sábado, 20 de abril de 2013

QUEREMOS TANTO A SUPERMAN

Esta semana el mundo se ha unido en fraternal celebración del 75 aniversario de Superman, ese ideal de la justicia, la bondad y el culturismo que ha sido capaz de llenar de buenos deseos incluso internet. Si algo ha quedado claro es que todos queremos tanto a Superman, ¿verdad?

Bueno, justo ayer dio la casualidad de que me leí un par de historias de Superman. No fue por celebrar nada, fue porque me apetecía. Tenía por leer un tebeo que me había comprado hace poco (en el mismo saldo que el de Superman contra Linterna Verde borracho), y yo no puedo estar mucho tiempo sin leer una historia de Superman de la Silver Age, cuando el editor Mort Weisinger lo comandaba con mano de hierro. A veces creo que si desapareciesen todos los tebeos de la historia y sólo quedasen los Supermanes desde 1958 hasta 1969, bastaría para satisfacer todas mis necesidades como lector hasta el fin de mis días.

Bueno, a lo que iba: Superman #180 (1965). No me defraudó.

La primera historia se titulaba «Clark Kent's Great Superman Hunt!», y aunque no aparece acreditada en el cómic, en GCD le atribuyen el guión a Leo Dorfman (con dudas) y el dibujo a Al Plastino. La cosa se pone en marcha cuando Clark Kent tiene una idea genial para aumentar la difusión del Daily Planet: emprender una campaña pública para desenmascarar a Superman (simbólicamente, claro, porque Superman no lleva máscara) y revelar su identidad secreta al público. A estas alturas del partido, los lectores de Superman y Action Comics ya habían visto dos millones de historias basadas en la revelación de la identidad secreta de Superman, de manera que el propio Jimmy Olsen expresa los reparos de cualquier seguidor avezado de la serie tan pronto como el propio Clark propone la idea: «¡No me jodas otra vez con esa mierda, Clark!»


Pero donde hay patrón no manda marinero, y a Perry White, editor del periódico, la idea le parece genial. ¿Por qué no putear al tío que te ha salvado la vida personalmente cincuenta veces, sin contar las que te la ha salvado como parte de Metrópolis, del mundo entero o incluso de la galaxia, con tal de ganar unos milloncejos más? Pura mentalidad de mercado libre, se siente. Perry White da el visto bueno a la idea de Clark, y éste pone en marcha lo que, de hecho, es un pionero reality show televisivo, donde el público le seguirá en directo en su investigación, y además participará activamente.

Clark inicia su campaña pública para destruir el secreto de Superman pidiendo la colaboración de los espectadores. En la imagen que sigue a estas líneas vemos cómo en la primera viñeta reclama que quien quiera que haya visto a Superman en alguna de sus patrullas envíe detalles sobre la misma. A continuación, dos viñetas nos muestran cómo el mundo del hampa se congratula de la ocurrencia de Clark: reos que quieren vengarse y reyes del crimen que contemplan satisfechos desde su lujosa guarida el desarrollo de los acontecimientos. En la cuarta viñeta vemos el resultado de la colaboración ciudadana: montones y montones de cartas de personas decentes que quieren colaborar en el desenmascaramiento de su ángel de la guarda:


Por supuesto, hay una explicación para todo esto. El mafioso que fuma tan satisfecho mientras ve la tele ha secuestrado a Lois Lane, y utilizándola como rehén ha exigido a Clark Kent que le revele la identidad de Superman, ya que está seguro de que él la conoce. A Clark se le ha ocurrido toda esta historia de la «Cacería de Superman» como un complicado plan (en aquellos tiempos no había plan que no fuera complicadísimo, como si todos los concibiera el profesor Franz de Copenhague) con el que rescatar a Lois y cazar a sus captores. Cómo funciona el plan exactamente no lo descubriremos hasta el final, por supuesto.

De manera que sí, por supuesto que toda la cacería de Clark es mentira, no va a denunciarse públicamente a sí mismo para enriquecer más a Perry White y los propietarios del Planet. Tan tonto no es. De acuerdo. Pero lo que sí es verdad es la reacción emocional del público al programa y la alegría con la que se lanzan a atacar el punto débil de su invulnerable campeón.

El que intenta destrozarle es el mismo público que adora a Superman, por cierto. Le adora tanto que le obliga a firmar autógrafos, como si fuera Elvis. En 1965 ya tenemos al superhéroe como famoso, anticipándose a las reinvenciones posmodernas de Mark Millar, Peter Milligan o el America's Got Superpowers de Jonathan Ross y Bryan Hitch:


De nuevo, al final descubriremos que los autógrafos de Superman forman parte de su estratagema para vencer a su enemigo, pero, insisto, la adoración del público (que por lo que se ve en la viñeta superior no está formado precisamente por jovencitas histéricas) es real.

Tan real como la sed de sangre que impulsa a la masa a hacer todo lo posible por acabar con el secreto de Superman. Cuando Clark pide otra ayudita en su cacería, en esta ocasión a los dentistas de Metrópolis con el fin de encontrar a algún hombre que no haya pasado nunca por sus consultas, ya que como todos sabemos Superman no sabe de endodoncias, estos se apresuran a indagar en sus archivos privados con el fin de facilitar la denuncia del héroe:


De esta última viñeta hay algo que me llama la atención, y es cómo el propio Clark (y él tiene que saber de lo que habla) incluye a Superman en el rango de «hombres por encima de 30 años de edad». Al mismo tiempo que Marvel se impulsaba a lomos del nuevo arquetipo de héroe juvenil que representaba Spiderman, DC insistía en ser un mundo de hombres maduros y trajeados. Un mundo de señores.

