lunes, 13 de agosto de 2012

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 56: DOCTOR TZIN-TZIN


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

DOCTOR TZIN-TZIN

Durante los 70, a Batman le salieron enemigos exóticos de físico oriental a diestro y siniestro (el Sensei de la Liga de los Asesinos, Ra’s al Ghul), y el Dr. Tzin-Tzin fue otro más de esa vena. Concebido en Detective 354 (1966), pertenecía a una mafia china y aparentaba poseer poderes mágicos cuando en realidad sólo era un excepcional ilusionista. Tuvo su momento de inspiración en “The House that Haunted Batman!” (Detective 408, 1971), una historia de Len Wein y Marv Wolfman dibujada a lo grande por Neal Adams.

miércoles, 8 de agosto de 2012

EL OJO Y LA MUERTE



MAX 1990-2010 

EL OJO Y LA MUERTE

El bosque oscuro 

Bajo la mirada moderna, que se desliza a los rincones, lo que más llama la atención del grabado de Durero El caballero, la muerte y el diablo es el perro. De arriba abajo, hay un magnífico castillo, una cárcava tétrica, y luego tres figuras llamativas: la muerte con su reloj de arena en la mano, el diablo grotesco y peludo, y el caballero perfilado y seguro en su paso. Bajo el caballo, una calavera y una salamandra parecen símbolos demasiado obvios incluso para un contemporáneo lego en iconografía medieval. La primera insiste en el tema morboso, la segunda es recurrente en significados esotéricos, sean esos cuales sean.

Pero, ¿y el perro? 

Sobre ese perro aparentemente desubicado construye Marco Denevi su cuento de 1966 titulado, apropiadamente, «Un perro en el grabado de Durero titulado “El caballero, la muerte y el diablo”», y sobre ese relato construye Max en 2006 una de sus pequeñas grandes obras maestras, las ilustraciones publicadas en un exquisito cuadernillo por Media Vaca con el añadido, no lo olvidemos, de una reinterpretación de la imagen original de Durero a cargo del barcelonés. 

El perro tiene, nos parece, algo cómico y hasta insolente, como si rebajara un poco la gravedad de la reflexión sobre la fugacidad de la vida que se nos ofrece en estas postrimerías del Medievo y albores del humanismo. No es algo tan raro: en muchas imágenes sacras, un can no canónico irrumpe en medio de una escena solemne, quizás por capricho del vuelo de la imaginación del pintor, y de pronto todo lo santo se hace profano. Como un lastre de carne y hueso, el chucho impide que levitemos con un exceso de pompa. En la versión del grabado que hace Max, el perro es verde como la esperanza (o como los perros verdes), y falta el caballero. Y ese perro perdido entre las patas de los mayores me recuerda, no sé por qué, al cómic perdido entre las patas de las artes mayores, que solemnes, ceremoniosas y envejecidas acaparan desesperadas toda la escena, sospechando que es el perro que corretea entre sus patas el que atrae inevitablemente nuestra atención. 

Claro que en la versión de Max todos son esqueletos, así que saque usted sus propias conclusiones. 

Imaginemos por un momento que el caballero es el propio Max. Que se haya descabalgado nos parece normal, entonces, porque él hace mucho que echó pie a tierra para moverse con más libertad entre las patas del Gran Arte. Este Max ha sido siempre un Caballero Errante, y como en los cuentos, ésa ha sido su bendición y ésa ha sido su maldición. Max ha tendido a perderse en el bosque, porque el bosque le produce un vértigo irresistible, y a atravesarlo sin saber cuándo llegaría al siguiente claro. Y en cuanto llegaba al claro -porque al final siempre hay un claro, aunque la espesura sea infinita-, buscaba otro bosque donde perderse. 

