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miércoles, 6 de julio de 2016
TORRES GARCÍA
Desde el pasado 19 de mayo y hasta el próximo 11 de septiembre, el Espacio Fundación Telefónica acoge una exposición sobre el artista uruguayo Joaquín Torres-García producida por el MOMA. Anteriormente, ese mismo espacio había ofrecido la muestra sobre El arte en el cómic comisariada por Asier Mensuro donde Javier Olivares y yo participamos con una página inspirada, precisamente, en un cuadro de Joaquín Torres-García (en concreto, «Constructivo en blanco y negro TBA»). Cuando lo hicimos, todavía no sabíamos que después de la nuestra vendría una exposición dedicada al artista que habíamos decidido homenajear. La página que hicimos Javier y yo la tenéis encabezando este post.
En el proceso de hacer esta página me leí la obra magna teórica de Torres-García, Universalismo constructivo, un hermoso volumen que recoge diferentes conferencias dictadas por el artista a lo largo de décadas, y como no podía ser menos sus apasionadas declaraciones las leí muchas veces como si se refiriesen al mundo del cómic y sus problemas. Aquí os dejo algunas citas de Torres-García que no llegaron a la página:
«Si queremos dar con lo original (que es como decir con lo personal) hay que servirse sólo de aquel dibujo no aprendido, de aquel modo de combinar líneas y colores absolutamente virgen, o sea de algo que pudimos poseer antes de que nos lo hubieran enseñado en la academia».
«Hágase el oficio honradamente y a la perfección que lo demás nos será dado por añadidura».
«La academia no enseña, como debiera ser, una técnica absolutamente objetiva, sino que, por el contrario, la descuida en parte, para enseñar una técnica con vistas a una realización dada».
«¿Cómo saber aquello que debemos aprender sin saber lo que tendremos que expresar?»
«Es oportuno señalar que si una tradición puede y debe continuarse, no debe en cambio repetirse ningún arte retrospectivo. Pero eso, este nuevo y verdadero clasicismo debe revestir hoy un aspecto muy distinto al de otras épocas. Quiere decir que la Regla puede ser la misma, pero su aplicación debe marcar el siglo en que estamos».
«Sí; lo que el verdadero artista dice, lo que él tiene que decir como hombre, lo dice simbólicamente. Es, pues, por la expresión geométrica o por el tono en el color o por la forma abstracta en la escultura (y aunque haya una representación, que en modo alguno será lo que el artista tendrá que decir como hombre, si no por algo más profundo, como logra lo abstracto de la forma, y en ello radica lo que llamamos pintura y escultura».
«Todo el mundo tiene derecho a la existencia, y para el sostenimiento de ésta lo primero es encontrar un medio cualquiera de hacer dinero, ya que sin él no es posible. No hay nada censurable, pues, en que se haga cualquier esfuerzo en este sentido; pero sí lo hay en que se emplee la mentira, la doblez, el fraude, el robo y la bajeza. Con el fin de subsistir, todo artista hace cuanto puede por resultar interesante, sea por sus obras o por lo que él diga o haga enderezado a este objetivo. Entonces, si sus palabras, su acción y sus obras responden a una verdad, nada hay de criticable. Pero si falsea, si calcula los efectos que quiere producir, si se acomoda astutamente a situaciones o momentos propicios para lanzar una palabra o mostrar su obra; si, en fin, vendiendo su conciencia va camino de la adulación, entonces ese artista será de lo más vil que pueda pensarse. Especie de babosa o alacrán, según los casos, no merece más que la pisada que habrá de aplastarle».
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lunes, 6 de octubre de 2014
MIGUEL ÁNGEL, EL GENIO SIMPÁTICO
Con esta tira iniciamos Javier Olivares y yo la serie de adaptaciones de las Vidas de Vasari en El Manglar nº 4 (junio de 2007).
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lunes, 29 de septiembre de 2014
VIDA Y MUERTE DE COLL, DIBUJANTE DE TEBEOS
Tenéis recopiladas más historietas de arte de las que hemos hecho Javier y yo en este post: Brunelleschi, cupulista.
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martes, 23 de septiembre de 2014
BRUNELLESCHI, CUPULISTA
Las Meninas no es la primera historieta de arte que hemos hecho juntos Javier Olivares y yo. Desde hace años, cada vez que hemos tenido ocasión hemos contado pequeñas historias de artistas de todas las épocas y estilos. Una de ellas es la que recupero en este post. Filippo Brunelleschi, cupulista, pertenece a una serie de adaptaciones de las Vidas de Vasari que fuimos publicando en la revista El Manglar, editada por Ricardo Esteban de Dibbuks y comandada por Manuel Bartual. Esta historia en concreto apareció originalmente en El Manglar nº 7, en junio de 2008, unos meses antes de que pusiéramos en marcha Las Meninas.
En este blog he ido colgando otras de nuestras colaboraciones, gratis para quien sienta curiosidad por echarles un vistazo. He aquí la lista:
El misterio de la broma de Dalí
3 páginas sobre el Guernica
Los álbumes de Ilya Kabakov
¿Dónde viviremos en el futuro?
Rafael
Una breve historia del arte marginal
Amanecer nuclear
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lunes, 28 de enero de 2013
EL PUNTO DE LICHTENSTEIN
Hace un par de semanas tuve ocasión de visitar la gran exposición «Roy Lichtenstein. A Retrospective» en la National Gallery de Washington, D.C. A Lichtenstein le tengo mucho cariño desde siempre, como (supongo) era de esperar de alguien como yo. Fue el primer pintor que hizo que el niño que leía tebeos mirase libros de arte, y que no sólo se deslumbrase por esas esplendorosas imágenes pop que tanto recordaban a las viñetas impresas en los papeles que tenía en las manos, sino que se preguntase cuál era la diferencia (y la relación) entre una cosa y otra, y cuál era también la relación entre dos cosas que se parecían tanto y que sin embargo no eran lo mismo. Es decir, Lichtenstein no sólo me introdujo en la dimensión plástica de las artes visuales, sino que me sugirió que detrás de ella había un abismo de problemas teóricos. Hasta el día de hoy, esos problemas siguen siendo uno de mis entretenimientos favoritos, y no me cabe duda que es algo que debo en gran medida a Roy Lichtenstein.
Pero ver los cuadros de Lichtenstein reproducidos en libros no es lo mismo que verlos en persona. Hace ya casi diez años tuve ocasión de comprobarlo en una excelente exposición que tuvo lugar en el Reina Sofía de Madrid, pero esta panorámica de Washington se presenta como «la primera gran retrospectiva después de su muerte que examina de forma amplia su arte», en palabras de los comisarios, James Rondeau y Sheena Wagstaff. En efecto, la muestra es amplísima, con más de 160 obras (principalmente pintura, escultura y dibujo) producidas entre 1950 y 1997, pero, aún así, la producción del artista neoyorquino es tan extensa que ninguna exposición de Lichtenstein es completa. Aquí faltaba, por ejemplo, una obra tan característica como Image Duplicator (conocido entre los iniciados como «el cuadro de Magneto»). En todo caso, esta exposición es muy generosa en piezas (se inicia con el Lichtenstein prepop y llega hasta obras producidas el mismo año de su muerte) y está excelentemente organizada, de forma que cada sala narra un relato coherente. Pocas veces he visitado exposiciones donde de verdad las imágenes hablen por sí solas como la hacen en ésta.
Aunque Lichtenstein es un artista infinitamente reproducido en medios impresos, desde libros hasta postales y carteles, es importante, como decía, ver sus obras de primera mano. Es importante encontrarse con su presencia física, con su materialidad, sus dimensiones y su textura. Es importante, digo, porque dadas las características de su obra, la reproducción impresa produce una transformación que parece devolver el material fuente a su origen. Es decir, al ver reproducido en un libro un cuadro basado en una viñeta de cómic, perdemos la escala del cuadro (normalmente, decenas de veces mayor que la fuente), perdemos su localización y fisicidad (ya no está en una pared, ya no es algo que contemplamos de pie, cara a cara) y perdemos las imperfecciones de la pincelada real sobre el lienzo real, porque la reproducción aplana todo en la perfección de la tinta industrial sobre el papel de una manera similar a la que lo hace con los originales de un dibujante de cómics. Podríamos decir que el viaje que realiza la iconografía de una viñeta de cómic al trasladarse de la página de un tebeo al lienzo pintado por Lichtenstein se deshace cuando el lienzo viaja a su vez al papel satinado del catálogo. Viendo los cuadros reproducidos en un libro, es fácil pensar que son simples copias de imágenes, tal cual. Sin embargo, creo que es muy difícil pensar lo mismo cuando se está delante de los cuadros reales, en un espacio real.
