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lunes, 29 de octubre de 2012

REPESCA DE NOVEDADES


Como suelo comprarme las novedades en su edición americana, y a menudo las comento inmediatamente, cuando salen publicadas en España a veces ha pasado un año o más desde que las reseñé en Mandorla, con lo que quedan enterradas y son poco útiles para el lector que sigue la actualidad de las librerías españolas. A ver si me aplico y de vez en cuando me voy acordando de rescatar esos textos que vuelven a cobrar actualidad con su traducción al español. En este post he recopilado algunas entradas que se referían a títulos publicados durante los últimos meses en España.

¿ERES MI MADRE?, de Alison Bechdel, publicado por Mondadori: EL DÍA DE LA MADRE.
HOLY TERROR (TERROR SAGRADO), de Frank Miller, publicado por Norma: MÁS LÍBRANOS DEL MAL.
META MAUS, de Art Spiegelman, publicado por Mondadori: DE RATONES Y HOMBRES.
SUPERGODS. HÉROES Y MITOS DEL CÓMIC, de Grant Morrison, publicado por Turner: LITERATURA SUPERHEROICA 4: SUPERGODS.
LOS ENTUSIASTAS, de Brecht Evens, publicado por Sinsentido: UN LUGAR MUY EQUIVOCADO.
LA BIBLIA, de Basil Wolverton, publicado por Diábolo: PROFETAS DEL DIBUJO.
EL NUEVO UNIVERSO DC, de diversos autores, publicado por ECC: EL FIN.

lunes, 10 de octubre de 2011

EL FIN

El caso es que me he comprado los 52 números uno del reboot DC, sí. No vamos a entrar ahora en los motivos, es preferible intentar hacer este post lo más breve posible. Y lo más importante: además de comprarlos (comprarlos todos en papel), me los he leído. Del primero al último, de la primera a la última página, sin saltarme ninguna.

Se suponía que el concepto de reboot (reinicio) implicaba empezar de nuevo, dejar atrás todo el polvo y el lastre de la continuidad arrastrada de décadas y décadas y ofrecer una oportunidad a lectores nuevos de introducirse por vez primera en el universo fantástico de DC. ¿Y qué es lo primero que se encuentra uno cuando abre el primer tebeo de este reboot, Justice League? ¿Con qué se presenta en público este reinicio? Con un texto de apoyo que dice «Hace cinco años». ¿Hace cinco años? ¿Hace cinco años qué? ¿La historia de Justice League que voy a leer ahora pasó hace cinco años? ¿Cinco años antes de qué, del día de hoy, de septiembre de 2011? Porque en ningún momento en todo el número se vuelve al presente. Entonces, ¿cuál es el sentido de decirnos que esta historia tiene lugar hace un lustro? Desde luego, no hay diferencias de ambientación significativas con las historias situadas en el presente, así que eso no debe ser. La única explicación posible (y sólo al alcance de un lector veterano, un perro viejo, no un supuesto lector recién llegado): se nos está informado de que en la nueva continuidad esta historia de la Justice League está ambientada cinco años antes que otras historias que podríamos leer si compráramos otros tebeos de DC. Eso sí, si lo único que queremos leer es Justice League, el apunte de «Hace cinco años» es completamente irrelevante. Sólo sirve para confundir.

Para confundir a un lector, claro.

Y para aclarar a los aficionados cómo tienen que ubicar la nueva continuidad.

O sea: el concepto del reinicio empieza por organizar otra vez la continuidad colectiva. Eso es «empezar de nuevo» y hacerse accesible a nuevos lectores, según los mandamases de DC.

De lo que viene después de ese texto de «Hace cinco años», poco puedo decir. El dibujo es prácticamente indescifrable. Batman está perseguido por la policía («hace cinco años» Batman ya existe y es conocido), se encuentra con Linterna Verde y luego se van los dos a buscar a Superman. Y justo cuando lo encuentran, se acaban las primeras 24 páginas de Justice League. Me llama la atención la renovación de los uniformes. Son los de siempre: los mismos diseños, los mismos colores, los mismos patrones. Pero ahora todos parecen armaduras, revestimientos tecnológicos, como si se hubiera metido a los personajes de carne y hueso dentro de cuerpos de figuritas de acción articuladas.


Justice League #1, Geoff Johns, Jim Lee y Scott Williams

Resulta que la página que más me gusta de todo el número es ésta:


Publicidad de Converse en Justice League #1

Un anuncio de unas zapatillas Converse de Batman que creo que condensa mejor que todo el Justice League el sentido de la historia de un personaje casi inmortal, que ha sido capaz de ser el mismo siendo muchos a lo largo del tiempo. Me encanta el Batman de la viñeta superior derecha, en concreto.

Hay otra colección de la Liga de la Justicia (en realidad, dos más, pero de la tercera hablaremos luego): Justice League International. Esta colección parece la prueba viviente de que lo que plantea DC en su oferta de relanzamiento son tebeos completamente prefabricados, diseñados para cubrir «huecos» que sólo existen en la mente de personas metidas desde hace décadas en una industria que tenía todos sus clichés definidos ya en 1972. ¿A quién, si no, le interesaría leer las aventuras de un grupo integrado por Booster Gold, Hielo, Fuego, Vixen, Rocket Red, August General Iron, Guy Gardner y Godiva? ¿Quién podría pensar que eso es buena idea?

Para formar parte de la Liga de la Justicia Internacional, también se propone a Batman. Es decir, en Justice League el lector (nuevo, ejem) se encuentra con Batman perseguido por la policía, y a continuación, en Justice League International, el representante de la ONU que coordina el grupo propone a Batman como miembro del equipo aprobado por el Consejo de Seguridad. ¿Cómo es posible? Porque, no lo olvidemos, Justice League pasa «cinco años antes» que Justice League International. Supongo. Empiezo a necesitar un manual para leer estos tebeos, y sólo estamos en el primer mes.

Batman, de hecho, protagoniza aproximadamente siete series y sale en otra media docena. Ni se sabe en cuántas, vaya. Y en cada una de sus apariciones nos encontramos con un Batman distinto. El personaje parece tan erosionado por el uso que ha perdido sus rasgos. Todo parece encajarle, y nada parece afectarle ya. En Batman se pone de manifiesto hasta qué punto está desgastado, y hasta qué punto los responsables de sus tebeos han dejado de creer en él y en todo su mundo. La historia empieza con una fuga masiva en Arkham Asylum. El lector (nuevo, ejem) se encuentra de buenas a primeras con que un montón de supervillanos archienemigos de Batman se enfrentan directamente al héroe. Todos juntos, nada más empezar. ¿Esto es el reinicio? ¿Quiénes son todos esos villanos? ¿De dónde vienen? ¿Qué historia, personalidad y entidad tienen y cómo van a resultar amenazadores individualmente para Batman después de que los haya dominado a todos colectivamente en apenas un par de páginas? Cada uno de esos archivillanos fue creado en algún momento de los setenta años anteriores de existencia del Hombre Murciélago, y cada uno de ellos fue concebido por un equipo creativo que pensó que sería una némesis adecuada para el héroe. Cada uno de ellos tuvo su origen y su tragedia, protagonizó sus andanzas, hizo sufrir a Batman y fue final y dolorosamente derrotado, dejando una marca singular en la memoria colectiva de los seguidores del personaje que le permitió pasar a formar parte de ese selecto grupo conocido como la «galería de villanos». En este Batman #1 donde supuestamente se presentan a un nuevo lector, se presentan como forraje indistinto, una mera masa de enmascarados deformes, sin nombre ni singularidades, que sirven para ser machacados a golpes rápidamente y así iniciar el tebeo con cuatro páginas de acción facilona. ¿Por qué pasa esto? Porque es un tópico, y resulta que los señores que relanzan Batman desde su número 1 no tienen otra ocurrencia que ofrecernos tópicos recalentados como gancho. Ideas usadas, ideas recicladas. Ideas que no son ideas.

Poco después, vemos al héroe en su identidad secreta, vistiéndose de gala. Junto a él, tres jóvenes también con trajes negros, versiones variantes del protagonista: Dick Grayson, Damian Wayne, Tim Drake... Todos ellos han sido Robin (y alguno incluso Batman) en diversos momentos del pasado. Un momento... ¿de qué pasado? ¿Esto no era un nuevo inicio? Entonces, ¿quién es toda esa gente? ¿Por qué hay tanta historia previa en una colección nueva? ¿Por qué tenemos que absorber tanta información? ¿Por qué la historia apenas puede avanzar, debido a la cantidad de espacio que hay que dedicar a explicar los antecedentes? Después, Bruce Wayne y sus clones se sumergen en otro tópico: Wayne presenta (a lo Tony Stark) un proyecto multimillonario ante la alta sociedad. Algo que hemos visto hacer tantas veces ya a Wayne que no entendemos ni por qué lo hace. Lo hace porque lo hace. Lee tebeos de Batman y verás que eso es lo que hace Bruce Wayne, una vez tras otra. ¿Qué explicación más quieres?

¿No me crees? Vamos con Batman The Dark Knight #1, que empieza con Batman saltando por los tejados e, inmediatamente, convirtiéndose en Bruce Wayne, el cual, ataviado con otro traje de gala, hace un anuncio público oficial en una fiesta de la alta sociedad. Exactamente igual que lo que acabamos de leer en Batman #1. El contenido del anuncio no es exactamente igual, pero eso da lo mismo, lo único que importa es el tópico de la fiesta donde Wayne anuncia algo. De hecho, tenemos que revisar las dos colecciones para asegurarnos de que no es un error. Aún más, mientras Wayne está en su fiesta... ¡en Arkham Asylum se produce un motín y todos sus archienemigos intentan fugarse! Pero... ¿esta fuga masiva de supervillanos en Arkham Asylum es anterior o posterior a la de Batman #1? ¿Es simultánea? ¿Es la misma?


