lunes, 19 de noviembre de 2012

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 70: LIGA DE LA JUSTICIA DE AMÉRICA


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

LIGA DE LA JUSTICIA DE AMÉRICA

Los amigos de Bruce. Un pandilla de amiguetes que van vestidos con mallas y máscaras y cuando se reúnen se sienten entre iguales, lo cual siempre es un alivio si durante toda la semana te has estado sintiendo excepcional entre los que te rodean. Comentan sus cosillas y salvan el mundo. Mientras otros pescan en la montaña, ellos doblegan a invasores extraterrestres (su auténtica especialidad).

La Liga de la Justicia es el principal grupo de superhéroes de DC. Nació en The Brave & The Bold 28 (1960), y junto a Batman, sus miembros principales han sido Superman, Linterna Verde, Flash, Flecha Verde, Wonder Woman, Aquaman, Hawkman y el Detective Marciano. Sujeta a períodos cíclicos de decaimiento y renovación, en 1997 es el título que mejor se vende de DC. El poderío mítico de los superhéroes que la forman es su mayor baza, aunque la integración de un solitario como Batman en sus filas siempre ha sido un tema delicado a tratar por el guionista de turno, que normalmente ha optado por convertirle en una figura que intimida a sus compañeros con una mezcla de respeto y absoluto pavor. Y eso que, físicamente, es el menos poderoso de todos.

lunes, 12 de noviembre de 2012

LO PEOR HA LLEGADO


Miguel Ángel Martín y Antonio Altarriba, 
en la Alhóndiga de Bilbao, abril de 2011

La Alhóndiga de Bilbao ha suprimido la beca otorgada a autores de cómic que venía concediendo desde hace unos años. Podéis leer más al respecto en Entrecomics.

Hace año y medio escribí un post en Mandorla titulado «Lo mejor está por llegar». En él repasaba brevemente lo que había sido mi presencia en La Alhóndiga en 2011, cuando precisamente participé en el jurado que otorgó la última beca adjudicada, gracias a la cual ahora mismo Josep Domingo está realizando una novela gráfica en Angulema. Lo que me encontré en La Alhóndiga fue un centro cultural moderno y activo, abierto a la sociedad en la que estaba insertado, con actividades culturales y sociales que iban de lo deportivo a lo cinematográfico, pasando, por supuesto, por una fantástica biblioteca. Gracias en gran medida a la labor de Antonio Altarriba, el cómic había encontrado su hueco dentro de ese núcleo de vida social y cultural en el centro de Bilbao. Durante el tiempo que estuve en sus instalaciones, asistí a una charla de Altarriba con Miguel Ángel Martín, participé en otra yo mismo, y junto con los propios Martín y Altarriba, más Pepe Gálvez y Jesús Moreno, seleccioné los que más me gustaron de los trabajos presentados a la beca que finalmente ha recaído en el mencionado Domingo. Al mismo tiempo, se estaba celebrando un taller de cómic dirigido por Toni Guiral, Jesús Redondo y Roberto Bergado. La actividad en torno al cómic era vibrante, pero al contrario de lo que estamos acostumbrados a ver en festivales y eventos especializados, no existía dentro de una burbuja propia, exclusiva para aficionados y especialistas, sino que estaba integrada dentro de la maquinaria más grande de La Alhóndiga, haciendo de esta manera que se filtrase de forma natural a la sociedad en general.

Recuerdo lo mucho que me impresionó la calidad de los trabajos presentados a esta beca. Había decenas de proyectos publicables, algunos propuestos por autores que ya tenían obra en el mercado, pero otros muchos firmados por talentos completamente desconocidos. Y recuerdo el dolor de no poder otorgar quince o veinte becas, y confiar en que, de la misma manera que la existencia de la convocatoria había servido de estímulo a muchos de los candidatos para materializar aquel proyecto que llevaba tanto tiempo dándoles vueltas en la cabeza, el no haberlo conseguido en esta ocasión no les desanimara, haciéndoles desistir de sacar adelante sus cómics. Al fin y al cabo, habría otras oportunidades.

O eso pensé yo entonces.

