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jueves, 9 de mayo de 2013

SPRING CLEANING (III)



Cierro la serie Spring Cleaning con un tercer capítulo dedicado a los tomos, libros o novelas gráficas, como usted quiera llamarlos. En resumidas cuentas, un puñado de volúmenes de diverso formato y extensión que han ido apareciendo durante este otoño e invierno pasados y que creo que merece la pena recordar aunque sea brevemente, antes de que se pierdan para siempre en el océano de las estanterías.


Ticket Stub, Tim Hensley

Ticket Stub (Yam Books, 2012) se lo compré personalmente a Tim Hensley en el Brooklyn Comics and Graphics Festival del año pasado. Me cuesta olvidar el momento porque Hensley, que es un hombretón, me dijo muy simpáticamente que sentía no poder darme la mano pero que acababa de volver del cuarto de baño y que mejor me ahorraba la cortesía. Tim Hensley tiene una obra muy peculiar publicada en Fantagraphics de la que ya hablé en Mandorla, Wally Gropius (2010, Fantagraphics). A pesar de su reciente aparición, el material contenido en Ticket Stub es muy anterior, ya que procede de un minicómic del mismo título que Hensley se autopublicó durante los 90. Según parece, durante un tiempo Hensley trabajó editando subtítulos para películas y series de televisión, y fue de esa intensa dedicación al material audiovisual de donde surgió este singular cómic. Ticket Stub es básicamente una aglomeración de dibujos espontáneos y texto distribuido en páginas donde parece haberse quedado impregnado un reflejo de las muy diversas producciones que Hensley estaba visionando por motivos profesionales. Retratos de actores, títulos de películas o series, escenas sueltas, fotogramas, sinopsis, diálogos... Todo va cayendo sobre la página con la naturalidad de un cuaderno de bocetos privado. Vagamente me recuerda a la producción más personal de Manel Fontdevila (véase por ejemplo Reunión). Creo que Manel y Hensley comparten una manera festiva de vivir la cultura pop, una gran capacidad para integrarla en su discurso interior visibilizando éste en composiciones de una libertad caprichosa y juguetona. Ticket Stub no discrimina: aquí no hay clásicos ni bodrios, todo material audiovisual es materia prima que pasa por el filtro de la conciencia del observador, que a veces parece meramente aturdido y en otras reelabora con su propia voz original. Lo mismo da Pokémon que La playa, Benny y Joon que X-Men (la película). Todo es arcilla en los lápices de Hensley. La última parte es la que formalmente se aproxima más a una historieta ortodoxa, con viñetas, diálogos y un diseño de página convencionales (véase la ilustración sobre estas líneas). En cada una de esas páginas se reelabora una película o serie con una mezcla de candidez y malicia que parece revelar la sustancia oscura que subyace en todo producto de masas. En eso, tal vez, es en lo que más se parece a Wally Gropius.

By This Shall You Know Him, Jesse Jacobs


En mi entrada sobre los primitivos cósmicos incluí a Jesse Jacobs, con la advertencia de que su Even the Giants se encontraba tal vez en los límites de esta corriente, si es que podíamos delimitarla de algún modo. Su nuevo libro, un espléndido álbum en tres tintas titulado By This Shall You Know Him (Koyama, 2012) le sitúa en pleno centro de la tendencia, si consideramos al Forming de Jesse Moynihan uno de sus centros. Jacobs elabora aquí una fábula cosmogónica que reinterpreta el Génesis bíblico con tintes fantásticos. By This Shall You Know Him es a la vez grandioso en cierto sentido kyrbiano y procaz con cierta arrogancia punk. Pero todo está tan equilibrado en la narración que en ningún momento perdemos el interés por un cuento para adultos, una nueva vuelta de tuerca a la vieja historia que nos han contado mil veces y que sin embargo Jacobs consigue que nos parezca tan distinta como si fuera nueva. En su versión, la Creación es producto de las disputas estéticas entre dos dioses, Ablavak y Zantex (hay uno tercero, Blorax, pero su papel es secundario) que compiten ante el superior Advisor para obtener su reconocimiento. Es la idea del artista como creador llevada a sus últimas consecuencias, y convertida en una batalla eterna entre lo apolíneo y lo dionisíaco, lo orgánico y lo inorgánico, lo blando y lo geométrico, lo angelical y lo demoníaco, es decir, todas las dialécticas que han movilizado la historia del arte como trasunto de la historia de la humanidad misma. Me doy cuenta de que resumido así parece increíblemente pretencioso, pero Jacobs lo narra con una naturalidad encomiable, sin excesos dramáticos ni discursos pomposos, y el mensaje se presenta sin obviedades y a la vez sin ser opaco. Visualmente, By This Shall You Know Him es de una imaginación desbordante.