Batman #1, Scott Snyder, Greg Capullo y Jonathan Glapion


Batman The Dark Knight #1, Paul Jenkins, David Finch y Richard Friend

Da igual, porque por supuesto, Batman se presenta en Arkham y zumba a todos con la misma suficiencia con la que lo había hecho en la otra colección. Ésa es la cosa, que da igual. Da igual todo.

Detective Comics, otra de las colecciones protagonizadas por Batman, empieza (de nuevo) con Batman saltando por los tejados. Mientras que en Batman el protagonista colaboraba con la policía, aquí es perseguido por la misma, aunque en este caso no hay ninguna indicación de que los hechos se produzcan «hace cinco años», con lo cual estamos confusos. ¿Es el mismo Batman de Batman? ¿Es el mismo de The Dark Knight Returns (1986) de Frank Miller? Porque lo imita patéticamente en estilo y color. El caso es que el Batman de Detective Comics se enfrenta a un nuevo y desconocido villano llamado el Joker (en Batman, Batman sofocaba el motín de Arkham con la ayuda de Dick Grayson disfrazado de Joker, por lo tanto ahí ni era nuevo ni desconocido). Al mismo tiempo, en Batgirl #1, Barbara Gordon recuerda cómo el Joker invadió su casa y le disparó en la espalda «hace tres años», en la famosa escena que todos (los viejos fans) recordamos de Batman The Killing Joke (1988), de Alan Moore y Brian Bolland. Una buena ensalada para abrir boca y atraer a los nuevos lectores que quieran descubrir a estos personajes. El mensaje para un supuesto novato podría ser: «¿Creías que venías a divertiros? Estáis muy equivocados, ¡a los tebeos de superhéroes se viene a sufrir!»

Nightwing empieza como Detective Comics, con el protagonista saltando por los tejados, tal vez para subrayar que es un seudobatman. ¿Tan excitante es saltar por los tejados, que todos los héroes se nos presentan haciéndolo? Lo era (en los tebeos) a la altura de 1963, cuando lo hacía Spiderman y era algo singular. Pero cuando todos los tebeos empiezan así, la emoción mengua. El gol es la salsa del fútbol, sí. Ahora bien, imaginemos un partido de fútbol que acabara empate a 20. ¿Sería el mejor partido de la historia? ¿O por el contrario los abrazos y celebraciones irían decayendo a medida que fuera engordando el marcador? ¿Acaso en los partidos de baloncesto los jugadores se abrazan y corren histéricos por el campo para celebrar cada canasta como si fueran goles? Bueno, pues algo parecido pasa con todos estos saltares por los tejados. Cuanto más saltan, menos intensidad tienen. Tópicos.

Hablando de tópicos. Sin salir de Nightwing #1, un par de navajeros intentan atracar a Dick Grayson cuando se baja del autobús en la estación de Gotham. No sé qué me sorprende más, si que Dick Grayson, tiarrón musculoso con gafas de sol, sea el tipo con más pinta de víctima propiciatoria a ojos de un atracador callejero, o que en el Universo DC todavía haya ladrones anónimos que se prestan a ser apaleados por los héroes en los callejones oscuros.

El esquema de Nightwing es idéntico al de Batgirl: escena de acción-presentación; recapitulación de la historia pasada (en el caso de Nightwing, se nos informa de que ha ocupado el lugar de Batman durante los seis últimos meses... lo cual es un buen currículum para alguien que supuestamente está empezando desde el número 1) y hay un enfrentamiento final con una nueva némesis misteriosa que tiene un interés personal en el personaje, y que deja la escena en un cliffhanger que se resolverá (?) el mes que viene. Exactamente lo mismo en ambos casos (y en muchos más). Y hablando de los finales: 34 de los 52 números 1 acaban en una viñeta página impactante. Tópicos amontonándose sobre tópicos.

A pesar de la proliferación de Batman y de la exaltación de Justice League como carta de presentación de este reboot, el corazón del mismo (si es que tiene corazón) se encuentra en Superman. Superman #1 es una dolorosa experiencia en la que sería mejor no profundizar. Un envejecido y enfermo George Pérez demuestra que ya ni puede ni quiere, y demuestra algo más: el sistema industrial americano devora a sus autores, y cuando están en horas bajas el único favor que puede hacerles es echarles el hueso de un número 1 de Superman a ver si los royalties le ayudan a pagarse las facturas del médico. Después de toda la vida dándolo todo, ahora le queda dar las gracias por una limosna. Que no es tal limosna, porque se la tiene que trabajar cuando es obvio que no está en condiciones de hacerlo.

Pero no, el título del Hombre de Acero que supuestamente marca el tono no es Superman, sino Action Comics, con Grant Morrison al guión y Rags Morales en el dibujo. Realmente, es el único título de los 52 que parece haberse planteado como un reinicio serio. Morrison toma sus indicaciones del Action Comics #1 original, de 1938, y reinventa a Superman como una criatura violenta y furiosa, un héroe socialista que defiende a los desposeídos frente a las depredaciones de los ricos, lo cual ahora está más de actualidad que nunca, por supuesto. La historia empieza in media res, como la original de Siegel y Shuster, y esa inspiración, ese sello de acción, parece haber sido directriz para todo el reboot, aunque sólo Morrison lo haya sabido interpretar correctamente. Correctamente, pero poco más. Morrison no puede arrastrar el tebeo más allá de donde lo lleva el dibujante, y Rags Morales no da para altos vuelos. Le falta grandeza y talento para hacer algo memorable. Esta doble página de impacto que abre la historia es una de las más torpes que he visto en mucho tiempo:


Action Comics #1, Grant Morrison, Rags Morales y Rick Bryant

Action Comics se puede leer, efectivamente, como si fuera una serie nueva. Morrison sabe entrelazar la vieja mitología con un nuevo planteamiento. Pero es una isla. Nadie más parece haber tenido la capacidad de hacerlo, o tal vez ni siquiera lo hayan intentado. El ejemplo más paradigmático es Green Lantern, una de las colecciones estrellas actuales, que está escrita por el guionista fundamental de DC en estos momentos, el responsable del Justice League que pone en funcionamiento todo el reboot: Geoff Johns. En Green Lantern -que ataco con ganas, desde la infancia ha sido uno de mis personajes favoritos- me encuentro de entrada con que Sinestro está siendo juzgado por crímenes cometidos en el pasado, y a continuación con que Hal Jordan lamenta la pérdida de su anillo y sus poderes en circunstancias para mí desconocidas. Y así se va todo el número, en el deambular de personajes todavía afectados por sucesos anteriores. Y miro la portada y confirmo que no, no me equivoco, tengo en las manos el Green Lantern #1, y no el #127. Hay ahora toda una franquicia dedicada a Linterna Verde, pero no parece mucho más coherente que la de Batman: en New Guardians, abrimos con los Guardianes del Universo arrasados, los mismos Guardianes que estaban juzgando a Sinestro en Green Lantern #1. Al menos Red Lantern #1 empieza con un gato cósmico rabioso portador de un anillo lanzándose a doble página sobre el lector. Pero la humorada es involuntaria, me temo. Estamos en la página 2 y ya me han perdido.

Sería muy agotador revisar los 52 títulos uno por uno, sobre todo cuando tan poco distinto se puede decir de cada uno de ellos. Legion Lost es uno de los tebeos más incomprensibles que he leído en mi vida. Sin contexto, sin personajes, sin argumento discernible, es casi dadaísta sin querer. Green Arrow es increíblemente mediocre, como una miniserie de relleno de los 80-90. La pobreza de la ambientación es llamativa. ¿De verdad que es aceptable esta especie de seta de juguete como aparato comunicador en una serie ambientada supuestamente en el mundo de la tecnología punta?:

Green Arrow #1, J. T. Krul, Dan Jurgens y George Pérez

Las colecciones que más me atraían a priori eran las excéntricas. Los personajes desconocidos o poco populares son los que tienen más posibilidades de sorprenderte con conceptos nuevos, y además siempre he tenido un gusto personal por lo extravagante. Así que acepto que en los grandes personajes recurran a los tópicos y deposito mis esperanzas en Mister Terrific, Static Shock, Firestorm o Captain Atom. Me equivoco, son todas horribles, aún peores que las de los personajes más conocidos, como si las hubieran hecho por rellenar la parrilla, apresuradamente y en el último momento. Contienen exactamente los mismos tópicos de las «grandes», pero con un nivel de talento todavía más pedestre si cabe. ¿Cómo se puede titular «Back to Basics» -regreso a las esencias- el número 1 de Deathstroke? ¿A qué «esencias» anuncia que «vuelve» una colección nueva? Antiguamente, las series raras eran un campo de experimentación que producía fenómenos de culto: Capitán Marvel, Pantera Negra, Inhumanos, Puño de Hierro, Relámpago Negro, Sociedad Secreta de Supervillanos, eran colecciones complementarias que en los 70 encontraron su propia personalidad precisamente porque podían permitirse lo insólito, al ser secundarias. Hoy en día, parece que está prohibido salirse del tópico.

Dentro de lo malo, hay tebeos todavía peores: DC Universe Presents: Deadman es un escándalo, una deriva de diálogos pesados y seudomísticos que no llega a ningún lado; Captain Atom es una revisión amorfa y agilipollada del Dr. Manhattan, 25 años después del original; StormWatch es un insufrible pastiche degradado de lo que fue una de las últimas grandes series del género, The Authority... Pero por intentar ser un poco positivo, voy a mencionar algunas que parece que quieren, aunque no sé si pueden: Superboy  y Supergirl huelen algo más a nuevas que la mayoría de sus compañeras. Son dos personajes maleables, con un historial irregular, y por tanto más libres para empezar de nuevo. En ninguna de las dos series pasa gran cosa, pero al menos uno tiene la sensación de estar leyendo números 1 de verdad. Aquaman es refrescantemente irónica, aunque eso tampoco dice mucho del reboot. En realidad es más un comentario sobre la historia de Aquaman que una historia de Aquaman. ¿Qué lector nuevo puede comprender que Aquaman vaya a una cafetería y un cliente le pregunte cómo es no ser el superhéroe favorito de nadie? Geoff Johns, de nuevo, el arquitecto de la DC actual, considera que la mejor manera de renovar a los viejos superhéroes es plantear expresamente discusiones de tienda de cómics del viernes por la tarde. Wonder Woman quizás podría ser algo. También tiene cierta frescura, también en parte porque Wonder Woman es un personaje que siempre se está reiniciando, y eso le da más ductilidad. Pero aquí el problema es el formato estándar de 24 páginas. Como digo, podría ser algo, pero el número 1 no da casi nada. Sólo un fan querría seguir leyendo.