La beca que concedía La Alhóndiga es una ayuda económica que se complementa con la colaboración establecida con la Cité Internationale de la Bande Dessinée et de l'image, un organismo francés que, entre otras cosas, posee una institución llamada La Maison des Auteurs, sita en Angulema, la capital europea del cómic, y destinada a fomentar la creación de obras nuevas. El ganador de la beca Alhóndiga, pues, recibía su ayuda económica para ingresar en la citada Maison, donde podría desarrollar en condiciones óptimas el proyecto propuesto, hasta convertirlo en un cómic real, final y acabado. Y hasta ahora, los ganadores de la beca Alhóndiga habían cumplido sobradamente con ese mandato. Clara-Tanit Arqué hizo así ¿Quién ama a las fresas?, Lola Lorente, Sangre de mi sangre, Martín Romero, Las fabulosas crónicas del ratón taciturno, Álvaro Ortiz, Cenizas, y Alfonso Zapico, Dublinés, que, con toda la ironía del mundo, acaba de ganar precisamente el premio nacional del cómic. Estoy seguro de que, sin la beca, algunas de estas obras no habrían llegado a publicarse nunca, o estarían aún a estas alturas arrastrándose penosamente por la mitad de su producción mientras su autor intentaba ganarse la vida con algún trabajo alimenticio por el día para pasar las noches dibujando entre cabezadas.

Venimos de una Cultura de la Transición donde el vicio de la subvención sectaria ha extendido una peste sobre la cultura española, y no diré que sin motivo, pero no se me ocurre un proyecto más adecuado y legítimo para estimular la creación que el que suponía esta beca que acaba de suprimirse. En Estados Unidos, un país poco sospechoso de practicar la caridad cultural con sus autores, las becas Xeric, instituidas en 1992 por Peter Laird, uno de los cocreadores de las Tortugas Ninja, han ayudado a decenas de dibujantes a hacer realidad sus proyectos: Adrian Tomine, Jason Lutes, Anders Nilsen, Jeff Lemire, James Sturm o Tom Hart son algunos de los muchos artistas que se han beneficiado de sus posibilidades. Todos han enriquecido la cultura de su país, igual que Clara-Tanit, Lorente, Romero, Ortiz y Zapico habían hecho con la nuestra. Igual que sin duda hará Domingo cuando termine su trabajo. La beca de la Alhóndiga no era sólo entregar dinero a un autor, era ponerle en una situación privilegiada para el aprendizaje en un momento de su vida en que necesita una ayuda que ninguna institución pública o privada española le ofrece. En la Maison des Auteurs se dan cita dibujantes de todo el mundo, cada uno con su propio proyecto, circunstancias, ideas y visiones, y la relación que se establece entre ellos contribuye a ensanchar su visión de una forma inigualable. Cuando estuve en Colombia, la autora norteamericana Sarah Glidden, en la actualidad residente de la Maison, me hablaba de los dibujantes españoles que allí se encuentran. Ese espíritu internacional es algo que necesita desesperadamente nuestro cómic, como el resto del país, por supuesto, cuya mirada tiende repetidamente a rebotar en los Pirineos y volverse siempre hacia dentro.

Es una verdadera desgracia que la Alhóndiga haya decidido eliminar esta beca y, de paso, todas sus actividades relacionadas con el cómic, incluido el taller que impartían Guiral y otros. Desconozco los motivos, pues a la hora de redactar este post no he leído ninguna explicación oficial. Por lo que me han comunicado extraoficialmente algunas personas, no parece que la justificación sea la tan socorrida crisis, sino un cambio de dirección aplicado por la nueva directora, Lourdes Fernández. Desconozco a qué motivo se debe, pero no sólo como participante del jurado que otorgó la última beca, sino como persona que se siente vinculada al cómic español, creo que es una fatalidad para nuestra historieta que se pierda esta oportunidad excepcional. El año pasado escribí con optimismo que «lo mejor está por llegar» porque las actividades de la Alhóndiga presagiaban una dinámica muy fructífera para el cómic, y sobre todo la posibilidad de consolidar una trayectoria que, con el tiempo, produjera efectos positivos sobre nuestro panorama cultural. Ahora me encuentro con que lo peor ha llegado. Sin saber el motivo, todos esos esfuerzos, proyectos e ilusiones quedan desmovilizados, quizás en el momento en que más necesitaban un punto de apoyo para salir de la depresión que nos somete.

Sé que entre los profesionales del cómic la noticia ha causado consternación, y que hay personas que están trabajando para expresarla. Si se redacta alguna carta o comunicado colectivo al respecto, lo publicaré aquí para el conocimiento y la adhesión de quien esté interesado.

