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jueves, 9 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (III)



Cierro la serie Spring Cleaning con un tercer capítulo dedicado a los tomos, libros o novelas gráficas, como usted quiera llamarlos. En resumidas cuentas, un puñado de volúmenes de diverso formato y extensión que han ido apareciendo durante este otoño e invierno pasados y que creo que merece la pena recordar aunque sea brevemente, antes de que se pierdan para siempre en el océano de las estanterías.


Ticket Stub, Tim Hensley

Ticket Stub (Yam Books, 2012) se lo compré personalmente a Tim Hensley en el Brooklyn Comics and Graphics Festival del año pasado. Me cuesta olvidar el momento porque Hensley, que es un hombretón, me dijo muy simpáticamente que sentía no poder darme la mano pero que acababa de volver del cuarto de baño y que mejor me ahorraba la cortesía. Tim Hensley tiene una obra muy peculiar publicada en Fantagraphics de la que ya hablé en Mandorla, Wally Gropius (2010, Fantagraphics). A pesar de su reciente aparición, el material contenido en Ticket Stub es muy anterior, ya que procede de un minicómic del mismo título que Hensley se autopublicó durante los 90. Según parece, durante un tiempo Hensley trabajó editando subtítulos para películas y series de televisión, y fue de esa intensa dedicación al material audiovisual de donde surgió este singular cómic. Ticket Stub es básicamente una aglomeración de dibujos espontáneos y texto distribuido en páginas donde parece haberse quedado impregnado un reflejo de las muy diversas producciones que Hensley estaba visionando por motivos profesionales. Retratos de actores, títulos de películas o series, escenas sueltas, fotogramas, sinopsis, diálogos... Todo va cayendo sobre la página con la naturalidad de un cuaderno de bocetos privado. Vagamente me recuerda a la producción más personal de Manel Fontdevila (véase por ejemplo Reunión). Creo que Manel y Hensley comparten una manera festiva de vivir la cultura pop, una gran capacidad para integrarla en su discurso interior visibilizando éste en composiciones de una libertad caprichosa y juguetona. Ticket Stub no discrimina: aquí no hay clásicos ni bodrios, todo material audiovisual es materia prima que pasa por el filtro de la conciencia del observador, que a veces parece meramente aturdido y en otras reelabora con su propia voz original. Lo mismo da Pokémon que La playa, Benny y Joon que X-Men (la película). Todo es arcilla en los lápices de Hensley. La última parte es la que formalmente se aproxima más a una historieta ortodoxa, con viñetas, diálogos y un diseño de página convencionales (véase la ilustración sobre estas líneas). En cada una de esas páginas se reelabora una película o serie con una mezcla de candidez y malicia que parece revelar la sustancia oscura que subyace en todo producto de masas. En eso, tal vez, es en lo que más se parece a Wally Gropius.

By This Shall You Know Him, Jesse Jacobs


En mi entrada sobre los primitivos cósmicos incluí a Jesse Jacobs, con la advertencia de que su Even the Giants se encontraba tal vez en los límites de esta corriente, si es que podíamos delimitarla de algún modo. Su nuevo libro, un espléndido álbum en tres tintas titulado By This Shall You Know Him (Koyama, 2012) le sitúa en pleno centro de la tendencia, si consideramos al Forming de Jesse Moynihan uno de sus centros. Jacobs elabora aquí una fábula cosmogónica que reinterpreta el Génesis bíblico con tintes fantásticos. By This Shall You Know Him es a la vez grandioso en cierto sentido kyrbiano y procaz con cierta arrogancia punk. Pero todo está tan equilibrado en la narración que en ningún momento perdemos el interés por un cuento para adultos, una nueva vuelta de tuerca a la vieja historia que nos han contado mil veces y que sin embargo Jacobs consigue que nos parezca tan distinta como si fuera nueva. En su versión, la Creación es producto de las disputas estéticas entre dos dioses, Ablavak y Zantex (hay uno tercero, Blorax, pero su papel es secundario) que compiten ante el superior Advisor para obtener su reconocimiento. Es la idea del artista como creador llevada a sus últimas consecuencias, y convertida en una batalla eterna entre lo apolíneo y lo dionisíaco, lo orgánico y lo inorgánico, lo blando y lo geométrico, lo angelical y lo demoníaco, es decir, todas las dialécticas que han movilizado la historia del arte como trasunto de la historia de la humanidad misma. Me doy cuenta de que resumido así parece increíblemente pretencioso, pero Jacobs lo narra con una naturalidad encomiable, sin excesos dramáticos ni discursos pomposos, y el mensaje se presenta sin obviedades y a la vez sin ser opaco. Visualmente, By This Shall You Know Him es de una imaginación desbordante.