Delphine, Richard Sala


Mientras leía el penúltimo libro de Richard Sala, The Hidden (Fantagraphics, 2011), tuve una epifanía: en realidad, Richard Sala no me gustaba tanto como yo quería creer. De pronto me di cuenta de que llevaba años leyendo sus libros porque estaba empeñado en que me gustasen, porque tenían que gustarme, ya que reunían por separado muchos elementos que siempre me han gustado: el suspense, lo pulp, lo oscuro, lo tragicómico... Sala era como una versión del primer Burns insobornablemente fiel a los principios del folletín. Así que instantáneamente se instaló en mi pabellón de favoritos, aunque a la hora de la verdad sus libros nunca acababan de entusiasmarme. Demasiado estáticos, demasiado tibios en la narración, acababan por gustarme más como concepto que como ejecución. Y leyendo la fantasía apocalíptica The Hidden ya no pude seguir negándolo. Y sin embargo, las viejas costumbres son difíciles de perder, así que volví a caer con su último título, Delphine (Fantagraphics, 2012), que en realidad es la recopilación de una historia seriada que publicó en la colección Ignatz. Y cómo son las cosas, ahora que ya había renunciado a él, Sala volvió a mí con más fuerza que nunca. Delphine tiene todos los rasgos goreycos habituales de Sala elevados a la máxima potencia, pero esta vez la narración es fluida, el ritmo es intenso y el final es redondo. Para colmo, la historia traspasa los límites que Sala parece haberse autoimpuesto muchas veces del homenaje a la tradición popular de lo grotesco para tocar una fibra más humana y casi desconocida anteriormente en su obra. El resultado es su historia más satisfactoria hasta el momento. Declarada expresamente como una versión moderna de Blancanieves, Delphine se mueve siempre en el filo de lo plausible, en el suspense de una larga carrera donde al protagonista le pasan cosas que podrían ser o no macabras. En ese juego paródico Sala encuentra su mayor triunfo, paseándose por un hilo delicado que nunca se rompe. Al final, Delphine me ha hecho revisarme The Hidden para comprobar si era exactamente lo que recordaba. Me ha parecido mejor.

Una interesante entrevista con Richard Sala sobre Delphine: Richard Sala explores the world of dark fairy tales in «Delphine».
Óscar Palmer está publicado en su blog Cultura Impopular su libro Cómic alternativo de los 90. Aquí se puede leer el capítulo en el que habla de Sala: Polos opuestos.