Como decía al principio, para mí, como lector voraz de cómics durante toda mi vida, Lichtenstein siempre representó una chispa de imaginación, una puerta que comunicaba el cómic con otros mundos, con la cultura en general, más allá del reducido círculo de los niños, los aficionados y los especialistas en el que ya se había convertido mi campo de interés cuando llegué a la adolescencia. Siempre entendí a Lichtenstein como un artista que nos invitaba a ampliar nuestra manera de entender el cómic. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que no es eso lo que piensan muchos de los profesionales, artistas y aficionados al cómic. Basta con darse un paseo por google para encontrarse centenares de páginas que defenestran a Lichtenstein -no sólo como artista, sino incluso como ser humano- escritas por personas que quieren tanto al cómic y que reservan un odio furibundo al artista pop. Según parece, Lichtenstein hizo algo malo artísticamente y algo malo moralmente. Su arte es deleznable e incompetente, y además se lo robó todo a unos pobres, anónimos y desvalidos artistas auténticos que son los dibujantes de cómics románticos y de guerra en cuyas viñetas se basaron los cuadros en cuestión.
Debo decir que no es normal encontrar opiniones tan radicales contra un artista tan consagrado como para haber merecido una enorme retrospectiva en la National Gallery de DC (con itinerancia por los mejores museos de Europa durante los próximos meses). Algo muy especial debió de hacer Roy Lichtenstein para merecer esta respuesta.
Tampoco es algo nuevo en su trayectoria. La recepción crítica a su obra fue, como mínimo, compleja cuando presentó sus primeros cuadros pop, en 1961. A nosotros, que hemos nacido y nos hemos criado en un mundo donde el pop es triunfante, tal vez nos cueste imaginarlo, pero en aquel momento presentarse como un pintor serio en un escenario donde la seriedad la había definido Jackson Pollock, con un cuadro donde salían Mickey Mouse, el pato Donald y un bocadillo de diálogo de tebeo, era jugarse el futuro como artista. Y no es que Lichtenstein tuviera mucho margen de error ni estuviera para perder el tiempo con bromas tontas. Cuando celebró su primera exposición en solitario en la galería de Leo Castelli entre febrero y marzo de 1962, ya tenía casi 40 años. Era un pintor de formación sólida, un clásico moderno con un amplio conocimiento de la Historia del Arte (que es, en gran medida, el tema principal de toda su obra) y sus intenciones de ser un artista serio eran manifiestas. Pero las oportunidades se le estaban acabando, y para jugárselo todo a una mano como ésa, una última apuesta tan elevada, había que tener muchos cojones. Le salió bien, pero eso no se lo garantizaba nadie en su momento. Uno, que a estas alturas del siglo XXI ya se ha acostumbrado a ver de todo o casi de todo dentro de las salas de museos y galerías, todavía se sorprende ante la osadía de ese hombre que ha cubierto las paredes de la National Gallery con enormes lienzos de trazos gruesos, puntos Benday, colores planos y figuras estereotipadas, y que hace que miles de visitantes se detengan a contemplar seriamente aquello que tanto se parece a lo que les decían a sus hijos que ya eran demasiado mayores para seguir leyendo. Hay algo extrañamente cómico, transformador y radical en esos cuadros, y ni siquiera medio siglo de tópicos e imitaciones ha conseguido arrancárselo.
Una de las frases más contundentes que se encuentra cuando se rebusca por internet en torno a Lichtenstein es una sentencia atribuida a Art Spiegelman: «Lichtenstein hizo por los cómics lo mismo que Warhol por la sopa Campbell». El sentido, claro está, es que no hizo nada que beneficiase al cómic, y tal vez que en todo caso lo degradó o reificó. La respuesta obvia es: «¿Por qué debería hacerlo?» ¿Qué obligación o necesidad debería tener Lichtenstein de hacer algo por el cómic? ¿Acaso era dibujante de cómics? ¿Alguna vez manifestó su interés o su intención de transformar el mundo del cómic, de asumir individualmente la tarea de mejorar o promover el cómic? Juzgar a Lichtenstein por lo que hizo por el cómic sería como juzgar a Cezánne por lo que hizo por las montañas o a Courbet por lo que hizo por los coños, o a Duchamp por lo que hizo por los urinarios y las bicicletas. Como pintor que era, la responsabilidad de Lichtenstein era hacia la pintura, y lo que habrá que juzgar en todo caso es lo que hizo por ella.
(Lichtenstein en la galería de Leo Castelli en 1962;
fotografía de Bill Ray)
Digo que ésa es la respuesta obvia, pero hay una respuesta menos obvia y más interesante, creo. Comparar lo que hizo Lichtenstein por los cómics con lo que hizo Warhol con la sopa Campbell es torticero y mezquino, porque es obvio que los cómics (¡incluso en 1961!) tenían un potencial como medio de expresión artística que la sopa Campbell no tenía. Es decir, aunque se pudiera discutir cuál era el mecanismo o dispositivo concreto que se estaba utilizando, Lichtenstein estaba poniendo en contacto el cómic con el arte de galería, y de alguna forma comunicaba dos elementos que podían encontrar un espacio común, cosa que no iba a ocurrir con las sopas Campbell. Sea cual sea nuestra intención original, cuando ponemos dos creaciones visuales en el mismo plano éstas empiezan a interactuar de una forma que escapa a nuestros designios originales, y se desencadenan dinámicas impredecibles que tienden a la pacificación final: tras un cierto periodo de tensión, los elementos contradictorios tienden a percibirse como coherentes. Nos acostumbramos a ellos. Ante la visión de una lata de sopa Campbell en un cuadro, pensamos: «Ah, un paso más en la representación de objetos de la vida común en el arte», o «una crítica/celebración del consumo» (como bien nos indica cualquier cartela que se precie), o incluso «Ah, mira, ¡un bodegón contemporáneo!» Ninguna de estas ideas altera de una forma profunda ni nuestra concepción del arte ni nuestra concepción de las sopas Campbell. Pero cuando vemos viñetas de cómic en un cuadro, cuando vemos el típico estilo de cómic expuesto en un museo donde también están expuestos Rembrandt y Leonardo, pensamos por vez primera que, al fin y al cabo, el cómic también pertenece a las formas de representación aceptadas institucionalmente por nuestra cultura, cosa que nadie había pensado antes. Tal vez Lichtenstein no hiciera nada por el cómic, ni falta que le hacía, como dije antes, pero hay ciertos fenómenos que me pregunto si se hubieran podido dar sin Lichtenstein. Por ejemplo, que en 1968 el Louvre celebrase una exposición dedicada al cómic. O, por quedarnos dentro del mundillo, me pregunto si habríamos tenido a Jim Steranko (y toda su escuela posterior) sin Lichtenstein. Y si alguien duda de la importancia de Steranko para el cómic, no sé qué hace leyendo Mandorla.
(Tal vez si no lo hubiera hecho Lichtenstein lo habría hecho otro, quizás el mismo Warhol, que también apuntaba a cuadros basados en cómic hasta que decidió cederle el terreno a Lichtenstein porque su estrategia no era competir en territorios ya colonizados, y desde luego que el movimiento de descubrimiento cultural del cómic fue generalizado durante los 60, como parte de la revolución juvenil; pero el hecho es que estamos hablando de Lichtenstein porque fue él quien materializó esta idea en el campo de las artes plásticas).
