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lunes, 10 de junio de 2013

WATCHMEN


WATCHMEN
Alan Moore y Dave Gibbons
Norma

Dice mi parienta que con esta reseña voy a montar polémica porque Watchmen es el tebeo favorito de todos los frikis. Ella sabrá por qué dice lo de los frikis, y yo, desde luego, no me opongo a una sana polémica de vez en cuando. Pero debo confesar que no era ésa mi intención original cuando aproveché la reedición de Norma para abordar la relectura de este fetiche juvenil. Como buen friki, quise recuperar las sensaciones y emociones encendidas que me había producido la primera e indeleble lectura del tebeo, y al final me tuve que conformar con comprender de forma racional y fría que Watchmen estaba diseñado con la mayor perfección para impresionar a un friki de 18 años, ansioso de materiales que renueven y reafirmen una obsesión privada y algo vergonzosa. Watchmen era eso entonces: un tebeo para niños que se hacía adulto al mismo tiempo que sus lectores. La gratificación personal que eso proporcionaba, la posibilidad de no renunciar a los superhéroes en circunstancias vitales que cada vez los hacían más extraños -el trabajo, la universidad, el sexo o sus proximidades- no se puede entender si uno no es un friki, y produce una deuda de gratitud eterna. Yo la conservaré siempre. Pero leer Watchmen quince años después me ha hecho acordarme menos de El Regreso del Señor de la Noche y los tiempos gloriosos del 86 que de los tebeos que Alan Moore hace hoy en día.

Watchmen se parece mucho a Tom Strong, a Promethea, a Supreme, a The League of Extraordinary Gentlemen. Se parece en la obsesión nostálgica y fetichista: la recuperación de motivos infantiles o juveniles, materializada en el reciclaje de viejos personajes a los que apenas se disfraza para jugar con ellos a gusto. Si Supreme es Superman, si Promethea es Wonder Woman y Tom Strong es Doc Savage, los vigilantes de Watchmen son los antiguos héroes de la Charlton, los cuales iban a protagonizar expresamente la serie hasta que dirección editorial de DC lo prohibió porque tenía planes para ellos. El Dr. Manhattan es el Capitán Atom, el Búho Nocturno es Blue Beetle, Rorschach es the Question, el Comendiante es Peacemaker, Espectro de Seda es Nightshade (aunque según Moore, sólo es «una superheroína genérica», lo cual dice poco de su concepto de las mujeres) y Ozimandias es Peter Cannon, Thunderbolt. Este truco siempre le ha dado buen rendimiento creativo a Moore: le permite explotar la identificación instantánea del lector con modelos que reconoce instintivamente y al mismo tiempo puede jugar con los personajes de una forma que le estaría vedada si fueran los originales. Le ahorra mucho trabajo y le da más libertad que a cualquier guionista que tenga que apechugar con el episodio mensual de JLA o Vengadores. Watchmen también se parece a los tebeos actuales de Moore en su obsesiva e irónica revisión de la historia del comic book, en la cual parece querer desentrañar alguna clave oculta, quién sabe si de carácter mágico o meramente nostálgico. Las constantes recreaciones de las distintas edades y estilos de la historia del cómic tan presentes en Tom Strong o Supreme, son también uno de los sustratos de Watchmen (véase de forma obvia el capítulo II). El juego le lleva a imaginar que en un mundo donde existen los superhéroes, el público consume otro tipo de tebeos, aplicando así la premisa de partida de Watchmen -el realismo- a una historia ficticia del medio, que es idéntica a la verdadera hasta los años 50. La aparición pública del Dr. Manhattan en 1960 -no casualmente, el año que vio debutar a la Liga de la Justicia de América y que confirmó la llegada de una Edad de Plata del cómic americano a hombros de los superhéroes- modifica el mundo en todas sus facetas, pero Moore dedica una atención especial a ese efecto secundario que tiene sobre la industria editorial. Nos dice claramente que el público de los tebeos quiere leer siempre sobre lo que no existe, quiere evadirse. Si los superhéroes son reales, preferirá leer sobre piratas, por ejemplo. De ahí nace la historieta «Encallados», un tebeo dentro del tebeo, recurso que Moore repite constantemente en sus títulos más recientes, así como otras piruetas metalingüísticas también presentes en Watchmen, principalmente, los textos añadidos al final del cuadernillo.

Obviamente, no son esos textos añadidos y esas historietas insertas los recursos que más fama dieron a Watchmen. Al fin y al cabo, ¿quién se lee de verdad los peritajes sobre el impacto de Manhattan, los artículos del Búho sobre ornitología o los folletos de Ozimandias? ¿Cuántos no se saltan directamente las viñetas de la historia de piratas a medida que ésta cada vez interfiere más en el avance de una trama que se precipita hacia su desenlace? No, son otro tipo de recursos narrativos los que hicieron que Watchmen fuera saludado como la Gran Obra Maestra de Todos los Tiempos (creo que no exagero ni pizca).

En realidad, ese otro tipo de recursos está presente en Watchmen de forma tan manifiesta, que la obra casi parece un catálogo de herramientas, una de esas historias genéricas y leves que se pergeñan con el único objetivo de mostrar todo lo que puede ofrecer un medio. Es como si el principio rector fuera un intenso deseo de hacer todas aquellas cosas que puede hacer específicamente el cómic. Empezando por el diseño de página -calculadamente medido para que el guionista pueda marcar el ritmo con la precisión que le interesa- y siguiendo por el diseño del soporte -desde la portada hasta la contraportada-, hasta culminar en planificaciones tan complejas como la del capítulo V, completamente simétrico, cuyo terrible eje nos está mostrando el corazón del enigma. Pero, sin duda, si hay un recurso presente en Watchmen y explotado hasta la saciedad es el juego del doble sentido entre el texto y la imagen, la utilización de signos que se refuerzan o contradicen, según el caso, y que aumentan la densidad de la lectura al obligar a una comprensión polisémica de cada viñeta. Es algo presente ya en la primera página, con el diario de Rorschach superpuesto a la imagen que se aleja de la acera ensangrentada, y que no dejará de repetirse en toda la obra. A veces, intercalando los diálogos de dos escenas que se alternan -en ese primer episodio, la conversación entre los policías y el flashback del asesinato del Comediante-, a veces alternando dos planos de la misma escena -el polvo frustrado de Dan y Laurie en el sofá, que se comenta irónicamente con las acrobacias televisadas de Ozimandias-, a veces imbricándolo con flashbacks desordenados hasta llevar al delirio el juego formal -como en el aclamado capítulo IX-. Este afán por jugar con los subrayados y los contrastes entre imagen y texto puede llegar a absurdos como la viñeta 3 de la página 9 del capítulo III, en la que Laurie termina una frase en la que estaba diciendo que «las personas somos sombras...» con una diálogo que dice: «Sólo sombras entre la niebla», mientras el vapor de la cafetera oculta su rostro. Lo que quiero decir es: ¿hace falta tanto refinamiento para ser tan obvio? Es más difícil y más efectivo escribir de forma sencilla que con una retórica recargada, y los recursos narrativos más sabiamente empleados son aquellos que no se notan. De lo contrario, más que al servicio de la historia, parece que estén al servicio del ego del autor, empeñado en demostrarnos constantemente lo listo que es. Por no salir de este U, ¿acaso hay menos trabajo formal en la utilización de los flashbacks en El Señor Jean, o en la manipulación de mastodónticas líneas argumentales en Adolf, o en la utilización de un vehículo pulp para reflexionar sobre temas de índole psicológica que hace Blanco Humano? Los tres tebeos son técnicamente espléndidos, aunque menos deslumbrantes. La profusión de juegos formales que ofrece sin respiro Watchmen acaba por hacer farragosa la lectura, al distraernos de lo que de verdad importa para hacer que nos fijemos en los fuegos artificiales. Acabamos más pendientes de cómo se nos cuenta que de lo que se nos cuenta. A veces dan ganas de zarandear al guionista y gritarle: «¡Vale ya, tío! ¡Ahora estate quietecito un rato y déjame disfrutar de la historia!»

Pero puede que ésa sea precisamente la intención de Moore: que no nos fijemos demasiado en la historia, que ésta nos pase desapercibida entre la tramoya y las acrobacias del narrador. Porque si no nos dejamos engañar por los trucos del guionista y vamos directamente al grano, tenemos que admitir que la historia desnuda de Watchmen es muy... muy cutre. Con la premisa argumental -parece que podría haber alguien eliminando a los héroes- y la presentación ordenada y sucesiva de los personajes, se nos consumen tres cuartas partes de la obra en lo que tradicionalmente se llama el planteamiento. El nudo, todo el nudo de Watchmen, se concentra en el capítulo X, y consiste en que Rorschach y el Búho, absolutamente desorientados y sin pistas, se meten en un bar, aporrean a un soplón genérico y consiguen la información que les hace visitar a Ozimandias (aunque todavía no sospechan de él). En el solitario despacho de Ozimandias (¡al que acceden sin superar ninguna medida de seguridad!) y en el ordenador personal de Ozimandias (¡¡a cuya información acceden tecleando como clave el nombre egipcio de Ozimandias!!) descubren los planes supersecretos de su ex-colega y destapan el pastel. Hala, liquidado. Ahora, vamos a la base secreta en la Antártida, que nos quedan dos capítulos y hay que ir recogiendo. Reconocerán que es como para poner en duda la fama de Ozimandias como «hombre más listo del mundo», ¿no?