Dockwood, Jon McNaught


El británico Jon McNaught ya me había maravillado con dos libritos deliciosos, Pebble Island (2010, Nobrow) y Birchfield Close (2010, Nobrow), pero Dockwood (2012, Nobrow) ha sido en cierta manera su puesta de largo, sobre todo si le damos a largo el significado de large. De formato mucho mayor que los anteriores, este libro es un verdadero álbum clásico con apariencia de cuaderno de redacción y contenido adaptado a la última ola de la novela gráfica contemporánea, en la estela de Ware y Seth. Dockwood incluye «dos historias del otoño» que en muchos sentidos abundan en las formas y temas que McNaught ya había tanteado en sus trabajos previos. Ambientes suburbanos o campestres desolados, personajes fundidos con el paisaje y/o los ritmos de la naturaleza, estrategias narrativas encaminadas a una plausible descripción del paso del tiempo y estilo visual inspirado por el diseño y las artes gráficas de mediados del siglo XX. En «Elmwood», la primera de las historietas contenidas en Dockwood, McNaught establece una paralelismo muy obvio entre el otoño y la vejez, mientras que en «Sunset Ridge» vira hacia el otro extremo de la existencia para introducirse en la vida interior de un adolescente. Una vida interior habitada por los videojuegos, por cierto, lo que permite a McNaught un bonito diálogo entre dos espacios de la imaginación, el digital y el real, que en realidad es el de la memoria, es decir, que ambos espacios tienen en cierto sentido la misma categoría. La introducción de un elemento futurista, como son los videojuegos, supone una interesante distorsión en un escenario visual que nos remite insistentemente a la ilustración de los años 50. Pero da igual si los protagonistas son ancianos o jóvenes, sobre las dos historias pesa un aire grave de melancolía profunda. Éste es el tipo de cómic donde se dedican varias viñetas a mostrarnos cómo se pelan unas patatas, y donde las correrías de una ardilla de rama en rama son recurrentes en muchas tiras dispersas a todo lo largo del libro. Tal vez lo que McNaught nos quiera indicar es que tan importante es lo que sucede alrededor de nosotros como lo que nos sucede a nosotros, y que el mundo se mueve y el tiempo avanza aunque nosotros nos quedemos quietos. Dockwood no es todavía una obra maestra, pero es evidente que McNaught está trabajando en la dirección de conseguir una tarde o temprano, y que los desafíos que se plantea con cada nuevo trabajo son cada vez mayores. Mucho ojo a sus próximos títulos.


Letting It Go, Miriam Katin


Letting It Go (2013, Drawn & Quarterly) es el inesperado regreso de Miriam Katin. Digo inesperado porque creía sinceramente que Por nuestra cuenta (2006, Ponent Mon) sería una obra única, sin continuación posible. Para quien no sepa de quién estoy hablando, copio aquí lo que escribí sobre Por nuestra cuenta en La novela gráfica: «Esta última obra es significativa de cómo el cómic ha ido conquistando en los últimos años nuevos espacios para la expresión personal que antes estaban reservados en exclusiva a la literatura o el arte. Por nuestra cuenta es el relato autobiográfico de la huida de Budapest por parte de la autora, entonces una niña, y su madre (judías húngaras) en 1944, cuando escapan del acoso del ejército nazi invasor y posteriormente de las tropas soviéticas. Lo peculiar es que Katin no emprendió esta memoria gráfica hasta pasados los sesenta años, una edad en la que tradicionalmente los autores de cómic ya estaban retirados». Por nuestra cuenta llegó a nuestro país en medio de una oleada de memorias gráficas femeninas que querían situarse en la estela de Persépolis para aprovechar el éxito de Marjane Satrapi, y sin duda eso hizo que para muchos pasara desapercibida o que incluso otros la vieran con desconfianza. Yo mismo tenía prejuicios. Ridículos, como descubrí en cuanto la leí, porque Por nuestra cuenta era un cómic descarnado, contado con la crudeza con la que sólo puede contarlo quien ya ha vivido mucho y no tiene que atender a ansiedades juveniles. Pero por su misma naturaleza biográfica no imaginaba que fuera a tener continuidad ni que Katin proyectase continuar su nueva carrera como novelista gráfica ya en la tercera edad.

