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viernes, 12 de octubre de 2012

VIÑETAS KOSHER



Cierro de momento esta tanda de lecturas latinoamericanas traídas de Entreviñetas con los cómics del argentino Brian Jánchez, que Powerpaola tuvo la amabilidad de traerme en persona. Y oye, menos mal que se tomó la molestia, porque merecen muy mucho la pena. Jánchez, a quien ya mencioné al hablar de Gringo Muerto, es un humorista muy joven que se desmarca de la línea de humor naif surrealista que está triunfando desde Argentina en todo el mundo ahora mismo, es decir la línea inspirada por Liniers y seguida por autores como Kioskerman o el propio Decur, también presente en Entreviñetas. A simple vista, lo suyo es más inmediato y aparentemente más convencional, con un dibujo de humor que parece descuidado, urgente y un tanto infantil, y por el que asoma algo de ADN de manga. Pero luego, sorpresa, hay otra cosa.

Hormigas en el culo (Ediciones Noviembre, 2012) es la recopilación de tres secciones muy distintas, y sí encaja con esas expectativas infantiles que despierta esa primera impresión de la que hablaba. Hay una sección de chistes clásicos de una página, y luego hay dos segmentos. Uno de ellos está protagonizado por un personaje bien curioso, «Topati», y es una delicia: una persona se convierte en una criatura de peli de horror, tipo hombre lobo, pero resulta ser un pato antropomorfo, con su subsiguiente inutilidad como monstruo. El otro es «Soy L.A. Ventura», los desvaríos delirantes de una niña con exceso de imaginación, y también resultan muy divertidos.

McKosher (llantodemudo y Noviembre, 2011) es otra cosa: la crónica del tiempo que Jánchez pasó empleado en el McDonald's kosher de Buenos Aires. Aunque empieza haciendo hincapié en las excentricidades de un restaurante de fast food especialmente adaptado a las exigencias de la ley judía, la cosa acaba derivando más hacia la experiencia personal del trabajo cotidiano alienante. Jánchez no busca tanto el chiste como la veracidad del testimonio, y lo consigue sin grandes aspavientos, casi como si no estuviera contando nada. Aún más, hace gala de una excelsa ironía al autoparodiarse como un Spiegelman porteño, citando la famosa escena de Maus con el autor sobre los cadáveres de los ratones, en esta ocasión sustituidos por hamburguesas.

Pero si Jánchez sale airoso de la prueba de la autobiografía tardoadolescente en McKosher, en Shloishim (llantodemudo y Noviembre, 2009) deja una pequeña obra maestra. Dibujado en el sentido de lectura hebreo (véase muestra al principio de este post), este librito cuenta la infancia de Brian y la muerte de su padre cuando el autor tenía once años. No hay, sin embargo, ni dramas baratos ni gestos sentimentales. Jánchez navega con una serenidad impropia de su edad entre las escenas cotidianas, los recuerdos infantiles y la representación de la cultura judía bonaerense, que muestra integrada en el relato sin ningún subrayado grueso. Las reflexiones previas que el autor haya hecho sobre los sucesos de su vida y su representación, llegan completamente destiladas y refinadas a la página final. El hecho de que utilice un estilo de dibujo tan engañosamente inofensivo contribuye en última instancia a implicar al lector en sucesos cuya gravedad le toma desprevenido. Cuando queremos darnos cuenta, estamos allí, al lado del huérfano con arritmia que tuvo que dejar de jugar al baloncesto (o bueno, de recibir y tirar desde la esquina) y que nunca, nunca, nunca, ni en un solo momento, nos pide nuestra compasión.

domingo, 12 de diciembre de 2010

LA ISLA TRANQUILA

Mandrake el mago nº 11, Editorial Lord Cochrane. [Cortesía de Manuel Bartual].

