lunes, 10 de octubre de 2011

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 12: LLEGA EL SEÑOR DE LA NOCHE

(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

LLEGA EL SEÑOR DE LA NOCHE

Para Batman, la década de los setenta es una batalla entre dos energías contradictorias que llevan al personaje en dos direcciones opuestas. Una energía le quiere convertir en un colorido justiciero enmascarado rodeado de aliados aún más coloridos y siempre dispuesto a enfrentarse a “amenazas” como Signal Man (un tipo con un disfraz bochornoso que utiliza señales de todo tipo como tema para sus delitos) o Spook (un supuesto espíritu encapuchado que es el villano recurrente a mediados de los setenta y que da más vergüenza que miedo). La otra energía quiere condensar la esencia gótica y misteriosa que plantaron Finger, Kane y Fox en el origen, añadirle parte de la revisión moderna propuesta por O’Neil y Adams y destilarlo todo en una fórmula magistral que presente a Batman como una criatura de las tinieblas, primigenia, temible y enigmática. La primera energía, como casi siempre suele ocurrir con lo vulgar, es la más difundida. La segunda da golpes de mano escasos pero mortíferos, con historias tan tremendas como “Night of the Stalker” (Detective 439, 1974). En este brutal relato, un Batman casi inhumano, que no pronuncia una palabra, se erige en espectro de la venganza para acosar a un grupo de delincuentes que acaban de reproducir ante sus ojos el mismo crimen que le dio origen a él: el asesinato de los padres delante de su hijo pequeño. “Night of the Stalker”, pura atmósfera y tensión contenida, en contraposición a los sobrecargadísimos argumentos de las aventuras detectivescas, estaba dibujado por los hermanos Vin y Sal Amendola (en descarado plagio de Adams) y tenía guión de Steve Englehart (1947), un jovencito con ganas de hacerse un nombre en los tebeos que acabaría convirtiéndose en uno de los autores más originales de la década. Englehart tenía muy claras las ideas de cómo debía ser Batman, pero no podría ponerlas en práctica hasta unos años más tarde, cuando cayó en sus manos Detective Comics casi al mismo tiempo que el dibujo le era asignado a un inexperto pero entusiasmado Marshall Rogers. Entre ambos tomaron por asalto al veterano justiciero de Gotham, y cuando su breve colaboración acabó, lo que dejaron tras de sí es lo que muchos consideran la versión definitiva de Batman. La mejor etapa del Señor de la Noche de todos los tiempos.

Tras un par de episodios escritos por Englehart y dibujados por Walter Simonson, Marshall Rogers (1950), que venía dibujando la historia de complemento y que ya había hecho un número suelto protagonizado por Batman, dio el salto definitivo al personaje de portada en “The Dead Yet Live” (Detective 471, agosto 1977). El dúo Englehart-Rogers siguió colaborando hasta Detective 476 (marzo-abril 1978), completando media docena de episodios que capturan todo lo que Batman es, o quizás todo lo que puede ser y casi nunca llega a ser. Como ocurre con los mejores inventos, también en éste el azar jugó un papel activo. “Durante el transcurso de los siete años que escribí cómics -explica Englehart- escribí un montón de guiones diferentes para un montón de dibujantes diferentes, y a veces, de vez en cuando, todo encajaba. Cuando escribí los guiones de Batman, que escribí por adelantado, no al estilo Marvel, no tenía ni la menor idea quién iba a dibujarlos. La verdad es que esperaba que, dada la calidad de la gente que tenía en ese momento DC, acabarían siendo dibujados por algún profesional de plantilla. Los guiones habrían sido exactamente los mismos, pero el impacto no habría sido el mismo ni de lejos. Pero debido a una serie de circunstancias afortunadas, apareció Marshall Rogers, y apareció Terry Austin, y John Workman para hacer el rotulado. Todo encajó.” La aparición del dibujante se puede describir casi como milagrosa, al menos tal y como la cuenta Rogers: “Yo era un mequetrefe -y no me refiero a la edad, sino a lo que sabía de la industria. Acababa de terminar un complemento, y era hora de que me pusiera a hacer otra cosa. Y lo que estaba libre era el complemento de la serie del Calculador, el complemento de Detective. Bueno, pues no sé exactamente quiénes tuvieron que ver con ello, pero supongo que fue Vinnie Colletta el que le dijo a Julie, “Tengo un chaval que es bueno”, y Julie le dijo, “Tengo una historia del Calculador de seis páginas en la que quiero poner a alguien.” Y se me dio el encargo. Hice los dos últimos capítulos de la serie, y al final los cinco personajes que se habían enfrentado anteriormente al Calculador iban a aparecer con Batman en una historia larga de Batman, peleando contra el Calculador. Como yo había hecho los dos últimos, y estaba libre, se decidió que sería yo quien hiciera la historia del Calculador. Así que me la dieron, para mi entusiasmo. No tenía palabras. Estaba en la gloria. Batman probablemente fuera uno de los primeros personajes que había leído, y siempre he visto a Batman a mi manera. El Batman que ves en la página es el Batman que yo había visto siempre, sin importar quién fuera el dibujante, en mi imaginación juvenil. Así que hice el trabajo y lo entregué, y el recibimiento en DC no fue bueno. De hecho, se planteó la posibilidad de que no llegara a imprenta.

“Afortunadamente la fecha de entrega estaba tan próxima que no tenían tiempo de que lo hiciera otra persona, y a Vinnie Colletta y Julie Schwartz les gustaba. Y me apoyaron. Y me apoyaron un montón. Y quisieron que se publicara a pesar de que el dibujo era muy burdo, pensaron que la narrativa era más que adecuada para pasar por alto la torpeza del dibujo, y se empeñaron en que saliera. Se publicó, y por eso me pasaron las historias de Englehart. Fue pura chiripa, llevar tan poco tiempo en el negocio y que me dieran ese encargo.”

En los seis episodios de Englehart-Rogers, Batman se enfrentó a un recuperado profesor Hugo Strange, que llevaba la friolera de casi 40 años sin dejarse ver, al Pingüino, a Deadshot (otro villano para los archivistas, rescatado de Batman 59, 1950) y al Joker, pero tan magra relación de nombres no explica las virtudes que encierran estas historietas.

El recurso a criminales olvidados como Strange o Deadshot demostraba claramente que Englehart había hecho sus deberes, pero aún más importante que su conocimiento de la historia de la serie resultó su conocimiento del espíritu del personaje y su decidida intención de actualizarlo, de traerlo a la era moderna del superhéroe inventada por Marvel quince años antes a pesar de que DC se negara tozudamente a reconocer y aplicar ese modelo. La clave quizás sea ésta: Englehart era un guionista con un amor profundo por Batman, pero era un guionista Marvel, ya curtido en colecciones de la Casa de las Ideas como Los Vengadores o Capitán América, y sabía cómo aplicar esos resortes dramáticos. Al igual que O’Neil y Adams antes que ellos, Englehart y Rogers elaboraron una propuesta basada en una aparente “vuelta a los orígenes”, al material primigenio de Finger y Kane. A diferencia de las historias de O’Neil y Adams, las de Englehart y Rogers son menos poéticas, más urbanas (O’Neil y Adams tenían tendencia a las ambientaciones campestres y los espacios abiertos). Englehart sabía exactamente con quién se jugaba los cuartos: “Para decirlo de la manera más clara posible -escribiría años después- Batman no sólo está cuerdo, sino que es el hombre más cuerdo del mundo. De hecho, es el superhéroe más puro que existe, tal y como yo entiendo el término.” Y para aclararlo, acudía una vez más a la reserva espiritual originaria: “El mundo de Batman es extremadamente en blanco y negro... y precisamente por eso es el superhéroe definitivo. El mundo que fue diseñado para que viviera en él es un mundo de historieta- el mundo de la tinta negra sobre las páginas. En años posteriores y más sofisticados se convirtió en moneda corriente afirmar que Bob Kane no era un gran dibujante, y que comparado con Carmine Infantino y Neal Adams y Gene Colan y Don Newton -vamos, comparado con casi cualquiera- parece espantosamente amateur, desde un punto de vista técnico. Pero desde el punto de vista de la visión, definió algo en esta serie que ha hecho que todos los que la seguimos tuviéramos que volver a ella cuando intentábamos que este mundo cobrara vida para los lectores, y para nosotros. Es una visión de los 40, por supuesto -el superhéroe puro enfrentándose a un mundo oscuro e inquietante- pero cuantas más cosas cambian, más permanecen igual.” Una aportación fundamental por parte de Englehart que quizás no haya sido suficientemente señalada fue la de dar por vez primera a Batman la apariencia de una saga, de una peripecia vital repleta de personajes secundarios que desarrollan sus papeles colaterales de mes a mes, de un episodio a otro. “Quería desarrollar a Bruce Wayne más de lo que se había hecho hasta ese momento -matiza Englehart-. Quería explorar ambos lados de su personalidad. Lo que descubrí fue que Batman era un concepto tan genial que si hubiera permanecido en la serie, probablemente hubiera prestado menos atención a Bruce después de que Silver le deja. No lo habría abandonado, pero creo que no habría seguido haciendo a Bruce Wayne durante meses y meses. No era tan interesante como Batman.” Hasta ese momento, las aventuras de Batman podían continuarse a lo largo de varios episodios, pero una vez acabada la historia, morían todos los elementos desarrollados en ella. Podríamos decir que la gran mayoría de las aventuras de Batman eran intercambiables, podría alterarse su orden de lectura sin que eso afectase al resultado, carecían de significado para la vida del protagonista. Alfred, el comisario Gordon, Robin, eran personajes secundarios sin mayor función que servir de contrapunto y apoyo a las andanzas del héroe en cada una de sus hazañas. Englehart, sin embargo, se preocupó de levantar todo un entramado de relaciones entre los distintos personajes de Gotham City, antiguos y nuevos, y de crear un fondo de historias personales, políticas y románticas sobre el cual se recorta la figura de Batman entrando en acción. Así marvelizó a Batman. Con Englehart, el jefe mafioso Rupert Thorne se hizo el amo de Gotham, manejando a su antojo títeres como el alcalde Hamilton, y dejando sin trabajo al incorruptible comisario Gordon. La madeja de sus maquinaciones se enreda con los planes de Hugo Strange, y éste a su vez se implica con el Pingüino y el Joker, de manera que las aventuras no se cierran con la última página de cada episodio, sino que da la impresión de que cada capítulo es sólo un fragmento de una narración más grande y más rica que siempre queda pendiente de conclusión. Y nada más intrigante que la relación de Bruce Wayne con Silver St. Cloud, una espectacular rubia platino que para la mayoría de los fans sigue siendo la única mujer que podía haber sido la novia de Batman, pero cuyas posibilidades con el millonario quedaron frustradas por la definitiva partida de Englehart de la colección. Posteriores guionistas no se han atrevido a tocar la virginal figura de Silver.