Todo esto para explicar por qué Letting It Go me resultaba inesperado. Y a pesar de mi experiencia con Por nuestra cuenta, volví a caer en los mismos prejuicios. El estilo amable de Katin, como de cuento para niños, la misma sospecha de que estaba intentando explotar su éxito anterior, y, sobre todo, esa espantosa portada (no en lo gráfico, sino en lo conceptual), una alegoría visual donde la autora suelta un globo con una esvástica, como para indicar que psicológicamente por fin va a dejar marchar el estigma de su experiencia infantil con el Holocausto, es decir, esa portada que nos anuncia un volumen terapéutico repleto de metáforas gráficas facilonas, volvieron a hacer que abordara la lectura lleno de prevenciones. Katin liquidó mis temores rápidamente. Su narración es tan fluida y original, sus dibujos tan vivos y personales, y su voz tan sarcástica y desvergonzada que es capaz de llegar con la naturalidad de una abuelita a donde los jóvenes underground más tremendistas no se atreverían a llegar nunca. Véase por ejemplo el grotesco episodio del pedo con carga en el hotel de Berlín. Letting It Go es un retrato emocional del superviviente que setenta años después sigue marcado por una experiencia traumática más allá de todo límite. No es que Katin reviva la guerra todos los días, pero cuando su hijo, norteamericano de nacionalidad, le dice que quiere instalarse en Berlín y que para hacerlo necesitaría recuperar la nacionalidad húngara que originalmente poseía su madre, dentro de ésta se desatan todo tipo de angustias y tensiones acumuladas y jamás resueltas a lo largo de toda su vida. Katin no es una anciana bondadosa, desde el primer momento reconoce su aborrecimiento por los alemanes y por todo lo alemán, y no manifiesta ningún deseo ni intención de corregirlo. Asume sus defectos. Y, en contra de lo que podríamos pensar, la historia no muestra un arco de purificación en el que acabe superando esos traumas y volviéndose mejor persona. La superación, en todo caso, es generacional y se encuentra en su hijo y la continuación de su familia. Katin nos hace el favor de contarnos las cosas tal y como son y no embaucarnos con un cuento aplicable como manual de autoayuda. Por eso precisamente me resulta tan desafortunada esa portada tan engañosamente blanda.


«Somersaulting», Sammy Harkham, en Everything Together


Acabo con los dos libros publicados durante los últimos meses que hay que tener, las dos antologías que recopilan historietas dispersas de dos de los dibujantes con más personalidad que están trabajando ahora mismo en el campo de los art comics en Estados Unidos. El primero ya es conocido en España. Apa-Apa publicó en 2009 Marinero de montaña, la acongojante adaptación que hacía Sammy Harkham de una historia de Guy de Maupassant. Esa historia («Poor Sailor» en el original) está incluida en Everything Together (2012, Picturebox) que recoge la obra dispersa que Harkham ha ido dejando por diversas revistas y proyectos variados a lo largo de más de diez años. Harkham tiene una personalidad curiosa y juguetona. Aunque la base de su estilo parece firmemente anclada en el cartoon clásico (por momentos me recuerda a la inmediatez cálida de Segar), siempre está probando cosas nuevas, tanto en la narración como en el diseño o lo gráfico. Eso hace que Everything Together tenga un cierto tono de festival de experimentos. Las historietas son muy diversas en tono y pretensiones, desde la sátira inmediata hasta el relato de largo aliento, desde la parodia (con varias incidencias en el mundo del cómic y sus autores, incluyendo nombres propios) hasta el drama sentimental. Pero por debajo de todas esas vestiduras asoma la voz de Harkham como un autor moderno, de calado literario, libre de servidumbres nostálgicas o de género, y preocupado por la alcanzar una expresión de las emociones íntimas que en numerosas ocasiones pasa por explorar los huecos y silencios en la intimidad de nuestras vidas. Entre todo el material reunido aquí, tres son las piezas maestras que sustentan esa visión del cómic: la mencionaba «Marinero de montaña», «Somersaulting», que describe con escalofriante precisión una historia de amor, y «Lubavitch Ukraine, 1876», que en cierto modo intenta trasladar el mundo de los sentimientos a la formalizada atmósfera de una ciudad judía del este de Europa a finales del siglo XIX. De alguna manera, Harkham es el heredero directo del gran cómic alternativo de los 90, pero al mismo tiempo anuncia algo nuevo. En cada nuevo paso que da resulta más evidente que estamos ante un clásico moderno, y leer Everything Together es una buena forma de hacerse idea de cuál es su verdadero alcance.


«Million Year Boom», Tom Kaczynski, en Beta Testing the Apocalypse.