En los noventa, el bosque del cómic español estaba muy negro. El impulso del boom del cómic de los ochenta, en todas sus corrientes -la underground abanderada por El Víbora; las de vocación más comercial, basadas en la ciencia-ficción y el erotismo, y la llamada «nueva línea clara»- se había extinguido, y muchos de los compañeros de viaje generacional de Max parecían haber agotado sus energías. ¿Podía esfumarse antes de los cuarenta la generación más prometedora del cómic español de la democracia? En esta encrucijada, Max hizo lo que hace en todas: cambiar de rumbo. Abandonó la rutina de los personajes seriados, abandonó el paraguas de La Cúpula y se lanzó a la autoedición en busca de una expresión verdaderamente adulta y desligada de los tópicos comerciales del cómic juvenil. No había otra manera de responder al desafío que lanzaba sobre nuestras conciencias la guerra de los Balcanes, una guerra que se estaba produciendo aquí mismo, en Europa, mientras nosotros celebrábamos la Olimpíada de Barcelona. Para expresar esa ruptura de conciencia, Max buscó también una ruptura gráfica: con «Nosotros somos los muertos» nacía una línea de reflexión visual que no sólo mostraba una indudable gravedad, sino también la superación de la fase impresionable del autor, donde las influencias de diversos artistas (Crumb, Chaland, Ever Meulen) se habían traducido en deslumbramientos. Este nuevo Max era raro, era áspero, era rugoso, pero era más Max que nunca. Y nosotros, los muertos, éramos casualmente perros sin conciencia, es decir, sin ojos para ver las atrocidades que nos enseñaba la pantalla de televisión. 

De aquella historieta también nacía una revista homónima donde Max se rearmaría como historietista acompañándose de lo mejor del cómic de vanguardia internacional, al que puso en contacto con los jóvenes valores del nuevo tebeo español y con aquellos de su propia generación que decidieron que no querían seguir perdidos. Con Nosotros somos los muertos, Max, acompañado de Pere Joan y de Álex Fito, escribió el prólogo de la novela gráfica contemporánea en España. 

Escribir era precisamente, en aquel momento, un problema acuciante para Max. A mediados de los 90 publica dos de sus libros fundamentales, Órficas y Monólogo y alucinación del gigante blanco -un trabajo de mitología clásica y otro de mitología íntima- donde realiza el exorcismo de la palabra. Max se demuestra que además de ilustrador, es escritor. Y con ese conocimiento a las espaldas, decide agotar el poder de la palabra con dos grandes proyectos de cómic, uno frustrado y el otro frustrante: El mapa de la oscuridad y El prolongado sueño del Señor T. El primero es el embrión de una gran novela gráfica que quedará inconclusa tras un arduo trabajo preparatorio. El segundo es un brillante despliegue de simbolismo visual que finalmente se queda corto por un solo motivo: le pesa demasiado la palabra. Ambos pecan del mismo defecto: tienen guión. 

Max, perplejo, descubre que, ahora que ya es escritor, ha dejado de ser historietista, y no sabe muy bien cómo. Afortunadamente, hemos llegado a otra encrucijada. 

El giro visual 

Mientras los intelectuales de la imagen discuten el «giro visual» que anuncian a mediados de los 90 W. J. T. Mitchell con su «pictorial turn» y Gottfried Boehm con su «iconic turn», Max llega a conclusiones parecidas por cauces artísticos aproximadamente al mismo tiempo. En las discusiones teóricas de los últimos años, el «giro visual» vendría a sustituir al «giro lingüístico». La imagen alcanza una centralidad antes reservada a la palabra. La filosofía ya no es patrimonio exclusivo del logos. La relación entre lenguaje e imágenes se convierte en una cuestión crucial. 

