martes, 29 de noviembre de 2011

EL TEBEO MÁS EXTRAORDINARIO DEL MUNDO


Ralph Steadman

En diciembre de 1970, Jann Wenner, el legendario fundador de Rolling Stone, propuso a Michel Choquette que organizase un suplemento especial de cómic para su revista. Choquette era un canadiense de 32 años que hablaba con fluidez inglés y francés y se defendía en unos cuantos idiomas más, incluido el español, y que trabajaba en la revista satírica National Lampoon. Su trabajo había llamado la atención de Wenner, que pensaba que sería una buena idea producir algunas historietas que contasen una especie de historia retrospectiva y caleidoscópica de los sesenta. Para realizarlas, Choquette y Wenner se plantearon acudir no solamente a historietistas profesionales conocidos, sino también a figuras de la cultura y el arte que hubieran sido relevantes durante la década prodigiosa.

Choquette emprendió con entusiasmo el proyecto. En National Lampoon había colaborado con Neal Adams, una de las personas mejor relacionadas en la industria del comic book en aquellos momentos, y a través de Adams pudo contactar con muchos dibujantes. Además, National Lampoon estaba en el piso de debajo de Marvel, así que por ahí empezó a reunirse un núcleo de colaboradores. A medida que el proyecto fue creciendo, alentado por el entusiasmo de Wenner, pasó de suplemento para Rolling Stone a libro autónomo, y Choquette empezó a viajar por Europa -especialmente Gran Bretaña y Francia- para reclutar plumas internacionales.


Michel Choquette en 1971. La foto fue tomada por Jann Wenner y
se reproduce en The Someday Funnies

Choquette acudió tanto a artistas de reconocida trayectoria en el cómic comercial como a jóvenes dibujantes del recién nacido comix underground. En sus propias palabras: «Muchos de los dibujantes de cómic tradicional sintieron que lo que les ofrecía era una oportunidad de crear algo mucho más significativo que el trabajo que solían producir habitualmente para ganarse la vida, e insistieron en escribir sus propias historietas. Al final, muy pocos de ellos acabaron haciendo algo». Curiosamente, Choquette descubrió que los undergrounds entregaban con más formalidad que los profesionales.

El proyecto titulado The Someday Funnies creció y creció. Choquette era ambicioso: tanteó a Warhol, Dalí y Sartre. Cuanto más material le entregaban, más fácil le resultaba conseguir la participación de nuevos nombres.

En otoño de 1972, Jann Wenner decidió abandonar el proyecto.

Choquette buscó rápidamente nuevo editor, y no tardó en encontrarlo. Harper & Row decidió publicar el libro y le dio carta blanca y nueva financiación para seguir añadiendo historietistas de todo el mundo. Choquette recorrió el globo de este a oeste. En aquella época, para contactar con un dibujante había que hablar con él, y visitarle no significaba visitar su página web, sino ir en persona a su casa.

En octubre de 1973, Harper & Row también decidió retirarse. Según el editor del proyecto: «A la gente de marketing el contenido le resulta confuso. A los de finanzas el libro les parece demasiado caro. Y el tamaño es inmanejable».

Choquette, con un buen montón de páginas ya entregadas, decidió producir él mismo el libro, y empezó a buscar inversores. Durante cinco años desarrolló varios planes de viabilidad y contactó con posibles apoyos. En 1978, al no recibir respuesta a su propuesta por parte de Paul Desmarais, uno de los hombres más ricos de Canadá, decidió abandonar el proyecto. Choquette recogió todo el material acumulado durante casi diez años, lo metió en cajas, lo llevó a un almacén, y allí lo dejó.

Pero no para siempre.

En 2007, Bob Levin, un crítico de The Comics Journal, se puso en contacto con Choquette. The Someday Funnies se había convertido ya en una leyenda que circulaba en el mundillo del cómic, un gran unicornio blanco que nadie había visto y de cuya existencia real se dudaba. Acompañado por Levin, Choquette abrió el baúl de los recuerdos que guardaba en Montreal. Revisaron el material, recordaron la historia. Levin publicó un artículo contándolo todo en The Comics Journal #299 (2009). El artículo reavivó el interés por la obra. Abrams Comicarts, que ha publicado algunas de las más exquisitas monografías de los últimos años, ofreció a Choquette sacar el libro soñado tal y como siempre lo había soñado.