A partir de aquí -es decir, a partir de que entramos en contacto directo con la trama- las cosas van de mal en peor. Resulta que lo que tanto miedo daba al Comediante era un plan de serie B -con monstruo psíquico extraterrestre incluido- orquestado por un villano de opereta a los Ra's Al Ghul que está decidido a salvar el mundo aunque sea a costa de destruirlo. La idea de que cargarse a la mitad de la población de Nueva York con un ataque extraterrestre falso vaya a unir a la humanidad es otro argumento de peso para poner en duda la tan cacareada inteligencia de Ozimandias. Lo peor es que no se le ocurrió a él. Se le ocurrió a Alan Moore.

Por supuesto, se puede argumentar que lo importante ya no es sólo la historia o el cómo se cuenta, sino lo que simbolizan los personajes. Que estos pintan un retrato complejo de la personalidad heroica reflejando cada uno de ellos una de sus facetas. El Dr. Manhattan sería el superhombre, el Comediante, el soldado, Rorschach, el héroe puro -o sea, un loco en el mundo real-, Ozimandias el héroe demoníaco... Pero esta idea está más que trillada en los cómics, y en otras ocasiones se ha explorado de forma más completa y orgánica, con mayor naturalidad. Sin salirnos de este U, por ejemplo en el Roco Vargas de Daniel Torres.

Es curioso cómo Moore, que nunca ha rehusado comprometerse políticamente en sus obras desde un punto de vista progresista, acabe cayendo en su propia trampa al hacer de Rorschach el personaje más carismático de toda la serie, el más entrañable, el único héroe verdadero. En Watchmen, Rorschach es un fascista. En realidad, lo que ocurre es que Rorschach es un héroe de Miller -un héroe puro, romántico- transplantado a un entorno realista, político. Ésa es una de las grandes diferencias entre El Regreso del Señor de la Noche y Watchmen: la obra de Miller no se interesa por la política; la de Moore es todo política. En Watchmen, Rorschach no puede sobrevivir, en ese mundo su existencia es inviable (¿no acaban muriendo de una u otra forma todos los héroes de Miller?). En El Regreso del Señor de la Noche, cualquier personaje de Watchmen, con su sensatez y su compromiso político, sólo podría ser el peor villano. Al final, curiosamente, el realismo pesa menos que la mitificación para dotar de contenido humano a los personajes. Pasados los años, Watchmen resulta demasiado intelectual y premeditado. El Señor de la Noche sigue siendo enternecedoramente apasionado.

Es cierto: los años no le han sentado bien a Watchmen. Su brote de formalismo barroco fue útil y necesario en su momento, pero a estas alturas ya debería haber sido superado. Debemos preguntarnos por qué no ha sido así. Aunque no tengo ninguna fe en que no se me malinterprete, haré un esfuerzo por aclararlo: no es mi intención cargarme Watchmen -como si pudiera-. Quien no lo haya leído, debería correr a leerlo ahora mismo, si se considera interesado por los tebeos, americanos o no. Watchmen hay que leerlo y experimentarlo por uno mismo, y forma parte indiscutible del bagaje histórico del medio. Y el friki que firma esto se comprará religiosamente la segunda parte cuando salga, el día que Moore diga que siempre quise hacerla y ahora las circunstancias han cambiado, como ya ha dicho Miller con El Señor de la Noche, y hasta es posible que pique con las figuritas de plástico. Porque uno es friki, sí. Pero, caray, por lo que me pagan, tampoco voy a ser tan falso como para no decir lo que pienso, aunque me duela.

Para acabar, dos cosas. Lo que se agiganta con los años es el soberbio trabajo de Dave Gibbons. Eficaz, fotográfico, sumiso al yugo del guión. Gracias a su humildad, a su capacidad para «borrar» su estilo, en Watchmen se hace invisible lo visible (el dibujo) y visible lo invisible (el guión). Eso descompensa la obra, sí, pero es lo que le pedía el guionista.

La nueva edición de Norma refleja lo que es el mismo tebeo: impresionante por fuera, pero algo escasa de peso por dentro. Un libro precioso, impreso maravillosamente en buen papel, a un precio más que razonable. Pero escamotear a estas alturas una miserable introducción no es de recibo cuando se trata de una obra con una importancia histórica como es ésta, y cuando hay abundante material complementario que podía haber enriquecido el libro, convirtiéndolo en una verdadera «edición definitiva».

Reseña firmada como Trajano Bermúdez y publicada originalmente en U #21 (septiembre de 2000). 

En el texto se hace referencia a otros contenidos de ese mismo número de U. Explico cuáles son: una reseña de El señor Jean, el amor, la portera, de Dupuy y Berberian, escrita por Pepo Pérez, una reseña de Adolf, de Osamu Tezuka, escrita por Óscar Palmer, y una reseña de Blanco Humano, de Peter Milligan y Edvin Biukovic, escrita por Pepo Pérez de nuevo. La referencia al Roco Vargas de Daniel Torres tiene que ver con que el tema de portada de ese número era precisamente Torres, con entrevista al autor y repaso a toda su obra.

¿Por qué he recuperado esta reseña de hace trece años, que hoy en día desde luego que no escribiría así? La culpa es del inminente estreno de Man of Steel. Los tráilers de la nueva película de Superman han hecho que quisiera revisar Watchmen, una de las películas anteriores de Zack Snyder, el director de la nueva producción del kryptoniano. Y la (catastrófica, añado) revisión de Watchmen me ha hecho acordarme de esta reseña. Me ha hecho gracia encontrarme con algunas ideas al revisarla. Por ejemplo, Watchmen como catálogo de herramientas me ha hecho pensar que en ese sentido fue al cómic de superhéroes lo que luego sería Asterios Polyp de David Mazzucchelli a la novela gráfica (aunque el impacto de ésta ha sido indudablemente menor). También me he acordado de lo diferente que era el escenario del cómic hace apenas trece años, y casi me conmueve la ingenuidad con la que me planteaba ciertas cuestiones. Esta última década nos ha cambiado mucho, de eso no cabe duda. Una de mis partes favoritas de la reseña es la mención final a la inevitable segunda parte de Watchmen que Moore acabaría realizando tarde o temprano. Desde luego, ahora sabemos que Moore no la haría nunca (¡o al menos no la ha hecho todavía!), pero esa secuela sí que acabaría saliendo, aunque con otros autores y bajo el título Before Watchmen. En lo que sí acerté plenamente es en que yo me acabaría comprando los tebeos. Los muñecos no, todo hay que decirlo.

En todo caso, la revisión de la película basada en Watchmen me ha dado para reflexionar sobre el desarrollo reciente del género de cine de superhéroes (cómo han cambiado las cosas desde 2009 hasta el momento actual post-Vengadores) y, de rebote, sobre los propios superhéroes como género transmedia. Pero esa reflexión me la guardo para un día que tenga ganas y tiempo más adelante, que si no me lío demasiado.

Como decía en la reseña del U, con ese texto no me iba a cargar Watchmen. Su culto sigue vivo y con buena salud en nuestros días, y dando frutos. Uno de los más recientes es Radiografías de una explosión. Doce aproximaciones concéntricas a Watchmen (Modernito Books), un volumen de ensayos obra de diversos autores entre los que se encuentran Jorge Carrión, Gerardo Vilches, Manuel Barrero, Elisa McCausland, José Manuel Trabado, Javier Calvo y otros. Lo tengo en la mesilla de noche al lado de Batman desde la periferia. Un libro para fanáticos o neófitos (Alpha Decay), otro volumen colectivo de ensayos, en este caso en torno a Batman. ¡Las cosas han cambiado mucho desde los tiempos del U! (Sí, me repito).

Para terminar, otro texto sobre Watchmen de Mandorla que podría ser de su interés: LITERATURA SUPERHEROICA 1: SUPERFOLKS.

lunes, 24 de octubre de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 14: EL REINADO DEL MURCIÉLAGO


