martes, 1 de noviembre de 2011

UN RÍO DE TINTA





Habibi (Astiberri, 2011), de Craig Thompson, está haciendo correr ríos de tinta.

Y es apropiado, porque probablemente sea un tebeo diseñado para eso, para causar asombro, rechazo y estupor, que son algunos de los signos por los que solemos reconocer a las obras maestras, incluso a aquellas que no nos gustan.

Una de las primeras reacciones que ha suscitado Habibi ha sido la de la crítica política, encabezada con sorprendente virulencia por Nadim Damluji en The Hooded Utilitarian, uno de los blogs de referencia en la crítica de cómics en inglés. Se ha acusado (y condenado) a Habibi por incurrir en el pecado del orientalismo (del que supongo que no se habría librado tampoco Borges en algunos de sus mejores cuentos). Reconozco que estas críticas me hacen suspirar y pensar en el retraso intelectual que lleva la teoría del cómic respecto  al arte y la literatura. No me resigno a tener que pasar por la repetición de los debates que se agotaron en las discusiones artísticas de los 70. No obstante, no desprecio esta discusión. Por desfasada que pueda estar, cuando se practica con sensatez, conocimiento y sensibilidad, siempre deja algo. A mí, por ejemplo, me ha dejado un par de pistas para leer Habibi.

La crítica política que sufre Habibi tiene una doble vertiente: por un lado, se considera que Habibi -aún sin pretenderlo, aún bienintencionadamente- repite errores del arte colonialista occidental, finiquitado y criticado hasta la extenuación desde los años 60 hasta nuestros días. Por otro, hay una crítica feminista que atañe a cómo se recrea en el erotismo de las escenas de vejación y humillación que sufre Dodola, su protagonista femenina (curiosamente, he leído poco o nada sobre las penalidades que pasa Zam, el héroe masculino). No excluyo que Habibi tenga que pasar por el mismo filtro de la corrección política al que se somete Red Hood and the Outlaws, ni que Craig Thompson sea un lobo con piel de cordero, a lo Julio Medem. Pero vamos a ver algunas cosas.

Para mencionar el orientalismo de Habibi se han destacado algunas de sus fuentes iconográficas en la pintura francesa del siglo XIX, por ejemplo Gerôme (ilustrado en el texto de Damluji, compárese con la viñeta 1 de la página 63 de Habibi) o Ingres.

Habibi (2011), Craig Thompson


El baño turco (1862), Ingres


Es un tipo de escena que fue muy del gusto de los románticos y que luego se consolidó en la pintura académica de mediados de siglo, no sólo en Francia (véase Fortuny en España, por ejemplo), y que finalmente acabaría siendo una de los tópicos contra los que se rebelarían los movimientos renovadores del XIX, desde el realismo hasta el postimpresionismo. Estos cuadros cuelgan hoy en los más venerables museos de todo el mundo (los de Ingres con un estatus superior a los de Gerôme, obviamente, aunque ahora también estamos en época de cierta reivindicación de los pompiers, porque a todo el mundo le llega su oportunidad si espera lo suficiente), y son observados muy seriamente por colegiales y jubilados por igual. Pero eso no quiere decir, por supuesto, que su sacralización como obras de arte los despoje de un valor erótico que es algo más que casual. El cuadro que pinta Ingres con más de ochenta años y copia en su viñeta Thompson con poco más de treinta es un cuadro sicalíptico, y a mucha honra, porque no podemos olvidarnos de que una de las funciones principales del arte profano de siempre ha sido la erótica. Los pintores han pintado cosas que les excitaran a ellos y a sus patrones, y esas obras ahora nos sirven para trazar un mapa pasional del pasado mucho más rico que si sólo hubiésemos heredado santones, vírgenes y retratos ecuestres de príncipes y capitanes. Ese bellísimo arte sucio ha sido la corriente oculta que nos ha mantenido en contacto con una idea del arte que fuera más allá de la funcionalidad técnica, del oficio brillante. Cuando oigo a las voces críticas murmurar porque Thompson sea indulgente con sus propias fantasías libidinosas, temo que se estuviera reclamando un arte didáctico al estilo del ilustrado, donde se transmitieran verticalmente mensajes edificantes acordes con los preceptos morales de consenso en nuestras clases gobernantes. Afortunadamente, Thompson es lo bastante artista como para no caer en eso y dejar que la vida y la sangre corran por su trabajo.