Un mundo de señores donde había por encima de todos un señor, Mort Weisinger, tal vez uno de los más legendarios editores que haya conocido el comic book americano. De Weisinger, sobre cuya personalidad circulan muchas y notables anécdotas (para la más famosa os remito a mi próximo post), se dice que sufría una especie de complejo megalomaníaco que le hacía odiar a Superman, el personaje a quien había hecho alcanzar un éxito tal que había engullido su vida entera. Durante los últimos años se ha hecho muy común psicoanalizar esta etapa de Superman para encontrar bajo su lustroso hieratismo la marea de los turbulentos sentimientos destructivos reprimidos por el agónico Weisinger, un personaje capaz de contratar a un negro para que le escribiera una novela con la que triunfar como escritor mientras él editaba las aventuras del ídolo de los niños. Fracasó, por supuesto.

Si seguimos esta corriente y asumimos «Clark Kent's Great Superman Hunt!» como parte de esa guerra encubierta entre el creador y la criatura, tenemos que aceptar que el final es de un cinismo sublime: una vez que Superman ha conseguido su propósito de liberar a Lois y capturar al malvado bandido que la había aprisionado, revela ante las cámaras que todo era una artimaña para la que había contado con la complicidad del periodista del Planet:


Superman, embustero como un político al uso, pide disculpas por su engaño en la misma frase en la que vuelve a mentir, y de paso reclama con la falsa modestia más hipócrita del mundo que el mérito no se le atribuya a él, sino a otro. ¿A quién? ¡A Clark Kent! Es decir: a él mismo. Para rematarlo, Jimmy Olsen, su amigo, ejerce de spin doctor que solventa los últimos flecos: «¡Tranquilo, Superman! Sé que los fans televisivos se han divertido mucho ayudándoos a pillar con las manos en la masa a un capo mafioso!» O lo que es lo mismo: «Sois unos cabrones sanguinarios y traicioneros, todos vosotros, pero como finalmente os hemos manipulado para conseguir nuestros fines, y nosotros hemos conseguido lo que queríamos y vosotros os lo habéis pasado teta, todos contentos. Volved la semana que viene, que habrá más mierda de la que os gusta».

Quizás el genio de Weisinger estuviera precisamente en esconder tanto aborrecimiento por la raza humana bajo un dibujo tan meloso y relamido. Quizás por eso queremos tanto a Superman.

MALAS CHICAS. La segunda historia de este Superman #180, que es precisamente la historia a la que se dedica la portada, es como mínimo tan interesante como la primera. No me voy a extender demasiado sobre ella, pero no me resisto a hacer un par de apuntes. De nuevo no está acreditada, aunque se atribuye a Leo Dorfman y Curt Swan con George Klein.

Si la pérdida de la identidad secreta era una de las máximas amenazas para Superman en esta etapa, la otra probablemente fuera la pérdida de la soltería. En este caso, varios encuentros aparentemente casuales con muchachas sospechosas de poseer superpoderes acaban llevando a Superman a Florena, una isla perdida en el Pacífico Sur.

Una vez en Florena, Superman se encuentra con un país poblado de bellas muchachas donde la afortunada Orella ha sido elegida por el azar para convertirse en su esposa (en realidad ha hecho trampa en el sorteo, engañando a sus compatriotas).

Orella obsequia a Superman con un par de figuritas de Lladró tan pronto como éste aterriza en Florena:


Orella explica a Superman que le han atraído a la isla para que pueda casarse con ella, y en cuanto lo oye éste sale volando. Literalmente. Pero como mujer prevenida vale por dos (hombres), Superman no puede escapar de Florena debido a una barrera de radiación de kryptonita que las muchachas acaban de activar. La cuestión es que Orella y sus amigas proceden del planeta Matrion, donde las mujeres guerreras se apareaban con los mejores entre los hombres a los que derrotaban.


En Matrion, los hombres eran desterrados a una luna, pero al cabo de muchas generaciones las mujeres superiores acaban debilitándose como raza, y finalmente las más débiles también son expulsadas del planeta, como si fueran hombres. Estas desterradas inútiles llegaron a la Tierra y montaron su isla femenina con una mezcla de estética tiki y teconología futurista. Después de muchos años, ahora pensaban que Superman podía poner la semilla -literalmente- con la que refundaran su raza de supermujeres, para así poder volver triunfantes a Matrion y reencontrarse con las demás amazonas. Aquella panda de arpías que las exilió y a la que todavía añoran.

Por supuesto, como todo el mundo sabe, las culturas avanzadas del espacio exterior siempre tienen rigurosos rituales de apareamiento que seguir, y en este caso implican que Orella demuestre a su futuro marido quién lleva los pantalones en casa (aunque en este caso lo cierto es que ninguno de los dos lleva pantalones, literalmente).


Prueba tras prueba, la bella zarandea al bestia de acero, para sorpresa de éste. Por supuesto, finalmente se descubre que Orella lo había conseguido todo mediante un truco: las figuritas que había entregado a su futuro esposo estaban transmitiéndole directamente las fuerzas del kryptoniano gracias a un receptor oculto en la pulsera de ella. Todo lo súper que había en la mujer procedía del hombre. Revelada la artimaña, Superman queda libre para seguir feliz en su soltería.

Cuesta no leer esta historia como un cautionary tale misógino: «Cuidado con aceptar regalos de las mujeres, sólo sirven para quitarnos las fuerzas y aislarnos del mundo en una aburrida vida familiar desprovista de aventuras y sometida a los caprichos de la parienta».

Por si algo faltaba para rematar el mensaje, queda un cabo suelto. Al fin y al cabo, en esta historia se había postulado un mundo de supermujeres que vivían libres, sometiendo a los hombres, en algún lugar remoto del cosmos. En la última viñeta, casi atropelladamente, una mirada de soslayo de Superman resuelve el problema: esa fantasía femenina hace años que pasó a la historia. Sus mares ya están secos. El universo respira tranquilo con un profundo supersuspiro supermasculino.


jueves, 18 de abril de 2013

MÁS SUPERCÓMIC

«¿Hacia dónde te diriges, cómic?», es un reportaje de Marta Caballero sobre Supercómic que ha aparecido en El Cultural.