Es importante señalar que cuando hablamos de que Englehart “marvelizó” a Batman, es para explicar el tono y el sentido que dio a las historias. En el método de trabajo que utilizó para colaborar con Rogers, sin embargo, siguió absolutamente los postulados del “sistema DC”, en clara oposición al “sistema Marvel”. El sistema DC es aquél en el que el guionista escribe un guión técnico completo, que el dibujante debe ilustrar rigurosamente. En el método Marvel, el guionista compone un argumento, que el dibujante interpreta a su manera. Una vez ha sido dibujado, el guionista añade los diálogos. Así pues, con el sistema DC de trabajo, Englehart hizo que Batman adoptara el estilo Marvel de historieta. Rogers describe así cómo fue su proceso de colaboración: “Junto con el primer guión me llegó una cuartilla escrita directamente para mí. Steve había visto algo de mi trabajo. Por entonces yo aún era muy joven y estaba verde, pero él había visto mi potencial y había visto que ponía esfuerzo en mis trabajos. Estaba contento de que trabajáramos juntos, y tenía la esperanza de que le daría un tratamiento gráfico competente. Me describió cómo concebía a Batman. Y mientras leía el párrafo, yo decía, “Sí, este tipo conoce a Batman, igual que yo conozco a Batman.” Teníamos exactamente los mismos sentimientos hacia el personaje. Es decir, una criatura oscura con el aspecto de un murciélago que acecha en las sombras. Y su disfraz está diseñado con la única función de instigar el terror en el corazón de los malhechores. Al entrar en el cuerpo del guión fue cuando comprendí la profundidad de los conocimientos de Englehart. Todas las historias de Batman me llegaron hechas. Steve escribió guiones completos, a lo DC, y se los entregó a Julie Schwartz, que me los pasó a mí. Steve y yo nunca colaboramos en Batman. Me lo dio todo en el guión. Me dio el ritmo. Me dio el tono. Me dio los escenarios. Me dio el movimiento de los personajes. No le pedía a Batman que hiciera algo que Batman no pudiera hacer. Mantenía al personaje dentro del contexto de ser un murciélago. Y yo dije, “Vale. Es consistente.” Ahora, lo que yo voy a hacer es cambiar la dirección de la cámara, darle un toque un poco más raro. A lo mejor descompongo una viñeta en dos o tres para que veamos la reacción de los personajes juntos. Haré un zoom a los ojos para que tengamos la sensación de que ocurre algo. Esa fue mi contribución al guión. Pero Steve me dio una historia de Batman consistente, escribió un escenario completo. Y con una historia tan completa, no podía hacer otra cosa más que darle el tono y la atmósfera completos a la historia. La narrativa fue responsabilidad de los dos al 50 por ciento. Yo no merezco más mérito que Steve, ni el más que yo.” Se trató de una auténtica sintonía telepática, porque mientras Rogers dibujaba Detective Comics en América, Englehart estaba en Mallorca trabajando en su primera novela.

El inolvidable trabajo de Marshall Rogers es suficiente para forjar la leyenda de uno de los dibujantes más desconcertantes en la historia del comic book americano. Rogers era prácticamente un novato cuando realizó sus Detective Comics, pero los hizo con un estilo seguro, confiado, rico en matices y recursos, un estilo propio de un veterano que lleva años tanteando soluciones y posibilidades y que por fin ha conseguido hacerse con el dominio de la técnica y con una perspectiva del medio inconfundiblemente única. Vamos, toda una proeza. Su despliegue en este puñado de historias le propulsó inmediatamente a la primera fila de los favoritos de los fans, pero el desarrollo posterior de su carrera ha resultado lamentable, empeñándose cada vez en bajar un peldaño, cuando no en caer tropezando un tramo entero de la escalera de la gloria. En varios episodios de Doctor Extraño (Marvel), escritos también por Englehart, aún sin recuperar el nivel de Detective Comics, resultaba al menos digno, pero ése fue su último fogonazo de esplendor. Cuando en 1987 volvió a hacer equipo con Englehart para relanzar al mítico Silver Surfer marveliano, la reacción del público osciló entre el desencanto y el bochorno, y ya no ha levantado cabeza.

Cierto es que Rogers nunca ha sido un gran dibujante técnicamente, pero en Detective Comics lo disimulaba hábilmente y distraía al lector con una apabullante panoplia de trucos de diseño, una iluminación y un color fascinantes, onomatopeyas llamativas, ambientación cuidadosa y elegante y una composición de página valerosa que recogía la tradición heterodoxa de los 70 iniciada por Jim Steranko y seguida por almas intrépidas como Paul Gulacy. Por otra parte, desde que Neal Adams dotó de vida a la capa de Batman, el Señor de la Noche se ha convertido en un personaje al que se puede dibujar maravillosamente sin necesidad de dibujarle casi nunca, basta con envolverle en el manto y tener un buen sentido del diseño. Estos referentes, junto a la pasión por autores inquietos como Howard Chaykin y Walt Simonson, cristalizan en las impresionantes composiciones de Rogers, que añade un nombre definitivo a su catálogo de maestros: “Jack Kirby es mi principal influencia. Sin la menor duda. Cuando se lo digo a la gente, miran mi estilo de dibujo y dicen, “¿Eh?” Pero no es el estilo de dibujo. Nadie debería verse influido por el estilo de dibujo de otro artista. Si quieres dibujar, tienes que aprender los fundamentos básicos. Comprender cómo funciona el cuerpo, las proporciones correctas, sus movimientos, y a partir de ahí desarrollar tu propio estilo, el que te resulte más fácil. Pero lo que Jack hizo fue decir: “Los tebeos son dinámicos. Los tebeos son divertidos. Los tebeos tienen que contar una historia.” Para mí, eso es lo que convierte a Jack Kirby en el rey; sabía cómo crear un mundo completo, sabía cómo arrastrar al lector hacia el mundo de Jack Kirby.” En todo caso, sería injusto olvidar la excelente ayuda que supuso la participación en el trabajo del entintador más brillante del momento, Terry Austin (1952), que pronto se haría famoso acabando los lápices de John Byrne en la etapa clásica de La Patrulla-X.

Si bien la media docena de episodios de Englehart-Rogers son espléndidos, y probablemente merecedores de ese título que muchos les adjudican de “Batman definitivo”, nunca sabríamos a dónde habría podido llegar el equipo si hubiera permanecido unido. Quizás parte de su encanto resida en el hecho de que son sólo seis episodios y no tuvieron tiempo de perder fuelle. Tras Detective 476, Englehart abandonó el barco. El episodio siguiente fue una reedición de relleno, y los números 478 y 479 supusieron la despedida de Rogers, con un trabajo mucho más pobre en el que, sobre guión de Len Wein y con tintas de Dick Giordano, se presentaba a Clayface III. Cambiándole la escolta, Rogers ya no parecía el mismo. “Tendré que comentar los dos sistemas distintos, el estilo DC comparado con el estilo Marvel -dice Rogers, explicando las diferencias entre los guiones de Englehart y los de Wein- porque cuando Len y yo trabajamos en los Batman de Detective, fue al “estilo Marvel”, es decir, Len me daba una sinopsis, y yo me iba a casa, la visualizaba y lo devolvía para que él lo escribiera. Y ese es un procedimiento que descubrí que no me gustaba. Me gusta poder responder a lo que realmente se está diciendo, para así mostrar reacciones, emociones, etc. Hablando con Steve, él lo comprendía, pero desde el lado del guionista, a él le gusta reaccionar a las mismas cosas cuando ve las imágenes, así que son las dos caras de la misma moneda. Pero no me gustaba mucho trabajar al estilo Marvel porque no tenía ni idea de cuáles iban a ser las emociones. Puedes adivinar que algo va a ocurrir, pero hasta que no lees realmente lo que de hecho se está diciendo, no sabes exactamente cómo mostrar la expresión que le acompaña. Los guiones de Len eran demasiado completos y detallados, por lo que a mí respecta. Yo siempre había pensado que, si es que tenemos que trabajar al estilo Marvel, simplemente dame una noción de lo que va a ocurrir, y déjame que yo le ponga el ritmo, porque el artista es la persona visual, es el que comprende el movimiento visual. Si aparecen dos personas reaccionando la una a la otra, el guionista debería poner en una nota, “Me gustaría ver tal cosa.” Pero al artista deberían dejársele las manos libres. Pero Len me daba demasiado para permitirme libertades en el ritmo de la historia. Me sentía muy restringido. No quedé tan contento con el producto final; no me pareció tanto el auténtico Batman. Le faltaban el tono y la atmósfera, le faltaba el mito de Batman. Le faltaba la solidez del personaje.” El momento mágico había pasado.

