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domingo, 24 de julio de 2011

CUANDO ESCUCHO ALGO ASÍ ME CUESTA CREER QUE UN DÍA TENGA QUE MORIR


En verano, como el resto de los seres humanos, yo también tengo mis rachitas de tiempo libre en las que intento ponerme al día con tantas cosas acumuladas a lo largo del año, y cuando digo cosas me refiero concretamente a «lecturas». O en el caso del post de hoy, mejor que a «lecturas», a escrituras. Durante los últimos meses he ido leyendo algunos cómics que me han gustado mucho y a los que siempre he reservado el espacio mental para escribir un comentario extenso e individual sobre ellos, pero nunca he encontrado el tiempo necesario para hacerlo. Y como es una pena que pasen sin una sola mención, y como es posible que muchos de los lectores de Mandorla tengan ahora ese tiempo extra para lecturas y estén rebuscando entre el material publicado durante los últimos meses algo que llevarse a la playa (o a la montaña), voy a hacer un gazpacho de comentarios por si a alguien le sirve de algo. Todo lo que comento aquí son buenos tebeos, incluso excelentes, que le recomendaría leer a cualquier persona interesada en las últimas novedades del arte secuencial moderno.


Cuadernos ucranianos (Sinsentido, 2011), de Igort, es realmente un libro monumental. Yo nunca había sido muy fan de Igort, a quien veía demasiado esteticista en sus trabajos anteriores, pero con Cuadernos ucranianos pone todo su buen gusto al servicio de una narración de gran envergadura. Siguiendo los pasos del maestro Sacco, Igort se vuelve hacia la realidad, hacia el reportaje, hacia lo documental y hacia la memoria, pero lo hace con su propia personalidad, sin renunciar a ese esteticismo que mencionaba, el cual encaja sublimemente con las necesidades narrativas de su materia para articular los diferentes niveles, tiempos y fuentes del mismo. Cuadernos ucranianos es un excelente ejemplo de cómic de la realidad de nuestros días, en el que el lenguaje de las viñetas se fuerza, modela y adapta para llegar a rincones que le resultaban inéditos hasta hace muy poco. Un libro sobre el que volver una y otra vez.


También hay una voluntad experimental en La señorita Else (Sinsentido, 2011), de Manuele Fior, que adapta una novela de 1924 de Arthur Schnitzler, autor de Traumnovelle, en la que se basaba la película Eyes Wide Shut de Stanley Kubrick. La referencia la hago no solo por ubicar un poco al autor, sino porque quienes hayan visto la película tal vez encontrarán algo de su aroma en este cómic: cierto olor a corrupción sexual, a trauma psicológico, a teatro de los sueños levemente espectral. A decadencia moral, también. Lo experimental de La señorita Else es el intento de traer a un medio tan visual como el cómic la esencia de una novela intimista, de los sentimientos, profundamente psicológica, muy al estilo de los años 20, y hacerlo sin caer en lo fácil, que es la transposición literal de tochos de texto. Fior se fía de la fuerza de su dibujo, también muy en sintonía con las corrientes centroeuropeas de la época de entreguerras. Es otro libro que inspira por su voluntad y por su osadía.


Pero sin duda, el libro «que hay que tener» de los que ha publicado este año la editorial madrileña es Un lugar equivocado (Sinsentido, 2011), del jovencísimo Brecht Evens, una exhibición deslumbrante de cómic contemporáneo que parece novísimo, aunque hunda sus raíces gráficas en la ilustración de las revistas de mediados del siglo XX. Evens se presenta completamente formado, como otro pequeño genio juvenil que situar al lado de Dash Shaw y Bastien Vivès en la vanguardia de los autores últimos que llegan al cómic sin la carga de un pasado profesional. Una cosa es haber luchado toda tu vida por ser libre, como les ha ocurrido a los grandes maestros de lo que llamábamos el cómic independiente, y otra cosa es haber nacido libre, como les pasa a estos cachorros. Tal vez por eso obras como Un lugar equivocado tengan ese aire de facilidad, de comodidad, de desenfado, y estén tan felizmente despojadas de todos aquellos compromisos que hemos adquirido los que nos hemos criado leyendo a Gil Kane. En todo caso, y por concretar, una de las cosas más importantes que creo que ofrece Un lugar equivocado es una concepción nueva del espacio -el espacio físico en el que se mueven los personajes y el espacio de la página-. La anécdota que sustenta su ejercicio visual es leve. Me recuerda a la descripción que Vila-Matas hace en París no se acaba nunca de una película de Adolfo Arrieta: «En realidad, toda la película de Arrieta era una fiesta. Se iniciaba con unas escenas en Nueva York en las que la cámara del mítico cineasta Jonas Mekas servía de soporte a un pequeño journal de un joven escritor (Javier Grandes) que era esperado en París en una fiesta. El tiempo que duraba ésta era el tiempo del film. Tam-Tam era la historia de una fiesta continua, sin límites, que se desarrollaba sin interrupción de Nueva York a París pasando por el sur de España (Marbella), y en un apartamento, que era todos los apartamentos: esa casa de París en la que esperaban a Grandes, que, por estar en Nueva York, no acudía, pero tenía el detalle de mandar a su hermano gemelo». Eso es Un lugar equivocado, la fiesta móvil, la conga uróboros. Y el leve, casi imperceptible sabor amargo del café y los cigarrillos.