Delphine, Richard Sala


Mientras leía el penúltimo libro de Richard Sala, The Hidden (Fantagraphics, 2011), tuve una epifanía: en realidad, Richard Sala no me gustaba tanto como yo quería creer. De pronto me di cuenta de que llevaba años leyendo sus libros porque estaba empeñado en que me gustasen, porque tenían que gustarme, ya que reunían por separado muchos elementos que siempre me han gustado: el suspense, lo pulp, lo oscuro, lo tragicómico... Sala era como una versión del primer Burns insobornablemente fiel a los principios del folletín. Así que instantáneamente se instaló en mi pabellón de favoritos, aunque a la hora de la verdad sus libros nunca acababan de entusiasmarme. Demasiado estáticos, demasiado tibios en la narración, acababan por gustarme más como concepto que como ejecución. Y leyendo la fantasía apocalíptica The Hidden ya no pude seguir negándolo. Y sin embargo, las viejas costumbres son difíciles de perder, así que volví a caer con su último título, Delphine (Fantagraphics, 2012), que en realidad es la recopilación de una historia seriada que publicó en la colección Ignatz. Y cómo son las cosas, ahora que ya había renunciado a él, Sala volvió a mí con más fuerza que nunca. Delphine tiene todos los rasgos goreycos habituales de Sala elevados a la máxima potencia, pero esta vez la narración es fluida, el ritmo es intenso y el final es redondo. Para colmo, la historia traspasa los límites que Sala parece haberse autoimpuesto muchas veces del homenaje a la tradición popular de lo grotesco para tocar una fibra más humana y casi desconocida anteriormente en su obra. El resultado es su historia más satisfactoria hasta el momento. Declarada expresamente como una versión moderna de Blancanieves, Delphine se mueve siempre en el filo de lo plausible, en el suspense de una larga carrera donde al protagonista le pasan cosas que podrían ser o no macabras. En ese juego paródico Sala encuentra su mayor triunfo, paseándose por un hilo delicado que nunca se rompe. Al final, Delphine me ha hecho revisarme The Hidden para comprobar si era exactamente lo que recordaba. Me ha parecido mejor.

Una interesante entrevista con Richard Sala sobre Delphine: Richard Sala explores the world of dark fairy tales in «Delphine».
Óscar Palmer está publicado en su blog Cultura Impopular su libro Cómic alternativo de los 90. Aquí se puede leer el capítulo en el que habla de Sala: Polos opuestos.


Dockwood, Jon McNaught


El británico Jon McNaught ya me había maravillado con dos libritos deliciosos, Pebble Island (2010, Nobrow) y Birchfield Close (2010, Nobrow), pero Dockwood (2012, Nobrow) ha sido en cierta manera su puesta de largo, sobre todo si le damos a largo el significado de large. De formato mucho mayor que los anteriores, este libro es un verdadero álbum clásico con apariencia de cuaderno de redacción y contenido adaptado a la última ola de la novela gráfica contemporánea, en la estela de Ware y Seth. Dockwood incluye «dos historias del otoño» que en muchos sentidos abundan en las formas y temas que McNaught ya había tanteado en sus trabajos previos. Ambientes suburbanos o campestres desolados, personajes fundidos con el paisaje y/o los ritmos de la naturaleza, estrategias narrativas encaminadas a una plausible descripción del paso del tiempo y estilo visual inspirado por el diseño y las artes gráficas de mediados del siglo XX. En «Elmwood», la primera de las historietas contenidas en Dockwood, McNaught establece una paralelismo muy obvio entre el otoño y la vejez, mientras que en «Sunset Ridge» vira hacia el otro extremo de la existencia para introducirse en la vida interior de un adolescente. Una vida interior habitada por los videojuegos, por cierto, lo que permite a McNaught un bonito diálogo entre dos espacios de la imaginación, el digital y el real, que en realidad es el de la memoria, es decir, que ambos espacios tienen en cierto sentido la misma categoría. La introducción de un elemento futurista, como son los videojuegos, supone una interesante distorsión en un escenario visual que nos remite insistentemente a la ilustración de los años 50. Pero da igual si los protagonistas son ancianos o jóvenes, sobre las dos historias pesa un aire grave de melancolía profunda. Éste es el tipo de cómic donde se dedican varias viñetas a mostrarnos cómo se pelan unas patatas, y donde las correrías de una ardilla de rama en rama son recurrentes en muchas tiras dispersas a todo lo largo del libro. Tal vez lo que McNaught nos quiera indicar es que tan importante es lo que sucede alrededor de nosotros como lo que nos sucede a nosotros, y que el mundo se mueve y el tiempo avanza aunque nosotros nos quedemos quietos. Dockwood no es todavía una obra maestra, pero es evidente que McNaught está trabajando en la dirección de conseguir una tarde o temprano, y que los desafíos que se plantea con cada nuevo trabajo son cada vez mayores. Mucho ojo a sus próximos títulos.