Por otra parte, no estoy seguro de que sus caídas en las trampas de la incorrección política sean tan inconscientes. Eddie Campbell escribía que Thompson «vive en un estado de bendita inocencia». Ciertamente, esa misma impresión me transmite a mí: un ángel dibujando tebeos. Pero... ¿hasta qué punto? Me da la impresión de que muchos lectores caen a su vez en la trampa de pensar que Thompson es demasiado explícito y transparente, y de que todo lo que hay en sus cómics está explicado y detallado sobre la página, sin más capas de doblez y sin lugar para la duda. Y tal vez haya algo escondido detrás de ese velo que a muchos engaña y por eso no lo intentan retirar. En la violación de Dodola en las páginas 154-156, Thompson es lo bastante consciente de lo que está haciendo como para reconocer expresamente el valor erótico de la (al mismo tiempo abyecta) violación y aceptar la presencia de la mirada masculina, incluso la inocente de Zam. Quizás bendito no signifique exactamente inconsciente.


Habibi (2011), Craig Thompson

Por otra parte, tenemos el asunto del orientalismo. Poco después de leer Habibi estuve en el MOMA viendo Las señoritas de Avignon (1907), de Picasso, y no pude evitar que en mi cabeza se estableciera una relación entre las dos obras. Las señoritas de Avignon, como la mayoría del arte de las vanguardias históricas, fue criticado en los 70 por autores postcolonialistas y feministas que subrayaban que los artistas de la modernidad habían querido subvertir los estereotipos colonialistas, pero que sus revisiones subversivas necesariamente seguían implicadas en los prejuicios de los que derivaban. Los artistas de la vanguardia como Picasso querían criticar la civilización abrazando un primitivismo imaginado, cuya autenticidad oponían a un occidente «decadente». Podríamos decir que en cierta medida Craig Thompson busca esa misma proeza narrativa a través del «género» (utilizamos el término conscientemente) del orientalismo, como vía para acceder a un caudal narrativo pre-postmoderno, menos complicado y más arcádico. En una palabra, para acceder de forma directa a las fuentes maravillosas de Las mil y una noches. Podríamos decir, si se me permite la pirueta, que es un prerrafaelita narrativo. Su crítica, pues, tal vez no sea a la sociedad, ni a las relaciones occidente-oriente, ni a las sociedades patriarcales y la violencia institucionalizada contra la mujer, sino a la propia tradición narrativa del cómic, que se ha hipersofisticado artificialmente, desarrollando manierismos sin sentido (más allá de su propia lógica endogámica), y que ha olvidado las bases (primitivas) de contar una historia sencilla y potente en los tres actos básicos: los tres actos representados sumariamente por las tres imágenes que Habibi ostenta en portada, lomo y contraportada. Eso es estructura, y Thompson nos está señalando que el relato es ante todo estructura, no composición ni retórica.


Las señoritas de Avignon (1907), Picasso

Patricia Leighten, que fue una de las autoras que criticó Las señoritas de Avignon en términos postcolonialistas (véase «Colonialism, l'art nègre, and Les Demoiselles d'Avignon», en Picasso's Les Demoiselles d'Avignon, Cambridge, 2001), indicaba que la obra de Picasso se enfrenta a un problema central del arte moderno en general: cómo radicalizar estructura y forma, y abandonar el realismo y la narrativa, sin abandonar también intereses importantes de la vida real. Si uno se adscribe a la teoría de Jean-Christophe Menu (que mencionaba en mi conclusión de La novela gráfica) de que el cómic está entrando ahora en un período en cierta manera equivalente al de las vanguardias históricas del arte y la literatura de hace 100 años, y entiende esta idea como el derrumbe de un paradigma hegemónico, que en el caso del arte fue el de la pintura renacentista en el último tercio del siglo XIX, y en el del cómic el del tebeo industrial, entonces tal vez pueda entender las exploraciones de Chris Ware y otros viñetanautas como parte de una dinámica de búsqueda de lo nuevo y de huida de lo antiguo que mantiene unos puntos de referencia tradicionales. Y en esa dinámica se puede encontrar también a Craig Thompson en Habibi. Decía Campbell que Habibi está continuamente «yendo hacia atrás y hacia delante, y deteniéndose en insertos analógicos y digresiones filosóficas». Y tal vez sea así porque Habibi está intentando recuperar la verdadera inocencia de la narración antes de que ésta fuera deformada por la tradición. Pero no lo hace únicamente volviendo al pasado, sino volviendo al futuro, experimentando con la estructura y con la forma. Hace poco tuve ocasión de escuchar al pintor expresionista Joseph Marioni hablar de estos problemas en la inauguración de una exposición en la Phillips Collection, en Washington DC. Allí indicaba que para la aparición de un paradigma nuevo es necesario que coincidan la pérdida de utilidad del antiguo y hegemónico y la aparición de formas nuevas de expresión. Me cuesta mucho pensar que el cómic no se encuentra justamente en esa tesitura en nuestros días. (De Marioni también he tomado algunas sugerencias sobre el sentido de la estructura que he incluido en este texto).