Sorprende la poca perspicacia de alguien tan listo Spiegelman en un asunto tan evidente, pero podríamos decir que se inscribe dentro de un movimiento generalizado de repulsa del arte contemporáneo por parte de los dibujantes de cómics, con los historietistas de vanguardia (el propio Spiegelman, pero también Chris Ware, Daniel Clowes y tantos otros) a la cabeza. Bart Beaty describe muy bien este fenómeno en «Roy Lichtenstein's Tears: Ressentiment and Exclusion in the World of Pop Art», el tercer capítulo de su libro Comics Versus Art (University of Toronto Press, 2012). Acudiendo a la descripción de resentimiento que da Nietzsche, Beaty lo describe como «una tendencia a atribuir nuestros fracasos a fuerzas externas». Que es, exactamente, lo que llevo oyendo en el mundo del cómic desde que empecé a enterarme de qué iba la cosa hasta esta misma mañana. La culpa siempre es de los demás. Alguien nos ha robado el dinero, el prestigio, el reconocimiento y la libertad. Nosotros somos honrados y talentosos trabajadores del arte, pero hay una conspiración secreta que nos niega lo que nos merecemos en justicia. Esto es, claramente, un complejo de inferioridad de caballo. Y Lichtenstein ha venido a encarnar maravillosamente todas esas frustraciones íntimas que arrastran los historietistas desde tiempos inmemoriales, esa vergüenza de clase de la que todavía no han conseguido desembarazarse y, según parece, todavía falta mucho para que puedan eliminar. Escuchando las amargas acusaciones dirigidas a Lichtenstein como ladrón, en una doble vertiente, la económica y la del reconocimiento, uno casi pensaría que en 1961 los dibujantes que realizaban los cómics en los que se inspiraba Lichtenstein eran artistas reconocidos y bien pagados dentro de su propio medio. Las propias editoriales no acostumbraban a incluir créditos, y hasta me atrevería a decir que hoy conocemos a los autores de algunas de esas viñetas gracias al interés que han provocado los cuadros de Lichtenstein. Sin ellos, habrían desaparecido totalmente tanto las historietas como la memoria de sus autores, a los que la profesión del cómic nunca reconoció. También parecería que estos dibujantes habían estado trabajando a destajo en algún oscuro taller para cubrir los lienzos de Lichtenstein sin recibir a cambio sus legítimos royalties, como si las propias editoriales que pagaban una tarifa fija por las páginas y luego reeditaban todas las veces que querían el trabajo sin volver a pagar por él no fueran las que de verdad se estaban lucrando del talento de esos dibujantes al tiempo que pisoteaban los derechos de los profesionales con quienes sí mantenían una relación laboral continuada. Es asombroso también que muchos se escandalicen por el plagio del estilo personal de unos dibujantes, cuando la práctica habitual en la industria era (y en gran medida lo sigue siendo) obligar a los dibujantes a copiar el estilo de los dibujantes que están de moda. El famoso proyecto de David Barsalou «Deconstructing Roy Lichtenstein» afirma estar dedicado a denunciar los susodichos plagios de Lichtenstein y reconocer a los verdaderos artistas, pero creo que el efecto que produce es más bien el contrario del pretendido. Basta echar un vistazo a la colección de viñetas recopilada por Barsalou para poner de manifiesto lo impersonales y estereotipados que habían llegado a ser los cómics en los que se inspiraba Lichtenstein quien, al fin y al cabo, había declarado que aspiraba a encontrar un estilo donde la huella de su mano desapareciese por completo, donde no se pudiese reconocer al autor. Que ese estilo lo encontrase en los cómics no sólo es algo que nadie le podría reprochar, sino que además acabó teniendo el efecto de remover conciencias dentro de la profesión y en jóvenes artistas que aspiraban a incorporarse a ella, aunque ésa no fuera la intención del pintor. Es más, creo que uno todavía puede plantearse una hipótesis más arriesgada. Inspirándome en la teoría del chivo expiatorio de René Girard, que Pepo Pérez me viene repitiendo tantas veces desde que la aplicara con tanto acierto en su tesis sobre Frank Miller, podría llegar a pensar que en realidad Roy Lichtenstein es el héroe del cómic, el que libera a la comunidad reprimida (y deprimida) de su mal interno y le abre la puerta del futuro, y a cambio paga el precio como chivo expiatorio.
«Las cosas que aparentemente parodio, en realidad las admiro», dijo Lichtenstein. También se le ha acusado de parodiar los cómics y de tratarlos como un mero símbolo de la cultura basura a la que se mira con desprecio desde el high brow. Pero es significativo que la inmensa mayoría de los textos y comentarios escritos desde la perspectiva de los defensores del cómic contra el malévolo Lichtenstein no mencionan -no sé si por ignorancia o por falta de interés- pinturas cuyo tema no sean los cómics. Esto es algo que inmediatamente llama la atención en exposiciones como esta retrospectiva: los cómics ocupan una porción menor de la obra del pintor de Manhattan. Como dije antes, Lichtenstein tenía una formación sólida de pintor moderno, y era un profundo conocedor de la Historia del Arte. Gran parte de su producción está dedicada a ésta, desde los griegos hasta el arte contemporáneo, pasando por momentos escogidos del barroco y el siglo XIX. Lichtenstein fue un rendido admirador de Picasso, sobre quien realizó numerosísimas variaciones. ¿Es que tenemos que pensar que cuando interpretaba a Picasso, a Matisse, a Monet o a Morris Louis, o cuando rehacía un paisaje de la dinastía Song del siglo XIII, estaba rindiendo un homenaje, y sin embargo cuando tomaba una viñeta de Secret Hearts estaba haciendo una parodia? En realidad, yo creo que en toda la obra de Lichtenstein (que era siempre mordaz y divertido) hay un elemento de parodia implícito, pero estoy seguro de que es mucho más fácil percibirlo en sus brochazos de expresionismo abstracto popificado que en sus versiones de viñetas de cómic. Esto se debe a dos razones que están relacionadas. La primera es que la parodia siempre funciona de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo. La segunda, es que la propia obra de Lichtenstein crea un espacio común, una planicie donde se encuentran los arquitrabes clásicos de Wall Street con Mondrian, el Laoconte y los comic books. Y si algunos rancios defensores de las barreras de clase cultural se indignaban porque eso suponía una rebaja para el arte noble, para el cómic por el contrario suponía indiscutiblemente una mejoría de estatus y una invitación a ocupar un nuevo espacio estético.
Esto es algo que Marvel, siempre tan avispada, no tardaría en reconocer. Durante algunos meses de 1965, sus colecciones lucieron en el logotipo con el sello editorial el lema «Marvel Pop Art Productions». ¿Estaba Stan Lee intentando degradarse a sí mismo? Si algo ha caracterizado sus esfuerzos durante toda su carrera, y especialmente durante los 60 y 70, ha sido el intento de obtener un reconocimiento cultural superior para el cómic, entre otras cosas porque sabía que dicho reconocimiento está ligado a la economía de la industria, y que una industria que estaba considerada como productora de basura subcultural estaba condenada a unos límites muy estrechos. A veces nos olvidamos de cuál era la consideración exacta que merecía el cómic a la altura de 1961. Era un paria cultural, algo tan despreciable que, literalmente, no se podía parodiar. Y la profesión y la industria han asumido históricamente esta humillante conciencia, buscando con desesperación aferrarse a cualquier destello ajeno que pudiera iluminarle con una chispa de legitimidad. Así, Marvel se aferraba al Pop Art, pero DC tiraba por la ventana toda la renovación de Batman iniciada en 1964 y pensada para recuperar a su público lector infantil en cuanto la televisión llegaba con su propuesta de un Batman camp y autoparódico. Así pues, parece que satirizar a tu propio personaje es aceptable si se hace en nombre de seguir la estela de la televisión, que, como cualquier otro medio, está al fin y al cabo en un plano superior al nuestro. Y, seamos sinceros, después de 50 años proclamando a gritos desde fanzines (y ahora blogs, o twitter, que es menos trabajo) lo contrario, ¿podemos decir de verdad que hoy en día las cosas hayan cambiado?
Creo que Roy Lichtenstein fue una fuerza que ayudó a transformar un poco las conciencias, dentro y fuera del mundo del cómic, y que descubrió el poder iconográfico de las imágenes de cómic individualizadas, ampliadas y descontextualizadas, que es algo a partir de lo cual hizo carrera gente como Alan Moore en su día y diseñadores como Chip Kidd en la actualidad. Aún más, la mirada de Lichtenstein es la que está en el 90% de las portadas de reediciones de cómics clásicos hoy en día, desde Basil Wolverton y Fletcher Hanks hasta Nancy. ¡Pero no se lo digáis a nadie, que se enfadan!
A veces el mundo del cómic te cansa un poco. Mientras visitaba la retrospectiva de Lichtenstein, pocas veces pensé en los cómics. Su obra toca muy diversos problemas, desde el sex appeal de lo inorgánico, que diría Perniola, hasta su clarividente anticipación de los filtros a lo Instagram que hoy uniformizan la individualización prefabricada en las redes sociales. Pero cuando luego vuelves a casa, el vórtice fosforescente de google te arrastra al agujero negro de las lamentaciones del mundo del cómic: la culpa de que nos vaya mal no es nuestra, la culpa de que nos vaya mal es de él, es de Lichtenstein. Pues oye, si él es responsable de nuestros males, apañados vamos.
AÑADO: «Roy Lichtenstein: A Retrospective» estará en la Tate Modern de Londres entre febrero y mayo y en el Centre Pompidou de París entre julio y noviembre. Es lo más cerca que va a pasar de España, y creo que merece la pena la escapada de fin de semana.
viernes, 26 de octubre de 2012
13 LECCIONES
El pasado miércoles se inauguró en Huesca Periferias 13.0, dentro de cuyo marco se ha producido la exposición El humor en 13 lecciones, comisariada por Bernardo Vergara e integrada por trece páginas de cómic obra de distintos historietistas. Yo he tenido el honor y el placer de participar junto a Javier Olivares, con una página titulada «El misterio de la broma de Dalí», que podéis ver reproducida y enmarcada en la foto que encabeza este post. Otros de los autores que se encuentran en esta muestra son Paco Alcázar, Manuel Bartual, Calpurnio, Manel Fontdevila, Mauro Entrialgo o Alberto González Vázquez. Toda la información y más fotos, en el blog de Bernardo Vergara.