Letting It Go, Miriam Katin


Letting It Go (2013, Drawn & Quarterly) es el inesperado regreso de Miriam Katin. Digo inesperado porque creía sinceramente que Por nuestra cuenta (2006, Ponent Mon) sería una obra única, sin continuación posible. Para quien no sepa de quién estoy hablando, copio aquí lo que escribí sobre Por nuestra cuenta en La novela gráfica: «Esta última obra es significativa de cómo el cómic ha ido conquistando en los últimos años nuevos espacios para la expresión personal que antes estaban reservados en exclusiva a la literatura o el arte. Por nuestra cuenta es el relato autobiográfico de la huida de Budapest por parte de la autora, entonces una niña, y su madre (judías húngaras) en 1944, cuando escapan del acoso del ejército nazi invasor y posteriormente de las tropas soviéticas. Lo peculiar es que Katin no emprendió esta memoria gráfica hasta pasados los sesenta años, una edad en la que tradicionalmente los autores de cómic ya estaban retirados». Por nuestra cuenta llegó a nuestro país en medio de una oleada de memorias gráficas femeninas que querían situarse en la estela de Persépolis para aprovechar el éxito de Marjane Satrapi, y sin duda eso hizo que para muchos pasara desapercibida o que incluso otros la vieran con desconfianza. Yo mismo tenía prejuicios. Ridículos, como descubrí en cuanto la leí, porque Por nuestra cuenta era un cómic descarnado, contado con la crudeza con la que sólo puede contarlo quien ya ha vivido mucho y no tiene que atender a ansiedades juveniles. Pero por su misma naturaleza biográfica no imaginaba que fuera a tener continuidad ni que Katin proyectase continuar su nueva carrera como novelista gráfica ya en la tercera edad.

Todo esto para explicar por qué Letting It Go me resultaba inesperado. Y a pesar de mi experiencia con Por nuestra cuenta, volví a caer en los mismos prejuicios. El estilo amable de Katin, como de cuento para niños, la misma sospecha de que estaba intentando explotar su éxito anterior, y, sobre todo, esa espantosa portada (no en lo gráfico, sino en lo conceptual), una alegoría visual donde la autora suelta un globo con una esvástica, como para indicar que psicológicamente por fin va a dejar marchar el estigma de su experiencia infantil con el Holocausto, es decir, esa portada que nos anuncia un volumen terapéutico repleto de metáforas gráficas facilonas, volvieron a hacer que abordara la lectura lleno de prevenciones. Katin liquidó mis temores rápidamente. Su narración es tan fluida y original, sus dibujos tan vivos y personales, y su voz tan sarcástica y desvergonzada que es capaz de llegar con la naturalidad de una abuelita a donde los jóvenes underground más tremendistas no se atreverían a llegar nunca. Véase por ejemplo el grotesco episodio del pedo con carga en el hotel de Berlín. Letting It Go es un retrato emocional del superviviente que setenta años después sigue marcado por una experiencia traumática más allá de todo límite. No es que Katin reviva la guerra todos los días, pero cuando su hijo, norteamericano de nacionalidad, le dice que quiere instalarse en Berlín y que para hacerlo necesitaría recuperar la nacionalidad húngara que originalmente poseía su madre, dentro de ésta se desatan todo tipo de angustias y tensiones acumuladas y jamás resueltas a lo largo de toda su vida. Katin no es una anciana bondadosa, desde el primer momento reconoce su aborrecimiento por los alemanes y por todo lo alemán, y no manifiesta ningún deseo ni intención de corregirlo. Asume sus defectos. Y, en contra de lo que podríamos pensar, la historia no muestra un arco de purificación en el que acabe superando esos traumas y volviéndose mejor persona. La superación, en todo caso, es generacional y se encuentra en su hijo y la continuación de su familia. Katin nos hace el favor de contarnos las cosas tal y como son y no embaucarnos con un cuento aplicable como manual de autoayuda. Por eso precisamente me resulta tan desafortunada esa portada tan engañosamente blanda.