(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

EL REINADO DEL MURCIÉLAGO

En noviembre de 1986, Dennis O’Neil debutó como editor de los títulos del Señor de la Noche, y lo hizo barriendo las telarañas. “Sabía que DC no estaba satisfecha -declara O’Neil- y que las ventas no eran las deseadas, así que entendí que mi misión era hacer algunos cambios, y que fueran cambios gordos y ruidosos. Con gran dolor y muy a mi pesar, me deshice de la mayor parte de los equipos creativos, aunque a Doug Moench lo volví a contratar en cuanto tuve ocasión. Pensaba que era necesario enviar un mensaje a los lectores diciéndoles que estábamos partiendo de cero, así que sustituimos a todos, incluidos el rotulista y el colorista. A cambio, introduje a un montón de gente. Algunos funcionaron, y otros no, no entraré en detalles. Durante algún tiempo estuvimos confusos. Lo primero de lo que me alegré verdaderamente fue de recuperar a Jim Aparo. Es el sueño de cualquier guionista, porque no importa qué clase de estupidez le pidas, él encontrará la manera de hacerlo. Y es aún más el sueño de cualquier editor, porque puede hacer una página diaria y siempre será perfecta.” Desde luego, en un primer momento no será la dubitativa dirección editorial de O’Neil la que despierte nuevamente el interés por el murciélago, sino la irrupción brutal de Frank Miller (1957), el dibujante americano de superhéroes más influyente desde Neal Adams. Miller había llamado la atención escribiendo y dibujando Daredevil para Marvel a principios de los ochenta, y una vez alcanzada la categoría de estrella, se había descolgado con un proyecto insólito publicado por DC: Ronin, una miniserie de 6 números en un formato de lujo hasta entonces impensable a la que DC había accedido con el único objetivo de atraerse a la figura joven más prometedora de los 80. Ronin no había sido un éxito de ventas, así que en el siguiente proyecto Miller se arriesgaba a ver truncada su estrella ascendente si no obtenía resultados palpables. Y ese siguiente proyecto era temerariamente revolucionario: una serie limitada de cuatro libritos de 48 páginas cada uno con portadas de cartón y una calidad de producción exquisita (lo que posteriormente se conocería como “formato Prestige”) protagonizada por un Batman de 55 años que vuelve del retiro para librar su última batalla. The Dark Knight Returns fue un éxito artístico y económico, uno de los tebeos de superhéroes con mayor resonancia de todos los tiempos, y el título que convirtió a Frank Miller en una suerte de semidios del cómic americano. Junto al contemporáneo Watchmen (DC, 12 números escritos por Alan Moore y dibujados por Dave Gibbons) cambió la faz de los superhéroes dando origen a una variedad de formatos, propuestas, argumentos y personajes que predominarían durante los diez años siguientes, en los que sería común tratar de manera más seria, adulta y dramática a los antaño alegres aventureros disfrazados. Evidentemente, la mayoría de las enseñanzas de The Dark Knight Returns y de Watchmen caerían en saco roto, dando lugar a una corriente de absurda hiperviolencia y burdos intentos de deconstrucción de la simbología heroica, como el mismo Miller reconocería con tristeza: “Después de Dark Knight, editores muy cínicos han contratado dibujantes para que copien las páginas de Dark Knight, y han contratado guionistas para que repitan lo que creen entender de Dark Knight, que esencialmente es que se trata de algo muy brutal, y que incluye pequeñas viñetas que son pantallas de televisión. Por supuesto que eso es perder de vista su auténtico sentido, así que lo que nos quedan son un montón de imitaciones de tercera fila. No me gusta decir esto. Resulta muy embarazoso. La misma editorial que compró Superman y Batman y que los corrompió por completo recibió un empuje con Dark Knight y Watchmen y otro par de cosas. Y mira lo que han hecho con ello.” Pero antes de desencantarse, y mientras aún estaba empapado en la esencia de Gotham City, Miller escribió otra historia decisiva que se publicaría casi inmediatamente después de The Dark Knight Returns, esta vez dentro de la colección mensual del personaje: Year One (Batman 404-407, febrero-mayo 1987). Si Dark Knight narraba el último asalto de Batman, Year One nos contaba justamente lo contrario: su primera historia. Dibujado extraordinariamente por David Mazzucchelli (1960), Year One no sólo es la mejor versión del origen del Señor de la Noche, sino que será otro de los hitos que alterarían el panorama superheroico de mediados de los ochenta, junto a títulos como Swamp Thing (escrito por Alan Moore y dibujado por Steve Totleben y Stephen Bissette), Elektra: Assassin (Frank Miller y Bill Sienkiewicz) o Daredevil: Born Again (Frank Miller y David Mazzucchelli).

Con semejantes ases en la mano, y la atención general devuelta al encapuchado de Gotham, O’Neil, como él mismo reconocía, no se mostró demasiado hábil orientando el rumbo del día a día batmaniano, pero para 1987, al menos Detective Comics mostraba signos de vida, gracias al dúo Mike W. Barr-Alan Davis. Barr, si bien no es un guionista brillante (probablemente la obra por la que se le recordará es Camelot 3000, dibujada por Brian Bolland), al menos sí es un profundo conocedor de la historia de Batman, a quien ha tratado en numerosas ocasiones. El atractivo del equipo estaba en el dibujante, un Alan Davis (1956) procedente de la cantera británica que por entonces empezaba a explotar con profusión DC. Hoy en día, Davis es uno de los últimos autores en los que confían los fans superheroicos de la vieja escuela. Con su trazo limpio y perfecto, redondeado y ágil en el dibujo y fluido en la narrativa, marcharía en 1988 a escribir y dibujar Excalibur para Marvel, donde en 1997 ha relanzado a los veteranos Cuatro Fantásticos. La colaboración entre Barr y Davis nos dejó algunos episodios apreciables que revisitan a personajes como el Joker, Catwoman y el Espantapájaros en una clave de aventura y diversión no muy lejana del tono de los años 50. El equipo se descompondría bruscamente durante la realización de Year Two, publicado en Detective 575-578 (junio-septiembre 1987). Year Two no era estrictamente una secuela de Year One, puesto que se había empezado a preparar al mismo tiempo que aquélla, y fueron precisamente ciertos desajustes en la coordinación de ambos proyectos los que provocaron el abandono del dibujante. “Batman usaba una pistola en Year Two -aclara Davis.- Según el guión, era una Mauser, que es una pistola grande. Pero, en Batman: Year One, Frank Miller había dibujado una viñeta en la que Joe Chill usaba una pistola pequeña [en realidad, Miller sólo lo escribió, los dibujos corresponden a Mazzucchelli]. Así que me dijeron: “Corrije todos tus dibujos para que coincidan con Frank Miller.” Lo que debieron haber hecho era pedirle a Frank Miller que cambiara esa viñeta, pero le tienen miedo. Así que me llamaron a mí y dije: “Paso, no pienso hacerlo. Se acabó.” Dick Giordano corrigió mis dibujos porque yo dije que no pensaba hacerlo.” A pesar de su disgusto, Davis volvería a realizar una historia de Batman, el “Prestige” Full Circle, con guión también de Barr, que serviría para acabar de enconar sus diferencias con O’Neil. Year Two fue completado por un primerizo Todd McFarlane (1961), que venía de realizar Infinity Inc., una serie DC de tercera fila, y que hizo esta breve escala en Gotham antes de proseguir su ascenso hacia el estrellato supremo pasando por Hulk, Spider-Man y Spawn, la colección que creó para Image, editorial co-fundada por él. Si bien Detective Comics respiraba, en Batman, sin embargo, las cosas iban de mal en peor. Una serie limitada de 12 números y proporciones cósmicas, Crisis On Infinite Earths, había sido utilizada por DC para limpiar de polvo y paja sus ya muy veteranos y enrevesados personajes. Mientras que en los años 40 los superhéroes eran intemporales, la generalización de ciertos rasgos propios de Marvel había creado algunas paradojas a partir de los 70: ¿cómo es posible que un Batman eternamente lozano conviva con los hijos de las flores mientras escucha a Janis Joplin si varias décadas antes se enfrentaba a los nazis del III Reich? DC solucionó esta incongruencia inventándose una variedad de “Tierras paralelas” que convivían en el “Multiverso”. Así, la continuidad oficial establecía que el Batman de la Edad Dorada, es decir, el previo al “New Look” de Julie Schwartz y Carmine Infantino, que no llevaba óvalo amarillo en el pecho, ese Batman y su Robin eran el Batman y Robin de Tierra-2 y, efectivamente, los años sí habían pasado por ellos convirtiéndolos respectivamente en un sesentón y un treintañero. Pero existían muchas más Tierras alternativas que la Tierra-2, y muchos más personajes con versiones paralelas que Batman y Robin, de manera que la continuidad del “Multiverso” DC se había complicado hasta el galimatías, lo cual previsiblemente asustaba a los lectores no iniciados. Fue con la intención de eliminar esta confusión con la que DC preparó su Crisis en Tierras Infinitas, en realidad un barrido sistemático que dejaría sólo la “Tierra-1” DC y que daría pie al relanzamiento de algunas de las principales colecciones de la casa. Fue el caso del Superman de John Byrne, la Wonder Woman de George Pérez, la Justice League y Flash, títulos todos ellos que se reiniciaron desde el número uno en 1987. Batman prosiguió su vieja numeración, pero incluyendo el antetítulo “The New Adventures of Batman”, y con unos confusos planteamientos en los que no resultaba nada claro si existían los casi 50 años de historia previa, si habían sido desechados, o si se había conservado algo o no en la nueva historia del personaje. Pero lo peor no fueron los problemas de continuidad, que al fin y al cabo interesan sólo a los fans completistas, sino la calidad de las historietas ofrecidas por un inconstante desfile de profesionales que pasan por Batman sin dar ni recibir nada a cambio: Max Allan Collins, Jo Duffy, Chris Warner, Ross Andru, Dave Cockrum, Kieron Dwyer... aunque muchos de ellos han demostrado su valía antes o después de ese momento, estaba claro que en aquel momento Batman era sólo un encargo a resolver lo más rápidamente posible. A finales de año, un par de piezas entrarían en el tablero para mejorar el juego. La primera de ellas será el dibujante Norman Breyfogle (1960), que se incorpora en Detective 579 (octubre 1987), en una de las últimas historias escritas por Barr, y que pronto obtendrá la aprobación de los aficionados gracias a su composición de página suelta, su dinamismo y la nerviosa energía que insufla a cada viñeta. “Siempre quise dibujar a Batman -comenta Breyfogle-. Es una mezcla de nostalgia, interés por el diseño y afinidad por el personaje. Puede que suene muy superficial, pero el mérito es mitad de su personalidad y mitad de su diseño y estética. Como yo me ocupo de la parte visual, la estética es muy importante para mí. Y su capa es perfecta para experimentar miles de variantes. El personaje es muy arquetípico. Él y Superman son la base de muchos otros personajes que no son sino variantes de ellos.” Casi al mismo tiempo, aunque en la otra colección mensual, aparece el guionista Jim Starlin, que empieza su etapa en Batman 414 (diciembre 1987), con dibujos del incombustible Aparo. “Hasta que me hice cargo de Batman -cuenta Starlin- hacía casi siempre principalmente historias del espacio, material muy cósmico, y Batman me dio la oportunidad de escribir historias de crímenes, cosa que había deseado hacer desde hacía mucho tiempo. Por aquel entonces, Batman era un personaje totalmente distinto: ya no saltaba por encima de máquinas de escribir y monedas gigantes y cosas así. Se ocupaba de violadores y asesinos, lo cual era mucho más interesante. Me resultó muy fácil escribirlo. Es unidimensional en sus impulsos: quiere combatir el crimen. Desde mi punto de vista, está al borde de la psicosis. Cualquiera que haya visto a sus padres ser asesinados ante sus ojos cuando era un niño pequeño lo estaría. Pero él ha tomado ese horror y lo ha convertido en un impulso obsesivo. Todo lo que hace o ve en la vida, directa o indirectamente, implica resolver un crimen. Si acude a una cita, es para disimular el hecho de que es Batman. Si asiste a una cena política, es para desenmascarar a alguien. Así que es mucho más fácil orientar la historia hacia el personaje que orientar el personaje hacia la historia.