Y ahora, por fin, 40 años después, The Someday Funnies está en la calle.

Se trata de un libro de gran formato, con sobrecubierta y una calidad de producción exquisita, donde se recogen todas las historietas originales que llegó a reunir Choquette, convenientemente arropadas por unos cuantos textos informativos, que son los que he venido a glosar en los párrafos anteriores. Según reza la portada, en su interior se encuentran 129 historietas originales (de entre una y tres páginas) realizadas por 169 colaboradores de 15 países diferentes. El tema es «los sesenta», y la nómina de colaboradores incluye a profesionales del comic book de siempre como Jack Kirby, Wally Wood, Will Eisner, Harvey Kurtzman, Roy Thomas, Barry Smith, C.C. Beck, Walter Simonson o Archie Goodwin; a dibujantes del underground, como Kim Deitch, Art Spiegelman, Bill Griffith, Jay Lynch, Bobby London, Joost Swarte, Ever Meulen o Trina Robbins; a dibujantes internacionales como Giraud, Morris, Goscinny y Uderzo, Dino Battaglia, Guido Crepax, Jean-Claude Forest o los españoles Carlos Giménez, Adolfo Usero, Luis García y El Perich; y a figuras de la cultura y el arte como Tom Wolfe, William Burroughs, Frank Zappa, Pete Tonwshend, Penelope Tree, Federico Fellini o Topor. La pintura de portada es obra de Richard Hess, y el logo original fue diseñado por Philip Castle, autor del cartel de La naranja mecánica.

La idea era que cada uno de los artistas tocaría un tema de los sesenta y entre todos ellos acabarían dando una visión general completa de lo que significó aquella década. Para dar una cierta coherencia al relato o reforzar su continuidad, Choquette pidió a los colaboradores que dejaran algunas viñetas o espacios libres en sus páginas, con la intención de rellenarlos luego con algún elemento recurrente que sirviera de hilo conductor para el conjunto del libro. En su momento, nunca llegó a desarrollar claramente esa idea, y el hilo conductor se ha añadido hoy, para su edición en 2011. El dibujante Michael Fog ha ocupado esos espacios libres con una caricatura de Choquette que va siguiendo cronológicamente los viajes que tuvo que realizar para confeccionar The Someday Funnies entre 1971 y 1978. En mi opinión, esto es lo peor del libro, pues se trata de un hilo narrativo completamente ajeno al contenido de cada página y, lo que es peor, que rompe con la unidad de composición y la estética de cada artista. Como uno se puede imaginar, un libro de este tipo es extremadamente heterogéneo en estilos y técnicas, y la aparición constante de una especie de Dónde está Wally en cada historieta, una imagen que no se relaciona de ninguna manera con el resto de lo que sucede en la página, es un elemento distorsionador. Mejor hubiera sido que dejaran los huecos en blanco.

Dicho eso, debo decir también que el libro es magnífico. Un auténtico tesoro perdido y recuperado de la historia del cómic.


En primer lugar, me sorprende que los grandes figurones ajenos al cómic tengan aportaciones tan valiosas como las que ofrecen. Cierto, Pete Townshend o Frank Zappa ponen poco más que su nombre, pero Tom Wolfe exhibe una pasmosa capacidad para la caricatura en una historieta de dos páginas escrita y dibujada por él mismo que se puede entender con un doble sentido. «The Man Who Peaked Too Soon» cuenta la historia de un individuo que siempre se adelanta en un par de años a las modas -tan cambiantes y tan extremas en los 60- y que siempre resulta incomprendido. Y a la vez parece un comentario sobre el propio Choquette y su Someday Funnies, concebido 40 años antes de que hubiera nadie en el mundo que se tomara tan en serio al cómic.