«Somersaulting», Sammy Harkham, en Everything Together


Acabo con los dos libros publicados durante los últimos meses que hay que tener, las dos antologías que recopilan historietas dispersas de dos de los dibujantes con más personalidad que están trabajando ahora mismo en el campo de los art comics en Estados Unidos. El primero ya es conocido en España. Apa-Apa publicó en 2009 Marinero de montaña, la acongojante adaptación que hacía Sammy Harkham de una historia de Guy de Maupassant. Esa historia («Poor Sailor» en el original) está incluida en Everything Together (2012, Picturebox) que recoge la obra dispersa que Harkham ha ido dejando por diversas revistas y proyectos variados a lo largo de más de diez años. Harkham tiene una personalidad curiosa y juguetona. Aunque la base de su estilo parece firmemente anclada en el cartoon clásico (por momentos me recuerda a la inmediatez cálida de Segar), siempre está probando cosas nuevas, tanto en la narración como en el diseño o lo gráfico. Eso hace que Everything Together tenga un cierto tono de festival de experimentos. Las historietas son muy diversas en tono y pretensiones, desde la sátira inmediata hasta el relato de largo aliento, desde la parodia (con varias incidencias en el mundo del cómic y sus autores, incluyendo nombres propios) hasta el drama sentimental. Pero por debajo de todas esas vestiduras asoma la voz de Harkham como un autor moderno, de calado literario, libre de servidumbres nostálgicas o de género, y preocupado por la alcanzar una expresión de las emociones íntimas que en numerosas ocasiones pasa por explorar los huecos y silencios en la intimidad de nuestras vidas. Entre todo el material reunido aquí, tres son las piezas maestras que sustentan esa visión del cómic: la mencionaba «Marinero de montaña», «Somersaulting», que describe con escalofriante precisión una historia de amor, y «Lubavitch Ukraine, 1876», que en cierto modo intenta trasladar el mundo de los sentimientos a la formalizada atmósfera de una ciudad judía del este de Europa a finales del siglo XIX. De alguna manera, Harkham es el heredero directo del gran cómic alternativo de los 90, pero al mismo tiempo anuncia algo nuevo. En cada nuevo paso que da resulta más evidente que estamos ante un clásico moderno, y leer Everything Together es una buena forma de hacerse idea de cuál es su verdadero alcance.


«Million Year Boom», Tom Kaczynski, en Beta Testing the Apocalypse.


