jueves, 19 de enero de 2012
EL HOMBRE DEL MISTERIO
miércoles, 18 de enero de 2012
EL DESTELLO DE UN DIAMANTE
Hay unas cuantas personas a quienes deseo que triunfen en el futuro tan dudoso que nos espera, y si es posible que triunfen a lo grande y pronto, y una de ellas es Carlos Vermut. Por tantos motivos más allá de la amistad. Porque se lo merece, claro, pero también porque es uno de esos visionarios que te inspiran y te hacen ver que las cosas, sencillamente, se pueden hacer de otra manera. Que contra viento y marea, contra todo lo que te dice el resto del mundo y de la sociedad, contra el sistema, uno todavía puede hacer lo que le dé la gana y no poner excusas. Lo único que hace falta es proponérselo y jugarse todo lo que lleva. No todo el mundo es capaz, ni mucho menos.
Carlos Vermut tenía una carrera en el cómic hecha de destellos: los fogonazos de El Banyán Rojo (Dibbuks, 2006) y Psico Soda (Dibbuks, 2007), que deslumbraban con la luz de un autor capaz de dar una verdadera visión moderna de viejos temas y posturas, un tipo que tenía la verdadera capacidad de poner al día el suspense y el misterio de los viejos géneros comerciales. Pero también, que no acabó de rematar ese proyecto con una obra madura. Después de ese par de libros de futuro, Carlos Vermut se esfumó de las viñetas, y ahora ha reaparecido el radar cultural con una película, Diamond Flash.
Diamond Flash es un largometraje de más de dos horas, escrito, dirigido y producido por Vermut. Cuando digo producido, quiero decir que lo ha pagado todo él de su bolsillo, gastándose hasta la última perra de la que disponía. Es una de esas cosas que sólo hace un genio o un loco. O un genio loco. La película recupera el tono y la personalidad características del Carlos Vermut de los tebeos -es decir, esa puesta al día personal de los géneros de siempre, en este caso los superhéroes- y formalmente sorprende por su madurez y su acabado. No parece una película novata ni cutre. No parece una película barata de aficionado. Las actrices y actores están mucho mejor de lo que estoy acostumbrado a ver en el cine español, y las limitaciones presupuestarias han provocado soluciones de puesta en escena que dan una dimensión superior a la película, al obligarle a buscar una retórica propia y evitar la imitación de los recursos de las grandes producciones a las que estamos acostumbrados. Pero esto no es un blog de cine, así que no pretendo hacer una crítica de cine. Sólo quería advertir contra los prejuicios habituales cuando uno oye la expresión «película autofinanciada por un dibujante de cómics debutante». Diamond Flash no es una peli de pega; por el contrario, es algo muy serio.
Lo que sí quiero mencionar son algunas de las cosas en las que me hizo pensar Diamond Flash mientras la veía, porque afectan a ámbitos narrativos que no se limitan al cine. Por ejemplo, el énfasis que pone Carlos Vermut en el detalle y en el primer plano. Los detalles no nos dejan ver el plano general, el argumento. Efectivamente, Diamond Flash es una de las películas más crípticas que he visto en mi vida, pero también los tebeos de Carlos Vermut trataban siempre de escaparse del lector, de dejar su significado enterrado en las calles entre viñetas o en los detalles discretos del fondo. El lector tenía que trabajar, como tiene que trabajar el espectador de Diamond Flash.
Lo que importa no es la historia, lo que importa es la intensidad de un detalle, de un instante vivido con demasiada cercanía como para comprenderlo cabalmente. Los grandes argumentos son sólo justificaciones. Así, en cierta manera, es como si la película fuera un comentario sobre sí misma, sobre su condición marginal, lateral. No se trata tanto de tener una ocurrencia argumental increíble como de contar las cosas utilizando esos cortes estáticos con los que vivimos la vida. Ésa es la manera en que Carlos Vermut conecta los géneros clásicos con la experiencia real, dándoles una vida que va más allá del cansino reciclaje industrial o de la nostalgia del manierismo.
Diría más: Carlos Vermut practica una idea que desde hace años me interesa mucho, la idea de sacar el tema o la iconografía del género. Algo que he aprendido con El Vecino es que un superhéroe no convierte un relato en un relato de superhéroes, al igual que también se puede hacer un relato de superhéroes sin superhéroes. Y Diamond Flash tiene un superhéroe, pero no pertenece al género de superhéroes. Lo cual es, finalmente, la única forma de dar nueva vida a un género agotado. No se trata tanto de revivir el cadáver del padre, como tantos intentan, sino de ayudar a caminar al hijo.
