martes, 8 de julio de 2014

JULIÁN, DELANTERO CENTRO



Como señalé el viernes pasado, Fútbol. La novela gráfica es uno de los tebeos más personales en un sentido directo que he publicado nunca, y lo es porque Pablo Ríos me precipitó a ello. No era mi intención, aunque tenía que haberlo sido desde el principio porque de fútbol no se puede escribir como si fuera algo que no le afecta a uno.

Aunque el narrador de Fútbol. La novela gráfica no soy yo, y de hecho existen muchas diferencias entre su biografía y la mía, el elemento clave que lo sustenta extraído de mi experiencia es el hecho de tener un padre futbolista. Ésa es, por tanto, la influencia fundamental que completa el breve catálogo que ensayé ayer. Una influencia que no es cultural, artística ni literaria, sino netamente familiar. La influencia de criarme con un hombre que cada día volvía a casa rodeado del aura de haber jugado en Primera División.



Julián García inició su carrera en los equipos locales de Madrid, pero su verdadera profesionalización llegó cuando fichó por la Balompédica Linense, conocida popularmente por la Balona. De allí pasó al Atlético Tetuán, equipo con sede en África pero que participaba en la Liga porque por entonces Marruecos era español. Julián formó parte de la plantilla del Atlético Tetuán que jugó su única temporada en Primera División, la 1951-52. Quedó clasificado en último lugar y volvió a Segunda. En aquellos tiempos los marcadores eran mucho más elásticos que hoy en día. El Tetuán quedó colista marcado 51 goles en sólo 30 partidos, a una media de 1,7 por partido. El Barcelona, que acabó campeón, marcó 92 (3,06). Por comparar, en esta última Liga (temporada 2013-14), el colista Betis ha marcado 36 goles en 38 partidos (0,9 por partido), y el campeón Atlético de Madrid ha hecho 77 (2,02).



Eran, pues, tiempos de grandes goleadas, enormes derrotas y enormes victorias, y en medio de aquella selva de goles mi padre era el delantero centro y goleador del equipo. Acabó de hecho siendo el máximo anotador de la temporada con 12 goles.



Como los colores del Atlético Tetuán eran los mismos que los del Atlético de Madrid, en mi más tierna infancia tuve una confusión que hizo que durante un breve lapso creyera equivocadamente que yo era del Atlético de Madrid porque ese era el equipo en el que había jugado mi padre. Rápidamente salí de mi error, y sólo tuve que ver mis primeros partidos para comprender que yo había nacido madridista. Lo que no sabía por entonces era que mi padre era un antimadridista convencido, lo cual creo que era lo que le había escorado hacia un peculiar barcelonismo poco habitual en la ciudad de Madrid en los setenta. Me pregunto si ése es el mismo mecanismo que ha llevado a mi compinche malagueño Pablo Ríos a caer en las garras de su lamentable barcelonismo. Sea como sea, con mi padre ya estaba entrenado en el trato con hinchas azulgranas, lo cual facilitó (incluso posibilitó, podríamos decir) la feliz realización de Fútbol. La novela gráfica.



¿Cuál fue el origen de ese aborrecimiento hacia todo lo blanco de mi padre? En la familia corren diversas leyendas. Una tendría que ver con un fichaje frustrado por el club de Chamartín. Otra, con un partido de aquella temporada 1951-52 en el cual el Atlético Tetuán recibió al Real Madrid en el estadio Varela un domingo de Reyes. El Madrid se adelantó en el marcador, pero el Atlético debió de hacer una primera parte espectacular. Con dos goles de mi padre y uno de Martí le dieron la vuelta al marcador y se fueron al descanso con 3-1. En la segunda parte, sin embargo, el Madrid consiguió empatar, marcando el gol definitivo en el minuto 89. Con esa manera tan típica que tiene el Madrid de marcar goles decisivos en el último minuto, y que no se la inventó Sergio Ramos el mayo pasado. La actuación del árbitro fue muy contestada, y mi padre todavía llamaba tramposos a los madridistas casi sesenta años después. Verdaderamente hay partidos inolvidables.




Sobre este legendario partido (y sobre el Club Atlético Tetuán) podéis leer un texto de José Domínguez en la web Recuerdos de Tetuán.

Marruecos se independizó de España en 1956, lo cual supuso de hecho la desaparición del club. Administrativamente se trasladó a Ceuta, donde se fusionó con el equipo local. Hoy en día existe en Marruecos un Mogreb Atlético Tetuán que es de hecho el heredero espiritual de aquel Atlético Tetuán que jugó en la Liga española, e incluso conserva sus mismos colores.

Mi padre terminó su carrera en el Levante, y luego se dedicó a otros asuntos que no tuvieron ninguna vinculación con el fútbol, aunque fue un apasionado seguidor de éste hasta el final de su vida, como aparece recogido en Fútbol. La novela gráfica. Eso es verdad.