1988 vería solidificarse las líneas maestras del proyecto que intenta construir O’Neil. Un nuevo “tomo Prestige”, The Killing Joke (Alan Moore y Brian Bolland), mantendría el interés del gran público, que desde The Dark Knight Returns esperaba grandes acontecimientos y obras significativas en relación con el murciélago. La conjunción del revitalizado superhéroe con el guionista más importante de los años 80, el británico Alan Moore (1952) hizo que aficionados y profesionales contuvieran el aliento, aún más cuando el dibujante era su compatriota Brian Bolland (1951), destacado por su minucioso y perfeccionista trazo, teóricamente capaz de reproducir algunas de las sensaciones provocadas por Neal Adams. The Killing Joke, tan cuidadosamente urdida por Moore como de él cabe esperar y tan trabajosamente ilustrada por Bolland como suele hacer las pocas veces que se decide a dibujar un tebeo completo, se ha convertido ya en un clásico de su década y en una de las historias más conocidas de Batman. En The Killing Joke se narra el origen del Joker, que permanecía en las sombras desde su primera aparición en 1940, utilizando como punto de partida la única historia que exploraba en parte el pasado del Arlequín del Odio: “The Man Behind The Red Hood” (Detective 168, febrero 1951). Lamentablemente, parece que Moore, sin discusión el autor de más talento y energía que ha trabajado con los superhéroes en los últimos 20 años, no acabó de entender a los dos viejos antagonistas. En su intento de profundizar en la mentalidad del Joker, de explorarla desde un punto de vista adulto, profundo y articulado, descompone la integridad del personaje, esa locura inherente y temible, sin forma ni significado, que le convierte en un agresivo agente del caos, para mostrárnoslo humano, vulgar y hasta actuando contra su misma naturaleza. Durante The Killing Joke, el Joker no hace sino intentar demostrar que es igual que todo el mundo, que sólo se convirtió en el Joker porque tuvo un día malo y que eso le puede pasar a cualquiera, como probablemente le ocurrió a Batman, y sorprende que un autor de la perspicacia de Moore no comprenda que el Joker lleva toda su existencia intentando demostrar precisamente que es distinto de los demás, que no hay nadie como él en todo el mundo. La única conclusión que arroja la obra es bien pobre: las personas de una pieza, como el inspector Gordon, no dejan que un mal día les trastorne para siempre. Eso les ocurre a desequilibrados como el Joker... y Batman, que son dos caras de la misma moneda. En fin, demasiados tópicos para algo que aspira a dar un paso adelante. Por otra parte, la aséptica perfección de Bolland resulta, como casi siempre, demasiado aburrida y blanda, y resta impacto a las escenas más violentas, que indudablemente buscan impresionar al lector. En una de ellas Barbara Gordon, la hija del comisario que en secreto peleaba contra el crimen con el disfraz de Batgirl, recibe un disparo que le parte la columna vertebral, dejándola confinada en una silla de ruedas para el resto de sus días y acabando secamente con su carrera de superheroína. Al lado de las explosivas interpretaciones de Frank Miller en The Dark Knight Returns o incluso de Steve Englehart y Marshall Rogers en los 70, el Joker de The Killing Joke palidece más que nunca.

Pero esto es sólo una opinión personal, y lo cierto es que el monumental éxito de The Killing Joke contribuyó a aumentar algunos puntos más la cotización de Batman, que en 1988 por fin encontraría cierta estabilidad en el quehacer cotidiano. Detective Comics ya contaba con el dinámico Breyfogle como dibujante fijo, y a partir del número 583 (febrero 1988) encontraría guionistas para rato en los británicos John Wagner y Alan Grant. Aunque Wagner no tardaría en abandonar el equipo, Grant (cuyo primer episodio en solitario es Detective 601, junio 1989) no ha dejado de escribir aventuras del Hombre Murciélago hasta la fecha, y aún no da signos de fatiga. El fichaje de Alan Grant será valiosísimo. Aunque menos apreciado que otros de sus compatriotas, debido sin duda a su menor afición por el psicoanálisis de saldillo, la provocación facilona y el posmodernismo barato, Grant es un guionista estupendo que sabe cómo escribir un guión de entretenimiento profesional y convincente y al mismo tiempo deslizar en él una porción de ideas, situaciones y diálogos verdaderamente heterodoxos. Grant empezó a introducir historias donde los villanos no son siempre locos disfrazados con sed de sangre, sino en ocasiones víctimas de las injusticias sociales, y llegó al punto de crear un personaje como Anarky, que es una gota de veneno deslizada en la garganta de una corporación capitalista como DC. Las ideas revolucionarias de Grant son, sin duda, mucho más efectivas y peligrosas que las de otros de sus más alabados colegas por cuanto que penetran de manera más discreta y profunda en su público, probablemente desapercibido del mensaje que suelen encerrar. Por otra parte, Grant siempre da diversión, y se ha preocupado de crear personajes secundarios que alimenten la caldera. A él se deben, entre otros, Harold, el mecánico mudo y de aspecto grotesco que mantiene en funcionamiento la Batcueva y el ya mencionado Anarky, un niño que disfrazado de bandido emprende una cruzada filosófica contra el sistema y que recuerda al protagonista del V for Vendetta de Alan Moore y David Lloyd. Pero la más memorable creación de Grant probablemente sea la que ofreció en su primer número, aquel 583 (febrero 1988) co-escrito por John Wagner y dibujado por Breyfogle en el que se presentaba Scarface, la única incoporación moderna a la galería de villanos de Batman con suficiente envergadura para no quedar en ridículo comparado con los enemigos clásicos. Scarface es un jefe mafioso a la antigua usanza. Como si de Chicago años 30 se tratara, Scarface y su banda utilizan ametralladoras, visten trajes cruzados y sombrero y conducen grandes coches negros. Lo peculiar de Scarface es que es una marioneta de madera, manejada por un individuo de aspecto anodino que responde al nombre de Ventrílocuo, y que no hace más que recibir las despiadadas broncas de su irritable y gangoso jefe. Como Dos Caras y el Joker, estamos ante lo que es un criminal de la vieja escuela, un gángster, pero tocado por la demencia. Las posteriores y numerosas apariciones de Scarface y el Ventrílocuo contribuirán a darle mayor magnitud. No obstante, el mismo Grant no se considera especialmente dotado para imaginar nuevas criaturas: “Trabajo más a gusto con personajes ajenos. Aunque he creado algún que otro personaje durante estos años, ninguno tiene el poder simbólico de Batman o el Juez Dredd, por lo que es muy enriquecedor trabajar con ellos. Los mundos en los que viven son los que disparan mi imaginación. Hay muy pocos creadores que sean capaces de crear un héroe que cale hondo; estos son los que dan forma a una nueva hornada de personajes gracias a los cuales la industria tira unos añitos más. Jack Kirby es un ejemplo excelente: el número de personajes que han salido de su mesa de dibujo es increíble. Marvel sigue adelante con personajes que creó treinta años atrás. Yo no me veo capaz de ello. John Wagner y Pat Mills tienen ese talento, y quizás es por eso que estoy más a gusto con personajes ya establecidos. Hay muchas cosas que pueden hacerse con Batman o Demon. Escribir Batman es para mí un auténtico placer.

Mientras Grant y Breyfogle se confirmaban en Detective, Batman veía coger confianza al equipo Jim Starlin-Jim Aparo. El problema es que Starlin se había ganado, probablemente de manera merecida, la fama de ser un “asesino” de personajes. En gran medida, esa fama procedía de su trabajo en Marvel durante los años 70, época en la que creó un villano de categoría cósmica llamado Thanos que estaba enamorado de la Muerte (así como suena, encarnada en una figura femenina) y en la que acabó matando a los dos personajes a los que dedicó sus mejores páginas, Warlock y el Capitán Marvel. Cuando se hizo cargo de Batman, empezaron a correr rumores. Con el inicio de “Las nuevas aventuras”, el origen de Robin-Jason Todd había sido modificado, convirtiéndole en un ladronzuelo callejero y, en general, en un personaje desagradable, descarado, protestón, rebelde y antipático para los lectores, que vieron rebosar el vaso con la proverbial última gota cuando este Robin indisciplinado dejaba morir a un hombre al que consideraba culpable (Batman 424, octubre 1988). Aunque la secuencia era convenientemente ambigua, resultaba claro el mensaje: este Robin es una mala pieza, y si bien no sabemos con certeza si lo ha hecho o no, es evidente que podría haberlo hecho, cosa que nunca habría ocurrido con el bueno de Dick Grayson. Robin, que siempre había sido una figura difícil de encajar en el mito de Batman, al menos desde los años 60, se había convertido en un problemón.