domingo, 9 de octubre de 2011

LA MEMORIA GRÁFICA


Desde que Robert Crumb abriera las puertas al cómic autobiográfico en la década de los sesenta, la experiencia personal ha sido el argumento principal de la historieta alternativa. El desparpajo del relato exhibicionista de Joe Matt, la melancolía sentimental de Chester Brown, la ficcionalización satírica de Lauzier o, en nuestro país, la regocijante vida golfa de Boldú, han dado páginas brillantes.
TODO ESTÁ EN LOS LIBROS
«Mis padres me resultan más reales en términos ficticios», dice Bechdel en un momento de Fun Home, que, en efecto, es una reelaboración literaria de una vida vivida a través de la literatura, a través de la palabra, y que sin embargo resulta finalmente expresable sólo a través del lenguaje secreto de los dibujos. «Y tal vez mi estética fría y distante consiga transmitir el clima glacial de nuestra familia mucho mejor que cualquier comparación literaria».
Alison Bechdel (Lock Haven, Pensilvania, 1960) es uno de los iconos del cómic gay americano. Su serie Dykes to Watch Out For (Unas bollos de cuidado, en su edición española), que se publica en numerosas revistas y periódicos desde 1983, es un retrato generacional de la comunidad homosexual progresista. Al acercarse a los 40, Bechdel sintió la necesidad de sumergirse en lo más íntimo de sus recuerdos para contar su propia historia, o la historia de su padre, o la historia de su familia, o todas esas historias juntas en una sola, o tal vez en un delicado tapiz de historias que se sostienen unas a otras. Tardaría siete años en terminar Fun Home.
LA CASA DE LA RISA
Fun Home es el tragicómico nombre de la casa familiar, a la vez una funeraria, y una «casa de juegos» (léase con ironía). El padre de Bechdel, Bruce, llevaba la funeraria y complementaba sus ingresos como profesor de inglés, aunque su verdadera pasión (visible) era «la restauración monomaníaca» de la vieja casa familiar, una vivienda neogótica de 1867. Su otra pasión (invisible) era acostarse con jovencitos. Ese secreto de familia, continuamente presente y continuamente silenciado, expresado sólo a través del filtro simbólico de la mitología y la literatura, llena de silencios el erial de la vida íntima de los Bechdel. Cuatro meses después de que Alison saliera del armario y se lo confesara a sus padres (por carta, como no podía ser de otra manera en una familia incapaz de comunicarse si no era a través de la palabra escrita), Bruce moría atropellado por un camión. Aunque no había pruebas que apuntaran a otra cosa que un accidente, Alison siempre pensó que había sido su propia confesión la que le había impulsado al suicidio. La única forma que la autora tiene de asimilarlo es, por supuesto, a través de la literatura. Así, recuerda de Fitzgerald, uno de los escritores que más habían obsesionado a su padre: «Scott en Hollywood, alcoholizado, muere de un ataque al corazón a los cuarenta y cuatro años. Mi padre también tenía cuarenta y cuatro años cuando murió. Impresionada por la coincidencia, hice un recuento del tiempo que habían vivido: el mismo número de meses, el mismo número de semanas... pero Fitzgerald vivió tres días más. Por un instante llegué a barajar la descabellada idea de que mi padre había elegido conscientemente el momento de su muerte como una especie de delirante tributo. Pero eso solo confirmaría que su muerte no fue culpa mía. Que, de hecho, no había tenido nada que ver conmigo. Y me cuesta renunciar a ese último y frágil vínculo.»
LA FAMILIA COMO TRAUMA
Fitzgerald, Proust, Joyce... Todo lo vivido está filtrado por la literatura en Fun Home, y, sin embargo, es plenamente un tebeo, no una obra literaria ilustrada. El minucioso dibujo, apoyado en referencias fotográficas, resulta a veces envarado, lo cual es conveniente. No es una historieta de acción, sino del recuerdo, y el recuerdo se sustenta sobre las imágenes fotográficas congeladas que son el depósito de la memoria, como ese salto a la piscina de la última viñeta. Al igual que Maus, otro de los grandes tebeos sobre las relaciones de los hijos con los padres, Fun Home cuenta cosas que sólo puede contar el cómic, y abre nuevos caminos al hacerlo. Lo que consigue Bechdel no es ya una de las mejores novelas gráficas de la historia, sino algo nuevo que habría que llamar «memoria gráfica».
Por supuesto, el tema de la familia como territorio traumático no es nuevo en el cómic. La obra maestra seudobiográfica Jimmy Corrigan (2000), de Chris Ware, gira en torno a la ausencia del padre. Más dramática es la opresiva presencia del mismo en La muñequita de papá (1995), de Debbie Drechsler, desnudo relato de los abusos infantiles sufridos por la autora. En La ascensión del gran mal (2003), de David B., es la enfermedad del hermano epiléptico la que anuda todas las tensiones familiares durante los años de crecimiento del autor. En el caso de Bechdel, ese desarrollo personal la llevó a descubrirse como lesbiana, convirtiendo a Fun Home, también, en uno de los grandes relatos sobre el autodescubrimiento sexual que ha dado el cómic, junto a Stuck Rubber Baby (1995), de Howard Cruse. 
Vida, memoria y ficción; imagen y palabra: para agotar Fun Home es necesario recorrer sus páginas muchas veces, con los ojos muy abiertos.
Texto publicado originalmente en ABCD #854 (13 de junio de 2008). Ya que en la entrada anterior mencionaba a Alison Bechdel, editora del volumen correspondiente a 2011 de la serie Best American Comics, me ha parecido oportuno rescatar esta reseña que hice de Fun Home en el suplemento cultural del ABC.

LA NOSTALGIA

Hace un par de días me llegó el volumen de este año de Best American Comics, que ya se ha convertido en una tradición editorial norteamericana siempre bienvenida. Cuánto nos beneficiaría algo así en España (y qué difícil lo veo). El caso es que he empezado por el principio, es decir, por los textos de los editores de la colección y de la editora de este volumen en concreto, y quería compartir un par de párrafos que me han llamado la atención:

«El cómic es un medio impreso. Y ahora también es un medio digital. Lo que no es, es un medio directo, como el dibujo o la pintura: no hay un cómic "original" que leer. Las páginas que tienen la tinta encima tal vez sean bellas a la vista y tal vez nos ofrezcan mucha información a los fans y los investigadores, pero la mayoría de la gente estará de acuerdo en que no son realmente un cómic hasta que no se reproducen». Jessica Abel y Matt Madden, editores de la serie, en el prólogo.

«Es tentador hablar melancólicamente de aquellos días sombríos en los márgenes de la sociedad. Qué embriagador era saber -especialmente porque nadie más lo sabía- que nosotros éramos el futuro. La sensación de estar embarcados en una misión, la comunidad estrechamente unida, las incursiones furtivas en aquella estantería en la parte de atrás de la tienda donde nos saludaba un puñado de títulos familiares. ¡La acusación persistente de que estábamos seduciendo a los inocentes! ¡Oh, el incómodo y sensual encanto de las manchas de tinta negra sobre el papel barato ya amarillento!
«Pero no me recrearé en mi anhelo nostálgico de una pureza anti-intelectual perdida. Como la mayoría de los anhelos nostálgicos, es nostalgia de algo que nunca existió en primer lugar. Y además, estoy segura de que incluso el más sofocante abrazo del mainstream no podría ni empezar a exprimir la vida de este medio tan vital. Sin embargo, hay una pregunta que merece la pena hacerse: si has pasado toda tu vida resistiéndote al statu quo -sea en el arte, la sociedad o el mundo político-, ¿qué pasa cuando ese statu quo por fin cede?
«Se abre un universo de posibilidades, lo cual, por supuesto, es lo que siempre quisiste, pero aún así, puede ser una experiencia algo desconcertante. Hay una especie de tendencia newtoniana, especialmente si llevas mucho tiempo dedicándote a eso, a seguir aferrándote encarnizadamente a tu resistencia aún después de que se haya ganado la batalla. Las generaciones más jóvenes, sin embargo -las que te vienen pisando los talones- no sentirán ningún escrúpulo en reclamar su propio espacio en este nuevo territorio». Alison Bechdel, editora del volumen, en la introducción.