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miércoles, 26 de septiembre de 2012
UN LUGAR MUY EQUIVOCADO
El año pasado escribí sobre Un lugar equivocado (Sinsentido, 2011) que era «el libro que había que tener». La presentación internacional del joven belga Brecht Evens era deslumbrante por su pincelada fluida, su uso del color pictórico en el cómic y un concepto revolucionario del espacio en la página. Un lugar equivocado era una obra de sensaciones e impresiones volátiles, un torbellino informal de imágenes y emociones juveniles que triunfaba más por lo que sugería que por lo que decía.
En su nueva obra larga, The Making Of (Drawn & Quarterly, 2012; que está publicada, o a punto de ser publicada en España por Sinsentido bajo el título Los entusiastas), Evens vuelve a hacer un despliegue gráfico de primera categoría, casi un catálogo de recursos, y además se aplica en armar un guión sólido y coherente mucho más que en Un lugar equivocado. A partir de un tema eterno, la vieja lucha de la naturaleza contra la cultura, que llevada al terreno del arte se convierte en inspiración vs. educación, al fin y al cabo un tema muy de estudiante de arte, Evens perfila personajes, pule el argumento y encadena anécdotas con una rotundidad que dista mucho de la fragilidad narrativa de su obra anterior. Lo que hace Evens es construir con mano firme una clásica sátira social burguesa, muy al gusto europeo y especialmente francés.
Con esto, para mí Evens se sitúa en un lugar muy equivocado desde el que plantear su manera de hacer cómics. Todo lo que es abierto en su espléndida personalidad gráfica se vuelve cerrado en su provinciano guión literario. Evens ha escrito su libro con buena letra y redacción impecable, pero no ha podido evitar los tópicos de un argumento muy manido y unos personajes muy sobados que convierten la supuesta crítica corrosiva en complaciente guiño entre pares. Si una virtud tiene Evens es precisamente su caudal visual, que aquí se vierte en una diversidad de recursos narrativos -hay algo de manual de estilo a lo Asterios Polyp también en The Making Of-, puntuados por citas recurrentes a la historia de la pintura, que parten precisamente de La ciudad, de Grosz, uno de mis cuadros favoritos. El gran poder de Evens está en sus imágenes, como dejó claro en Night Animals (Top Shelf), una maravillosa fabulita contada con un encadenado de ilustraciones. Incluso en The Making Of lo demuestra, en dos páginas que anteceden al inicio del propio relato y que, a la manera del vía crucis, condensan la novela gráfica entera en sólo doce imágenes sin palabras. Y lo hacen con mucha más potencia y sutileza que las 200 que vienen a continuación.
Quiero con esto decir que siento toda la simpatía del mundo hacia las páginas de Evens, pero creo que su comedieta moral de clase media a la francesa está muy por debajo de sus verdaderas posibilidades. Y ni siquiera es porque tenga antipatía por el género: Lauzier es uno de mis autores favoritos de siempre.
Con The Making Of confirmo que cada vez me interesan menos los guiones competentes y las historias bien contadas. Lo que quiero son imágenes que me entren por los ojos.
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martes, 7 de febrero de 2012
RAFAEL
Esta página se publicó en El Manglar nº 11 (2009, Dibbuks), el dibujo es de Javier Olivares y el guión es mío.
En la serie Las vidas de Vasari adaptamos de forma muy sucinta algunas de las biografías incluidas en este texto fundacional de la historia del arte. En El Manglar llegamos a publicar seis entregas, y si tuviéramos alguna revista donde hacerlo, continuaríamos con la serie en la actualidad. Algún día, cuando hayamos reunido el suficiente número de páginas, juntaremos Las vidas de Vasari con otras de nuestras historietas de arte en un solo volumen. O ésa es nuestra idea.
Otras historietas que he hecho con Javier Olivares y que se pueden leer en Mandorla:
Una breve historia del arte marginal
Amanecer nuclear
3 páginas sobre el Guernica
Los álbumes de Ilya Kabakov
¿Dónde viviremos en el futuro?
Viñetas mexicanas
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jueves, 22 de diciembre de 2011
UNA DE LAS PREOCUPACIONES ESENCIALES EN EL MUNDO DEL CÓMIC
«Parece que una de las preocupaciones esenciales en el mundo del cómic, desde hace ya unos años, es la de establecer y dejar bien sentado de una vez por todas, que el cómic es un arte. El sentido de culpa, o incluso de disculpa innecesaria, tanto en dibujantes, guionistas o editores se ha dejado sentir de un modo notable.
El octavo arte, o cuando el cómic es arte, son calificativos frecuentes. Nosotros creemos que más allá de estas imprecaciones a la dignidad, hay un fenómeno más cercano y directo: la visión analítica, crítica o sintética de una sociedad. El cómic esencialmente lo entendemos como esto, una lectura de los devenires sociales. Lectura esquemática y de óptica plural, pero ante todo directa. Así lo propicia el nivel de lectura del grafismo.
No pretendemos por tanto pasar a las serias repisas del arte. Ya varias veces los movimientos de vanguardia han tenido que apelar al anti-arte, para que más de un devaneo artístico cayera en la ignominia de su vacuidad.
Tampoco pretendemos aquello de "deleitar enseñando", si nuestro cómic es lugar de placer tanto mejor, que no condición esencial. Tampoco queremos aleccionar a nadie.
Simplemente se trata de esto: algo que surge obligadamente de nuestra (...) sociedad».
Texto de contraportada de Simplísima. Aventuras pornopolíticas de una chica en la España postfranquista (Bufafurats, 1980), de Julio Amat y Jaime Romeu.
El octavo arte, o cuando el cómic es arte, son calificativos frecuentes. Nosotros creemos que más allá de estas imprecaciones a la dignidad, hay un fenómeno más cercano y directo: la visión analítica, crítica o sintética de una sociedad. El cómic esencialmente lo entendemos como esto, una lectura de los devenires sociales. Lectura esquemática y de óptica plural, pero ante todo directa. Así lo propicia el nivel de lectura del grafismo.
No pretendemos por tanto pasar a las serias repisas del arte. Ya varias veces los movimientos de vanguardia han tenido que apelar al anti-arte, para que más de un devaneo artístico cayera en la ignominia de su vacuidad.
Tampoco pretendemos aquello de "deleitar enseñando", si nuestro cómic es lugar de placer tanto mejor, que no condición esencial. Tampoco queremos aleccionar a nadie.
Simplemente se trata de esto: algo que surge obligadamente de nuestra (...) sociedad».
Texto de contraportada de Simplísima. Aventuras pornopolíticas de una chica en la España postfranquista (Bufafurats, 1980), de Julio Amat y Jaime Romeu.
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martes, 29 de noviembre de 2011
EL TEBEO MÁS EXTRAORDINARIO DEL MUNDO
Ralph Steadman
En diciembre de 1970, Jann Wenner, el legendario fundador de Rolling Stone, propuso a Michel Choquette que organizase un suplemento especial de cómic para su revista. Choquette era un canadiense de 32 años que hablaba con fluidez inglés y francés y se defendía en unos cuantos idiomas más, incluido el español, y que trabajaba en la revista satírica National Lampoon. Su trabajo había llamado la atención de Wenner, que pensaba que sería una buena idea producir algunas historietas que contasen una especie de historia retrospectiva y caleidoscópica de los sesenta. Para realizarlas, Choquette y Wenner se plantearon acudir no solamente a historietistas profesionales conocidos, sino también a figuras de la cultura y el arte que hubieran sido relevantes durante la década prodigiosa.
Choquette emprendió con entusiasmo el proyecto. En National Lampoon había colaborado con Neal Adams, una de las personas mejor relacionadas en la industria del comic book en aquellos momentos, y a través de Adams pudo contactar con muchos dibujantes. Además, National Lampoon estaba en el piso de debajo de Marvel, así que por ahí empezó a reunirse un núcleo de colaboradores. A medida que el proyecto fue creciendo, alentado por el entusiasmo de Wenner, pasó de suplemento para Rolling Stone a libro autónomo, y Choquette empezó a viajar por Europa -especialmente Gran Bretaña y Francia- para reclutar plumas internacionales.