Bardín el Superrealista demuestra de forma práctica que el poder de las imágenes no es simplemente poético, sino epistemológico: la imagen no es sólo un medio de representación, es ante todo un sistema de conocimiento con su propia lógica, un sistema de conocimiento que no necesita en modo alguno depender de la palabra. La epifanía resulta decisiva para Max, pues rompe un espejismo provocado por la aparente naturaleza híbrida del cómic (palabra/imagen) y por la insistencia de algunos teóricos precipitados pero influyentes en su valor eminentemente narrativo: resulta que Max descubre que no es realmente un historietista y tampoco es realmente un narrador. Es, ante todo, un dibujante, y por tanto trata temas, no argumentos; maneja iconos, no personajes.

Por eso Max es el único historietista capaz de hacer cómic a partir de la filosofía, en la colección donde dibuja el pensamiento de Deleuze o Arendt sobre textos de Maite Larrauri. De un concepto, nace una secuencia de viñetas, y el discurso no verbal que éstas elaboran no es tanto ilustrativo como complementario (o alternativo) del texto de partida. Por eso, también, es capaz de hacer filosofía dibujada cuando cumple con escrupulosa profesionalidad (porque estamos hablando de un artista contemporáneo con la profesionalidad de un artesano medieval) con cada ilustración semanal para el suplemento Babelia. Su Dios monocular y de testa geométrica se muestra atónito ante el embrollo del cuento que él mismo se inventa, su lector cautivo se ve condenado a la lectura perpetua y silenciosa, ha caído bajo el despótico imperio de las palabras. 

Desde su nombramiento como dibujante, sobre la obra de Max reina el Ojo, que es el soberano de la ínsula del dibujo. El ojo se conecta con Bardín a través del Perro Andaluz, que le otorga los poderes surrealistas de Luis Buñuel y Dalí. Al recibir esos poderes, Bardín obtiene una clarividencia total, casi una extensión a la máxima potencia del método paranoico-crítico, que aplica en primer lugar sobre sí mismo. Lo que descubre es, para su pesar, que porta tres tumores en su interior. La sabiduría no ofrece consuelo, o como dijo Foucault al hablar del Panóptico: «La visibilidad es una trampa». 

Tras el susto, el respiro. Ninguno de los tumores es una amenaza urgente para Bardín. Como al caballero de Durero, todavía le queda una cierta cantidad de arena por caer en el reloj. 

Sin embargo, aquí se revela el tema que, disfrazado o a calavera descubierta, atraviesa toda la producción de Max en el último decenio: la muerte. Con la muerte ya había coqueteado en la juventud (La muerte húmeda, 1986, acumula varios ejemplos de su gusto por el motivo), pero ahora la toma con mayor gravedad. Medita sobre ella mirando al pasado, como en la evocación de la Danza de la Muerte medieval en la que sumerge a Bardín y a todo un tropel de dibujantes mundiales, y redescubre a través de esa vieja tradición una querencia por los pintores del norte de Europa del XVI. No sólo el ya mencionado Durero, sino también el Bruegel de El triunfo de la muerte, o el Bosco de Cristo portando la cruz que le sirve de modelo para Santa City, la portada del New Yorker, y del que extrae una gota de esencia del Jardín de las Delicias para Babelia. Hay en Max una contradicción eterna entre su impulso rabiosamente futurista y su casi perversa fascinación por lo primitivo. Digo casi perversa porque a este escéptico convencido le pierde la vieja religión, las historias de santos mártires que se reconectan con el surrealismo de Bardín a través del mismo Buñuel de Simón del desierto. Tal vez sea el irreverente cineasta aragonés el santo patrón de «Vapor», su última historieta, donde vuelve al ascetismo cabreado, una de sus especialidades más personales. Si toda obra es en el fondo una fantasía de su autor, podríamos pensar que Max reprime una imposible nostalgia religiosa. En algún mundo alternativo, un tecnomonje llamado San Francesc ilumina salterios con su tableta gráfica. 