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 69: LESLIE THOMPKINS


LESLIE THOMPKINS

Si en algunas interpretaciones del origen de Batman Alfred sustituye al padre perdido de manera violenta, entonces Leslie Thompkins desempeña la función de figura maternal sustituta. Presentada en la mítica “There Is No Hope In Crime Alley” (Detective 457, 1976), Leslie es una madre Teresa para el Callejón del Crimen, el peor barrio de Gotham y donde fueron asesinados los Wayne. “Leslie -revela Denny O’Neil, su creador- está inspirada en Dorothy Day, la fundadora o co-fundadora de Catholic Worker -una mujer bellísima y escritora de éxito- que lo abandonó todo para irse a vivir al Bowery.” La Dra. Thompkins acogió al niño Bruce y trató de consolarle con la tragedia aún reciente. Batman tiene una cita ineludible con el Callejón del Crimen en cada aniversario de la muerte de sus padres, y aprovecha la ocasión para visitar a Leslie. El personaje caló en el mito y ha sido utilizado posteriormente por distintos guionistas, casi siempre con el mismo papel de mujer santa que lucha pacíficamente contra la violencia de la gran ciudad. En la adaptación del Callejón del Crimen realizada por la serie de animación también aparecía Leslie Thompkins.

domingo, 11 de noviembre de 2012

BROOKLYN


Ayer mi señora y yo nos subimos al coche, hicimos tres horas y media de carretera, y nos plantamos en el Brooklyn Comics and Graphics Festival que se celebra en Williamsburg, el barrio bohemio del vecindario. No me encontré ningún efecto catastrófico de Sandy por el camino, pero sí restos de una nevada reciente. Nada de lo que asustarse: aunque nublado, hizo un día espléndido para pasarlo en Nueva York, rodeado de cómics y de las gentes que los hacen.

Organizado por la librería especializada Desert Island, por el crítico de cómics Bill Kartalopoulos, y por la editorial Picturebox, el BCGF se celebra en la iglesia de Nuestra Señora del Monte Carmelo, junto a la Avenida Meeker, que está cubierta por un viaducto debajo del cual se siente uno como en un decorado de French Connection. El escenario del evento es peculiar, porque mientras parte de las instalaciones del recinto están cedidas a los tebeos, al lado se está celebrando un funeral. Todo contribuye a ese sentido de la comunidad que es tan propio de este país. El hecho de que una de las dos salas ocupadas por los expositores fuera un gimnasio con canastas de baloncesto y marcador colgado de las paredes contribuía aún más a darle a todo la apariencia de una reunión de vecinos aprovechando que el sábado el instituto está libre. El espíritu del yard sale, casi.



Digo esto para subrayar que el BCGF tiene un ambiente muy informal y espontáneo, casi familiar, y que a su lado incluso un festival pequeño como SPX parece agigantarse. Pero que nadie piense que eso significa que el BCGF tiene escaso interés profesional o es de corto alcance. La mezcla de autores de minicómics en las mesas y de autores consagrados en sesiones de firmas o charlas es de primer nivel, gracias sin duda a que la localización del festival le permite contar con la presencia oficial u oficiosa de muchos grandes nombres que viven en Nueva York y sus proximidades. Por allí circulaban Art Spiegelman, Chris Ware, Richard McGuire, David Mazzucchelli, Ben Katchor, Adrian Tomine, Anders Nilsen, Charles Burns o Josh Simmons, entre otros, junto a muchísimos de los autores que más me interesan del nuevo cómic americano: Pat Aulisio, Tom Kaczynski, Malachi Ward, Ben Marra, Tim Hensley, Lale Westvind, Box Brown, Gabrielle Bell, Julia Wertz, William Cardini y un montón más. Además, el BCGF tiene vocación internacional, y contaba con invitados europeos, como los franceses Rupert y Mulot (que presentaban su primer libro en inglés), sus compatriotas Nine Antico y Blexbolex (Nobrow volvía a tener una de las mesas más asediadas del recinto, como en SPX) o el belga Olivier Schrauwen, que además de tener publicado en Estados Unidos su magnífico El hombre que se dejó crecer la barba, también tenía a la venta un curioso folletito sobre abducciones publicado por Desert Island.

El evento dura sólo un día de 12 a 7, y la entrada es gratuita, de modo que la energía se concentra y no da tiempo a que llegue el cansancio y la saturación, como suele ocurrir en otros festivales que ocupan el fin de semana entero. Hay una programación de charlas en la legendaria Knitting Factory, a la que no pude acudir, pero que tenía una pinta espectacular, empezando por una mesa redonda con Ware, McGuire y Spiegelman moderada por el propio Kartalopoulos. Por la tarde, las salas estaban tan llenas que casi no se podía caminar, hacía un calor impropio de la época y se producían aglomeraciones en algunos pasillos. Es una sensación que en España no tenía desde los tiempos del Salón del Cómic de Barcelona en la Estación de Francia. A lo largo de los días anteriores y posteriores hay otra cantidad de actividades relacionadas en diversas ubicaciones de la ciudad.


