará y nos estimulará y nos hará más creativos al enfrentarnos a ella. Otro resultado de la maniobra del teléfono es que podríamos repetirla, si se nos ocurre una idea que parezca adecuada para ella o si los lectores nos inundan con solicitudes para que lo repitamos. Ahora sabemos que puede funcionar, y ese dato nos da una nueva herramienta.
“Así que el Gran Experimento con Robin, la maniobra del teléfono, fue una sorpresa y un éxito. Nos dormiremos en los laureles durante uno o dos minutos antes de meternos a fondo con lo siguiente.”
Resulta obvio que este episodio se presta a interpretaciones y análisis de un alcance superior a lo que aquí nos interesa, tanto en lo que respecta a lo que dice de la editorial como a lo que dice del público que se abalanza sobre la oportunidad de ejecutar a su héroe en apuros cuando tenía la oportunidad de salvarlo. Curioso es, sin embargo, que el destino de Jason Todd fuera profetizado en The Dark Knight Returns, donde se menciona en repetidas ocasiones que “algo le ocurrió”. Precisamente Frank Miller tenía una idea muy clara al respecto de lo que había supuesto “Una muerte en la familia”: “Una muerte en la familia debería ser señalada como la cosa más cínica que jamás haya hecho ninguna editorial. Un auténtico número gratuito al que los fans pueden llamar para cortarle la cabeza a un muchachito.” Bob Kane, padre de la criatura, también tiene su opinión al respecto: “Ni siquiera hablaron conmigo antes de hacerlo. Me molestó mucho que no lo hicieran. Tampoco es que tengan que pedirme necesariamente mi opinión, porque hace años que no tengo nada que ver con los comic books, pero creo que fue un error matar a Robin. En primer lugar eran un equipo -sería como matar al Dr. Watson y dejar a Sherlock Holmes solo, o a Tonto y dejar al Llanero Solitario, o Tarzán y Jane. Es un error. Y, además, así matas el merchandising de Robin, que también es muy grande. Pero es que además, ¿para qué andar trastocando la idea original? Podían haber hecho que se marchara durante una temporada, o que fuera herido, le podrían haber herido y así se lo habrían quitado de enmedio pero dejando la posibilidad de recuperarlo si querían. ¿Para qué matarle? ¡Y además vaya manera de hacerlo! Creo que es un simple subterfugio, creo que se hizo sólo por la película, para que la gente no esperase que hubiera un Robin en la película. El subterfugio fue que de, ¿cuántas, 10.000? En 10.000 llamadas que votaron si Robin debía vivir o morir hubo una diferencia de apenas 70 llamadas... ¿y por 70 llamadas matas a Robin? ¡Absurdo! A mí eso me parece un subterfugio. Vamos, hombre, ¿vas a matar a Robin porque no les gusta a 70 chavales? ¡Por favor, estamos hablando de política editorial! Si alguien hubiera venido a decirme que 1.000 personas odiaban a Batman, les habría contestado “¿Y qué?” Habría seguido haciendo Batman aunque le odiaran un millón de personas.”
Pasada la efervescencia propagandística del momento, DC superó la muerte de Jason Todd sin aparente trauma. Starlin abandonó la serie, según él, debido a que “La película estaba a punto de estrenarse y en DC se estaban volviendo histéricos. Resulta difícil mantener la tranquilidad cuando tienes docenas de ejecutivos que te las hacen pasar moradas y no hacen más que sugerirte ideas. Se estaba convirtiendo en un producto colectivo, y eso nunca funciona.” Con el cadáver de Jason todavía caliente, entraba el nuevo Robin en escena, el tercero y por ahora definitivo: Timothy Drake. Aunque Batman se pasó varios meses deprimido y apesadumbrado por la pérdida de su pequeño compañero, encontró consuelo en el transcurso de Year Three (Batman 436-439, 1989), la última de estas sagas fundacionales. Tim Drake, un buen chico opuesto en todo a Jason Todd, pero al mismo tiempo con una personalidad definida y muy diferente de la de Dick Grayson, debutaría oficialmente como Robin en Batman 457 (diciembre 1990), y su popularidad actual (posee su propia colección mensual en solitario) parece confirmar el acierto de DC al concebirlo. Curiosamente, el año en que nació el tercer Robin fue el año de la primera película de Batman dirigida por Tim Burton, año en el que la figura de Batman, aunque sin Robin, volvió a llegar al público de masas. La oleada de Batmanía que anegó Estados Unidos y el resto del mundo occidental en 1989 fue sólo comparable a la de 1966, pero con el beneficio de unos medios de comunicación y unos resortes publicitarios y de explotación mucho mayores que los que sirvieron a la serie de televisión protagonizada por Adam West.
Convertido en un bien comercial altamente rentable, 1989 vio a Batman elevarse sobre sus camaradas superheroicos para abandonar el ghetto de los tebeos e integrarse, al menos durante unos años, entre las figuras de uso común en la cultura del ocio. Warner Communications Inc., la empresa propietaria de DC, aprovechó la película como enorme ariete publicitario para explotar todos sus mercados internos (editoriales, discográficos -el álbum de Prince grabado para la película fue número 1-, videográficos) y otros nuevos externos a los que accedió mediante numerosísimas licencias (al igual que en 1966, desde muñecos articulados hasta casi cualquier artículo al que se le pueda estampar el símbolo del murciélago) convirtiéndolo en un gran negocio y un argumento para que las grandes corporaciones mantengan bajo su seno editoriales de comic books que cada vez son menos rentables por sí mismas, pero que son aprovechables como vivero de personajes (o iconos, cabría decir) vendibles en otras formas.