Ya sabemos que la Muerte cabalga sobre un caballo blanco, aunque en el caso de Max con frecuencia sea una yegua. Y esa yegua nocturna es la night mare, la pesadilla que anima el movimiento psíquico inconsciente, una especie de edema panóptico mental que, con un eufemismo cobarde, llamamos surrealismo porque es más educado. La yegua cabalga en El prolongado sueño del Señor T, y está también en sus permutas de Pesadilla (1781), el célebre cuadro de Füssli que le persigue durante un tiempo. Éste sirve de excusa para «El ruido y la furia», otra de las pequeñas obras maestras de Max, que funciona como broche para Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el superrealista. Allí, el inconsciente rabioso destruye uno por uno a todos sus atormentadores: la religión, el bosque, los cíclopes gigantes, y por fin la pesadilla. Pero, al hacerlo, descubre que finalmente se ha arrancado el corazón a sí mismo. 

Es un ajuste de cuentas, pero no sólo con el inconsciente, sino también con la propia historia viñetera. Max concluye el periplo que inició de la mano de Crumb en el underground de los 70 y escapa de la atracción del campo de gravedad de Chris Ware, el cuerpo celeste más pesado de la constelación del cómic de vanguardia internacional en nuestros días, para recuperar sus primeras influencias, las influencias originales, aquellas influencias que están tan al principio que ni siquiera son influencias, son moldes con los que nos hacemos: la escuela Bruguera y la animación (Disney, Warner, Hanna-Barbera). Hoy día, Max puede mirar las páginas de Herbert Crowley, el historietista más secreto del siglo XX, e integrarlas en su propia visión de forma imperceptible. Es un signo de madurez, porque al final sólo podemos jugar con los juguetes que nos dieron al principio. 

Según los especialistas, Durero pintó El caballero, la muerte y el diablo como un canto a la victoria del caballero renacentista sobre la muerte. Tal vez incluso como un autorretrato velado de éste que fue uno de los primeros autorretratistas de la pintura occidental, y que se completaría con un San Jerónimo en su celda y con su célebre Melancolía. Denevi, y Max con él, invierten la lectura y desarman el porte orgulloso del guerrero y su rocín para revelarnos que, como Bardín, él también porta el tumor de la peste consigo, la plaga que trae de la guerra, pues de ella sólo se puede traer la ruina, o tal vez la ruina y unas imágenes que los perros que somos los muertos ya no somos capaces de ver, aunque sean omnipresentes. Siguiendo esta inversión de valores, descubrimos una nueva función en el perro. Según Cirlot -no por casualidad, ése es también el nombre del amigo de Bardín-, el perro es también el acompañante del muerto. 

De esa ya definitivamente lúgubre estampa que inició Durero ha escapado, como decíamos, el caballero ausente en la versión de Max. También en su Diccionario de símbolos, Cirlot nos advierte de los significados que tiene la escala cromática aplicada al progreso de los caballeros: el caballero verde es el escudero, el precaballero; el caballero negro es el sufriente, todavía esforzándose por superar las pruebas; el caballero blanco es el triunfador elegido; el caballero rojo es el glorificado por las pruebas superadas. Si esta imagen de El caballero, la muerte y el diablo de Max es, como la de Durero, un autorretrato, es normal entonces que no lo veamos montado sobre el caballo (o yegua) espectral: superadas todas las pruebas, ha llegado a un peldaño superior al caballero rojo y al caballero blanco. Es el caballero transparente, que se sabe a sí mismo dibujante, y sabe por tanto que el poder del dibujo se basta y se sobra para llegar a donde no llega el poder de la palabra: a representar lo irrepresentable, a decir lo indecible, a dibujar lo indibujable. El rostro del artista está en su trazo, y su nombre está en todas partes; el único autorretrato posible es el autorretrato invisible.

Texto publicado en Panóptica 1973-2011, catálogo editado con motivo de la exposición de Max que organizó el MuVIM el año pasado y que ha tenido una itinerancia internacional.