Otro libro profundamente urbanita y moderno es Cecil y Jordan en Nueva York (La Cúpula, 2011), de Gabrielle Bell, una colección de relatos cortos que supera con mucho a Afortunada, el anterior libro de Bell, que ya me había gustado mucho. En Cecil y Jordan en Nueva York, la variedad de registros, temáticos y gráficos, y la introducción inesperada de elementos fantásticos enriquece los relatos y los convierte en pequeñas joyas como el primero, el de la silla, que ya por sí solo justifica todo el libro. Ficción contemporánea de primer nivel.


Lo primero en lo que pensé al leer Cárcel de amor (Apa-Apa, 2011), de Sergi Puyol, fue en El coleccionista, legendaria película de William Wyler que marcó mi infancia. Aparte de eso, Cárcel de amor se mueve en unos registros completamente opuestos a los de una gran producción cinematográfica clásica, y se acerca más a la sensibilidad típica del pop indie español. De hecho, hay muchas cosas típicas del indie (comiquero, no musical): el protagonista es el fracasado típico que no encaja con las demandas de la sociedad pero que, al fin y al cabo, está justificado porque todos los que le rodean son todavía más desagradables (esa mirada ternurista y autocomplaciente que tanto daño ha hecho a lo alternativo); tiene treinta y tantos años, y está en el momento justo en el que se acaba la expectativa de mantener eternamente la infancia y se empieza a saborear de verdad el fracaso. Cárcel de amor está bañado en fracaso y depresión, podríamos decir que es el reverso áspero y psicópata de Arroz pasado, de Juanjo Sáez. Pero lo interesante es que todo esto se puede interpretar como una parodia del indie, y que lo importante no es tanto el discurso expreso como lo que muestran las imágenes: los paisajes urbanos y los jardines desolados. La verdadera cárcel. Lo íntimo, pero también lo inexpresable. Lo importante de Cárcel de amor no es que intente contar una historia, sino que intenta contar un estado de ánimo.

Un estado de ánimo que puede ser colectivo, como demuestra el fanzine Colibrí, editado por el propio Puyol con Toni Joan Mascaró (uno de los editores de Apa-Apa) y que viene al rescate de esa ética indie que ya parece de otra época invocando a un buen puñado de autores españoles con vocación alternativa, acompañados de algunos nombres extranjeros. Llevan tres números y valen la pena para quien quiera salirse un poco de los caminos más trillados.


