martes, 19 de noviembre de 2013

BEOWULF: DESDE EL PRINCIPIO

Los clásicos de la literatura occidental se distinguen por dos características: nadie los ha leído y todo el mundo sabe cómo empiezan. ¿Quién no reconoce «Canta, diosa, la cólera de Aquiles» o «En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme» o, por supuesto, «Un automóvil cruza la ciudad a gran velocidad... A través de sus ventanillas traseras, distinguimos el semblante decidido y enérgico de nuestro héroe...»? Bueno, pues algo parecido pasa con el Beowulf, cuyas primeras palabras tienen la resonancia solemne del génesis de la lengua inglesa: «Hwæt wē Gār-Dena in geār-dagum...» Que, como podréis imaginar, es algo completamente incomprensible para cualquier persona de habla inglesa contemporánea. Es por eso que Beowulf es una de esas obras que a la vez que son un cimiento cultural para toda una lengua, también son prácticamente desconocidas de forma directa y sólo se difunden a través de traducciones.

Y bueno, si hay algo que os puedo asegurar de primera mano es que cuando hay traducciones por medio, empiezan los conflictos.

El otro día una amiga me enviaba esta noticia. El titular podría traducirse por «¡Escuchad! La primera frase de Beowulf se ha malinterpretado durante 200 años». Su contenido viene a decir que el doctor George Walkden de la Universidad de Manchester argumenta que la célebre primera palabra del poema ha venido traduciéndose de forma equivocada por lo menos desde que en 1837 uno de los Hermanos Grimm (¡ni más ni menos!) metió la pata al interpretarla. La norma venía siendo traducir ese Hwæt como ¡escuchad!, ¡atented! o ¡estaos quietos un momento, coño!, una especie de interpelación que sirve para atraer la atención del público hacia la historia de los gloriosos daneses y sus reyes de los tiempos de antaño. En su lugar, el profesor Walkden propone que la entendamos como si dijera cómo supimos de los daneses y sus reyes de antaño. O algo así.

Puede parecer una minucia, una diferencia casi incomprensible si uno no ha desarrollado una cierta hipersensibilidad hacia los microdetalles filológicos que se debaten en los departamentos especializados, pero lo cierto es que Beowulf está hecho de palabras, y por tanto alterar su materia es alterar realmente la obra. Y cualquiera que se acerque a él ha de tener esto muy en cuenta.

La traducción canónica de Beowulf ahora mismo es la del poeta Seamus Heaney, premio Nobel de Literatura en 1995 y fallecido este mismo año, hace apenas unos meses. Es la que yo he utilizado como referencia para el tebeo que he hecho con David Rubín.


Seamus Heaney también le dio muchas vueltas a la traducción de la primera palabra del poema, y optó por algo que no es exactamente el tradicional Listen!, sino un lacónico So. Así, con punto y sin admiración. Una especie de Bueno. O Venga. Una cosa mucho más de andar por casa, que es tal vez algo chocante a la hora de poner en marcha la máquina épica más antigua de la lengua inglesa.

En la introducción a su Beowulf, Heaney da una fascinante explicación de cómo abordó el trabajo y lo que tuvo que asumir para llevarlo a cabo en un proceso de 35 años. Escribe: «Pero entre el momento en que uno siente que está preparado para abordar un tema y el verdadero momento en que se escribe la primera frase se produce siempre un hiato problemático. Por decirlo de otra manera: desde el punto de vista del escritor, las palabras de un poema necesitan lo que la poeta polaca Anna Swir llamó "el equivalente del derecho biológico a la vida"». Habiendo necesitado casi el mismo tiempo que Heaney para llevar a cabo este Beowulf en viñetas, le doy toda la razón. Es más: diría que casi todo lo que escribo tiene sus raíces en ideas muy antiguas, muchas de ellas de décadas, y algunas incluso me acompañan desde que puedo recordar. Han pasado mucho tiempo en mi cabeza hasta que han alcanzado el derecho biológico a la vida.

Pero al hablar específicamente de la traducción, Heaney expresa su preocupación por ser capaz de alcanzar el tono adecuado para trasladar el inglés antiguo al inglés contemporáneo. El poeta utiliza una metáfora deliciosa: «El empeño de convertirlo en inglés moderno me parecía semejante al empeño por demoler un megalito con un martillo de juguete». Heaney revela cómo finalmente encontró la clave volviendo sobre sus raíces familiares y su educación de irlandés católico, y cómo ese so viene directamente de la cocina de sus padres.

En cierta manera, ésa es la única forma de asumir una obra como el Beowulf, esa especie de megalito de palabras, inquebrantable e impermeable, y completamente incomprensible desde nuestra mentalidad moderna: convirtiéndolo en una experiencia íntima, familiar. Yo he tenido el privilegio de poder hacer eso, y de hacerlo a través de las imágenes de David, que son como una manera mística de descifrar ese lenguaje antiguo y desconocido y hacer que lo entendamos con nuestros ojos, pero manteniendo a la vez todo el misterio original en nuestro cerebro.

Lo único malo es que este nuevo descubrimiento, como me dijo mi amiga, «¡lo cambia todo!» De manera que, por supuesto, he tenido que reescribir todo nuestro Beowulf para acomodar la nueva interpretación del Hwæt, y David está dibujándolo otra vez todo desde el principio. Pero no os preocupéis, que va ya muy avanzado y yo creo que le da tiempo a llegar a las librerías este viernes. Sin problema.

2 comentarios:

Nichtung dijo...

La traducción que tengo comienza con el "Escuchen" y me gusta así, pues te engancha. He fantaseado con algún día adaptar el Poema de Gilgamesh, así que me he cuestionado el asunto de las traducciones y repasado varias. Mas, al final del día, no me importa tanto cuál es la más correcta o acertada; pues no la estoy examinando como historiador sino como narrador. Entonces termino escogiendo aquella de la que enamoro, no porque sea la verdad histórica, sino porque es la narrativa que, considero, resuena y maravilla más.

Santiago García dijo...

Pienso exactamente igual, Nichtung. La precisión histórica es importante para los historiadores, pero para los narradores la única exactitud que importa es la exactitud con la que se identifican con un texto. O cuánto se enamoran con él, como dices tú.