Best American Comics 2009, en Mandorla.

martes, 4 de octubre de 2011

EL SACRIFICIO HEROICO



Cuando se revisa la totalidad de la obra de un autor, una serie de temas recurrentes han de aflorar necesariamente, sobre todo si merece la calificación de “autor”, y no de mero “artesano” al servicio -noble, por supuesto- de las demandas del público consumidor. En el caso de Frank Miller, sus temas se repiten con tal asiduidad y con tan marcado énfasis que cabría clasificarlos de obsesiones; las obsesiones de un autor que no ha dejado de crecer desde los inicios de su carrera hasta la actualidad. A simple vista, esas obsesiones se identifican rápidamente: exaltación de la figura del  héroe solitario que se enfrenta a un entorno corrupto, abundancia de combates físicos, rabioso individualismo, culto a la fuerza, desconfianza de las instituciones, inevitable victoria desesperada del protagonista.

Motivos aparentes que se conectan con obsesiones más profundas, la primera de las cuales, increíblemente, no ha sido mencionada nunca, que yo sepa, en ninguno de los innumerables textos escritos sobre Miller: el masoquismo. Y digo increíblemente porque el masoquismo se presenta en Miller no sólo con todo el peso de su significado íntimo, no sólo de una manera implícita y alegórica, sino también con todos los signos externos que comúnmente lo identifican.

Es obvio que Miller se regodea en el sufrimiento que padecen sus héroes: desde Elektra (especialmente cuando es protagonista, en Elektra: Assassin) hasta Martha Washington, pasando por los Dwight, Marv y Hartigan de Sin City o los espartanos de 300, todos son torturados, vejados y humillados con un entusiasmo contagioso. Es más, los héroes suelen recibir la tortura con sentimientos a menudo de alegría o desafío: el resultado jamás es un trauma. La mortificación suele ejercer sobre ellos los efectos de una purificación espiritual por medios físicos. Los fortalece. Es un paso necesario para convertirse en verdaderos héroes.

Quien piense que el masoquismo es contradictorio con un héroe poderoso y violento, debería tener en cuenta que el masoquismo no implica verdadero padecimiento ni inferioridad. Se practica como medio de obtener el placer y lo suelen practicar individuos fuertes en su comportamiento social y público que, mediante ese ritual -porque es un ritual pautado con su propio protocolo- se ponen en contacto con su propia sensualidad, despiertan su humanidad y renuevan energías.

En los tebeos de Miller también están presentes muy a menudo esos símbolos rituales: las esposas, las cadenas, las máscaras de cuero, los clavos, los azotes. Y, por supuesto, algo más que el mero dolor físico: la sumisión. Los héroes grandes, míticos, imparables, poderosos, se someten por entero a la voluntad de un amo/ama (véase Marv y Dwight con Goldie y Ava, o Elektra y Daredevil con Stick) que personifica la verdadera sumisión al verdadero sueño: el sentido del deber. También son frecuentes las escenas de cautividad en las páginas de Miller, y repetida la presencia de la figura de la mujer fuerte, superior y castigadora, absolutamente idealizada. La dominadora.

Para alcanzar el éxito final en el juego masoquista, los héroes, una vez curtidos en el sufrimiento, deben afrontar el momento culminante: el sacrificio heroico. Es el instante hacia el que conducen todas las historias de Miller, el momento en que cristalizan todas las tramas y se entrecruzan todos los caminos abiertos. Los héroes de Miller, familiarizados ya con el dolor, sólo alcanzan la victoria mediante el sacrificio, la inmolación. Para detener a la supercomputadora Virgo, Billy tiene que renunciar a la fantasía de Ronin. Para convertirse en Elektra, Elektra tiene que perder lo que más quiere: su padre. Para volver a nacer, Daredevil tiene que abandonar su vida como Matt Murdock. Para eludir la derrota, el Batman de Dark Knight tiene que morir en combate con Superman. Para ser considerado un hombre, Marv tiene que entregar su vida en la silla eléctrica. Para acabar con la Circe que es Ava, Dwight tiene que sacrificar su propio rostro -su identidad- y matar a su amor. Para salvar a Grecia, los espartanos tienen que obstaculizar el avance de los ejércitos persas con sus propios cuerpos. Por supuesto, el sacrificio no es un impulso de muerte, un ansia de autodestrucción, sino la forma de encontrar la redención. Todos los héroes, una vez han hecho el sacrificio, obtienen la victoria que buscaban, librándose así del peso de sus pecados anteriores. En 300, por ejemplo, se nos indica como una de las razones para la invasión de los ejércitos de Jerjes -su veracidad histórica es irrelevante- la brutalidad de Leónidas y sus espartanos. Esa misma brutalidad les convierte en los más aptos para morir luchando por la libertad de sus compatriotas, y es ese sacrificio heroico el que inspira a los griegos para enfrentarse a los invasores y expulsarlos, es decir, el sacrificio facilita su redención final, aún después de muertos. El ejemplo puede trasladarse a The Dark Knight Returns, Batman Año Uno, Ronin, Elektra: Assassin, Elektra Lives Again, Born Again y todas las sagas de Martha Washington y Sin City.

Evidentemente, todo este artificioso ciclo que se repite una y otra vez, remite a la preocupación cristiana por el sufrimiento y el dolor, una preocupación que tiene sus raíces más allá de los mártires, en la Pasión de Cristo, que se sacrifica para salvar a todos los hombres... y resucita a los tres días. Como ecos distorsionados, miles de historias vienen a repetir ese mismo esquema bajo las más distintas apariencias. Y es que cuando se dice de la Biblia que es La Historia Más Grande Jamás Contada, no se dice sólo porque sea un eslogan muy comercial. En la obra de Miller, los motivos religiosos (monjas, iglesias, cruces) han aparecido normalmente como detalles de imaginería, como respondiendo a una preocupación o inquietud subyacente del autor que no acababa de definirse o aclararse. En realidad, probablemente sin percibirse de ello, Miller está afrontando sus propios conflictos espirituales mediante los disparos y los sablazos de héroes cortados por el molde del más intransigente John Wayne. El peso de la educación católica, sea servida a través de la catequesis o a través de vehículos de ficción, es difícilmente expurgable. “No puedes borrar toda tu infancia y todo lo que te enseñaron por el camino -explicaba Miller hablando de su propia formación católica.- Además, estamos hablando de una fe que se basa en miles y miles de años de filosofía, pensamiento y tradición. No puedes eliminarlo todo porque un día decidas que no forma parte de ti.

Así, las obras de Miller se muestran como una serie de metáforas destinadas a satisfacer una fantasía. Pero no la repetida fantasía de poder infantil del típico superhéroe americano, sino la fantasía de reconciliar el imperativo moral cristiano que exige ser bueno con el mundo en el que vivimos. Un mundo donde tenemos que ser buenos -si queremos salvarnos- a pesar de que todo -especialmente nosotros mismos- está en contra. “Sabemos que nos gusta identificarnos con un héroe o una heroína dinámicos que superan las adversidades y triunfan sobre sus enemigos, que terminan con el chico o con la chica. Pero se admiten menos el placer y el sentido que se ganan con la identificación con un cuerpo doliente. A Cristo se le venera siempre como una figura clavada a una cruz, sangrante y mutilada, despreciada y traicionada. Se trata de una visión que nosotros mismos, aunque generalmente en secreto, acariciamos.” [Una defensa del masoquismo, Anita Philips, Alba Editorial, 1998].

El grado de estilización de la metáfora -¿o deberíamos decir parábola?- es tan alto que lógicamente Miller plasma sus obras de redención de la forma más romántica posible. Sus trabajos son sólo marginalmente realistas. Por el contrario, lo que busca es aumentar la resonancia de cada detalle. El mejor ejemplo tal vez lo encontremos en las escenas de combate, diseñadas no para transmitir la energía cruda de un Jack Kirby o el dinamismo coreográfico de un Steve Ditko, sino para provocar la admiración. Los héroes pueden congelarse en el vacío, a mitad de salto, deteniéndose en un instante de extática plenitud, con el gesto preparado antes de descargar el golpe definitivo, que Miller suele escamotearnos recurriendo a sombras o elipsis, porque a él no le interesa la identificación ni la complicidad del lector, sino su admiración. Se trata de hacernos sentir más pequeños que esas figuras míticas, y los ballets ninja de exasperante lentitud (no se usan líneas cinéticas) son lo más alejado posible de las gratificantes rabietas de Hulk o las deslumbrantes y limpias superhazañas de Superman.

Es curioso que apenas nadie se haya molestado en indagar el contenido personal, psicológico, erótico (el masoquismo, no lo olvidemos, es al fin y al cabo un juego sexual) y religioso de Miller, siendo como son tan evidentes todas estas lecturas. Le ha tocado, sin embargo, arrostrar multitud de simplonas lecturas políticas, víctima tal vez del momento de su eclosión -The Dark Knight Returns y su alineación junto a obras de Alan Moore como Watchmen o V de Vendetta, además del Maus de Art Spiegelman, que tenían muy distinto cariz- y de la inmadurez de unos críticos recién salidos de la crisálida de lectores adolescentes de superhéroes que estaban demasiado ansiosos por clavar sus colmillos en una pieza jugosa. Los mismos críticos que, adentrándose en la madurez y perdida la euforizante inercia de los años 86 al 88, han vuelto sus lanzas contra Miller acusándole de desatinados delitos ideológicos y, básicamente, de seguir siendo fiel a sí mismo y no a la idea que se habían formado de él.