La colaboración de William Burroughs y Malcolm McNeil también merece comentario. Sus dos páginas plantean una fantasía sobre toros de lidia controlados por ordenador en España que acaba en una masacre pública. Según nos informa un texto incluido al final del volumen, la ocurrencia está basada en la historia real del fisiólogo José Manuel Rodríguez Delgado, que en los años 60 realizó experimentos con señales de radio que activaban un dispositivo introducido en el cerebro de los animales con la intención de provocar respuestas emocionales. Según parece, en cierta ocasión saltó a una plaza de toros de un cortijo de Córdoba y paró en seco a un toro de lidia activando su interruptor. (Todos los temas a los que se refieren las historietas están convenientemente explicados y contextualizados en uno de los complementos del libro).


Fellini cuenta un sueño en una página, con lo cual parece que el tema elegido sea él mismo, lo cual me parece muy conveniente, porque los 60 también son Fellini. La página es realmente espectacular, en dibujo, en colorido y en intensidad, y le hace plantearse a uno que si Fellini se hubiera dedicado al cómic, podría ser reconocido hoy en día como uno de sus grandes maestros. Al mismo tiempo, me queda la duda de que Fellini hubiera hecho este tipo de historietas en caso de haberse dedicado profesionalmente al cómic. Ésa es, sin duda, una de las virtudes de las colaboraciones de escritores y artistas ajenos. Vienen sin la carga del oficio y la tradición, y nos dejan páginas que están desprovistas del peso de los tópicos. Es honroso que Roy Thomas y Barry Smith se esfuercen por tratar el asesinato de los Kennedy a través de una fantasía en la que el mago Shazam convoca a Conan y Sherlock Holmes para que investiguen la posibilidad de que haya una conspiración detrás de sus muertes. Pero en esas historietas, finalmente ves a artistas demasiado encadenados por sus hábitos como para plantearse códigos distintos.


Por el contrario, un artista como Neke Carson vierte en su página un cúmulo de ideas gráficas y narrativas tan sorprendentes y tan actuales que no habría desencajado en ninguna antología de art comics posterior, desde Raw hasta Kramer's Ergot. «The Assassination of Vaughn Meader» se basa, además, en un personaje real fascinante. Traduzco del texto explicativo de The Someday Funnies: «Vaughn Meader es un comediante cuya increíble imitación del presidente John F. Kennedy le convirtió en una sensación de la noche a la mañana cuando publicó en 1962 el álbum The First Family, una sátira bienintencionada de los Kennedy. Vendió la fenomenal cantidad de 7,5 millones de copias (más de un millón durante las dos primeras semanas, obteniendo así un lugar en el Libro Guinness de los Récords como el disco de venta más rápida de la historia) y ganó el Grammy de 1962 al Álbum del Año. Con el asesinato del Presidente Kennedy, las tiendas de discos retiraron The First Family de la venta, las actuaciones en vivo de Meader fueron canceladas, y a los 27 años ya estaba acabado».

Como veremos, los asesinatos de los Kennedy es uno de los temas recurrentes en este libro.


Otro artista que rompe con cualquier concepto vigente en su momento es Allen Jones, que hace una historieta sobre los implantes de silicona con un estilo que casi parece anticipar a Pettibon, colocándose más cerca del punk que de la estética hippie y piscodélica de su momento (que, por otra parte, es la dominante en este libro, como uno podría imaginarse).


No es que con la estética típicamente pop after-Beatles no se puedan hacer cosas sorprendentemente novedosas. Por ejemplo, Andrew Bailey y Andrew Holmes cuentan la historia de Carnaby Street en una sola página con una sucesión de viñetas que mantienen un punto de vista fijo espacial que cambia en el tiempo y que mantiene una perspectiva axonométrica. Es decir, es como si Richard McGuire y Chris Ware hubieran quedado encerrados en el Submarino Amarillo.


Una de las celebrities más sorprendentes que participan en este proyecto es Penelope Tree, una de las supermodelos de la época, que colabora con el artista Richard Adams en una tira que traigo a colación porque hay que sumarla a la colección de viñetas con bocadillos de diálogo pero sin dibujo, de la que en Mandorla hemos hablado en otras ocasiones.