Si hubo un primer modernista consciente plenamente de esta encrucijada, ése fue Will Eisner, el hombre que fundó la tradición comercial del cómic que luego él mismo quiso superar. Eisner fue Giotto y Cézanne a la vez, o quiso serlo. Sacar a colación a Eisner hablando de Habibi es casi inevitable. su espectro revolotea sobre la obra, y es curioso cuánto me ha hecho pensar en Eisner este libro de Thompson. Debo decir que decir que Blankets no me había hecho pensar en Eisner, pero con Habibi el choque fue instantáneo, sensorial e intuitivo. El dibujo está lleno de detalles que recuerdan a Eisner, en la amplitud de los cuerpos, en cierta soltura resbaladiza del trazo, en las sombras casi resplandecientes. Y a través del acceso inmediato del dibujo entramos en el tebeo y llegamos a lo que trasciende: la ingenuidad espiritual, el maniqueísmo, la fluidez de las escenas, que muchas veces se disuelven en un encadenado de dibujos sin marco, la teatralidad de unos personajes continuamente iluminados en el centro de viñetas compuestas como escenarios, la aspiración a un mensaje trascendente y bondadoso. Como dije, Habibi me ha hecho pensar mucho en Eisner, que es un autor que se ha ido volviendo problemático para mí con el paso de los años. Tras la admiración casi religiosa que profesaba a su figura -abrió la puerta de la novela gráfica cuando nadie comprendía el concepto y el cómic era pasto exclusivo de la fantasía-, he tenido que ir aceptando con reticencia que sus tebeos cada vez me gustaban menos, que los disfrutaba difícilmente y que los encontraba faltos de madurez, de textura, de sutilidad y sensibilidad en la manera que de verdad me afecta. Quizás por eso hoy prefiera releer su Spirit en lugar de sus novelas gráficas, porque es perfecto en su modesta orfebrería juvenil, y sugerente en su estilo formulario.

Pero lo que Eisner no alcanzó pudiera no estar fuera del alcance de quienes han venido después de él. Thompson nació casi sesenta años después que Eisner. Su mundo, su educación, su sensibilidad, son muy diferentes. Para empezar, Thompson nació y se crió en un mundo en el que ya existía Will Eisner. Aún más, Thompson es uno de los jóvenes autores que han nacido directamente en la novela gráfica. Él no ha tenido que hacer la transición desde el cómic comercial al cómic de autor, como Eisner, pero tampoco ha tenido que pasar ni siquiera del cómic alternativo a la novela gráfica, del comic book en blanco y negro y la librería especializada a la novela gráfica en tapa dura y la librería general, como Jaime Hernandez, Daniel Clowes o Chester Brown. Thompson es la nueva semilla que tiene superados muchos de los problemas que atenazaron a sus predecesores, gracias a que ellos los superaron anteriormente. Y eso le permite volcar en Habibi una carga de profundidad que creo que Eisner tuvo dificultades para trasladar a sus propias novelas gráficas.