La única serie que tal vez siga durante algunos meses es O.M.A.C, que recupera una vieja y extraña serie de Kirby de los 70. Todas las series de este reboot parecen involuntariamente viejas: recuerdan a los 80 y los 90. O.M.A.C, al menos, juega la carta retro deliberadamente. Aquí está el Keith Giffen mimético de Kirby de los 70 -el de Los Defensores, por ejemplo-, pero filtrado por la tecnología moderna, como si hubieran encontrado unos lápices perdidos de Kirby y los hubieran rematado digitalmente. La serie tiene pinta de ser bastante autónoma y de momento se muestra muy sencilla y directa, y además está protagonizada por un tío bruto y grande que grita mucho, lo cual es algo que siempre me produce gran empatía.


O.M.A.C #1, Dan Didio, Keith Giffen y Scott Koblish

Hoy en día todos adoramos a Kirby, pero hubo un momento en los 70 -un momento muy largo, diría yo- en que a Kirby se le consideraba acabado y ridículo, agua pasada. Es precisamente el momento en que produjo obras como O.M.A.C, que hoy reivindicamos con fervor, pero que entonces fueron denostadas. Es (tristemente) significativo que una imitación pálida de aquel Kirby marginal sea hoy lo único que me resulta legible entre 52 títulos nuevos que lanza DC.

Casi se me olvida: dentro del gran desastre, destaca con brillo propio Hawk & Dove. El tebeo es malo hasta decir basta, pero lo es con una pureza irresistible. Sí, es un tebeo de superhéroes malísimo, pero lo es a conciencia, sin coartadas, sin sentirse culpable ni pedir perdón. Al fin y al cabo, estamos hablando de un tebeo donde Halcón y Paloma se enfrentan a Cóndor y Cisne. En su absurda e infantil incompetencia tiene al menos un grado de ridículo vitalismo que me resulta familiar. Auténtico. Lo que por otra parte demuestra que lo auténtico no siempre tiene que ver con la calidad.


Hawk & Dove #1, Sterling Gates y Rob Liefeld

Pero como digo, en su gloriosa torpeza, Hawk & Dove al menos sabe lo que quiere ser. Eso no se puede decir de lo peor del lote de este reboot, que es todo el «sector macabro»: Animal Man, Swamp Thing, Justice League Dark, Frankenstein Agent of S.H.A.D.E., etc. Las otras colecciones al menos son malos tebeos de superhéroes, pero esta especie de Vértigo aguado, ¿qué coño es? Tebeos pretenciosos y aburridísimos, hechos de gestos y tics, que no son capaces de trazar un territorio propio, que no tienen nada que contar en su débil intención de hacer un crossover entre los superhéroes y los géneros sobrenaturales. I, Vampire es morralla para cuarentones que quieran sentirse en contacto con sus hijas adolescentes fans de Crepúsculo. Es el tebeo que esos señores de edad mediana creen que les servirá de puente para comunicarse con su incomprensible descendencia, y que tal vez les permita acabar de estrechar lazos viendo juntos True Blood. Justice League Dark es un previsible y cansino desfile de personajes de derribo (Madame Xanadú, por Dios) que se agrupan artificialmente para crear una réplica mística de la Liga de la Justicia. Todo está hecho mecánicamente, sin alma. La última página de Justice League Dark y la última de I, Vampire son idénticas. No es casualidad: si en los superhéroes se maneja el tópico de la acción, en el sector macabro se maneja el tópico de la visión apocalíptica.


I, Vampire, Joshua Hale Fialkov y Andrea Sorrentino


Justice League Dark #1, Peter Milligan y Mikel Janin

Swamp Thing es tediosa, una conversación tras otra (una de ellas, de cuatro páginas, con Superman) intentando reorganizar verbalmente la(s) historia(s) del personaje. Pero Animal Man es directamente odiosa. Jeff Lemire, que siempre ha sido un manta, intenta cubrir la cuota indie colando referencias a The Believer y juntando escenas supuestamente cotidianas con pasajes oníricos de pacotilla. Y yo me pregunto: en este reboot, ¿por qué Animal Man tiene que ser un personaje seudo-vértigo? Al fin y al cabo, Animal Man tenía una historia como superhéroe convencional antes de que Grant Morrison lo reinventara en los 80. Si de verdad queréis reiniciar algo, ¿por qué no sois más originales y recuperáis a Animal Man como superhéroe tradicional, y buscáis a otro personaje de vuestro inmenso fondo olvidado para hacer el papel de superhéroe sobrenatural? ¿Por qué no nos dais un solo gramo de algo nuevo?

También hay series de «otros géneros», pero esto ya es de chiste. All Star Western y Men of War pretenden (supongo) abrir un hueco para vías no superheroicas. Para la diversidad, vaya. Pero son 2 entre 52, y aún más, en realidad son series de superhéroes, o seudosuperhéroes, con todos los tics del género, formales y dramáticos. En Men of War (protagonizada por el Sargento Rock) incluso salen superhéroes. Es decir, son series hechas para interesar a lectores de superhéroes, pero que no tienen superhéroes, con lo cual no van a interesar a los lectores de superhéroes. Y menos a los que no lo son, si es que alguno se tropieza con un producto de estos. Luego, dirán que han fracasado y les servirá para justificar que sigan concentrándose en seguir sacando más morralla superheroica a tope. Mientras puedan.

Este reboot da para decir mucho más de lo que puedo decir en este breve post, pero hay un tema que no quiero dejar de mencionar, aunque ha sido de los más comentados en internet. Es, por supuesto, el tema del género y el tratamiento de la mujer. Los casos más llamativos han sido los de Catwoman (también arranca saltando por los tejados, pero en su caso, en sujetador y medio desnuda), Voodoo (una heroína que dedica todo su primer número a hacer strip-tease) y Starfire en Red Hood and the Outlaws. Son casos tan evidentes de sexismo machista y anticuado que se comentan por sí mismos con sólo ver una imagen:


Red Hood and the Outlaws #1, Scott Lobdell y Kenneth Rocafort

Por eso he preferido tomar otro ejemplo más discreto pero que considero más insidioso de cómo se entiende dentro de DC el papel de la mujer en su universo de ficción. Es una página de Batman The Dark Knight #1. A simple vista, para el ojo fatigado del aficionado veterano, no hay nada de excepcional en ella:


Batman The Dark Knight #1, Paul Jenkins, David Finch y Richard Friend

Lo hemos visto ya mil veces. Bruce Wayne, el multimillonario playboy, vestido con pajarita en una fiesta, habla con algunos invitados (como explicaba antes, de hecho lo hemos visto dos veces este mes, en dos colecciones distintas). Nada de particular, otro tópico. Otro tópico, sí, que incluye a un séquito de jovencitas que revolotean alrededor de Wayne sin decir nada, acariciándole, contoneándose, y comportándose en general como animalillos domésticos mientras los hombres hablan en serio sin prestarles ninguna atención. Si uno mira de verdad la primera viñeta, es absolutamente ridícula. El concepto de mujer florero pasa a cobrar un nuevo sentido en los adornos vivientes que lleva colgados Bruce Wayne. Quizás sean estos tópicos invisibles que asumimos los fans de toda la vida los que mejor expresan hasta qué punto estos tebeos se han perdido, están completamente aislados de la sociedad en la que viven y resultan irrelevante para ella. Sólo atienden a las necesidades de un grupo minúsculo de adultos-adolescentes que han (hemos) desarrollado su propia y esotérica cultura, donde la fantasías sexuales ni siquiera tienen que manifestarse, porque forman parte del decorado de fondo. Es evidente que entre el nuevo público que DC podría querer captar para su reinicio no se encuentran las mujeres.

Finalmente, ¿por qué esta uniformidad en la miseria, por qué estos tópicos repetidos continuamente en los 52 títulos, por qué esta mierda? Se puede echar la culpa al férreo control editorial que gestiona a los personajes exactamente como licencias, y que obliga a repetir esquemas seguros porque cualquier verdadera revolución podría romperlo todo y cualquiera sabe lo que saldría de ahí. Ellos no quieren cambiar nada, sólo quieren seguir exprimiendo a sus propiedades. Flogging a dead horse. Y sí, el editor es siempre un villano propicio y en este caso difícilmente exculpable. Pero el control editorial ha existido siempre en el comic book americano comercial. Después de tragarme estos 52 mojones como 52 soles rojos, creo que el problema no es sólo ése. Creo que en estos 52 truños hay, además, una impresionante exhibición de falta de talento por parte de los autores. Ahora mismo, en Estados Unidos, hay muchísimos historietistas mejores que los que ha contratado DC. Y eso no pasaba antes.

Explicar esto daría para mucho, pero ya saben nuestros lectores que en Mandorla no somos amigos de extendernos, así que pondré sólo un ejemplo. Batwing es uno de los peores tebeos que he leído en mi vida. No sólo en cuanto a la vulgaridad de los personajes y del argumento, a lo tópico que es todo, sino en cuanto a su ejecución formal. Protagonizado por un sosias negro de Batman, en sus viñetas no aparece ningún elemento de ambientación hasta ¡la página 6!, en la que aparece un autobús (sólo en una viñeta). Todo lo demás en esas 6 primeras páginas son fondos monocromos con figuras, siluetas o (preferiblemente) primeros planos. En la página 7, y gracias a un texto de apoyo, nos enteramos de que la historia está ambientada en el Congo, cosa que hasta ese momento ni siquiera sospechábamos. Como ambientación añadida, tenemos un jeep y la silueta de unas briznas de hierba. En las páginas 8 y 9 también aparecen siluetas de briznas de hierba, y en la página 10 el dibujante se estira y coloca en una esquina la silueta de unas copas de árboles.