Michel Choquette en 1971. La foto fue tomada por Jann Wenner y
se reproduce en The Someday Funnies
Choquette acudió tanto a artistas de reconocida trayectoria en el cómic comercial como a jóvenes dibujantes del recién nacido comix underground. En sus propias palabras: «Muchos de los dibujantes de cómic tradicional sintieron que lo que les ofrecía era una oportunidad de crear algo mucho más significativo que el trabajo que solían producir habitualmente para ganarse la vida, e insistieron en escribir sus propias historietas. Al final, muy pocos de ellos acabaron haciendo algo». Curiosamente, Choquette descubrió que los undergrounds entregaban con más formalidad que los profesionales.
El proyecto titulado The Someday Funnies creció y creció. Choquette era ambicioso: tanteó a Warhol, Dalí y Sartre. Cuanto más material le entregaban, más fácil le resultaba conseguir la participación de nuevos nombres.
En otoño de 1972, Jann Wenner decidió abandonar el proyecto.
Choquette buscó rápidamente nuevo editor, y no tardó en encontrarlo. Harper & Row decidió publicar el libro y le dio carta blanca y nueva financiación para seguir añadiendo historietistas de todo el mundo. Choquette recorrió el globo de este a oeste. En aquella época, para contactar con un dibujante había que hablar con él, y visitarle no significaba visitar su página web, sino ir en persona a su casa.
En octubre de 1973, Harper & Row también decidió retirarse. Según el editor del proyecto: «A la gente de marketing el contenido le resulta confuso. A los de finanzas el libro les parece demasiado caro. Y el tamaño es inmanejable».
Choquette, con un buen montón de páginas ya entregadas, decidió producir él mismo el libro, y empezó a buscar inversores. Durante cinco años desarrolló varios planes de viabilidad y contactó con posibles apoyos. En 1978, al no recibir respuesta a su propuesta por parte de Paul Desmarais, uno de los hombres más ricos de Canadá, decidió abandonar el proyecto. Choquette recogió todo el material acumulado durante casi diez años, lo metió en cajas, lo llevó a un almacén, y allí lo dejó.
Pero no para siempre.
En 2007, Bob Levin, un crítico de The Comics Journal, se puso en contacto con Choquette. The Someday Funnies se había convertido ya en una leyenda que circulaba en el mundillo del cómic, un gran unicornio blanco que nadie había visto y de cuya existencia real se dudaba. Acompañado por Levin, Choquette abrió el baúl de los recuerdos que guardaba en Montreal. Revisaron el material, recordaron la historia. Levin publicó un artículo contándolo todo en The Comics Journal #299 (2009). El artículo reavivó el interés por la obra. Abrams Comicarts, que ha publicado algunas de las más exquisitas monografías de los últimos años, ofreció a Choquette sacar el libro soñado tal y como siempre lo había soñado.
Y ahora, por fin, 40 años después, The Someday Funnies está en la calle.
Se trata de un libro de gran formato, con sobrecubierta y una calidad de producción exquisita, donde se recogen todas las historietas originales que llegó a reunir Choquette, convenientemente arropadas por unos cuantos textos informativos, que son los que he venido a glosar en los párrafos anteriores. Según reza la portada, en su interior se encuentran 129 historietas originales (de entre una y tres páginas) realizadas por 169 colaboradores de 15 países diferentes. El tema es «los sesenta», y la nómina de colaboradores incluye a profesionales del comic book de siempre como Jack Kirby, Wally Wood, Will Eisner, Harvey Kurtzman, Roy Thomas, Barry Smith, C.C. Beck, Walter Simonson o Archie Goodwin; a dibujantes del underground, como Kim Deitch, Art Spiegelman, Bill Griffith, Jay Lynch, Bobby London, Joost Swarte, Ever Meulen o Trina Robbins; a dibujantes internacionales como Giraud, Morris, Goscinny y Uderzo, Dino Battaglia, Guido Crepax, Jean-Claude Forest o los españoles Carlos Giménez, Adolfo Usero, Luis García y El Perich; y a figuras de la cultura y el arte como Tom Wolfe, William Burroughs, Frank Zappa, Pete Tonwshend, Penelope Tree, Federico Fellini o Topor. La pintura de portada es obra de Richard Hess, y el logo original fue diseñado por Philip Castle, autor del cartel de La naranja mecánica.
La idea era que cada uno de los artistas tocaría un tema de los sesenta y entre todos ellos acabarían dando una visión general completa de lo que significó aquella década. Para dar una cierta coherencia al relato o reforzar su continuidad, Choquette pidió a los colaboradores que dejaran algunas viñetas o espacios libres en sus páginas, con la intención de rellenarlos luego con algún elemento recurrente que sirviera de hilo conductor para el conjunto del libro. En su momento, nunca llegó a desarrollar claramente esa idea, y el hilo conductor se ha añadido hoy, para su edición en 2011. El dibujante Michael Fog ha ocupado esos espacios libres con una caricatura de Choquette que va siguiendo cronológicamente los viajes que tuvo que realizar para confeccionar The Someday Funnies entre 1971 y 1978. En mi opinión, esto es lo peor del libro, pues se trata de un hilo narrativo completamente ajeno al contenido de cada página y, lo que es peor, que rompe con la unidad de composición y la estética de cada artista. Como uno se puede imaginar, un libro de este tipo es extremadamente heterogéneo en estilos y técnicas, y la aparición constante de una especie de Dónde está Wally en cada historieta, una imagen que no se relaciona de ninguna manera con el resto de lo que sucede en la página, es un elemento distorsionador. Mejor hubiera sido que dejaran los huecos en blanco.
Dicho eso, debo decir también que el libro es magnífico. Un auténtico tesoro perdido y recuperado de la historia del cómic.
En primer lugar, me sorprende que los grandes figurones ajenos al cómic tengan aportaciones tan valiosas como las que ofrecen. Cierto, Pete Townshend o Frank Zappa ponen poco más que su nombre, pero Tom Wolfe exhibe una pasmosa capacidad para la caricatura en una historieta de dos páginas escrita y dibujada por él mismo que se puede entender con un doble sentido. «The Man Who Peaked Too Soon» cuenta la historia de un individuo que siempre se adelanta en un par de años a las modas -tan cambiantes y tan extremas en los 60- y que siempre resulta incomprendido. Y a la vez parece un comentario sobre el propio Choquette y su Someday Funnies, concebido 40 años antes de que hubiera nadie en el mundo que se tomara tan en serio al cómic.
La colaboración de William Burroughs y Malcolm McNeil también merece comentario. Sus dos páginas plantean una fantasía sobre toros de lidia controlados por ordenador en España que acaba en una masacre pública. Según nos informa un texto incluido al final del volumen, la ocurrencia está basada en la historia real del fisiólogo José Manuel Rodríguez Delgado, que en los años 60 realizó experimentos con señales de radio que activaban un dispositivo introducido en el cerebro de los animales con la intención de provocar respuestas emocionales. Según parece, en cierta ocasión saltó a una plaza de toros de un cortijo de Córdoba y paró en seco a un toro de lidia activando su interruptor. (Todos los temas a los que se refieren las historietas están convenientemente explicados y contextualizados en uno de los complementos del libro).
Fellini cuenta un sueño en una página, con lo cual parece que el tema elegido sea él mismo, lo cual me parece muy conveniente, porque los 60 también son Fellini. La página es realmente espectacular, en dibujo, en colorido y en intensidad, y le hace plantearse a uno que si Fellini se hubiera dedicado al cómic, podría ser reconocido hoy en día como uno de sus grandes maestros. Al mismo tiempo, me queda la duda de que Fellini hubiera hecho este tipo de historietas en caso de haberse dedicado profesionalmente al cómic. Ésa es, sin duda, una de las virtudes de las colaboraciones de escritores y artistas ajenos. Vienen sin la carga del oficio y la tradición, y nos dejan páginas que están desprovistas del peso de los tópicos. Es honroso que Roy Thomas y Barry Smith se esfuercen por tratar el asesinato de los Kennedy a través de una fantasía en la que el mago Shazam convoca a Conan y Sherlock Holmes para que investiguen la posibilidad de que haya una conspiración detrás de sus muertes. Pero en esas historietas, finalmente ves a artistas demasiado encadenados por sus hábitos como para plantearse códigos distintos.
Por el contrario, un artista como Neke Carson vierte en su página un cúmulo de ideas gráficas y narrativas tan sorprendentes y tan actuales que no habría desencajado en ninguna antología de art comics posterior, desde Raw hasta Kramer's Ergot. «The Assassination of Vaughn Meader» se basa, además, en un personaje real fascinante. Traduzco del texto explicativo de The Someday Funnies: «Vaughn Meader es un comediante cuya increíble imitación del presidente John F. Kennedy le convirtió en una sensación de la noche a la mañana cuando publicó en 1962 el álbum The First Family, una sátira bienintencionada de los Kennedy. Vendió la fenomenal cantidad de 7,5 millones de copias (más de un millón durante las dos primeras semanas, obteniendo así un lugar en el Libro Guinness de los Récords como el disco de venta más rápida de la historia) y ganó el Grammy de 1962 al Álbum del Año. Con el asesinato del Presidente Kennedy, las tiendas de discos retiraron The First Family de la venta, las actuaciones en vivo de Meader fueron canceladas, y a los 27 años ya estaba acabado».