Expuesta de nuevo a la atención del público general, DC hizo lo que pudo por responder al desafío. Además de vender decenas de miles de recopilaciones de The Dark Knight Returns y Year One y de ejemplares de The Killing Joke, el año 89 vio aparecer el producto definitivo para el público que ignora a Batman pero se siente obligado a interesarse por la moda del momento y necesita una coartada intelectual para comprarse un simple tebeo de superhéroes: Arkham Asylum. Con un precio de portada de 25 dólares de entonces, el lujosísimo Arkham Asylum se ofrecía como la última palabra en deconstrucción posmoderna del superhéroe, aunque en realidad lo que se estaba vendiendo era el regalo ideal para las Navidades. La misma premisa argumental parecía presagiar todo tipo de radicalidades: los internos de Arkham, con el Joker a la cabeza, se hacen con el control del manicomio y piden que les entreguen a Batman. El libro se planteaba como un viaje al corazón de las tinieblas del alma de los dementes y, por supuesto, del mismo Batman. Los autores escogidos venían cubiertos de prestigio y sugerencias, como corresponde a su nacionalidad británica: el guionista, Grant Morrison, se había convertido en un enfant terrible del mundillo gracias a sus irónicas visiones del superhéroe en Doom Patrol y Animal Man, y el dibujante, Dave McKean, era un pintor, ilustrador y diseñador de prestigio mundial. La combinación del poco inspirado guión de Morrison, sobrecargado de referencias, simbolismos y lecturas mal digeridas, y el lamentable trabajo de McKean, ocupado en deslumbrar al inocente público viñetero a costa de la mínima responsabilidad narrativa, acabaron de convertir el aparatoso Arkham Asylum en un soporífero fraude, uno de los tebeos más caros de la historia y un ejemplo de alta escuela de la mala influencia de The Dark Knight Returns.
Entre unas cosas y otras, quedó confirmada la posición de Batman como personaje principal de DC, arrebatándole el trono a Superman, cuya exitosa primera película quedaba ya a más de diez años vista. La consecuencia de estar en la cumbre fue la sobrexplotación del Señor de la Noche. Desde 1989 hasta 1997 no ha pasado un mes sin que se publique algún proyecto especial relacionado con el Cruzado Encapuchado, ya sea en formato “Prestige”, o de “novela gráfica”, o serie limitada o cualquier otra fórmula, y con tono ligero o grave, adulto o infantil. Además, la familia de colecciones mensuales crecería notablemente.
Para empezar, en noviembre de 1989 debutaría Legends of the Dark Knight, un título dedicado, en principio, a narrar historias cerradas y sin continuidad, ambientadas (supuestamente, porque esta premisa se ha diluido bastante) en el primer año de vida del personaje, cuando aún no llevaba el óvalo amarillo y no había conocido a Robin. O, dicho de otra manera, Legends of the Dark Knight pretendía ser una colección mensual de historias al estilo The Dark Knight Returns, Arkham Asylum o The Killing Joke, con ese toque adulto y como de autor. Precisamente su rasgo más destacable ha sido que cada historia completa es realizada por un equipo creativo distinto. La primera de ellas, “Shaman” (Legends of the Dark Knight 1-5, noviembre 1989-marzo 1990) es obra de Dennis O’Neil, Ed Hannigan y John Beatty, lo cual no puede sorprender si pensamos que el editor O’Neil acostumbra a reservarse el guión de los números especiales, que suelen ser los que marcan los picos en las ventas y producen más jugosos royalties para los autores (también ha escrito la historia del nº 50 y la del nº 100, ambos golosos para los coleccionistas). Por su mismo mecanismo de funcionamiento, Legends of the Dark Knight es una colección cuyo interés oscila según quienes sean los autores adjudicados cada mes. Mientras que al principio la extensión fija de las historias parecía ser de 5 episodios, a partir del quinto relato se acortó esa longitud, que ahora es variable, aunque con predilección por las historias cortas. Con 100 números a las espaldas, Legends of the Dark Knight ha proporcionado más de un relato digno de entrar en la historia privada de Batman. Entre los que podemos mencionar está el psicodrama sexual de Prey (11-15, 1990-91, Doug Moench, Paul Gulacy y Terry Austin), donde Hugo Strange y Catwoman juegan a juegos de adultos; el homenaje a Douglas Fairbanks, al fin y al cabo uno de los inspiradores de Batman, en Blades (32-34, 1992, James Robinson y Tim Sale); el delirante rescate en clave punk de Batmito que se intenta en Legend of the Dark Mite (38, 1992, Alan Grant y Kevin O’Neill); una refrescante visión distinta del Joker en Going Sane (65-68, 1994-95, J. M. DeMatteis, Joe Staton y Steve Mitchell); el drama carcelario de tipos duros en Criminals (69-70, 1995, Steven Grant y Mike Zeck); el subyugante cuento que se esconde detrás de una aventura onírica aparentemente impropia de Batman en The Sleeping (76-78, 1995, Scott Hampton), la exhibición gráfica de Citadel (85, 1996, James Robinson y Tony Salmons) o la desfachatez pop de Stories (94, 1997, Michael T. Gilbert). Aunque, obviamente, la lista de favoritos variará según los gustos del que la elabore, si tenemos en cuenta que por este título han pasado nombres tan reconocidos como los de Grant Morrison, Klaus Janson, Howard Chaykin, Gil Kane, Matt Wagner, Bryan Talbot, Craig Russell, Russ Heath, Brett Blevins, Mike Mignola, Jamie Delano, Chris Bachalo, Ted McKeever, Warren Ellis, John McCrea, Garth Ennis o Paul Jenkins y Sean Phillips, entre otros.