Me he leído consecutivamente dos tebeos de dos amigos humoristas y la verdad es que me he reído mucho con los dos.

El primero es El mundo según Ptolomeo (Diábolo, 2009), un álbum de Bernardo Vergara que recopila montones de historietas de lo más heterogéneas publicadas previamente en El Jueves y El Heraldo de Aragón, entre otros sitios. En El mundo según Ptolomeo hay de todo, pero sobre todo hay lo que solemos llamar humor de actualidad, y aún más, de un tipo de actualidad "intemporal" que más o menos es cíclica o permanente, que siempre forma parte de nuestro paisaje social. Vamos, que nunca deja de ser actualidad: la iglesia, el coche, el cine, el rey, El Señor de los Anillos... Las páginas han sido realizadas a lo largo de mucho tiempo, pero el tono es bastante regular; ni en dibujo y color (donde a Bernardo le ayuda Carmen Recreo) ni en guiones se aprecia desnivel entre las historietas más antiguas y las más recientes. Esa evolución sí era fácil notarla en obras anteriores de Bernardo, como Manual de instrucciones para libros de instrucciones (Astiberri, 2002) o Urbano: mi colega invita (Astiberri, 2003), lo cual me imagino que significa que el autor está ya muy maduro y en pleno dominio de sus facultades. Para mí, éste es el mejor Bernardo Vergara, el más inspirado y que se muestra más en su salsa, sacando chiste tras chiste de la materia que llena los telediarios, es decir, de la información compartida entre todos nosotros. Porque Bernardo, digámoslo ya, no es realmente un crítico social, sino un crítico de los medios. Su tradición es formalmente la de Bruguera, pero espiritualmente está más cerca de Mad. El mundo según Ptolomeo es un libro de humor "general" que encantaría a cualquier lector "general" que no suela leer cómics, ahora sólo falta esperar que Diábolo sepa hacerlo llegar hasta ese lector.

Qué curioso mercado tenemos en España. Salen dos libros nacidos por impulso de una industria comercial pero materializados finalmente por editoriales minoritarias. El contenido de ambos no sólo es excelente, sino de lo más interesante para el gran público. Y sin embargo, tanto Ptolomeo como Zorgo podrían acabar siendo lectura exclusiva de aficionados muy cafeteros. Ah, pero me había prometido no meterme en grandes reflexiones en este post...
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