Creo que mi libro favorito de estos últimos meses es otra recopilación: Beta Testing the Apocalypse (2012, Fantagraphics), de Tom Kaczynski. Kaczynski es un polaco que emigró a Estados Unidos de adolescente, ha trabajado en publicidad y ahora, desde Minneapolis, dirige una de las más interesantes microeditoriales del panorama actual, Uncivilized Books, que ha publicado entre otros el último libro de Gabrielle Bell, The Voyeurs. Aunque ha publicado diversos minicómics e historietas sueltas durante los últimos años, Beta Testing the Apocalypse supone su primer libro como tal, y probablemente el que le descubrirá a un público mayor. Está integrado principalmente por historietas aparecidas en la antología Mome desde 2007, aunque la última (y la más larga), «The New» es inédita. Sobre el conjunto se aprecia una evidente (y reconocida) influencia de J. G. Ballard. Las autopistas, los planes de desarrollo urbano, los edificios, son los protagonistas de estas historias más que las mismas personas que transitan por ellos. Kaczynski es un apasionado de la arquitectura, sobre todo en su aspecto más teórico y simbólico, y eso se nota en sus viñetas, donde el entorno es en gran medida el elemento que produce las ansiedades, miedos y dramas ante los que reaccionan los seres humanos. Aunque todas las historias reunidas en Beta Testing the Apocalypse son excelentes, creo que la obra maestra es «Million Year Boom», una fantasía kafkiana sobre un misterioso proyecto donde se mezclan el branding con la arquitectura moderna y el ecologismo primitivista. Tal vez sea ese choque entre la naturaleza y lo cultural (que ya está presente en el título de la editorial que dirige, Uncivilized Books) lo que más interesa a Kaczynski. Estamos hablando, en todo caso, de un autor de raíces intelectuales, donde el discurso y las ideas se superponen al drama sentimental. No es habitual encontrar historietas tan versadas en arte, arquitectura, publicidad, economía, antropología y política como las de Kaczynski, que ha llegado a denominar lo que hace como filosofía pulp, una expresión de una clarividencia pasmosa. En realidad, esa vertiente discursiva se aprecia más en sus minis, como la serie Trans (que será recopilada en breve en el volumen Trans Terra, así que espero que no tardaremos en volver a hablar de él aquí), Cartoon Dialectics y Structures. Digamos que Beta Testing the Apocalypse ofrece el lado más pulido y apto para el consumo general de la obra de Kaczynski. Gráficamente emparentado con el Daniel Clowes de los 90 y su uso narrativo del bitono y la línea cartoon, Kaczynski se presenta como un autor de singular personalidad, el eslabón perdido entre dos mundos, el de la caída de los ideales sociales que dejó atrás en una Polonia tardocomunista, y el de la praxis de un capitalismo desideologizado que ha conocido desde el interior de la industria publicitaria neoyorquina. Parece completamente fascinado por la identidad cultural que el hombre se ha construido para sí mismo y a la vez escéptico ante los logros de la civilización, como si todo lo que constituye nuestro mundo cotidiano fuera un barniz artificial que apenas disimula el salvajismo subyacente. En ese sentido, se puede entender como la búsqueda de un asidero la obsesión por las medidas físicas como elemento objetivo a través del cual describir el mundo. Obsérvense los títulos de algunas de las historias reunidas en este libro: «100.000 Miles», «10.000 Years», «976 SQ FT», «100 Decibels»... Como remate, Beta Testing the Apocalypse incluye un índice de términos al final que descompone conceptualmente todos los elementos constitutivos de la obra, desde biosfera hasta situacionismo, pasando por Sound Effects, de los cuales se nos hace notar que se dan tres instancias distintas en el volumen: «Aahh» (página 51), «Aaaah» (página 39) y «Aaaahhhhhhachoo» (páginas 60-61).