Tampoco puedo dejar de mencionar la deliciosa página de Roland Topor sobre el Libro Rojo de Mao. Cuento surrealista con carga política socarrona, es una de las historietas más delicadas e inteligentes de toda la colección. En la viñeta que he elegido vemos cómo el pequeño libro rojo nace de una Biblia histérica.


En el caso de las figuras internacionales -que es como decir europeas, principalmente francesas, belgas, holandesas, británicas, alemanas, italianas y españolas; Choquette tenía previsto reclutar artistas de Japón y Europa del Este, pero no tuvo oportunidad de hacerlo-, sorprende ver a nombres tan grandes como Gir, Goscinny y Uderzo o Morris prestarse al juego, pero más sorprende ver cómo se limitan a trasladar al proyecto sus personajes y fórmulas habituales. Morris hace un par de páginas de Lucky Luke, Goscinny y Uderzo hacen una perfecta página de Asterix y Giraud entrega una típica página de acción de Blueberry (aunque sin Blueberry, en su caso). Quizás, al contrario que sus colegas del mainstream norteamericano, los franceses no se sintieran tan constreñidos en su práctica habitual y por tanto se encontraran cómodos trabajando con sus personajes habituales incluso en un ámbito tan heterodoxo. También merece la pena mencionar que Choquette observa que los europeos entregaban mucho antes que los norteamericanos.


Otro ejemplo de lo que digo está en Jean Claude Forest, que presenta dos páginas de Barbarella tan deslumbrantes como casi siempre, aunque en este caso con una particularidad: la heroína sale completamente vestida a lo largo de toda la historieta. Esto tiene algo de irónico o rebelde, porque la liberación sexual y el desnudo es, junto con el asesinato de los Kennedy, el tema más repetido en todas las historietas. Especialmente las de los norteamericanos. ¿Los europeos son distintos?


Pues sí, hay que decir que algo pasa aquí, porque si bien Guido Crepax es conocido por sus cómics eróticos, en The Someday Funnies hace un renuncio, como Forest, e incluso se desmarca más todavía de sus hábitos, planteando una espléndida página sobre el neofascismo italiano y la violencia de los años del plomo en Italia. Siempre he sentido debilidad por Crepax, y esta página me demuestra que su inmenso talento nunca ha sido del todo comprendido. Tal vez ni siquiera por él mismo.


La participación española no es muy nutrida, pero ahí está, y se hace notar. Paco Candel y Carlos Giménez tratan la emigración (ya sabéis, los 60 fueron los años de irse a Alemania a hacer fortuna tendiendo vías férreas), y Armonía Rodríguez y Adolfo Usero la marginación de los gitanos, enlazada con la marginación y la rebeldía juvenil propia de la época. El Perich, por su parte, hace una crítica de costumbres de larga tradición hispana, y Víctor Mora y Luis García son los únicos que no tratan un tema español, sino internacional: la marea negra producida por el hundimiento del petrolero Torrey Canyon en 1967.


La mayoría de los artistas underground trabajan estrictamente en su línea habitual, de modo que no me voy a detener en sus colaboraciones para no resultar más fatigoso. La aportación de Art Spiegelman, de Justin Green o de Kim Deitch es la que cualquiera que conozca su obra esperaría de ellos, y algo parecido ocurre con los humoristas: Gahan Wilson es Gahan Wilson. Más interesante, o al menos curioso, es ver qué hacen los dibujantes procedentes del comic book comercial, autores que nunca o casi nunca habían tenido oportunidad de dibujar en una historieta lo que les diera la gana y como les diera la gana. Ya he mencionado anteriormente el ejemplo de Roy Thomas y Barry Smith haciendo una versión de Conan en equipo con Sherlock Holmes. Otro ejemplo magnífico de este retorno al héroe es Will Eisner, que recupera a The Spirit para la ocasión. Recordemos que The Spirit había dejado de publicarse hacía 20 años, que desde entonces Eisner se había dedicado a hacer cómics didácticos para el ejército y que todavía faltaban años para que diera el salto a la novela gráfica con Contrato con Dios. De modo que la historieta de Spirit de The Someday Funnies es un documento histórico porque le captura en tierra de nadie, en pleno momento de transición entre lo que fue y lo que será, y evidentemente en plena búsqueda. Formalmente es Eisner clásico, pero el tono de la historia es más sombrío y sucio de lo que nunca fue The Spirit. Es casi un anticipo de las revisiones posmodernas de los viejos héroes que verá llegar la década siguiente, con Watchmen y The Dark Knight Returns.