Si hay un libro del que me hubiera gustado hablar más a fondo es de Fagocitosis (Glénat, 2011), de Marcos Prior y Danide. A Danide lo descubro ahora, y es un inmenso dibujante, que por momentos me recuerda en el estilo a Luis Bustos. Aquí demuestra versatilidad y capacidad para dibujar lo que quiera, como quiera y donde quiera. Veremos en qué se concreta. Prior, por su parte, tiene ya una larga carrera en las trincheras del experimentalismo. Abnegadamente fiel al laboratorio, lleva años proponiendo una apertura de esquemas temáticos y formales para el cómic español que llegó a algo muy serio en Fallos de raccord (Diábolo, 2008), dibujado por él mismo, y que ahora concreta quizás más su ambición. Fagocitosis ataca el tema de nuestros días: el sistema, y lo hace desde un horizonte político y estético que los propios autores enmarcan sin complejos (como debe ser): desde Miguel Noguera hasta Slavoj Zizek pasando por Eloy Fernández Porta (con quien también ha colaborado Prior). Es decir, las coordenadas del posthumor y del afterpop, o lo que es lo mismo, la búsqueda de lo que está después de todo lo que hemos heredado, y en nuestro caso concreto, de los tebeos. Y sí, este Fagocitosis es un tebeo deliberadamente afterpop porque utiliza los materiales de la historia del tebeo (como los clásicos ilustrados o los personajes icónicos) con la conciencia de estar reutilizando objetos dados para dotarlos de un nuevo sentido al cambiar su red de relaciones y referencias. Fagocitosis es un tebeo extremadamente ambicioso en lo formal, y muy logrado en gran medida, con el que yo tengo un pequeño problema, y es que la sátira nunca me ha llenado (prefiero la comedia de situación, pero hablaré más de eso en un próximo post), y por lo tanto acaba siendo un tebeo gracioso que no me hace tanta gracia. Es más, al situarse dentro del horizonte del humor, Fagocitosis parece en cierta medida menos experimental de lo que es, ya que sobre todo sirve para revelarnos que el humor siempre ha sido el territorio más avanzado en el cómic. Las parodias de anuncios, la mezcla de materiales, el choque entre fotografía, publicidad y caricatura, son habituales en las revistas satíricas de todas partes desde hace mucho (incluyendo a El Jueves, por supuesto), y por tanto en ese contexto no choca ver según qué experimentos. Pero me interesa mucho cómo se puede aplicar el modelo narrativo de Fagocitosis a otro tipo de relatos, los que llamaríamos «serios» o «realistas» (siguiendo las convenciones de la tradición del cómic), que siempre han sido más pacatos y están más necesitados de renovación. Es decir, que me interesa mucho el camino de Fagocitosis y que creo que es uno de los más adecuados para describir el mundo en el que vivimos.

Ya que he mencionado El Jueves, no puedo pasar por alto que nuestro historietista supremo de estos momentos, Manel Fontdevila, sacó hace un par de meses una recopilación de los chistes que publica todos los días en el diario Público: ¡La crisis está siendo un éxito! (Astiberri, 2011), recopila y reordena multitud de chistes sobre el tema de nuestros días, de tal manera que parece crear con ellos una especie de relato. Aunque en realidad es un relato intemporal, que acaba siendo prácticamente un mito. Podríamos llamarlo el mito de la opulencia occidental. El éxito de Manel está en que no se limita a la caricatura de actualidad, sino que hace la crónica de la crisis a pie de calle. O a pie del escenario que corresponda, porque los hay muy diversos en este libro: los grandes ámbitos empresariales y financieros poblados por gigantescos semidioses habitualmente dotados de gafas de sol, o sea, sin ojos, o sea, sin alma; los pequeños negocios, desesperados, cerrados, y las oficinas de los bancos donde solo queda el desafío del señor con su cerdito; el escenario doméstico, el saloncito invadido (física o figuradamente) por la crisis: los matrimonios desaliñados, los jóvenes sin futuro. Manel sabe recoger la vieja tradición del humor español para darle la vuelta y hacerla nuevamente actual: remetaforiza una metáfora cuando hace que los quinquis hablen como empresarios, o rescata al clásico mendigo que pide en la esquina (un auténtico hito nacional), o nos hace vitorear al pequeño y recio obrero, un muñeco simpático al que dan ganas de apretar a ver si pita, que es, efectivamente, lo que hacen los orondos empresarios. Este libro es un perfecto compañero para Fagocitosis, y es tentador verlo como otra lectura afterpop de la crisis. La fragmentación del chiste diario construye una gran realidad escrita en cooperación por el dibujante y por la Invisible Mano Negra que rige nuestros destinos. También hay otro aspecto de interés en ¡La crisis está siendo un éxito! y es que, al igual que Bodyworld, de Dash Shaw, es un libro que se ha publicado íntegramente primero en internet (donde sigue a disposición de los lectores, gratis) y posteriormente en papel. Siento, por tanto, curiosidad por ver qué éxito comercial tiene. ¿Será la base de lectores acumulada en internet la base del éxito de su versión física, o será la accesibilidad en la red la que impida que despeguen sus ventas? Ni idea. [Disclaimer: cuando digo que Manel Fontdevila es nuestro historietista supremo en estos momentos, lo digo porque lo creo; también es amigo y colaborador mío; si alguno cree por tanto que lo digo por interés espurio, sírvase usted mismo]


Y ya que estoy plenamente metido en el humor, que finalmente acaba siendo el género más maduro y rico que hasta el momento nos ha dado el cómic, acabo con dos fogonazos satíricos que tienen un par de cosas en común: ambos vienen de Francia y ambos se basan en la sátira de costumbres de la juventud. El primero es Girls Don't Cry (2011, Glénat), de Nine Antico, de quien conocía su ambiciosa novela gráfica Coney Island Baby (L'Association, 2010), un volumen épico protagonizado por Bettie Page y Linda Lovelace de muy distinto tono. Girls Don't Cry va de forma muy directa al retrato descarnado de unas jovencitas estúpidas y superficiales devoradas por la moda. Un blanco fácil que podía haber precipitado una serie de lugares comunes, pero que Nine Antico salva con una cierta empatía hacia sus criaturas e inclinando el relato hacia lo puramente cotidiano. Más pop que afterpop, con su estética conectada por vía directa con la psicodelia de los 60, Girls Don't Cry tiene de verosímil lo que no tiene de estrictamente gracioso.