Como ya os podéis imaginar, me llevé de allí un buen cerro de cómics de todas las formas y colores. A pesar de la energía furiosamente juvenil que desprendía el evento, dos de las novedades que más entusiasmo me producen no eran precisamente obra de chavales. Una de ellas es un gran folleto en forma de periódico en el que Picturebox ha recuperado historietas del artista Michael McMillan, ya casi octogenario. La otra es la monumental reedición que ha hecho Fantagraphics de Spacehawk, una serie de ciencia-ficción y aventuras de Basil Wolverton publicada originalmente a principios de los años cuarenta. Desde luego, en aquel contexto resultaba mucho más adecuado Spacehawk que un nuevo tomo de Príncipe Valiente o de los patos de Carl Barks. Con su desaforada imaginación y su rotunda hiperseriedad, casi involuntariamente irónica, Basil Wolverton parecía presentarse como el abuelo olvidado de tantos jóvenes primitivos cósmicos que poblaban la sala.

Acudir a un festival como el BCGF es algo más que recolectar cómics por las mesas. Es entrar en contacto con la realidad del cómic de autor contemporáneo, capaz de generar la energía suficiente como para sostener este invento por sí mismo, sin la respiración artificial de asumir un papel subalterno a los videojuegos, el cine y la televisión, y aún más, entrar en contacto con las personas que lo hacen, todas sin exclusión amables y simpáticas hasta lo irreal. Tengo la impresión, además, de que esas personas son muy trabajadoras. Lale Westvind había dejado su empleo para dedicarse en exclusiva durante dos meses a terminar su nuevo Hyperspeed to Nowhere, y Box Brown buscaba mesa de dibujo nueva después de haber roto la última  de tanto dibujar (sí, yo también le pregunté cómo era posible eso, y la explicación es que dibuja de pie y se apoya en el tablero). Para mí, esta gente es una inspiración.

Tom Spurgeon también estuvo allí, y lo cuenta en The Comics Reporter, con una visión más de insider que la mía.

martes, 6 de noviembre de 2012

JACK KIRBY ANUNCIA LA NOVELA GRÁFICA EN 1969

Diez años antes que Will Eisner, veinte años que Art Spiegelman, treinta años antes que Joe Sacco, Kirby ya lo tenía todo en la cabeza. Otra de las joyitas sembradas en el libro Marvel Comics. The Untold Story, de Sean Howe, es la escena en la que Kirby se dirige a un grupo de aficionados que asistían a una convención a finales de los sesenta: «Pensáis en los cómics en términos de lo que son los comic books, pero os equivocáis. Creo que deberíais pensar en los cómics y pensar en las drogas, en la guerra, en el periodismo, en las ventas, en la economía. Y si tenéis un punto de vista sobre las drogas, o si tenéis un punto de vista sobre la guerra, o si tenéis un punto de vista sobre la economía, creo que podéis contarlo de forma más eficaz con un cómic que con palabras. Creo que nadie está haciendo eso. El cómic es periodismo. Pero ahora mismo está limitado al culebrón».

El momento era crucial para Kirby, por supuesto. En 1969 tenía 52 años, llevaba diez dedicado en cuerpo y alma a levantar la Era Marvel de los cómics, la explosión de fuerza creativa sobre cuya estela todavía vive el cómic industrial norteamericano cincuenta años después de su inicio, y Kirby, insatisfecho con los réditos obtenidos por su trabajo en Marvel durante todo ese tiempo, y en un momento de su vida en el que cada vez era más urgente la preocupación por su futuro y por el de su familia, se planteaba maneras de romper las barreras invisibles que habían atenazado su arte y sus expectativas profesionales durante toda su carrera.

No era el único, por supuesto. Stan Lee, con quien ya no tenía relación directa desde que Kirby se había mudado a California, había pasado gran parte de esa misma década promocionando la imagen de los cómics de superhéroes de Marvel en las universidades, había hecho un esfuerzo (fracasado) por alcanzar otras cotas con Silver Surfer (dibujada por John Buscema) y había hecho todo lo posible por mejorar el reconocimiento del cómic ante la sociedad en general, pero, después de todo, se había dado de bruces con la misma pared: «¡No entiendo a la gente que lee cómics! -le decía al cineasta Alain Resnais ese mismo año de 1969, en otra cita que aparece en el libro de Howe-. Si yo tuviera tiempo para hacerlo y no me dedicara a esto, no los leería». Y Lee se planteaba escribir teatro, cine, poesía o, en el campo del cómic, abrirse a cuestiones políticas alejadas de su célebre universo de superhéroes.