La clave de cuál es esa carga de profundidad la da Tom Hart en una mesa redonda digital que está publicando el Comics Journal, A Habibi Roundtable. En un sentido definitivo, todo el libro es un poema de amor místico. Una alegoría de la pérdida de la fe (la autocastración) y la búsqueda del contacto divino una vez más a través de un sexo místico que posee una carnalidad hiperespiritual y sensorial. La metáfora central de Habibi es el dique, que en parte tiene su eco en algunos ambientes de la historia (el harén es el dique de los cuerpos) y en parte se relaciona con el elemento líquido, que recorre el libro en forma de agua, sangre, semen y tinta, las cuatro sustancias recurrentes.

Creo que el líquido es importante por muchas razones, en gran medida alegóricas -tanto la tinta como el agua, la sangre y el semen representan la vida, obviamente, en diversas manifestaciones, la más importante de la cuales es la narración y las historias, representadas a través de la tinta y el dibujo de las palabras-, pero también porque el líquido es, por definición, aquello que resulta irrepresentable en las artes visuales tradicionales y también en el cómic, que sin embargo alardea de representar el movimiento. Pero, ¿se mueve de verdad un arroyo, o está siempre en el mismo sitio, eternamente inmóvil y eternamente cambiante? Esa paradoja heraclitiana se manifiesta en la obra cumbre de las vanguardias históricas -la obra que las destruye en secreto, podríamos decir-, el Étant donnés (1946-66) de Duchamp, que representa una escena que podría considerarse casi el resumen de las preocupaciones de Habibi: una mujer desnuda, caída al lado de un manantial que fluye eternamente.


Étant donnés (1946-66), Marcel Duchamp

Y todo es mentira, claro.

Así que tal vez Habibi sea la obra de un poeta místico agnóstico caído en desgracia, el marino que perdió la gracia del mar, pero a mí lo que me interesa, sobre todo, es que la nueva fe que Thompson ha encontrado en el amor sólo la puede expresar a través del cómic. Esto es, en mi opinión, lo más extraordinario de Habibi, su entera dedicación a la forma singular del cómic, su fe y su entrega a las posibilidades del cómic para llegar a sitios propios, no prestados de otras artes más maduras. La extraordinaria narración simultánea de las páginas 93-103, por ejemplo, sólo se puede entender en este medio. O el capítulo 8, Orphan's Prayer, integrado únicamente por viñetas con texto sin imagen. Pero, ¿de verdad carecen de imagen?


Habibi (2011), Craig Thompson

Thompson se pasa todo el libro explicándonos que la caligrafía es dibujo y que las letras son imágenes. Por supuesto que el capítulo 8 está dibujado: cada texto es un dibujo. Por eso, cuando en la página 405 Zam vuelve a ver a Dodola, no ve el cuerpo, ve las palabras, las historias. Porque las historias son más visibles para nosotros que el universo fenomenológico. Nuestros sentidos leen. Y nunca más que cuando leemos un cómic.


Habibi (2011), Craig Thompson

Thompson cree sincera y profundamente en la capacidad del cómic para integrar palabra y dibujo en un arte sublime, y eso es el cimiento más sólido de Habibi. Dice Charles Hatfield que Thompson se declara influido por la «virilidad» del trazo de los historietistas europeos (voy a suponer que se refiere a autores como Blutch o Baudoin). Y eso es algo que inmediatamente nos remite de nuevo a Picasso, el epítome del pintor viril, del macho de pincel erecto. 

Creo que es legítimo considerar Habibi un cómic que replica las condiciones, mentalidad y aspiraciones de las vanguardias artísticas parisinas de principios del siglo XX. Cuando Picasso pintó Las señoritas de Avignon, también estaba embarcado en el proyecto de integrar a los maestros del pasado -entre ellos Ingres- en su visión del futuro. Creo que eso es lo que hace Thompson con sus citas a los pintores franceses del XIX. No se trata tanto de caer ingenuamente en el orientalismo, entre otras cosas porque creo que la relación de Habibi con Oriente es muy epidérmica. Creo que se trata más bien de asumir un clasicismo de vanguardia, de absorber la tradición en el futuro y de construir un nuevo lienzo que sea tan grandioso como el que dejamos atrás.

