
No se puede negar que Jirafas en mi pelo. Una vida de rock 'n' roll (La Cúpula, 2010), de Bruce Paley y Carol Swain es un tebeo tosco. Limitadito formalmente. En ocasiones asistimos a bizantinas discusiones de especialistas sobre si tal novela gráfica está mal dibujada en comparación con cual tira de prensa clásica, en un típico cacareo de gallos en el que, sencillamente, se están discutiendo paradigmas distintos, lenguajes completamente diferentes. Pero en el caso de Jirafas en mi pelo no hay ninguna duda de que Carol Swain no es ninguna virtuosa, y que más que hacer lo que quiere, hace lo que puede para poner en página las memorias de su pareja, Bruce Paley. Las primeras páginas, en concreto, donde los autores practican una irritante retórica de ilustrar viñeta por viñeta el discurso literario frase por frase, son bastante primitivas, aunque hay que decir que la cosa va ganando en fluidez a medida que el libro avanza.
Y, una vez reconocido esto, debo decir que le he cogido un enorme afecto a este libro después de su lectura.
Sí, Jirafas en el pelo no es deslumbrante, ni bonito, ni elegante, ni brillante, ni sofisticado, ni innovador. Ni siquiera es original. Y me da exactamente igual.
Es sólo rock 'n' roll.
Y como todos sabemos, el rock 'n' roll no es música. Hace décadas que los mayores lo empezaron a repetir a sus hijos. Pero sí es cultura (una cultura). Sí es una forma de ver la vida. Y eso es lo que me transmite Jirafas en el pelo.
Hay quien dice que la honestidad no es una virtud en las artes, pero como todas las máximas, ésta también es mentira según quién, qué y dónde. Bruce Paley vivió una vida interesante, desde que se fue de casa a recorrer América en los años 60 hippies hasta que se sumió en el fondo de la Nueva York drogota y decadente de los 70, donde se cruzó con personajes tan característicos del paisaje del momento como Johnny Thunders. Un tío que, por cierto, ni sabía cantar ni sabía tocar, ni falta que le hacía. Lo que se cuenta en este libro, sin embargo, no parece nada importante, ni trascendente. No hay epifanías, ni grandes mensajes. Hay ramalazos de humor discreto, y hay un instante mantenido durante toda una vida. Como en una canción pop, una sensación que se prolonga, que olvidamos y vuelve siempre. Hay también una conmovedora fe en una visión del mundo marginal, rebelde e inconformista. Para los que vinimos después, ya es un tópico. Material para anuncios de Levi's. Pero para Paley y Swain es lo que es. Directamente y sin darle más vueltas.
Su inspiración es la antiliteratura, y así no es de extrañar que les haya salido un anticómic lleno de momentos de anticlímax. O sea: que nadie se confunda, porque no estoy reivindicando la torpeza. Hay que saber muy bien lo que se hace antes de atreverse a ser torpe. No basta con hacerlo mal para hacerlo bien.
Paley y Swain bucean en las mismas aguas en las que bucea Tim Lane (Coches abandonados). El gran mito romántico norteamericano: la carretera, Kerouac, la generación beat. El vagabundeo, físico y espiritual. Pero Lane parece que nos habla de lo leído. Y Jirafas en el pelo es, inconfundiblemente, una crónica de lo vivido. Y la vida, normalmente, no la vivimos como un ejercicio deslumbrante. La vivimos como podemos y la contamos como sabemos.
Es así.