AÑADIDO: La ilustración en la que se basa mi artículo se puede ver en el blog de Max.

martes, 7 de agosto de 2012

OCCUPY BATMAN: UN APÉNDICE


La entrada que escribí sobre The Dark Knight Rises dio lugar a una bonita discusión con muchos participantes, y a mí me sugirió toda una serie de ideas que me dan vueltas en la cabeza desde entonces. Ninguna sobre el posible mensaje político de la película, por cierto. Sin embargo, ha sido esto lo que ha capitalizado la mayor parte de la discusión en Mandorla y en todas partes, y como reconocimiento a este interés, quiero hacer esta pequeña coda donde recoger algunas de las interpretaciones de la película que muestran cómo se celebra o condena según el autor se sitúe a la izquierda o a la derecha del paisaje político. Sirva eso como sustituto de la secuela de aquel post que de verdad me gustaría escribir y que no tengo tiempo para abordar ahora mismo. Agradezco sus avisos a Juanvi en los comentarios de este blog, a José Enrique Machuca en twitter, y a Pepo Pérez en este blog y por privado. Y, por supuesto, a todos los que animaron el debate en Mandorla.

De izquierda a derecha:
No necesitamos superhéroes, en Workers World.
Batman como héroe de cuento de hadas para el 1%, en Socialist Worker.
Batman y la libertad, en Liberalismo y relaciones internacionales.
Batman combate la política del resentimiento, en The Wall Street Journal.

Y no os perdáis la entrada que le dedica Pepo en Es muy de cómic y el debate generado por la misma: Alzamiento.


lunes, 6 de agosto de 2012

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 55: DEADSHOT


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

DEADSHOT

Archicriminal de los de fondo de catálogo, de los que se echa mano cuando escasean las ideas, su presencia aquí se la debe a un solo motivo: Steve Englehart y Marshall Rogers tuvieron la ocurrencia de acordarse de él para su mítica media docena de episodios. Floyd Lawton había debutado en Batman 59 (1950), disfrazado ni más ni menos que con un smoking y un antifaz, y presentándose como el mejor tirador del mundo. Englehart y Rogers le llevaron al sastre para darle un traje extremadamente moderno y su paso por Detective al menos le sirvió para recolocarse en la bolsa de supervillanos, lo que le dio un puesto en el Escuadrón Suicida.

martes, 31 de julio de 2012

NO CAMBIES NUNCA

DAVID SÁNCHEZ 
No cambies nunca 
Astiberri 


Con su primera obra, Tú me has matado (Astiberri, 2010), David Sánchez ganó el premio al autor revelación en el Salón del Cómic de Barcelona. Sus páginas, de una indescifrable limpieza, le ganaron comparaciones con genios de lo perverso como David Lynch o Charles Burns, y con el maestro del reciclaje, Quentin Tarantino. En su segundo libro, el abismal No cambies nunca, Sánchez depura sus influencias a lo formal, y se aferra más que nunca al esqueleto de Tintín (el de verdad, no el de 3D). Con esas herramientas nos ofrece una iconografía y un universo mucho más personales y radicales. No cambies nunca es el hermético manifiesto de un nuevo género del horror y la ciencia ficción inventado por Sánchez: lo pulcro nauseabundo. En las aristas de su dibujo limpio, plano, científico, se esconden la amenaza latente y el silencio de lo reprimido. David Sánchez elige contar sus historias escamoteándoselas al lector, y así su nueva obra tiene el aroma embriagador del fragmento de lo prohibido.