Batwing #1, Judd Winick y Ben Oliver

Por fin, en la página 11 (es decir, en la mitad de la historia), aparece el primer decorado de todo el número, que no sabemos muy bien qué es (parecen unas chabolas, tal vez) y que no podremos confirmar en ningún momento porque no volveremos a verlo en las 11 páginas restantes, ni tampoco ningún otro edificio. Todo sucede en un mundo traslúcido, digital. Pero no, es el Congo. Dicen.


Batwing #1, Judd Winick y Ben Oliver

La impresión es que hay gente haciendo cómics sin talento alguno, sin chispa, sin imaginación y sin estímulos. Y también parece que hay gente a la que ya se la ha pasado el arroz, y otros que simplemente trabajan sin ganas, pensando en otras cosas. A los gerifaltes de DC el talento se les va al cine o a sus propias creaciones, y parece que los que se quedan están deseando que llegue el momento de marcharse. Morrison es el tuerto en el país de los ciegos, porque con una mano atada a la espalda sigue siendo mejor que todos los demás inútiles. Se lo han puesto muy fácil.

Con las cuestiones de género, algunas voces han dicho que ya basta, que después de años tolerando los defectos congénitos que arrastran los comic books de superhéroes, esta nueva vuelta de tuerca a los tópicos más rancios en pleno siglo XXI es demasiado, como un toque de corneta para despertarnos del estupor del fan y quitarnos de encima para siempre un viejo vicio. Sospecho que mucha gente va a reaccionar así ante este reinicio, cerrando el grifo que llevaba demasiado tiempo goteando y concentrando sus intereses y su dinero en otros entretenimientos, aunque sean simplemente tebeos de superhéroes antiguos. Creo que éste era el momento de hacer tebeos de superhéroes osados, nuevos, fascinantes, tebeos de superhéroes que tuvieran una oportunidad de conquistar aunque sólo fuera a una de esas personas que no los leía pero que ya sabe lo que es un superhéroe gracias a Hollywood, y está dispuesto a aceptarlo. En su lugar, DC ha preferido entregarnos este montón de refritos de los mismos tópicos vergonzosos de toda la vida, un catálogo de estampitas herméticas para los últimos y fatigados fieles de un culto que ya sólo es liturgia sin alma.

Sospecho que estos 52 números 1 que me he comprado y leído serán recordados como tebeos históricos. En el futuro, cuando se escriban las crónicas de cómo acabó este negocio, se los señalará como un hito. Alguien preguntará: «¿Y el fin? ¿Cuándo llegó el fin?» Y alguien responderá: «¿El fin? Déjame que te hable del reboot DC».

domingo, 7 de agosto de 2011

JLA


JLA

Grant Morrison y Howard Porter/John Dell

DC Comics

El título que más vende de DC en estos momentos, por encima del cinematográfico Batman y del renovadísimo Superman, a las puertas de entrar en el lucrativo Top 10 (según el oráculo Wizard), dejando atrás a mutantes y arácnidos marvelianos y a primeros espadas de Image como Gen 13, y aquí en la Iberia sin enterarnos de nada. Mientras nuestros hermanos de México acaban con la sequía (véanse News en este mismo U), bueno será que vayamos comentando lo que se cuece en la más veterana casa superheroica y cómo la baqueteada Liga de la Justicia de América es de pronto lo más emocionante del mercado yanqui.

Curioso (y aleccionador, probablemente) es que el guionista de esta encarnación de la Liga, Grant Morrison, que se ha ganado a pulso una reputación de heterodoxo desde sus Animal Man y Doom Patrol de hace una década hasta sus Flex Mentallo e Invisibles de ahora mismo, haya conseguido por fin el éxito masivo con la serie más convencional que ha escrito en toda su vida. La palabra convencional, por cierto, es clave para entender todo el entramado sobre el que se aguanta JLA, que explota el atractivo de lo establecido, de las cosas hechas a la vieja usanza y como dios manda, de las historias contadas con un solo propósito, sin dobleces ni ironías. Por eso probablemente tiene encandilados a un montón de chavales ansiosos de llevarse a los ojos un tebeo de superhéroes de una pieza, de la misma manera que habrá arrastrado a un grupo de lectores convencidos de que si lo escribe Morrison tiene que encerrar algún ocurrente y astutamente disimulado mecanismo de deconstrucción posmoderna. Pues me temo que no, amiguitos. Sospecho más bien que Morrison, como cualquier hijo de vecino, quería en primer lugar ganarse unos cuartos más de los que habrá podido amasar hasta ahora, con tantas páginas ya emborronadas, y en segundo lugar, necesitaba exudar la cantidad de lecturas superheroicas que parece haber absorbido y que le rebosan por las orejas.

Para relanzar al supergrupo santo y seña de DC, pues, se ha decidido hacer las cosas bien, sin reparar en gastos, empezando por la alineación, que es la original que presentaba la Liga hace ya casi cuarenta años: Superman, Batman, Flash, Linterna Verde, Wonder Woman, Aquaman, Detective Marciano y, a las primeras de cambio, la incorporación de Flecha Verde. Un equipo como éste, obviamente, sólo puede funcionar a gran escala, implicándose en amenazas descomunales que, como mínimo, pongan en peligro el destino de todo el planeta, el futuro de la humanidad y la Vía Láctea y el inicio de la temporada de fútbol profesional. Para cualquier otra cosa sería ridículo llamar a un puñado de tipos con semejante pedigrí y que responden a un nombre tan escandalosamente desfasado como la Liga de la Justicia de América sin abochornarse un pelo. Morrison se pone a la altura y no siente ninguna vergüenza de jugar a lo grande, echando mano de decorados y efectos especiales a mansalva: los marcianos invaden la Tierra, los ángeles del cielo se pelean en nuestro mundo mientras la Luna se cae, un supervillano intenta hacerse el amo de todo lo que existe superando las últimas barreras del universo... amenazas a las que la JLA replica con la confianza y la determinación que hacían creíble a John Wayne quitándose de encima legiones de malnacidos como quien espanta moscas con la mano. La JLA es la alianza de los héroes más poderosos del mundo, así que ¡pobre del que se cruce en su camino! Virtud de Morrison es entender no sólo la esencia del conjunto, sino la de cada uno de sus icónicos miembros, todos ellos cargados de historia y de significado y perfectamente retratados con una fugacidad llena de precisión: Superman es el símbolo, el representante de puertas afuera, y su liderazgo lo complementa Batman, el que organiza estrategias y da soluciones en la sombra, su falta de poderes compensada por una supereficiencia pasmosa; Flash y Linterna Verde son la pareja cómica, los jovenzuelos que aportan chispa y vida; Aquaman y Wonder Woman confirman que, cuando los otros están presentes, ellos sólo pueden aspirar a segundones; el Detective Marciano es un Superman sin carisma público y algo tristón y solitario. Manejar un reparto tan grande (y además integrado por personajes que llevan su propia vida en sus propias series, así que aquí sólo pueden vivir aventuras) es tarea delicada, que Morrison solventa jerarquizando las relaciones mediante las tres parejas y el individuo-comodín que he mencionado. No es casualidad que el Detective Marciano sea el único sin cabecera personal. El lector de JLA ya conoce (y bien, probablemente) a todos y cada uno de los personajes por su experiencia previa, así que la caracterización huye sabiamente de prolijas presentaciones para subrayar los rasgos, a veces inesperados, de la personalidad de estas estrellas del superheroísmo con los que el autor prefiere jugar. Unos diálogos francamente divertidos cuando hace falta (no te puedes tomar en serio todo el rato un tebeo como éste) contrastan maravillosamente con los momentos más épicos, esos de la viñeta a toda página con Superman enganchado a un Ángel del Señor en medio de una ciudad arrasada y semejantes. Cada escena está primorosamente planteada, aunque la relación entre unas y otras escenas a veces resulta un tanto brusca. O bien el guionista tiene más facilidad para el detalle que para los grandes esquemas (que es lo que yo sospecho) o simplemente hace un uso muy sui generis de la elipsis.

A Morrison no le importa volver a contarnos historias que pertenecen al capítulo de los lugares comunes para cualquier aficionado al tebeo de superhéroes (¿y qué otro lector se va a comprar JLA?). ¿Hay algo más sobado que el argumento de los «salvadores del mundo» extraterrestres que en realidad son enemigos camuflados? En la primera saga, la Liga entera es capturada por un puñado de supercriminales con poderes equivalentes a los de Superman (y más variados aún) cada uno de ellos. Únicamente Batman, que es «sólo un hombre», sigue libre, y por supuesto que el adusto Señor de la Noche se basta y se sobra para sojuzgar sigilosa y contundentemente a la pandilla de supermalvados, en un episodio que respira el mismo aire que aquel mítico «Lobezno solo» de Claremont y Byrne hace ya un montón de años. Posteriormente, la Llave (sí, hay un malo que se llama así, ¿qué pasa?) atrapa a todo el grupo en sus propios sueños, proyectados en un mundo imaginario, utilizando una estratagema que recuerda poderosamente a la legendaria historia de Superman «El hombre que lo tenía todo», de Alan Moore y Dave Gibbons. Pero, ¿cómo escapa de esta trampa la Liga? Gracias a la intervención de su más reciente y menospreciado miembros, el arquero Flecha Verde, que finalmente noquea con sus saetas al villano de rango cósmico. En The Avengers 174 (1978, pero el dato lo he tenido que mirar, no se piensen que soy tan friki como para sabérmelo de memoria) el galáctico Coleccionista captura a los poderosos Vengadores. A todos, excepto a Ojo de Halcón (¡el arquero, para los menos duchos en superherología!), que acaba tumbando al malhechor con sus rudimentarias armas.