Recomiendo muy mucho echar un vistazo a los siguientes enlaces:
Web oficial de Uncivilized Books.
Trans Atlantis, tumblr de Kaczynski donde se puede disfrutar de su pasión por la arquitectura.
Entrevista con Tom Kaczynski en The Comics Journal.
Entrevista con Tom Kaczysnki en The Hooded Utilitarian.

jueves, 27 de septiembre de 2012

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ILUSTRACIÓN


Alguna extraña conexión mental me lleva del post anterior sobre Los entusiastas de Brecht Evens a este en torno a Jean Baptiste Baigorri 1: Cramond Island (Nobrow 2012), de Irkus M. Zeberio. Como el de Evens, el de Zeberio es un cómic muy visual, muy de escuela de arte, aunque en este caso más orientado hacia la ilustración, el diseño y las artes gráficas en general (incluso también hay en su combinación de línea, manchas de color básicas y espacio en blanco algo que recuerda a Asterios Polyp). Cramond Island es, desde luego, uno de esos cómics que reclamaba en la última frase de aquel post: un cómic que me entra por los ojos. Y si consigue sugerirme un abismo infinito con cada imagen, es precisamente porque todas las deja abiertas. En lugar de posarse sobre el firme cimiento de un guión sólido, sus viñetas pasean y hacen cabriolas sobre un laberinto de alambres.

El Baigorri protagonista es un Aviraneta del alma, un viajero espiritual que recorre el paisaje de su propio inconsciente simbólico en un periplo surrealista que tiene la gravedad y la ligereza del Entreacto (1924) de René Clair, una farsa sobre la muerte de imágenes precipitadas al vacío de la vida moderna. Cramond Island es, por tanto, uno de esos tebeos que cuenta poco y dice mucho. Para entenderlo sólo hay que tener una clave: no distraerse demasiado leyendo las palabras.

miércoles, 10 de agosto de 2011

UN NUEVO ORIGEN


Forming (Nobrow, 2011), de Jesse Moynihan, tiene todas las características formales del sello que lo alberga: es un libro exquisitamente editado, de tamaño álbum, en tapa dura, con lomo de tela y papel y colores extraordinarios. Como objeto, cumple todos los requerimientos de Nobrow, y en cierta medida los excede con su tamaño superior. Pero lo más importante de Forming está, en este caso sí, en su contenido, en sus páginas desbordantes de fuerza y de imaginación, que exceden los límites del nicho de los «tebeos elegantes» para invadir estruendosamente el territorio de los «grandes tebeos contemporáneos».

Forming se anuncia como una trilogía, así que ya veremos cómo se desarrolla en sus dos siguientes volúmenes. El primero es, de momento, apabullante. Basándose en un diseño de página regular, Moynihan empieza desde la primera viñeta a bombardearnos con una arrolladora sucesión de personajes, conceptos y paisajes a cada cual más sorprendente. La historia -que utiliza elipsis de miles y hasta de millones de años con la mayor naturalidad- es una especie de amalgama gamberra de diferentes versiones del origen del mundo, donde se mezcla lo cristiano con lo helénico, lo asiático y la ciencia-ficción extraterrestre. Por momentos parece que estamos en una secuela de Star Wars y a continuación parece que nos hemos desplazado al Génesis. Nunca sabemos dónde estamos exactamente, pero la narración arrolladora de Moynihan no nos deja tiempo para pensarlo. Con un talento gráfico descomunal, que se expresa en bruto, sin sutilezas, Moynihan acaba por conquistar por la pura fuerza de sus páginas, un poco como el Jack Kirby del Cuarto Mundo, pero con una mirada decididamente moderna, capaz de mezclar lo chocante, lo escatológico o lo intimista con lo cósmico y lo trascendental sin solución de continuidad. En Forming todo se atropella y el libro parece dibujado con la urgencia con la que un niño dibujaba sus fantasías imitando los tebeos de fantasía y superhéroes. Uno siente que el artista tiene una necesidad física de liberarse de ese torrente de historias y personajes entrelazados, expulsarlos sobre el papel lo más violentamente posible para quedarse limpio.