Repudio la pulsión mórbida de lo retro, y por eso no me gusta nada el cartel de Diamond Flash (que podéis ver al final de este post). Pero esta película me ha recordado de una forma que diría estremecedora a las películas que veía de niño, en los años 70, y preferentemente en la televisión. Películas del tipo de ¿Quién puede matar a un niño?, que para unos ojos inocentes se volvían algo enorme e incomprensible de una manera que no podían serlo para un adulto. Pues ahora que soy adulto, Diamond Flash me ha vuelto niño otra vez. Tal vez sea por la falta de información, por el peso abrumador de los detalles del que hablábamos antes, por esa sensación constante de estar inmersos en algo que nos supera, que vivimos como experiencia total, sensorial, rodeados por un misterio que no podemos detener y que parece ocultar un secreto indescifrable y final. Es como si dijéramos: si pudiera desentrañar Diamond Flash, podría desentrañar la vida. Por eso es importante no desentrañarla nunca. Ese terror pánico y muy primitivo hace que la veamos como un niño, igual que el superhéroe hace que la veamos como un adolescente, cuando en realidad la estamos viendo como adultos que ven una película indiscutiblemente adulta. Pocas películas he visto, pues, que merezcan tan apropiadamente el calificativo para todos los públicos.
Una última cosa: Diamond Flash está ambientada en mi barrio de Madrid. Reconozco sus esquinas y sus aceras. Y creo que es importante, cada vez más, localizar las cosas claramente, acercar las fantasías a la propia vida. Es la mejor forma en que hoy podemos proponer historias universales, y es algo que en España hemos evitado deliberadamente durante mucho tiempo a la hora de abordar géneros de tradición internacional. No sabíamos cómo hacerlo. Carlos Vermut knows.
Extra: Quien no conozca las películas de Carlos Vermut, aquí tiene un aperitivo, Maquetas:
lunes, 16 de enero de 2012
LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 26: A VOW FROM THE GRAVE

(PARTE DEL CAPÍTULO LAS MEJORES HISTORIAS DE BATMAN)
A VOW FROM THE GRAVE
Denny O’Neil & Neal Adams (entintado por Dick Giordano)
Detective Comics 410 (1972)
El legendario equipo O’Neil-Adams sentó las bases de lo que debía ser Batman en la era moderna, y lo hizo dando ejemplo a través de algunas historias memorables. Varias de ellas son brillantes. La primera de todas, “The Secret of the Waiting Graves”, sigue resultando fascinante por su ambiente, las recuperaciones de Dos Caras y el Joker también merecen mención, y “Night of the Reaper” y “The Ghost of the Killer Skies” son dos clásicos de primera categoría. En cuanto a la saga de Ra’s al Ghul, está repleta de momentos estelares y golpes de genio. Pero puestos a elegir entre tanto, por una vez quizás sea mejor dejar que hable el autor: “A Vow From the Grave! es mi favorita -confiesa O’Neil- Es una de las pocas historias expresamente detectivesca con la que casi estoy satisfecho. Porque creo que juego absolutamente limpio con el lector sin empantanarle con digresiones. La pista es una pista visual, y está ahí, y puedes verla claramente si tienes los ojos abiertos. Y aún así, creo que no estorba para nada al flujo de la historia. Sigue avanzando a su ritmo, y para rematarlo tiene una sorpresa final, tiene un final con truco. Así que de todas, creo que esa fue la vez en la que mejor conseguí ejecutar los aspectos técnicos que implica hacer un tebeo de esa clase.” En efecto, se trata de una historia de misterio, con crimen por resolver, pero con una ambientación ciertamente extravagante. El crimen se produce dentro de una familia de monstruos de feria, y el único testigo del crimen es un niño-foca mudo. Al resolverse el crimen, queda en el aire un cierto trasfondo enfermizo bastante fuera de lugar en este tipo de tebeos juveniles. El misterio funciona, y Batman tiene ocasión de actuar como cerebro ágil, como luchador bien entrenado y como criatura de la noche con un algo sobrenatural. Para O’Neil, el episodio acumula tantas virtudes que éstas soslayan su única carencia: “La versión definitiva de Batman es “A Vow From the Grave”. Obviamente, mi versión y de Neal es la versión de Batman que más me gusta. Y creo que en esa historia es en la que más nos acercamos al ideal platónico de lo que debería ser una historia. Lo único que no tiene es Gotham City, que en términos ideales debería aparecer en una historia de Batman.”