Como veremos, los asesinatos de los Kennedy es uno de los temas recurrentes en este libro.
Otro artista que rompe con cualquier concepto vigente en su momento es Allen Jones, que hace una historieta sobre los implantes de silicona con un estilo que casi parece anticipar a Pettibon, colocándose más cerca del punk que de la estética hippie y piscodélica de su momento (que, por otra parte, es la dominante en este libro, como uno podría imaginarse).
No es que con la estética típicamente pop after-Beatles no se puedan hacer cosas sorprendentemente novedosas. Por ejemplo, Andrew Bailey y Andrew Holmes cuentan la historia de Carnaby Street en una sola página con una sucesión de viñetas que mantienen un punto de vista fijo espacial que cambia en el tiempo y que mantiene una perspectiva axonométrica. Es decir, es como si Richard McGuire y Chris Ware hubieran quedado encerrados en el Submarino Amarillo.
Una de las celebrities más sorprendentes que participan en este proyecto es Penelope Tree, una de las supermodelos de la época, que colabora con el artista Richard Adams en una tira que traigo a colación porque hay que sumarla a la colección de viñetas con bocadillos de diálogo pero sin dibujo, de la que en Mandorla hemos hablado en otras ocasiones.
Tampoco puedo dejar de mencionar la deliciosa página de Roland Topor sobre el Libro Rojo de Mao. Cuento surrealista con carga política socarrona, es una de las historietas más delicadas e inteligentes de toda la colección. En la viñeta que he elegido vemos cómo el pequeño libro rojo nace de una Biblia histérica.
En el caso de las figuras internacionales -que es como decir europeas, principalmente francesas, belgas, holandesas, británicas, alemanas, italianas y españolas; Choquette tenía previsto reclutar artistas de Japón y Europa del Este, pero no tuvo oportunidad de hacerlo-, sorprende ver a nombres tan grandes como Gir, Goscinny y Uderzo o Morris prestarse al juego, pero más sorprende ver cómo se limitan a trasladar al proyecto sus personajes y fórmulas habituales. Morris hace un par de páginas de Lucky Luke, Goscinny y Uderzo hacen una perfecta página de Asterix y Giraud entrega una típica página de acción de Blueberry (aunque sin Blueberry, en su caso). Quizás, al contrario que sus colegas del mainstream norteamericano, los franceses no se sintieran tan constreñidos en su práctica habitual y por tanto se encontraran cómodos trabajando con sus personajes habituales incluso en un ámbito tan heterodoxo. También merece la pena mencionar que Choquette observa que los europeos entregaban mucho antes que los norteamericanos.
Otro ejemplo de lo que digo está en Jean Claude Forest, que presenta dos páginas de Barbarella tan deslumbrantes como casi siempre, aunque en este caso con una particularidad: la heroína sale completamente vestida a lo largo de toda la historieta. Esto tiene algo de irónico o rebelde, porque la liberación sexual y el desnudo es, junto con el asesinato de los Kennedy, el tema más repetido en todas las historietas. Especialmente las de los norteamericanos. ¿Los europeos son distintos?
Pues sí, hay que decir que algo pasa aquí, porque si bien Guido Crepax es conocido por sus cómics eróticos, en The Someday Funnies hace un renuncio, como Forest, e incluso se desmarca más todavía de sus hábitos, planteando una espléndida página sobre el neofascismo italiano y la violencia de los años del plomo en Italia. Siempre he sentido debilidad por Crepax, y esta página me demuestra que su inmenso talento nunca ha sido del todo comprendido. Tal vez ni siquiera por él mismo.
La participación española no es muy nutrida, pero ahí está, y se hace notar. Paco Candel y Carlos Giménez tratan la emigración (ya sabéis, los 60 fueron los años de irse a Alemania a hacer fortuna tendiendo vías férreas), y Armonía Rodríguez y Adolfo Usero la marginación de los gitanos, enlazada con la marginación y la rebeldía juvenil propia de la época. El Perich, por su parte, hace una crítica de costumbres de larga tradición hispana, y Víctor Mora y Luis García son los únicos que no tratan un tema español, sino internacional: la marea negra producida por el hundimiento del petrolero Torrey Canyon en 1967.
La mayoría de los artistas underground trabajan estrictamente en su línea habitual, de modo que no me voy a detener en sus colaboraciones para no resultar más fatigoso. La aportación de Art Spiegelman, de Justin Green o de Kim Deitch es la que cualquiera que conozca su obra esperaría de ellos, y algo parecido ocurre con los humoristas: Gahan Wilson es Gahan Wilson. Más interesante, o al menos curioso, es ver qué hacen los dibujantes procedentes del comic book comercial, autores que nunca o casi nunca habían tenido oportunidad de dibujar en una historieta lo que les diera la gana y como les diera la gana. Ya he mencionado anteriormente el ejemplo de Roy Thomas y Barry Smith haciendo una versión de Conan en equipo con Sherlock Holmes. Otro ejemplo magnífico de este retorno al héroe es Will Eisner, que recupera a The Spirit para la ocasión. Recordemos que The Spirit había dejado de publicarse hacía 20 años, que desde entonces Eisner se había dedicado a hacer cómics didácticos para el ejército y que todavía faltaban años para que diera el salto a la novela gráfica con Contrato con Dios. De modo que la historieta de Spirit de The Someday Funnies es un documento histórico porque le captura en tierra de nadie, en pleno momento de transición entre lo que fue y lo que será, y evidentemente en plena búsqueda. Formalmente es Eisner clásico, pero el tono de la historia es más sombrío y sucio de lo que nunca fue The Spirit. Es casi un anticipo de las revisiones posmodernas de los viejos héroes que verá llegar la década siguiente, con Watchmen y The Dark Knight Returns.
Claro que, en ese sentido, aún más lograda es la historieta del Capitán Marvel escrita por Dennis O'Neil y dibujada por C.C. Beck y Don Newton. Se inicia con un juez prohibiendo a Billy Batson pronunciar «el nombre de cualquier mago egipcio antiguo», para regocijo de sus malévolos colegas, Superman, Batman y Capitán América, que compadecen sardónicamente al muchachito. Batson vagabundea por la década de los 50 y los 60, viendo cómo a su alrededor se desata un horror nunca visto en los tebeos del Capitán Marvel (el Ku Klux Klan, los disturbios raciales de Watts, los enfrentamientos entre policías y estudiantes) hasta que con la llegada de la nueva época se levanta la prohibición y por fin puede gritar «¡Shazam!» y volver a ser un superhéroe. La historieta, que por cierto cierra el libro, es una evidente alegoría de la disputa legal que mantuvieron DC y Fawcett durante años. DC demandó a Fawcett cuando ésta lanzó el Capitán Marvel en 1941. Se le acusaba de plagiar a Superman. La disputa se mantuvo en tribunales hasta 1952, año en que Fawcett se retiró y renunció al personaje y todos sus derivados. En los años 70, DC compraría los derechos del Capitán Marvel y lo volvería a lanzar bajo su propio sello. Pero el regreso del inocente superhéroe no puede ser un regreso a la infancia: lo que ha pasado durante todos esos años de silencio no puede ser olvidado ni ignorado. Los años 60 han transformado la sociedad y el Capitán Marvel tendrá que buscar un nuevo hueco en la misma, si es capaz.
Ése es, de forma aún más transparente, el tema de «Captain Freedom», una historieta de Steve Englehart que presenta a un superhéroe trasunto del Capitán América (aunque parece más directamente inspirado en Fighting American, la parodia que los propios Simon y Kirby hicieron de su Capitán en los años 50) que se sumerge en el sueño en los años 40 y vuelve a la vida en los confusos 60. Aunque la parodia es ciertamente previsible, está hecha con mucha mala leche y bastante gracia, y no olvidemos que Englehart fue el encargado de escribir una de las historias cruciales del Capitán América auténtico durante esos mismos años, la que le llevaría a perder la fe en su propia condición simbólica y a renunciar a su identidad para renacer como Nómada, el hombre sin banderas. Queda claro entonces que había una hornada de jóvenes guionistas en Marvel y DC que tenían unas inquietudes generacionalmente más acordes con los tiempos que las de Stan Lee y otros de sus venerables antecesores. En The Someday Funnies también se incluye una página escrita por Gerry Conway -guionista de Spiderman en los primeros años 70- y dibujada por Gordon Goldberg que está más próxima al underground más vitriólico que a nada que haya visto publicar jamás a Conway dentro del cómic comercial. Por si faltara algo, «Captain Freedom» ofrece una oportunidad casi única de ver a Steve Englehart ejerciendo de dibujante, no sólo de guionista. Y la verdad es que se desenvuelve muy bien.