Claro que, en ese sentido, aún más lograda es la historieta del Capitán Marvel escrita por Dennis O'Neil y dibujada por C.C. Beck y Don Newton. Se inicia con un juez prohibiendo a Billy Batson pronunciar «el nombre de cualquier mago egipcio antiguo», para regocijo de sus malévolos colegas, Superman, Batman y Capitán América, que compadecen sardónicamente al muchachito. Batson vagabundea por la década de los 50 y los 60, viendo cómo a su alrededor se desata un horror nunca visto en los tebeos del Capitán Marvel (el Ku Klux Klan, los disturbios raciales de Watts, los enfrentamientos entre policías y estudiantes) hasta que con la llegada de la nueva época se levanta la prohibición y por fin puede gritar «¡Shazam!» y volver a ser un superhéroe. La historieta, que por cierto cierra el libro, es una evidente alegoría de la disputa legal que mantuvieron DC y Fawcett durante años. DC demandó a Fawcett cuando ésta lanzó el Capitán Marvel en 1941. Se le acusaba de plagiar a Superman. La disputa se mantuvo en tribunales hasta 1952, año en que Fawcett se retiró y renunció al personaje y todos sus derivados. En los años 70, DC compraría los derechos del Capitán Marvel y lo volvería a lanzar bajo su propio sello. Pero el regreso del inocente superhéroe no puede ser un regreso a la infancia: lo que ha pasado durante todos esos años de silencio no puede ser olvidado ni ignorado. Los años 60 han transformado la sociedad y el Capitán Marvel tendrá que buscar un nuevo hueco en la misma, si es capaz.


Ése es, de forma aún más transparente, el tema de «Captain Freedom», una historieta de Steve Englehart que presenta a un superhéroe trasunto del Capitán América (aunque parece más directamente inspirado en Fighting American, la parodia que los propios Simon y Kirby hicieron de su Capitán en los años 50) que se sumerge en el sueño en los años 40 y vuelve a la vida en los confusos 60. Aunque la parodia es ciertamente previsible, está hecha con mucha mala leche y bastante gracia, y no olvidemos que Englehart fue el encargado de escribir una de las historias cruciales del Capitán América auténtico durante esos mismos años, la que le llevaría a perder la fe en su propia condición simbólica y a renunciar a su identidad para renacer como Nómada, el hombre sin banderas. Queda claro entonces que había una hornada de jóvenes guionistas en Marvel y DC que tenían unas inquietudes generacionalmente más acordes con los tiempos que las de Stan Lee y otros de sus venerables antecesores. En The Someday Funnies también se incluye una página escrita por Gerry Conway -guionista de Spiderman en los primeros años 70- y dibujada por Gordon Goldberg que está más próxima al underground más vitriólico que a nada que haya visto publicar jamás a Conway dentro del cómic comercial. Por si faltara algo, «Captain Freedom» ofrece una oportunidad casi única de ver a Steve Englehart ejerciendo de dibujante, no sólo de guionista. Y la verdad es que se desenvuelve muy bien.


Otro de los grandes pesos pesados del cómic tradicional que participan en The Someday Funnies es Wally Wood. Su participación es breve pero intensa, media página repleta de personajes abigarrados que saltan unos sobre otros enganchándose en todo tipo de posturas sexuales y escatológicas. Su tema es la revolución sexual y la historieta me hace pensar que para Wood -que, como Eisner, pertenece a una generación mayor que la de los hippies underground- la represión sexual de los años 50 de su mocedad debió de dejar secuelas psicológicas traumáticas. Wood no sólo es un gran historietista, sino una de las personalidades más complejas y seductoras de su época.