Siempre atenta a rentabilizar la ocasión, DC decidió aprovechar el gatillo fácil de Starlin para realizar un cambio de guardia que, al mismo tiempo, sirviera de estratagema publicitaria. “Desde el momento en que crucé las puertas de DC -confiesa Starlin- intenté sacarme de encima a ese renacuajo. Batman está mucho mejor sin él. Batman es mucho más interesante como el oscuro personaje solitario en medio de la noche. Creo que fue un error traer de vuelta a Robin. ¡En realidad, a Batman deberían encerrarlo por poner en peligro la vida de menores!” Así, con fecha de portada de diciembre de 1989 apareció Batman 426 (Starlin-Aparo-DeCarlo), que incluía el primer capítulo de los cuatro que, publicados con periodicidad quincenal, compondrían “Una muerte en la familia”. El argumento presentaba a Jason Todd fugándose de la Mansión Wayne para dar caza al asesino de sus padres y cayendo en las garras de un Joker con su típico humor de asesino furioso. Al final del segundo número, tras una gran explosión, la trama quedaba en suspenso: ¿habría sobrevivido el Prodigio Juvenil? ¿o habría conseguido el Joker matar a Robin? La decisión estaba en manos de los lectores, que podían votar cualquiera de los dos destinos llamando por teléfono. Así explicaba Dennis O’Neil lo que sucedió en una columna publicada en Batman 429: “Bueno, nos equivocamos. Todo el mundo predecía una avalancha, aunque disentíamos respecto a de qué lado caería la avalancha. Pero cuando se hizo el recuento final, sólo 72 votos de los 10.614 emitidos fueron decisivos.

“Me refiero a nuestro Gran Experimento con Robin, por supuesto. Los días 15 y 16 de septiembre, pedimos a los lectores que votaran, por teléfono, si Jason Todd -el sucesor de Dick Grayson como Robin- sobreviviría o no a la explosión mostrada en Batman 427. Los que eligieran su supervivencia tenían que marcar un número, los que eligieran lo contrario tenían que marcar otro. Dick Giordano predijo que Jason superaría la prueba saludablemente; creía que nuestros lectores estaban hartos de los funerales que han sacudido nuestro pequeño universo durante los últimos años y que reaccionarían en consecuencia. Yo no estaba de acuerdo. Como soy un cínico, yo, y el resto del personal DC, pensábamos que nuestro público votaría negativamente sólo para ver si nos atreveríamos a matar a otro personaje importante. Lo íbamos a hacer, si lo decidían los votos. Eso nunca estuvo en duda. Durante meses, tuve dos versiones completas de Batman 428 en el despacho, esperando el veredicto.

“Una muy atareada vigilia de dos días comenzó a las diez y media de la mañana del día quince. A esa hora fue cuando Dan Raspler [editor adjunto] comprobó por vez primera las votaciones. En ese momento, las cosas iban bien para Jason, con 243 llamadas que le deseaban lo mejor y 199 deseándole lo peor. Dan siguió haciendo comprobaciones cada 90 minutos hasta las 7:30 de la tarde del viernes, cuando tuvo que marcharse para asistir a un concierto de los Grateful Dead en el Madison Square Garden. Mientras, yo jugaba a ser famoso, dando entrevistas en la radio y hablando con periodistas, y manteniendo informados a otros empleados de DC con interés en el proyecto.

“Oh, sí, y entre las actividades relacionadas con Robin, también hicimos algo de trabajo editorial.

“A las 8:00 de la tarde del jueves, los enemigos de Jason habían conseguido una ventaja: 2.104 a 2.195 para los pulgares hacia abajo.

“Pero a la 1:15 de la tarde del viernes, la situación de Jason había mejorado un poco: sus amigos habían registrado cinco llamadas más que sus enemigos. La cuenta: 3.451 a 3.446. Empezaba a confiar en que nos hubiéramos equivocado. Mis obligaciones editoriales serían mucho, mucho más sencillas, si manteníamos el status quo, con un Robin balancéandose en Gotham al lado de Batman.

“Marifran [la esposa de O’Neil] llegó a las 5:00 para ayudar con tareas de última hora. Encargué sandwiches de pavo y fuentes de fruta en el deli de abajo; estaba claro que ninguno íbamos a cenar decentemente esa noche.

“Pensé: Qué raro es esto. Jason Todd no es real. Es algo que unos guionistas y unos dibujantes se inventaron hace un par de años. Pero nos estamos comportando como si fuéramos la familia de las víctimas de un accidente y estuviéramos en la sala de espera. En momentos como éste, es cierto que la línea entre la fantasía y la realidad queda muy difusa.

“Dan hizo su última comprobación el viernes a las 7:30, y trajo malas noticias para Jason: 5.081 a favor, 5.148 en contra. Pero con 30 minutos todavía, y un margen de apenas 67 votos, aún había esperanzas para el crío. Y a las 7:45 parecía que lo conseguiría, con 5.221 a favor y 5.259 en contra. Sólo 38 llamadas de diferencia.

“A última hora debió de haber un brote de anti-Jasons. A las 8:30, la cuenta final era 5.271 a 5.343. Descansa en paz, Jason Todd.

“Nadie real había muerto. Pero Marifran y yo decidimos volver a casa paseando en lugar de coger el metro.

“Varias veces, durante la vigilia, me preguntaron, “¿Por qué lo hacéis?” Tenía un par de respuestas. La primera, que la “maniobra del teléfono”, como la llamábamos, era simplemente una ampliación de nuestra política de leer todo el correo que recibimos y hablar con los aficionados en convenciones y tiendas; siempre hemos sido receptivos a los deseos de nuestro público. La segunda -y ésta realmente me encantaba- que lo hicimos porque nadie lo había hecho antes. Eso siempre ha sido una razón excelente para hacer algo. Nunca sabes qué ocurrirá hasta que lo intentas.

“Vale, ¿qué fue lo que pasó? El resultado más obvio es que la historia de Batman quedará cambiada para siempre. Durante el futuro previsible, será lo que empezó siendo hace 50 años, un solitario temible. Eso nos preocupa un poco: desde 1940, Robin ha sido una parte integral del mito de Batman. Posiblemente sea una de las razones de la popularidad de Batman durante medio siglo. Me gustaría pensar que la ausencia de Robin constituye un desafío, una metafórica bofetada, y que nos afectará y nos estimulará y nos hará más creativos al enfrentarnos a ella. Otro resultado de la maniobra del teléfono es que podríamos repetirla, si se nos ocurre una idea que parezca adecuada para ella o si los lectores nos inundan con solicitudes para que lo repitamos. Ahora sabemos que puede funcionar, y ese dato nos da una nueva herramienta.

“Así que el Gran Experimento con Robin, la maniobra del teléfono, fue una sorpresa y un éxito. Nos dormiremos en los laureles durante uno o dos minutos antes de meternos a fondo con lo siguiente.

Resulta obvio que este episodio se presta a interpretaciones y análisis de un alcance superior a lo que aquí nos interesa, tanto en lo que respecta a lo que dice de la editorial como a lo que dice del público que se abalanza sobre la oportunidad de ejecutar a su héroe en apuros cuando tenía la oportunidad de salvarlo. Curioso es, sin embargo, que el destino de Jason Todd fuera profetizado en The Dark Knight Returns, donde se menciona en repetidas ocasiones que “algo le ocurrió”. Precisamente Frank Miller tenía una idea muy clara al respecto de lo que había supuesto “Una muerte en la familia”: “Una muerte en la familia debería ser señalada como la cosa más cínica que jamás haya hecho ninguna editorial. Un auténtico número gratuito al que los fans pueden llamar para cortarle la cabeza a un muchachito.” Bob Kane, padre de la criatura, también tiene su opinión al respecto: “Ni siquiera hablaron conmigo antes de hacerlo. Me molestó mucho que no lo hicieran. Tampoco es que tengan que pedirme necesariamente mi opinión, porque hace años que no tengo nada que ver con los comic books, pero creo que fue un error matar a Robin. En primer lugar eran un equipo -sería como matar al Dr. Watson y dejar a Sherlock Holmes solo, o a Tonto y dejar al Llanero Solitario, o Tarzán y Jane. Es un error. Y, además, así matas el merchandising de Robin, que también es muy grande. Pero es que además, ¿para qué andar trastocando la idea original? Podían haber hecho que se marchara durante una temporada, o que fuera herido, le podrían haber herido y así se lo habrían quitado de enmedio pero dejando la posibilidad de recuperarlo si querían. ¿Para qué matarle? ¡Y además vaya manera de hacerlo! Creo que es un simple subterfugio, creo que se hizo sólo por la película, para que la gente no esperase que hubiera un Robin en la película. El subterfugio fue que de, ¿cuántas, 10.000? En 10.000 llamadas que votaron si Robin debía vivir o morir hubo una diferencia de apenas 70 llamadas... ¿y por 70 llamadas matas a Robin? ¡Absurdo! A mí eso me parece un subterfugio. Vamos, hombre, ¿vas a matar a Robin porque no les gusta a 70 chavales? ¡Por favor, estamos hablando de política editorial! Si alguien hubiera venido a decirme que 1.000 personas odiaban a Batman, les habría contestado “¿Y qué?” Habría seguido haciendo Batman aunque le odiaran un millón de personas.