lunes, 9 de enero de 2012
LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 25: ROBIN DIES AT DAWN

(PARTE DEL CAPÍTULO LAS MEJORES HISTORIAS DE BATMAN)
ROBIN DIES AT DAWN
Sheldon Moldoff
Batman 156 (1963)
Otra de las que se reeditaron en un tomo de Mejores historias jamás contadas, en este caso en el primero de Batman, aunque allí aparece presente en una versión mutilada que omite el prólogo “El secreto del Hombre Hormiga”. ¿No habíamos quedado en que la etapa 1960-1963, inmediatamente previa al New Look de Julie Schwartz, era la más bochornosa en toda la existencia del Hombre Murciélago? Puede que sí, pero eso no impide que haya excepciones a la miseria, y ésta es sin duda la más notable. Considerada clásica casi en el momento de su publicación, “Robin muere al amanecer” es el broche emotivo ideal para toda una época. Si las historias del Batman clásico se caracterizaban por argumentos trabajados y personajes inmutables, habitualmente fríos y poco dados a las explosiones sentimentales, ésta toma el sentido directamente opuesto. Lo normal es que Batman y Robin se enfrenten a un problema y lo resuelvan con mayor o menor dificultad, pero no que se muestren afectados por las vicisitudes del caso. En esta ocasión, Batman y Robin se ven más que alterados, como si después de 30 años combatiendo el crimen imperturbablemente, y sabiendo que está próximo el final, se dejaran invadir por la fatiga. Cuesta creerlo tratándose de una historia dibujada tan caricaturescamente como siempre por Sheldon Moldoff, pero “Robin Dies At Dawn” es un relato crepuscular teñido de tonos de tristeza.
En el prólogo, “The secret of the Ant-Man”, Batman parte hacia una “misión alto secreto”, y Robin aprovecha su soledad para resolver un caso en el que está implicado un supervillano diminuto que responde al nombre de Hombre Hormiga (su homónimo marveliano, que al contario que este personaje, es un héroe, había debutado el año anterior en Tales to Astonish). Cerrado el asunto, Robin se pregunta, inquieto, “¿A dónde iría Batman... y por qué mantendría tan en secreto su misión? ¿Dónde está? ¿Dónde?” La respuesta que da el inicio del capítulo I de “Robin Dies at Dawn” es espectacular: Batman está en un planeta alienígena, perseguido y acosado por todo tipo de amenazas extraterrestres, y desprovisto de su cinturón utilitario. En efecto, los extraterrestres rosas son una marca distintiva del momento (aquí hay uno, y gigante y con cuatro brazos, para más señas), pero a pesar de lo kitsch del decorado, se respira una desesperación y un dramatismo desacostumbrados para esos años. Es como si esta vez la cosa fuera en serio, como si esta vez todos los trucos del mundo no fueran a servir de nada. Ha llegado la hora de la verdad. Intentando escapar del gigante rosa, Robin es aplastado por una roca. Un Batman histérico se arrodilla sobre su pequeño amigo: “¡Mientras le busca el pulso, Batman sabe que será inútil!” “¡Ha... ha muerto! ¡Robin ha muerto!” La página se cierra con la impresionante estampa de Batman inclinado sobre la tumba del Prodigio Juvenil, bajo un sol que luce furioso. “Más tarde, en este mundo hostil y alienígena, un montículo de piedras se convierte en la cripta de Robin... ¡el lugar del descanso final de Robin!” A Batman, hostigado por la fatiga, el hambre y la sed, además de desmoralizado, las fuerzas le abandonan, y cuando se le cruza en el camino una especie de descomunal bulldog extraterrestre de piel roja y ojos resplandecientes protuberantes, decide rendirse: “¡Una bestia! ¡Una bestia alienígena! Estoy demasiado débil para huir o pelear... ¡Que venga! ¡No quiero vivir! ¡Es culpa mía que Robin muriese! No quiero vivir...” Y la bestia se acerca a Batman enseñando sus colmillos terribles como dos supositorios gigantes. Si es sugerente la idea de que Batman y Robin puedan llegar a morir, más tremendo es cómo se plantea el escenario: en la soledad de un planeta extraño, ignorados y abandonados por todos los que les quieren y todos aquellos a quienes tantas veces defendieron, enterrado sin ceremonia bajo unas piedras uno y engullido por un animal salvaje el otro, con el mismo Señor de la Noche absolutamente quebrantado y pidiendo la muerte... Lo que ocurre es que nada de eso es verdad, sino una simulación de un prototipo de realidad virtual (aunque no es ése el nombre que recibe entonces, desde luego). La misión alto secreto de Batman era la de servir de cobaya a un experimento que “¡duplica las condiciones que un astronauta podría tener que soportar si se encontrara solo en un vuelo espacial!” Durante el resto de la historia, Batman tiene que afrontar las secuelas emocionales y psicológicas de lo que ha vivido, secuelas que, al afectarle en mitad de la lucha contra el delito, le ponen en grave peligro tanto a él como a su joven compañero. Una vez repuesto por completo, Batman, Robin y el Bat-sabueso caminan pletóricos hacia el lector, con un fondo bucólico y el sol brillando más luminoso que nunca, como si, pasada semejante prueba, ya hubieran cumplido con su destino. Saben que no volverán a verse en situaciones tan pintorescas y entrañables como “El mago Batman”, “Batman buzo” o “Lord de Batmanor”: “El alba... antaño una señal de la muerte de Robin... ahora es el signo apropiado que indica que la carrera como luchador contra el crimen de Batman ha regresado a la vida!”