Creo que mi libro favorito de estos últimos meses es otra recopilación: Beta Testing the Apocalypse (2012, Fantagraphics), de Tom Kaczynski. Kaczynski es un polaco que emigró a Estados Unidos de adolescente, ha trabajado en publicidad y ahora, desde Minneapolis, dirige una de las más interesantes microeditoriales del panorama actual, Uncivilized Books, que ha publicado entre otros el último libro de Gabrielle Bell, The Voyeurs. Aunque ha publicado diversos minicómics e historietas sueltas durante los últimos años, Beta Testing the Apocalypse supone su primer libro como tal, y probablemente el que le descubrirá a un público mayor. Está integrado principalmente por historietas aparecidas en la antología Mome desde 2007, aunque la última (y la más larga), «The New» es inédita. Sobre el conjunto se aprecia una evidente (y reconocida) influencia de J. G. Ballard. Las autopistas, los planes de desarrollo urbano, los edificios, son los protagonistas de estas historias más que las mismas personas que transitan por ellos. Kaczynski es un apasionado de la arquitectura, sobre todo en su aspecto más teórico y simbólico, y eso se nota en sus viñetas, donde el entorno es en gran medida el elemento que produce las ansiedades, miedos y dramas ante los que reaccionan los seres humanos. Aunque todas las historias reunidas en Beta Testing the Apocalypse son excelentes, creo que la obra maestra es «Million Year Boom», una fantasía kafkiana sobre un misterioso proyecto donde se mezclan el branding con la arquitectura moderna y el ecologismo primitivista. Tal vez sea ese choque entre la naturaleza y lo cultural (que ya está presente en el título de la editorial que dirige, Uncivilized Books) lo que más interesa a Kaczynski. Estamos hablando, en todo caso, de un autor de raíces intelectuales, donde el discurso y las ideas se superponen al drama sentimental. No es habitual encontrar historietas tan versadas en arte, arquitectura, publicidad, economía, antropología y política como las de Kaczynski, que ha llegado a denominar lo que hace como filosofía pulp, una expresión de una clarividencia pasmosa. En realidad, esa vertiente discursiva se aprecia más en sus minis, como la serie Trans (que será recopilada en breve en el volumen Trans Terra, así que espero que no tardaremos en volver a hablar de él aquí), Cartoon Dialectics y Structures. Digamos que Beta Testing the Apocalypse ofrece el lado más pulido y apto para el consumo general de la obra de Kaczynski. Gráficamente emparentado con el Daniel Clowes de los 90 y su uso narrativo del bitono y la línea cartoon, Kaczynski se presenta como un autor de singular personalidad, el eslabón perdido entre dos mundos, el de la caída de los ideales sociales que dejó atrás en una Polonia tardocomunista, y el de la praxis de un capitalismo desideologizado que ha conocido desde el interior de la industria publicitaria neoyorquina. Parece completamente fascinado por la identidad cultural que el hombre se ha construido para sí mismo y a la vez escéptico ante los logros de la civilización, como si todo lo que constituye nuestro mundo cotidiano fuera un barniz artificial que apenas disimula el salvajismo subyacente. En ese sentido, se puede entender como la búsqueda de un asidero la obsesión por las medidas físicas como elemento objetivo a través del cual describir el mundo. Obsérvense los títulos de algunas de las historias reunidas en este libro: «100.000 Miles», «10.000 Years», «976 SQ FT», «100 Decibels»... Como remate, Beta Testing the Apocalypse incluye un índice de términos al final que descompone conceptualmente todos los elementos constitutivos de la obra, desde biosfera hasta situacionismo, pasando por Sound Effects, de los cuales se nos hace notar que se dan tres instancias distintas en el volumen: «Aahh» (página 51), «Aaaah» (página 39) y «Aaaahhhhhhachoo» (páginas 60-61).


Recomiendo muy mucho echar un vistazo a los siguientes enlaces:
Web oficial de Uncivilized Books.
Trans Atlantis, tumblr de Kaczynski donde se puede disfrutar de su pasión por la arquitectura.
Entrevista con Tom Kaczynski en The Comics Journal.
Entrevista con Tom Kaczysnki en The Hooded Utilitarian.

viernes, 20 de agosto de 2010

POP CÍNICO


Wally Gropius (Fantagraphics, 2010) es la prueba más clara de que el cómic norteamericano contemporáneo no tira sólo de los referentes del underground y el alternativo. Más que asemejarse a una novela gráfica al uso, el libro de Tim Hensley, que recopila sus colaboraciones en Mome, se asemeja a un álbum de Franquin. Tampoco es el primer autor norteamericano que absorbe la línea clara europea clásica. Charles Burns lo hizo y lo sigue haciendo, y en parte el trabajo de Hensley tiene ciertas similitudes con el de Burns. No es que Hensley sea inquietante ni perturbador, ni menos todavía que se preocupe por los misterios de la carne. Pero al igual que las de Burns, sus historietas se mueven en el terreno del pop: representaciones subvertidas de otras historietas. Casi podríamos hablar de apropiacionismo, al menos estilístico.