Pero nada de esto importa, porque Morrison es el primero que parece plenamente consciente de lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, y esa convicción insufla vida al tebeo y restaura con efectividad parte del aura mágica que siempre debería desprender este género. Quizás el amable lector pueda deducir de mis palabras que JLA son sólo textos, pero no, también está dibujada, y la aportación de Howard Porter (al menos hasta el número 7, tras el que le sustituye Óscar Jiménez, esperemos que de manera provisional) no puede ser más ajustada al tono de la colección, con un estilo que es vulgar a la vez que grandioso. Supongo que los editores pensarían que ya que los héroes son clásicos, equilibrarían poniendo un dibujante de hechuras modernas, lo cual no les voy a discutir mientras Porter siga dibujando a Batman con los viejos tebeos de Michael Golden abiertos encima del tablero.

De despedida, una advertencia. Ojito con el especial JLA/WildC.A.T.S.: es ilegible.

Publicado originalmente en U #6 (septiembre de 1997), con el nombre de Trajano Bermúdez. Me ha parecido oportuno rescatar esta vieja reseña de la JLA de Grant Morrison y Howard Porter/John Dell para complementar la lectura de Supergods.

viernes, 5 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 4: SUPERGODS


Para el cuarto y último libro de esta serie de posts voy a hacer trampa. Dije que comentaría cuatro novelas de superhéroes y Supergods (2011), de Grant Morrison, no es una novela. Es una especie de memoria superheroica de un fan convertido en guionista que ha convivido siempre con los superhéroes y cuya vida personal y carrera profesional ha estado determinada por estos. Pero la trampa es legítima, porque para Morrison los superhéroes son reales y las barreras entre realidad y ficción son porosas, de modo que escribir sobre la una es practicar la otra. Es decir, para Morrison unas memorias son una novela tanto como una novela son unas memorias.

El primer tercio de Supergods recuerda en gran medida a The Great Comic Book Heroes (1965), de Jules Feiffer, quizás el primer libro importante sobre los superhéroes escrito por un autor de cómics. Al igual que Feiffer, Morrison comenta los personajes más importantes de los orígenes del comic book, escribiendo una especie de historia interpretativa que tiene sus mejores momentos, tal vez, en la recuperación de personajes como el Capitán Marvel, portador del relámpago original místico de la creación superheroica. Sin embargo, estos primeros capítulos decepcionan por la obviedad de las opiniones de Morrison sobre los primeros años de Superman, Batman y demás. De alguien con fama de visionario uno esperaría ideas revolucionarias sobre los personajes que forjaron la mitología heroica, pero el texto de Morrison casi parece un aplicado refundido de las historias convencionales más populares de los últimos años, con Les Daniels a la cabeza. Un poco rutinario y desapegado, tal vez una introducción aceptable para el neófito, pero poco interesante para el lector especializado. Falta una visión personal que se hace más presente en las páginas dedicadas al Superman de la Silver Age editado por Mort Weisinger, el cual le sirvió de modelo para All Star Superman y, obviamente, es una de sus grandes influencias. También tiene interés en esta parte del libro el catálogo de referencias concretas que sirven para trazar el mapa de la obra posterior de Morrison. Por ejemplo, cómo descubrió el guionista escocés que se podía romper la cuarta pared en una historia de Flash de 1966 que es el modelo más directo para el final de su célebre etapa de Animal Man, o cómo la idea de que los superhéroes se pueden traspasar de la imaginación a la realidad para modificar el mundo ya aparece en la conclusión de la Saga Kree-Skrull de Roy Thomas y Neal Adams en Los Vengadores. También reivindica a guionistas de los setenta que son claramente sus maestros remotos: Steve Englehart, Don McGregor, Steve Gerber. Éste último, sobre todo, escribió los prototipos de Doom Patrol y Los Invisibles.

En 1978, Morrison descubre el punk y Supergods empieza a parecer de verdad una autobiografía. Con los inicios de la carrera profesional del autor, el libro gana en interés, en viveza y en inmediatez. Nos habla de cosas vividas de primera mano y sus opiniones son más lúcidas y reveladoras. Vemos a través de sus ojos el clima comiquero de la Gran Bretaña de los 80 que sirvió de caldo de cultivo para la Invasión Británica del comic book americano a finales de esa década. El análisis de Watchmen es espectacular, pero en él se revela ya un rasgo que irá acentuándose a medida que avance la historia: cierta obsesión de Morrison por quedar por encima de todos. Al mismo tiempo que exalta las virtudes de Watchmen, al criticarlas Morrison nos está diciendo que su obra mejora a la de Moore situándose en un plano superior, que llega a sitios a donde el formalismo riguroso y un poco de juguete de Moore y Gibbons no era capaz de llegar. Más adelante, se repetirán episodios de tenor semejante. Mark Millar, por ejemplo, aparece como un fan locamente admirador a quien Morrison introdujo de la mano en el mundillo del comic book profesional, a quien dio sus mejores oportunidades y a quien sugirió todas sus ideas. Al hablar de The Authority, explica que la elección de Mark Millar para continuarla surgió de una conferencia entre Warren Ellis y él mismo, y que fue Morrison quien indicó a Millar de qué manera debía escribir la serie. Posteriormente, según el libro, fue Morrison también quien recomendó a Millar para Ultimates, quien explicó a Millar qué dirección y tono debía tener Ultimates y quien, por fin, escribió como negro alguno de los episodios de Ultimates. Esto último no lo niego, porque si Morrison lo dice tampoco voy a pensar que está mintiendo, pero todo lo demás, incluso aunque fuera verdad, huele a intento desesperado de apropiarse del éxito ajeno, de convencernos de que «son sus ideas» las que nos gustan. Y uno no puede evitar pensar: si tan claro lo tenías, Grant, ¿por qué no lo hiciste tú? Porque si algo es evidente a lo largo de Supergods es que Morrison siempre ha buscado un gran hit, pero solo ha reventado la taquilla con personajes franquicia de primerísimo nivel (Batman, Superman, X-Men, JLA). Esta parcialidad que muestra en el juicio a sus compañeros también se traslada a los patrones: le resulta más fácil criticar a Marvel que a DC, que es la editorial con la que tiene contrato en exclusiva en la actualidad. Al respecto de las cuestiones relativas al trabajo para las grandes editoriales, Paul Gravett tiene un artículo muy interesante en el que critica la actitud de Morrison en Supergods frente a las políticas empresariales.

En parte este efecto de autoenaltecimiento se deriva del modelo histórico que Morrison ha elegido para su relato. De forma sorprendente para un autor de ideas tan absolutamente modernas, Morrison opta por un caduco esquema de historia vasariana, dividida en «edades» en la que la historia del cómic se personifica y adquiere los rasgos de un ser humano que va madurando y pasando de la etapa infantil a la adolescente y la adulta y, por tanto, de plenitud. Es un tipo de historia teleleológica, en el que inevitablemente todo lo anterior existe para converger en lo actual, que es su máxima y más madura expresión, y en el que por tanto Grant Morrison es la cúspide de toda la historia previa de los superhéroes. Lo que Miguel Ángel era para Vasari, Grant Morrison lo es para Grant Morrison. Divino.

Y divino no es una palabra que utilice a la ligera. Por supuesto, lo más interesante de la historia de Grant Morrison como escritor es la historia de Grant Morrison como chamán. A partir de su etapa punk, Morrison empieza a juguetear con la magia del caos y a tantear la hiperrealidad psicodélica. Es decir, la ficción real o la realidad de la ficción, que es, en cierta manera, una versión mística de la continuidad mediante la cual él mismo se introduce en las páginas de Animal Man o traza el plan de su propia vida a través de los episodios de Los Invisibles. El viaje místico de Morrison culmina en el episodio de Katmandú, un contacto extradimensional propiciado por el consumo de drogas que le permite ver la realidad del universo y le hace embarcarse en la misión de transmitir ese mensaje a través de sus tebeos.

Si el episodio de Katmandú le suena a alguien como el típico momento fundacional vivido por el líder de una secta, es que es eso exactamente. Y ésta es la idea final del libro, que los superhéroes son entidades metafóricas que nos permiten mediar con nuestro inconsciente de forma eficaz y colorida. Es decir, es una especie de sistema de deidades cuyo valor es alegórico, pero que carece del valor trascendente de lo religioso. Por tanto, funcionan como herramientas de autoayuda, que es lo que ha intentado poner en práctica Morrison en sus tebeos. Quizás por eso el aficionado al cómic haya sido siempre reacio a la autoayuda, porque Peter Parker ya cumplía esa función en su universo.

Supergods podría haber convertido a Morrison en un nuevo L. Ron Hubbard, pero sorprendente le falta la visión o la decisión para dar ese paso. Desde su mismo título, el libro parece pensado para ser una Dianética basada en los superhéroes, y no se puede negar que es un libro inspiracional. El final, que cierra el círculo de la ficción y la realidad, al explicar que DC le ha encargado el reboot de Superman, el personaje que pone en marcha toda la historia que cuenta el libro, parece otra prueba más de cómo la magia del caos funciona para aquellos que creen en ella. En sus propias palabras: «Las historias de superhéroes me despertaron a mi propio potencial. Me dieron la base de un código ético que todavía sigo. Inspiraron mi creatividad, me dieron dinero, e hicieron posible que convirtiera en una carrera profesional lo que hacía por placer. Me ayudaron a captar y comprender la geometría de las dimensiones superiores y me advirtieron del hecho de que todo es real, especialmente nuestras ficciones. Al ofrecerme modelos de rol cuyo heroísmo y cualidades trascendentes habían ido en el pasado acompañados de halos y túnicas flotantes, alimentaron en mí una sensación de lo cósmico y lo inefable que las pomposas y dogmáticamente estúpidas religiones paternalistas nunca podrían igualar. No necesitaba la fe. Mis dioses eran reales, hechos de papel y luz, y se enrollaban en mi bolsillo como si fueran una dimensión de supercuerdas».