Y es que, más allá de lecturas e interpretaciones variopintas, Miller confirma cada año que pasa algunos rasgos que definen su figura inequívocamente. Uno, su constante inconformismo creativo, su constante deseo de llevar más allá su dominio del lenguaje del medio, y aún más, de inventar nuevas frases, recursos, giros que enriquezcan ese lenguaje. Continuamente alterando su estilo de dibujo, continuamente buscando soluciones narrativas e investigando el ritmo y la composición de la historieta, durante los últimos 20 años Miller ha hecho más aportaciones formales al medio que ningún otro historietista comercial americano. Se ha ganado una posición en una noble tradición de la cual es por ahora el último eslabón, y que reúne los nombres de Will Eisner, Jack Kirby, Steve Ditko, Gil Kane, Neal Adams y Jim Steranko.

Dos, su carisma personal, un carisma reforzado únicamente por sus decisiones personales, y no por sospechosas campañas de marketing. Miller representa una ética de trabajo y de comportamiento cuyos estándares no resiste casi nadie. Amamantado en la más mainstream de las cunas, la Marvel y la DC de los años 70, Miller se ha desplazado lentamente hasta instalarse en las más innegociable independencia, pero no la independencia que significa publicar en una editorial “independiente”, sino la independencia que supone la renuncia explícita a la influencia de las Grandes, la independencia -es más, la beligerancia- respecto a las presiones de la censura revitalizada, la independencia respecto a modas, la independencia respecto a los trucos fáciles del mercado y las tentaciones económicas para profesionales con nombre que suponen los proyectitos especiales de Daredevil o Batman. Frente a la decepeción de Image, frente a la decepción de la generación que lo prometía todo -Howard Chaykin, Walt Simonson, John Byrne, Jim Starlin-, Miller recarga las pilas leyendo a Daniel Clowes o acudiendo a la SPX 98, la convención del cómic alternativo americano, pero alternativo de verdad, casi la Anti-San Diego, podríamos decir. “En la entrega de los premios Ignatz el sábado por la noche, Miller dejó de lado su discurso, admitiendo ante el público reunido que su retórica habitual -sobre temas tales como los derechos de los creadores- era inapropiada para los asistentes a la SPX porque parecían haber “superado esa etapa”. Muchos asistentes expresaron su admiración por el reconocimiento generacional de Miller. Josh Neufeld declaró al Journal que uno de los momentos álgidos de la convención fue “oír a Frank Miller admitiendo que tenía “mucho que aprender” sobre los comix indie. Ver su acto de humildad (y su apertura a nuevas experiencias) fue probablemente el momento cumbre del fin de semana para mí.” [«SPX' 98: Over the Hump», en The Comics Journal #208, 1998, artículo de Tom Spurgeon]. No es fácil encontrar compañeros de viaje para Miller en estas condiciones: Will Eisner es la figura histórica que más se podría aproximar, y entre los contemporáneos apenas David Mazzucchelli.

Una actitud hornada para un hombre que ha establecido una relación coherente entre su vida y su obra. Hace tebeos sobre hombres buenos en un entorno hostil, y que los hace a pesar de las hostiles condiciones del mercado, incapaces por ahora de impedirle que se siente cada día delante del tablero de dibujo a intentar hacer lo mejor posible.

Texto publicado originalmente en U (marzo 1999) bajo el nombre de Trajano Bermúdez.

Me he acordado de este viejo texto porque me parecía un oportuno complemento al comentario de Holy Terror. De las numerosas ingenuidades que en él escribí, sólo hay un detalle que hoy me parece que necesario rectificar. Hoy sí creo que el sacrificio es «un impulso de muerte» o «un ansia de autodestrucción», una manifestación del autoaborrecimiento provocado por la moral cristiana de la culpa. Pero a lo mejor mañana pienso otra cosa.

lunes, 3 de octubre de 2011

MÁS LÍBRANOS DEL MAL


OK, según me decía Pepo el otro día (y él sabe de lo que habla), desde el glorioso DK2 hasta hoy, Frank Miller sólo había publicado un tebeo: los nueve números de All-Star Batman que guionizó con dibujo de Jim Lee. Escasa producción para una década que el dibujante norteamericano ha consagrado en su mayor parte a su segunda aventura en Hollywood. Una aventura que parece que tuvo su cumbre y su abismo en The Spirit, pero ésa es otra historia.

La historia de hoy, nuestra historia, es que Frank Miller ha vuelto por fin al cómic, y ha vuelto a lo grande, con un pedazo de novela gráfica de más de 100 páginas en formato apaisado, a lo 300. Tan grande es Miller que se ha permitido inaugurar una editorial, Legendary, financiada por unos estudios cinematográficos, y creada casi ex profeso para dar salida a su producción viñetera. Tan grande, sí. Lo curioso del tamaño es que a veces desde lejos las cosas nos parecen más grandes que desde cerca. Quiero decir que desde España, la figura de Miller me parecía gigantesca en el panorama del cómic americano actual -al menos el mainstream- pero resulta que estando en Estados Unidos, he visto que la aparición de Holy Terror ha pasado casi desapercibida en las tiendas de cómics que  yo frecuento, tanto en las más superheroicas como en las más gafapastas.

Pero ésa, también, es otra historia. La historia de hoy, repito, es esa novela gráfica que por fin nos concede Miller después de tan larga espera, esa novela gráfica que nos llega envuelta en el estruendo del escándalo y en el misterio de la novedad. Un breve resumen de los antecedentes para situar a los lectores menos enterados del tema. Tras el 11-S (que coincide con la publicación de su última gran obra, la mencionada DK2), Miller anuncia que va a hacer una obra propagandística protagonizada por Batman y titulada Holy Terror en la que el caballero oscuro se enfrentará a Al Qaeda. Pasan los años, el proyecto se va haciendo cada vez más mítico, y en un momento determinado Miller anuncia que el protagonista del tebeo ya no será Batman, que la obra ha superado al personaje y que pasa a ser protagonizada por un superhéroe de nuevo cuño creado para la ocasión. Pasan más años y por fin podemos leerlo.

Y ésa, ésa es la historia, sí, por fin.

Para empezar por lo primero, en la portada de Holy Terror hay dos cosas que me llaman la atención: sólo aparece el nombre del autor y el título de la obra, y no hay ni siquiera un logo de la editorial, que queda relegada a la contraportada, confirmando así la canonización de Miller como entidad artística autónoma y superior a cualquier sello que le albergue. Y en segundo lugar, que Miller demuestra ser fiel a su planteamiento propagandístico desde el principio, y lo practica relacionándolo con la historia de los superhéroes. Así, decide que la portada de Holy Terror cite la portada de Captain America Comics #1 (1941), de Jack Kirby y Joe Simon, una de las portadas más icónicas de la Edad de Oro del comic book americano:



(La portada de Holy Terror la he tomado de internet; en el libro tal y como se ha publicado no aparecen el nombre ni el logo de Legendary en la cubierta).

Esta decisión implica toda una serie de significados, el menos sutil de los cuales es el de identificar a los terroristas árabes con los nazis de la 2ª Guerra Mundial, que es el mecanismo más sencillo para decirnos que el planteamiento inicial es que a) estamos en guerra y b) es una guerra justa (porque no olvidemos que en el imaginario occidental la 2ª Guerra Mundial fue la última guerra justa). La impresión la confirma la cita textual que inaugura el libro, a doble página: «Si encuentras al infiel, mata al infiel; Mahoma». Miller plantea este versículo del Corán como punto de partida, como acto de agresión original, al que podríamos decir que responde todo Holy Terror, hasta llegar a su epitafio, la dedicatoria al cineasta holandés Theo Van Gogh, asesinado en 2004 por terroristas islamistas. Se entiende, también, que Miller ve que hay una agresión ideológica a la que él puede responder ideológicamente. Quiero decir que el enfrentamiento se plantea en términos muy sencillos, no socioeconómicos ni históricos, sino de mero «choque de civilizaciones» entre nosotros (representados por la Justicia Ciega que preside la muy apropiadamente rebautizada Empire City) y ellos (los recalcitrantes de la Edad Media que quieren arrastrar al mundo entero a un retroceso de siete siglos, y estoy citando textualmente pasajes de Holy Terror).

Estoy seguro de que en la intención más profunda de Miller también hay otro mensaje para la comunidad de lectores de cómics, a la que al fin y al cabo él pertenece: esto son los superhéroes. Dejaos de chorradas, si para algo sirven, es para funcionar como mecanismos primarios de propaganda simple y violenta. Y si bien creo que estamos en un momento ideal para que Miller le hubiera demostrado al gran público, al público espectador de las películas de Marvel y del Batman de Nolan qué son realmente los superhéroes, cómo funciona su poder grandioso y absurdo, también creo que los superhéroes de hoy en día no son lo que eran en 1941, como no es lo mismo su público lector, como no es lo mismo la 2ª Guerra Mundial y la guerra contra el terrorismo.