Y bueno, la guinda es Kirby, Jack Kirby en persona participa en The Someday Funnies, con una historieta de dos páginas escrita y dibujada por él mismo y entintada por Joe Sinnott. Se titula «The Ballad of Beardsley Bullfeather or Tune in, Cop-Out and Drop-Up Me first», que es un título muy de Kirby en los 70. Por un lado, me resulta difícil imaginar con qué cara se acerca uno a Jack Kirby, el hombre que hacía centenares de páginas al mes, a preguntarle que si tiene un hueco para hacer una pequeña colaboración en un proyecto extravagante. Por otro, comprendo que Kirby, desde que se fue de Marvel, y sobre todo durante su primer período en DC, estuvo muy preocupado por mantenerse en sintonía con el espíritu juvenil, aunque él ya fuera un señor hecho y derecho, y probablemente viera esto como una oportunidad de seguir siendo hip. O tal vez ni siquiera fuera eso, tal vez ni siquiera lo pensó y lo que ocurre es que Kirby no era capaz de decir que no a nada. ¿Quién sabe cómo discurren los dioses? Cabe imaginar este par de páginas como un destello fugaz en el tablero de dibujo del Titán, apenas un calentamiento antes de abordar el trabajo de la jornada. Y sin embargo... Sin embargo, las leo y no me parecen nada insignificantes. Con su típica retórica cósmica, Kirby ensaya una meditación sobre la individualidad y el heroísmo, en la que cita directamente a Ayn Rand para refutarla. Dado el interés actual por las diferentes corrientes que confluyen en la definición de los superhéroes de la Marvel de los 60, creo que esta historieta merece una lectura cuidadosa, porque puede ayudar a entender en qué se diferenciaba la visión de Kirby de la de Stan Lee o la de Steve Ditko. Ahora que ha salido a la luz, creo que hay que incorporarla con todo derecho al canon kirbyano.


Hay un último sector de colaboradores en The Someday Funnies que sin duda es el más sorprendente: me refiero al de los adolescentes desconocidos. Las viñetas que he reproducido sobre estas líneas son obra de Stephen Battaglio, que en aquel momento tenía 13 años. Con estas aportaciones se amplía el campo de acción de The Someday Funnies desde el artesano hasta el artista, pero también al terreno del arte marginal, del arte que ni es profesional, ni académico, ni de galería. Esta historieta en concreto es una pequeña joya, contada con una sorprendente viveza y claridad, dada la edad del autor, y protagonizada por la Justice Association, un grupo de superhéroes que decide arreglar todo lo que salió mal durante los 60 viajando al pasado y salvando la vida a JFK, a su hermano Robert, y a Martin Luther King. Consiguen su objetivo y, envalentonados, deciden seguir mejorando el mundo y viajar aún más al pasado y salvar a Lincoln. En este caso, son asesinados por los lugareños, horrorizados por sus trajes chillones. El final es devastador y a la vez parece una apropiada alegoría de la propia década de los sesenta.

Evidentemente, no todas las historietas incluidas en The Someday Funnies son espléndidas, y además hay un límite para el número de historietas que puede tragar uno sobre enfrentamientos entre la policía (pigs) y los universitarios drogados, o sobre la revolución sexual. Pero en su conjunto, el nivel de The Someday Funnies es altísimo, y muchas de sus historietas no sólo se mantienen vigentes hoy en día, sino que en algunos casos son una verdadera revelación. En su prólogo, el siempre atinado Jeet Heer señala dos rasgos muy importantes para ubicar correctamente The Someday Funnies en la historia cultural del cómic. El primero es que anticipa de forma clara lo que hoy en día damos por asumido con el triunfo de la novela gráfica y los art comics. La posibilidad de producir cómics lujosos, adultos, utilizando calidades de producción exquisitas, con la intención de crear un artefacto cultural duradero y del mismo calibre que cualquier otro producto artístico. Esto, en 1970, no era una idea común, pero esta obra demuestra que de alguna forma ya estaba flotando en el ambiente y había personas que empezaban a creer en la capacidad del cómic para romper su techo de cristal. Por otro lado, Heer nota el carácter internacional del proyecto, algo completamente extraordinario en la época, donde las tradiciones nacionales mandaban en cada país, produciendo escenas muy insulares, y en Estados Unidos más que en ningún sitio. La internacionalización será también una de las características fundamentales de la novela gráfica contemporánea. No quiero decir con estos dos apuntes a la novela gráfica que The Someday Funnies sea un punto de origen de la misma. Al contrario, es gracias a que hoy en día existe la novela gráfica que se dan las condiciones para que se haya recuperado esta obra. Es gracias a la novela gráfica que existen divisiones dedicadas al cómic en editoriales literarias como Abrams y que estas divisiones rescatan este tipo de extraordinarios materiales que se perdieron porque la propia industria editorial del cómic los dejó caer por la barandilla como criaturas deformes e inútiles. En la historia del arte es el hijo, siempre, el que elige al padre, como ya nos enseñó Hal Foster.