Publicado originalmente en Rockdelux nº 308 (julio-agosto 2012)

lunes, 30 de julio de 2012

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 54: CORNELIUS STIRK


(PARTE DEL CAPÍTULO MONDO BATMAN)

CORNELIUS STIRK

Para ponerse a la altura de los tiempos, Batman necesita villanos modernos, y eso es lo que trataron de proporcionarle Alan Grant, John Wagner y Norm Breyfogle en Detective 592-593 (1988). Moderno o no, lo cierto es que Cornelius Stirk es uno de los individuos más abominables a los que se ha enfrentado el Señor de la Noche. Víctima de un desorden hipotalámico, para sobrevivir Stirk necesita norepinefrina, una sustancia que producimos cuando estamos aterrados. Así que busca a sus víctimas por la calle, las abduce engañándolas con imágenes mentales (su truco favorito es hacerse pasar por Jesucristo o Abraham Lincoln), se las lleva a casa y las tortura hasta que están convenientemente muertas de miedo. Después, ingiere los órganos enriquecidos con tan natural producto. Batman estuvo a punto de pasar por la olla, pero como todos sabemos no está hecho el Murciélago para el estofado.

sábado, 28 de julio de 2012

BOX BROWN: TODO MUERE


Durante las últimas semanas he publicado algunas entradas hablando de fanzines o minicómics (o si lo preferís, cómics marginales) norteamericanos: Los primitivos cósmicos, Cómics de la vida real y Porno de vanguardia (y más). Quiero cerrar este primer y muy parcial repaso a la actualidad postalternativa estadounidense dedicando unas líneas a tres de los autores que más me han llamado la atención individualmente. El primero será Box Brown.

Brown, muy activo durante el último lustro, en el que ha aprovechado al máximo las posibilidades de internet para la difusión, enarbola el estandarte de la sinceridad narrativa heredado de autores como James Kochalka y Tom Hart. Sus cómics tienen una dulzura gráfica hija de una línea clara caricaturesca de raíz norteamericana que viene como mínimo desde Enrie Bushmiller o John Stanley. Esta amable apariencia contrasta habitualmente con sus contenidos. Sus héroes son frecuentemente solitarios, y hay un cierto tono de nerviosismo amargo en sus relatos. «Everything Dies» no sólo es el título de una de sus series más conocidas, sino también la máxima sobre la que a veces parece que podría erigirse su visión del mundo. Pero en ocasiones no es que esta revelación le añada gravitas a su trabajo, en ocasiones es que es la justificación para quitarle gravedad a todo. O sea: también encontramos un humor desesperado en sus páginas.


Chubby Chasers (2012) es una muestra clara de ese relato agridulce, entre lo cómico y lo sardónico, que retoma los viejos temas del naturalismo indie de los 90 y 2000. Un personaje con un trabajo cutre que tiene una vida sexual mediocre y se pasa el día emborrachándose y colocándose, y cuya única esperanza de futuro es la posibilidad de enrollarse con una mujer que satisface su fetichismo por los michelines, de los cuales al mismo tiempo se avergüenza por la presión social. Es una variante del escenario clásico que hemos visto en el 1999 de Noah Van Sciver. El tebeo se cierra con un epílogo humorístico que traslada la obsesión por las lorzas a un escenario histórico: Box Brown se ha fijado, como todos los que han visto sus cuadros, en el gusto de Pedro Pablo Rubens por los físicos femeninos fornidos. La breve reinterpretación de la vida y carrera del pintor de Amberes a través de su búsqueda del volumen perfecto revela una sombra del Chris Ware que repasaba hipersintéticamente la historia del arte en el recopilatorio de Acme. Es una sombra que volveremos a ver proyectarse más adelante sobre Brown.


Fuck Shits (Retrofit, 2012) es otra pequeña odisea cotidiana de la angustia sexual. En la primera de la historias contenidas, «Best Friends 4 Ever» (se puede leer la versión a color en la red), Travis, el típico marginado social de instituto, humillado por los triunfadores, y que se autorreconoce como loser, vive una vida de escapismo emocional apoyándose en la música de Danzig, las sesiones de guitarra eléctrica fingida y los entrenamientos con katana en los descampados. El azar le da un desahogo cuando, durante una de sus excursiones con la espada, se encuentra a dos compañeras de clase en una sesión de dibujo al natural. Una de ellas está tomando apuntes de la otra, en pelota viva. El inesperado e incómodo encuentro permitirá a Travis liberarse de su soledad. Tal vez, incluso, liberarle de un futuro como protagonista de alguna masacre aleatoria en un centro comercial. «Blast Off» es el complemento gamberro del Fuck Shits, una pequeña peripecia en torno al vómito como superpoder al servicio del drogado.


