martes, 11 de diciembre de 2012

UNA COSA


Pensando en el tema de lo que se revela y lo que se alude, lo que se muestra y lo que se sugiere, me ha venido a la cabeza cuál es probablemente el primer caso de este recurso que recuerdo conscientemente haberme encontrado en mi vida de lector de tebeos. Los monstruos es una aventura de Mortadelo y Filemón de Ibáñez publicada originalmente en 1973, que en algún momento posterior debió de caer en mis manos, probablemente en un tomo de la colección Olé. Siguiendo el esquema habitual de todas las aventuras de Mortadelo y Filemón, está compuesta por una sucesión de historietas breves articuladas en torno a un tema continuado. En este caso, la excusa argumental es una máquina del Profesor Bacterio (cómo no) que genera monstruos reales a partir de monstruos ficticios. Los agentes de la T.I.A. se enfrentan a toda una sucesión de engendros, a cada cual más horrible (o gracioso), y al llegar al último Ibáñez se ve obligado, como no podía ser de otra manera, a subir la apuesta al máximo. ¿Y cuál es el máximo del horror que se puede mostrar en un tebeo de humor? El horror tan horrible que es irrepresentable.

En el último episodio de Los monstruos, pues, Mortadelo y Filemón se las ven con «La Cosa», una criatura tan espantosa que Ibáñez no la dibuja nunca, sino que la sugiere únicamente a través de sus efectos devastadores. Después de echar un vistazo únicamente a una foto que les enseña el Súper, los agentes acaban internados del susto, al borde de la muerte. Luego pasan por el Club Juvenil de la T.I.A. («sólo para menores de quince años») y se encuentran a sus miembros convertidos en ancianos prematuros, víctimas de la impresión de haber visto a La Cosa. Por sus obras lo conocerás.

Sé que de mayor es fácil olvidarlo, porque Mortadelo y Filemón es sólo un tebeo de risa, pero para un niño es, también y ante todo, un tebeo de aventuras que ofrece un mundo coherente y real donde, es cierto, las cosas tienden a pasar de una forma precipitada, torpe, absurda y, por qué no decirlo, incluso hilarante, pero a pesar de todo siguen siendo fundamentalmente serias, sigue siendo un mundo de verdad, creíble. La introducción dentro de ese mundo de un elemento tan insoportablemente perverso que ni siquiera podemos verlo fue para mí como la introducción de un virus entrópico que destruía aquel cómodo sistema de símbolos que a mi infantil imaginación tanto le gustaba visitar. Aquello era demasiado. Y sí, lo confieso: yo he pasado miedo leyendo Mortadelo y Filemón. (Fue hace tiempo; ahora ya lo he superado y estoy mejor, gracias).

Como decía cuando hablé del Capitán América contra Richard Nixon, este recurso a lo irrepresentable es una palanca que se apoya en el mundo real, y normalmente tiende a abrir al lector a un grado de sofisticación superior, a romper la barrera del ilusionismo, en cierto modo, o a envolverlo en la ficción de una manera más completa e insidiosa. No es de extrañar, por tanto, que en esa misma historieta de «La Cosa» que cierra Los Monstruos, Ibáñez se descolgara con una viñeta de metaficción desvergonzada, menos un guiño al lector que un puñetazo en la mesa para espabilar al niño absorto que se ha perdido en la intensidad del relato de humor que él percibe como horrible.

Perdonado queda, señor.


COSAS QUE NO SE ENSEÑAN:
El Capitán América contra Richard Nixon
Un capricho (Seth y The Great Northern Brotherhood of Canadian Cartoonists)
El beso (Spiderman y sus omisiones)
Elipsis (Goliat Negro y la azafata)