El segundo volumen se sitúa ya a otro nivel. La vida secreta de los jóvenes II (La Cúpula, 2010) es una obra maestra de nuestros días. Rebuscando por Mandorla veo que no hay nada sobre el primer volumen, cosa que no entiendo porque era fantástico (sí escribí sobre otro libro de Sattouf, el también excelente Manual del pajillero). Para mi sorpresa, esta segunda entrega es aún mejor. Aunque el punto de partida podría parecer semejante al de Girls Don't Cry (la observación naturalista de las costumbres de la juventud), esta serie hace tiempo que ya rebasó ese planteamiento para extender su mirada curiosa a toda la sociedad. Verdadera colección de retazos de vida captados en plena naturaleza (urbana), a modo de guiones encontrados, por un lado La vida secreta de los jóvenes II es afterpop (por seguir con el tema de este post) en su visión fragmentaria del mundo, que construye como un magma irónico sin orden ni jerarquía alguna. Pero por otro, remite a la observación costumbrista más tradicional de la historia del cómic. La caricatura, la gestualidad (los rostros que dibuja Sattouf son fabulosos), el uso del lenguaje (la traducción es una brillante recreación), en todo esto se podría comparar, por ejemplo, a Milt Gross, que es otro autor del que me tocaría hablar por la reciente aparición en España de Él fue malo con ella. En La vida secreta de los jóvenes II abunda el plano televisivo, porque hay algo de exhibicionista y de reality en la forma en que nos revela ante nosotros mismos. Nos permite mirarnos y, la mayoría de las veces, sin reírnos, pasar la página abochornados y al mismo tiempo hiponitzados, deseando llegar al final de algo que querríamos que no acabara nunca. Es tan fácil reconocernos que a veces hasta creo reconocer conceptos abstractos con los que vivimos dentro de nuestra cabeza. Por ejemplo, en la página que reproduzco a continuación, he tenido la sensación de que el viejo protagonista es el cómic de toda la vida. Menos mal que gente como Sattouf tiene la suficiente perspectiva para verlo de lejos y pintar otra escena.


jueves, 5 de agosto de 2010

2000 AÑOS DEL CÓMIC DE LOS RICOS


Dice Jordi Costa en un curioso epílogo-confesión al final de 2000 años de cine (Glénat, 2010) que le gustaría que el tebeo que acaba de publicar junto a Darío Adanti se viese como un cruce entre una aventura larga de Mortadelo y Filemón con el profesor Bacterio y Perdidos. Y no, hombre, para nada. Lo de Perdidos no, pues, sencillamente, porque no, porque Perdidos es una mierda y 2000 años de cine es cualquier cosa menos eso. Y lo de Mortadelo y Filemón tampoco porque esto está en las antípodas de Ibáñez.

Mortadelo y Filemón siempre fue una serie tan deliberadamente desideologizada que era casi nihilista. Llegaba a ese punto cero de la cosmovisión a través de la insistencia en el slapstick y el gag visual heredado del cine mudo. Y bueno, el tebeo de Costadanti es cualquier cosa menos desideologizado, y cualquier cosa menos mudo. LA PALABRA rige esta aventura de Mostrenco y Che-Qué-Loco, la palabra torrencial y desbordada del crítico de cine que no puede dejar de ser crítico aunque sea guionista, y que tiene opiniones sobre todo, y probablemente nunca se ha sentido tan a gusto soltándolas de esta forma plenamente visceral. Porque ése es el poder del cómic, el poder de pintarte la cara de nata montada y salirse de rositas. El bufón tiene derecho a insultar, porque nadie tiene derecho a sentirse insultado por el bufón. Qué liberación.