Everything Dies (nº 7, Microcosm Publishing, 2011) es la serie espiritual de Brown, dedicada a replantearse dogmas religiosos bajo una nueva luz. «Lo más importante es que pienses en tus creencias», dice en la sección de cartas el autor. Esto la sitúa en un terreno cercano al de los primitivos cósmicos. En su número 7, «The Eridu Genesis», Brown imagina la creación del mundo y los hombres, y el Diluvio Universal, inventando una mitología sincrética que, finalmente, parece amalgamada por el espectro omnipresente del gran dios del tebeo americano, Jack Kirby. El triunfo final del protagonista humano, el rey Ziasudra, tiene el mismo tono amargo que se encuentra en los desnortados personajes de Chubby Chasers y Fuck Shits: la inmortalidad sólo parece el camino a la soledad eterna.


De todo lo que he visto hasta el momento de Box Brown, sin duda The Survivalist (Blank Slate Books, 2011) es lo que destaca como su esfuerzo más ambicioso y también más logrado. Presentado con una exquisitez formal superior (formato más grande y sobrecubierta con solapas), desde su portada (véase foto en la cabecera de este post) delata esa filiación con las diagramaciones de Chris Ware que mencioné al hablar de la historieta de Rubens en Fucks Shits. The Survivalist tiene un trabajo de planificación muy cuidadoso y una trama de temas tejidos con el alambre del personaje solitario tan típico de Brown, que aquí llega al extremo. Noah, el protagonista de la historia, está obsesionado con las teorías de la conspiración de podcasters como Dick March, locutor embarcado en una cruzada contra las manipulaciones secretas de grandes corporaciones como Big Pharma. Podríamos pensar que la obsesión de Brown está heredada de su padre, que construyó un refugio antinuclear bajo la casa familiar en los años 50, pero el caso es que finalmente el demente conspiracionista acaba teniendo razón: el meteorito del fin del mundo que anunciaban los medios acaba cayendo sobre América y arrasándolo todo, y Noah, atrincherado en su sótano lleno de latas sin fecha de caducidad, es uno de los pocos supervivientes. Para Noah, el apocalipsis es una liberación: por fin ha sucedido aquello para lo que se llevaba preparando toda su vida, y que sin embargo era algo que estaba fuera del alcance de su mano. Por supuesto, hay un elemento místico en este giro, una reinterpretación del Diluvio Universal de raíz más humana que la que Brown proponía en Everything Dies. El nuevo y renacido Noah descubre de pronto que, aunque ya no tiene internet, ahora sí puede dedicar todo el tiempo del mundo a perfeccionar y autopublicar sus cómics. Sin embargo, su arca está vacía, al menos hasta que encuentra a una mujer superviviente, Fatima, que se ha venido a refugiar entre las ruinas de su arrasada casa familiar. El tramo final de la historia está dedicado a una historia de amor fatal que por momentos llega a tener una grandeza humilde y emotiva. El final acepta la máxima «Everything Dies» como un hecho natural de la vida, que de todos modos debe seguir. Al fin y al cabo, el tebeo se titula «The Survivalist».