Pasada la efervescencia propagandística del momento, DC superó la muerte de Jason Todd sin aparente trauma. Starlin abandonó la serie, según él, debido a que “La película estaba a punto de estrenarse y en DC se estaban volviendo histéricos. Resulta difícil mantener la tranquilidad cuando tienes docenas de ejecutivos que te las hacen pasar moradas y no hacen más que sugerirte ideas. Se estaba convirtiendo en un producto colectivo, y eso nunca funciona.” Con el cadáver de Jason todavía caliente, entraba el nuevo Robin en escena, el tercero y por ahora definitivo: Timothy Drake. Aunque Batman se pasó varios meses deprimido y apesadumbrado por la pérdida de su pequeño compañero, encontró consuelo en el transcurso de Year Three (Batman 436-439, 1989), la última de estas sagas fundacionales. Tim Drake, un buen chico opuesto en todo a Jason Todd, pero al mismo tiempo con una personalidad definida y muy diferente de la de Dick Grayson, debutaría oficialmente como Robin en Batman 457 (diciembre 1990), y su popularidad actual (posee su propia colección mensual en solitario) parece confirmar el acierto de DC al concebirlo. Curiosamente, el año en que nació el tercer Robin fue el año de la primera película de Batman dirigida por Tim Burton, año en el que la figura de Batman, aunque sin Robin, volvió a llegar al público de masas. La oleada de Batmanía que anegó Estados Unidos y el resto del mundo occidental en 1989 fue sólo comparable a la de 1966, pero con el beneficio de unos medios de comunicación y unos resortes publicitarios y de explotación mucho mayores que los que sirvieron a la serie de televisión protagonizada por Adam West.

Convertido en un bien comercial altamente rentable, 1989 vio a Batman elevarse sobre sus camaradas superheroicos para abandonar el ghetto de los tebeos e integrarse, al menos durante unos años, entre las figuras de uso común en la cultura del ocio. Warner Communications Inc., la empresa propietaria de DC, aprovechó la película como enorme ariete publicitario para explotar todos sus mercados internos (editoriales, discográficos -el álbum de Prince grabado para la película fue número 1-, videográficos) y otros nuevos externos a los que accedió mediante numerosísimas licencias (al igual que en 1966, desde muñecos articulados hasta casi cualquier artículo al que se le pueda estampar el símbolo del murciélago) convirtiéndolo en un gran negocio y un argumento para que las grandes corporaciones mantengan bajo su seno editoriales de comic books que cada vez son menos rentables por sí mismas, pero que son aprovechables como vivero de personajes (o iconos, cabría decir) vendibles en otras formas.

Expuesta de nuevo a la atención del público general, DC hizo lo que pudo por responder al desafío. Además de vender decenas de miles de recopilaciones de The Dark Knight Returns y Year One y de ejemplares de The Killing Joke, el año 89 vio aparecer el producto definitivo para el público que ignora a Batman pero se siente obligado a interesarse por la moda del momento y necesita una coartada intelectual para comprarse un simple tebeo de superhéroes: Arkham Asylum. Con un precio de portada de 25 dólares de entonces, el lujosísimo Arkham Asylum se ofrecía como la última palabra en deconstrucción posmoderna del superhéroe, aunque en realidad lo que se estaba vendiendo era el regalo ideal para las Navidades. La misma premisa argumental parecía presagiar todo tipo de radicalidades: los internos de Arkham, con el Joker a la cabeza, se hacen con el control del manicomio y piden que les entreguen a Batman. El libro se planteaba como un viaje al corazón de las tinieblas del alma de los dementes y, por supuesto, del mismo Batman. Los autores escogidos venían cubiertos de prestigio y sugerencias, como corresponde a su nacionalidad británica: el guionista, Grant Morrison, se había convertido en un enfant terrible del mundillo gracias a sus irónicas visiones del superhéroe en Doom Patrol y Animal Man, y el dibujante, Dave McKean, era un pintor, ilustrador y diseñador de prestigio mundial. La combinación del poco inspirado guión de Morrison, sobrecargado de referencias, simbolismos y lecturas mal digeridas, y el lamentable trabajo de McKean, ocupado en deslumbrar al inocente público viñetero a costa de la mínima responsabilidad narrativa, acabaron de convertir el aparatoso Arkham Asylum en un soporífero fraude, uno de los tebeos más caros de la historia y un ejemplo de alta escuela de la mala influencia de The Dark Knight Returns.

Entre unas cosas y otras, quedó confirmada la posición de Batman como personaje principal de DC, arrebatándole el trono a Superman, cuya exitosa primera película quedaba ya a más de diez años vista. La consecuencia de estar en la cumbre fue la sobrexplotación del Señor de la Noche. Desde 1989 hasta 1997 no ha pasado un mes sin que se publique algún proyecto especial relacionado con el Cruzado Encapuchado, ya sea en formato “Prestige”, o de “novela gráfica”, o serie limitada o cualquier otra fórmula, y con tono ligero o grave, adulto o infantil. Además, la familia de colecciones mensuales crecería notablemente.

Para empezar, en noviembre de 1989 debutaría Legends of the Dark Knight, un título dedicado, en principio, a narrar historias cerradas y sin continuidad, ambientadas (supuestamente, porque esta premisa se ha diluido bastante) en el primer año de vida del personaje, cuando aún no llevaba el óvalo amarillo y no había conocido a Robin. O, dicho de otra manera, Legends of the Dark Knight pretendía ser una colección mensual de historias al estilo The Dark Knight Returns, Arkham Asylum o The Killing Joke, con ese toque adulto y como de autor. Precisamente su rasgo más destacable ha sido que cada historia completa es realizada por un equipo creativo distinto. La primera de ellas, “Shaman” (Legends of the Dark Knight 1-5, noviembre 1989-marzo 1990) es obra de Dennis O’Neil, Ed Hannigan y John Beatty, lo cual no puede sorprender si pensamos que el editor O’Neil acostumbra a reservarse el guión de los números especiales, que suelen ser los que marcan los picos en las ventas y producen más jugosos royalties para los autores (también ha escrito la historia del nº 50 y la del nº 100, ambos golosos para los coleccionistas). Por su mismo mecanismo de funcionamiento, Legends of the Dark Knight es una colección cuyo interés oscila según quienes sean los autores adjudicados cada mes. Mientras que al principio la extensión fija de las historias parecía ser de 5 episodios, a partir del quinto relato se acortó esa longitud, que ahora es variable, aunque con predilección por las historias cortas. Con 100 números a las espaldas, Legends of the Dark Knight ha proporcionado más de un relato digno de entrar en la historia privada de Batman. Entre los que podemos mencionar está el psicodrama sexual de Prey (11-15, 1990-91, Doug Moench, Paul Gulacy y Terry Austin), donde Hugo Strange y Catwoman juegan a juegos de adultos; el homenaje a Douglas Fairbanks, al fin y al cabo uno de los inspiradores de Batman, en Blades (32-34, 1992, James Robinson y Tim Sale); el delirante rescate en clave punk de Batmito que se intenta en Legend of the Dark Mite (38, 1992, Alan Grant y Kevin O’Neill); una refrescante visión distinta del Joker en Going Sane (65-68, 1994-95, J. M. DeMatteis, Joe Staton y Steve Mitchell); el drama carcelario de tipos duros en Criminals (69-70, 1995, Steven Grant y Mike Zeck); el subyugante cuento que se esconde detrás de una aventura onírica aparentemente impropia de Batman en The Sleeping (76-78, 1995, Scott Hampton), la exhibición gráfica de Citadel (85, 1996, James Robinson y Tony Salmons) o la desfachatez pop de Stories (94, 1997, Michael T. Gilbert). Aunque, obviamente, la lista de favoritos variará según los gustos del que la elabore, si tenemos en cuenta que por este título han pasado nombres tan reconocidos como los de Grant Morrison, Klaus Janson, Howard Chaykin, Gil Kane, Matt Wagner, Bryan Talbot, Craig Russell, Russ Heath, Brett Blevins, Mike Mignola, Jamie Delano, Chris Bachalo, Ted McKeever, Warren Ellis, John McCrea, Garth Ennis o Paul Jenkins y Sean Phillips, entre otros.

lunes, 1 de agosto de 2011

LITERATURA SUPERHEROICA 1: SUPERFOLKS


Con esta entrada abro una serie de cuatro que voy a dedicar a novelas protagonizadas por superhéroes. El superhéroe es un personaje peculiar que asociamos íntimamente al cómic y, en los últimos tiempos, al cine. Sin embargo, también ha tenido desarrollos en la literatura, y en los próximos días voy a comentar cuatro de ellos: Superfolks (1977), de Robert Mayer; It's Superman! (2005), de Tom De Haven; Soon I Will Be Invincible (2007), de Austin Grossman; y por último Supergods (2011), de Grant Morrison.

Hoy quiero escribir unas líneas sobre Superfolks, una novela muy peculiar que ocupa un destacado lugar en las sombras del cómic de superhéroes de los 20 últimos años. Superfolks probablemente pasó desapercibida hasta que un joven Grant Morrison la sacó a colación en un intento de hacerse un nombre atacando a alguien más famoso, una vieja táctica que se ha utilizado inmemorialmente para medrar. En el caso de Morrison, Superfolks le sirvió para denunciar que las mejores ideas del entonces estelar Alan Moore estaban directamente plagiadas de dicha novela, y que Miracleman, Watchmen y la historia de Superman «¿Qué fue del Hombre del Mañana?» estaban algo más que inspiradas en la novela de Mayer.