Como digo, este ajuste de cuentas iracundo con un ser querido que practica Costadanti con el cine se basa en la palabra, y curiosamente remite menos al cómic que a la animación de series como South Park. Bueno, «curiosamente» no sé si es la palabra correcta, ya que South Park es una influencia declarada sobre la obra, pero sí quiero hacer notar cómo, en efecto, el tratamiento sintético de la imagen transmite ese estatismo propio de la animación limitada y plana. O tal vez sea el ritmo entrecortado de lectura al que obliga el desbocado texto, que demora tanto el paso de una viñeta a otra que uno ya se olvida de que está leyendo un cómic para creer que está revisando una colección de sellos.

Esa imagen texturizada se une en mi imaginario con el denso tratamiento que daba Will Elder a las páginas de Little Annie Fanny, aquella serie de erotismo satírico que realizó junto a su compinche Harvey Kurtzman en Playboy. Es una estética distinta de la que acostumbramos a ver en nuestros cómics, pero que demuestra que cuando saltas a otra plataforma (una revista no especializada en cómic) y te diriges a otro público, como hacían tanto Kurtzman-Elder entonces como ahora Costadanti, te conviene recorrer otros caminos.

En fin, veo que me voy por las ramas, creo que infectado por la propia obra, y no quiero dejar lugar a engaño. Este tebeo culterano y agobiante, intransigente con la vista y con la voz (porque hay que leerlo en voz alta, eso está claro) nos recuerda qué es lo que no podemos sacrificar en el altar de la novela gráfica. Necesitamos ahora, y en el futuro más que nunca, expresiones como «liendres avarientas». Espero que Costadanti esté ahí para proporcionárnoslas.

miércoles, 2 de junio de 2010

REGRESO AL DESIERTO

Mi historia de amor con Mezzo y Pirus empieza y acaba con Los desesperados (Glénat, 2010) . Era uno de los motivos principales por los que compraba Viñetas en su día. Desde entonces, sin embargo, cada nueva obra suya me ha ido interesando menos, hasta que la última ya no he llegado ni a leerla (me refiero a El rey de las moscas). Pero reencontrarme con aquel descubrimiento inicial en la hermosísima edición que le acaba de dedicar Glénat me producía mucha curiosidad.
Ahora he redescubierto lo que tanto me fascinó entonces: un dibujo deslumbrante, de colorido embriagador, que rebusca en los mismos vertederos de la tradición americana que saqueaba Charles Burns, y que tiene la personalidad suficiente para ensayar su propia variante grotesca y monstruosa, aunque respetuosa con el canon literario y cinematográfico del género negro. Me quedo embobado mirando algunas páginas de Los desesperados, tan puntillosamente horribles y bellas.
Pero, aparte de eso, no me trago nada. Me cuesta avanzar en la historia -escrita con una aplicación y un talento magníficos- porque sólo veo pastiches. El atraco al banco, el incesto, el fracaso, el sheriff, el dinero... Son tópicos que no se resitúan para darles nuevos significados, sino que se reproducen como simples imágenes ya conocidas y compartidas con el lector, que se usan con la esperanza de que, combinadas correctamente, den como resultado una réplica convincente de los modelos originales de los que están extraídas. Tal vez parte del problema está en que esos modelos son americanos, y los autores son franceses, y por eso me parece que todo lo que me están contando es un eco de una mitología ajena. No es que tenga un problema con el género negro en particular, porque cuando leo una historia de Leo Malet y Tardi, me la trago completamente. Pero aquí, a veces tengo la sensación de estar ante una maqueta a escala real de una obra anterior.
No estoy criticando la calidad de Mezzo y Pirus ni de Los desesperados, que queda sobradamente demostrada en cada página. Intento sólo entender qué es lo que hace que un artefacto tan espléndido se me quede tan muerto en la lectura. Y por qué no me pasa en el mismo grado cuando leo Tú me has matado, de David Sánchez, del que tantas cosas parecidas se podrían decir. Pero tal vez en Tú me has matado hay menos habilidad artesanal -tanto de guión como de dibujo-, y sin embargo sí hay una cualidad más brutal y directa que redime a la obra primeriza de sus deudas y deja un espacio vacío que permite la evocación, a la vez que apunta una vía de salida para la encrucijada de las referencias. Que David tome o no esa vía en el futuro será lo que determine si nos lleva a territorios nuevos o si se cruza con Mezzo y Pirus recorriendo las mismas carreteras.