Supergods es un libro irregular, que da la sensación de estar escrito a trompicones, con algunas partes muy apresuradas, con algunos capítulos demasiado obvios para el lector especializado y otros demasiado especializados para el lector general. Como los tebeos de Morrison, tiene ideas geniales dispersas, pero le falta cohesión y ritmo narrativo. Coincido con alguna de las propuestas principales de Supergods. Para mí, los superhéroes también son reales, y lo son también en la dimensión del papel y la tinta, y es por eso que mi concepto de realismo superheroico lo expresa perfectamente Secret Wars. En última instancia, Supergods es un libro sobre superhéroes escrito por uno de los guionistas responsables de uno de los mejores cómics de superhéroes de la última década (All Star Superman) y eso lo convierte en lectura obligatoria para todos los que estamos interesados en el género. Pero pocas veces me ocurre que termine de leer cuatrocientas páginas sobre un autor (y aún más, escritas por ese mismo autor) y al final tenga la sensación de que tiene una categoría menor de la que le atribuía antes de la lectura. Diré más: que incluso personalmente me cae peor que antes de leer el libro. Me quedo con la impresión de que Morrison ha pasado toda su carrera bajo un agudo síndrome del patito feo. Siempre ha querido ser Alan Moore o Neil Gaiman. Ya tiene 50 años, y todavía no lo ha conseguido.

lunes, 1 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 1: SUPERFOLKS


Con esta entrada abro una serie de cuatro que voy a dedicar a novelas protagonizadas por superhéroes. El superhéroe es un personaje peculiar que asociamos íntimamente al cómic y, en los últimos tiempos, al cine. Sin embargo, también ha tenido desarrollos en la literatura, y en los próximos días voy a comentar cuatro de ellos: Superfolks (1977), de Robert Mayer; It's Superman! (2005), de Tom De Haven; Soon I Will Be Invincible (2007), de Austin Grossman; y por último Supergods (2011), de Grant Morrison.

Hoy quiero escribir unas líneas sobre Superfolks, una novela muy peculiar que ocupa un destacado lugar en las sombras del cómic de superhéroes de los 20 últimos años. Superfolks probablemente pasó desapercibida hasta que un joven Grant Morrison la sacó a colación en un intento de hacerse un nombre atacando a alguien más famoso, una vieja táctica que se ha utilizado inmemorialmente para medrar. En el caso de Morrison, Superfolks le sirvió para denunciar que las mejores ideas del entonces estelar Alan Moore estaban directamente plagiadas de dicha novela, y que Miracleman, Watchmen y la historia de Superman «¿Qué fue del Hombre del Mañana?» estaban algo más que inspiradas en la novela de Mayer.

Superfolks es una novela humorística, una parodia de los superhéroes teñida de referencias a la actualidad pop contemporánea y de cierto espíritu post-hippy. Las referencias pop se traducen en una constante riada de citas de personajes, obras y actores famosos en su momento, algunos de los cuales son reconocibles hoy en día (Kojak, Humphrey Bogart, Fred Astaire, Bugs Bunny) y otros resultan esotéricos para un lector actual (¿alguien menor de cuarenta años sabe quién era Spiro Agnew?). La sensación que produce el torrente referencial es parecida a la que produce asomarse a cualquier semanario de humor satírico de tiempos pasados. Miremos un ejemplar de El Jueves de 1981 y nos sentiremos transportados a otro mundo, levemente parecido al nuestro, pero al mismo tiempo levemente distinto. Algo parecido ocurre en Superfolks.

Lo cual no deja de ser apropiado, ya que el mundo de Superfolks es, como el de Watchmen, un mundo muy parecido al mundo real, salvo por un pequeño detalle: los superhéroes.

Como decía, la intención declarada de la novela es paródica. Está escrita con buen humor y mala leche, y con esa saludable irreverencia hacia los mitos propia de los años 70 que se podía encontrar en tantos productos culturales de masas de la época, desde los tebeos de Steve Gerber hasta las películas de Hal Ashby. Y Superfolks es realmente graciosa. Está escrita con muy buen estilo, con mucha agilidad, y le sobra el ingenio. El (anónimo) superhéroe protagonista, un sosias de Superman, no puede evitar comportarse como un superhéroe canónico (es decir, como un superhéroe de tebeo) cuando lleva puesto su traje superheroico. Así, cuando va de superhéroe, no puede lanzar palabrotas. Las piensa. Piensa «¡Me cago en la hostia puta!», pero cuando abre la boca lo que sale de ella es «¡Vaca sagrada!» Vestido con el traje, tampoco puede mantener relaciones sexuales: es incapaz de conseguir una erección que no le supone ningún problema cuando está en su identidad secreta, David Brinkley. Y tampoco puede usar sus superpoderes para fines innobles o para el lucro propio, o es castigado por ello. Así, por ejemplo, si utiliza su visión de rayos-X para ver desnudas a sus compañeras de clase, a continuación sufre un resbalón, un tropezón o cualquier otro accidente que le propina un golpe violento. En su anuario del instituto, su foto va acompañada del lema «El chico más torpe del instituto».

Mayer toma a un estereotipo de personaje basado en el Superman de George Reeves y el Batman de Adam West y lo somete a un mundo donde existe la sexualidad, la vejez, la ambigüedad, la política, las facturas. El tono es paródico, sí, y como decía, con ese aire sarcástico propio de los setenta. Pero al mismo tiempo, en ocasiones es sorprendentemente épico, y hasta cósmico. En ocasiones, uno tiene la sensación de que Mayer entiende la esencia de los superhéroes en serio mejor de lo que la había entendido nadie en 1977. Su Superfolks abre puertas que los superhéroes del cómic tardarían una década en empezar a atravesar. Cuando el villano de la historia clama: «Bromista Cósmico, y una mierda. Estoy harto de hacer de payaso. Llámalo la Liberación del Bufón. A partir de ahora habrá muerte, destrucción, plagas. Puede que incluso alimañas o ranas. Yo soy Dios, y seré adorado como Él. Soy adorado como Él», y el héroe le contesta: «No, en la Tierra no lo eres», y él se despide con «Dales tiempo, dales tiempo», parece que Mayer esté anticipando con una clarividencia extrema lo que han sido los tebeos de superhéroes desde 1977 hasta nuestros días.

Pero claro, esa anticipación se podría considerar en realidad una influencia, y una influencia no directa, sino indirecta, mediada, obviamente, por el Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons (y añadamos, como Morrison proponía, Miracleman y el Superman de «¿Qué fue del hombre del mañana?»). ¿Copió Alan Moore a Robert Mayer para construir las obras que elevaron su fama en el mundo del cómic? Bueno, el superhéroe protagonista de Superfolks es un cuarentón retirado que vive con su mujer y sus hijos. Ha ido perdiendo los poderes progresivamente, y el resto de los superhéroes han ido desapareciendo a lo largo de los últimos años, bien proscritos por el gobierno, bien muertos en accidentes o en acción. Hay problemas de erección relacionados con el uso del traje superheroico. Hay personajes salidos del panteón clásico e inocente de los superhéroes tradicionales que se reinterpretan llenos de furia, violencia y realismo, como nunca se había visto antes en otro medio. Hay una subtrama política de fondo en la que la resolución de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos depende del papel estratégico del superhombre más poderoso del mundo. Hay una trama policíaca de asesinato relacionada con los bajos fondos y los garitos del hampa que, finalmente, está también relacionada con la gran trama política de la Guerra Fría. Hay un héroe de poder cósmico que debe decidir si su lugar está entre las estrellas, como un superhombre y un nuevo dios, o entre los humanos, junto a sus seres queridos y mortales. Hay, en resumidas cuentas, muchísimos detalles, ideas, personajes y argumentos que, cuando uno los lee hoy en día, le recuerdan continuamente a detalles, ideas, personajes y argumentos de las obras citadas de Alan Moore.

Pero los argumentos son lo de menos. Al fin y al cabo, la ficción es muchas veces la combinación de un número de piezas que, finalmente, son limitadas. El propio Mayer lo toma todo de prestado para su novela. Lo importante es la visión, la originalidad con la que se combinan, la personalidad propia de cada jugador cuando juega el juego. Y ahí, en la visión, que creo que es realmente lo que hizo que Watchmen cambiara la historia del cómic de superhéroes, ahí es donde sí creo que todo lo importante de Watchmen, Miracleman y «¿Qué fue del Hombre del Mañana?» está ya en Superfolks.

La novela de Mayer tiene exactamente el tipo de visión reveladora y postmoderna que hará famoso posteriormente a Moore, y sabe perfectamente cómo aplicarla a un mito popular como los superhéroes que hasta ese momento, recordémoslo, solo había estado dirigido a los niños y los adolescentes. Mayer muestra cómo reubicar a esos personajes en el mundo real, cómo dotarlos de sexualidad y psicología, y cómo involucrarlos en cuestiones políticas que hasta ese momento habían sido completamente ajenas a unos personajes totalmente sometidos a la lógica de las series de tebeos infantiles. Mayer demuestra, en resumidas cuentas, cómo hacer novela con los superhéroes. Moore lo que hace es trasladar esa visión de la novela a la novela gráfica.

Dave Gibbons decía que una de las grandes influencias sobre Watchmen había sido «Superduperman!», la parodia de Superman que Harvey Kurtzman y Wally Wood realizaran en Mad nº 4 (1953). Superfolks es el puente que une «Superduperman!» con Watchmen. ¿Cómo reírnos de los superhéroes y a la vez tomárnoslos más en serio que nunca? ¿Cómo deconstruirlos por completo y a la vez darles un sentido nuevo para una nueva era adulta? Para quien se ha criado como lector a la sombra de Moore, Superfolks llega como una revelación.