Superfolks es una novela humorística, una parodia de los superhéroes teñida de referencias a la actualidad pop contemporánea y de cierto espíritu post-hippy. Las referencias pop se traducen en una constante riada de citas de personajes, obras y actores famosos en su momento, algunos de los cuales son reconocibles hoy en día (Kojak, Humphrey Bogart, Fred Astaire, Bugs Bunny) y otros resultan esotéricos para un lector actual (¿alguien menor de cuarenta años sabe quién era Spiro Agnew?). La sensación que produce el torrente referencial es parecida a la que produce asomarse a cualquier semanario de humor satírico de tiempos pasados. Miremos un ejemplar de El Jueves de 1981 y nos sentiremos transportados a otro mundo, levemente parecido al nuestro, pero al mismo tiempo levemente distinto. Algo parecido ocurre en Superfolks.

Lo cual no deja de ser apropiado, ya que el mundo de Superfolks es, como el de Watchmen, un mundo muy parecido al mundo real, salvo por un pequeño detalle: los superhéroes.

Como decía, la intención declarada de la novela es paródica. Está escrita con buen humor y mala leche, y con esa saludable irreverencia hacia los mitos propia de los años 70 que se podía encontrar en tantos productos culturales de masas de la época, desde los tebeos de Steve Gerber hasta las películas de Hal Ashby. Y Superfolks es realmente graciosa. Está escrita con muy buen estilo, con mucha agilidad, y le sobra el ingenio. El (anónimo) superhéroe protagonista, un sosias de Superman, no puede evitar comportarse como un superhéroe canónico (es decir, como un superhéroe de tebeo) cuando lleva puesto su traje superheroico. Así, cuando va de superhéroe, no puede lanzar palabrotas. Las piensa. Piensa «¡Me cago en la hostia puta!», pero cuando abre la boca lo que sale de ella es «¡Vaca sagrada!» Vestido con el traje, tampoco puede mantener relaciones sexuales: es incapaz de conseguir una erección que no le supone ningún problema cuando está en su identidad secreta, David Brinkley. Y tampoco puede usar sus superpoderes para fines innobles o para el lucro propio, o es castigado por ello. Así, por ejemplo, si utiliza su visión de rayos-X para ver desnudas a sus compañeras de clase, a continuación sufre un resbalón, un tropezón o cualquier otro accidente que le propina un golpe violento. En su anuario del instituto, su foto va acompañada del lema «El chico más torpe del instituto».

Mayer toma a un estereotipo de personaje basado en el Superman de George Reeves y el Batman de Adam West y lo somete a un mundo donde existe la sexualidad, la vejez, la ambigüedad, la política, las facturas. El tono es paródico, sí, y como decía, con ese aire sarcástico propio de los setenta. Pero al mismo tiempo, en ocasiones es sorprendentemente épico, y hasta cósmico. En ocasiones, uno tiene la sensación de que Mayer entiende la esencia de los superhéroes en serio mejor de lo que la había entendido nadie en 1977. Su Superfolks abre puertas que los superhéroes del cómic tardarían una década en empezar a atravesar. Cuando el villano de la historia clama: «Bromista Cósmico, y una mierda. Estoy harto de hacer de payaso. Llámalo la Liberación del Bufón. A partir de ahora habrá muerte, destrucción, plagas. Puede que incluso alimañas o ranas. Yo soy Dios, y seré adorado como Él. Soy adorado como Él», y el héroe le contesta: «No, en la Tierra no lo eres», y él se despide con «Dales tiempo, dales tiempo», parece que Mayer esté anticipando con una clarividencia extrema lo que han sido los tebeos de superhéroes desde 1977 hasta nuestros días.

Pero claro, esa anticipación se podría considerar en realidad una influencia, y una influencia no directa, sino indirecta, mediada, obviamente, por el Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons (y añadamos, como Morrison proponía, Miracleman y el Superman de «¿Qué fue del hombre del mañana?»). ¿Copió Alan Moore a Robert Mayer para construir las obras que elevaron su fama en el mundo del cómic? Bueno, el superhéroe protagonista de Superfolks es un cuarentón retirado que vive con su mujer y sus hijos. Ha ido perdiendo los poderes progresivamente, y el resto de los superhéroes han ido desapareciendo a lo largo de los últimos años, bien proscritos por el gobierno, bien muertos en accidentes o en acción. Hay problemas de erección relacionados con el uso del traje superheroico. Hay personajes salidos del panteón clásico e inocente de los superhéroes tradicionales que se reinterpretan llenos de furia, violencia y realismo, como nunca se había visto antes en otro medio. Hay una subtrama política de fondo en la que la resolución de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos depende del papel estratégico del superhombre más poderoso del mundo. Hay una trama policíaca de asesinato relacionada con los bajos fondos y los garitos del hampa que, finalmente, está también relacionada con la gran trama política de la Guerra Fría. Hay un héroe de poder cósmico que debe decidir si su lugar está entre las estrellas, como un superhombre y un nuevo dios, o entre los humanos, junto a sus seres queridos y mortales. Hay, en resumidas cuentas, muchísimos detalles, ideas, personajes y argumentos que, cuando uno los lee hoy en día, le recuerdan continuamente a detalles, ideas, personajes y argumentos de las obras citadas de Alan Moore.

Pero los argumentos son lo de menos. Al fin y al cabo, la ficción es muchas veces la combinación de un número de piezas que, finalmente, son limitadas. El propio Mayer lo toma todo de prestado para su novela. Lo importante es la visión, la originalidad con la que se combinan, la personalidad propia de cada jugador cuando juega el juego. Y ahí, en la visión, que creo que es realmente lo que hizo que Watchmen cambiara la historia del cómic de superhéroes, ahí es donde sí creo que todo lo importante de Watchmen, Miracleman y «¿Qué fue del Hombre del Mañana?» está ya en Superfolks.

La novela de Mayer tiene exactamente el tipo de visión reveladora y postmoderna que hará famoso posteriormente a Moore, y sabe perfectamente cómo aplicarla a un mito popular como los superhéroes que hasta ese momento, recordémoslo, solo había estado dirigido a los niños y los adolescentes. Mayer muestra cómo reubicar a esos personajes en el mundo real, cómo dotarlos de sexualidad y psicología, y cómo involucrarlos en cuestiones políticas que hasta ese momento habían sido completamente ajenas a unos personajes totalmente sometidos a la lógica de las series de tebeos infantiles. Mayer demuestra, en resumidas cuentas, cómo hacer novela con los superhéroes. Moore lo que hace es trasladar esa visión de la novela a la novela gráfica.

Dave Gibbons decía que una de las grandes influencias sobre Watchmen había sido «Superduperman!», la parodia de Superman que Harvey Kurtzman y Wally Wood realizaran en Mad nº 4 (1953). Superfolks es el puente que une «Superduperman!» con Watchmen. ¿Cómo reírnos de los superhéroes y a la vez tomárnoslos más en serio que nunca? ¿Cómo deconstruirlos por completo y a la vez darles un sentido nuevo para una nueva era adulta? Para quien se ha criado como lector a la sombra de Moore, Superfolks llega como una revelación.

Pero, dejando atrás el tema Alan Moore (sin cuya intervención, sin duda, Superfolks no habría sido reeditado nunca y hoy en día estaría más completamente olvidado de lo que ya lo está), hay algo que me interesa observar en estos cuatro libros que voy a comentar. Dado que la literatura es uno de los depósitos privilegiados de la alta cultura en occidente, y dado que han sido muy escasas las ocasiones en las que ha aceptado a los superhéroes entre sus personajes, me interesa observar estos libros como indicadores de la penetración cultural de los superhéroes en la sociedad en un momento dado. Es decir, ¿qué nos dice una novela como Superfolks del papel de los superhéroes en la sociedad en 1977? El anónimo seudo-Superman protagonista se mezcla en sus andanzas con personajes como el Llanero Solitario, Batman y Robin, Wonder Woman, Snoopy y Peter Pan. Todos conviven en el mismo orden ontológico: todos son mitos pop y no se diferencia entre sus respectivos universos. Son figuras de carácter general que pertenecen al reino de las creaciones ficticias que usamos habitualmente en periódicos, revistas, televisión, cine, radio, productos de consumo. Y también cómics, claro, aunque probablemente el público adulto al que va dirigido Superfolks ya no lee cómics. Podemos pensar entonces que Mayer tiene en mente a un lector capaz de interpretar al superhéroe como un personaje pintoresco, extravagante y (obviamente) ridiculizable en cuanto nos lo tomamos en serio, pero a la vez capaz de exponer algunas revelaciones interesantes sobre nuestra propia forma de ser, pues al tomárnoslo en serio pasa a adquirir la potencia simbólica de otros elementos comunes de nuestra sociedad de consumo. Es ahí, en ese espectro donde se confunde con otros iconos, logotipos y personajes procedentes de ámbitos distintos del superheroico, donde Superfolks ubica al superhéroe en la conciencia colectiva a la altura de 1977. Es un personaje con el que el lector tiene cierta familiaridad, pero no excesiva cercanía. Es un personaje en los márgenes de la cultura. Una curiosidad.

Superfolks es, aparte de todo lo dicho, mucho más que una curiosidad. Es una novela divertida y absorbente, que se lee con avidez desde el principio al final. Es, también, un tipo de literatura que creo que no se suele practicar en España: pulp y entretenida, pero al mismo tiempo de autor. Tal vez eso explique por qué está inédita en España. O quizás debería decir: por qué sigue inexplicablemente inédita en España.

¡SUPERVILLANOS!: BATMAN


El otro día situaba a Ozymandias de Watchmen (1986, Alan Moore y Dave Gibbons) como origen de la moderna ecuación del villano como héroe (o del héroe como villano) que tan perfectamente representa el Némesis de Mark Millar y Steve McNiven. Y al concentrarme en Ozymandias, no vi a su lado otro ejemplo del mismo caso aún más pertinente. Aún más pertinente porque Némesis se describe con la expresión «Batman como villano» y, al fin y al cabo, de lo que estoy hablando es de que Batman es, realmente, un villano.