lunes, 31 de mayo de 2010

PARA CAGARSE

Me da mucha rabia que se me pasen las semanas sin comentar lecturas recientes, pero últimamente he ido demasiado pillado para extenderme en el blog. Y lo sigo yendo, pero ya no me aguanto más, que la mitad de la gracia de leer un tebeo está en comentarlo, de modo que me reservo un ratito para escribir cuatro líneas sobre algunas cosas que me he leído últimamente.
Empiezo por El baño violeta (Diábolo, 2010), de Gustavo Sala, un librito que recopila la serie «El baño», la serie «Violeta macho» y algunas otras cosillas sueltas. Al argentino Sala lo conoceréis de El Jueves, donde publica desde hace algún tiempo, y en Tebeosfera podéis leer una entrevista con él, así que prescindo de presentaciones y paso directamente al meollo.
Sala pertenece a esa estirpe de humoristas abigarrados y tensos que salen disparados por la primera viñeta y siguen completamente acelerados hasta el final. Tanto «El baño» como «Violeta macho» son breves episodios de humor surrealista que se leen con la urgencia de quien corre a aliviarse de un apretón (la imagen es oportuna, dado que el argumento base de «El baño» es que el protagonista quiere cagar y no puede). Cada historieta es como un chiste-cuento que sigue una lógica extraña pero coherente, apoyándose en reiteraciones, como el humor oral de toda la vida, y que divierte por la sorpresa: detrás de cada viñeta puedes esperar cualquier cosa, y normalmente lo que sucede es lo que no te esperas. Pero tiene algún sentido absurdo. Al principio, «El baño» (que me parece la superior de las dos series) mantiene una estructura cíclica que es muy ocurrente, y que al cabo de cierto tiempo empieza a ser un poco rayante y a perder vigor. Pero es porque probablemente este libro no es para leerlo de seguido, sino de poco a poco, por ejemplo en cada visita al cuarto de baño, sí, era evidente, lo siento pero no podía dejar de decirlo. Sala es un talento a tener en cuenta, y El baño violeta un libro de humor que da para mucho, en las fronteras entre lo zafio y lo arty.

lunes, 2 de noviembre de 2009

LEYENDAS ARGENTINAS

Para completar el tema argentino, quiero mencionar dos nombres clásicos de la historieta de allá. Si el presente y el futuro son dibujantes como Lucas Varela, el pasado glorioso son nombres como Divito y Lino Palacio. El diario Clarín sacó un par de colecciones de historieta en años recientes y uno de sus tomos estaba dedicado a estos dos historietistas que vivieron su momento de esplendor hacia mediados del siglo XX. La colección es modesta en calidades materiales (papel y reproducción), pero generosa en número de páginas y bien arropada por textos de expertos, lo que la convierte en una ganga.

Divito y Lino Palacio fueron dos de los reyes del humor argentino hacia los años 40-50. Trabajaban en prensa y en revistas cómicas, para niños y para adultos. Crearon innumerables personajes que jugaban con los estereotipos y con la crítica de costumbres. Algunos de los que aparecen recogidos en este volumen son el tigre amable "Óscar, dientes de leche", el orondo "Bómbolo" o el increíble "El otro yo del Dr. Merengue", protagonizado por un señor muy severo y su desaforado alterego invisible, que responde iracundo a todo aquello que el yo consciente reprime. Todos estos personajes eran de Divito (1914-1969), que se hizo famoso especialmente por sus chicas elegantes y modernas de cintura de avispa. Como dice Diego Accorsi (de quien tomo todos los datos que menciono en este texto) en la nota sobre los autores que acompaña al volumen, "Rico Tipo [la revista creada por Divito en 1944] llegó a vender 350.000 ejemplares semanales y ser una chica como las de Divito era el sueño de las argentinas de la década del 50".