El problema no era simplemente un problema personal de dos profesionales veteranos que se encontraban en crisis al descubrir en la madurez que el campo al que habían dedicado su vida ofrecía nulo reconocimiento personal, escasas recompensas económicas y ninguna seguridad financiera. El problema era de la industria entera, que veía cómo las ventas disminuían constantemente y cómo su producto estaba atrapado en una inercia autodevaluativa en la que se había definido como un artículo sin valor -no sólo cultural, sino también económico- de la que no podía escapar, una inercia que la estaba destruyendo desde dentro y que nadie sabía cómo detener. DC sólo veía una salida: aumentar el precio de los cómics, y hacerlos así más rentables. Pero era difícil aumentar el precio de un artículo cuyo valor se percibía como «producto basura», como un panfleto desechable y de baja calidad. A pesar de eso, lo intentó aumentando las páginas con reediciones de su vasto fondo editorial (por las cuales no tenía que pagar royalties). Cuando Kirby empezó a trabajar para DC en 1971, el número 1 de New Gods costaba 15 centavos. El cuatro dio el salto fatídico a 25 centavos.

Kirby veía otra manera de romper esa dinámica, dándole otro valor al contenido y comercializándolo de una forma adecuada a ese valor. En una entrevista conjunta con Carmine Infantino (director editorial de DC en aquel momento) en 1971, Kirby mostraba su inmarcesible entusiasmo por el futuro: «Los cómics están en transición, por lo que yo puedo ver. Creo que éste es el momento más interesante que ha habido para los cómics». ¿Y cómo no iba a pensarlo? Estaban apareciendo comix underground que avisaban por vez primera de que había un público exclusivamente adulto para el cómic, y de que había otra forma de hacer las cosas y de venderlas. Según cuenta Mark Evanier (colaborador de Kirby en la época), la revista satírica National Lampoon inspiró al Rey de los Cómics a plantearse formas de llegar a otro público con otro tipo de cómics. Jack Kirby concibió un cambio de formato: revistas de cómic de lujo para adultos. Evanier cuenta: «Las revistas que Jack propuso -lo veía como una línea entera- serían caras de producir, y el editor tendría que estar dispuesto a hacer una buena inversión. Probablemente perderían dinero el primer y segundo años. La idea era atraer a un nuevo público, no sólo a la gente que compraba Superman y Batman. Los kioscos tardarían un tiempo en decidir dónde tenían que poner esas revistas nuevas, y el nuevo público tardaría aún más tiempo en descubrirlas». Según Evanier, los temas que quería tratar Kirby eran «los que preocupaban a los universitarios del momento: la guerra del Vietnam. La ecología. La política. Hablamos -y éste era el proyecto que más me interesaba- de ir más allá de los cómics románticos, y llegar a los cómics de relaciones, con historias sobre las formas cambiantes en que los hombres y las mujeres se relacionaban unos con otros». En la entrevista que he mencionado antes, Kirby en persona responde a la pregunta de si busca el mercado de los lectores adultos: «Busco un mercado universal. Será racional para los adultos y emocionante para los niños. En otras palabras, si lo coge un adulto y lo analiza como debe un adulto, lo encontrará interesante, mientras que un niño tendrá los trajes, la acción, la atmósfera extraña que creo que todo cómic necesita. La fantasía es interesante porque es una proyección, una versión idealizada de todo lo que vemos y oímos».

Kirby y otros dibujantes visionarios (como Gil Kane con su Blackmark, que se había publicado ese mismo año en formato de novela de bolsillo, después de que ya intentara en 1968 otro experimento con el formato y el contenido para llegar a adultos en His Name is... Savage!) tenían la visión, pero la industria, que era la que ponía el dinero, tenía el miedo y la costumbre de agarrarse a lo que percibía como lo más seguro para el presente, y no invertir en los activos que podrían salvar el futuro. Así que de la fabulosa línea de revistas de lujo para adultos que Kirby concibió, finalmente sólo quedaron dos muestras, dos rarezas que en su día casi nadie llegó a ver debido a la mala distribución, y que ni siquiera aparecieron bajo el sello de DC Comics, sino bajo el nombre de una empresa inventada, Hampshire Distribution Ltd. El proyecto de futuro para cambiar el cómic de arriba abajo había acabado como un aborto vergonzoso.