Otro de los grandes pesos pesados del cómic tradicional que participan en The Someday Funnies es Wally Wood. Su participación es breve pero intensa, media página repleta de personajes abigarrados que saltan unos sobre otros enganchándose en todo tipo de posturas sexuales y escatológicas. Su tema es la revolución sexual y la historieta me hace pensar que para Wood -que, como Eisner, pertenece a una generación mayor que la de los hippies underground- la represión sexual de los años 50 de su mocedad debió de dejar secuelas psicológicas traumáticas. Wood no sólo es un gran historietista, sino una de las personalidades más complejas y seductoras de su época.
Y bueno, la guinda es Kirby, Jack Kirby en persona participa en The Someday Funnies, con una historieta de dos páginas escrita y dibujada por él mismo y entintada por Joe Sinnott. Se titula «The Ballad of Beardsley Bullfeather or Tune in, Cop-Out and Drop-Up Me first», que es un título muy de Kirby en los 70. Por un lado, me resulta difícil imaginar con qué cara se acerca uno a Jack Kirby, el hombre que hacía centenares de páginas al mes, a preguntarle que si tiene un hueco para hacer una pequeña colaboración en un proyecto extravagante. Por otro, comprendo que Kirby, desde que se fue de Marvel, y sobre todo durante su primer período en DC, estuvo muy preocupado por mantenerse en sintonía con el espíritu juvenil, aunque él ya fuera un señor hecho y derecho, y probablemente viera esto como una oportunidad de seguir siendo hip. O tal vez ni siquiera fuera eso, tal vez ni siquiera lo pensó y lo que ocurre es que Kirby no era capaz de decir que no a nada. ¿Quién sabe cómo discurren los dioses? Cabe imaginar este par de páginas como un destello fugaz en el tablero de dibujo del Titán, apenas un calentamiento antes de abordar el trabajo de la jornada. Y sin embargo... Sin embargo, las leo y no me parecen nada insignificantes. Con su típica retórica cósmica, Kirby ensaya una meditación sobre la individualidad y el heroísmo, en la que cita directamente a Ayn Rand para refutarla. Dado el interés actual por las diferentes corrientes que confluyen en la definición de los superhéroes de la Marvel de los 60, creo que esta historieta merece una lectura cuidadosa, porque puede ayudar a entender en qué se diferenciaba la visión de Kirby de la de Stan Lee o la de Steve Ditko. Ahora que ha salido a la luz, creo que hay que incorporarla con todo derecho al canon kirbyano.
Hay un último sector de colaboradores en The Someday Funnies que sin duda es el más sorprendente: me refiero al de los adolescentes desconocidos. Las viñetas que he reproducido sobre estas líneas son obra de Stephen Battaglio, que en aquel momento tenía 13 años. Con estas aportaciones se amplía el campo de acción de The Someday Funnies desde el artesano hasta el artista, pero también al terreno del arte marginal, del arte que ni es profesional, ni académico, ni de galería. Esta historieta en concreto es una pequeña joya, contada con una sorprendente viveza y claridad, dada la edad del autor, y protagonizada por la Justice Association, un grupo de superhéroes que decide arreglar todo lo que salió mal durante los 60 viajando al pasado y salvando la vida a JFK, a su hermano Robert, y a Martin Luther King. Consiguen su objetivo y, envalentonados, deciden seguir mejorando el mundo y viajar aún más al pasado y salvar a Lincoln. En este caso, son asesinados por los lugareños, horrorizados por sus trajes chillones. El final es devastador y a la vez parece una apropiada alegoría de la propia década de los sesenta.
Evidentemente, no todas las historietas incluidas en The Someday Funnies son espléndidas, y además hay un límite para el número de historietas que puede tragar uno sobre enfrentamientos entre la policía (pigs) y los universitarios drogados, o sobre la revolución sexual. Pero en su conjunto, el nivel de The Someday Funnies es altísimo, y muchas de sus historietas no sólo se mantienen vigentes hoy en día, sino que en algunos casos son una verdadera revelación. En su prólogo, el siempre atinado Jeet Heer señala dos rasgos muy importantes para ubicar correctamente The Someday Funnies en la historia cultural del cómic. El primero es que anticipa de forma clara lo que hoy en día damos por asumido con el triunfo de la novela gráfica y los art comics. La posibilidad de producir cómics lujosos, adultos, utilizando calidades de producción exquisitas, con la intención de crear un artefacto cultural duradero y del mismo calibre que cualquier otro producto artístico. Esto, en 1970, no era una idea común, pero esta obra demuestra que de alguna forma ya estaba flotando en el ambiente y había personas que empezaban a creer en la capacidad del cómic para romper su techo de cristal. Por otro lado, Heer nota el carácter internacional del proyecto, algo completamente extraordinario en la época, donde las tradiciones nacionales mandaban en cada país, produciendo escenas muy insulares, y en Estados Unidos más que en ningún sitio. La internacionalización será también una de las características fundamentales de la novela gráfica contemporánea. No quiero decir con estos dos apuntes a la novela gráfica que The Someday Funnies sea un punto de origen de la misma. Al contrario, es gracias a que hoy en día existe la novela gráfica que se dan las condiciones para que se haya recuperado esta obra. Es gracias a la novela gráfica que existen divisiones dedicadas al cómic en editoriales literarias como Abrams y que estas divisiones rescatan este tipo de extraordinarios materiales que se perdieron porque la propia industria editorial del cómic los dejó caer por la barandilla como criaturas deformes e inútiles. En la historia del arte es el hijo, siempre, el que elige al padre, como ya nos enseñó Hal Foster.
A mí me gustaría añadir otra observación derivada de la lectura del volumen: la nostalgia es el motor principal de The Someday Funnies. Incluso es el sello de la editorial imaginaria que figura en la portada del libro, junto al precio: «Instant Nostalgia». Si tenemos en cuenta que es un proyecto que nace en 1970, para rememorar la década concluida en 1969, y que está impulsado por personas que apenas acababan de superar la treintena, parecería sorprendente. Pero en parte este libro me ha hecho entender de dónde procede el gran peso que tiene la década de los sesenta en nuestro mundo contemporáneo. Ya en su momento, en directo, mientras se estaban produciendo los acontecimientos, se estaban diseñando para la nostalgia, se estaban concibiendo como un producto comercializable en el mercado de la nostalgia durante las décadas siguientes. En los 60 se creó un producto formado por muchos artículos, y ese producto se llamaba los 60 y no hemos dejado de comprarlo hasta ahora. La comercialización de la nostalgia es evidente en la insistencia en los hechos más representativos de la época, como la muerte de los Kennedy, especialmente la de John Fitzgerald. Más que vivirse como un trauma, se vive como un espectáculo, o mejor aún, como un souvenir. Todo el componente mórbido de la década -que es muy abundante- se asume como producto y se pone a la altura de lo frívolo. Es decir, si el planteamiento es que cada historieta trata un hecho característico de la década, y todas las historietas son igual de importantes, la conclusión es que la muerte de Kennedy y la minifalda están en el mismo rango. Y esto, amigos, me ha ayudado a entender un poco mejor el mundo en el que vivo, cosa que no me pasa con todos los tebeos que leo.
Que se haya exhumado por fin esta joya del cómic mundial es un acontecimiento a celebrar. Aún más: que se haya hecho ahora. Es una obra insólita, que creo que costaría repetir en nuestros días, a pesar de que las facilidades de comunicación son mayores. Por comparación, Comix 2000 -que podría ser algo parecido- es mucho más estrecho de miras, mucho menos abierto de mentalidad. Hoy resulta difícil imaginar que pudieran reunirse en las mismas páginas Brian Chippendale y Bryan Hitch, Suehiro Maruo y Zep. The Someday Funnies tal vez no sea el mejor tebeo que se ha hecho nunca, pero puede que sí sea el más extraordinario.
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miércoles, 23 de noviembre de 2011
EN UN PAÍS DESCONOCIDO
The Land Unknown reúne dibujos, bocetos, pinturas e historietas dispersas recogidas de toda la extensa carrera de Panter. Las historietas incluyen la tormenta de color de Zipper and Fluke (1993-94), la pesadilla punk Freaks' Amour (1980), inspirada por una novela de Tom De Haven (y lo más cercano estilísticamente al Panter que llegó a verse hace siglos en España, en La invasión de los Elvis Zombies), la tira cómica William & Percy (1979), las ocho páginas que dibujó para la serie Marvel de superhéroes Omega the Unknown (2007) y las tiras Smoke Wagon (2003).
