domingo, 22 de diciembre de 2013

LO QUE IMPORTA


Si seguís este blog ya os habréis dado cuenta a través de los múltiples avisos que voy dando de que David Rubín se está dejando la piel recorriendo España de arriba abajo para presentar Beowulf en todas partes, y a su paso deja una estela de dedicatorias con las que algún día habrá que hacer una exposición o algo parecido. Os aseguro que me da mucha rabia que los 6.000 kilómetros que me separan de España me impidan estar al lado de David, apoyándole en el esfuerzo promocional y ayudándole a vaciar las botellas de licor café. Los que tenéis el privilegio de poder acercaros a saludarle, recordad que esta semana invade Galicia. No para ni en Navidad.


Agradecí entusiasmado la posibilidad de asistir virtualmente a una de esas presentaciones, la que tuvo lugar el pasado miércoles 18 de diciembre en la librería Joker de Bilbao, que es además propiedad de Fernando Tarancón, uno de nuestros editores en Astiberri. Gracias a la videoconferencia y a la buena disposición del maestro de ceremonias, el conspicuo Kike Infame, pude conectarme en directo y participar en la conversación. Que fue, por cierto, la primera conversación en vivo que hemos podido mantener David y yo desde que se publicó Beowulf. Todas las demás entrevistas que se han publicado hasta ahora las hemos hecho por separado.

A pesar de la distancia y de que la tecnología no estuvo tan fluida como debería haber estado, agradecí enormemente la oportunidad de celebrar esta charla pública con David y Kike. Ojalá pudiéramos repetirla en persona. Salieron a colación muchos temas que habrían merecido mayor desarrollo, y me di cuenta de que tanto David como yo tenemos rollo como para que nos hubieran dado las tantas de la mañana hablando de tebeos. Confío en que en algún momento futuro podamos permitirnos ese placer.

Hablamos de muchas cosas de las que ya no me acuerdo, pero sí hubo un par de cuestiones que recuerdo y de las que me gustaría dejar aquí constancia, porque tal vez tengan menos que ver con los aspectos más obvios de cómo se hace un cómic y a muchos jóvenes autores les pueden pasar desapercibidas.

Por un lado, la importancia del formato. Es algo que llevo repitiendo como un disco rayado desde hace años (si a alguien le apetece comprobarlo, que se pase por ejemplo por este post del 2009), pero tengo la sensación de que a mucha gente todavía no lo acaba de entender. Cuando recibí mis copias de Beowulf, sentí que las veía por vez primera, aunque había mirado y remirado quinientas veces el pdf con las páginas en versión digital durante las semanas anteriores. Pero lo que aparecía en la pantalla y lo que tuve por fin en las manos eran dos cosas tan distintas que me quedé sorprendido por el propio libro en el que llevábamos meses trabajando. El tamaño de Beowulf, con esa tapa dura y ese peso, lo convierte en algo parecido a una lápida, lo cual viene a reforzar muy bien ese sentido funerario del libro del que he hablado anteriormente, al tiempo que transmite cierta sensación de perdurabilidad que conviene a una historia que versa sobre la inmortalidad de las historias. La decisión de adoptar este formato fue muy tardía en el proceso de producción, pero siento que el libro no podría existir de otra manera. Desconozco si las ediciones extranjeras de Beowulf estarán obligadas a adoptar el mismo formato, pero en caso de que lo varíen, será interesante ver cómo eso modula el tono de la obra.

Como he dicho, la decisión de adoptar ese formato fue tardía, cuando ya estábamos en el último tercio del libro, y hasta ese momento teníamos en mente un formato 17x24 que en los últimos años se ha convertido en el más común del mercado español. Ese cambio final afectó a una rotulación que ya estaba terminada y que no estaba pensada para ese tamaño, con lo cual algunos lectores han observado que los textos aparecen más grandes que de costumbre. Aunque ha habido quien señalaba que eso podía producir un efecto imprevisto desagradable (unas letras grandes se pueden identificar con un producto infantil), a mí, pasado el primer momento de sorpresa, me pareció un añadido feliz. No sólo mis amigos -la mayoría cuarentones ya, todo hay que decirlo- no podrán quejarse de que es imposible leer Beowulf, como tienden a quejarse cada vez que tropiezan con una página de Chris Ware o Seth, sino que ahora tengo la sensación de que los personajes están gritando, o hablando con un vozarrón muy fuerte, y eso los vuelve aún más monumentales y míticos, de una forma que nunca se me habría ocurrido si no hubiéramos acabado con esta rotulación megalítica por accidente. Y es que cuando decimos que el formato es forma, eso incluye también la tipografía. El que quiera ampliar la noción puede echarle un vistazo al documental Helvetica.