Aprovechando el lanzamiento del libro, en numerocero han querido echarle un vistazo a mi escritorio.

Juan Rodríguez Millán escribe sobre Supercómic en Suite 101.

Colaboradores de Supercómic que escriben sobre el libro en sus blogs:
Daniel Ausente: Supercómic es la bomba.
Max: M+M (I) y M+M (y 2).

Archivo:

Gerardo Vilches escribió cuatro entradas comentando Supercómic:
1 Supercómic: Mutaciones de la novela gráfica contemporánea.
2 Supercómic: Segundo asalto.
3 Supercómic: Y ya van tres.
4 Supercómic: Season Finale.

Supercómic en ¿Quién vigila al Doctor Ender?
Supercómic en el programa de Radio 3 La hora del bocadillo.
Supercómic en Infolibre.
Supercómic en la revista Laraña.

Óscar Palmer escribe sobre Supercómic: La escena del crimen.
Pepo Pérez escribe sobre Supercómic: Terror sagrado.

ALGO PARA LEER

Un breve boletín para recordar algunos cómics de los que hemos hablado en Mandorla que ahora se encuentran en las librerías españolas. No quiero dejar de recomendar tres novelas gráficas excepcionales:

Grandes preguntas (Fulgencio Pimentel/Sinsentido), de Anders Nilsen: LOS PÁJAROS.
Virus tropical (Random House Mondadori), de Powerpaola: EL VIRUS DE LA VIDA.
La Hermandad de Historietistas del Gran Norte (Sinsentido), de Seth: UN CAPRICHO.

Además, os recuerdo que ya está a la venta Marvel Comics: La historia jamás contada (Panini), de Sean Howe: LA HISTORIA DE MARVEL.

Y aunque no he escrito nada al respecto en Mandorla, quiero llamar la atención sobre un cómic que he traducido y que hace años que forma parte de mis favoritos: BACO (Astiberri), de Eddie Campbell.

SUPERMAN CONTRA LINTERNA VERDE BORRACHO


OK, vamos con una de túnel del tiempo, recuerdos de la infancia y demás mierda nostálgica. Pero con un toque moderno, marca de la casa.

Todos sabéis lo mítico que es «aquel primer tebeo que leíste» de niño, el que te arruinó la vida. Es tan mítico que, para ser sinceros, pocas veces recordaremos de verdad cuál fue. En mi caso, al menos, hay tres o cuatro candidatos que me bailan en la cabeza como mi posible primer tebeo. Al menos que yo recuerde, claro. Pero de todos esos candidatos, sólo hay uno que no sabía cuál era. Un tebeo que había leído en mi viejo colegio de Atocha, del que todo lo que recordaba era que Superman peleaba con Linterna Verde. La cuestión era que Linterna Verde estaba perdido y solo, en una ciudad abandonada y en ruinas, vestido de civil, borracho, y con barba de vagabundo, y allí que iba Superman y se peleaba con él. Recordaba sobre todo la escena de la batalla, en largos planos generales muy peculiares, y poco más.

Nunca más volví a ver ese episodio.

Desde que Google existe, he hecho todo tipo de búsquedas: «Superman contra Linterna Verde borracho», «Linterna Verde mendigo», etc., etc. Nada, cero.

Hasta me he revisado galerías de portadas de Superman y Action Comics esperando encontrar en alguna de ellas una pista de que aquélla era la historia que yo había leído.

«Superman contra Linterna Verde borracho» era mi Moby Dick.

Hace unas semanas me dejé caer por uno de los saldos que menudean por las tiendas de cómics de la zona de Baltimore y puse en marcha la aspiradora. Entre las cosas que se quedaron en la bolsa estaba el Superman #261 (1973) de Cary Bates y Curt Swan-Murphy Anderson, que compré única y exclusivamente porque la portada me pareció espectacular y hacía juego con la portada de otro Superman donde el Hombre de Acero era humillado por el sexo débil, y con Superman siempre es divertido hacer series temáticas.


No tenía mayores expectativas con el tebeo, pero cuando llegué a casa y lo abrí... oh, sí, astuto lector, ya lo has adivinado: ¡de pronto reconocí aquellas viñetas grabadas a fuego en mi cerebro cuando éste todavía tenía cierta plasticidad! ¡Superman #261 era «Superman contra Linterna Verde borracho»!


Oficialmente, sin embargo, el episodio se titula «Slave of Star Sapphire!», y yo lo había leído en su edición de Novaro, cuya portada encabeza este post.

Releerlo fue toda una experiencia.

Porque, ¿sabéis qué? Superman no se pelea con ningún Linterna Verde borracho.
Linterna Verde ni siquiera está borracho.
Bueno, es que Linterna Verde ni siquiera sale en el episodio.

La cuestión es que Carol Ferris es en secreto Star Sapphire, una supervillana cósmica enemiga de Linterna Verde. Tan en secreto lo es que ni ella misma lo sabe. Es como una doble personalidad maligna que ocasionalmente la domina. Viaja a Metrópolis por asuntos de negocios, y mientras su vuelo está a punto de aterrizar, Superman se enfrenta a Max Fenton, un criminal conocido que, entre chato y chato (éste es el que bebe), amenaza con provocar un desastre con un chaleco forrado de explosivos. El caso es que Carol se ve dominada por su personalidad de Star Sapphire mientras Superman intenta detener a Fenton sin que éste explote. Desde el avión, Carol-Sapphire lo ve todo con unos prismáticos, pero lo que ella ve no es la realidad. En la página que he reproducido más arriba, la parte de la izquierda muestra lo que está sucediendo, es decir, el enfrentamiento Superman-Fenton, mientras que la parte de la derecha muestra lo que está viendo en su cabecita loca Carol Ferris-Star Saphire: Superman está atacando a su amado Linterna Verde. (He dicho que Star Sapphire es enemiga de Linterna Verde; sí, y de hecho lo odia porque lo ama y él la ha rechazado).