Al final, Thompson nos deja la clave de su interpretación del amor profano y a la vez místico que está intentando descubrir: el hombre es visual, la mujer es narrativa. La mejor forma de expresar ese amor es el cómic, donde se celebra el coito de lo visual y lo narrativo. Y el fluido que moviliza ese encuentro es la tinta. Un mar de tinta que empieza como una gota en la primera viñeta y fluye hasta el oleaje de la última. Un mar de tinta en el que ahora deben desembocar todos nuestros afluentes, ríos de tinta que lo van a mantener vivo y agitado durante mucho tiempo.

10 comentarios:

Octavio B. (señor punch) dijo...

cabrito, eres de los pocos que me pide a gritos relectura. Hay mucha chicha en este textazo.

Y una importante es empezar a darnos cuenta que efectivamente el arte del cómic navega con muchas décadas de retraso, que las disputas que hoy vemos nuevas son añejas algarabías en la plástica,que los 'ismos' en pintura, por ejemplo, son cosa ya vista y ya aprendida. Que quizá el cómic vive hoy su momento de las rupturas y podemos aprender de sus hermanos mayores, que ya hace mucho han pasado ese rubicón...

Y luego está la palabra que te curras y que merece un premio, o algo: "viñetanautas", fantástico puente entre la NG y unos personajes Marvel que yo me sé (que no sé si tú habías traducido, la verdad) y que viene a decir sin decirlo que no hay bandos, que todo es cómic, pero que los procesos están ahí y son consustanciales al arte, a cualquier arte. Ay, voy a dejar de escribir chorradas obvias.. Parece, en fin, que en Habibi hay tradición y hay vanguardia, búsquedas y homenajes, si te entendí bien.
Y parece que me apetece más que ayer.
No suelo leer críticas de tbos que me interesan o de lo sque dudo si pillarlos o no... salvo las mandorladas estas, claro, sé que aquí siempre hay más que "este cómic es/no es", claro.
Ea, fin de succiones ;)

Pepo Pérez dijo...

Yo sólo quiero decir que es una de las mejores reseñas de cómic que he leído jamás. Y, como suele decirse, he leído unas cuantas a estas alturas. Enhorabuena, Santiago, y gracias por regalarnos este texto. Está lleno de ideas para pensar y repensar. El cómic, el de Thompson y los cómics en general, no se merecen menos.

Óscar Palmer dijo...

Fantástica reseña, Santiago. De nivelón. A mí Habibi es un tebeo que me tiene completamente fascinado. Más aún teniendo en cuenta que nunca me habían interesado demasiado los tebeos de Thompson. Y creo que la clave para que me conquistara y abrumara de tal manera está precisamente en esa indulgencia "con sus propias fantasías libidinosas", la pura visceralidad de todo ello. Me temo que cualquier lectura política y sexista de la obra está condenada a quedarse en el análisis superficial, parco e interesado (o esa impresión me ha dado al menos la reseña de Damluji y también los comentarios de Katie Haegele en la roundtable del TCJ). Creo que aquí hay mucho que rascar por encima de todo eso, y que intentar calzarle un mensaje o aprovechar para para ponerse dogmáticos implica inevitablemente dejar de lado toda la fascinante y muy verosímil irracionalidad que palpita por debajo del comportamiento de los personajes. El caso que mencionas de Zam, sintiéndose a la vez repelido y excitado por la violación de Dodola, es probablemente el ejemplo más paradigmático; la sexualidad es así de compleja e indomable y el inconsciente funciona al margen de lo que podamos considerar apropiado o reprensible. Negar eso en pos del discurso no es sino un ejercicio de proselitismo, no de crítica. Probablemente todo esto ayude a que, efectivamente, se hable largo y tendido del cómic, y puede que incluso estuviera diseñado para ello, como dices tú al principio. En cualquier caso es una lástima que la mayoría de los análisis (al menos los que he leído yo) no hayan sido capaces de profundizar de verdad en todo lo que tiene que ofrecer Habibi tal como lo has hecho tú (junto a los comentarios de Tom Hart, tu reseña es lo mejor que he leído al respecto con diferencia). Chapeau.

gervilches dijo...