miércoles, 5 de mayo de 2010

ESPERPENTO

Casi con la maleta en la mano, me descuelgo un momento para dejar cuatro líneas sobre un tebeo que me acabo de leer y que merece no pasar desapercibido. Como no soy lector habitual del Jueves, he descubierto a Joan Cornellà con Abulio (Glénat, 2010), el álbum en blanco y negro que acaba de publicar. Desde luego, si no estuviera ya publicando en El Jueves, se lo recomendaría inmediatamente. Como si hubiera recogido los restos de una colisión múltiple entre Drew Friedman, Paco Alcázar y Pedro Vera (con Dave Cooper de acompañante en alguno de los coches siniestrados), Cornellà dibuja una odisea grotesca y (ejem) abúlica de nuestros días donde demuestra tener maneras y talento para esto del humor. También demuestra que le falta kilometraje, sobre todo para pulir mejor la puesta en página (me pregunto si el formato álbum era realmente el mejor para este trabajo), y a veces el guión largo se le hace un poco largo, pero todo lo que parece mejorable en este libro sólo necesita más rodaje y más páginas para ser mejorado. Todavía no está del todo ahí, pero está llegando. Un nombre a seguir.

martes, 6 de abril de 2010

EL BUENO

Uno de esos acontecimientos editoriales que pasan inexplicablemente desapercibidos en nuestro mundillo se ha producido en los últimos meses: ha aparecido el primer tomo de Cuttlas integral (Glénat, 2010), que recopila el material correspondiente a los dos primeros libros del personaje de Calpurnio Pisón, publicados originalmente en 1992 y 1997. El libro tiene un formato y apariencia ideales: grandote para que se vea bien el monigote, pero de tapa blanda para que sea manejable y dúctil, no severo, ni grave, ni novelográfico. Más o menos como es el propio Cuttlas.
Este primer Cuttlas es deslumbrante, imaginativo y lúdico, como la mayor parte de la vanguardia. A Calpurnio le chorrean las ideas por las orejas, y según lo leía a mí me daban ganas de sacar una libreta para ir apuntando temas a desarrollar (plagiar) en historietas del Vecino. Porque este Cuttlas es tan rico y generoso que de cada palitroque suyo se puede construir una casa completa. En cada trazo está todo contenido. Igual que la música electrónica que tanto apasiona a Calpurnio es código digital, también lo es Cuttlas, que en muchas ocasiones funciona como una recombinación de piezas. El chiste no está (sólo) en el metagénero, sino, sobre todo, en el metalenguaje o el metacódigo. Sí, Cuttlas es vanguardia, pero la vanguardia no tiene por qué ser hermética, puede expresarse en el humor, y eso ya lo sabía Ramón Gómez de la Serna. Que, por alguna extraña razón, me ha venido a la cabeza al pensar en Calpurnio.
Aprovecho para recordar que no hace mucho que Glénat publicó (en un formato completamente distinto, pequeño) el último recopilatorio de la serie (Sólo somos monigotes, 2008), que incluía historietas publicadas en 20 minutos entre 2006 y 2008. El Cuttlas último no está tan fresco, pero sigue siendo una lectura estimulante e ingeniosa. El talento, ya veis, se estira y se estira, y dura y dura...

EL CLUB DEL MONIGOTE: Son nuestra vanguardia, pero casi nunca entran en las discusiones de los entendidos: Calpurnio, Juanjo Sáez, Felipe Almendros... Practicantes del noble y complejo arte del monigote, que además llegan al público (en el caso de Calpurnio y Juanjo, por vías inéditas para los más comiqueros, en el caso de Felipe creo que podría triunfar si tuviera la oportunidad), desdibujan -nunca mejor dicho- un poco la faz de nuestro cómic, con frecuencia demasiado preocupado por problemas de calidad, y poco por problemas de cualidad.