Terminado el suceso, Star Sapphire cree que Superman ha matado a Linterna Verde, y jura venganza contra el defensor de Metrópolis. Lo que sigue es el enfrentamiento entre ambos, que concluye con un complicado juego de personalidades entre Ferris, Lois Lane y Star Sapphire que ahora no viene a cuento.

De este reencuentro con la infancia saqué un par de cosas, y no me refiero sólo a la vieja y repetida lección de que revisar el pasado es desmitificarlo.

La primera es la fascinación por la página que he reproducido, la del duelo doble entre Superman y Fenton con la superposición de la fantasía linternaverdesca de Carol Ferris. Es una página verdaderamente extraordinaria, con una sucesión de planos repetidos aéreos, casi axonométricos. Es muy raro que en los cómics de superhéroes se repita tanto el mismo plano de forma seguida, sobre todo en aquella época, y es muy raro que se utilice una perspectiva como ésa, que parece propia de Chris Ware, aunque en este caso esté justificada por el punto de vista elevado de Carol Ferris.

Es todo tan raro que no me extraña que se me quedara grabado de crío: lo excepcional es lo memorable. Probablemente la primera vez que se me pasó por la cabeza la idea de que un superhéroe pudiera combatir vestido de civil y que pudiera ser un borracho que no se afeita y lleva el pelo sucio me la sugirió este tebeo hacia 1975, años antes de que existieran cosas como los Ultimates.

[Por supuesto, si se me quedó grabado como algo excepcional, eso significa necesariamente que no pudo ser mi primer tebeo de superhéroes; tenía que haberme formado ya una idea de qué era lo normal para que esto me impresionara tanto].

Pero la segunda lección que saco de esta lectura es algo que hace tiempo que voy teniendo cada vez más claro. Mientras que el aficionado actual a los superhéroes, que suele ser un señor madurito que lleva toda su vida leyendo tebeos (es decir, alguien como yo) no hace más que quejarse amargamente de que los superhéroes de hoy ya no son como los de antes, que antes sí que tenían buenas historias, que la continuidad lo ha destrozado todo y que lo que hay que hacer es volver a los fundamentos y a la narración clara y limpia para recuperar las esencias, yo cada vez estoy más convencido de que las buenas historias importan entre poco y nada. Digámoslo así: probablemente este Superman me proporcionara una de las experiencias lectoras que más he disfrutado en mi vida, y sin embargo está claro que no me enteré de nada. Ni sabía qué estaba pasando, ni quiénes eran los personajes, ni nada de nada. Probablemente era la primera vez en mi vida que veía a Linterna Verde, y mucho menos iba a entender que Star Sapphire estaba haciendo un crossover desde otra colección, y para remate, el desenlace implica a dos mujeres (Lois y Carol) disfrazadas del mismo personaje. La escena que he recuperado aquí muestra dos acciones en paralelo, una de las cuales es real y la otra lo parece, pero en realidad es la representación de los delirios de una mujer poseída por una personalidad cósmica maligna. ¿De verdad alguien espera que un niño de siete años procese esto correctamente?

No, amigos, creo que puedo decir que si tanto disfruté esta aventura de Superman no fue porque fuera una buena historia, sino porque los dibujos eran potentes y los colores rotundos, y porque los personajes eran absolutamente fascinantes. Los personajes eran, de hecho, lo nunca visto.

¡Si hasta salía Linterna Verde borracho!

[ANOTACIÓN AL MARGEN: Sólo hay que ver la portada para darse cuenta de que a partir de este tebeo se podría haber hecho perfectamente el capítulo IV de «Cuestiones de género en el cómic de superhéroes». No descarto que reaparezca en el futuro].

CUESTIONES DE RAZA EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (I)


¿Cómo reconocemos que algo es nuevo? Cuando no sabemos reconocerlo, de hecho. Cuando no sabemos qué es, cómo es, ni para qué sirve. En resumidas cuentas: cuando no sabemos si lo que tenemos entre manos es un superhéroe o un supervillano.

El otro día, leyendo el X-Men #21 (1966) del que he hablado antes, me encontré con este anuncio de otras «obras maestras Marvel». Mavel Tales #3, Amazing Spider-Man #38 (por cierto, el último número de Steve Ditko) y Fantastic Four #52, que es el único que tiene la portada tapada. En ese número de Los Cuatro Fantásticos se presentaría el que sería el primer superhéroe negro mainstream del cómic americano, la Pantera Negra. Esta peculiar publicidad que oculta lo que quiere vender parece que indica los temores que en la redacción de Marvel debió de haber hasta el último momento para dar un paso que en su día era polémico. Sean Howe habla de ello en Marvel Comics: La historia jamás contada.

Lo más chocante es que se anunciara a T'Challa como el villano del mes. Claro que la Pantera Negra siempre ha sido dada a confusiones.

CUESTIONES DE GÉNERO EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (III)


El lunes pasado asistí a una charla de Gilbert Hernandez en la Johns Hopkins University. La conferencia fue deliciosa, y en ella Gilbert, que presentaba su libro Marble Season, hizo un repaso somero de algunas de sus principales influencias, comentando páginas y viñetas concretas de las piezas seleccionadas, que correspondían todas a viejos comic books de los años 50 y 60. Quizás el tebeo más moderno que citó fue Mister Miracle #8 (1971), de Jack Kirby, del cual proyectó la viñeta (una página doble) que encabeza este post. Gilbert hizo una pausa antes de mostrarla, y dijo algo así como: «La gente suele destacar que mi hermano y yo hacemos personajes femeninos fuertes, poderosos. Bueno, ¿de dónde nos viene eso?» Y a continuación reveló esta doble página para explicar el origen secreto de Maggie y Luba.