Pero en fin, Miller ha anunciado que iba a hacer un trabajo propagandístico, y es en esos términos en los que, en justicia, habría que juzgarlo. A eso iremos dentro de poco. Antes, voy a lo primero, a lo que más me interesa del tebeo a medida que lo hojeo y lo empiezo a leer casi con un poco de precipitación. Miller es uno de los grandes artistas de la viñeta de los 30 últimos años, y su capacidad para sorprenderme y apabullarme con sus soluciones gráficas y narrativas, con su imaginación para inventar siempre algo nuevo que tenga sentido, ha sido inagotable hasta ahora. ¿Qué me ofrece de nuevo el Miller de Holy Terror? ¿Con qué me va a asombrar esta vez? A simple vista, Holy Terror continúa muy directamente los hallazgos de Sin City, 300 y DK2. Grandes imágenes impactantes a viñeta completa (panorámica), o a doble página, blanco y negro muy contrastado con toques de color plano. La principal innovación es una textura mucho más matérica, casi pictórica, un expresionismo de pincel que parece llegar directamente de la portada que hizo para Gravity Rainbow, de Thomas Pynchon, y que se superpone a todas las herramientas ya conocidas del último Miller.


El tebeo arranca en territorio familiar para los lectores de Miller. Una persecución por los tejados. The Fixer (el sosias de Batman) persigue a Cat Burglar (el sosias de Catwoman). El hilo narrativo lo llevan cartuchos de monólogo interior de la ladrona. Cuando Fixer por fin consigue capturar a Cat Burglar, estalla la pasión entre ambos y hacen el amor salvajemente, como los superhéroes suelen hacer el amor cuando saltan por los tejados y hablan en cartuchos de monólogo interior. Es un tema recurrente en Miller como mínimo desde Daredevil y Elektra, y que continúa en los Superman y Wonder Woman de DK2 y hasta en el All-Star Batman y Robin, precisamente con Batman y Catwoman. Pero hasta tal punto se ha convertido ya en un tópico en el cómic de superhéroes contemporáneo, que este mismo mes que Fixer y Cat Burglar se dan gusto en las azoteas de Empire City, también Batman y Catwoman follan vestidos de faralaes, precisamente en el número 1 de la nueva colección de la ladrona, lanzada dentro del dichoso reboot DC.


La coincidencia ya nos alerta de algo que apuntaba más arriba. No sólo no estamos en 1941, sino que ni siquiera estamos en 1981, ni tampoco en 2001. Mientras Miller se entretenía con Eva Mendes y Robert Rodriguez, el pequeño mundo de los comic books del cual salió ha repasado una y mil veces las lecciones que le dejó escritas, y las cosas que quitaban el aliento hace una década hoy provocan un mohín de hastío. «Frank, querido, ¿de veras...?» Sí, de veras. Si algo tiene Miller es que todo lo hace de veras, y desde luego que todavía le queda fuelle para hacer su gran número de violencia-sexo sin echar mano de la pastillita azul. Energías y mala leche le sobran, y Miller se marca una secuencia de cinco páginas-viñeta tan gloriosa como cualquier otra cosa que haya hecho. Y al final de la escena, la explosión: una bomba representada por una lluvia de clavos. De nuevo, Miller, como ha hecho durante toda su vida artística, uniendo el placer y el dolor en un juego de masoquismo cristiano. Hablé de eso hace muchos años, en un U. Pero eso tampoco es la historia de hoy.

La terrorista, en fin, por fin se presenta con cara y nombre. Se llama Amina y es una estudiante extranjera que se está especializando en humanidades. Pero, en realidad, ha venido a traer la muerte a los ingenuos e infantilizados americanos, representados en un chaval, Jaye, que acoge a los extranjeros peligrosos con absoluta inocencia, sometido por su propio y sano entusiasmo viril. Sólo canallas como el Fixer pueden salvar a sus benévolos compatriotas. El sacrificio del héroe es, en este caso, esa renuncia a la inocencia en bien de la comunidad. Claro que hace falta una vena sádica para entregarse con tanto entusiasmo a ese deber.

A partir de aquí, la cosa se va descalabrando a gran velocidad. El metarrecurso de las viñetas en blanco para representar a las víctimas de los atentados terroristas se puede tolerar en un concurso de barrio, pero es impropio de alguien como Miller a estas alturas de su carrera; el resumen caricaturesco de la situación general, con políticos débiles en occidente y asesinos jubilosos en oriente, se puede tolerar en aras de la propaganda, si ése es el objetivo declarado, pero es muy pobre y confuso en cuanto a ejecución. Y aquí es cuando voy a juzgar Holy Terror como lo que Miller ha declarado que quería hacer, es decir, como obra propagandística. Como tal, es un fracaso.

El problema de Holy Terror como propaganda no es su supina estupidez en conjunto -eso nunca ha sido un obstáculo para la propaganda-, el problema es su ingravidez y su incapacidad para conectar el mensaje con un paisaje reconocible por el público al que quiere manipular. Holy Terror carece de personajes -ni reconocibles ni irreconocibles, ni simpáticos ni antipáticos; Fixer y Cat Burglar son simplemente dos monigotes-, carece de ambientación y carece, en resumidas cuentas, de nada que lo relacione con el mundo en el que vivimos, que es sobre el que pretende aleccionarnos. La soflama se disuelve en un confuso mar de estampas de acción cansinas y diálogos entrecortados protagonizadas por fantasmas y siluetas sin carne ni sangre. El engaño nunca nos convence de nada, ni siquiera de su condición de engaño.

Esto no es consecuencia de la postura ideológica más o menos extrema de Miller, sino de la decisión que toma de desligar Holy Terror de cualquier referente real, aunque sea cultural, que le otorgue un suelo sobre el que asentarse. Habrá quien piense que el «choque de civilizaciones» ya estaba tal cual en 300, pero por más que esa pudiera o no pudiera ser la intención de Miller cuando escribió y dibujó aquella obra, lo cierto es que su relación con un referente histórico y cultural concreto hacía que el relato siempre escapase de los límites de la visión de su autor. 300 era histórico, concreto y alegórico, mientras que Holy Terror es puramente ideológico. Lo que hicieron los espartanos se puede interpretar de mil maneras distintas -y así ha sido, de hecho, a lo largo de la historia y también con ocasión del tebeo de Miller y la posterior película de Zack Snyder-, porque detrás de ellos hay una textura histórica y cultural de la que carece Holy Terror.

Y no es que hiciera falta desarrollar un recargado aparato dramático para dotar a Holy Terror de esa textura. Por el contrario, en 300 Miller hacía una admirable labor de despojamiento que demostraba que se podía abstraer el material base y mantener toda su potencia metafórica, e incluso amplificarla. En Holy Terror le hubiera bastado mantener a Batman y Catwoman como protagonistas para introducir ese aliento de verosimilitud que lo hubiera convertido realmente en un vehículo propagandístico eficaz. Porque por muy ficticio e icónico que sea, Batman arrastra consigo un tejido de significados que habrían hecho que pudiéramos contextualizar el mensaje de Holy Terror en algo próximo a nuestro horizonte mental. La desbatmanización de Holy Terror es en sí muy limitada y, por tanto, difícilmente justificable por motivos artísticos. Miller incluso conserva topónimos típicos de Gotham City, como «Robinson Park». Aparte de Fixer-Batman y Cat Burglar-Catwoman, el único personaje reconocible es el capitán Dan Donegal-inspector Gordon, que tiene un papelito mínimo. Queda un rastro más del Hombre Murciélago: el propio título. Holy Terror no es sólo el título de uno de los libros de más éxito de Terry Eagleton -que tiene mucho que ver con el tema en cuestión, además-, sino que es un título que unía la palabra terror-terrorismo con la clásica expresión de sorpresa que lanzaba Robin en la serie de TV de 1966 protagonizada por Adam West y Burt Ward. Es decir, Miller empezó a plantearse Holy Terror no sólo como una historia de Batman, sino como una farsa, donde se podían manipular los tópicos camp y enfrentarlos con los mayores tabúes de la conciencia colectiva contemporánea en un choque grotesco. Muy propio del Miller clásico, por cierto, que ha hecho del contraste extremo su mayor arma dramática. Pero por el camino, ese humor se ha perdido, y con él Miller ha extraviado esa habilidad suprema para el contraste. Lo que queda, pues, es aburrido y predecible, algo muerto y que suena a eco.

Un eco muy cercano para Miller, además, porque es el eco de Steve Ditko, uno de sus mayores maestros.  La distancia que separa a 300 de Holy Terror es la misma distancia que separa al Ditko de Spiderman del Ditko de Mr. A y posteriores historietas objetivistas. En Holy Terror hay un personaje que parece remitir directamente a Ditko: David, un misterioso asesino sionista con gabardina y una estrella pintada en el rostro al que el Fixer describe como el hombre más peligroso del mundo, y posteriormente explica que fue él quien lo convirtió en lo que es ahora. La reverencia a su maestro artístico parece evidente. Es como si dijera: yo aprendí todo lo que sé de los cómics de Ditko, y ahora os digo que también he aprendido de él todo lo que sé del mundo, y no me avergüenza mostrarlo. Pero es significativo que David no hace nada en toda la historia. Sólo aparece, se exhibe y abandona la escena, dejando a Fixer enmarañado en un mar de palabras que intentan explicar el sentido de esa figura. Probablemente Miller no lo pretendiera así, pero el tratamiento de David también es, finalmente, significativo: cuando se pierde de vista a los personajes, cuando se pierde de vista la humanidad, sólo queda el sermón.