domingo, 20 de diciembre de 2009

LA MADRE

Hace algunas semanas comenté cuánto me había gustado Santo Cristo (Glénat, 2009), de Mario Torrecillas y Tyto Alba (guión) y Pablo H. (dibujo). Ahora vuelven Torrecillas (guión) y Alba (dibujo) con El hijo (Glénat, 2009), una novela gráfica a color y tapa dura de 150 páginas y gran densidad de lectura, a lo grande. Y también me ha gustado muchísimo, aunque, curiosamente, este tebeo casi parece más inexperto que el anterior (puede que en su proceso de realización sea más antiguo que Santo Cristo, aunque se haya publicado posteriormente; desconozco el dato).
La apariencia primeriza procede de un dibujo demasiado deudor de Blain pero muy alejado de la maestría del francés. Es cierto que a medida que avanza la obra el dibujo mejora, pero en las primeras páginas produce cierto efecto disuasorio. El guión me ha parecido también algo más amorfo que el de Santo Cristo, casi como si estuviera un poco escrito a borbotones. Pero nada de eso me ha impedido disfrutar de la obra, al contrario, ha hecho que me pareciera más orgánica y natural. Pasaba las páginas deslumbrado por el talento como guionista de Mario Torrecillas, un tío de los que nos hacen falta más en nuestras viñetas. El hijo lo tiene todo: un componente emocional que en todo momento resulta muy veraz (el hijo que busca a la madre loca), una ambientación muy de aquí y muy eficaz (la España negra y rural), la documentación justa para dotar de solidez al entramado ficticio (con incursiones en la psiquiatría de los años 40, por ejemplo), y unos diálogos que aunque a veces suenen anacrónicos están fantásticamente vivos y frescos, y que, sobre todo, sobre todo, no parecen diálogos traducidos del inglés, un mal demasiado extendido en nuestros guiones.
Supongo que debido a que cuando leemos varias obras seguidas el recuerdo de una influye en la lectura de la otra, he visto algún punto en común entre El hijo y El experimento de Juaco Vizuete. Al fin y al cabo, Matías, el protagonista de El hijo, busca a su madre para encontrarse consigo mismo, pero al final no se descubre en su pasado, sino en el futuro con el que tropieza por azar. El manicomio de Cantallops también funciona como una nave de locos hermética, pero aquí sí hay una salida posible. Quizás porque en este caso se trata de una verdadera novela gráfica, y las novelas sólo existen en el tiempo.
Lo que quería decir, en fin, es que El hijo es un libro brutal, imperfecto y desbordante, y una lectura que dibuja un horizonte posible para el cómic que estamos haciendo ahora mismo aquí. Estoy deseando ver qué hacen ahora Torrecillas y Alba.

sábado, 19 de diciembre de 2009

EL ÁNGEL EXPERIMENTADOR

El otro día asistí a una charla de Fernando Castro en la que dio algunas explicaciones sobre cómo había montado una exposición que se inaugurará próximamente en Bruselas sobre el tema del ángel exterminador. Como suele pasar con estas cosas, volví a casa con unas ganas enormes de revisarme la peli de Buñuel. Y durante toda la película, no podía quitarme de la cabeza el nuevo tebeazo de Juaco Vizuete, El experimento (Glénat, 2009).
Como los burgueses de Buñuel, náufragos en la casa de la calle Providencia, los superhéroes de Juaco, atrapados en el Proyecto Tierra Prometida, no pueden salir a la calle. Es más, no sólo es imposible para los de dentro salir al mundo exterior, sino que también es imposible para el mundo exterior acceder al interior. Los superhéroes, como los burgueses, viven en una cápsula inmovilizada sin memoria y sin tiempo, en un presente continuo que lentamente se asfixia solo. Los personajes encerrados de Buñuel se saludan y se presentan varias veces, como si no recordaran haberlo hecho ya, y Titano, el líder del supergrupo protagonista del tebeo de Juaco, una vez que constata que "No podemos salir de aquí", comprende que "No recuerdo nada".
El ángel exterminador se ha entendido habitualmente como una alegoría de la revolución. La parálisis de la burguesía dominante acaba por autoconsumirla lentamente, mientras se escenifican ceremonias redundantes de las que sólo queda un gesto cada vez más incomprensible desde fuera. Lo abyecto -el retrete compartido tras la puerta del armario- se oculta y así no interfiere. De una forma parecida, El experimento parece comentar los propios tebeos de superhéroes en los que se inspira: atrapados en gestos repetidos hasta el infinito, hasta que pierden el sentido por completo. Como dice "Angstboy", el experimento es "¡un procedimiento circular que no parece haber sido ideado más que para la absurda repetición endógama de nosotros mismos!" En efecto, el viaje no lleva a ningún otro sitio, sino sólo, y siempre, al mismo punto de partida. ¿Hay una definición más exacta de lo que son los superhéroes? (Y digo los superhéroes como personaje tipo del cómic comercial de toda la vida; lo mismo habría valido para los funny animals o los personajes de Bruguera).
A lo largo de todo el experimento (y El experimento) se hace presente una presencia no presente, definida en la página 5 por la cópula interrumpida "Y...", y materializada por la mano gigante cósmica que procede de otra dimensión omnipotente, como el propio Juaco Vizuete, que escribe y dibuja "desde una dimensión paralela". Es la relación entre nosotros y ellos lo que interesa a Juaco, y no tanto la manera en la que nosotros nos proyectamos en la ficción como la manera en que la ficción nos modela a nosotros. En la página 4, Juaco recurre a un artificio de Chris Ware (I guess...) para superponer la "realidad" del lector infantil del cómic sobre el propio cómic que está leyendo. Es esa intensa relación de realidad, de realidad desesperada, podríamos decir, la que Juaco pretende dilucidar. Al fin y al cabo, el experimento se llama "Tierra Prometida", ¿y cuál es nuestra "tierra prometida", sino la infancia? Pero, ¿es posible operar ese retorno a la infancia a través de un artefacto defectuoso? Porque ese portal mágico que eran los tebeos de superhéroes está ahora cerrado. Lo ha cerrado el tiempo, claro. El paso del tiempo, que es lo que está excluido de los superhéroes por definición. Por eso Modern Girl no puede tener un hijo. Por eso el hijo lo destruye todo: el hijo es el paso del tiempo. El hijo es, en el tebeo de superhéroes, la caca que se oculta tras la puerta para que todo siga igual: lo abyecto. Creo que es algo que ya había expresado Rick Moody en La tormenta perfecta cuando retrataba a los Cuatro Fantásticos como la familia disfuncional por antonomasia, con su momento culminante en la lobotomización de Franklin Richards a manos de su padre.
Es tentador considerar a esta fantasía sobre los superhéroes y cómo los leemos una visión sublimada de nuestras propias ansiedades. La parte final, tras la destrucción del Proyecto Tierra Prometida, nos mostraría la realidad, y todo lo anterior sería la visión metafórica de los vulgares sucesos de nuestra rutina, en un ya resobado mecanismo a lo Lynch. Pero creo que es más apropiado darle la vuelta a la tortilla y considerar que la vida "real" del final del libro es la proyección de la fantasía de los personajes imaginarios. La gran fantasía de nuestra ficción es hacerse real y seguir viviendo. O mejor, empezar a vivir. Pero el ángel exterminador no nos deja movernos. La puerta sigue ahí, pero no conseguimos traspasarla.