A lo que voy: creo que son imperfecciones como éstas las que dotan de vida a las obras, y es por eso por lo que para mí decir que algo es perfecto no acaba de ser del todo un elogio.

La segunda cuestión que quiero mencionar es la que tiene que ver con nuestra propia relación como autores con las obras que hacemos. Es un tema muy complicado y que daría para una discusión larga y matizada, pero resumiéndolo brevemente sería algo así como lo siguiente: los libros son lo más importante de nuestra vida, y finalmente son lo que menos importa. Es para hacer un libro para lo que vivimos, es hacer libros lo que nos quita el sueño, nos roba la tranquilidad y nos regala la ilusión, lo que hace que nos levantemos y que nos sintamos personas. Y finalmente, sin embargo, acaban siendo lo de menos, porque lo único que te importa es la experiencia de hacer el libro, no el libro en sí, que por lo general no puedes evitar ver como el excremento resultante de un proceso en el que siempre, siempre, lo podrías haber hecho mejor. Pero por el camino te queda lo que has aprendido con el camarada con el que has compartido el proceso (y ésta es una de las ventajas que tiene el trabajar en colaboración, a pesar de todo), las sorpresas que te ha dado el talento de tu compañero, las ideas que se te han ocurrido a partir de ideas que se le han ocurrido a él y que a ti nunca se te habrían ocurrido en primer lugar. Y, sobre todo, la emoción infantil de estar construyendo algo juntos. En el caso de Beowulf, David y yo sintonizamos plenamente en la energía bruta que debía animar al libro. Ambos teníamos muy claro qué temperatura y color tenía que tener esta obra. Por supuesto, somos dos personas diferentes y cada uno tiene luego sus ideas, que a veces han chocado en determinadas escenas, detalles, personajes o interpretaciones. Pero una vez que está hecho, yo asumo todo como nuestro, y no distingo si tal cosa se debe a David o a mí. Si está ahí al final, da igual de dónde salió, es tanto mía como suya, tanto suya como mía. Es por eso que en los créditos no pone «guión de» y «dibujo de», sino que asumimos todo como conjunto. Durante la presentación, bromeamos con el sistema tradicional de premios que se utilizaba en el Salón del Cómic de Barcelona durante años, donde se premiaba al «mejor dibujo» y al «mejor guión». ¿Acaso las personas que votaban al mejor guión lo habían leído? ¿O sólo habían leído los dibujos? Porque, que yo sepa, los guiones nunca se repartían para que fueran estudiados por los votantes. El guión, entendámoslo bien, no existe. Sólo existe el dibujante, y la única forma de escribir guiones es dibujándolos con las manos de ese dibujante, y dejando que él escriba el guión con sus imágenes.

A lo que iba: al final el libro que reluce flamante entre las novedades del mes para los que lo hemos hecho es sólo el pasado, y aún más, un pasado del que queremos escapar rápidamente. Cuanto antes. Queremos borrar todas las huellas de los errores cometidos, todas las torpezas que no supimos cómo superar hasta que era demasiado tarde, y queremos demostrarnos nuestra verdadera valía con ese nuevo proyecto que estamos masticando y que, si sale como queremos, con éste sí que se van a cagar. Y escuchamos a los amigos y lectores que nos felicitan con una generosidad infinita, y sonreímos amablemente y muy agradecidos ante todas sus buenas palabras, y lo hacemos como si nos estuvieran dando las condolencias por un niño muerto que en realidad estamos impacientes por enterrar para revivir la ilusión con un nuevo proyecto.

Y eso, amigos, eso es lo que importa.

[Las fotos que ilustran este post están tomadas del twitter de Borja Crespo, @ElTioCreespy; en la que encabeza el texto podéis ver una escena de la presentación del miércoles; en la que lo cierra, el arsenal artístico con el que David hace sus dedicatorias]