In The Days of the Mob y Spirit World fueron las dos revistas en blanco y negro, producidas casi en exclusiva por Kirby, con ayuda de su reducido equipo (y con la portada de la segunda redibujada por Neal Adams) que aparecieron en otoño de 1971. Aunque para la mayoría del público contemporáneo Kirby sea básicamente el hombre que hacía superhéroes, lo cierto es que sus intereses siempre fueron mucho más amplios. Aquí ya hemos hablado de cómo inventó el género romántico junto a Joe Simon, o de cómo practicó con gusto y brillantez el género negro durante los 50. El impulso de Kirby por buscar nuevas fronteras continuó incluso después del alumbramiento de la era Marvel. El propio Kirby nunca consideró a Thor un superhéroe, sino una fantasía mitológica, y en el mismo sentido muchos de los conceptos que desarrolló para DC durante los setenta son limítrofes entre los superhéroes y otros géneros: New Gods y todo el Cuarto Mundo es una continuación de la mitología cósmica de Thor, Kamandi abraza el relato postapocalíptico a lo El planeta de los simios, Demon bordea el terror, OMAC es pura ciencia-ficción.


In The Days of the Mob es, por supuesto, un retorno al popular género negro de los 50, pero esta vez teñido de la brutalidad y el verismo de El Padrino de Mario Puzo, que casualmente había sido vecino del Marvel Bullpen durante el período de esplendor de éste, pues era uno de los editores de revistas de Martin Goodman, propietario de Marvel. Aunque la película no se estrenaría hasta 1973, la novela había causado un gran impacto desde su aparición en 1969, y sin duda Kirby anticipaba que éste sería duradero y que los cómics podrían beneficiarse de esa tendencia para llegar al lector adulto, si sabían explotarla.


Hay muchos puntos de conexión obvios entre In The Days of the Mob y las historietas de Simon y Kirby para Justice Traps the Guilty y otros de sus viejos éxitos en este género, pero quizás la mayor diferencia esté en la descarnada violencia y la sórdida brutalidad de esta nueva revista en blanco y negro. Con el tiempo, experimento cada vez más un fenómeno curioso cuando reviso los cómics de Kirby, especialmente los de finales de los sesenta y los setenta, los que podríamos llamar de su último estilo. En ellos reconozco una forma de hacer esencialmente infantil, es decir, enfocada a un sensacionalismo atractivo para el público juvenil, pero al mismo tiempo veo cada vez más recovecos y sombras extrañas que hacen que ese mismo estilo me parezca extraordinariamente adecuado y sugerente para contar una historia adulta. Sea como fuera, dobles páginas como las dos que reproduzco a continuación no sólo parece que rimaran entre sí, regulando con una extraña métrica la distancia entre una historia y otra de In The Days of the Mob, sino que también son un eco macabro del estilo grandioso y espectacular que practicaría Kirby durante toda esa década.



Pero si In The Day of the Mob es una curiosidad, Spirit World es una verdadera rareza. Dedicado a un tema muy de moda entonces, el espiritismo y el esoterismo, tiene un host al estilo de los clásicos cómics de los 50 de EC, aunque actualizado a los tiempos, ya que se trata de un fornido personaje vestido con traje, que luce barba y gafas y se presenta así: «¡Soy el doctor E. Leopold Maas! ¡¡Mi campo de interés es el joven pero en rápido crecimiento terreno de la investigación racional conocido como la parapsicología!! ¡¡Básicamente, intento separar al demonio del subconsciente!!» Ah, parapsicología, esa palabra me suena a infancia, como «amnistía» y «Emmanuelle». Las historias de Spirit World (que, por cierto, van en un áspero bitono azul) cubren, con voz testimonial en primera persona, los siguientes temas: precognición (una historia que recuerda mucho a La zona muerta, aunque es ocho años anterior al libro de Stephen King), la casa encantada, la reencarnación y Nostradamus. Atención a la doble página que se encuentra uno nada más abrir la revista:


Sí, en Spirit World, Kirby practica también la fotonovela, con lo cual el artefacto se vuelve aún más peculiar y acaba pareciendo el prototipo kirbyano de lo que unos años más tarde haría Robert Crumb con Weirdo. En realidad, esta fotonovela de Kirby, titulada como si fuera una canción de Tyrannosaurus Rex, «Children of the Flaming Wheel», está sólo un paso más allá de los experimentos con collages que venía practicando en Los Cuatro Fantásticos desde hacía unos años:


Por supuesto que da la sensación de que el bueno de Kirby no sólo se está agarrando a la corriente de lo parapsicológico para vender su revista, sino que también está practicando una sana exploitation, ¿o será sólo el estilo de la época, casi invisible entonces, a pesar de lo obvio que nos resulte ahora? En el caso de reencarnación, protagonizado por una moderna chica norteamericana que es poseída por los recuerdos de Miranda Velaqueza, una bruja incinerada por la inquisición en Lorca en 1510, Kirby se recrea como nunca en las rotundas carnes de la torturada protagonista.