jueves, 1 de octubre de 2009

QUÉ BONITO ES BADALONA




Segundo tebeo español de los últimos meses que me ha gustado mucho: Santo Cristo (Glénat, 2009), de Tyto Alba, Mario Torrecillas y Pablo H. Una historia de iniciación, una memoria de la infancia en un barrio periférico badalonés de inmigrantes durante los años 70. El colegio, los amigotes, el primer (y frustrado) amor, las primeras pajas, los primeros embarazos no deseados, la educación religiosa y sus consecuencias... Y la asfixia como combustible para salir corriendo y ver el mundo y, una vez que se ha visto el mundo, volver la vista hacia ese mundo interior de la memoria y hacer las paces con todo aquello.

Por mucho que lo hayamos visto antes en novelas y películas, la memoria no es un género que se haya practicado tanto en el cómic español, y mucho menos con el nivel de verosimilitud con el que se transmiten las sensaciones y los recuerdos en Santo Cristo. En ocasiones parece que, más que estar leyendo el tebeo, lo estuviéramos oliendo o sintiendo. Y es que ya se sabe que una historia vieja es nueva si quien te la cuenta te la sabe contar como es debido. Si en el caso de Endurance decía que Luis Bustos plantea una modernidad clásica, como de los 70, Santo Cristo se sitúa en la encrucijada de las tendencias de ahora mismo, y ahí reside buena parte de su éxito, en el lenguaje tan de finales de los 2000 con que cuenta las experiencias de hace veinte, treinta años. Al igual que en Endurance, en Santo Cristo el entorno tiene una importancia fundamental, pero el entorno es completamente opuesto al de Endurance. En lugar de la naturaleza salvaje e incontrolada, son los regulados bloques de hormigón de las viviendas populares. Las viñetas que sólo muestran esquinas, rincones, tapias, vallas, ángulos rectos, líneas inquebrantables, son como la mirada de reojo que lanza el reo sobre su prisión. El estilo manga internacional del dibujante mexicano Pablo Hernández, que de alguna forma incomprensible recrea con una exactitud pavorosa no sólo lo visible, sino también lo invisible de la España de los 70-80, está lleno de hallazgos. Uno de los que más me ha fascinado ha sido la fantástica rotulación, todo un logro en una época en la que cada vez más las editoriales tienden a preferir rotulaciones mecánicas estandarizadas para facilitar la posible traslación a otros idiomas.

Aunque, ahora que lo pienso, ¿qué puede ser más adecuado que un dibujante extranjero, un inmigrante artístico, haya dibujado este tebeo charnego? Al fin y al cabo, cuando volvemos al pasado, todos somos extraños.