Pero, dejando atrás el tema Alan Moore (sin cuya intervención, sin duda, Superfolks no habría sido reeditado nunca y hoy en día estaría más completamente olvidado de lo que ya lo está), hay algo que me interesa observar en estos cuatro libros que voy a comentar. Dado que la literatura es uno de los depósitos privilegiados de la alta cultura en occidente, y dado que han sido muy escasas las ocasiones en las que ha aceptado a los superhéroes entre sus personajes, me interesa observar estos libros como indicadores de la penetración cultural de los superhéroes en la sociedad en un momento dado. Es decir, ¿qué nos dice una novela como Superfolks del papel de los superhéroes en la sociedad en 1977? El anónimo seudo-Superman protagonista se mezcla en sus andanzas con personajes como el Llanero Solitario, Batman y Robin, Wonder Woman, Snoopy y Peter Pan. Todos conviven en el mismo orden ontológico: todos son mitos pop y no se diferencia entre sus respectivos universos. Son figuras de carácter general que pertenecen al reino de las creaciones ficticias que usamos habitualmente en periódicos, revistas, televisión, cine, radio, productos de consumo. Y también cómics, claro, aunque probablemente el público adulto al que va dirigido Superfolks ya no lee cómics. Podemos pensar entonces que Mayer tiene en mente a un lector capaz de interpretar al superhéroe como un personaje pintoresco, extravagante y (obviamente) ridiculizable en cuanto nos lo tomamos en serio, pero a la vez capaz de exponer algunas revelaciones interesantes sobre nuestra propia forma de ser, pues al tomárnoslo en serio pasa a adquirir la potencia simbólica de otros elementos comunes de nuestra sociedad de consumo. Es ahí, en ese espectro donde se confunde con otros iconos, logotipos y personajes procedentes de ámbitos distintos del superheroico, donde Superfolks ubica al superhéroe en la conciencia colectiva a la altura de 1977. Es un personaje con el que el lector tiene cierta familiaridad, pero no excesiva cercanía. Es un personaje en los márgenes de la cultura. Una curiosidad.

Superfolks es, aparte de todo lo dicho, mucho más que una curiosidad. Es una novela divertida y absorbente, que se lee con avidez desde el principio al final. Es, también, un tipo de literatura que creo que no se suele practicar en España: pulp y entretenida, pero al mismo tiempo de autor. Tal vez eso explique por qué está inédita en España. O quizás debería decir: por qué sigue inexplicablemente inédita en España.

martes, 6 de julio de 2010

BATMAN (SIN ROBIN)



Hace poco hablábamos aquí de Batman y Robin, la nueva serie de Grant Morrison y Frank Quitely. Y efectivamente, tal y como suponía en esa entrada, acaba de empezar a publicarse en España de la mano de Planeta-DeAgostini. Me ha sorprendido que se presente en el número 35 de la serie mensual de Batman, sin distinguirla del resto de la producción del murciélago, cuando en EE UU se lanzó con todos los honores de un gran estreno, inicianod su propia numeración. Pero bueno, para eso tienen departamentos de markéting las grandes editoriales, sin duda ellos conocerán mejor su mercado y su público. Aún más que eso me ha llamado la atención la «adaptación» del batlogo a la edición española. No me cabe duda de que es uno de los detalles más cuidados de la colección americana, y creo que ver la portada con un logo o con otro cambia bastante el efecto que buscaban los autores (ya mencionamos la «vuelta al espíritu de los 50-60»), por no hablar de cómo cambia la composición al redistribuir todos los textos en lugares distintos de los que ocupaban en el original. Como decía, detallitos...

jueves, 1 de julio de 2010

(BAT) PADRES Y (BAT) HIJOS



Ahora, Batman es Dick Grayson y Robin es el hijo de Batman. Y ambos tienen que aprender a ser el nuevo Dúo Dinámico bajo la alargada sombra de su predecesor, Bruce Wayne. Todo lo viejo vuelve a ser nuevo en las aventuras impredecibles de Batman II y Robin II, imaginadas por Alfred Pennyworth para pasar los ratos libres.

Sí, ya sabemos que Grant Morrison es un fanático del Batman de los 50-60 (al igual que del Superman; al fin y al cabo, uno liga el sense of wonder con los tebeos que se lo provocaron, y estos son indefectiblemente los que leyó de niño), y también la nueva serie Batman y Robin que ha lanzado junto con Frank Quitely tiene su antecedente en esa época. Fueron seis las historias que narraban las aventuras de la segunda pareja de cruzados enmascarados, y se publicaron originalmente entre 1960 (Batman 131) y 1963 (Batman 163), todas dibujadas por mi adorado Sheldon Moldoff (menos la última, de Chic Stone) y todas escritas por Bill Finger (o por ese ignorado guionista que es «Unknown»). Ahora se han recopilado en un segundo volumen de DC's Greatest Imaginary Stories consagrado completamente a Batman y Robin. (El primero, que se publicó en 2005, es un verdadero tesoro de historias de Superman, Capitán Marvel, Jimmy Olsen, Flash, el propio Batman y otros).

De todas estas historias, sólo recuerdo haber leído la primera, en uno de aquellos «Libros-cómic» de editorial Novaro con tapas de cartón y deshojados que hace treinta años parecían de un lujo colosal. Allí no sólo descubrí a un Batman envejecido mucho antes de verlo en el Dark Knight de Miller, sino que me encontré con el insólito concepto de las generaciones superheroicas y del paso del tiempo en los tebeos. Como muy bien explica ya en su clásico texto sobre «El mito de Superman» Umberto Eco, en estos cómics «entra en crisis un concepto del tiempo», y las historias imaginarias servían para satisfacer precisamente esa necesidad de la introducción del tiempo; por eso, gracias a ellas, «ha sido posible hallar continuamente nuevos estímulos narrativos y se ha logrado satisfacer las exigencias "novelescas"». O dicho de otro modo, en un esquema narrativo basado en la repetición incesante de una fórmula cíclica, las historias imaginarias abrían la puerta a acontecimientos inimaginables en los cómics habituales, acontecimientos que sólo se podían producir con la licencia compartida con el lector de que aquello en realidad no está pasando (¿en contraposición a las otras historias que sí han pasado?). Así, Batman podía casarse, retirarse o tener hijos. Así, se podía llegar incluso a la última frontera: la muerte.

En la era de los cómics higiénicamente castrados, las historias imaginarias concentraban toda la pasión y el horror que no se permitía aflorar en las demás aventuras.

El tomo se abre con una historia que no pertenece al ciclo de Batman II y Robin II pero que le sirve de preámbulo. Es un relato («The Marriage of Batman and Batwoman», Batman 122, 1959, Bill Finger, Sheldon Moldoff y Ray Burnley) donde Robin imagina (horrorizado) qué pasaría si Bruce Wayne se casara con Kathy Kane (Batwoman). Obsérvese que no digo Batman y Batwoman. Es Bruce quien conquista a Kathy y se casa con ella sin revelarle su verdadera identidad. Esto provoca algunas escenas de comedia doméstica, cuando Wayne y Dick Grayson se tienen que inventar excusas para abandonar la cena familiar y acudir a la llamada de la Batseñal sin que la señora de la casa se entere del verdadero motivo de su repentina ausencia. Por supuesto, ella no tarda en seguir sus pasos (sin saberlo) vistiéndose con el uniforme amarillo y rojo de la Mujer Murciélago. Cuando Batman por fin revela su secreto a su esposa (él sí sabía desde el principio quién era ella), la reacción de Batwoman es de júbilo: «Oh, querido, ¡soy la mujer más afortunada del mundo! Imagínate: ¡Batman es mi marido!»

Por supuesto, Robin, con su imaginación de muchacho -la misma que la de sus lectores-, sabe perfectamente que introducir a una mujer en el mundo perfecto que comparte con Batman sólo puede conducir al desastre, y así sucede cuando, finalmente, la esposa patosa acude a ayudar a su marido y su ahijado -en contra de las advertencias de su esposo, que le había insistido en que Robin y él no necesitaban ayuda- y es desenmascarada en el fragor de la batalla. Como todo el mundo sabe que Kathy Kane está casada con Bruce Wayne y como Batwoman ha llamado «querido» a Batman, no hace falta ser el mejor detective del mundo para deducir que Batman es Bruce Wayne. ¡El desastre provocado por la torpeza femenina!


«The Second Batman and Robin Team» (Batman 131, 1960; Bill Finger y Sheldon Moldoff) nace de la más madura (supuestamente) imaginación de Alfred, que se dedica a escribir relatos con los que pasar el tiempo muerto en la mansión Wayne. En estos cuentos, Alfred imagina un futuro en el que Bruce y Kathy se casaron y tuvieron un hijo, Bruce Wayne Jr., que hereda el manto de Robin al mismo tiempo que Dick Grayson, ya mayor, adopta la identidad del nuevo Batman. La sucesión no es secreta. Si algo me llamaba la atención de niño (y lo sigue haciendo hoy) es cómo los nuevos Batman y Robin manifiestan icónicamente su identidad con dos hermosos numerales romanos amarillos en el torso. Siempre imaginaba que las generaciones de justicieros se sucedieran y así viéramos una interminable serie de Batmanes con "III", "IV", "V" y hasta "XXVII" grabado bajo el murciélago negro del pecho.

Batman, aunque retirado, mantiene cierta actividad, lo que da lugar a dibujos tan curiosos como éste, en el que aparece vestido con traje y con su capucha característica, porque vuelve de un acto de homenaje de tantos que está recibiendo ahora que se ha jubilado. En realidad, parece un luchador mexicano:


La saga de Batman II y Robin II concluye con la inevitable aparición de Batgirl II y Batwoman II, que en gran medida cierra el círculo, pues Batwoman II (Betty, la sobrina de Kathy y antigua Batgirl) por supuesto se enamora de Batman II (Dick), incluso sin saber cuál es su identidad secreta. Una vez más, la revelación final es recibida con satisfacción, pues los dos hombres que ocupaban el corazón de Betty resultan ser el mismo. La consecuencia de este encuentro es fácil de imaginar: Dick y Betty se casarán y se retirarán de la lucha contra el crimen, y tendrán un hijo que crecerá para convertirse en el Robin III que acompañe a Bruce Wayne Jr. cuando éste se convierta en Batman III. No hacía falta continuar con este ciclo, ya estaba todo contado.