Genial, Santiago, muchas gracias por este texto porque realmente das decenas de claves para entender mejor una obra que a mí me ha encantado. Y que además creo que ha sido recibida con cierta frialdad, sobre todo en lo que respecta a algo que comentas en tu texto: Se ha dicho que es obvia, que Thompson lo da todo mascado, que no hay dobles lecturas... y no, en absoluto. Sin ir más lejos acabo de repasar la reseña que escribí para Entrecomics y he comprobado que yo paso muy de puntillas por toda la cuestión sexual y el sentimiento de culpa que acarrea, cuando ahora, leyéndote, me parece claro que es un punto central de la historia. O sea que tan mascado no estará...
En todo caso, sobre todo me ha interesado mucho todo lo que cuentas en relación a la historia del arte. Estoy de acuerdo contigo, parece que hay debates que no terminan de desterrarse del todo. En todo caso, algunas de las críticas a Habibi creo que tienen más que ver con cuestiones de correcciones política más que artísticas, aunque también, claro.

A mí otra cosa que me gusta mucho de Habibi es como toma las herramientas narrativas del folletín, del melodrama más culebronesco e impersonal y las hace suyas, dotándolas de autenticidad y sentido.

En fin, un tebeazo del que se puede y se debe sacar mucho jugo.

Un saludo y gracias otra vez.

David Muñoz dijo...

La reseña es mejor que el cómic...
Yo he sido incapaz de acabar de leerlo. A 100 páginas de terminarlo, harto de tener que estar obligándome a seguir leyendo, harto de aburrirme, lo dejé por fin.

Robur dijo...

El orientalismo en Habibi es realmente jugueton, lo mismo que los pocos destellos de humor a lo largo del comic y los elementos mas cartoon. Por cierto la rendición de Ingres es posiblemente uno de las viñetas mas feas de todo el libro. Otra cosa, que creo que molesto mas a ciertos críticos, es la concentración tópicos sobre oriente medio, según la visión occidental, que desde luego caen bien cerca del Romanticismo. Pero de cualquier manera el conocimiento general del mundo islámico es tan tan pobre en occidente, y sobre todo en los Usa, que no me pareció que esos tópicos lastraran a Habibi. Ademas donde realmente chirrían es cuando aparece el mundo real moderno basurilla. A veces daba la sensación que en vez del barco estaban en Fragel rock y cuando salían se iban a ofrecer sacrificios a la montaña basura.

Para mi la parte mas Eisneriana la de los arrabales, el hombre consumiendo el mundo y la mezcolanza de periodos históricos es lo que menos me gusto. Esa resuelta mucho mas simplonamente que los otro dos temas el amor y la religión que son los clásicos suyos.

En el tema del amor, sexo y misticismo es donde la interpretación de lo que quiso decir Thompson me confunde. El poeta sufi más famoso Rumi asocia el amor con el agua frecuentemente. En Habibi esa es la idea que une tomo el libro, que adopta una rendición sufí del Islam. Lo raro es el tema del sexo como algo predador o castrador. Eso no es sufí, ni islámico,ni oriental, eso es complejo de culpa del cristianismo ultra 100%. Es mas los eunucos a los que se une Zam, los hijras, no son siquiera de tradición islámica sino indu.

Lo de la presa es la clave como dices; cuando el amor finalmente triunfa lo hace para remontar el rio y dejar la presa atrás, es decir volver al amor infantil asexual cimentado ahora en la paternidad.

A mi me ha gustado pero creo que la parte verde,por llamarla de alguna manera, detrae de las otras.

Un ejercicio curioso: comparar ciertas páginas de Habibi y de El Genesis de Crumb que describen las mismas, o muy similares, escenas.

Goyo Graco dijo...

"La mejor forma de expresar ese amor es el cómic, donde se celebra el coito de lo visual y lo narrativo." Jo, Santiago. Te citaré intensamente. Genial artículo,tendré que releerlo muchas veces.

Santiago García dijo...

¡Gracias a todos por los comentarios!

La verdad es que "Habibi" da para mucho, te guste o no, y hay muchos más temas que se podrían plantear. El del folletín que dice Gerardo, por ejemplo. Y sí que creo como él que a Thompson se le está haciendo de menos porque tiene la extraña capacidad de hacer parecer que en sus tebeos es todo muy evidente y no hay nada detrás de lo expuesto. Es algo que veo que se repite mucho en las críticas que recibe. Tal vez sea por ese aura de inocencia del que hablaba, parece que alguien así de "ingenuo" no puede tener doblez. Y yo no creo que sea así.