Y de pronto te imaginas a Jack Kirby, con 54 años y un puro en la boca, dibujando el estallido de poder femenino más glorioso que ha visto el comic book americano.


Gilbert en persona

CUESTIONES DE GÉNERO EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (II)


Hace un par de semanas me compré el volumen 10 de Superman Chronicles  y el volumen 3 de Wonder Woman Chronicles, dos colecciones dedicadas a recopilar todas las aventuras de sus personajes titulares en orden cronológico desde el principio de los tiempos.

Como siempre hace uno cuando llega con material nuevo a casa, me acomodo en el sofá y me pongo a hojearlos. Las dos primeras portadas del tomo de Superman me llaman poderosamente la atención:



Intuyo que aquí hay un tema, un subtexto que no acaba de expresarse de forma manifiesta pero que sin embargo resulta inquietantemente ineludible. Perturbado, dejo el tomo de Superman y empiezo a hojear el de Wonder Woman. Y ésta es la primera portada que me encuentro:


Y pienso que no puede ser casualidad.

CUESTIONES DE GÉNERO EN EL CÓMIC DE SUPERHÉROES (I)


Una de las viejas reglas del subgénero del cómic de superhéroes que son los cómics de supergrupo decía: «Que salgan todos en todas las viñetas de la página y que todos digan algo en cada viñeta». Era la regla nº 6, en concreto, y resultaba agotadora, pero los viejos profesionales del ramo intentaban cumplir con ella siempre que podían. Véase el ejemplo en esta página de X-Men #21 (1966), de Roy Thomas, Jay Gavin (Werner Roth) y Dick Ayers. Y no nos olvidemos del rotulista Artie Simek, que también trabajó lo suyo...

Pero la regla se aplica con ciertos matices. Si queremos saber quiénes llevan la voz cantante en el grupo de jóvenes mutantes, encontraremos que Cíclope y la Bestia tienen 6 bocadillos de diálogo cada uno; el Hombre de Hielo y el Ángel, 4; la Chica Maravillosa, 2.

Claro que tal vez este aparente desequilibrio tenga una explicación narrativa un par de páginas antes:


En la viñeta 4, que es la primera en la que se ve al grupo en conjunto, la Chica Maravillosa casi ha desaparecido, reducida a un discreto segundo plano y apisonada por la parlanchanería de la Bestia. De los seis personajes de esa viñeta, no sólo ella es la única mujer, sino que es la única que no dice ni pío. En la viñeta 5, el guionista hace que Cíclope repare en la actitud de su compañera: «Jean... ¡estás muy silenciosa! ¿Te pasa ALGO, chata?» Es entonces cuando la futura genocida cósmica por fin abre los labios: «¡Pues claro que no!» Y a continuación se añade un bocadillo de pensamiento: «Nunca me hace caso... ¡a menos que me pase algo!»

Lo interesante no es cómo se revela al joven lector del cómic que el mecanismo psicológico de funcionamiento interno de las incomprensibles chicas es básicamente pasivo-agresivo. Lo interesante es que la Chica Maravillosa es el único miembro de la Patrulla-X que piensa.

Da que pensar.

SUPERHÉROES OLVIDADOS: JUAN NEPOMUCENO


El fundamental hallazgo de este viejo cómic que me encontré hace unas semanas visitando la exposición Journeys to the New Worlds. Spanish and Portuguese Colonial Art in the Roberta and Richard Huber Collection, en el Philadelphia Museum of Art, confirma varias conjeturas sobre las que llevábamos tiempo trabajando. A saber: 1) Que los superhéroes forman parte del cómic desde su más tierna infancia; 2) Que los experimentos formales pretendidamente modernos de Chris Ware y otros ya estaban inventados por los pioneros de la historieta.

Este Saint John of Nepomuk Strikes Back!, que podríamos traducir libremente por San Juan Nepomuceno: Triunfo y tragedia, es un cómic escrito y dibujado en 1760 por Gaspar Miguel de Berrío en Potosí. Consta de una sola página en formato gigante que se lee mejor apoyándola -por ejemplo- en una pared. Sin duda, se trató de una edición especial en su día que ya entonces intentaba atraer al comprador mediante su valor singular como objeto. Podría entrar en digresiones sobre la materialidad del tebeo, pero ahora mismo me parece más interesante centrarme en un par de cuestiones iconográficas y formales.

En el aspecto narrativo, vemos ya la anticipación de planteamientos que hoy nos parecen innovadores. Por ejemplo, un diseño de página que Chris Ware ha utilizado en su reciente Building Stories, y que consiste en utilizar una figura central rodeada de viñetas donde se desarrolla la historia, con grandes elipsis narrativas. En este caso, la figura central es el propio Juan Nepomuceno, cuya cabeza se ilumina en el momento previo a lanzar un rayo óptico sobre su archienemigo Mefisto, quien luego, al prescribir su copyright, sería recuperado por Marvel Comics como némesis de Silver Surfer. Al fondo podemos ver al sidekick de Nepomuceno, el malogrado Black Altar Boy (conocido como Monaguillo Oscuro en las ediciones mexicanas que llegaron a España), profiriendo los dos únicos bocadillos de diálogos de la página. Hay que destacar también que se trata de una historieta pre-Comics Code, es decir, anterior a la censura infantilizante que sacudió a la industria en los años 50, y por eso el héroe tiene pluma abiertamente.

La disposición del resto de las viñetas que cuentan la saga de Juan Nepomuceno, desde sus orígenes hasta su tortura, aparente muerte y resurrección gloriosa (esquema que se repite hasta las últimas epopeyas superheroicas cinematográficas de Hollywood) muestran una gran libertad narrativa que casi las emparenta con la osadía de obras como La soga de Zer de la que hablábamos hace poco.