El volumen incluye alguna historia más, alejada de esta saga. La primera es probablemente la más interesante, aunque sólo sea por su extravagante punto de partida. «The Clash of Cape and Cowl!» (World's Finest Comics 153, 1965; Cary Bates-Edmond Hamilton; Curt Swan-George Klein) imagina que el padre de Bruce Wayne no murió víctima de un ladrón callejero, sino de Superboy, que le mató para arrebatarle un antídoto contra la kryptonita. O al menos, eso es lo que cree el joven Bruce Wayne, que se convierte en Batman jurando venganza contra el asesino de su padre. El Batman que protagoniza esta historia es, a pesar de los blandos dibujos de Swan, uno de los Batmanes más obsesionados y desquiciados que he visto nunca. Cuando Robin descubre su motivación final de acabar con la vida del Hombre de Acero y se muestra horrorizado, Batman le abofetea y zarandea... ¡y le llama mocoso!


Y luego, sin pensárselo mucho, le somete a un tratamiento hipnótico de lavado de cerebro para que olvide todo lo relativo a Robin y a él mismo. En el intervalo entre una viñeta y otra lo devuelve al orfanato y se libra de él para siempre. Robin y Dick Grayson no vuelven a asomar por la historia, aunque sería curioso imaginar su vida, llena tal vez de presentimientos y recuerdos oscuros de aquella vida maravilloso de aventurero que llevó en otro tiempo, y que cree que sólo ha soñado. Mientras tanto, «Batman emprende su campaña de venganza... ¡solo!»


Para vengarse de Superman, una de las primeras cosas que hay que hacer es, por supuesto, averiguar su identidad secreta, y eso supone internarse en su Fortaleza de la Soledad, donde Batman descubre que Superman tiene una habitación dedicada al culto a sí mismo, o al menos a su efigie como Clark Kent, con una estatua del periodista del Daily Planet incluida. En parte es como un eco de la realeza de antaño (¿acaso Superman no es un déspota ilustrado?) que decoraba sus palacios con sus propios retratos, en pintura y escultura; y en parte es el tipo de razonamiento -¡Superman es fan de sí mismo!- que a un niño le puede parecer lógico pero que a los adultos, cuarenta y cinco años después, nos resulta como mínimo tétrico y buen material de partida para una historia deconstructiva de algún guionista británico.

No desvelaré el final -absolutamente apocalíptico, por supuesto- porque un spoiler es un spoiler, incluso medio siglo después, y porque todavía quiero comentar algo de la historia siguiente incluida en el volumen, «The Bride of Batman!» (Superman's Girl Friend Lois Lane 89, 1969; Leo Dorfman y Curt Swan-Mike Esposito), donde la idea es que, ya que Superman no hace ni puñetero caso a Lois, ésta se harta y se fija en Bruce Wayne. Por supuesto, este amor nace del interés que pone el propio Bruce en alentarlo, ya que lleva mucho tiempo adorando en secreto a Lois. Y cuando digo «adorando en secreto» no lo digo por decir. Robin se pregunta qué hay en la misteriosa habitación oculta bajo una puerta reforzada en la Batcueva a la que Bruce se retira sin dar explicaciones cada cierto tiempo. Bueno, lo que hay es una capilla dedicada al culto a Lois Lane.


Sí, hoy nos parece propio de un psicópata, pero al fin y al cabo, en aquellos tiempos debía de ser más normal de lo que nos pensamos, porque cuando Batman le cuenta a Superman que se va a casar con Lois y que si eso le plantea algún problema, éste le dice que ninguno, pero se vuelve volando a su Fortaleza de la Soledad y se desahoga destrozando algunas de las muchas estatuas de Lois Lane que tiene en su propia habitación secreta de la obsesión.


Evidentemente, estos héroes no han tenido nunca que compartir piso como Peter Parker.

Bruce Wayne, juguetón que es él, vuelve a comportarse como en el caso de su imaginario matrimonio con Kathy Kane. Es decir, no le revela su identidad secreta a su esposa hasta después de que se hayan casado. Y una vez más, la reacción de Lois no es de vergüenza por haberse casado con un mentiroso o de horror al saber que su marido no es un alegre multimillonario que le va a dar una vida muelle, sino un tarado que se dedica a pegar a criminales por las noches y que cualquier día amanecerá en un callejón con una bala metida en la nuca, sino de alegría incontenible: «¡Ja ja! ¡Es el mejor regalo de bodas que ninguna esposa ha recibido nunca!»

Por supuesto, todo esto es comprensible en un mundo en el que Bruce Wayne viste cuello alto y medallón hippie y Lois Lane minifalda. Así es como los jerifaltes de DC pensaban que estaban actualizando para los tiempos modernos a sus vetustos héroes de siempre. Algún día tendremos que hablar de los Teen Titans originales...


El tomo se cierra con una historia de Batman 300 a cargo de David V. Reed y Walt Simonson-Dick Giordano sobre la cual lo mejor será no decir nada.


Este libro de Imaginary Stories de Batman lo he leído seguido del primer volumen recopilatorio de Batman & Robin de Grant Morrison, Frank Quitely y Philip Tan, «Batman Reborn», que si no me equivoco está publicando ahora mismo Planeta-DeAgostini en España en tebeos de grapa. Supongo que no es casualidad que haya salido este recopilatorio de Imaginary Tales al mismo tiempo que el primer tomo del «nuevo» Batman, ya que, como decía antes, Morrison ha estado utilizando los años 50 y 60 como modelo para su etapa del murciélago (en la saga anterior, la de la muerte de Batman, recurría a un par de mis historias favoritas, la de «Robin Dies at Dawn» y la tantas veces leída en las ediciones de Novaro del Batman rojo y morado) y, al fin y al cabo, su Batman y Robin son Dick Grayson y el hijo de Batman, como en la saga de Batman II y Robin II.

Morrison se ha convertido un poco en la última esperanza de los lectores de cómics de superhéroes de siempre que ya no somos exclusivamente lectores de superhéroes, ni siquiera coleccionistas, pero que todavía querríamos leer algún tebeo de superhéroes (contemporáneo, se entiende) de vez en cuando. Su All-Star Superman se ha consagrado como uno de los grandes tebeos de superhéroes de los últimos años (tal vez un clásico inmediato) y a mí su etapa anterior en Batman, es decir, los «últimos» meses de vida de Bruce Wayne, me resultó francamente disfrutable. Era un trabajo más bruto que el de Superman, mucho menos fino, pero tal vez más emocional, con una emoción vulgar y deliciosa que reforzaba un puñado de ideas no demasiado pulidas ni consistentes. A este nuevo Batman & Robin, sin embargo, creo que no le pillo el punto. Para empezar, Quitely demuestra que se lo tiene que currar mucho para ser Quitely de verdad, y en este trabajo parece una sombra de sí mismo. Para continuar, me da la impresión de que el comic book de superhéroes está viviendo una crisis de formato bastante gorda. Hace unos meses ya hablé de la impresión que me había producido la lectura de los primeros episodios de esta serie en comic book de grapa: demasiado breves, te dejaban con la sensación no de haber leído una historia, sino de haber leído un fascículo de una historia. Parecía pensado para leerse como tomo. Pero ahora, leído como tomo... tampoco parece que vaya a ningún sitio, y el lujo excesivo de la presentación (libro en tapa dura con sobrecubierta, papel satinado) parece en cierta manera una burla del material pulp descerebrado que ofrece. No se sabe muy bien si esto quiere ser un tebeo o una novela gráfica, o ser todas las cosas a la vez y acabar por no ser ninguna. Algo parecido creo que le ocurre a Morrison, que acude a sus fuentes básicas del Batman pre-New Look (es decir, pre-1964), pero lo inserta en un relato donde la dinámica parece la de la escalada continua: vamos a más, más sangre, más atrocidades, más escalofríos, más brutalidad. El lector ya no es un niño, es un adulto fatigado que quiere leer lo de siempre pero que le impresione como si fuera nuevo. Y eso es lo que hace Morrison: lo de siempre, pero más descabellado, más absurdo, más escatológico. Es un negocio en el que con cada cambio ganas menos: cada escena causa menos impacto, menos efecto, menos sorpresa. Si el truco es subir cada vez un peldaño, resulta muy previsible, porque sabemos que lo pueden subir. Y también sabemos hasta dónde lo pueden subir.

En todo caso, la esperanza la mantengo hasta que pasan dos cosas, que además pasan simultáneamente: aparecen The Red Hood y Philip Tan. Cuando aparece The Red Hood es cuando comprendes que ni siquiera se van a esforzar. Quiero decir que ni siquiera se van a esforzar en plantearnos un nuevo Batman y Robin con unos mínimos visos de atraer a un público nuevo, aunque ese público nuevo seamos lectores viejos que podríamos querer volver. Ni lo van a intentar, ya digo, porque renuncian a todo en el episodio cuatro metiéndonos a un personaje absurdo e imbricado en una complicadísima intrahistoria conocida sólo para seguidores fieles de la franquicia del murciélago y que carece de ningún sentido o relieve por sí mismo como argumento para una historia. Es sólo un personaje que regresa, que está eternamente regresando de un pasado imposible de rastrear y que arrastra consigo el eco de mil subhistorias propias y esotéricas sin las cuales no tiene ningún sentido (y con las cuales me atrevería a decir que tampoco). De pronto, el lector curioso se encuentra con comportamientos indescifrables y diálogos crípticos entre unos personajes que parecen antiguos compañeros de colegio hablando de los viejos tiempos. Y esto, en el número 4, en la segunda historia. Evidentemente, si ellos no van a hacer el esfuerzo, ¿se supone que lo tenemos que hacer los lectores que pagamos?

Aparte, como decía, esto coincide con la aparición de Philip Tan. Y sólo puedo decir que un tebeo dibujado por Philip Tan es intolerable.

Yo quería seguir con esta serie, pero me temo que no me dejan...