Otra de las críticas viene de lo que dice Robur: que si su visión de Oriente o del Islam es más o menos occidental o distorsionada... Yo creo que ahí se produce otra confusión: la de creer que Thompson está intentando contar "el Islam" tal como es, cuando sólo está utilizándolo como material cultural que amasar a su manera para contar su propia historia. "Habibi" no va de Oriente, va de Thompson, que ha decidido contarnos algo con ambientación oriental.

A mí también me parece que la parte del mar de basura es la más eisneriana, Robur, sobre todo con el personaje ése del pescador, que parece salido de un Eisner de hacia 1978-1986. Te debo un café, espero pagártelo pronto.

David: ¡tenías que haberlo dejado después de las 100 primeras páginas, no cuando sólo te quedaban 100 para acabar!

David dijo...

Leí esta reseña el día que la escribiste...No sé si fue un error, porque no había leído Habibi, así que me quedé un poco como eeeeh.... Así que lo pedí a un amigo, que me echó suavemente la bronca por pedírselo después de tu reseña:"Así que yo te digo que lo leas y no me haces caso, y luego me vienes con la reseña de Santiago"... Y lo leí ayer a la noche.
Y bueno...
A mí Habibi no me ha terminado de convencer.
Me ha pasado en parte lo que a ti con lo que dices de Eisner. Cuando leí Blankets no pensé en Eisner... Pero en Habibi, en ciertas páginas me venía constantemente a la cabeza.
A mí, aparte de Spirit, creo que hay ciertas cosas de Eisner que se siguen manteniendo. Alguna mejor que otra, pero su N.Y City, por ejemplo, me sigue pareciendo genial.
Y sobre Habibi... No sé. Más allá de las cosas que apuntáis y demás, y haciendo una lectura que puede ser muy superficial, vale... no me convence en lo que cuenta.

Noiryaguara dijo...

Para mí lo del Orientalismo siempre estuvo claro y como género en sí no me molesta en absoluto, me parece que más bien puede alimentar a la historia en cuanto te sitúa en un plano de ficción, casi fantástico, y te ayuda a suspender la incredulidad.
Lo que no terminó de cuadrarme fue cómo se articulaba dicho set Orientalista con los repentinos arranques enciclopédicos, los anacronismos y todo el rollo ecológico. Todo eso me desconectaba de la narración.
Leí esta reseña cuando se publicó, mas no pude leer el libro hasta hace un par de meses. La reseña me sigue pareciendo excelente, el libro me desilusionó. Todo el trabajo de caligrafía, cuadrados mágicos y patrones de Thompson es excelente, es lo que más me gustó del libro. Habría preferido que se quedara en ese aspecto de la oda a la tinta. Con el aspecto erótico-místico también, pero más a lo Pillow Book, trágico pero no culpable. Es feo decirlo, pero la lectura me resultó ingrata, antipática y agresiva, sobre todo por la mirada impuesta en la sexualidad (de todos, no sólo la "femenina"). Capaz no es culpa del autor que a mí me resulte así, en muchos casos no lo es; quizá cuando uno tiene que lidiar con agresiones normalizadas en diversos medios, cuando se espera que uno "se acostumbre", uno termina haciéndose susceptible y cansándose, no sé. Que busque justificarlo en mi cabeza no hará que la lectura me resulte menos desagradable, ya lo he intentado. Realmente quería que me gustase este cómic, es muy hermoso :(
Las escenas de los eunucos fueron las únicas de la historia principal que realmente disfruté, me parece que son algunos de los personajes mejor escritos, con toda su lucha para sobrevivir y contradicciones. De resto, las escenas míticas y legendarias son también tremendas, especialmente la parte de Salomón y la Reina de Saba.
También percibí la cercanía e Eisner, mientras leía no dejaba de pensar que el pescador parecía salido de una de sus historias. Pero hay algo del tono que me resulta meramente amargo; no como Eisner que me parece agridulce... Lo agrio en Eisner hace que disfrute más sus historias, pero nunca es tanto como para desconectarme completamente de ellas.