Si bien la referencia a Franquin y el francobelga clásico la sugiere el mismo diseño del álbum, Hensley mezcla más cosas en su batidora: Chaland y el Jack Kirby de los collages, por ejemplo. A mí, a lo que más me recuerda finalmente es a algunas historietas que salían en unos viejos tomos de Películas de Disney que leía de pequeño. Hay en Hensley el mismo concepto sintético del espacio, que es quizá una de las cosas más disfrutables de su trabajo gráfico, esa capacidad para definir el campo a través de objetos que flotan en un vacío hecho de colores planos.

Confieso que tanta referencialidad me aturde, y me hace plantearme a dónde va este Wally Gropius, más allá de al lector microespecializado. El personaje protagonista es un jovencito multimillonario a quien todo el mundo confunde con el legendario fundador de la Bauhaus. Pero Wally es sólo un vividor superficial, frívolo y hedonista, interesado en las apariencias y en lo material, que vive una serie de absurdas peripecias seudoamorosas salpicadas de referencias a Iaccoca y Greenspan en tono absolutamente irónico, con la aparente intención de denunciar el consumismo o el capitalismo desbocado. Supongo. No me queda claro, porque tanto cinismo y tanto formalismo acaban por resultarme demasiado fríos, y me pierdo el chiste la mayoría de las veces. Es como si hubiera que pertenecer al club de antemano. Falta corazón.

No quiero decir con esto que Hensley no demuestre ser un historietista de envergadura, porque lo demuestra, pero este Wally Gropius se sitúa en un espacio contiguo al del Lloyd Llewellyn de Clowes, que es un espacio adolescente. La diferencia es que Clowes hizo Lloyd Llewellyn con veinte años y Hensley ya es un cuarentón. Habrá que ver si es capaz de recorrer otros territorios más originales en el futuro, como hizo Clowes.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LOS MEJORES CÓMICS DEL 2009 (AMERICANOS)

("Jillian in The Argument", Tim Hensley)

Otra lectura de aeroplano: The Best American Comics 2009. Una rápida puesta en situación: Best American Comics es una serie anual de libros que publica Houghton Mifflin Harcourt desde 2006. La editorial se ha hecho conocida por sus antologías de los más diversos géneros, iniciadas en 1915 con The Best American Short Stories, y que ya cuenta con series como Las mejores recetas americanas o Los mejores textos espirituales americanos. La idea es, pues, reunir en un libro una muestra representativa de lo mejor que ofrece la producción estadounidense (o de autores instalados en Estados Unidos) de un género o campo determinado durante un periodo determinado. Y aunque el concepto parezca bochornosamente comercialote y facilón, el mecanismo establecido para llevarlo a cabo ha convertido esta serie en un escenario privilegiado para hacer la foto de familia del cómic americano actual. Cada año es un editor invitado el encargado de seleccionar las historietas incluidas entre aquellas que han recogido los editores de la serie (por supuesto, el editor invitado también puede aportar historietas que no hayan sido previamente seleccionadas por los editores de la serie). Desde 2008, los editores de la serie son Jessica Abel y Matt Madden, dos autores de cómic con gran interés por la teoría y la pedagogía del cómic (han firmado el manual Drawing Words & Writing Pictures) . Y la lista de editores invitados de los cuatro primeros volúmenes es de primerísima línea: Harvey Pekar (2006), Chris Ware (2007), Lynda Barry (2008) y en este 2009, Charles Burns.

Por supuesto, este retrato de "los mejores cómics americanos del año" es también un retrato de exclusiones. En el prólogo de 2008, Lynda Barry advertía de que ella misma tomó la "injusta y arbitraria decisión de dejar fuera tiras diarias y chistes editoriales cuando elegía cómics para esta colección. Y aunque los dibujantes del New Yorker son de mis favoritos, también los dejé fuera". Excluidos también quedan los superhéroes y personajes licenciados, no siempre por motivos de calidad artística. En ese mismo tomo de 2008, Lynda Barry había seleccionado el Batman Year 100 de Paul Pope, pero DC no concedió permiso para reeditar algunas páginas en el volumen. Así, este "los mejores cómics" acaba identificándose con "los mejores cómics alternativos americanos" del año. Sólo que ya no son realmente cómics alternativos. Son cómics generales, que se venden en las librerías generales, y que lee el público que no va a librerías especializadas en cómic. O dicho de otra forma, estamos hablando de "lo mejor de la novela gráfica americana" en un año determinado. Y, por supuesto, se sirve en formato de novela -un libro de más de 300 páginas en cartoné con sobrecubierta- para lectores de novela que no tienen por qué estar necesariamente al día de lo que se cuece en el mundillo del cómic. Me pregunto cuántos de los lectores de este Best American Comics sólo comprarán este cómic en todo el año.