Que consiguiera The Land Unknown al mismo tiempo que Baby Boom y Color Engineering de Yokoyama es una feliz coincidencia, porque hay muchos puntos de contacto entre la obra de Panter y la de Yokoyama, sobre todo con este último título. Ambos están en el límite entre el libro y el arte de galería; ambos llevan el mixed media a sus páginas, y de la misma manera que Yokoyama reproducía un cuadro con su soporte en Color Engineering, en The Land Unknown aparece no sólo el contenido de las libretas de apuntes de Panter, sino también el mismo objeto físico fotografiado. Otra asociación: en la búsqueda de referentes tradicionales para estos dos visionarios, a ambos se les ha asociado con Jack Kirby, quizás por la potencia cinética de sus páginas. En realidad, la relación que ambos guarden con Kirby -declarada en el caso de Panter, negada expresamente por Yokoyama- es la misma que habría entre Picasso y el arte ibero. Por otra parte, tanto Panter como Yokoyama sienten fascinación por el blanco y negro, esa inmediata traslación del producto espontáneo de la mano del artista a la mirada del lector, pero ambos han llevado hasta el límite las posibilidades del color cuando se han puesto a ello.
Probablemente no haya ningún artista vivo que haya sabido trasladar con la naturalidad de Panter la potencia bruta del tebeo clásico a un proyecto de vanguardia. Ni siquiera Jerry Moriarty. Admiro a Panter por cómo ha sabido internarse en un país desconocido utilizando un viejo ejemplar de Magnus como mapa.
En The Comics Journal, Matt Seneca hace una extensa e interesantísima entrevista a Panter en la que hablan entre otras cosas de este The Land Unknown. Leedla completa si podéis. Yo me limito a dejar aquí una frase. Cuando Seneca le pregunta si, dada la importancia que le da a la materialidad en su obra, le gustaría exponer sus páginas de cómic en una galería, la respuesta de Panter es:
«No, porque yo hago dibujos que son sólo dibujos, y que no pretenden contar historias. Y bueno, está bien, no pasa nada si no esos salen en libros. Pero esto (los cómics) tiene que estar en un libro. Es necesario que estés tumbado en la cama, sujetando ese pequeño objeto, y que lo leas».
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sábado, 19 de noviembre de 2011
EL INGENIERO
En el pasado SPX tuve ocasión de comprar directamente a Dan Nadel, editor de Picturebox, dos libros nuevos de Yuichi Yokoyama que, como ya saben los lectores de Mandorla, es uno de los historietistas actuales favoritos de este blog. El primero de los libros, Baby Boom es una edición japonesa, tal vez de 2009. Siento la imprecisión, pero todos los textos están en japonés, lo cual no impide disfrutar del libro ya que la historieta carece completamente de palabras. El segundo, Color Engineering (Picturebox/Nanzuka Underground, 2011) es lo último que ha salido en Estados Unidos de este visionario.
Baby Boom se distingue a simple vista de las otras obras que conocíamos de Yokoyama. Está dibujado con rotuladores de colores muy básicos, y con un trazo infantil y brusco, que de hecho hace pensar en un libro para niños. A veces, Yokoyama combina trazos de dos colores distintos en una misma página, y utiliza dos diferentes en la siguiente. En otras ocasiones, todos los trazos de una misma página son del mismo color. No hay reglas y eso contribuye a dotar al libro de ese aire de capricho pueril. Al mismo tiempo, el resultado final tiene apariencia de boceto, y es cierto que entonces uno entiende que parte de la potencia del Yokoyama de Viaje o Garden está en el acabado, y que eso se pierde aquí.
Dos personajes caminan y el menor de ellos come un plátano.
Dos personajes caminan, el mayor pela una fruta que parece una manzana,
y el menor la come.
Sin embargo, el tono también es otro. En Baby Boom hay sólo dos personajes principales, un padre y un hijo (lo deducimos de su relación), frente a la masa anónima, el colectivo de androides que solía protagonizar sus otros títulos. El padre es un personaje típico (!) de Yokoyama, con un globo negro con pico como cabeza, mientras que el hijo es una especie de masa amorfa vagamente semejante a un pollo hinchado. Los dos personajes realizan acciones cotidianas: lavarse, comer, salir de paseo, ir al colegio, jugar, etc. Por supuesto, en los tebeos de Yokoyama, cualquier actividad, sea quitar el polvo a las estanterías o probarse ropa en una tienda, acaba convirtiéndose en titánica.
Baile en una discoteca con luces estroboscópicas.
A diferencia de otros libros de Yokoyama, en esta ocasión los episodios están separados por elipsis muy marcadas. No hay, como es costumbre, un impulso continuo, una inercia cinética que anime el torrente gráfico. Por el contrario, aquí tenemos la sensación de asistir a una sucesión de escenas y, por tanto, de estar asistiendo más a la «vida» que al mero «movimiento».
Dos personajes pasean por el parque.
Además, el hecho de que se repitan los mismos dos personajes en (casi) todas las páginas hace que inevitablemente se acaben personalizando. ¿Es por esto por lo que Yokoyama dice que es un libro más «humano» que otros de los que ha firmado? Si Baby Boom fuera un experimento en caracterización, podríamos concluir que éste es el grado mínimo de la misma.
En Color Engineering, a primera vista estamos ante el Yokoyama clásico. Volvemos al protagonismo colectivo de los extraños antropomorfos, volvemos al movimiento continuo y vigoroso, volvemos a los objetos misteriosos y a los diálogos descriptivos. Pero en realidad, estamos ante un Yokoyama elevado a la máxima potencia, que explota en una mezcla descontrolada de medios, técnicas y texturas: pintura, fotografía y tinta se mezclan en un remolino continuo. Al lado de este Color Engineering, los previos Viaje o Garden parecen convencionales.
En una de las escenas de Color Engineering, los personajes intentan identificar fotografías que les presenta una figura de autoridad, algo parecido a un profesor. A pesar de ser supuestamente representaciones objetivas de la realidad, producidas por el ojo mecánico de la cámara, los personajes tienen dificultades para entender lo que están viendo:
Color Engineering se mueve en los límites de la representación, y conecta más que nunca a Yokoyama con sus raíces pictóricas y con el mundo del arte contemporáneo.
A menudo tenemos la sensación de que estamos viendo una exposición en una galería en la que los cuadros, en lugar de estar colgados de las paredes, estuvieran pegados a las páginas. Y de hecho, así es. Al final del libro se incluye un listado de las obras reproducidas. En alguna ocasión se reproducen con tanta literalidad como en este caso, en el que vemos la imagen pero también el soporte, es decir, el lienzo, y el soporte del soporte, es decir, el soporte del lienzo, la pared:
Las 200 páginas de Color Engineering dan para mucho, y también para recuperar parcialmente al Yokoyama más familiar, aunque trastornado por continuas interferencias, que pueden ser tanto una marca de agua o un tampón, como el emblema aviar que se impresiona sobre todas las viñetas durante toda una escena, o motivos superpuestos con color al universo representativo de las viñetas:
Dan para tanto, de hecho, que en las últimas páginas incluso hay un reprise condensado de todo el libro y, finalmente, una explicación escrita del autor, donde detalla viñeta por viñeta lo que hay en cada imagen (que no lo que significa). Por supuesto, la explicación no es tal, sino que más bien parecen las instrucciones que ha dado para que unos inhumanos obreros lleven a cabo su visión de ingeniero cósmico.
Yokoyama es uno de los más deslumbrantes enigmas del cómic contemporáneo. En la entrevista que enlazo al final de este post atinan al destacar su cualidad warholiana, ese perfil de artista idiota o genial (¿o idiota-genio?), o de gran estafador del arte contemporáneo. Su preocupación por la superficie es propia de quien procede del medio pictórico, pero al mismo tiempo creo que nos hace tragarnos con demasiada facilidad el anzuelo que nos ha lanzado para que veamos sus historietas como completamente desligadas de la cultura del cómic. Al contrario que en el caso de otros pintores y artistas que han coqueteado con el cómic, en sus páginas sí hay una raíz profunda que parece hundida en la tradición del cómic y que lo hace perfectamente reconocible y comprensible dentro del círculo más excéntrico de la vanguardia viñetera actual.
Aunque enlazo una entrevista, las palabras de Yokoyama poco nos aclaran. Bien mermado por problemas de traducción, bien empeñado en una postura de artista sin discurso que a estas alturas ya resulta antigua e impropia, Yokoyama elude dar más luz que la que proyectan sus páginas. Pero con eso nos basta. Y hasta nos sobra.
Entrevista a Yuichi Yokoyama por Matt Seneca en Comics Alliance (en inglés).
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Yokoyama
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