El sermón de Holy Terror se resume en el siguiente texto de apoyo, monólogo interior de un Fixer enfrentado a la hecatombe de su ciudad: «Pero de vez en cuando, cada mucho tiempo, la máscara se cae. De vez en cuando, el mundo entero tiene un sentido perfecto. El mundo se revela a sí mismo. Estoy en paz. Y en guerra». Miller reaccionó con rabia al 11 de septiembre, como tantos de sus compatriotas, como es comprensible. Pero, diez años después, ¿Miller sigue rabioso? ¿Sigue cegado por la rabia? Tal vez su rabia no sea tan sagrada como su terror, sino algo mucho más prosaico. Tal vez su rabia sea algo que ha llevado siempre dentro y que le ha servido como motor para ser grande, tan grande como ha sido. Tal vez haya estado siempre rabioso, y eso fuera lo que le hizo grande porque le hizo revolucionario. Pero la rabia del hombre joven no es la misma que la del hombre mayor. El hombre mayor debería ser más sabio que rabioso, porque el hombre mayor rabioso no es un revolucionario, es un tirano.

Y el hombre que ha hecho Holy Terror es de todo menos sabio.

Al final, lo que me queda en las manos es un tebeo irrelevante, tal vez el tebeo más irrelevante que haya hecho jamás en su vida Miller. Han salido tantos tebeos excelentes de todo tipo en los últimos meses, que de pronto Holy Terror parece algo feo y viejo, un trasto inútil y desfasado. De pronto, yo mismo siento un terror sagrado. Miller por fin se ha hecho viejo. A todos nos llega.

ACTUALIZO: Empecé el post citando a Pepo, así que me parece apropiado ampliarlo y cerrarlo otra vez con Pepo, que ya ha publicado sus primeras impresiones sobre Holy Terror en su propio blog. ES MUY DE CÓMIC: HOLY TERROR.

LA NOCHE DEL MURCIÉLAGO 11: EN EL CORAZÓN DE LA NOCHE

(PARTE DEL CAPÍTULO SESENTA AÑOS DE TEBEOS)

EN EL CORAZÓN DE LA NOCHE

El Batman becqueriano de Neal Adams sentó las bases para que el personaje caminara con pie firme durante mucho tiempo, pero el mismo Adams apenas dejó cuatro pinceladas de esa visión embriagadora del Detective Enmascarado, así que su aportación hay que considerarla más un manual de estilo que una época plena del personaje. Podríamos decir que a principios de los setenta por fin sabemos cómo hay que hacer a Batman, pero queda por resolver un problema fundamental: ¿quién va a hacerlo?

Denny O’Neil, como dijimos, será clave durante ese decenio, escribiendo casi 90 historias que intentan conservar los elementos fundamentales definidos por su colaboración con Adams: ambientes misteriosos, villanos dramáticos, textos de apoyo recargados y seudoliterarios, apuntes sobrenaturales que se emparentan lejanamente con los redivivos títulos de monstruos que prosperarían durante esos años. Dick Giordano (1932), el otro gran fichaje arrebatado a Charlton, también entrará a integrar la guardia de acero del paladín de Gotham. Entintador de buena parte de las historias de Adams, Giordano tomará la misión de entintar a casi todos los dibujantes que traten al personaje, dando una apariencia de homogenidad a los distintos estilos y preservando cierta coherencia con el trazo de Adams. La relación de Giordano con el Señor de la Noche se prolongará hasta los años noventa, desempeñando incluso en algún momento la función de editor de la serie. Desde 1982 se aseguró un puesto de envergadura en la empresa, al convertirse en Vice Presidente y Editor Ejecutivo de DC. La importancia de la labor de Giordano durante estos años no es pequeña, pues sus tintas han servido de hilo que une propuestas gráficas a menudo muy distintas. Es precisamente la pareja O’Neil-Giordano (con este último en funciones de dibujante completo) la responsable de la más importante historia de Batman en el primer tramo de los 70, la celebrada “There Is No Hope In Crime Alley” (Detective 457, 1976) donde se introduce a Leslie Thompkins, una abnegada mujer que cuida de los desamparados y los pobres en una misión caritativa ubicada en la peor calle de Gotham. El Callejón del Crimen es el nombre con el cual se conoce ahora la antaño animada calle Park, donde fueron asesinados los padres de Wayne. Cuando quedó huérfano, el pequeño Bruce fue consolado por Leslie, que ahora ve cómo Batman acude todos los años, en la misma fecha, a tan degradada zona de Gotham. La historia fue tan bien recibida que instantáneamente pasó a formar parte del mito y tuvo numerosas secuelas y ramificaciones a lo largo de los años.

Junto a O’Neil, otros guionistas escribieron para Batman y Detective durante los setenta, aunque sin amenazar jamás su primacía. Uno de los más prolíficos fue David V. Reed, seudónimo tras el que se oculta David Levine, escritor de novelas de ciencia ficción y guionista veterano de DC que se caracteriza por los argumentos imaginativos, y que no encuentra demasiado interés en observar los aspectos tenebrosos ni los traumas psicológicos del Hombre Murciélago. Reed firmará sagas tan inolvidables, aunque quizás un tanto estrafalarias, como la de las Olimpiadas del Crimen (Underworld Olympics ’76, en plena fiebre de los Juegos de Montreal) o la de Where Were You On The Night Batman Was Killed? En la primera de ellas, iniciada en Batman 272 con dibujos de Ernie Chua y José Luis García López, se organiza una competición entre miembros del hampa procedentes de todo el mundo que tiene como escenario Gotham City y como objetivo derrotar a su más obstinado justiciero. Según el plan de cada equipo de malhechores va progresando, se suman puntos en un marcador, pero, tras varios golpes de lo más extravagantes, la medalla de oro acaba siendo inevitablemente para Batman. En la segunda (Batman 291-294, septiembre-diciembre 1977), ilustrada por John Calnan y Tex Blaisdell, la galería de villanos del Señor de la Noche se congrega con el fin de dar el mérito que merece a quien ha matado a Batman, cuyo cadáver ha aparecido sin conocerse quién es el culpable del crimen. El juez es Ra’s Al Ghul, y Dos Caras el fiscal que desmonta los testimonios de quienes quieren hacerse famosos a costa de una hazaña que no han realizado, caso de Catwoman, el Acertijo o el mismísmo Lex Luthor, enemigo de Superman. Por supuesto, todo es una estratagema del mismo Batman para descubrir al culpable de un crimen en el que la víctima vestía la capucha del murciélago, pero no era Bruce Wayne. Con Reed, lo habitual son los viajes alrededor del mundo, los complicados planes de grupos terroristas perfectamente uniformados y, en general, el tipo de gran aventura que se podía esperar en una novela de Doc Savage. Junto a él y a O’Neil, también se dejan notar algunos profesionales que por entonces empiezan su carrera, como Len Wein (1948), que escribirá “Moon of the Wolf” (Batman 255, 1973), la despedida definitiva de Neal Adams. Wein volverá a finales de la década como guionista fijo, e incluso acabará desempeñando funciones de editor. Entre estos autores ocasionales también cabría mencionar a Mike Fleisher, célebre por su etapa de The Spectre junto a Jim Aparo, o a Bob Rozakis, activo editor de la época que nunca llegaría a destacar creativamente. Archie Goodwin (1937), guionista y editor legendario en la historia del comic book americano, también se relacionará con Batman durante los setenta, entre otras cosas porque será durante un breve período de tiempo el editor de Detective Comics. Aunque fugaz, en esa fructífera etapa crearía, junto a Walter Simonson, a Manhunter, personaje de complemento en Detective que recibiría varios premios. Además, Goodwin escribiría algunas historias del Señor de la Noche, entre las que se incluye la única aventura de Batman jamás dibujada por Alex Toth (“Death Haunts the Skies”, Detective 442, 1974).

En la búsqueda de un dibujante estable, la obsesión por Adams es obvia, como lo demuestra la insistencia en dos autores que copian con distinto acierto los más obvios rasgos del Batman de Adams: Irv Novick y Jim Aparo.