Sea como sea, el astuto lector ya se habrá imaginado que estos cómics de Kirby son la monda, como casi todo lo que hizo. Lo interesante es que, después de cuarenta años sumidos en el más absoluto olvido, DC por fin se ha acordado de Spirit World, que reeditó en un bonito libro en tapa dura publicado hace unos meses:


El nuevo volumen incluye, de propina, cuatro historietas que Kirby dibujó para el número siguiente y que, al no publicarse nunca la continuación de In the Day of the Mob ni de Spirit World, DC acabó distribuyendo por sus colecciones de horror típicas. Y también lleva el texto de Mark Evanier del que he extraído citas e información en este post. Por lo demás, es una reedición muy fiel, en la que las diferencias son significativas, como siempre. Por ejemplo: en la portada de la edición original se destacaba que la revista incluía «¡un póster gigante del mundo de lo oculto!», y ahora, sin embargo, se destacan sólo dos palabras que se omitían entonces: JACK KIRBY. También, por supuesto, el sello de «Hampshire Dist. Ltd.» ha sido sustituido por el de una orgullosa (por fin) DC. Pero además, el formato... el formato es tan diferente, claro...


El formato permite que el nombre de JACK KIRBY que antes no aparecía por ningún lado, ahora aparezca incluso en el lomo que antes no existía. El formato permite que ahora Spirit World se venda incluso en librerías generales, al lado de El Padrino de Mario Puzo, por ejemplo, y que la gente sepa que tiene un autor, que es JACK KIRBY. Y si tiene un autor, tiene royalties, y eso es seguridad para su familia. Y supongo que Kirby murió tranquilo porque, gracias a sus indiscutibles y enormes poderes psíquicos, él vio el futuro, más allá incluso de lo que pudo verlo la mujer que aúlla enloquecida en la primera historieta de Spirit World, y supo que algún día habría toda una línea de cómics para lectores adultos, y que ese día Spirit World encontraría su público.

[La entrevista con Carmine Infantino y Jack Kirby en 1971 de la que he extraído declaraciones en este post está reproducida en Comic Book Artist #1, primavera de 1998].

MÁS KIRBY EN MANDORLA:
Los crímenes de Kirby.
Jack Kirby.

lunes, 5 de noviembre de 2012

LO NEGRO ES BLANCO

Estos días que ando enfrascado en Marvel Comics. The Untold Story (Harper Collins, 2012), de Sean Howe, me voy encontrando con toda clase de detalles curiosos sobre la historia de la editorial cuyos cómics traduzco. Hace poco leía, por ejemplo, que cuando Stan Lee y Jack Kirby presentaron al soldado negro Gabe Jones como miembro de los Comandos Aulladores del Sargento Furia, en la imprenta lo colorearon como si fuera blanco, provocando así la protesta de los autores. Estamos hablando de 1963, que cada uno considere si le parece que fue hace mucho o hace muy poco. Pero el episodio me ha traído a la cabeza un recuerdo de la infancia relacionado con uno de mis héroes favoritos de la niñez, y el icono supremo del superheroísmo negro: Pantera Negra, por supuesto.

El episodio tiene lugar más tarde, en 1976 y 1977, fechas en las que Vértice publica en España la espléndida saga «La furia de la Pantera», dentro de la colección Super Héroes, volumen 2. En aquella época, Vértice publicaba el interior de sus cómics en blanco y negro, de manera que la única referencia de color que teníamos los lectores estaba en las portadas, que no eran las originales, sino versiones redibujadas específicamente para la editorial española, con frecuencia a partir de las portadas originales de Marvel. Véanse dos ejemplos comparativos entre la portada original americana y la portada de Vértice.





La diferencia de color es significativa, ¿verdad? ¡En la edición española, Pantera Negra lleva las botas y los guantes grises, y no azules oscuros, como en el original! Ah, bueno, sí, y además, la piel que revela su desgarrado uniforme es blanca, eso también. No sólo T'Challa, el orgulloso soberano del país africano de Wakanda, se ha vuelto milagrosamente blanco, sino que incluso su enemigo, el feroz Killmonger, también se ha aclarado. En su caso, incluso cubre su cuerpo con un mono de color que parece diseñado para sembrar más confusión sobre su raza.