El escenario de la novela gráfica americana contemporánea que queda reflejado en este volumen se muestra muy consolidado. Nadie que siga con un poco de atención la actualidad se va a llevar ninguna sorpresa. Como dice Burns en la introducción, "hoy en día, si eres un historietista de talento razonable, es difícil permanecer bajo el radar mucho tiempo". Y a continuación, señala que de las 36 piezas elegidas para el libro, 20 pertenecen a historietistas previamente publicados en las tres ediciones anteriores de Best American Comics. Ésta es quizás la encrucijada en la que se encuentra ahora mismo la novela gráfica: ya no basta con hacer "cómic adulto". Eso ya no es novedad, y muchos grandes autores jóvenes se han revelado en los cinco últimos años. Se han empezado a consolidar ciertas formas y tendencias y parece que ya se distinguen claramente determinados caminos a seguir. El desafío de los próximos años, pues, tal vez no esté en la osadía, como hasta ahora, sino en la calidad. Se ha reclamado un espacio y el público parece dispuesto a atender esa reclamación. Ahora hay que ver qué van a hacer los historietistas con ese espacio.


("Indian Spirit Twain & Einstein", Michael Kupperman)

Este Best American Comics da testimonio de esos caminos que se van consolidando, y de esos artistas que empiezan a marcar estilos. Por un lado, la línea del relato personal, basado en la memoria sentimental e íntima. Dos (tres, en realidad) grandes -grandísimos- nombres lo señalan en este tomo, Art Spiegelman ("Portrait of the Artist as a Young %@#*!!") y Robert Crumb con Aline Kominsky-Crumb ("Our Beloved Tape Dispenser"), y lo siguen muchos otros, desde Laura Park hasta Mimi Pond, Gabrielle Bell o Dan Zettwoch. En el extremo opuesto podríamos decir que se encuentra una familia más experimental y menos narrativa, de la cual aparecen en este volumen dos de sus grandes inspiradores, Gary Panter ("Dal Tokyo") y Jerry Moriarty (con toda una serie de piezas). En esta línea están trabajando artistas como CF, Anders Nilsen, Al Columbia, Ron Regé Jr. o Michael Kupperman (autor de la portada del libro, por cierto). Entre estos dos límites, hay intentos de encontrar una forma de hacer una nueva ficción que no sea un simple reflejo de la literatura ni del cine y que es donde podrían situarse los trabajos que aparecen aquí de Sammy Harkham y Dash Shaw, a quienes menciono como tal vez los dos nombres más prometedores de la nueva ola. Pero en esta misma vía se ubicarían las páginas de nombres ya tan venerados como los de Daniel Clowes ("Justin M. Damiano", que apareció en la recopilación de ficción editada por Zadie Smith The Book of Other People) , Peter Bagge (el drama histórico "Artist vs. Artisan"), Chris Ware ("Jordan W. Lint"), Gilbert Hernandez ("Papa") o Ben Katchor (varias páginas humorísticas).

Quizás el historietista paradigmático del momento actual, tras su rápido ascenso a la fama por las páginas que ha publicado en MOME, sea Tim Hensley, que significativamente abre y cierra el volumen con su serie "Gropius". Hensley practica un humor provocativo y escatológico sobre estructuras convencionales, apropiándose del lenguaje de los cómics de adolescentes como Archie. En su trabajo vemos en gran medida la postura de muchos de los novelistas gráficos actuales, con la mirada vuelta hacia atrás, hacia la tradición del cómic convencional -juvenil- con el que se han criado, mientras intentan avanzar hacia el cómic adulto. Pero ese avance se hace de espaldas, sin saber muy bien hacia dónde caminamos, y si el siguiente paso nos va a llevar a los brazos de un público acogedor o solamente un poco más cerca de un abismo que ni siquiera imaginamos.

("The Company", Matt Broersma)