Si Divito es bueno, Lino Palacio (1902-1984) me ha conquistado por su ingenio sorprendente. Sus personajes también practican el tipismo, desde la criada pueblerina hasta la ama de casa viril, pasando por el empresario añiñado, pero el despliegue de inteligencia que hace el historietista en cada una de sus tiras es de primerísimo nivel. Tanto Divito como Lino Palacio muestran un talento gráfico y humorístico tan enorme (pertenecen a esa época dorada del humor gráfico en prensa en la que los estándares de calidad eran muy altos) que aún leídos con la distancia de tantas décadas añadida a la lejanía cultural, todavía siguen siendo divertidísimos. Ambos, curiosamente, tuvieron un final violento. Divito, que es descrito como "un playboy", murió con 55 años "al sufrir su quinto accidente automovilístico" (Accorsi). Palacio, por su parte, vivió hasta los 82, pero su final llegó cuando "Lino y su señora Cecilia Pardo de Tavera fueron asesinados, en un aparente intento de robo, por la ex pareja de su nieto y dos cómplices" (Accorsi de nuevo).

No he podido resistirme a ofrecer una pequeña muestra del talento de estas dos leyendas argentinas. Empezaré con Divito y una tira de su apacible Bómbolo:

"El otro yo del Dr. Merengue", muy excitado por la llegada de la Navidad, a pesar de la aparente sobriedad del protagonista.


Las famosas "Chicas":

Pasando ya a Lino Palacio, empezamos con tres páginas mudas genéricas:




Ramona, criada basta de enorme éxito en su día:
Doña Tremebunda: el nombre lo dice todo.


Tal vez la creación más deliciosa de Palacio (al menos de las que aparecen en este tomo) sea "Don Fulgencio", un empresario de aspecto serio con corazón de niño, que abandona una reunión de la junta directiva para irse a jugar con sus amiguitos y tira bombas de agua a otros críos en la playa. En las tiras de Don Fulgencio hay humor visual y humor verbal. Del primero sirve de ejemplo esta serie de tiras donde se emplea cualquier recurso para impedir que veamos la cara de Arturo, el mayordomo:
El humor verbal es aún más refinado. Alucinantes son las conversaciones que durante varias tiras seguidas mantiene Don Fulgencio con su amigo Rodolfo, que sólo es capaz de utilizar una vocal:

Palacio no debía de haber quedado suficientemente agotado con semejante exhibición vocal (que se prolonga durante muchas más tiras), porque después de la visita de Rodolfo, Don Fulgencio recibe la visita de Radragaz, cuya peculiaridad no cuesta mucho adivinar:

Según explica Pablo de Santis en el prólogo, otros amigos de Don Fulgencio fueron Fernéndez, Pitín y Ursulu. De locos, vaya.

Grandes humoristas, grandes historietistas. Si veis este tomo a la venta en alguna librería española (sé que hasta aquí han llegado), no lo dejéis escapar.

Actualización: Álvaro Pons menciona en los comentarios el personaje Fulmine, de Divito, y he añadido al post dos historietas suyas procedentes de este mismo volumen de la colección Clarín. Fulmine es el estereotipo del cenizo, pero su aspecto nos recuerda a alguien...


domingo, 1 de noviembre de 2009

VIÑETAS DE ALLÁ

La semana pasada volví de una visita a Argentina, la primera que hacía. Y como bien saben todos los que comparten nuestros pasos, los lectores de cómic añadimos siempre un turismo especializado al turismo general que practican las personas con la que viajamos. Además de comer jugosos bifes de chorizo para desayuno, merienda y cena y de visitar paisajes tan impresionantes como los del glaciar Perito Moreno, ningún lector de cómics que se precie puede pasar por un país con tanta tradición viñetera como Argentina sin asomarse, aunque sea mínimamente, al ambiente de "nuestra cosa". Es como si perteneciéramos a una religión que nos obliga a cumplir con cierto ritual en cada lugar del mundo que visitamos, y ese ritual conlleva visitar determinados templos.