Las conclusiones del análisis preliminar de este hallazgo son obvias: todo está inventado.

martes, 16 de abril de 2013

UN JUEGO INTELECTUAL



Intento no recurrir a la hipérbole porque la exageración erosiona la credibilidad, pero en este caso creo pertinente un gesto de contundencia: La soga (2012, Ultrarradio) de Zer (Sergio Arredondo Garrido) es el tebeo español más extraordinario que he leído durante el último año.

Inspirado en la célebre película del mismo título de Hitchcock (que a su vez remite a una obra de teatro que a su vez remite a un suceso real), este cómic singular ya desde su formato se emparenta directamente con los ejercicios narrativos de algunos de los experimentadores norteamericanos más audaces del momento. No se pueden ver sus páginas sin pensar en Chris Ware, por supuesto, y también en el fascinante Coin-Op de Peter y Maria Hoey. La relación superficial está en el uso de un estilo gráfico aséptico propio de los manuales de instrucciones, que parece aspirar a una claridad objetiva inhumana, pero hay una relación más profunda que se encuentra en el interés por trabajar sobre flujos de información no lineales ni secuenciales. En el caso de Zer, con una exploración a fondo y casi sistemática de las posibilidades del diagrama aplicado a la narración. Esta perspectiva pone en cuestión las tradiciones representativas que el cómic ha venido asumiendo de forma inercial como herencia de las artes plásticas clásicas, en especial la traslación a la viñeta de la idea de la ventana albertiana, sustituida aquí por la viñeta como contenedor de signos (una expresión que tomo del artículo de Eddie Campbell en Supercómic). Pero en el caso de La soga, además, esta meditación se extiende al cuestionamiento de la expresividad como elemento denotativo. Es decir, la emancipación de las convenciones plásticas que identifican la alteración de las emociones con la deformación del dibujo. En el universo que plantea Zer, un catálogo de iconos basta para que el lector navegue sin perderse por el mar de los afectos humanos. Para que navegue, diríamos, con una certidumbre casi inhumana.

En ese sentido, es adecuado que Zer haya emprendido este experimento con una historia que se basa en un nudo, es decir, en un hilo que se vuelve sobre sí mismo hasta cerrarse finalmente. Hay una gran parte del público que se lleva las manos a la cabeza cada vez que oye las palabras «experimental» aplicadas a un cómic (o a cualquier otro producto, por cierto), pero la cita a Hitchcock nos recuerda que éste, el más comercial de los directores, también fue siempre un decidido experimentador formal, y que obras como La soga son ante todo un gran ejercicio de estilo, aunque el protagonista sea una gran estrella de Hollywood como Jimmy Stewart.



En el ejemplo que he incluido sobre estas líneas (gracias a la amabilidad del propio Zer, que me ha facilitado la doble página) se puede ver uno de mis momentos favoritos de La soga. Todos los personajes están por fin reunidos y mantienen diversas conversaciones. Ésta es una escena que resulta muy fácil resolver en una novela, porque está aceptado que se pueda describir sin representarla («Rupert Cadell y la sra. Atwater charlaban animadamente sobre la comida») y que puede ser extraordinaria en cine (ofrece la oportunidad al lucimiento de los actores si se les entregan unos buenos diálogos), pero que suele ser temida y evitada como la peste en el cómic. La primera opción, la de describirla, no se contempla; la segunda, la de representar los brillantes diálogos, parece que sólo puede conducir a una cantidad intolerable de páginas y páginas de bustos parlantes. Cualquiera que haya hecho alguna vez la prueba de transcribir treinta segundos de conversación tomada de una película a bocadillos de diálogos en cómic convenientemente repartidos y ritmados a lo largo de las viñetas precisas, habrá comprobado que el efecto de descompresión es desalentador. La solución diagramática de Zer es fascinante: En la fila superior, identificamos a cada uno de los personajes que participan en la conversación tal y como están al principio de la misma, mientras que en la inferior los vemos tal y como están al final. En la columna de la izquierda aparecen representados icónicamente los temas de discusión. Los círculos señalan qué conversaciones se producen entre qué personajes y qué extensión tienen. Las conversaciones fundamentales que mantiene el genio diabólico Philip Morgan sobre la inteligencia, la muerte y el superhombre se desarrollan al margen mediante iconos. ¿No es fácil interpretar esta tabla de superficies? Tal vez, pero por eso La soga incluye una deliciosa hoja aparte con instrucciones de uso: ¿Cómo leer este cómic?

Habrá quien diga que esta opción narrativa es demasiado complicada, o demasiado intelectual y fría. Pero acusar a algo de demasiado complicado es como acusarlo de demasiado simple, y en cuanto a la frialdad intelectual, parece extraordinariamente adecuada cuando la obra versa sobre la inhumanidad de la moral superhumana. Pero hay algo más que uno podría plantearse: ¿por qué siempre pensamos que aquello que incide en la emotividad y los sentimientos es muy humano? ¿Acaso el intelecto no es un rasgo humano? ¿Somos más lo que somos cuando chillamos o cuando pensamos? La pregunta, al fin y al cabo, se me ocurre después de leer este tebeo.

lunes, 15 de abril de 2013

SUPERCÓMIC EN VIVO

El próximo jueves 18 de abril a las 19.30 se presenta Supercómic en La Central de Callao (Calle Postigo de San Martín 8).

Prometen que en el acto habrá vino y piscolabis, además de la presencia del editor de Errata Naturae Rubén Hernández  junto a algunos de los participantes en el volumen: Mireia Pérez, Max, Óscar Palmer y Alberto García Marcos. Todos ellos son guapos, modernos y de habla perfectamente articulada, así que estoy seguro de que será una delicia contemplarles y escucharles.