En su vocación de construcción de un mundo complejo y absolutamente hermético, Moynihan recuerda a los artistas marginales. Dentro del cómic, resulta difícil encontrarle parentescos adecuados. He mencionado al Kirby de New Gods, que parece una referencia evidente, pero eso también nos remite a uno de sus más peculiares avatares contemporáneos, el CF de Powr Mastrs. Moynihan es más concreto y menos enigmático que CF, pero sí comparte con él esa creatividad desbordada y esa imaginación cósmica con un sentido moderno. Manuel Bartual me dijo que Forming le recordaba a Fletcher Hanks. Algo hay también en sus viñetas de esa grosera y violenta estilización, aunque es evidente que Moynihan trabaja desde una esfera artística completamente distinta a la de Hanks. Quizás el cómic al que más me haya recordado ha sido The Goddes of War, de Lauren R. Weinstein, en cuya reseña veo ahora que ya mencionaba a Hanks. Sin duda, hay una sintonía extraña entre todos estos tebeos que, en realidad, son tan profundamente distintos e idiosincráticos.

Nada de todo lo dicho debería considerarse una medida adecuada para el Forming de Jesse Moynihan, una obra cuyo verdadero alcance todavía está por ver. Esto es solo el primer capítulo, el primer paso de lo que se anuncia como un gran ciclo de la creación y del origen del mundo. Y quién sabe si de un cómic nuevo, también.

martes, 9 de agosto de 2011

¿A QUÉ HUELEN LOS TEBEOS?



La editorial de cómics que más mola del mundo ahora mismo es la británica Nobrow. Fundado apenas en 2008, el sello Nobrow incluye en la actualidad una editorial, una tienda online y una tienda física sita en Londres. Nobrow produce libros de ilustración, revistas, libros infantiles, juguetes, libros hechos a mano, papel de envolver y lo que a nosotros más nos interesa: cómics. La producción de cómics hasta el momento es relativamente escasa, de modo que en un par de pedidos por correo uno se puede hacer con casi todo su catálogo de tebeos.

¿Qué es lo que hace a los tebeos de hoy en día tan diferentes, tan atractivos? ¿Tan molantes? Si hacemos caso a Nobrow, principalmente, el diseño. Los artistas de Nobrow no conforman un grupo cohesionado, sino que son una colección de autores internacionales dispersos que se reconocen por ciertas coincidencias en su sensibilidad artística. Como ya comenté en La novela gráfica, el cómic artístico contemporáneo es un movimiento internacional, y Nobrow se sitúa en ese horizonte. Cada artista tiene una personalidad individual muy característica, pero el elemento que los convierte en algo homogéneo es el gusto por el diseño, la influencia de los estilos gráficos procedentes de la ilustración, más que del cómic, y una preocupación palpable y evidente por la presencia física, material, del objeto libro. Las ediciones de Nobrow son tan exquisitas que muchas veces es el componente material el que les da sentido. Parece que, definitivamente, en la era digital, el cómic en papel será un objeto lujoso o no será.

La elección del nombre de la editorial es toda una declaración de principios. Si highbrow alude a lo que es pedantemente intelectual y lowbrow a lo que es intelectualmente vulgar, nobrow parece reclamar un espacio intermedio desprovisto de expectativas intelectuales, un espacio culturalmente apolítico, propio de las generaciones postideológicas. El cómic ha sido tradicionalmente un producto cultural lowbrow, enfrentado directamente al libro como manifestación social suprema highbrow de la sociedad de consumo capitalista: nuestros padres nos compraban enciclopedias que perdurarían el día de mañana y nos acompañarían toda nuestra vida, cuando ya hiciera mucho tiempo que hubiésemos tirado y olvidado aquellos tebeos de grapa desechables que leíamos tumbados sobre el suelo de la cocina. Pero las aristas de esos dos mundos se han ido rozando y erosionando durante las últimas décadas de tal manera que hoy la enciclopedia la consultamos en internet sin darle ningún valor, mientras que los tebeos de grapa los pedimos por correo y pagamos 8€ por cada uno de ellos.

Sí, evidentemente, la declaración «nobrow» de Nobrow es una impostura, porque la recuperación del formato popular de grapa desde las posturas artísticas contemporáneas es en realidad una estrategia absolutamente highbrow, de galería de arte a la moda, incluso. Los tebeos de Nobrow no huelen a kiosco. Huelen a nubes.