Los templos del cómic son, por supuesto, las librerías especializadas, y en Buenos Aires tuve ocasión de conocer unas cuantas (gracias sobre todo a la amabilidad de Manuel Barrero, que me suministró una lista de direcciones escogidas). Si Buenos Aires en general me recordaba en muchas ocasiones al Madrid de hace treinta años, las librerías especializadas me recordaron a las librerías madrileñas de hace diez o quince años. Tiendas por lo general pequeñitas y abigarradas, cubiertas de papel de arriba abajo, y llenas también de muñequitos articulados y figuritas de coleccionista. El público era mayormente muy especializado, porque eran comercios muy especializados. No es que ese modelo de librería de cómic no perviva en España, que pervive, pero en cierta manera también se ha ido abriendo un poquito a otro tipo de público y otro ambiente más "generalista", por así llamarlo. Los cómics a la venta no eran muy distintos de los que tenemos aquí. La mayoría, de hecho, eran exactamente los mismos. Ediciones españolas de cómics americanos, de manga (mucho manga, por supuesto) y también algunos títulos incluso de editoriales como Astiberri, aunque de forma dispersa. Con lo bajo que está el cambio del peso, la importación de novelas gráficas españolas es un lujo excesivo para el lector argentino medio.

La novela gráfica, por cierto, no parece que haya llegado a Argentina. En general, tuve la impresión de que el cómic ocupa los mismos espacios que ocupaba aquí hace diez o quince años, al menos en cuanto al público juvenil y adicto a la aventura, los superhéroes y las series. Por otra parte, y a pesar de que también hay una crisis del cómic argentino, todavía se mantiene en la contraportada de los periódicos más importantes, y no parece que haya perdido del todo el papel que desempeñaba en la sociedad. El cómic sigue muy relacionado con la prensa y conserva un prestigio labrado por años de trabajo de grandes autores comerciales, pero todo eso parece la herencia de un modelo anterior, que no tiene que ver con la nueva posición cultural que está conquistando la novela gráfica en Europa y Estados Unidos.



Por supuesto, aproveché para traerme unos cuantos tebeos y obras teóricas de diferentes épocas y estilos. Sería obvio hablar aquí de las páginas de Oesterheld y otros clásicos, o incluso de la revista Fierro (nueva etapa), así que prefiero mencionar lo mucho que me gustó el para mí desconocido Lucas Varela, un pedazo de dibujante del cual me compré su recopilación Matabicho, poblada por personajes tan curiosos como Paolo Pinocchio o Dimitri el Leproso Bolchevique. Hablando de novela gráfica, por cierto, Varela protagonizaba uno de los ejemplos más claros de la misma que vi en las librerías de Buenos Aires, El síndrome Guastavino, con guión de Carlos Trillo y publicado por Random House Mondadori. No lo compré cuando tuve oportunidad y luego ya no pude ir a por él, de lo cual me arrepiento mucho. A ver si tenemos suerte y Mondadori lo trae por aquí, como ya ha hecho con Liniers. Varela menciona a Chris Ware, Jim Woodring, Charles Burns, Jiro Taniguchi, Joe Sacco, Daniel Clowes y Rutu Modan como nombres para entender su obra. Y se hace un flaco favor, porque tiene demasiada personalidad como para emboscarse entre tanto nombre grande, y conviene leerle sin prejuicios por las influencias (aunque alguna a veces salte a primer plano, como la de Chris Ware, ¿por qué es tan difícil de digerir?). Yo, por dar una referencia más próxima, diría que sus páginas no quedarían mal al lado de las de Paco Alcázar. En fin, si Lucas Varela ya ha publicado en España, agradezco cualquier pista o informe sobre dónde localizar sus páginas.

Lo que he escrito son las impresiones a vuelapluma de un simple turista. Desde nuestra orilla del Atlántico es Tebeosfera quien con más rigor está siguiendo las viñetas argentinas, y precisamente acaban de colgar una entrevista con Gustavo Sala, una de las figuras emergentes de allá que ya está apareciendo en El Jueves.

(La ilustración es de Lucas Varela y está, por supuesto, robada de su blog).