El aliciente final será mi ausencia, con lo cual no sólo os ahorraréis mis interminables discursos sino que, sobre todo, tendréis una participación apreciablemente mayor en el convite vinícola y piscolábico. ¿Qué más se puede pedir?

No faltéis. ¡Bastante rabia me da perdérmelo a mí!

MÁS SUPERCÓMIC: Un par de entrevistas que me han hecho recientemente en las que hablamos de Supercómic, entre otras cosas:

· En La hora del bocadillo, el programa de Laura Barrachina en Radio 3.
· En el blog ¿Quién vigila al Doctor Ender?

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 91: SPOOK


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

SPOOK

En la primera mitad de los 70 hubo momentos en los cuales Batman no era la serie más excitante del mundo. Ocurría que como villanos prominentes tenía a individuos del calibre de Spook, al que conocimos en Detective 434 (1974), y que era poco más que un derivado de Mysterio, el enemigo de Spider-Man. Bajo el hábito de Spook se ocultaba Val Kaliban, un arquitecto que ejecutaba fugas aparentemente milagrosas gracias a su conocimiento de los planos de prisiones, alcantarillado y demás. Haciéndose pasar por un espectro, finge tener poderes sobrenaturales, pero con él pasa lo mismo que con los magos: desde el primer momento sabemos que todo es truco y que el espectáculo tiene un final previsto. En este caso, evidentemente, los repetidos regresos de Kaliban al escenario de sus éxitos, la cárcel.

En estos momentos, Spook debe de ser uno de los villanos más olvidados del Universo entero.

jueves, 11 de abril de 2013

HÉROE DE PAPEL


Pepo Pérez, cocreador de El Vecino, ha hecho con sus propias manitas un muñeco de papel de Titán, el protagonista de la serie. Yo estoy alucinado con lo graciosa que es la figurita. Lástima que personalmente sea un manazas y seré incapaz de ensamblarlo como Dios manda, pero quien tenga una mínima destreza prensil y quiera montarse su propio superhéroe de cartulina puede acudir al blog de Pepo y descargarse desde allí el recortable. COMPLETAMENTE GRATIS. No os cortéis. Con las tijeras, digo.

Descarga el papertoy de Titán.

lunes, 8 de abril de 2013

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 90: SOMBRERERO LOCO


SOMBRERERO LOCO

Ha habido dos Sombrereros Locos en la vida de Batman. Uno de ellos (Detective 230, 1956) era un ladrón maniático con la ilusión de añadir la capucha de Batman a su colección de sombreros. El otro, el auténtico (que apareció por vez primera en Batman 49, 1948) es Jervis Tetch, un ladrón que, simplemente, está como una mismísima cabra y emula al Sombrerero Loco de la Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Aunque los guionistas de los tebeos, que suelen acordarse de él una vez cada siete años, no han sabido cómo atacarlo, si como genio o como chalado, como amenaza o como parodia, la serie de animación lo ha convertido en una figura patética que mueve a la compasión, al explotar sus desajustes con la realidad y el dolor que le produce un amor no correspondido. En la serie de TV, inspirándose en el coleccionista de sombreros, fue interpretado por David Wayne con la misma demencia ilimitada de la que hicieron gala todos los actores que por allí pasaron.

sábado, 6 de abril de 2013

REFLEXIONES EN TORNO A SUPERCÓMIC

Algunos ecos de Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea que empiezan a aparecer en la red:

Abel Grau publica un reportaje en Infolibre que incluye un extracto del ensayo de Pepo Pérez:
Reflexiones sobre el cómic después del cómic.

Miquel A. Pérez-Gómez opina en la revista La Araña:
Un oasis de sensatez.

Gerardo Vilches comenta en profundidad el libro y elabora discurso teórico a partir de sus propuestas en The Watcher and the Tower. Son tres entradas:
Supercómic: mutaciones de la novela gráfica contemporánea.
Supercómic: segundo asalto.
Supercómic: y ya van tres.

Recordemos que dos de los autores de Supercómic han escrito sobre el libro y su participación en él:
Óscar Palmer en Cultura Impopular: La escena del crimen.
Pepo Pérez en Es muy de cómic: Terror sagrado.

Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea ya está a la venta.

martes, 2 de abril de 2013

EL TERROR SAGRADO DE SUPERCÓMIC

Pepo Pérez, otro de los colaboradores de Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea, ha colgado en su blog un extracto de su texto, «Dioses y patria. Viñetas políticas en el cómic norteamericano reciente», con un comentario añadido sobre el libro y su implicación en el mismo:

Dioses y patria en Es muy de cómic.

Supercómic. Mutaciones de la novela gráfica contemporánea ya está a la venta.

Véase también La escena del crimen, de Óscar Palmer, en Cultura impopular.

lunes, 1 de abril de 2013

ROJO Y VERDE


En el monte del cómic español está cambiando el clima, el sol y hasta la composición del suelo, y por eso no es de extrañar que crezcan flores raras. Microeditoriales fundadas por entusiastas del medio (como Entrecomics Comics, de la que el otro día comentaba su Azul y pálido, del malagueño Pablo Ríos) o por autores, como la recién nacida Autsaider Cómics de Ata. Ésta se ha presentado en sociedad con un producto que hace muy pocos años habría resultado insólito, pero que en estos momentos parece una de esas cosas a las que etiquetamos como signo de los tiempos.

Me refiero a la caja Rojo, aparecida a finales de 2012, a la que ha seguido la caja Verde, más recientemente. Cada una de estas cajas contiene 16 minitebeos de 20 páginas, en blanco y negro, con portadas a color, y cada minitebeo ofrece una historieta completa de un autor distinto. A menudo, hay alguna relación entre el color de referencia y el contenido del tebeo.