Desde luego, si de sembrar confusión se trataba, el éxito de estas portadas sobre mi ignorante psique infantil fue absoluto. El Pantera Negra africano que aparecía en el interior de los tebeos parecía negro, pero desde luego el color de su piel no estaba representado en las viñetas, y la única pista que me daba la portada me decía que era del mismo tono que la mía. Tampoco es que los niños españoles de los setenta tuviéramos mucha experiencia con la pluralidad étnica: en aquella época, España era indisolublemente monorracial. También, por lo que oía yo entonces, era un país donde «no se conocía el racismo». Otros defectos tendríamos, pero ése no. Ahora que vivo en una ciudad con más de un 60% de población afroamericana, recuerdo aquellas portadas de Vértice y me río. Que me acuerde de todo esto cuando Estados Unidos está a punto de reelegir a un presidente negro sólo puede ser casualidad, también.

NOTA 1: Recomiendo encarecidamente a quien esté interesado en los superhéroes negros la lectura del ensayo Black Superpower, de Daniel Ausente, que forma parte de la Black Pulp Box publicada en 2012 por Aristas Martínez.
NOTA 2: Revisando la colección Super Héroes, V2, de Vértice, para este post, alucino con cómo seguíamos las series por entonces. «La furia de la Pantera», por ejemplo, aparece por vez primera en el nº 34 (1975), luego salta al 39, y finalmente acaba ¡en el 78 y 79 (1977)! Entre medias, montones de episodios de Marvel Team-Up, Marvel Two-In-One, Motorista Fantasma, Champions, Skull y Super-Villain Team-Up. ¡Cada número, una sorpresa!
NOTA 3: Los cambios de color de la piel de T'Challa y Killmonger no son las únicas desviaciones del patrón cromático original de Marvel que practicó Vértice en sus portadas. Algún día tengo que escribir sobre esas variantes, que llevaban a personajes como el Doctor Muerte del verde y gris al rojo, azul y dorado, por ejemplo.
ATRIBUCIONES: Las imágenes de las portadas de Marvel está sacadas de la GCD, las de las portadas de Vértice, de universomarvel.

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 68: KILLER CROC


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

KILLER CROC

Aunque a simple vista parezca un simple calco del Lagarto, un enemigo de Spider-Man, Killer Croc merecía haber llegado a más en el escalafón de villanos de Batman. Su irrupción, en Batman 357 (1983) se planteaba como una muy necesaria inyección de sangre fresca que espabilara a los ya algo ajados enemigos de siempre. Así llegaba a Gotham este hombre-cocodrilo, un auténtico freak de feria que aspiraba a convertirse en capo mafioso y que vería frustrarse sus planes una y otra vez, empequeñeciéndose progresivamente su antaño imponente figura con cada nuevo tropiezo. Adaptado a los dibujos animados sin demasiado respeto aunque con un elegante diseño, en Killer Croc cada vez pesa más la naturaleza animal y menos la parte humana y criminal, en una clara evolución hacia el ideal de “monstruo incomprendido”. Su mejor historia probablemente sea la narrada por Doug Moench y Kelley Jones en Batman 521-522 (1995), donde con la ayuda de la Cosa del Pantano intenta recuperar sus raíces.

jueves, 1 de noviembre de 2012

REPRODUCCIÓN POR MITOSIS

SHINTARO KAGO
“Reproducción por mitosis”
EDT

MANGA ADULTO Lo primero que piensa uno al leer Reproducción por mitosis, del japonés Shintaro Kago, es que no hay nada parecido en el mundo entero. Pero no, resulta que existe toda una corriente llamada ero-guro que engloba a practicantes de la ficción erótica, escatológica y morbosa, alguno de cuyos mejores representantes, como Suehiro Maruo, es bien conocido en España. Lo singular de Kago es que en sus páginas no sólo hay un baño de fetichismo untado en mierda, sino que hay una complejísima reflexión sobre los mecanismos formales y ontológicos de la historieta. O sea: el acto orgánico de la creación material, y sus residuos -fluidos seminales o excrementos que abandonan nuestro cuerpo, o se niegan a hacerlo- es una alegoría del acto espiritual de la creación narrativa, y sus residuos: viñetas y dibujos que a veces se niegan a abandonar nuestra imaginación. Suena sofisticado, y lo es, pero también es muy divertido, porque Kago es un gran humorista, capaz de hacerte reír de puro asco.

Reseña publicada en Rockdelux #310 (octubre de 2012).