Brown está dibujando tebeos cada vez más interesantes, pero además es una de las figuras que más está haciendo por dinamizar la escena del postalternativo, emprendiendo desde su base en Filadelfia mil proyectos que ayudan a crear comunidad. En 2011 fundó uno de los microsellos imprescindibles de la escena postalternativa actual: Retrofit Comics. En la actualidad se ha embarcado en la coedición de una antología que homenajea a la revista de manga de vanguardia Garo: SP7. Proyecto, por cierto, que ha provocado una furibunda respuesta por parte de Dan Nadel, historiador de lo marginal y capo de Picturebox, el sello más marginal del panorama americano: No Good Reason. Tenga razón o no  Nadel, su postura y las respuestas que ha suscitado son el tipo de batalla dialéctica que era frecuente en el panorama del cómic español de los 80 y que parece completamente extinguido hoy en día. En parte es una pérdida de tiempo y energías, es cierto, pero también la demostración de que estamos ante un escenario vivo y entusiasta, con gente entregada con todas sus energías a lo que está haciendo. Eso es, finalmente, lo que más me entusiasma de estos tebeos: la vida que transmiten. Eso es lo que me hace exclamar: ¡Viva el comix!

viernes, 27 de julio de 2012

LA MUCHACHA SALVAJE

MIREIA PÉREZ 
La muchacha salvaje 1. Nómada 
Sinsentido 


El debut de Mireia Pérez como autora grande de novela gráfica viene precedido de un premio (Fnac/Sinsentido) y de un hype considerable. Esas expectativas se habían generado en ocasiones por motivos extradeportivos, pero ahora a Mireia le tocaba demostrar sobre la cancha que vale lo que se esperaba de ella. Esta primera entrega de lo que se anuncia como una trilogía despeja dudas: a Mireia Pérez le sobra el talento y sabe cómo usarlo. Aún con algunas asperezas por limar y con sus influencias por bandera, no obstante este viaje iniciático feminista en los tiempos arcádicos se lee con fluidez y pasión, con urgencia por pasar la página, y con la ilusión de que sea el primer paso en una carrera que llegará a donde Mireia Pérez quiera que llegue.


Publicado originalmente en Rockdelux nº 303 (febrero 2012).

jueves, 26 de julio de 2012

UN LARGO SILENCIO

FRANCISCO GALLARDO SARMIENTO Y MIGUEL GALLARDO 
Un largo silencio 
Astiberri 


En 1997 Miguel Gallardo publicó las memorias de su padre, un soldado republicano a quien le tocó callar durante cuarenta años después de la derrota, hasta que por fin su hijo le dio sobre el papel la voz que nunca tuvo. Un largo silencio era un relato escrito con la sencilla cercanía de los que no son profesionales de las letras y salpicado de episodios dramáticos contados sin las festividades a las que el cine comercial nos ha acostumbrado. Integrado por los textos de Francisco Gallardo ilustrados por su hijo con algunos bocetos desnudos y por breves historietas anecdóticas dibujadas también por Miguel Gallardo, era un libro que se adelantaba a su momento, una novela gráfica sobre la memoria histórica para la que el mundo del cómic todavía no estaba listo. Ahora, después del triunfo de El arte de volar, de Altarriba y Kim, Un largo silencio vuelve a tomar la palabra en una edición ampliada que debería restituirle el lugar de privilegio que le corresponde en el cómic español contemporáneo.


Publicada originalmente en Rockdelux nº 306 (mayo 2012).

miércoles, 25 de julio de 2012

COLIBRÍ 4

AUTORES VARIOS 
COLIBRÍ 4 


Lo ilusionante del cómic español no es que los supermercados culturales y las academias del cine estén (re)descubriendo el medio a lomos de las novelas gráficas que se amontonan en las librerías generales, sino que en el reverso de la industria hay una actividad efervescente que se manifiesta en fanzines como este espléndido Colibrí nº 4, el mejor de la serie hasta el momento. Comandado por el autor Sergi Puyol (Cárcel de amor) y el editor Toni Mascaró (Apa Apa), el fanzine expresa un discurso estético y retórico muy coherente: cómic de arte y diseño con vocación internacional. Autores de fuera se mezclan con talentos de aquí: Clara Tanit, Martín Romero y Felipe Almendros, los más sonados. Las historietas de Chema Peral y el propio Puyol son dos joyas.


Publicado originalmente en Rockdelux nº 305 (abril 2012)