A mí me gustaría añadir otra observación derivada de la lectura del volumen: la nostalgia es el motor principal de The Someday Funnies. Incluso es el sello de la editorial imaginaria que figura en la portada del libro, junto al precio: «Instant Nostalgia». Si tenemos en cuenta que es un proyecto que nace en 1970, para rememorar la década concluida en 1969, y que está impulsado por personas que apenas acababan de superar la treintena, parecería sorprendente. Pero en parte este libro me ha hecho entender de dónde procede el gran peso que tiene la década de los sesenta en nuestro mundo contemporáneo. Ya en su momento, en directo, mientras se estaban produciendo los acontecimientos, se estaban diseñando para la nostalgia, se estaban concibiendo como un producto comercializable en el mercado de la nostalgia durante las décadas siguientes. En los 60 se creó un producto formado por muchos artículos, y ese producto se llamaba los 60 y no hemos dejado de comprarlo hasta ahora. La comercialización de la nostalgia es evidente en la insistencia en los hechos más representativos de la época, como la muerte de los Kennedy, especialmente la de John Fitzgerald. Más que vivirse como un trauma, se vive como un espectáculo, o mejor aún, como un souvenir. Todo el componente mórbido de la década -que es muy abundante- se asume como producto y se pone a la altura de lo frívolo. Es decir, si el planteamiento es que cada historieta trata un hecho característico de la década, y todas las historietas son igual de importantes, la conclusión es que la muerte de Kennedy y la minifalda están en el mismo rango. Y esto, amigos, me ha ayudado a entender un poco mejor el mundo en el que vivo, cosa que no me pasa con todos los tebeos que leo.

Que se haya exhumado por fin esta joya del cómic mundial es un acontecimiento a celebrar. Aún más: que se haya hecho ahora. Es una obra insólita, que creo que costaría repetir en nuestros días, a pesar de que las facilidades de comunicación son mayores. Por comparación, Comix 2000 -que podría ser algo parecido- es mucho más estrecho de miras, mucho menos abierto de mentalidad. Hoy resulta difícil imaginar que pudieran reunirse en las mismas páginas Brian Chippendale y Bryan Hitch, Suehiro Maruo y Zep. The Someday Funnies tal vez no sea el mejor tebeo que se ha hecho nunca, pero puede que sí sea el más extraordinario.

4 comentarios:

Jeune Albert dijo...

Extraordinaria entrada, por seguir la denominación como por otra parte lo han sido todos tus últimos posts.
No conocía de nada esta recopilación, pero por lo que has explicado tiene una pinta estupenda. Lo que más me ha gustado es lo de "la conclusión es que la muerte de Kennedy y la minifalda están en el mismo rango". Genial y revealdor al mismo tiempo.

JavierOlivares dijo...

No conocía esta historia! La propia historia del tebeo ya es muy buena!!!

Robur dijo...

Yo tampoco lo conocia, muy curioso.

TEBEOBIEN dijo...

SENsacional TODO.
temas: los dibujantes a los que les abren la jaula y vuelven a meterse dentro como los periquitos domésticos, gran curiosidad por lo de zappa (soy ultrafan), enorme historia la del impersonator de kennedy, buena aportación española y una coda audiovisual:
al dr. delgado ya le conocía. el vídeo con el resultado de su experimento es estremecedor
http://www.youtube.com/watch?v=8yu9TPRDXMw