Las cajas se publican en tiradas limitadas (500 ejemplares) y se venden principalmente a través de la página web de la editorial (aunque parece ser que también están disponibles en algunas librerías especializadas). Son curiosos objetos artesanales, cubos de cartón tosco que contienen cuadernillos infinitamente delicados. Antes de pensar si le van a gustar las historietas contenidas en sus páginas, el comprador de Rojo y Verde ya sabe que quiere poseerlas.

Se puede decir que Rojo y Verde son la expresión moderna del viejo objeto de coleccionista, pero creo que van más allá de eso, para insertarse en la corriente actual de descubrimiento y exploración del cómic como objeto material en el que el soporte no es invisible, sino que forma parte del contenido (véase el comentario que hice hace un par de días sobre Greys, de Olivier Schrauwen). Digamos que forma parte de los procesos del high modernism tardío en que está implicado en estos momentos el cómic contemporáneo: una forma de reinventarse para un circuito de difusión y un público nuevos.

Precisamente la idea de la reinvención es probablemente la idea fundamental que sirve de eje sobre el que giran los 32 primeros minitebeos de Autsaider Cómics. Obviamente, la diversidad de voces, estilos, tendencias y temas es muy amplia, pero se puede decir que sobre ambas colecciones preside en cierta manera espíritu del viejo underground. Y pongamos el acento en viejo, porque quienes se muestran más adeptos a sus formas clásicas son los que aparecen más nostálgicos y caducos en este nuevo escenario. El gesto garrulo y suburbano ya no es significante de autenticidad, salvo si te has preservado congelado en un tonel de Dyc por el que no ha pasado el tiempo, y la apelación al gamberrismo de barrio es hoy en día una filigrana tan impostada como cualquier otra afectación del imaginario pijo, de manera que la única vía de supervivencia para las esencias pretéritas es, por supuesto, reempaquetarlas con un poco de conciencia de cuáles son los tiempos que corren.

El testimonio personal escorado al indie es una de esas salidas del laberinto del underground clásico, y como tal lo practican con acierto autores como Juarma López, que es capaz de recuperar el riff perpetuo a la vez que lo limpia, peina y doma con cuatro gotas de diseño moderno capaces de hacerlo más in para el público al que verdaderamente se dirige, que en su mayoría hace tiempo que se despidió de su melena. Hay varios autores que se apuntan a esta batalla en ambas cajas, y en general lo hacen con buenos resultados, aunque debo decir que para mi gusto personal los dos que más triunfan son Manel Fontdevila y Mauro Entrialgo, cada uno de ellos con un suspiro de autobiografía juvenil. Uno y otro son muy distintos entre sí, por supuesto, y a la vez ambas piezas son muy diferentes de lo que tanto Manel como Mauro suelen ofrecernos en sus trabajos más conocidos, lo cual es uno de los resultados felices de permitir que autores consagrados experimenten al margen: descubren tesoros imprevistos. Manel recupera las herramientas que ha venido desarrollando desde Súper Puta (2007) para levantar un discurso del subconsciente con una combinación muy libre de dibujos e imágenes que tenemos la suerte de que sea cómic, pero tal vez sea Mauro quien mejor represente la capacidad para completar el tránsito desde el underground hasta el mainstream sin perder todo el equipaje por el camino. El Mauro de «Ochenta verdes» es un autor al que envidio la capacidad de mantener su personalidad y su voz en las más diversas circunstancias y oportunidades, con todo tipo de relatos y propuestas. Desde hace décadas parece que no se ha movido, pero en realidad lo que pasa es que se ha movido a la misma (imperceptible) velocidad que el escenario que le rodea, y por eso nunca se queda fuera de cuadro.

Podría decir que la mayoría de los veteranos concurrentes en Rojo y Verde se cuentan entre lo mejor que ofrecen ambas cajas: Miguel Ángel Martín, Paco Alcázar (alucinante su juego de metalenguaje, no sólo con el lector, sino con la otra caja) y Darío Adanti dan nivelazo. Sin duda, hay una sabiduría en estos autores que ya han pasado por muchas experiencias editoriales que les permite modular sus esfuerzos de la manera más adecuada al proyecto correspondiente. Y en este caso, por ejemplo, la misión no consistía sólo en hacer «una buena historieta» de una extensión determinada, sino una historieta adecuada para un proyecto donde el formato va a tener mucho peso. Los autores que mejor han sabido entender eso son los que han entregado minitebeos más brillantes. Y algunos de los nombres menos conocidos por el público lector de cómics han sabido entenderlo tan bien como los veteranos, de manera que podemos decir que, afortunadamente, Rojo y Verde no van a servir sólo para descubrir que Fontdevila, Entrialgo, Adanti, Alcázar o Martín son grandes autores, cosa que ya sabíamos, gracias, sino que hay gente de talento espectacular que está llegando ya. El material de Rojo y Verde es bueno en una proporción desacostumbrada para lo que suelen ser los proyectos colectivos, y seguro que cada lector encontrará un puñado de favoritos propio. A mí me han gustado mucho (además de los ya mencionados) los minitebeos de Molg H., Nono Kadáver, Ata, Anglada, Godoy, LeRaúl y Jano, pero hay tres perlas por las que merecería la pena toda la inversión: «Español medio», de Nacho García, «Plastelina roja», de Joan Cornellá, y «Patricia Martínez Pujalte. Una persona especial», de Ana Galvañ. Esta última historieta, en concreto, podría ser el manual espiritual de toda la nueva ola, aunque creo que las tres triunfan especialmente en lo que planteaba hace un par de párrafos: la renovación de la vieja ética y estética underground con una sana inyección de modos e intenciones contemporáneos.

Mientras esperamos nuevos colores, Autsaider Cómics ya ha puesto a la venta una obra grande, el Submundo de Kaz, un clásico del cómic de vanguardia norteamericano de los 80, y anuncia ¿Y si nos quitan lo bailao?, de LeRaúl.

Autsaider Cómics
Entrevista con Ata en Entrecomics