Novick, un artista con una larga carrera a las espaldas que se remontaba a los inicios de la Edad de Oro y que incluso había tenido algún desvío a través de las tiras de prensa, se aplicó a reproducir las figuras delgadas y puntiagudas de Adams, pero no consiguió despojarse nunca de un estatismo y un envaramiento especialmente frustrantes en las numerosas escenas de acción. Podríamos decir que lo que Sheldon Moldoff había sido a Dick Sprang, Irv Novick lo sería a Neal Adams. Dibujaría innumerables historias de Batman hasta 1985. Igualmente voluminosa será la aportación de Jim Aparo, el tercero de los fichajes importantes procedentes de Charlton. Aparo (1932), especialmente al inicio, mimetizaba con habilidad las poses y rasgos propios de Adams, y aunque su trabajo siempre quedaba a una distancia considerable del de su modelo, al menos se beneficiaba de una rotundidad y una violencia en la composición de página que en Novick cuesta más encontrar. “Todo el mundo que dibujaba a Batman -confiesa Aparo- estaba influido por Neal Adams. Antes de Neal, las historias de Batman se habían vuelto un poco camp. Supongo que estaban intentando imitar la serie de televisión, y eso resultaba divertido. Pero cuando entró Adams, decidió que Batman volvería a ser el Señor de la Noche. A mí su material me parecía genial -lo mejor- y decidí que si alguna vez me ponían a hacer Batman, le imitaría. Y eso es lo que hice.” Y la cosa no iba sólo con Aparo, según él mismo comenta: “Todo el mundo estaba influido por Neal. Incluso Dick Giordano me dijo que cuando entintaba a otros dibujantes, hacía que se parecieran a Neal Adams. Pero después se dio cuenta de que eso no era lo correcto. Dick me dijo que cada dibujante es distinto y que el entintador debería seguir lo que marca el lápiz.” Al igual que Adams, Aparo entró en el mundo de Batman por la puerta trasera, a través de The Brave & The Bold. Aparo había dibujado un par de series menores en DC (Aquaman y Phantom Stranger) cuando recibió la llamada de Murray Boltinoff, el editor de The Brave & the Bold, para hacer el número 98 (octubre/noviembre 1971) de esa colección, precisamente porque estaba co-protagonizado por el Phantom Stranger y Batman. El trabajo de Aparo gustó tanto que seguiría dibujando la serie hasta su cancelación en 1983, cuando fue sustituida por Batman & The Outsiders, también dibujada por Aparo. Aparo hizo su primera historia de Batman en solitario sobre guión de Archie Goodwin, en Detective Comics 437 (octubre/noviembre 1973), en lo que sería el inicio de una relación que acabaría convirtiéndole en el dibujante más fielmente ligado al Hombre Murciélago durante los últimos 25 años. Aunque Aparo ha producido cantidades ingentes de páginas, y la velocidad a la que se ha visto obligado a trabajar se nota en la desigual calidad de su labor, y aunque el paso de los años le ha hecho refugiarse en cuatro planos cómodos y un tratamiento de personajes más vulgar y acomodado, su incorporación a las colecciones de Batman en la difícil sucesión de Neal Adams fue uno de los mayores aciertos de los editores durante la década de los setenta, pues el Aparo de aquellos años, rebosante de energía y deseoso de lucir todos sus recursos, era un profesional de valor incalculable, y desde luego hecho a medida para relevar a Adams.

Novick y Aparo no cubren, sin embargo, el manantial de historias de un personaje tan atareado como Batman. Olvidados por la historia han quedado equipos artísticos de menor atractivo, como el formado por John Calnan y Frank McLaughlin, que despliegan un estilo espectacularmente rancio y desfasado ya entonces, y que sin embargo se pueden rastrear en muchos episodios de la época. Calnan fue una incomprensible penitencia que Batman hubo de soportar hasta principios de los 80. También firmará numerosas historias una de las presencias más prolíficas y personales que conocería la década de los 70: Ernie Chua (1940). Conocido igualmente como Chan, Ernie Chua es uno de los muchos artistas filipinos llegados a Estados Unidos para trabajar principalmente en revistas en blanco y negro de terror y fantasía, o para adornar los casi siempre sucintos lápices de John Buscema en La Espada Salvaje de Conan y Conan el bárbaro. La lista es larga: Alex Niño, Rudy Nebres, Tony DeZúñiga, Pablo Marcos, Alfredo Alcalá... Entre todos ellos, Chua-Chan será el más activo y el que se enfrente con mayor naturalidad a los más diversos géneros, así como a las tareas de dibujante a lápiz o sólo entintador, y también de portadista, empresas todas ellas que acomete con enorme decisión y dejando muestras palpables de su inconfundible estilo. Probablemente nunca haya habido en el comic book americano un trazo tan reconocible como el de Chua. Da igual que entinte los lápices de otro o que sea otro el que haga el acabado sobre sus bocetos, el resultado final será inconfundiblemente Chua: hombres morenos de músculos anudados y pecho abombado, con pieles tersas y brillantes, mujeres intimidatoriamente lozanas, vestuarios y fondos ornamentados con una agobiante riqueza... Las viñetas de Chua rebosan una masculinidad efervescente de gimnasio cerrado que casi las convierten en ecos sudorosos del enérgico mundo de Dick Sprang, pero con un filo adulto. Para él, Neal Adams no existe.

Aunque Chua sea conocido en España principalmente por su trabajo en las diferentes series de Conan, al mismo tiempo que se entretenía con el cimmerio creado por Robert E. Howard, encontraba energías para ser el portadista principal de DC y para ilustrar numerosas series como Secret Society of Super-Villains o una buena tanda de aventuras de Batman, a menudo entintado por Dick Giordano, impotente para domesticar a la bestia filipina.

Sin embargo, a pesar de los denodados esfuerzos de Schwartz por aferrarse a los postulados básicos del Batman de Adams, a pesar del incasable torrente de guiones de O’Neil (que, dicho sea de paso, ilustrados por dibujantes de menor categoría que Adams, ya no parecen tan fascinantes), a pesar de la búsqueda de placebos como Novick y Aparo, es evidente que durante los setenta se va produciendo una lenta pero constante deriva desde la figura amenazadora y oscura del vigilante nocturno hacia otro personaje más superheroico que, nuevamente, se percibe como un fraude a ojos del aficionado de base. Pero, ¿acaso no es inevitable? La idiosincrasia de los años 70 afectó de forma muy particular a los superhéroes. Durante los setenta, los superhéroes convencionales, como Batman o los 4 Fantásticos, que habían marcado la pauta durante la década anterior, cedieron terreno ante los distintos intentos de diversificar el mercado por parte de Marvel y DC, intentos por lo general encaminados a explotar en los comics géneros y públicos que habían permanecido al margen recientemente. Los setenta, beneficiados de una mayor permisividad por parte del Comics Code, vieron aparecer los magazines en blanco y negro protagonizados por vampiros, hombres lobo, monstruos en general y, especialmente, bárbaros de espada en mano. Conan fue uno de los éxitos que marcó la década, y todo el mundo intentó imitarlo con desesperación. Además, se buscó el aprovechamiento de modas que en el cine resultaban rentables. Agarrada a los faldones de Bruce Lee y el apogeo de las artes marciales, Marvel presentó sus Sang-Chi y Puño de Hierro, y DC dio protagonismo a Karate Kid; a semejanza de la blaxploitation de películas como Shaft, empezamos a ver verdadera actividad por parte de héroes negros como Power Man, la Pantera Negra o Relámpago Negro; la liberación de la mujer vio nacer heroínas con personalidad como Ms. Marvel o la Wonder Woman sin poderes; la ciencia ficción ya estaba siendo recuperada por los grandes editores incluso antes del éxito de La Guerra de las Galaxias... En una época de tanteos, de experimentos, de ideas aparentemente absurdas y de poco respeto por la solemnidad de los héroes de siempre, Batman creció de manera un tanto circense, segregando personajes derivados, hasta encontrarnos en una situación muy parecida a la que provocó el giro en redondo del New Look, pero con la estética de los años dorados del horterismo. Robin y Batgirl vivían sus propias aventuras complementando Detective Comics, que en 1974 llegaría a tener 100 páginas por número, repletas con el Señor de la Noche, pero también con el Manhunter de Goodwin y Simonson, el Hombre Elástico, el Creeper y reediciones de la Edad Dorada. En una demostración clara de que lo extravagante y los “anti-héroes” se habían convertido en la norma, el mayor enemigo de Batman obtuvo su propio título. Joker, que apenas duró 9 números, se publicó entre mayo de 1975 y octubre de 1976. Dibujado por Irv Novick y Ernie Chua, Joker contaba con guiones de Denny O’Neil, pero las historias estaban castradas por las imposiciones editoriales: el Joker tenía que ser capturado al final de cada historia, y, al ser el personaje titular, no podía llenar las páginas de cadáveres y mutilados, como le pide, obviamente, su impulso natural. Pero Joker es sólo uno de los síntomas de lo que llegó a ser Batman en la segunda mitad de los 70. Más característico aún es Batman Family, que debutó en octubre de 1975 y duró 20 números, hasta noviembre de 1978. Batman Family era un tebeo de extensión doble que reunía aventuras de todos los que se habían convertido en... en eso, en la familia Batman. Aunque la premisa parezca espantosa, el editor Al Milgrom consiguió reclutar a algunos autores del máximo interés. Así, junto a historias de Batgirl y Robin escritas por el escasamente genial Bob Rozakis y dibujadas por el anquilosado Don Heck, en Batman Family se esconden joyas como las historias de Man-Bat o, ya al final, relatos del mismo Batman dibujados por Michael Golden y P. Craig Russell, Howard Chaykin, Marshall Rogers y Terry Austin. Otros personajes que aparecerían en esta colección serían el legendario Batmito (dibujado nada menos que por Golden) y Huntress, una especie de versión femenina de Batman que era hija de Bruce Wayne y Catwoman en la Tierra-2 del Universo DC, y que había debutado en All-Star Comics 69 (1977). En vista del panorama, se puede exclamar: ¡ya sólo faltan el Batsabueso, Batwoman y la Bat-girl original para que la fiesta sea completa! En realidad, no. Betty Kane, la primera Bat-girl, regresó para ingresar en los Teen Titans y transformarse en Flamebird, mientras que su tía Kathy, la única y genuina Batwoman, reapareció en Batman Family 10 (1977), quizás con el único objetivo de que Dennis O’Neil saciara su sed de sangre matándola sin demasiadas ceremonias en “The Vengeance Vow!” (Detective 485, 1979).

Era como si una fuerza invisible de origen desconocido tirase de Batman en dirección hacia el mundo de los superhéroes más estrafalarios, alejándole de las sugestivas brumas innatas a su temperamento.