Pero ese quizás sea el aspecto más irritante de Nobrow. Centrémonos en el más saludable, que son los tebeos en sí. El primer contacto con un puñado de títulos de Nobrow es exhilarante. Una montañita de libros y tebeos de diferentes tamaños y formatos, todos muy modernos, muy coloridos y exquisitamente diseñados desde el primer hasta el último detalle, impresos con la máxima calidad. Al abrirlos, todos parecen maravillosos, originales, tienen algo deslumbrante y nuevo en lo gráfico. Parecen tebeos llegados de un mundo alternativo, donde las tradiciones imperantes en el nuestro no hubieran existido. Con frecuencia, el peso de la ilustración, especialmente infantil, es mayor que el de las tendencias consabidas del comic book, y eso nos ofrece una mirada nueva y fresca al cómic, una forma de replantearlo y repensarlo desde otros horizontes y con otras expectativas. Como mínimo, los tebeos de Nobrow son estimulantes, inspiradores.

The New Ghost - Robert Hunter

Sin embargo, si bien Nobrow parece despojado de las tradiciones ancestrales del comic book, sí se puede relacionar con algunas de las tendencias más vivas del cómic contemporáneo. Estos son los hijos de Chris Ware, también, demostrando que la influencia del Genio de Chicago ha tocado áreas colindantes a la del cómic y ha absorbido a otros artistas gráficos hacia el mismo. Algunos de los mejores títulos de Nobrow son, precisamente, aquellos que están más en sintonía con Ware. Por ejemplo, Pebble Island (2010), una colección de cuentos de Jon McNaught que es a la vez elíptica y minuciosa, de grafismo irónico y que se puede leer como un catálogo de parajes desolados. O el espectral The New Ghost (2011), de Robert Hunter, que integra perfectamente el cuento con el cómic y lo diagramático para narrar con una sutileza y una precisión sorprendentes. Jack Teagle, que ha publicado dos tebeos de grapa (Jeff, Job Hunter, 2010; Fight!, 2011), no estaría fuera de lugar entre Johnny Ryan y James Kochalka, pues es deliberadamente naif y explota temas pulp (los videojuegos, la lucha libre) desvergonzadamente, aunque siempre con un buen gusto muy moderno y muy irónico. Por momentos, como decíamos, esta estrategia puede resultar deslumbrante o irritante, según la perspectiva del lector. No todo lo que publica Nobrow tiene tanto éxito artístico. Cosas como Obsolete (2011), del danés Mikkel Sommer, practican un expresionismo desgarrado inesperadamente vulgar, como de concurso de pueblo, y Everything We Miss (2011), de Luke Pearson, parece la resultante de la colisión entre el mencionado The New Ghost de Robert Hunter y un cómic indie de toda la vida, con tan mala fortuna que en su apocalipsis pretencioso demuestra que no basta con ser guay para hacer tebeos guays.

Pebble Island - Jon McNaught

El libro que sirve de catálogo y portal de introducción a Nobrow es el lujoso volumen A Graphic Cosmogony (2010), una antología de 24 dibujantes en la que cada uno de ellos realiza una historieta sobre el origen del universo. Allí están reflejados los logros y las miserias de Nobrow: páginas gráficamente espectaculares, historietas apabullantes y abrumadoras, de las que hacen que uno sienta deseos de tirar todos sus tebeos a la basura y empezar de cero, al lado de barullos gráficos considerables y de devaneos plásticos ampulosos y vacíos. Hay mucha paja en A Graphic Cosmogony, pero en resumidas cuentas acaba cumpliendo su función, que es la de plantear un nuevo origen para los cómics contemporáneos, en un caos donde el barro y lo luminoso se mezclan para producir un caldo nutriente del que hay que esperar que crezcan nuevos universos.

Fight! - Jack Teagle

Y con la alusión a los orígenes del universo llego al punto donde quería dejar esta entrada, que es a mencionar Forming (2011), de Jesse Moynihan, uno de los últimos títulos publicados por Nobrow, y uno de los tebeos más impresionantes que he leído en lo que va de año. Pero Forming merece un espacio aparte. Mañana volveré sobre el tema.