lunes, 2 de enero de 2012
LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 24: LOS TRES SUPERMOSQUETEROS

(PARTE DEL CAPÍTULO LAS MEJORES HISTORIAS DE BATMAN)
LOS TRES SUPERMOSQUETEROS
Dick Sprang (entintado por Stan Kaye)
World’s Finest Comics 82 (1956)
Seleccionado para el volumen antológico Las mejores historias de Team-Up jamás contadas, este relato ejemplifica el sentido y la forma de hacer las cosas durante toda una era de los superhéroes. World’s Finest Comics era la colección donde, mes tras mes, Batman y Robin se aliaban con Superman para enfrentarse al mal... y ya se pueden imaginar el tipo de extraordinarias amenazas que había que buscarles a los héroes más destacados de DC en una época en la que el Hombre de Acero era Dios, pero en infalible, y el Señor de la Noche un ultraeficiente maestro de múltiples disciplinas. El artista supremo de este estilo es Dick Sprang, que tenía afición por los mosqueteros y espadachines, los cuales reaparecen constantemente en sus aventuras, aunque quizás en ninguna tan esplendorosamente como en ésta. “Había un guionista llamado Ed Hamilton -recuerda Sprang- que escribió algunas historias de viajes al pasado que disfruté mucho haciéndolas. Me gusta la historia de los Tres Mosqueteros que aparece en Batman 32 -aún conservo el arte original- y me gusta el reprise que hicimos en World’s Finest 82 muchos años después, Los Tres Super Mosqueteros. Me gusta porque era histórica, y yo soy un fanático de la historia. También me gusta la arquitectura, y me encantaba ilustrar escenarios extranjeros, como Roma, Grecia, Egipto, Francia, la antigua Inglaterra.” El doctor Carter Nichols, de Gotham, se propone descubrir el misterio del hombre de la máscara de acero, prisionero en la Francia del siglo XVII. Clark Kent, presente en la rueda de prensa en la que lo anuncia, piensa: “Hum... ¡Nichols ha enviado a Batman y Robin al pasado frecuentemente! Quizás...” Dicho y hecho, Superman se desliza en la Mansión Wayne a través de la chimenea, como un Papá Noel kryptoniano, y anuncia a sus amigos la intención de acompañarles en la excursión al pasado. Por algún extraño cable suelto del argumento, Nichols utiliza su rayo del tiempo para hacer retroceder a través de los siglos a Bruce Wayne, Dick Grayson y Clark Kent, en lugar de sus alteregos. No es que esto tenga mucho sentido, porque lo primero que hacen los héroes al llegar a 1696 es ponerse la ropa de faena. Pero estos detalles incoherentes en poco afectan a la explosión de vitalidad y energía que llena cada una de las 12 páginas. Ataviados con indumentaria de mosqueteros sobre sus mallas de superhéroes, los tres justicieros del siglo XX se convierten en aliados de D’Artagnan, para pavor de las fuerzas de Bourdet, “el canciller malvado del rey”, como lo describe el legendario espadachín. En el transcurso de los acontecimientos, Superman asalta la Bastilla, Batman se disfraza de Luis XIV y da órdenes por los pasillos de Versalles y los superhombres hacen, en resumidas cuentas, aquello para lo que han nacido los superhombres: modificar la historia, alterar el curso de la humanidad, divertir a la chiquillada. Todo ello sin derramar una gota de sudor, sin perder la alegría y sin olvidar que en la última página siempre tiene que quedar un misterio por resolver (¿quién es el hombre de la máscara de acero?). Una visión pletórica, exuberante y alegre de lo que significa ser un superhéroe, un hombre que está por encima de los demás y que se divierte realizando su trabajo.