Me refiero, claro, al Batman de The Dark Knight Returns, coetáneo del Ozymandias de Watchmen.

Ya he comentado anteriormente que los protagonistas de las historias de superhéroes son realmente los supervillanos. Son ellos quienes ponen en marcha la acción, los héroes responden a sus actos. Sin supervillanos, los superhéroes no tendrían nada que hacer. Son los supervillanos los que dan razón a su existencia.

En Batman: The Dark Knight Returns (1986), de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley, el universo de los superhéroes y los supervillanos está pacificado hasta que Batman decide actuar. Batman está retirado, y con él el Joker, Dos Caras y todos sus demás archienemigos. Pero Batman decide volver y así pone en marcha la acción y, de paso, es él quien provoca el regreso de los supervillanos que, en este caso, actuarían de hecho como héroes, reaccionando a la presencia del elemento desestabilizador de la armonía inicial de la historia.

Batman vuelve y se enfrenta a la sociedad y al estado. ¿Por qué vuelve? ¿Hay algún acto motivador de su regreso? ¿O vuelve simplemente porque se le necesita? Sólo una mentalidad mesiánica de rasgos megalomaníacos (propios de un supervillano tipo Doctor Muerte o Magneto) pensaría que la sociedad no es capaz de resolver sus propios problemas sin la intervención especial de un hombre elegido que rechaza someterse al consenso general. La situación de «caos» que vive Gotham City no es más que una racionalización de Batman, que en realidad no vuelve para solucionar los problemas de los demás: vuelve para solucionar los suyos propios, como deja muy claro en el monólogo inicial de la obra.

En la primera página de The Dark Knight Returns encontramos a Bruce Wayne implicado en un accidente en una competición de automovilismo. Wayne, que se revela de forma más evidente que nunca como un cascarón vacío, el disfraz de Batman, no encuentra sentido a continuar su existencia si no puede seguir siendo Batman, si no puede seguir dando rienda suelta a su obsesión y disfrutando de las emociones extremas que ésta le proporciona. Al final de ese monólogo inaugural, dice «ésta sería una buena muerte... pero no lo suficiente».

A partir de ahí, decide dejar de reprimirse y entregarse a la satisfacción de sus propias pasiones oscuras, siguiendo estrictamente la misma motivación que ha seguido su archienemigo el Joker durante toda su carrera. Como consecuencia de su decisión, Batman se enfrenta a las fuerzas del orden y a antiguos villanos que vuelven inspirados por él. Por último, en la gran batalla final, se enfrenta al gran superhéroe institucional, Superman. ¿Y quién se enfrenta siempre a Superman en la gran batalla al final del tebeo? El supervillano, por supuesto. ¿Y quién gana siempre en esa gran batalla final? El héroe, por supuesto. Superman.

El que pierde es el villano, Batman.

En The Dark Knight Returns el supervillano muere en la gran batalla final, como es preceptivo, pero, como también es preceptivo, su muerte resulta falsa. Es una treta que le permitirá volver con más fuerza en el futuro, acompañado esta vez de su correspondiente banda de matones (vestidos temáticamente a imitación de su jefe, en la tradición de la serie de TV de Batman de 1966). Como todo buen villano que se precie, Batman y sus esbirros prometen nuevos y más terribles planes para el futuro.

Batman ha completado así su proceso de conversión en supervillano, que le libera de todos los traumas que le suponía la represión de sus instintos. Es por eso que el monólogo final es el eco eufórico del inaugural: «Ésta será una buena vida... lo bastante buena». La villanía da la felicidad. Ahora se entiende por qué los supervillanos siempre se están riendo.

No quiero decir con esto que para Miller Batman no sea el héroe de la historia. Lo es moralmente, está claro, pero las historias de ficción son construcciones formales donde cada pieza desempeña un valor funcional, y, funcionalmente, Batman es el villano de The Dark Knight Returns. Incluso el título lo reconoce: El Caballero Oscuro. El sobrenombre Dark Knight no se había utilizado nunca para identificar a Batman en una portada. Aunque en los 70 se podía encontrar en los cómics de Batman, normalmente era con la construcción «Darknight Detective» que, por un lado, convertía la expresión «Dark Knight» en un juego de palabras infantil, y por otra, matizaba su gravedad al asociarla a la función esencialmente detectivesca (y por tanto, policial y fuertemente empírica) de Batman. Con Miller, «Dark Knight» adquiere un significado nuevo, más profundo, moral y terrible.

El Batman de Dark Knight resulta, entonces, mucho más cercano de lo que creíamos al Ozymandias de Watchmen. Y hay un elemento clave que fundamenta esa relación: ambos son tebeos sin continuidad. Superhéroes fuera de la continuidad. Y la continuidad es uno de los elementos fundamentales para configurar a los superhéroes tal y como los conocemos.

En su libro Super Heroes: A Modern Mythology (University Press of Mississippi, 1992), Richard Reynolds describe la continuidad de los universos superheroicos y concluye que, en realidad, se trata de un entramado en el que conviven tres tipos de continuidad distintos:

1) La continuidad serial. Que, según Reynolds, «es el mismo tipo de continuidad que se mantiene (o no, según los casos) en los culebrones televisivos. La historia anterior de una serie, que incluye todos los episodios previamente emitidos, con su contenido explícito o implícito, y que tiene que ser consistente con la historia actual a medida que se desarrolla».
2) La continuidad jerárquica. «Ésta depende para ser apreciada de una lectura intertextual de varios cómics de superhéroes; y en última instancia de toda la línea de Marvel o DC. En su aplicación más simple, la continuidad jerárquica implica que si el superhéroe A derrota al supervillano B en un cómic y el superhéroe C es derrotado por el supervillano B en otro cómic, entonces (suponiendo que no haya habido otros cambios en la continuidad, tales como que uno de los personajes haya ganado o perdido poderes) el superhéroe A es más fuerte que el superhéroe C y debería ser capaz de derrotarle en combate cuerpo a cuerpo» (Reynolds). Esto yo lo llamaría la ley de «¿Quién es más fuerte, la Cosa o la Masa?», pregunta que, debajo de su aparente sencillez de tópico infantil, encierra toda la clave para entender el funcionamiento de los universos superheroicos.
3) La continuidad estructural. Reynolds: «La continuidad serial, que es diacrónica (se desarrolla a lo largo del tiempo), y la continuidad jerárquica, que es sincrónica (el estado de los asuntos en un momento dado), se combinan para producir la continuidad estructural, que es, en resumen, el contenido completo de los universos DC o Marvel. Sin embargo, la continuidad estructural incluye algo más que la suma total de todas las historias y las interacciones canónicas entre superhéroes, villanos y personajes secundarios. La continuidad estructural también incluye aquellos elementos del mundo real que se contienen dentro del universo ficticio de los superhéroes, y (para los más entregados) acciones que no están recogidas en ningún texto específico, pero que quedan inevitablemente implicadas por la continuidad». En realidad, podríamos decir que ésta es la continuidad operativa que tiene en mente cualquier fan serio de los superhéroes.

Es decir, cuando accedemos a los superhéroes, cuando decidimos «comprar superhéroes», básicamente lo que hacemos es adquirir un sistema mitológico conformado por la continuidad. Lo importante es entender ese sistema, y no «leer buenas historias». Las «buenas historias» lo que hacen es señalar episodios memorables dentro del sistema, pero lo esencial es el seguimiento y mantenimiento de la continuidad. Es la continuidad la que justifica a los superhéroes. Cualquier intento de hacer superhéroes que intente ser canónico se verá obligado a desarrollar la continuidad para crear ese sistema que los justifica. El Universo Marvel desarrolló la continuidad de forma orgánica desde sus orígenes, mientras que en DC llevan cincuenta años intentando recrearla retroactivamente, fusionando diferentes relatos aislados de sus muy diversos y antiguos superhéroes que encajen en un sistema coherente. Pero cuando en los años 90 Image intentó presentarse como un tercer universo superheroico de nuevo cuño, no tardó en descubrir que no bastaba con los superhéroes y los dibujantes estrella, y pronto intentó desarrollar una continuidad artificial, prefabricada, de la que se encargó en buena medida Alan Moore con series como 1963 y Supreme, que utilizaban como modelo la referencia nostálgica a las continuidades de Marvel y DC, respectivamente

Despojados de la continuidad, los superhéroes quedan convertidos en otra cosa, en personajes extravagantes en un mundo «real», y los superhéroes en un mundo real solo pueden ser villanos. La mejor explicación de todo esto -y, por tanto, de cómo funcionan esencialmente los superhéroes- la da sin duda Daniel Clowes en The Death Ray (2004).

Ésta es la lección que aplica Mark Millar a partir de Ultimates. Por supuesto, Millar también comprende que, como personajes extravagantes, los superhéroes en el «mundo real» también pueden ser famosos, fenómenos mediáticos. Pero, originalmente los Ultimates eran superhéroes despojados de continuidad, y superhéroes activos -es decir, villanos- que no esperaban pasivamente a responder a las amenazas de los supervillanos. Podríamos decir que en la apoteosis de su historia original, el enfrentamiento con Hulk en Manhattan, son ellos mismos los proveedores de las amenazas que desarticulan. Es el nuevo panorama superheroico tras el 11-S, la nueva contextualización de una figura que se renueva adquiriendo funciones que hasta ahora solo se encontraban en la sombra. El superhéroe se convierte en villano. El superhéroe se hace moderno.